martes, 15 de junio de 2021

Sonoridades y contrapuntos


Música de las esferas (Fórcola, 2021) es un libro en el que está muy presente el alma de la música. A su autor, el musicógrafo y comentarista de música clásica y ópera de Radio Nacional y Televisión Española, José Luis Téllez (Madrid, 1944), no le ha resultado impropio escribir un buen puñado de buenos relatos entre los que se encuentran muchos de ellos con la música como correlato narrativo para que opere con su magia y melodía en ficciones, en espejos de la vida, en referentes literarios o en leyendas mitológicas. Por este libro, por tanto, recala el amor a la música, a las artes y, cómo no, el amor a la lectura, cuya clave reside en la propia metáfora del título y, a su vez, en la pregunta no formulada por su autor, pero que resuena por sus páginas como banda sonora y que bien podría ser esta: ¿somos capaces de desear algo y de mantener viva la capacidad de asombro y emoción?

Por otro lado, los relatos de Téllez buscan sus claves y sintonías en cómo seguir y conectar con la vida en medio de la gran maraña del pasado y sus creencias para encontrar los cabos sueltos de los hilos que den sentido y respuestas a la realidad. Y así, por ejemplo, en el primero de sus relatos de título Babel y Luzbel, los ángeles muestran sus discrepancias en sus círculos celestiales. Discuten sobre el lenguaje y los sonidos, sus significados, resonancias y combinaciones. Tienen una misión conjunta que llevar a cabo en la tierra que consiste en introducir a sus habitantes en el laberinto de las palabras, y cuyo resultado, como sabemos, originará la Historia de Babel. En el siguiente, los libros hacen valer su protagonismo a través de la experiencia de un niño que desvela cómo su abuelo le abrió las puertas de su biblioteca para encontrar respuestas en los libros a través del cursor del tiempo, un cauce repleto de propuestas y perplejidades para seguir abismado en lecturas sin fin.

En todos ellos sobresale su corte de narración clásica, algunos de ellos parecen provenir de tiempos remotos, como también otros lo son más próximos al pálpito literario simbólico y fantástico representado por Borges y Cortázar. Tampoco faltan alusiones a temas relacionados con el cine, con la figura del laberinto, la fotografía, las fuerzas telúricas, las musas, el mito, o se adscriben a los libros, a menudo salpicados de gracia e ironía. Hay piezas que no dejan de sugerir su estrecha relación con el tiempo pasado y su reflejo en el presente. Otras examinan la historia o el discurrir de algún lugar, incluso proveniente del inframundo, por donde deambula, por ejemplo, una sombra impertinente y tenaz tras los pasos de un viajero. Cada narración en sí misma esconde, a su manera, un leve aire de amenaza, de tensión, con la sensación de que algo inminente se avecina. La extrañeza e inquietud se deja sentir mucho en La ciudad dormida, un relato que cuenta cómo una noche en una ciudad innominada sucedía algo insólito: “Cada hombre soñaba un sueño y cada sueño era una ciudad diferente y única”.

En Música de las esferas el lenguaje del tiempo es el que fluye con más intensidad y prominencia como elemento persuasivo. Su esencia e importancia universal se dejan ver acompañadas de la música, como un binomio persistente por los hilos argumentales de buena parte de sus ficciones, un ámbito con el que Téllez se esmera con sumo gusto para cautivar al lector. Dice el autor en el relato que cierra el libro y da título al mismo que “los hombres no pueden oír la Música de los Ángeles, pero sí alcanzar a intuirla... Los hombres miran el cielo en la noche, y sienten en lo más profundo de su ser el enigma de esas formas de la Música de los Ángeles..., y no saben que las múltiples formas de esas músicas están hechas para ellos”.

Este es un libro afinado y emocionante, un conjunto de artefactos narrativos breves y armoniosos que proponen una suerte de juego de adivinanzas y evocaciones sobre el gran misterio que representa el tiempo, con el propósito de ser capaz de convertir lo real y lo inventado en resonancias de la memoria como recipiente en el que está muy presente la música, las artes y los libros. Veintiuna piezas bien urdidas que, como subraya Andrés Amorós en el prólogo, “se leen fácilmente, con auténtica fascinación, pero exigen una atención demorada, para ir más allá de la anécdota e intentar captar su significado”.

