jueves, 15 de enero de 2026

Suma de lecturas, vida y pasión


El lector que fue y es Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) aprendió bien la enseñanza de que el universo literario no está hecho de una vez para siempre, sino que este juega con el tiempo y las vidas que otros imaginan con los recuerdos de las obras anteriores de la literatura, del arte en general, y que a nosotros nos valen para vernos reflejados, para evocar y conjeturar qué hemos hecho de nosotros mismos, de nuestras vidas. «Hay que atreverse a sentir», decía Stendhal, abundando quizá en algo que, dos siglos antes, había escrito Cervantes en El amante liberal: «Lo que se sabe sentir se sabe decir». Esta sería la legítima aspiración que ha de tener cualquier escritor: ser siervo y señor de sus propios sentimientos. Ese es el dial que sintoniza El verano de Cervantes (Seix Barral, 2025), un dial que postula que de Don Quijote lo sabemos todo, pues todo lo que de él sabemos nos lo contó el propio Cervantes.

A Cervantes, dicen muchos entendidos, hay dos maneras de acercarse: una, como estudioso, otra, como lector. Muñoz Molina nos invita a participar de su manera de acercarse a Cervantes como escritor y lector, conjugando tener todos los hilos de su trama en la mano, sin dejar cabo suelto, pero, a su vez, contentándose, como lector asiduo de su obra, de un disfrute sin importarle dar rienda suelta a la risa, a los desengaños y a los fracasos que suscitan muchos de sus episodios, incluso lágrimas de dulce melancolía que amagan por salir con cada lectura. Lo decía Vargas Llosa y antes Juan Ramón Jiménez: «Cervantes es nuestro Homero», y, al mismo tiempo, nuestro mar de lenguas, olas y ondas que hablan como sirenas en español y para siempre, como habla el mar, para sí mismo.

Muñoz Molina nos presenta un ensayo que tiene mucho de autobiografía, que, a su vez, esgrime una apasionada lectura del Quijote, un libro nacido de muchas notas anteriores suyas de lecturas que fue recopilando con el tiempo. El verano de Cervantes, por tanto, está entretejido de recuerdos de su infancia hasta hoy, y todos ellos confluyen en una escritura cosida a la lectura continuada de la obra y a la propia experiencia de vida. Trasciende en el libro esa mirada de Cervantes que el autor de El jinete polaco destaca como escritor de interés compasivo por la vida de la gente corriente, además de su humanidad profunda, su sentido del humor y, especialmente, la amenidad de sus episodios y aventuras. Las vidas de todos sus personajes conforman un repertorio compartido entre escritor y lector en los que siempre se libra lo mejor o lo peor de la condición humana.

El sino del Quijote, viene a decirnos, es haber sido, desde su origen, un libro traducido. Cervantes cedió a un proscrito, a un autor arábigo, Cide Hamete Benengeli, la gloria de escribirlo y le pidió a otro que encontró en un barrio de Toledo que lo tradujera a nuestro castellano hablado por la gente. Pero nadie duda, como asegura Muñoz Molina, que el mérito de Cervantes estuvo en sobrepasar sus propios desengaños y fracasos, y darnos unos personajes que nunca se desengañaron ni conocieron otra gloria que la locura y ser entusiastas en deshacer agravios insólitos. Hace hincapié en que, para Cervantes, lo que importa de verdad es el efecto que pueden tener en las personas las historias leídas o escuchadas, “haciéndoles ver o no ver lo que hay en su propia conciencia y lo que tienen delante de los ojos, verse o imaginarse a sí mismo”.

El verano de Cervantes entreteje memoria personal, ensayo literario y, también, reflexión textual de toda una trayectoria de vida dedicada a la lectura del Quijote. Muñoz Molina no solo destaca sus notas de lectura, sino que incluye detalles de escritores apasionados y relevantes que han hablado y escrito del Quijote, como, por ejemplo, Thomas Mann que lo va leyendo en la travesía que hace a Nueva York como exiliado, o Sigmund Freud que aprendió español para leer en su salsa la novela de Cervantes. Y otros muchos autores fundamentales en la tradición narrativa que destacan las resonancias de Alonso Quijano en la concepción de sus obras, como es el caso de Stendhal, Faulkner, Dos Passos, Melville o Mark Twain. También, nos dice, la semejanza de Montaigne y Cervantes en su capacidad de acercarse al lector con sencillez, incluso para ponerlo todo en duda. En los Ensayos y en Don Quijote no encuentras a un autor, sino que, como decía Stendhal, lo que encuentras es a un ser humano dispuesto a destilar la experiencia de su vida.

