viernes, 20 de mayo de 2022

Una mujer enigmática


Podríamos decir, de entrada, que La muerte feliz de William Carlos Williams (Candaya, 2022) es una novela sorprendente, de paradójica belleza y pálpito lírico, que traza un viaje intenso y desafiante por la vida de la singular y enigmática artista Raquel Hobeb, madre del gran poeta modernista William Carlos Williams, hija del comerciante judío Salomón Hobeb, quien ya desde muy niña se entretenía en el colegio francés de Mayagüez con revistas de modas parisinas, soñando en convertirse en famosa pintora. Todo ese anhelo artístico, acompañado de los entresijos y secretos del núcleo familiar, conforma el pulso narrativo que traza la escritora Marta Aponte (Cayey, Puerto Rico, 1945) para llevar al lector a conocer, no solo el mundo personal y artístico de su protagonista, sino también para acercarnos a sus orígenes, ascendencia y educación y, especialmente, para contarnos la relación con ese hijo suyo, médico y poeta, que siempre anduvo alerta de sus cuidados y confidencias artísticas.

De hecho, la obra de Williams guarda una gran afinidad con la pintura, un entusiasmo trasmitido por su madre, cuyo interés mantuvo vivo toda su vida. Además Williams publicó en 1959 un libro sobre su madre bajo el título de Yes, Mrs. Williams: A Personal Récord of My Mother. Este texto propicia el interés de Marta Aponte para poner en marcha su novela, un hallazgo que le llevó a recrear la vida y el vínculo artístico de ambos, cada uno de ellos absolutamente implicado en sus resonancias identitarias y gustos personales. Al hijo le gustaba Brueghel entre los pintores mayores. A la madre le gustaban las flores y tenía predilección por la poesía idealista, “la que nos arrebata el corazón y el alma a un plano superior”. Pero le dice al hijo que su preferencia no le impide disfrutar de su poesía. Sabe que su hijo desde los primeros tiempos siempre estuvo obsesionado con su tarea como poeta, con la cuestión fundamental de intentar hallar en sus versos algo que fuera mensurable, pero que sustituyera las formas métricas clásicas fijas para construir la base de una nueva composición poética. Y es que, para Carlos, la experiencia poética verdadera no existía hasta encarnarse en el lenguaje.

Pero volviendo a ese París cultural, atravesado por la literatura, la moda y las artes, tan idealizado por Raquel Hobeb, su presencia la vamos a seguir encontrando en toda su amplitud histórica y real del momento por diferentes capítulos de la novela. Raquel llega al París de 1878, y se encuentra una ciudad esotérica y también envuelta, como ella misma, en artes espiritistas, al París de la tercera Exposición Universal, una metrópolis que todavía intenta distinguirse como referente artístico del mundo. Precisamente, esto mismo le hace recapacitar y entender que no hay manera de entender el mundo sin tomarle su medida, como así se cuenta en otro de sus capítulos. Entiende la artista que París requiere ponderar su modelo de universalidad, algo que, para ella, mujer caribeña, le impulsa a sublevarse, después de ver en Trocadero todo lo que se exponía sobre el capitalismo y sus máquinas. Tras aquella visita a la capital europea, confiesa que Nueva York ya no le impresiona. Se lo dice al marido y a su hijo Carlos tras asistir a un concierto en Carnegie Hall, “un teatrillo de mala muerte que no podía compararse con la más austera sala parisina”.

Marta Aponte adereza su imaginario trazando una narración en la que convergen distintas voces para construir una novela desde las preguntas y la memoria, desde los espacios en blanco y anhelos no explícitos de sus personajes, una manera de fijar su mirada en la forma en que nos contamos la vida de los demás y en cómo se fundan sus mitos y testimonios. En uno de los capítulos finales del libro, la narradora evoca a su abuela Fermina desgranando café en la isla y recordando el balanceo del barco en el que su hijo mayor emigrara a Nueva York, mientras que William Carlos visitaba acompañado de Ezra Pound y Marianne Moore el observatorio astronómico que dirigía el padre de Hilda Doolittle en Pennsylvania. Desvela la autora que el poeta cuenta en una carta que la biografía de Raquel reflejada en su libro Yes Mrs. Williams aspiraba a ser su obra más importante, la que mejor recogiera los recuerdos de su madre, un libro de evocaciones propias y ajenas en el que estarían presentes hasta los olores y sabores de los barrios por los que pasó su madre.


