miércoles, 24 de diciembre de 2025

Pasión libresca


En un mundo donde todo debe cumplir una función, también tenemos necesidad de lo inútil, de la literatura, como evasión y entretenimiento, como introspección y diálogo. Persistir en ello es abastecerse de buenas lecturas. Esta sería mi lista de lecturas destacadas de 2025:





Mapa de soledades: Juan Gómez Bárcena logra que su libro, en su desarrollo narrativo, se convierta en una estupenda novela-ensayo bien urdida sobre la dimensión objetiva y la dimensión subjetiva que conlleva toda soledad.



Tinta invisible: Este libro no es ficción, es más bien el sumatorio de un ensayo y unas memorias, pero su autor, Javier Peña, también despliega en él un correlato de vida y literatura, de historias y emociones como lector y escritor.


Hotel Roma: un viaje personal de Pierre Adrian por la vida y obra de Pavese, un recorrido por el Piamonte y por la ciudad de Turín, para desgranarnos la esencia de su vida y la preponderancia que tuvo El oficio de vivir en el trágico final de su vida.


Los ilusionistas: una formidable incursión autobiográfica de Marcos Giralt que postula que no hay verdades absolutas en el seno familiar, pero que sí hay muchas otras que nos dejan al descubierto.


El jardinero y la muerte: un libro hermoso y conmovedor sobre el dolor y el duelo, pero, a su vez, una novela en la que Gospodínov se pregunta por el valor de la vida, sin olvidarse que de entre todas las necesidades que tiene el ser humano, no hay ninguna más vital y fértil para la literatura que la memoria desnuda que alumbra y enseña a leer la vida.


Poética del ermitaño: un impresionante relato de resiliencia y mirada al mundo, de laberintos y lazos con otros que a veces serán personas cercanas y a veces extrañas, bajo una gramática de existencia activa y contemplativa. Miguel A. Zapata da pie a que su novela fluya como un libro rizoma que va creciendo y estableciendo un diálogo, silencioso muchas veces, pero en el que sobresale siempre lo efímero que nos rodea.


A pedazos: una crónica conmovedora de Hanif Kureishi, hermosa, reflexiva, cabal, honesta y rotunda sobre la fragilidad de la vida, la pérdida de movilidad y, también, sobre la lucha por seguir manteniendo la creatividad y la conexión de los demás en medio del desamparo y la adversidad.


El aniversario: una novela de Andrea Bajani que cuestiona y zarandea el tabú de los lazos de sangre. Destaca por su tono íntimo y colectivo, su honestidad al exponer sin tapujos la violencia patriarcal y el férreo control familiar que impone.


La insistencia: un texto impregnado de luces y silencios, en el cual escritura y vida se arremeten, apelan entre sí, un libro que Jordi Doce propone leer a sorbos, casi sin decirlo; una lectura que nos lleva sin rumbo cierto, pero con tanteos y reflexiones que aspiran a explicarnos o a entrever esa red de sentido que hay detrás de las apariencias.


Herida y ventana: importa resaltar de este libro de Fernando Parra su hondura, lirismo y belleza, sin olvidar que estamos ante una historia desgarradora y humana, un relato de prosa ágil que toca el amor y los abismos del alma, una novela habitable y llena de sentido.


Las damiselas y el escritor: un mosaico de semblanzas sobre el autor de la trilogía Verdes valles, colinas rojas convertidas en una biografía coral en la que encontramos jugosos fragmentos que Maria Bengoa nos desvela de su memoria, detalles de su manera de entender la vida y de su compromiso literario; una novela que cautiva.


Escicha: una meritoria apuesta y sorprendente debut literario de Luisa Máñez donde encontrar motivos para no desentendernos de la fatalidad; una novela lacerante, reflejo del tiempo y de la furia desatada en una aldea de La Mancha.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Ramiro Pinilla redivivo


Contrariamente a lo que piensan muchos, no se escribe para entretener, aunque la literatura sea de las cosas más entretenidas que hay a nuestro alcance, nos dice Vila-Matas. Ni siquiera se escribe para eso que se llama “contar historias”, aunque la literatura, ciertamente, está llena de relatos geniales. El autor de Kassel no invita a la lógica (2014) dice: “Se escribe para atar al lector, para adueñarse de él, para seducirlo, para subyugarlo, para entrar en el espíritu de otro y quedarse allí, para conmocionarlo, para conquistarlo”. A eso aspiramos los lectores cuando tomamos un libro entre nuestras manos, a consentir y vislumbrar dicha misión. Su efecto, cuando llega, se convierte en una recompensa, en un disfrute duradero que advierte que mereció la pena.