El verano es la estación de Don Quijote de la Mancha. Es el tiempo en el que suceden del principio al final todas sus peripecias, y también el más adecuado para su lectura”, leemos en el arranque del libro. Para muchos de nosotros que somos apasionados del Quijote, El verano de Cervantes es un acicate literario para seguir leyendo esta obra colosal, una novela en la que, como aquí se apunta, acrecienta la vida imaginaria del lector. Muñoz Molina hace memoria de sus andanzas como lector quijotesco, haciéndonos partícipes de cómo encontró su primer Quijote dentro de un baúl que estaba en el pajar de su abuelo, un ejemplar antiguo de la editorial Calleja de 1881. Este hallazgo, como bien dice, le dio pie a una pasión cervantina que nunca le ha abandonado.


En esencia, Antonio Muñoz Molina vuelve a poner a prueba su maestría mostrando que lo que hay aquí escrito y recordado refleja la suerte de asistir al embrujo de una suma de lecturas apasionadas en un texto lúcido capaz de ponernos en la órbita del sueño que convierte a Alonso Quijano en Don Quijote de la Mancha, disponiéndonos a que con cada lectura el mito nuevamente transforme en historia viva la vida imaginaria que aparece por todas partes: en las peripecias, en las bocas y hasta en el aire que respiran sus personajes.

lunes, 12 de enero de 2026

Entre piel y pelaje


La elección de una lectura es un proceso azaroso, tan personal como heterogéneo. El imán puede llegarnos por el título sugerente de la propia obra, por el hallazgo de una voz nueva o la lealtad a un autor ya conocido y que nos gusta mucho. Nos dejamos persuadir por la arquitectura de los personajes, la estética del lenguaje, ya sea por su lirismo o su sencillez y, cómo no, por ese gancho instintivo de las primeras líneas del texto. Sin embargo, el flechazo literario del hallazgo rara vez proviene de un único elemento, sino de la confluencia de varios: la trama y su pulso narrativo, a la que se añade nuestra curiosidad y estado de ánimo, que también cuenta, de igual manera que la recomendación oportuna de un amigo nos vale para determinar que un libro se posicione favorablemente para tratar de conquistarnos.

Ya dispuestos con el libro entre manos, dejamos que nuestro detector de ideas interno impulse su lectura y se active al instante. Porque bien sabemos que los escritores parece que viven con el detector literario siempre activado. Saltará la alarma en su interior en cuanto tropiecen con una idea con posibilidades. Ideas que pueden convertirse en obra literaria de muchas maneras. Vale cualquier chispa potencial, ya surja de un paisaje, de una charla trivial con un vecino, de la misma rutina diaria o de su mismo interior, invocadas por la memoria. A menudo, esa inspiración brota de la propia intimidad del autor, y hasta de la convivencia con mascotas. Basta con observar la cercanía de estos animales para que el escritor halle un sinfín de sucesos capaces de transformarse en relatos singulares y ecos de vida en los que se exploran las fronteras de lo tangible de la realidad.

Las historias que la madrileña Chelo Sierra reúne en El único animal rozan a menudo lo azaroso e inexplicable. Le basta a la escritora partir de la observación de cómo nos entendemos con los animales para esbozar un buen puñado de vidas en común convertidas en un bestiario íntimo de lo humano que conforman, a su vez, un álbum de intercambios de vivencias en el que el mundo animal y la propia zoología humana comparten identidad, espacio, confluencias vitales y vicisitudes, un mismo mundo bajo múltiples focos, variando voces, situaciones y registros. Todos ellos convergen hacia una extrañeza y un núcleo de tensión en el que realidad y ficción se enfrentan en un juego de espejos. De tal manera que todos los seres humanos que por aquí transitan, cada uno a su manera, son el resultado descarnado de su propia parodia de vida.

