Nada de todo esto le es ajeno a Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) a la hora de trazar la escritura y esbozar sus relatos y pasajes para que el lector encuentre cauce y motivos en reconocerse dentro de su escenario narrativo, incluso, aunque estos no le sean propicios, siempre que dicho lector se vea persuadido por las vivencias de sus protagonistas. Y esto es mérito del escritor donostiarra, que traza con mucho oficio y brillantez no caer en un vano patetismo, llevando el relato por la senda de la contención, sin perder la capacidad de implicar al lector hasta llevarle a la empatía y la compasión con sus personajes. Aramburu aborda la ficción con una idea preconcebida: llegar a donde la veracidad histórica se detiene. Esto incluye novelas y relatos, como Los peces de la amargura (2006), Años lentos (2012) o El niño (2024), bajo un tono dramático apropiado, escogiendo para ello una voz narrativa en tercera persona, a modo de crónica novelada, y en un escenario en el que destaca el discurrir de sus protagonistas.
Vuelve ahora Aramburu con su nueva novela al territorio convulso del País Vasco de nuestra memoria reciente. Pero, en esta ocasión, con Maite (Tusquets, 2026), centra su foco en los vínculos familiares, el silencio y los entresijos íntimos, más que en el discurso político directo de aquellos días de julio de 1997 en los que los ciudadanos estábamos atentos a la radio y a la televisión, pendientes del secuestro del joven concejal del PP de Ermua, Miguel Ángel Blanco, a manos de ETA, que exigía al Gobierno de la nación un imposible, a cambio de su liberación. Eso sí, la novela queda estructurada en cuatro partes que se corresponden con los mismos días que tiene lugar el secuestro, pero quedando de telón de fondo en el discurrir de su trama.
Esa elección compositiva de Aramburu le permite ceñir su novela a un relato lineal, acompasando lo que ocurre en la calle junto a la puesta al día de Maite y Elene, dos hermanas, que, después de trece años vuelven a juntarse, ya que Elene acaba de regresar de Providence (EE.UU.) y ambas tienen mucho que contarse. Y, sobre todo, en este telón narrativo se erige la figura de Maite, como centro de conciencia de la novela. Sí, porque las otras dos mujeres, Elene, su hermana mayor y Manoli, la madre de ambas, una sexagenaria viuda y temerosa de ser enviada por sus hijas a un asilo tras sufrir un ictus, conforman la revelación adyacente de otros secretos familiares que se van desmadejando. El reencuentro de las tres mujeres abre paso a disipar viejas disputas y a poner en entredicho un bucle de tapujos y mentiras que cercenan la vida diaria de las hermanas: el calvario familiar que vive Elene en Providence y la infidelidad conyugal consentida por Maite.
La novela pone el foco de atención en las andanzas y el silencio de estas mujeres, sus tensiones familiares e íntimas bajo el perímetro y la temperatura moral de la propia sociedad en la que viven, atrapada por la violencia. Podemos afirmar que Aramburu retorna a temas muy propios de su universo literario en el que están muy presentes la memoria, la culpa, el miedo, el autoengaño y la dificultad de mirar de frente y asumir la realidad. Maite aparece aquí como una mujer compasiva, sensible y atenta a lo que la rodea, pero, a su vez, confusa por otras convenciones que le impiden reaccionar con agallas y lucidez ante lo que ocurre en su intimidad cotidiana. Esa ambigüedad manifiesta es el centro emocional que enmarca toda la novela.