La buena literatura somete a la escritura a continuas revelaciones. No hay manual, ni maneras que se le resistan cuando la toma en serio quien la ejerce. Estos relatos de Téllez contienen la cantidad necesaria de oficio, esmero y asombro para seducir al lector más exigente.


miércoles, 9 de junio de 2021

Los lazos secretos de lo cotidiano


“¿Por qué la había comprado? ¿Qué iba a hacer con aquella casa enorme de cuyo estuco rosado sólo quedaban restos, la sombra borrosa de su antigua belleza? ¿Necesitaba aquella casa?

No estaba cansado, pero se sentó en un bordillo al lado de la carretera y, con el impermeable doblado sobre las rodillas, se quedó mirando hacia la casa rosa que desde la colina dominaba el valle. Era un día frío de abril; un límpido y nervioso viento del norte batía la hierba, que se ondulaba como las olas del mar”.

Así arranca La casa del tiempo (Periférica, 2021), un relato intimista y sensitivo en el que su autora, Laura Mancinelli (Udine, 1933 - Turín, 2016), nos cuenta el viaje al pasado de su protagonista, un pintor maduro que atraviesa un momento de poca inspiración creativa y decide regresar al lugar de su infancia para airearse y recobrar sentido al presente anodino que cercena sus días. Orlando, por tanto, retorna a ese lugar que le vio nacer atraído por la consistencia del pasado de una vieja casa abandonada a la que se siente ligado emocionalmente. Con la ayuda de Placido, un viejo compañero del colegio, ahora propietario de la fonda del pueblo, Orlando irá resolviendo los misterios que envuelven a esa misteriosa propiedad, una casa que perteneció a su antigua maestra, a la que adoraba. Acaba comprándola, una decisión que despertará recuerdos de antaño, además de descubrir algunos episodios latentes de su propia existencia.

Con estos alicientes, la autora, profesora de literatura medieval alemana, traductora del Cantar de los nibelungos, y autora de otras novelas destacadas, como su opera prima I dodici abati di Challant (1981), Il miracolo di Santa Odilia (1989) o I casi del capitano Flores (1997), nos cuenta una historia sencilla y vívida, trenzada en capítulos cortos con el recuerdo persistente que justifica los lazos secretos de lo cotidiano que afloran de la memoria circunspecta de Orlando, que plasma todo un recital reflexivo con mucha agudeza para desvelarnos todo ese mundo que lleva consigo el protagonista lleno de matices, entre lo personal y su relación con los demás, entre la memoria y el curso libre del presente que viaja en el tiempo y regresa a la infancia perdida.

Toda la trama contiene esa evocación fascinante que nos lleva a revivir para que sintamos todo cuanto aquel niño de entonces amaba de su maestra. En dicha evocación se sostiene el eje narrativo de La casa del tiempo, y es de ese hilo, que amarra al lector hasta el desenlace, del que va tirando Mancinelli, urdiendo la disposición de la trama, contando para ello con la intensidad emotiva del personaje y con toda una serie de perplejidades que acumulan la complejidad de la vida de las gentes del lugar en relación con él y con las cosas que le rodean e importan. Viene a decir que la memoria de cada uno es, en el fondo, una memoria colectiva, una memoria conformada respecto a otros, un compendio de detalles y situaciones múltiples, con voces y con dudas, con revelaciones, creencias y titubeos, con alegrías y miedos, es decir, con todo lo que configura el relato de una vida entera.

La casa del tiempo es una novela hermosa, que no se encoge pese a su sencillez y extensión, sino que expande sus pálpitos a través del recuerdo, del paisaje, del hogar y de los sucesos cotidianos. Todo esto conforma en sí mismo un personaje adicional como resultado del acontecer de los hechos y, también, un desencadenante con los que se vale su autora para plantear las preguntas más trascendentales en el deambular de su protagonista por la realidad y recuerdos de su entorno. Mancinelli nos toma de la mano para apartarnos a la campiña y ser testigos presenciales de lo que acontece en la historia de una casa, sin necesidad de que hagamos mucho más que observar, sentir y dejarnos llevar por las remembranzas de Orlando a plena luz del día.


Bajo el cuidado de la traducción de Natalia Zarco, esta es una obra que da gusto leer por su prosa ágil y sencilla, una historia de sugerentes retazos líricos donde lucen más los susurros que los gritos, donde destacan más los detalles que lo profuso, un relato que, a su vez, es una oda, un canto a la vida y a la memoria, en el que el lector experimenta la sensación de encontrarse bien acogido, en un lugar que se nutre de vínculos, de reminiscencias entrañables y fascinantes donde las cosas permanecen más o menos en su sitio original, pese haber transcurrido mucho tiempo.