Pero antes de proseguir, conviene que nos fijemos en el epílogo con que la autora cierra el libro, un texto que lleva como propósito encender nuestra curiosidad lectora, “bajo la apariencia de un nuevo relato”, y desvelarnos los entresijos del instinto creativo de quien lo promueve a la hora de corregir y armar las historias “a punto de salir de su crisálida” para darlas a conocer. Dicho esto, los trece relatos que agrupa El único animal ajustan un buen corolario de relaciones y conductas entre seres humanos y su hábitat. Cada historia revela las conexiones de sus personajes y ese medio ambiente en el que ineludiblemente tiene protagonismo el mundo animal.

En la primera de ellas, bajo el título de El ruido de los pájaros al caer, una pareja de jóvenes emprendedores, consiguen con éxito el sueño de su vida tras sortear todos los contratiempos: construir un hotel rural en plena naturaleza. Pero un ridículo incidente, unido al aleteo exterior de aves agitarán las quejas de los huéspedes y el desconcierto en la pareja. En el siguiente relato, otro de los destacados, una venganza animalista de dos limpiadoras de una multinacional se hace patente en la presentación pública de una crema antiarrugas novedosa y revolucionaria. Podemos afirmar que cada relato del libro exhibe una relación directa con el mundo animal, en mayor o menor medida. Algunos de ellos rozan a menudo lo inexplicable, pero, inesperadamente, nos toca la piel y nos da que pensar y mirarnos a nosotros mismos.

Chelo Sierra, escritora de larga trayectoria, tanto en relato como en novela, con premios importantes en su haber, como el Ramiro Pinilla de novela, instaura en El único animal una estupenda compilación de relatos donde la dimensión psicológica humana alcanza nuevas cotas. Y tiene que ver mucho con la presencia y el protagonismo de ese mundo animal que forma parte de la coexistencia y de la rivalidad de nuestra propia especie, que nos dice tanto con lo que manifiesta como con lo que oculta y solo sugiere. Le anima igualmente a dar rienda suelta a una prosa cargada de ironía y sentido del humor, caracterizada por su naturalidad y fluidez.


En suma, las buenas historias viven en lo sencillo que nos rodea, pero curiosamente lo hacen fuera de la lógica y, en ocasiones, conducen al lector a replantearse otros aspectos en los que tenemos mucho que ver con el mundo animal. El único animal contiene esa pulsión y una crítica social añadida, así como una cautivadora reflexión sobre narrar historias, y una defensa de la necesidad de ponerse en lugar del otro para entender que la humanidad es una sola, y todos somos animales que andamos parejos entre piel y pelaje.


miércoles, 24 de diciembre de 2025

Pasión libresca


En un mundo donde todo debe cumplir una función, también tenemos necesidad de lo inútil, de la literatura, como evasión y entretenimiento, como introspección y diálogo. Persistir en ello es abastecerse de buenas lecturas. Esta sería mi lista de lecturas destacadas de 2025:





Mapa de soledades: Juan Gómez Bárcena logra que su libro, en su desarrollo narrativo, se convierta en una estupenda novela-ensayo bien urdida sobre la dimensión objetiva y la dimensión subjetiva que conlleva toda soledad.



Tinta invisible: Este libro no es ficción, es más bien el sumatorio de un ensayo y unas memorias, pero su autor, Javier Peña, también despliega en él un correlato de vida y literatura, de historias y emociones como lector y escritor.


Hotel Roma: un viaje personal de Pierre Adrian por la vida y obra de Pavese, un recorrido por el Piamonte y por la ciudad de Turín, para desgranarnos la esencia de su vida y la preponderancia que tuvo El oficio de vivir en el trágico final de su vida.


Los ilusionistas: una formidable incursión autobiográfica de Marcos Giralt que postula que no hay verdades absolutas en el seno familiar, pero que sí hay muchas otras que nos dejan al descubierto.


El jardinero y la muerte: un libro hermoso y conmovedor sobre el dolor y el duelo, pero, a su vez, una novela en la que Gospodínov se pregunta por el valor de la vida, sin olvidarse que de entre todas las necesidades que tiene el ser humano, no hay ninguna más vital y fértil para la literatura que la memoria desnuda que alumbra y enseña a leer la vida.