La voz y los pasos de la madre del poeta son una constante en el libro. La autora entra en su imaginario y plasma los pensamientos, vivencias y maneras de interpretar el mundo de la artista, lo que la llevará de Puerto Rico a París y luego a Nueva York y a Rutherford en New Jersey. Raquel está ahí en el meollo, testigo de todo ese ambiente, solapada con la otra historia que se entrecruza inevitablemente, la de su hijo Carlos. Por eso llama la atención el título de la novela, cuando, en verdad, quien muere con una sonrisa entre los labios es ella. Quizás Marta Aponte acreciente su enigma con ello, resaltando el valor presencial del hijo en los últimos días de la vida de su madre, a la que reconocía como una mujer de intensas inquietudes al tiempo que severa y fría.

La muerte feliz de William Carlos Williams es una novela incandescente, con aire de poema-libro y mucho material biográfico, escrita con una prosa desbordante, de ritmo intenso, que refleja el puzzle que conforma la identidad y el peregrinaje de sus protagonistas. Ahí está lo más sugerente del libro, en la resonancia de sus vínculos, pero también en ese aire poético que transita por todo el texto, un soplo narrativo sostenido en el que predomina la verdad íntima de lo vivido por dos seres conectados bajo un retrato generacional afín.


viernes, 13 de mayo de 2022

Las Galápagos, el tiempo y el amor


En cierto sentido parece que siempre andamos a solas con nuestro presente, aunque también percibimos ese hilo temporal que se estira entre lo que dejamos atrás y lo que asoma por nuestro horizonte. De manera que, como decía
Heidegger, el ser abre y conecta mundos: nunca andamos estrictamente a solas con el presente, sino siempre flanqueados por las otras dos dimensiones del tiempo. Todo indica que el tiempo si no es la sustancia misma de nuestra existencia, es su materia o elemento primordial. Por eso mismo, leemos, vemos y experimentamos que no hay antídoto más potente para sobrellevar ese tránsito por el tiempo que el amor. La importancia del amor hace valer que, incluso, desde su ausencia o pérdida, siga rondando por la cabeza de quien lo vive. Ese lazo invisible de eso que llamamos amor se deja ver en la historia de este libro, que pone sentido también a lo sustancial del tiempo, su transcurrir implacable.

En esta novela del escritor argentino Federico Jeanmaire (Baradero, 1957), de sugerente título, Darwin o el origen de la vejez (Alianza Editorial, 2022), ganadora del XXII Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones, su protagonista, un hombre a punto de cumplir sesenta años, anda sumido en esa conjetura existencial en la que la pérdida del amor y el paso de los años le impulsa a hacer un viaje a un lugar lejano y apartado, con la idea de encontrarse a sí mismo y descubrir razones que conjuguen su pasado y presente debidamente, que, de alguna manera, le rescate de su doliente desazón y le anime a recobrar, al menos, otro atisbo de esperanza. Acaba de llegar a las islas Galápagos. No sabemos su nombre, pero sí que es músico y, desde luego, ha elegido visitar estas tierras, como regalo de su cumpleaños, porque también ha leído mucho a Darwin y, además, la elección del destino le vale para estar a solas, contemplar el hábitat natural, observar su comportamiento y, desde luego, recomponerse del amor no correspondido de Ruth, la joven que lo considera muy viejo para ella.