La literatura es el país de las maravillas, y a las buenas historias, como esta de Mancinelli, les ocurre que van más allá de sí mismas, incluso desbordan lo que quizá su autora pretendía. Aquí hay, sobre todo, un lenguaje sutil y envolvente que desborda por su empatía y por su verdad literaria.


lunes, 31 de mayo de 2021

Orgullo y libertad

En el discurso y relato que conforman la esencia de Castellano (Destino, 2021), el nuevo libro de Lorenzo Silva (Madrid, 1966), hay un propósito, convertido en logro, de ceñirse a lo que la historiografía ha documentado en sus textos sobre la revuelta comunera surgida en Castilla entre la primavera de 1520 y la de 1522. En ese marco histórico, el autor trenza el sustrato de su narración, que, como advierte en el prólogo de su obra, no es propiamente una novela histórica convencional, ni un ensayo, pero que participa de ambos géneros. También es un viaje personal y colectivo en el tiempo y en el espacio, mediante una apuesta estructural que le permite ir y venir del pasado al presente, desplazarse a los orígenes de Castilla y regresar al siglo XXI para ver qué queda de aquel espíritu comunero, o echar una mirada al siglo XIX para saber cómo leyeron los liberales aquellos sangrientos episodios. Todo este cómputo narrativo orilla en unos hechos históricos relevantes que proclamaron el carácter de un pueblo henchido de orgullo y deseoso de libertad.

Esta es la línea narrativa marcada por Silva, ceñida a textos contrastados como los que corresponden a José Antonio Maravall o al trabajo del historiador francés Joseph Pérez, titulado La revolución de las Comunidades de Castilla, sin menoscabo de una complejidad, que recoja y sintetice, con la mayor honestidad y solvencia posible, unos acontecimientos determinantes que pudieron haber cambiado el rumbo de gran parte de nuestra historia: “En ese relato histórico se mezclan y alternan los recursos literarios y la vocación de transmitirle al lector una idea cabal de los hechos, a través de una información suficiente y dándole cuenta de su origen y fiabilidad, labor esta que quizá se juzgue más propia de un oficio que no tengo, el de historiador”. No podemos dejar de señalar que, además, el texto comparte capítulos escritos en primera persona sobre vivencias propias del autor que, de alguna manera, reflejan una conciencia entusiasta y ponderada de su identidad castellana.

Silva aborda, desde lo documental, la sustancia narrativa propicia para que la materia histórica encaje sin fractura en un relato potente, que, aunque no excluye la conjetura, se asienta en una buena puesta en escena de personajes fascinantes. Juana la Loca es liberada por los comuneros para investirla de legitimidad, pese a que ella nunca quiso actuar contra su hijo Carlos. Siguiendo con la galería de personajes, aparece Adriano de Utrecht, obispo de Tortosa, virrey de Castilla y hombre de confianza del rey, que acabó siendo coronado Papa con el nombre de Adriano VI. A lo largo de los capítulos aparecen con mucha visibilidad Juan Bravo, Francisco Maldonado y Juan de Padilla, los tres capitanes impulsores de la revuelta que finalmente fueron ajusticiados. Además de estas ejecuciones acabaron en el patíbulo el obispo Acuña, Pedro Maldonado y hasta un total de veinte procuradores de la Junta de Tordesillas.

Por otro lado, un papel importante en el relato es el que otorga el autor a la esposa de Padilla, María Pacheco, quien, después del fatídico final de su marido, acabó gobernando Toledo durante bastantes meses. Su figura había ganado popularidad al son de su grito, pregonando que ella luchaba para dejar de cobrar el dinero que le correspondía como noble procedente de los impuestos reales abusivos que se obtenían de la gente. Siguiendo la ruta por la que esta mujer luchadora continuó sus pasos, el libro la sitúa en Portugal, concretamente en Oporto, al cabo de diez años de la revuelta, muy delicada de salud. En aquella huida que la lleva a la Puerta del Cambrón por la cuesta de Santa Leocadia, Silva recuerda que “los portugueses nunca la entregaron, como pedía el emperador, ni siquiera después de que este se casara con la infanta Isabel de Portugal”.