Poética del ermitaño: un impresionante relato de resiliencia y mirada al mundo, de laberintos y lazos con otros que a veces serán personas cercanas y a veces extrañas, bajo una gramática de existencia activa y contemplativa. Miguel A. Zapata da pie a que su novela fluya como un libro rizoma que va creciendo y estableciendo un diálogo, silencioso muchas veces, pero en el que sobresale siempre lo efímero que nos rodea.


A pedazos: una crónica conmovedora de Hanif Kureishi, hermosa, reflexiva, cabal, honesta y rotunda sobre la fragilidad de la vida, la pérdida de movilidad y, también, sobre la lucha por seguir manteniendo la creatividad y la conexión de los demás en medio del desamparo y la adversidad.


El aniversario: una novela de Andrea Bajani que cuestiona y zarandea el tabú de los lazos de sangre. Destaca por su tono íntimo y colectivo, su honestidad al exponer sin tapujos la violencia patriarcal y el férreo control familiar que impone.


La insistencia: un texto impregnado de luces y silencios, en el cual escritura y vida se arremeten, apelan entre sí, un libro que Jordi Doce propone leer a sorbos, casi sin decirlo; una lectura que nos lleva sin rumbo cierto, pero con tanteos y reflexiones que aspiran a explicarnos o a entrever esa red de sentido que hay detrás de las apariencias.


Herida y ventana: importa resaltar de este libro de Fernando Parra su hondura, lirismo y belleza, sin olvidar que estamos ante una historia desgarradora y humana, un relato de prosa ágil que toca el amor y los abismos del alma, una novela habitable y llena de sentido.


Las damiselas y el escritor: un mosaico de semblanzas sobre el autor de la trilogía Verdes valles, colinas rojas convertidas en una biografía coral en la que encontramos jugosos fragmentos que Maria Bengoa nos desvela de su memoria, detalles de su manera de entender la vida y de su compromiso literario; una novela que cautiva.


Escicha: una meritoria apuesta y sorprendente debut literario de Luisa Máñez donde encontrar motivos para no desentendernos de la fatalidad; una novela lacerante, reflejo del tiempo y de la furia desatada en una aldea de La Mancha.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Ramiro Pinilla redivivo


Contrariamente a lo que piensan muchos, no se escribe para entretener, aunque la literatura sea de las cosas más entretenidas que hay a nuestro alcance, nos dice Vila-Matas. Ni siquiera se escribe para eso que se llama “contar historias”, aunque la literatura, ciertamente, está llena de relatos geniales. El autor de Kassel no invita a la lógica (2014) dice: “Se escribe para atar al lector, para adueñarse de él, para seducirlo, para subyugarlo, para entrar en el espíritu de otro y quedarse allí, para conmocionarlo, para conquistarlo”. A eso aspiramos los lectores cuando tomamos un libro entre nuestras manos, a consentir y vislumbrar dicha misión. Su efecto, cuando llega, se convierte en una recompensa, en un disfrute duradero que advierte que mereció la pena.

Diría que Las damiselas y el escritor (Tusquets, 2025), la nueva novela de María Bengoa (Bilbao, 1959), se ajusta bien a lo expresado anteriormente por el gran Vila-Matas, un libro arrollador y potente que recrea la vida del escritor Ramiro Pinilla y habla de sus amigas. Bengoa ha sido capaz de encontrar el tono apropiado para escribir un relato emocionante y próximo, capaz de conmovernos por su honestidad y belleza, en el que la memoria, el amor y el duelo coexisten con aire reposado e inteligente, mostrado con una prosa aquilatada en la que el lenguaje se mimetiza asombrosamente con el personaje. Confiesa la autora al final del libro que “la estructura del mismo ha sido difícil, como un rompecabezas hasta el final”. Subraya, además, que eso mismo favorece el que se pueda llevar a cabo una lectura a capas o siguiendo dos vías: la de las entrevistas y la de los diarios.