Pero claro, como todo ser de contraste, ese rechazo amoroso le empujará a sus más íntimos abismos y a replantearse todo lo que hasta ese momento creía saber de la vida. El lugar elegido le ayuda a salir a enfrentarse al mundo con ganas de interrogarlo, bajo la sombra tutelar de Darwin y sus reflexiones. Reconoce el narrador que el naturalista es un personaje contradictorio, muy creyente, pero muy consecuente y convencido en sus ideas de la evolución, alguien muy válido para el bagaje de su propia realidad que, al fin y al cabo, transita por una indagación sobre el tiempo, el espacio y la idea del amor, como juego de espejos entre lo que pensaba aquel hombre del siglo XIX y uno como él del siglo XXI, que ha pasado buena parte de su vida esperando acontecimientos: “He esperado el amor, por ejemplo. Y cada tanto, muy de vez en cuando, reconozco haberlo encontrado. No recuerdo haber intentado contar los pájaros del cielo ni recuerdo haber pretendido matarlos. Para bien o para mal, nunca me ha interesado la existencia o inexistencia de Dios. Pero sí me importó el amor. Y el mundo”.

En la novela también se aborda el envejecimiento, como así queda explícito en el título del libro, algo que, según expresa su protagonista, “uno descubre en la mirada de los otros". En su deambular por las distintas islas, acompañándose del espíritu de Darwin, toca su armónica que siempre lleva dispuesta en el bolsillo izquierdo de sus pantalones, lo hace mientras camina por senderos de lajas ocres, observando el vuelo de los pájaros. Las melodías de All my love is vain y Don´t start me talkin´, de Sonny Boy Williamson, Summertime, de George Gershwin, o What a wonderful world, de Louis Armstrong y algunas otras se van sucediendo a lo largo de sus excursiones.

Cuando regresa a la habitación de su hotel, tras esos momentos íntimos donde su identidad parece mudarse. Son sensaciones que le vienen a la memoria en sus excursiones por las islas entrelazadas con pasajes de lo que escribió su admirado Darwin en El origen de las especies. Se detiene en algunos de sus renglones, como este que señala que “tanto los animales como las plantas no se mudan de sus lugares originarios si no es por una estricta necesidad”, y deduce que, por esa razón y urgente necesidad, él mismo se encuentra allí, convencido de que un cambio de estado de ánimo podrá modificar su melancolía.


Federico Jeanmaire pone al lector frente a los mecanismos de la evolución y supervivencia con una historia íntima de un hombre con recurrentes síntomas de inconformismo, que muestra lo complicado que resulta conjugar el amor con el factor tiempo, hasta configurar un relato que toma el pulso al conocimiento de la vida, al fervor de Darwin, al desamor y a la edad de la memoria, en un intento de discernir sus ecos, entendimiento y rebeldía.

Darwin o el origen de la vejez es un libro de textura autobiográfica con aire de observatorio sentimental de la vida y sus contrastes, escrito con una prosa clara y ágil que se lee de corrido, una novela cargada de ironía y confabulada de espíritu cervantino, territorio bien conocido por su autor como gran especialista de la obra de Cervantes. Muy recomendable.


jueves, 5 de mayo de 2022

Realidad y delirio


Que la vida es una trampa, nos dice Milán Kundera, lo hemos sabido de siempre: nacemos sin haberlo pedido, encerrados en un cuerpo que no hemos elegido y destinados a morir. En compensación a esta realidad inexorable señalada por el escritor checo, el espacio del mundo nos ofrece una permanente posibilidad de evasión, de explorar la vida desde la propia inexperiencia. Se nace una sola vez, nunca se podrá empezar otra vida con las experiencias de una vida precedente. Se sale de la infancia sin saber en qué consiste la juventud, nos casamos sin saber qué es estar casado, e incluso cuando entramos en la vejez, no sabemos adónde vamos.

La escritora, crítica literaria y traductora Cristina Sánchez-Andrade, autora que ya hizo gala con anterioridad de sus excelentes dotes inventivas en novelas como Las inviernas (2014) o Alguien bajo los párpados (2017), sondea en su nuevo libro ese realismo común a todos transido de apegos, inexperiencias, anhelos y delirios, dando rienda suelta a una historia que busca dejar ver una existencia personal y colectiva por la que transcurre el enigma de un linaje de mujeres de una pequeña comunidad pesquera en un pueblo de Galicia. Por este escenario transita La nostalgia de la Mujer Anfibio (Anagrama, 2022), un relato palpitante que aglutina el realismo y lo fantástico de unas vidas atravesadas por los celos, los deseos y autoengaños, pero, sobre todo, diríamos que acapara unas vidas inmersas en un ambiente quebrado de secretos y culpas.

