viernes, 1 de noviembre de 2019

Lo trágico del mito


Dice Camus que “el mundo novelesco no es más que la corrección de este mundo, según el deseo profundo del hombre. Pues se trata indudablemente del mismo mundo. El sufrimiento es el mismo, la mentira y el amor. Los personajes tienen nuestro lenguaje, nuestras debilidades, nuestras fuerzas. Su universo no es ni más bello ni más edificante que el nuestro. Pero ellos, al menos, corren hasta el final de su destino y no hay nunca personajes tan emocionantes como los que van hasta el extremo de su pasión”.

El personaje de Antes. Entonces. Nunca (Talentura, 2019), la última novela de Raúl Ariza (Benicàssim, 1968), es un tipo engreído y obsesivo, alguien capaz de dar un apretón de tuercas a la cita que hemos tomado como arranque de esta reseña y ponerla patas arriba. Este personaje es escritor y mantiene oculta otra ambición opuesta a esa otra de querer corregir el mundo, pero sin dejar de llegar al final de todo cuanto se propone, como si el mundo novelesco del que habla el escritor francés no encajara en su idea de relatar todo lo que le acontece. Para él todo es una proyección de sí mismo. Sin embargo, para un hombre de su estirpe, que hace gala de su valía, que hace trampas con su conducta, animado por ese encanto que presume tener, su confianza le conducirá en poco tiempo al autoengaño para justificar su propia existencia narcisista que le llevará a un desamparo inminente hasta el punto de plantearse si su vida vale o no la pena de ser vivida.

¿Cómo se articula la trama de esta historia? Ariza, antes que nada, imprime un enunciado con tres puntos que, ya de por sí, pone en sobre aviso al lector. Antes. Entonces. Nunca desvela un título enfático, y ese es el propósito del autor, preparar al lector para lo que viene, un devenir narrativo diseñado en tres tiempos, en tres etapas por las que va a transcurrir todo el desarrollo de su novela. Pero también, su estructura va en la misma dirección. Está contada en tres actos, y en cada uno de ellos interviene un narrador que pone voz desde el yo, desde el espejo reflejado por la segunda persona y, finalmente, desde fuera cuando lo toma la tercera persona. Tres voces que conforman las tres partes en la que está divido el relato para escenificar la historia particular que encarna el mito de Narciso trasladado a esta época en la que vivimos, y para ello se vale de la figura de un personaje canalla y embaucador que no tiene en cuenta el impacto y la trascendencia que producen sus actos en sus conquistas amorosas.

En Antes. Entonces. Nunca, su autor, no solo se interroga sobre la consistencia del ser que representa su protagonista, sino que también se interroga sobre la consistencia del tiempo. En cierto modo, la pregunta de ¿quién soy?, presente siempre en la mente del personaje, va con frecuencia acompañada de esta otra: ¿en qué tiempo estoy? Ariza, al examinar pormenorizadamente el pasado de su personaje, sobre todo, la infancia y juventud, también trabaja con el tiempo y su relatividad. Me refiero, a que en el relato el pasado está tan abierto como el futuro, es decir, que es tan misterioso e incierto como el porvenir de su protagonista.

En la primera parte, Lo que sucedió antes, el narrador nos cuenta su historia recreada en detalles a través del recuerdo de su niñez, de su familia, de los objetos de su casa y de las calles y plazas de su pueblo: “Estoy perfectamente servido gracias al hogareño mundo que circula en torno a mí”. Y este sentir lo acentúa complacido con una cita de Capote en Desayuno con diamantes: «Se pertenece a ese lugar donde te sientes a gusto». En la siguiente, titulada Lo que sucedió entonces, a mi juicio, la más reveladora, Ariza establece el nudo de su relato utilizando en este caso el envite y la fuerza narrativa de la segunda persona para dirigirse a su personaje que se encuentra abandonado en la zona más oscura de su existencia y retratarlo sin miramientos, tal como quiere presentárnoslo: abatido, hundido en lo más profundo de su desánimo. Un Narciso que ya no pertenece a un tiempo pretérito glorioso, sino a un tiempo presente marchito. Nada es achacable a los personajes que se acercaron a él atraídos por sus encantos. A ellos les debe esa fascinación que ejercieron sobre él. En ese sentido, su situación de hastío, evidentemente, la ha provocado su propio fracaso. Toda esa desconfianza en sí mismo resuena bajo la voz de ese narrador inquisitivo que le aviva el recuerdo para tratar de poner coto a un tiempo ominoso y salvarlo de ese silencio profundo que ha sacudido su moral. La última parte de la novela, Lo que nunca sucedió, contada en tercera persona, con el mismo proceder minucioso y descriptivo que la primera, nos conduce a un final nada complaciente que nos lleva a descubrir la verdadera naturaleza de Raúl, su protagonista, un alma esquiva y destructora.

Ante. Entonces. Nunca es una novela intensa, escrita con mucha audacia narrativa y llena de referencias literarias y de un enfoque muy filosófico, una trama en la que lo trágico del mito estriba en que su héroe es consciente de que su tormento le alcanza de lleno. Y ante eso, pretende superar su destino mediante un desprecio desmedido a sí mismo. Uno no es virtuoso por capricho, viene a decirnos Ariza en esta implacable historia de afán desmedido por conquistar lo que no se posee, pero el destino siempre irremisible se deja sentir y acude para poner punto final a lo indecible de una derrota.


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