Entrando ya en sus entresijos, Las damiselas y el escritor tiene mucho de semblanza y homenaje, en su propósito, en torno a la figura literaria de Ramiro Pinilla. Lo hace a través de las voces de las mujeres que lo conocieron y de los diarios de la propia autora, viuda del escritor. Es ella la impulsora de la trama del libro desde el arranque del mismo, al encargar a un joven periodista que lleve a cabo la tarea de entrevistar a las mujeres que pasaron por la vida del escritor. Por medio de estas entrevistas se reconstruyen episodios de la trayectoria vital y literaria de Pinilla, así como de los afectos, de las lealtades y de los malentendidos que generó su personalidad enérgica y carismática. Cada damisela que por aquí aparece aporta su testimonio y, en todos ellos, lo que más se destaca es su figura idealista y discreta. Rehuía de la vida social, pero, sin embargo, era afable en el trato: “Mostraba interés por todas las personas. Tenía una visión singular de las relaciones humanas”, destaca una de ellas.

La novela va conformando en su devenir un mosaico de semblanzas sobre el autor de la trilogía Verdes valles, colinas rojas convertidas en una biografía coral en la que encontramos fragmentos de su memoria, detalles de su manera de entender la vida y de su compromiso literario que van revelando el retrato del escritor, visto por diferentes mujeres, eso sí, de manera parcial e inacabada. Esa misma polifonía revierte en el trabajo del propio periodista, convertido también en personaje y obligado a discernir, a contrastar y a poner en orden las diferentes versiones íntimas que le van llegando tras cada entrevista, algunas contradictorias, otras paradójicas, pero, mayormente, esclarecedoras.

El retrato del biógrafo queda ultimado tras la entrega de los diarios escritos por la viuda que ponen su contrapunto a los relatos anteriores. Y todos ellos, entrevistas y diarios, desvelan y dan a entender que el escritor era un hombre de significados, inconformista y auténtico, un idealista “que sentía debilidad por las causas perdidas”. María Bengoa logra que su novela se encamine a un ejercicio de perspectivas múltiples para conducir al lector a un continuo encantamiento entre lo vivido y evocado, la amistad y los afectos, lo testimonial y lo fabulado en torno al escritor, convirtiendo su relato en una jugosa y emotiva andanza por la memoria de un hombre al que amó, desde el duelo y la pérdida. Su eco conforma el espejo de las palabras de este libro en el que, también, hay suspiros que humanizan a quien los da, y realzan el recuerdo y el valor de su figura.


Las damiselas y el escritor acrecienta el proyecto literario emprendido por María Bengoa con El mar de Arrigunaga (2023), donde narraba la vida de Pinilla desde su infancia a la juventud. Aquí y ahora sobresale su proeza narrativa con más ambición y legítimo desplante, para hablarnos hasta de sí misma, como ella confiesa al final en sus agradecimientos, para exorcizar fantasmas de su propia vida y expurgar diarios inconexos, en una escritura cuya intensidad narrativa proviene de sus entrañas, seriamente herida, pero dotada de talento literario y de coraje mental admirables para contarnos su duelo y la memoria de su amor que perdura. Formidable.


martes, 9 de diciembre de 2025

Ciudad, memoria y amor


Hacer el retrato de una ciudad, decía la fotógrafa estadounidense Berenice Abbott, es el trabajo de una vida y ninguna foto es suficiente. La ciudad, cuando se escribe sobre ella, es también un asunto demasiado complejo, difícil de abarcar en su justa medida, si no se tienen en cuenta los recuerdos personales y la memoria colectiva que la conforman. A este respecto, escribe Álex Chico en su libro Barcelona mapa infinito (2023), que la ciudad «es un diario, un estado de ánimo y es también una novela». Las ciudades se prestan a ser focos narrativos en la literatura porque funcionan a la vez como escenario, como motor de la trama y, desde luego, como dispositivo de construcción de identidad, de memoria y de pertenencia.

El nuevo libro de la escritora, crítica cultural, narradora y ensayista Mercè Ibarz (Saidí, Huesca, 1954), Una chica en la ciudad (Anagrama, 2025) se afana en descifrar los entresijos de su memoria sentimental sobre Barcelona, una crónica de vivencias y amor que explora historias suyas entrelazadas por las calles y barrios de la ciudad. Es aquí en Barcelona, como espacio afectivo, por donde transcurre el relato, un recorrido personal por sus recuerdos, el de una joven llena de inquietudes que llega a la ciudad en los años setenta, en los últimos coletazos de la dictadura, y se hace escritora. Se afana en remarcar al principio y al final del libro que “las ciudades son sueños”. En esos sueños es donde pone la mirada Ibarz, donde late todo ese sentir experimentado desde su juventud, que perduran con el transcurso de los años, al menos en el recuerdo.