Diría que Las damiselas y el escritor (Tusquets, 2025), la nueva novela de María Bengoa (Bilbao, 1959), se ajusta bien a lo expresado anteriormente por el gran Vila-Matas, un libro arrollador y potente que recrea la vida del escritor Ramiro Pinilla y habla de sus amigas. Bengoa ha sido capaz de encontrar el tono apropiado para escribir un relato emocionante y próximo, capaz de conmovernos por su honestidad y belleza, en el que la memoria, el amor y el duelo coexisten con aire reposado e inteligente, mostrado con una prosa aquilatada en la que el lenguaje se mimetiza asombrosamente con el personaje. Confiesa la autora al final del libro que “la estructura del mismo ha sido difícil, como un rompecabezas hasta el final”. Subraya, además, que eso mismo favorece el que se pueda llevar a cabo una lectura a capas o siguiendo dos vías: la de las entrevistas y la de los diarios.

Entrando ya en sus entresijos, Las damiselas y el escritor tiene mucho de semblanza y homenaje, en su propósito, en torno a la figura literaria de Ramiro Pinilla. Lo hace a través de las voces de las mujeres que lo conocieron y de los diarios de la propia autora, viuda del escritor. Es ella la impulsora de la trama del libro desde el arranque del mismo, al encargar a un joven periodista que lleve a cabo la tarea de entrevistar a las mujeres que pasaron por la vida del escritor. Por medio de estas entrevistas se reconstruyen episodios de la trayectoria vital y literaria de Pinilla, así como de los afectos, de las lealtades y de los malentendidos que generó su personalidad enérgica y carismática. Cada damisela que por aquí aparece aporta su testimonio y, en todos ellos, lo que más se destaca es su figura idealista y discreta. Rehuía de la vida social, pero, sin embargo, era afable en el trato: “Mostraba interés por todas las personas. Tenía una visión singular de las relaciones humanas”, destaca una de ellas.

La novela va conformando en su devenir un mosaico de semblanzas sobre el autor de la trilogía Verdes valles, colinas rojas convertidas en una biografía coral en la que encontramos fragmentos de su memoria, detalles de su manera de entender la vida y de su compromiso literario que van revelando el retrato del escritor, visto por diferentes mujeres, eso sí, de manera parcial e inacabada. Esa misma polifonía revierte en el trabajo del propio periodista, convertido también en personaje y obligado a discernir, a contrastar y a poner en orden las diferentes versiones íntimas que le van llegando tras cada entrevista, algunas contradictorias, otras paradójicas, pero, mayormente, esclarecedoras.

El retrato del biógrafo queda ultimado tras la entrega de los diarios escritos por la viuda que ponen su contrapunto a los relatos anteriores. Y todos ellos, entrevistas y diarios, desvelan y dan a entender que el escritor era un hombre de significados, inconformista y auténtico, un idealista “que sentía debilidad por las causas perdidas”. María Bengoa logra que su novela se encamine a un ejercicio de perspectivas múltiples para conducir al lector a un continuo encantamiento entre lo vivido y evocado, la amistad y los afectos, lo testimonial y lo fabulado en torno al escritor, convirtiendo su relato en una jugosa y emotiva andanza por la memoria de un hombre al que amó, desde el duelo y la pérdida. Su eco conforma el espejo de las palabras de este libro en el que, también, hay suspiros que humanizan a quien los da, y realzan el recuerdo y el valor de su figura.


