En el microcosmo de San Cayetano, territorio del imaginario de la escritora Maite Núñez (Barcelona, 1966), ocurren historias insólitas y mundanas de las que está impregnada la existencia entera de un barrio. Por este espacio merodean los sentimientos de angustia y desacato que empujan a sus protagonistas a enfrentarse al conformismo de lo que acontece en sus vidas, con la esperanza de querer ver y llegar más lejos, de tratar de comprender en profundidad lo que les rodea para engrandecer su espíritu. En cada una de sus historias sus protagonistas no se dejan confundir por los rigores y las crudezas de la vida. Sus vivencias se entrecruzan al propio tiempo que agudizan el oído. Cada relato posee la ternura de la receptividad en un intento de encontrar un asidero, un rumbo.
En su anterior libro de relatos, Todo lo que ya no íbamos a necesitar (2017), el drama de sus protagonistas andaba sacudido por las pérdidas y contrariedades sobrevenidas, por las desesperanzas, las incertidumbres y los miedos, con la intención de relegar todo a un segundo plano. Ahora, en cambio, los doce relatos reunidos en Esta espera que lo envenena todo (Editorial Base, 2025) percuten en la esperanza, apuestan por las posibilidades que toda espera vincula y, a su vez, une con la proximidad y con el trato de lo que nos importa. Sin embargo, esperar también les irrita, es una lata, pero es consustancial a las historias que aquí se narran, y a ella se atienen igualmente muchos de sus protagonistas. La espera, para ellos, también genera calor y frío interior.
El libro pone en valor esa idea de Albert Camus de que «vivir no es resignarse». Por eso mismo, todas las citas preliminares del mismo resaltan el valor de la esperanza, como estas palabras de Ovidio Paredes: «La vida es una continua espera»; estas otras de Pizarnik: «De esto moriré, de espera oxidada, de polvo aguardador»; o estas, tan resolutivas que también cita la autora de Javier Marías: «Y lo que me hace levantarme por las mañanas sigue siendo la espera de lo que está por llegar y no se anuncia, es la espera de lo inesperado...» Y así, entrando en las entrañas del primero de los relatos, Si todo va bien, nos encontramos con una súbita estridencia en el hogar ocasionada por el aleteo de un pájaro en la campana de la cocina, una anomalía que llega a alterar el orden establecido en sus quehaceres del cuidado de la casa.
Núñez nos da pie a resaltar que lo que importa en la escritura no son las palabras, sino lo que hay entre ellas, lo que sacude, como vemos en el segundo de sus relatos, una historia en la que la muerte de una paciente en el hospital convierte el suceso en un diálogo de dos enfermeras en prácticas que sacan a la luz los sentimientos que una de ellas muestra sobre el desaliento de estar sola en la vida ante la muerte y después de la muerte, y también sale a la luz cómo los objetos cuando se nombran nos cuentan historias de los que están y de los que se van para siempre. No le importa a Núñez apartarse de la imaginación para ver algo más en sus personajes extraídos de la propia vida cotidiana, consciente de que las cosas que surgen de allí mismo son siempre más de lo que son cuando solo aparecen como son.
Las esperas que por aquí transitan son el fermento de la vida de cualquiera, desde el azar al desconcierto, desde lo repentino a lo indecible. Es lo que transcurre por ¿A quién se lo vas a contar?, una historia en la que se aviva lo que los hijos, a veces, son capaces de desarmar el alma de los padres. En este relato conmovedor, una madre aterida por el informe médico recibido sobre su estado de salud, tiene que acudir ese mismo día, con su acuciante diagnóstico, a la tutoría del colegio de su hijo de seis años, por un asunto de comportamiento, y sin tener a nadie a quien contárselo. En Baratijas, en cambio, nos encontramos con un historia de esperanza más íntima, un cuento breve en el que el amor se perpetua entre el desconcierto del abandono y el paso del tiempo.
Esta espera que lo envenena todo es un emotivo ahondamiento en la indagación del vértigo y la fragilidad de la cotidianidad de vivir por medio de un buen ramillete de relatos que expresan, cada uno a su manera, las contingencias visibles e invisibles de vidas sencillas y apuradas. El resultado es un volumen conmovedor y muy bien urdido, un vislumbre narrativo en el que todas las piezas encajan y se entrelazan alrededor del valor de la espera y de lo inesperado, auténtico leitmotiv del libro, dejando ver que el arrebato de vivir siempre es más amplio que la espera de nada.