Por eso mismo la ciudad se suma aquí a la memoria, estando muy presente como correlato de vida. Le importa contar con ella, escuchar el latido de la ciudad que marcó y aglutinó todo su devenir, un tiempo excitante de vivencias arrolladoras, de transformaciones, de cultura, de amor y de compromiso generacional. Estos recuerdos se entremezclan con el ambiente en los medios de comunicación en los que trabajó en una segunda etapa de su vida, así como los cambios que se produjeron en todos ellos desde los años 80: “Recordar es un riesgo y un regocijo, piensa esta servidora que evoca a la chica que fue, navegando por el amplio mar de los recuerdos, ciertos y fiables..., recuerdos soñados, olvidados y recuperados, tatuados en la piel y en el corazón”, escribe.

Barcelona es, por tanto, la ciudad que, poco a poco, se hace suya y que decide no abandonar nunca. Confiesa que no dejaría por nada del mundo la ciudad vivida con sus calles y paisajes. Asegura que le debe todo: el amor, la amistad, el oficio, la escritura. Por otro lado, importa resaltar que este libro responde, a su vez, a un lance de partida referido a la muerte de “L.”, el compañero músico y poeta, pareja de la autora, ya fallecido, al que solo conocemos por su letra, cuya ausencia está presente y se deja sentir como elegía amorosa y sentimental, sostenida a lo largo del texto con observación calibrada. A partir de esta realidad, el relato, en toda su extensión, se despliega como una evocación íntima, que es también, testimonio de duelo y amor compartido. Se apoya, para enaltecerlo, en la contundente frase que cita de Simone Weil: «El amor no es un consuelo, es luz». Y en esta otra de Emily Dickinson, más rotunda todavía: «Amar es más sólido que vivir».


Toda voz narrativa refleja su origen geográfico y, cómo no, los percances de la vida. Para Mercè Ibarz, escribir es recordar estos percances y calibrarlos. Nos dice que escribir es también aplicar lo que decía Ramon Llull, «hacer uso de los sentidos, que son nuestra consciencia». A ese propósito se dirige con determinación e inventiva Una chica en la ciudad, y así lo expresa la propia narradora: “Escribo, creo, para aplanar las capas de la memoria del cuerpo que me preceden, perderme de vista y reencontrarme”. Añadiría que este es un libro en el que la literatura y la vida se estrechan al máximo, un relato soberbio y sereno, escrito con un pulso evocativo destacable, en el que está muy presente el tono lírico y reflexivo de su prosa, sencilla y afinada, una novela que destila literatura por el anverso y reverso de sí misma.

Eso es lo que hace Ibarz con este libro, poner valor y sentido a su obra escrita, con contención expresiva, elegancia y verdad. Constato que Una chica en la ciudad es una buena prueba de que la autoficción sigue siendo un instrumento tan válido como fructífero para interpretar el presente y su encaje con el pasado y, a su vez, para comprender la realidad menos benévola donde hacer acopio de la experiencia humana y sus pérdidas.


jueves, 4 de diciembre de 2025

Fatalidad ininterrumpida


En la tragedia griega la fatalidad se formula como moira, un destino que fija los grandes contornos de la vida y ante el cual incluso los dioses están, en cierto modo, vinculados. Los clásicos acuden a nuestro encuentro para hacernos entender la fatalidad humana que no es más que el choque entre un orden cósmico que excede al individuo, una libertad limitada, pero real, que se ejerce en la forma en que se responde a ese destino. Esa fatalidad no parece anular la responsabilidad, sino que la sitúa en un marco donde azar, destino y respuesta humana se entretejen en una revuelta que resulta agravada por el arrebato de ajuste de cuentas.

En su estreno literario, Luisa Máñez (Valencia, 1979) explora esta idea clásica de destino y fatalidad por medio de un relato despiadado, en el que campea de forma imparable la adversidad de los designios de una estirpe familiar. Escicha (Talentura, 2025) es una novela en la que los seres que la habitan zamarrean sin pausa sus desdichas desatadas, con violencia, presos de sus infortunios y enojos. Cada personaje que por aquí transita muestra su cono de sombra reconocible. Precisamente, uno de los mayores poderes de la literatura consiste en mostrar esa capacidad de percibir las negruras y desafíos que copan el vivir de los personajes que pueblan sus páginas. Aquí se atisba con silencios, con imágenes, con arrebatos y dolor.