Las damiselas y el escritor acrecienta el proyecto literario emprendido por María Bengoa con El mar de Arrigunaga (2023), donde narraba la vida de Pinilla desde su infancia a la juventud. Aquí y ahora sobresale su proeza narrativa con más ambición y legítimo desplante, para hablarnos hasta de sí misma, como ella confiesa al final en sus agradecimientos, para exorcizar fantasmas de su propia vida y expurgar diarios inconexos, en una escritura cuya intensidad narrativa proviene de sus entrañas, seriamente herida, pero dotada de talento literario y de coraje mental admirables para contarnos su duelo y la memoria de su amor que perdura. Formidable.


martes, 9 de diciembre de 2025

Ciudad, memoria y amor


Hacer el retrato de una ciudad, decía la fotógrafa estadounidense Berenice Abbott, es el trabajo de una vida y ninguna foto es suficiente. La ciudad, cuando se escribe sobre ella, es también un asunto demasiado complejo, difícil de abarcar en su justa medida, si no se tienen en cuenta los recuerdos personales y la memoria colectiva que la conforman. A este respecto, escribe Álex Chico en su libro Barcelona mapa infinito (2023), que la ciudad «es un diario, un estado de ánimo y es también una novela». Las ciudades se prestan a ser focos narrativos en la literatura porque funcionan a la vez como escenario, como motor de la trama y, desde luego, como dispositivo de construcción de identidad, de memoria y de pertenencia.

El nuevo libro de la escritora, crítica cultural, narradora y ensayista Mercè Ibarz (Saidí, Huesca, 1954), Una chica en la ciudad (Anagrama, 2025) se afana en descifrar los entresijos de su memoria sentimental sobre Barcelona, una crónica de vivencias y amor que explora historias suyas entrelazadas por las calles y barrios de la ciudad. Es aquí en Barcelona, como espacio afectivo, por donde transcurre el relato, un recorrido personal por sus recuerdos, el de una joven llena de inquietudes que llega a la ciudad en los años setenta, en los últimos coletazos de la dictadura, y se hace escritora. Se afana en remarcar al principio y al final del libro que “las ciudades son sueños”. En esos sueños es donde pone la mirada Ibarz, donde late todo ese sentir experimentado desde su juventud, que perduran con el transcurso de los años, al menos en el recuerdo.

Por eso mismo la ciudad se suma aquí a la memoria, estando muy presente como correlato de vida. Le importa contar con ella, escuchar el latido de la ciudad que marcó y aglutinó todo su devenir, un tiempo excitante de vivencias arrolladoras, de transformaciones, de cultura, de amor y de compromiso generacional. Estos recuerdos se entremezclan con el ambiente en los medios de comunicación en los que trabajó en una segunda etapa de su vida, así como los cambios que se produjeron en todos ellos desde los años 80: “Recordar es un riesgo y un regocijo, piensa esta servidora que evoca a la chica que fue, navegando por el amplio mar de los recuerdos, ciertos y fiables..., recuerdos soñados, olvidados y recuperados, tatuados en la piel y en el corazón”, escribe.

Barcelona es, por tanto, la ciudad que, poco a poco, se hace suya y que decide no abandonar nunca. Confiesa que no dejaría por nada del mundo la ciudad vivida con sus calles y paisajes. Asegura que le debe todo: el amor, la amistad, el oficio, la escritura. Por otro lado, importa resaltar que este libro responde, a su vez, a un lance de partida referido a la muerte de “L.”, el compañero músico y poeta, pareja de la autora, ya fallecido, al que solo conocemos por su letra, cuya ausencia está presente y se deja sentir como elegía amorosa y sentimental, sostenida a lo largo del texto con observación calibrada. A partir de esta realidad, el relato, en toda su extensión, se despliega como una evocación íntima, que es también, testimonio de duelo y amor compartido. Se apoya, para enaltecerlo, en la contundente frase que cita de Simone Weil: «El amor no es un consuelo, es luz». Y en esta otra de Emily Dickinson, más rotunda todavía: «Amar es más sólido que vivir».


Toda voz narrativa refleja su origen geográfico y, cómo no, los percances de la vida. Para Mercè Ibarz, escribir es recordar estos percances y calibrarlos. Nos dice que escribir es también aplicar lo que decía Ramon Llull, «hacer uso de los sentidos, que son nuestra consciencia». A ese propósito se dirige con determinación e inventiva Una chica en la ciudad, y así lo expresa la propia narradora: “Escribo, creo, para aplanar las capas de la memoria del cuerpo que me preceden, perderme de vista y reencontrarme”. Añadiría que este es un libro en el que la literatura y la vida se estrechan al máximo, un relato soberbio y sereno, escrito con un pulso evocativo destacable, en el que está muy presente el tono lírico y reflexivo de su prosa, sencilla y afinada, una novela que destila literatura por el anverso y reverso de sí misma.