La narración, que arranca casi por el final, cruza un buen trecho del siglo XX por medio de tres generaciones de mujeres, primero en la isla de Sálvora y luego en la aldea de Oguiño, donde subsisten supersticiones y extrañezas. La autora descorre el telón narrativo de la historia con una escena impactante en la que Cristal, una niña de trece años, consigue desbaratar el intento de asesinato de su abuela Lucha Amorodio por su abuelo Manuel, una tentativa urdida en un corazón perturbado por tantos silencios y ocultaciones, un corazón desmadejado de amor y de verdad, arruinado por secretos inconfesados. El origen del resentimiento se remonta al naufragio del vapor Santa Isabel en la bocana de Arousa en 1921 –una de las mayores tragedias que se conoce en la historia marítima de Galicia, con más de doscientos muertos–, tan solo unas horas antes de que Manuel y Lucha celebraran su boda. Las circunstancias del rescate de los supervivientes y una cierta nebulosa sobre otros sucesos acaecidos enlazan el desarrollo de la novela.

Sánchez-Andrade dispone que Lucha, la Mujer Anfibia, como así se le conoce en el lugar tras convertirse en una de las heroínas que se arrojaron al agua en tareas de salvamento, se convierta en el personaje principal que teje toda la historia. Su matrimonio es un fracaso desde el primer día y el nacimiento de su hija Purísima de la Concepción, un ser apocado y solitario, no la librará de ese sofoco que la invade inflado de melancolía y deseos. «La vida, la única que tuve, se me fue pensando en otras mejores», piensa y lamenta al tiempo que sigue en su quehacer diario de vendedora de pescado.

Otra figura, en esta ocasión extravagante, que irrumpe en la novela con aire nuevo es la del hippy Ziggy Stardust, un personaje pintoresco que afirma que puede recuperar los recuerdos borrosos de los vecinos de Oguiño gracias a la música de su tocadiscos, una atracción en el pueblo que poco a poco irá alcanzando el interés de más vecinos y al que también acudirán Lucha y Cristal. “Hay vida que no vivimos. Y la vida no vivida es una enfermedad”, se apura en decirle la abuela a la nieta tras el impacto recibido de estas palabras dichas por el hippy: “Vivimos de forma paralela dos vidas. Una es la que tenemos aquí, al alcance de la mano; la otra es la que pudo haber sido y, como no fue, pervive en forma de sueños, imágenes o incluso recuerdos”.

Lucha es una mujer valiente, que embauca, precisamente, porque vive en permanente estado de vigilia entre esos dos sentimientos antagónicos como son el amor y el odio que no escapa a la vida de cualquiera, pero que, en ella, se convierte en un afán de liberación y esperanza. Ella se alimenta de una melancolía persistente, convertida casi en su razón de ser. Vivir en el recuerdo o, en el caso de Lucha, en un momento crucial de su vida la ha marcado para el resto de sus días. Mantiene la esperanza de revivir aquel instante: el recuerdo del náufrago inglés que salvó de las aguas. No llega a reencontrarse con él porque se teme que todo el encantamiento de ese prolongado anhelo se desvanecería. A cambio, a través del recuerdo, logra mantener vívido su pasado y olvidarse de lo que la incomoda de la realidad de su existencia.


Termina uno engatusado con la escritura de Cristina Sánchez-Andrade, poseído por ese hechizo desaforado que agarra su lectura hasta una prometedora estancia por el imaginario de su literatura, gracias al lenguaje sutil y envolvente de su prosa, y también, gracias a la verdad literaria que sustentan la esencia de sus personajes, con sus pasiones y desacatos.

La nostalgia de la Mujer Anfibio es una fascinante novela, una historia gallega de superchería y meigas, condensada en un relato prodigioso en el que la memoria y las mentiras se confabulan hasta el final, mediante el soplo mágico de sus vínculos, una historia que lleva al lector en volandas, cómplice y cautivo de la misma.