En esta historia tan cruda y terrible, “en una aldea de la que se fueron hasta los perros”, dentro de un cortijo perdido de La Mancha denominado El Agua Vieja, la venganza y la inquina no cesan. Aquí no se concibe la vida que vive su gente si no llevan a cabo su andanza de desquite, gestada desde la propia alcoba. Ese lugar imaginario por donde transcurre la novela es más un viento que sopla calamidad que una tierra prometida, un viento trasnochado que exaspera las turbulencias de quienes habitan la intimidad de sus cuartos y les obligan a sopesar un fatalismo presentido. El pulso narrativo que Luisa Máñez imprime a su prosa seca y punzante va imponiendo la deriva y el desenlace trágico de su trama afilada en arrojo, fuerza y violencia, conforme a la verdad poética de lucha y supervivencia que esgrime.

Graciana y Severo son protagonistas de sus infortunios y miserias. Por estas tierras la desdicha es pronunciada “escicha”, como si el lugareño escupiera un mal ajeno. En ambos personajes hay desesperación, refriegas y padecimientos que dejan a la intemperie su inquina. Esta anomalía da impulso al hecho narrativo de empujarlos de un lado para otro. Cada uno involucrado hasta que el destino cumpla su fatídica tarea. Graciana, a su vez, lidia con los cabos sueltos de los demás, es quien aglutina ese sometimiento explícito al patriarcado, que tiene marcado como mujer, un dominio amargo al que, con arrojo, se enfrenta. Su rebeldía también funciona como canal de otras voces de antaño y como una fuerza instintiva de liberación, mediante la que visibiliza lo indecible y misterioso: “Fui una muchacha solitaria y tímida: mi madre me inculcó ese carácter esquivo y frío para que nadie pudiera descubrir mi secreto”, confiesa.


La desgracia se impone a los fantasmas que se remueven entre líneas en Escicha, fantasmas que no existen, pero que insisten como reflejo del tiempo y de la furia desatada en ese poblado de La Mancha. Su gente intenta, entender la vida que no viven, superada por la desdicha. No hay utopía de agarradera en sus vidas. Aspiran a alcanzar la libertad. Aceptan que esta sea más valiosa que sus límites, como si no les importara conducir un coche sin freno dispuestos a pagar por ello. Hay una fluidez narrativa que percute en la acción, como un envión de creatividad intenso por el que la autora trenza en palabras e imágenes la experiencia y los fantasmas que cargan sus personajes.

Esta novela breve e intensa de Luisa Máñez es un debut sorprendente, que refleja la inquietud, ambigüedad y circunstancias difíciles por las que atraviesan los personajes que la habitan. Porque de lo que trata no es más que de la lucha por la vida de cada uno de ellos. Escicha es una meritoria apuesta literaria que trata de poner voz a personas atrapadas en una existencia hostil e incierta, una historia dura y lacerante que la autora parece haber sacado con punta afilada de su imaginario, un relato, en definitiva, de fatalidad ininterrumpida que araña las tripas.


martes, 2 de diciembre de 2025

Desolladura y larvario


Termino de leer esta perturbadora novela de Fernando Parra (Tarragona, 1978), Herida y ventana (Funambulista, 2025), y llego a la conclusión, tras releer también los subrayados marcados por mí conforme avanzaba en su lectura, de que la palabra, la literatura, no tienen porqué hacer el papel de terapia para quien la lleva a cabo. Al contrario, diría que más bien parece que la escritura solo puede surgir cuando el trabajo ya está hecho, o al menos una parte del trabajo que consiste en salir del túnel. «No se escribe con las propias neurosis –nos recuerda Deleuze–: La neurosis, la psicosis no son fragmentos de vida, sino estados en los que se cae cuando el proceso está interrumpido, impedido, bloqueado. La enfermedad no es un proceso, sino detención del proceso».