Eso es lo que hace Ibarz con este libro, poner valor y sentido a su obra escrita, con contención expresiva, elegancia y verdad. Constato que Una chica en la ciudad es una buena prueba de que la autoficción sigue siendo un instrumento tan válido como fructífero para interpretar el presente y su encaje con el pasado y, a su vez, para comprender la realidad menos benévola donde hacer acopio de la experiencia humana y sus pérdidas.


jueves, 4 de diciembre de 2025

Fatalidad ininterrumpida


En la tragedia griega la fatalidad se formula como moira, un destino que fija los grandes contornos de la vida y ante el cual incluso los dioses están, en cierto modo, vinculados. Los clásicos acuden a nuestro encuentro para hacernos entender la fatalidad humana que no es más que el choque entre un orden cósmico que excede al individuo, una libertad limitada, pero real, que se ejerce en la forma en que se responde a ese destino. Esa fatalidad no parece anular la responsabilidad, sino que la sitúa en un marco donde azar, destino y respuesta humana se entretejen en una revuelta que resulta agravada por el arrebato de ajuste de cuentas.

En su estreno literario, Luisa Máñez (Valencia, 1979) explora esta idea clásica de destino y fatalidad por medio de un relato despiadado, en el que campea de forma imparable la adversidad de los designios de una estirpe familiar. Escicha (Talentura, 2025) es una novela en la que los seres que la habitan zamarrean sin pausa sus desdichas desatadas, con violencia, presos de sus infortunios y enojos. Cada personaje que por aquí transita muestra su cono de sombra reconocible. Precisamente, uno de los mayores poderes de la literatura consiste en mostrar esa capacidad de percibir las negruras y desafíos que copan el vivir de los personajes que pueblan sus páginas. Aquí se atisba con silencios, con imágenes, con arrebatos y dolor.

En esta historia tan cruda y terrible, “en una aldea de la que se fueron hasta los perros”, dentro de un cortijo perdido de La Mancha denominado El Agua Vieja, la venganza y la inquina no cesan. Aquí no se concibe la vida que vive su gente si no llevan a cabo su andanza de desquite, gestada desde la propia alcoba. Ese lugar imaginario por donde transcurre la novela es más un viento que sopla calamidad que una tierra prometida, un viento trasnochado que exaspera las turbulencias de quienes habitan la intimidad de sus cuartos y les obligan a sopesar un fatalismo presentido. El pulso narrativo que Luisa Máñez imprime a su prosa seca y punzante va imponiendo la deriva y el desenlace trágico de su trama afilada en arrojo, fuerza y violencia, conforme a la verdad poética de lucha y supervivencia que esgrime.

Graciana y Severo son protagonistas de sus infortunios y miserias. Por estas tierras la desdicha es pronunciada “escicha”, como si el lugareño escupiera un mal ajeno. En ambos personajes hay desesperación, refriegas y padecimientos que dejan a la intemperie su inquina. Esta anomalía da impulso al hecho narrativo de empujarlos de un lado para otro. Cada uno involucrado hasta que el destino cumpla su fatídica tarea. Graciana, a su vez, lidia con los cabos sueltos de los demás, es quien aglutina ese sometimiento explícito al patriarcado, que tiene marcado como mujer, un dominio amargo al que, con arrojo, se enfrenta. Su rebeldía también funciona como canal de otras voces de antaño y como una fuerza instintiva de liberación, mediante la que visibiliza lo indecible y misterioso: “Fui una muchacha solitaria y tímida: mi madre me inculcó ese carácter esquivo y frío para que nadie pudiera descubrir mi secreto”, confiesa.


La desgracia se impone a los fantasmas que se remueven entre líneas en Escicha, fantasmas que no existen, pero que insisten como reflejo del tiempo y de la furia desatada en ese poblado de La Mancha. Su gente intenta, entender la vida que no viven, superada por la desdicha. No hay utopía de agarradera en sus vidas. Aspiran a alcanzar la libertad. Aceptan que esta sea más valiosa que sus límites, como si no les importara conducir un coche sin freno dispuestos a pagar por ello. Hay una fluidez narrativa que percute en la acción, como un envión de creatividad intenso por el que la autora trenza en palabras e imágenes la experiencia y los fantasmas que cargan sus personajes.

Esta novela breve e intensa de Luisa Máñez es un debut sorprendente, que refleja la inquietud, ambigüedad y circunstancias difíciles por las que atraviesan los personajes que la habitan. Porque de lo que trata no es más que de la lucha por la vida de cada uno de ellos. Escicha es una meritoria apuesta literaria que trata de poner voz a personas atrapadas en una existencia hostil e incierta, una historia dura y lacerante que la autora parece haber sacado con punta afilada de su imaginario, un relato, en definitiva, de fatalidad ininterrumpida que araña las tripas.


martes, 2 de diciembre de 2025

Desolladura y larvario


Termino de leer esta perturbadora novela de Fernando Parra (Tarragona, 1978), Herida y ventana (Funambulista, 2025), y llego a la conclusión, tras releer también los subrayados marcados por mí conforme avanzaba en su lectura, de que la palabra, la literatura, no tienen porqué hacer el papel de terapia para quien la lleva a cabo. Al contrario, diría que más bien parece que la escritura solo puede surgir cuando el trabajo ya está hecho, o al menos una parte del trabajo que consiste en salir del túnel. «No se escribe con las propias neurosis –nos recuerda Deleuze–: La neurosis, la psicosis no son fragmentos de vida, sino estados en los que se cae cuando el proceso está interrumpido, impedido, bloqueado. La enfermedad no es un proceso, sino detención del proceso».

En Herida y ventana encontramos motivos para decir que quien escribe esta historia lo hace porque ya salió del infierno. Y, justamente, por eso, es capaz de escribir y contarnos que la ficción no solo puede aventurarse por el territorio de lo indecible, sino que el testimonio es una buena herramienta narrativa y de análisis. Y si esa herramienta está bien afilada, llega al hueso. Y cuando llega al hueso, la literatura se abre paso. Es lo que le ocurre al protagonista y narrador de esta novela dantesca, emotiva y burlona, que se dispone a llegar al tuétano, sin importarle mostrar que también es un rehén de sus sombras, de sus desolladuras. Con soplos de ironía, trata de explicarse así mismo que todo está en la realidad vivida, y que esa realidad está en uno mismo, como un larvario que no cesa de manifestarse, de reflejar sus síntomas.

Este libro de Fernando Parra toca la piel del lector y la traspasa. Y lo hace de manera intensa. Muchas veces lo hace de forma desgarradora, otras gozosas, apelando al amor, pese al desajuste que provoca una depresión. Así se las gasta el protagonista de esta novela, un profesor de instituto de baja laboral por depresión, dispuesto a relatarnos sus confidencias vitales. Lo hace lejos de su casa, encerrado en el cuarto de una casa de sus abuelos, en un pueblo de la serranía andaluza, ensimismado y rehén de sus sombras, pero con el propósito de liberar esa vida en suspenso que lleva: “A veces –nos cuenta– no resulta fácil discernir hasta qué punto una experiencia fue lo suficientemente traumática como para elevarla a la nobleza y respetabilidad de un libro, como tampoco si ese testimonio, pretendidamente edificante, resulta necesario o útil para la sociedad que lo recibe”.

El encierro se convierte en percutor de su retiro forzoso, lugar propicio donde revisar y liberar la anomalía de su estado. Escrito en primera persona, la novela nos adentra en una crónica en la que el narrador se observa y se disecciona con crudeza, como espejo del propio autor. Consciente de que nadie quiere a un triste a su lado, el protagonista trata de enderezar su relato hacia un punto más cálido que rescate también recuerdos de momentos felices compartidos con su pareja Bea. Conforme avanza la novela, vemos cómo el narrador evoluciona desde su derrotismo y vacío hasta un proceso de reflexión y autoconocimiento, volcado en la escritura del libro, con la idea de conectar y entendérselas con sus seres queridos. Y así lo expresa: “porque necesito que lo lean las personas que amo, porque es mi forma de celebrar su amor y pedir perdón y dejarles algo”.

Conforme se va haciendo más palpable su determinación, nos percatamos de que la narración se convierte en un tránsito íntimo de autoconocimiento y redención, que se evidencia en la manera en que el narrador se mira y se examina con templanza, para intentar recomponerse y encontrar una salida a su desasosiego interior: “Recuperar una vida es volver primero al mundo de las cosas pequeñas”, subraya. Y así podemos resaltar que este viaje introspectivo, tan emocional y arremetido por la memoria, por la propia escritura, alcanza al individuo y a su propio entorno familiar. Este discurrir conforma el fundamento del relato y el sentido de su verdadero impulso narrativo.