En Herida y ventana encontramos motivos para decir que quien escribe esta historia lo hace porque ya salió del infierno. Y, justamente, por eso, es capaz de escribir y contarnos que la ficción no solo puede aventurarse por el territorio de lo indecible, sino que el testimonio es una buena herramienta narrativa y de análisis. Y si esa herramienta está bien afilada, llega al hueso. Y cuando llega al hueso, la literatura se abre paso. Es lo que le ocurre al protagonista y narrador de esta novela dantesca, emotiva y burlona, que se dispone a llegar al tuétano, sin importarle mostrar que también es un rehén de sus sombras, de sus desolladuras. Con soplos de ironía, trata de explicarse así mismo que todo está en la realidad vivida, y que esa realidad está en uno mismo, como un larvario que no cesa de manifestarse, de reflejar sus síntomas.

Este libro de Fernando Parra toca la piel del lector y la traspasa. Y lo hace de manera intensa. Muchas veces lo hace de forma desgarradora, otras gozosas, apelando al amor, pese al desajuste que provoca una depresión. Así se las gasta el protagonista de esta novela, un profesor de instituto de baja laboral por depresión, dispuesto a relatarnos sus confidencias vitales. Lo hace lejos de su casa, encerrado en el cuarto de una casa de sus abuelos, en un pueblo de la serranía andaluza, ensimismado y rehén de sus sombras, pero con el propósito de liberar esa vida en suspenso que lleva: “A veces –nos cuenta– no resulta fácil discernir hasta qué punto una experiencia fue lo suficientemente traumática como para elevarla a la nobleza y respetabilidad de un libro, como tampoco si ese testimonio, pretendidamente edificante, resulta necesario o útil para la sociedad que lo recibe”.

El encierro se convierte en percutor de su retiro forzoso, lugar propicio donde revisar y liberar la anomalía de su estado. Escrito en primera persona, la novela nos adentra en una crónica en la que el narrador se observa y se disecciona con crudeza, como espejo del propio autor. Consciente de que nadie quiere a un triste a su lado, el protagonista trata de enderezar su relato hacia un punto más cálido que rescate también recuerdos de momentos felices compartidos con su pareja Bea. Conforme avanza la novela, vemos cómo el narrador evoluciona desde su derrotismo y vacío hasta un proceso de reflexión y autoconocimiento, volcado en la escritura del libro, con la idea de conectar y entendérselas con sus seres queridos. Y así lo expresa: “porque necesito que lo lean las personas que amo, porque es mi forma de celebrar su amor y pedir perdón y dejarles algo”.

Conforme se va haciendo más palpable su determinación, nos percatamos de que la narración se convierte en un tránsito íntimo de autoconocimiento y redención, que se evidencia en la manera en que el narrador se mira y se examina con templanza, para intentar recomponerse y encontrar una salida a su desasosiego interior: “Recuperar una vida es volver primero al mundo de las cosas pequeñas”, subraya. Y así podemos resaltar que este viaje introspectivo, tan emocional y arremetido por la memoria, por la propia escritura, alcanza al individuo y a su propio entorno familiar. Este discurrir conforma el fundamento del relato y el sentido de su verdadero impulso narrativo.

Si no tuviera la intención el narrador de decirse así mismo lo que trata de explicar, de entender ese mundo suyo que precisa no solo atención, sino arrojo, no le hubiera valido la pena su proceder. Pero entonces, el narrador hace valer el espíritu de la Divina Comedia, muy presente en su estructura a lo largo del libro, para dejar ver que toda vida es un tránsito que conlleva aprendizaje, un deambular sobre el presente y el pasado de la propia filosofía mundana que desborda nuestra patente insuficiencia, marcada por las heridas que vamos acumulando en el transcurso de nuestras vidas, vida que es más grande que nosotros mismos, y, justamente por eso, ofrece ventanas que nos permiten escapar de todo aquello que nos perturba.


No me andaré con rodeos antes de acabar, porque lo que me importa destacar de este libro es su hondura, lirismo y belleza, sin olvidar que estamos ante una historia desgarradora y humana, un relato de prosa ágil que toca el amor y los abismos del alma, una novela habitable y llena de sentido, que se despliega con palabras justas, que atrapa por la verdad que encierra, que en la literatura no es más que ese punto de vista que brilla por sí solo. Herida y ventana conmueve, y es así, precisamente, porque Fernando Parra lo hace con voz propia, verdad y vida.