Si no tuviera la intención el narrador de decirse así mismo lo que trata de explicar, de entender ese mundo suyo que precisa no solo atención, sino arrojo, no le hubiera valido la pena su proceder. Pero entonces, el narrador hace valer el espíritu de la Divina Comedia, muy presente en su estructura a lo largo del libro, para dejar ver que toda vida es un tránsito que conlleva aprendizaje, un deambular sobre el presente y el pasado de la propia filosofía mundana que desborda nuestra patente insuficiencia, marcada por las heridas que vamos acumulando en el transcurso de nuestras vidas, vida que es más grande que nosotros mismos, y, justamente por eso, ofrece ventanas que nos permiten escapar de todo aquello que nos perturba.


No me andaré con rodeos antes de acabar, porque lo que me importa destacar de este libro es su hondura, lirismo y belleza, sin olvidar que estamos ante una historia desgarradora y humana, un relato de prosa ágil que toca el amor y los abismos del alma, una novela habitable y llena de sentido, que se despliega con palabras justas, que atrapa por la verdad que encierra, que en la literatura no es más que ese punto de vista que brilla por sí solo. Herida y ventana conmueve, y es así, precisamente, porque Fernando Parra lo hace con voz propia, verdad y vida.

martes, 25 de noviembre de 2025

Digerir el mundo


El primer elemento con el que se encuentra un lector cuando empieza un poemario es la voz de quien habla, susurra o canta entre verso y verso. Esta voz nos va a acompañar desde el primer poema hasta el último que cierra el libro, y nosotros, los lectores, debemos reconocerla y creer en ella. Como mínimo, debería hacernos sentir algo que nos permita labrarnos una opinión concreta sobre su idiosincrasia y mundo simbólico. Son sus palabras, su ritmo y disposición las que nos van a aportar, de inmediato, detalles, imágenes y emociones sobre su creación poética; todo al unísono, bajo un conjuro, tal como ocurre cuando paseamos por la calle y alguien se pone de repente a contar batallitas de estados emocionales en una esquina.

Es fácil quedarse atrapado por la voz poética de Marina Tapia (Valparaíso, Chile, 1975) de lo que evoca y vislumbra en sus versos sobre sus recuerdos de infancia, lugares habitados e identidad femenina. Todo ese mundo suyo de emociones y vivencias airean con sencillez y naturalidad una conciencia ética. Su poesía emerge desde la tensión experimentada, vista y sentida al propio tiempo que el poema inicia su viaje o descubrimiento: /Busco la voz que escale a lo callado/, dice la poeta en Cantaora, uno de los ciento cincuenta y cuatro poemas reunidos en Mixtura (Averso, 2025). Esta antología personal, editada con primor y mucho gusto, aparece como una vista panorámica de la trayectoria poética de Marina desde 2013 hasta 2024, un recuento de su trabajo creativo en el que despunta la naturaleza, el erotismo, el amor y el vínculo errante de vivir y estar en el mundo.

Mixtura es una antología que pone al lector frente a una exposición de poemas en el que el yo lírico se deja ver en el tiempo, desde su estado de entusiasmo e inspiración, hasta de éxtasis y fervor por la naturaleza. Esa actitud de asombro y señuelo ante la naturaleza está muy presente: /El bosque siempre guarda habitaciones/, sostiene el verso final de Salvaje; /He encontrado mi voz / en el murmullo amplio y colectivo / del río, del sendero / hacia los bosques./, confiesa en otro poema. En Marina, la poesía está totalmente despojada de retórica, y la metáfora nunca impide ver la vida, antes bien, se pone a su disposición.: Yo vine para esto, / para regocijarme en el avance, / para encontrar mi voz de nervadura, / para llegar un día / al lecho de la tierra que transforma.

No me olvido en resaltar la condición e identidad femenina que conforma el modo de vida propio de la poeta, así como su fascinante juego intelectual y erótico por el que transita con destreza lo dicho y lo callado de su poesía. En El relámpago en la habitación, quizá el poemario más espiritual, erótico y sensual de su producción, encontramos versos y cantos propicios que van no solo más allá de su significado aparente de realidad íntima, sino de realidad trascendida: Escucha, / la lujuria / es santa, / no te pierdas / el goce de saberte un animal. En El deleite, otro poemario que pone en alza los sentidos, el resurgir erótico de estos y su cartografía, como muestran estos versos de su poema El tacto, tan evocador y emotivo: Soy la miga de pan que retiene tu mano, / que dan forma tus dedos / (con un gesto aparente de calma) / y al ritmo sostenido del amor.

También está presente en la antología algunos de los poemas de Islario, un libro del que guardo una grata estancia lectora, que le valen a Marina para otear paisajes vívidos y razones para rememorar sus ecos y confluencias. Tiempo, amor, memoria, paraísos anhelados, destino, señales y vestigios, son temas recurrentes en su poesía, en la palabra como hacedora de mundos, como así refleja estos versos del poema Certeza: Soy el recorte vivo de un recuerdo que nunca sucedió. / Pertenezco a esa tierra que atrae / solamente a las voces perdidas. En esos encajes, entre palabras y estados de ánimo, se sustenta de alguna manera todo el sentido de lo que uno percibe de la poesía, y sucede, en verdad, cuando se tocan la vida reflejada de quien la escribe y de quien la lee. Marina es fundamentalmente una observadora del mundo que pisa, y de sí misma, una poeta encariñada con el paisaje y su memoria de donde, a su entender, parte todo.

La poesía de Marina Tapia, “de palabra vivida y significada, poeta de la tierra y el amor”, como recapitula Juan José Castro Martín en el prólogo del libro, transmite humanidad, ternura y arrobo. Su poesía no se aleja en ningún momento del pálpito de las palabras, del estremecimiento que suscitan y de sus significados. En estos encajes, entre palabras y estados de ánimo, diría que su poesía no hipnotiza, más bien despierta y busca instalarse dentro del lector: Me doy / pero me guardo, / he ahí mi mercancía. / Dejadme que conserve / algún secreto / furioso / entre los dientes. / Por lo demás, leedme sin piedad.


Esta antología personal atesora agudeza y un río de buenos poemas. Marina Tapia firma un jugoso compendio de su itinerario vital y creativo, ámbitos bien esparcidos a lo largo del volumen, como testimonio propio de su quehacer y de su pasión por la poesía. Solo me queda añadir que Mixtura despierta la sensibilidad que todos llevamos con nosotros mismos. Si la poesía importa no es por otra cosa que por saber que tiene algo distinto que ofrecer, algo tal vez más admirable, estético y sorprendente por desvelar e interiorizar, pero no por ello menos cierto o enigmático. Por eso nos gusta la poesía. Y nos seguirá complaciendo, sin tener que acudir a destacarlo con el énfasis artificioso de antaño.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Llámame Homero


Inimaginable sería querer agotar el rastro de la Odisea en la literatura moderna. El material homérico es infinito y su catálogo ingente. Casi doscientos años antes, Shelley, el gran poeta romántico inglés, dijo lo siguiente: «Todos somos griegos. Nuestras leyes, nuestra literatura, nuestra religión, nuestras artes tienen su raíz en Grecia». Imposible decirlo mejor y con menos palabras. Por otra parte, podemos afirmar que el conocimiento de los mitos griegos puede llegar a ser más útil para entender lo que nos rodea que cualquier libro de sociología reciente y vanguardista, porque estos mitos, ciertamente, han superado sus casi tres mil años de vida sin perder frescura, vigor y vigencia. Los griegos no solo han sido grandes maestros en filosofar, sino que, sobre todo, son nuestros compañeros de viaje.

Toda literatura que se precie ha sido siempre alegórica, como sostiene Chesterton: «alegórica de alguna visión del universo en su conjunto. La Ilíada es grande solo porque toda vida es una batalla, y la Odisea porque toda vida es un viaje». Y por eso mismo, los lectores, a través de la literatura, tratamos de comprender que toda vida es a la vez una lucha, un viaje y un enigma para comprender muchas cosas más, aunque quizá nunca lleguemos a resolver el enigma. No cabe duda de que los poemas de Homero, como bien señala Alberto Manguel en su libro El legado de Homero, se convirtieron en textos canónicos que ofrecían una visión cosmopolita de los dioses y los héroes, constituyéndose en un mundo que uno no puede estudiar sin sentirse dentro del compendio de todo un cosmos literario universal.

Para el escritor Castro Lago (Cádiz, 1972), licenciado en Filología Hispánica y profesor de Lengua y Literatura, este cosmos literario griego sigue vivo en nuestros días, y persiste desde tiempo inmemorial. Ítaca sigue viva y rediviva. Y en ese sentir y trayecto fluye su reciente novela Reyes de Ítaca (Tres hermanas, 2025), una mirada clásica, humana y poética sobre esa fuente homérica inagotable que consiste en acometer los viajes por mar, de atenerse al proteccionismo de los dioses ante la desconfianza que tenemos a la autoridad, al culto al ego, a la curiosidad y al placer. Más allá de estas características, el libro destaca la disposición de los griegos a no perder el orden, aunque siempre abiertos a nuevas ideas. Admiraban la excelencia de las personas de talento, su sagacidad y espíritu competitivo.

Reyes de Ítaca es una novela que reimagina la Odisea, desde una perspectiva singular y humana, centrada en los personajes de Ítaca, tras la larga ausencia de Odiseo durante veinte años. Está concebida como una historia de amor y de acción, sin olvidarse de los entresijos de unos pretendientes que compiten entre sí para ser acreedores del beneplácito de Penélope que, por mucho que lo intenten, continúa impertérrita y confiada en la vuelta de su esposo. Castro Lago promueve en cada uno de sus veinticuatro capítulos, que se corresponden con las letras del alfabeto griego, una reflexión de partida, una antesala que pretende despertar en el lector el interés por el discurrir que se avecina, ya sea para explorar temas del deseo, de la memoria y de la identidad, así como del regreso a casa, con la isla de Ítaca como escenario, donde la confrontación con el destino es permanente.

Castro Lago aboga por rescatar a personajes legendarios en una historia que, como subraya en su inicio el narrador de la misma, “sucedió en una época en la que podría parecer que todo permanecía como en la estación anterior, aunque, en realidad, era todo lo contrario: los cambios llegaban, pero con tal sutileza que ni las palabras, ni las personas, ni los dioses parecían transformarse. Ni siquiera los nombres”. Por todo ello, el autor pone como punto de inflexión en la trama y contexto de Reyes de Ítaca el transcurrir de dos décadas desde la partida de Ulises a Troya, y cómo la situación en Ítaca es de una incertidumbre constante motivada por la incertidumbre de su vuelta a casa. Por otro lado, Telémaco no recuerda para nada a su padre y Penélope se está viendo obligada a considerar un nuevo matrimonio, mientras que su suegro Laertes sufre de demencia. Mientras tanto, en medio de este ambiente enrarecido y nada complaciente, un forastero desembarca en la isla. Su presencia desencadenará el devenir de la novela hasta sus últimas consecuencias.

No sería descabellado afirmar que Reyes de Ítaca es una Odisea revisitada, una novela que no pierde su corte clásico, de amplitud y de libertad épica, pero más centrada en los conflictos y luchas de sus personajes, más que en los elementos sobrenaturales, más perfilada en sus egos, deseos y confrontaciones, sin que la intervención divina dé lugar a cambiar el destino al que se enfrentan sus protagonistas. Por otro lado, explora, especialmente su escenario: Ítaca, como contorno histórico fundamental donde sus habitantes se encuentran con la verdad cotidiana de sus vidas, seres que buscan el sentido de pertenencia y destino, sin olvidar los dos elementos imprescindibles para alcanzarlo: la memoria y el relato.


«¿Cuántas Odiseas contiene la Odisea?», se preguntaba Italo Calvino en su memorable libro Por qué leer los clásicos. Castro Lago toma esto en consideración, y lo hace con un asombroso principio de libertad y concordia encomiables. Porque en Reyes de Ítaca traza un horizonte de luz reflejada y escudriñadora, frente a lo ya sabido, dejando ver la vulnerabilidad de su héroe Ulises, más humanizado aquí, dispuesto a pasar página, consciente de su estado físico. Ese es el envite e impulso narrativo que mantiene el libro desde el inicio hasta el final, un relato vívido, ameno y de prosa fluida, en el que el narrador posa sus dedos “sobre las letras de otros”, para que el mito perdure y el lector disfrute de su presencia, porque los mitos nunca terminan de decir lo que tienen que decir. Es lo que los hace perdurables.