Aquí hay que tener en cuenta que el interés que suscita Castellano no depende solo del tema tratado, sino del modo en que está urdida la narración. Este es un libro sobre la identidad como sentimiento personal, en la medida en que su autor la ve, como una forma de relacionarse con el mundo. Y esto podría ser el eje que vertebra el sentido del relato. Según nos cuenta Silva, la identidad castellana es un buen epítome para eso, porque Castilla representa una lengua universal, una lengua que para hablarla no se precisa haber nacido en Castilla, y donde surge un sentimiento que está presente en la propia revolución comunera, que se podría resumir en la aversión al vasallaje de un emperador, señor de Europa, que viene a usar como súbditos a los castellanos sin tener en cuenta sus intereses.

Este libro nos recuerda que la novela es, sin lugar a dudas, el más dúctil de los géneros literarios. Independientemente de su formato, la novela se nutre de la vida, de sus pasiones, sus horrores, sus glorias, sus convulsiones, sus desacatos, y lo mismo puede echar mano de la realidad que de la fantasía, de la verdad, que de su negación, de la ficción, que de la historia. Silva hace lo propio compaginando la fuente de los hechos con escenas narrativas que hilan una historia intensa, veraz y, a la vez, conjugando lo personal con lo que debió ser dicha verdad histórica, escrita con esa pulsión literaria que la convierte en vibrante y que tanto nos gusta a los que nos acercamos a la Historia con inusitada curiosidad. Aquí, desde luego, trasciende un latido de empatía que el lector celebra agradecido.


lunes, 24 de mayo de 2021

Profeta de la posmodernidad

Siempre he leído las entrevistas con placer. En verdad, es un género que cuando se hace bien se convierte en una breve biografía o semblanza de la que obtenemos de primera mano lo más hondo y privado del testimonio del otro interlocutor. En estas conversaciones reunidas en Vivir en tiempos turbulentos (Tusquets, 2021) que Peter Haffner, periodista y ensayista suizo, mantuvo con el filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman (Poznan, Polonia, 1925- Leeds, Gran Bretaña, 2017), uno de los intelectuales europeos más influyentes de nuestra época, el lector se va a sumergir en una suerte de diálogo vívido y jugoso que culminará en un final abierto a la reflexión. Un final, como corresponde a un libro que se precie, en el que no hay respuestas definitivas, pero sí un pálpito recurrente de la realidad que, en palabras de Bauman, estaría dentro de todo lo que significa el marco de vivir en una época de incertidumbres, de tiempos líquidos donde nada es del todo indiferente, donde nada permanece indemne y sin contacto: “La única entidad cuya esperanza de vida se ve hoy incrementada es la entidad individual... Nosotros nos mantenemos estables en el marco de un contexto que cambia de forma constante”.

Bajo la traducción de Lorena Silos Ribas, nos vamos a encontrar a lo largo de estos diálogos con un Bauman que habla con mucha naturalidad y soltura sobre su obra y su vida. Cuatro conversaciones, una en febrero de 2014, las otras tres en abril de 2016, que abordan también aspectos candentes de la sociedad, como son la responsabilidad del individuo, la experiencia, las circunstancias del presente y el desafío de un futuro cargado de incertidumbres. También se reflexiona en ellas sobre pasajes cruciales de la historia polaca y europea, así como sobre el sentido del amor y la búsqueda de la felicidad. Además, nos brinda un buen puñado de luminosas ideas que constituyen el núcleo de su pensamiento: la modernidad líquida, el trato a los desfavorecidos de la historia, el auge de los fundamentalismos o la ambivalencia del carácter y destino del individuo a la hora de conformar su compromiso con una vida moralmente humana. Persiste mucho en esto último, y por eso recalca que: “Saber tomar no solo una decisión correcta, sino también una incorrecta, es el mejor terreno para la moral”.

El libro está estructurado en diez epígrafes que conforman, a modo de capítulos, la esencia de los contenidos que van surgiendo a lo largo de las preguntas que el entrevistador va engarzando ágilmente conforme se suceden las respuestas de Bauman. Y así, por ejemplo, descubrimos, en la que lleva por título Intelecto y compromiso, su sentir y actitud intelectual respecto a la escritura y a la política. Para él, la tarea del intelectual consiste en observar lo que sucede en la sociedad en la que vive, “un cometido que va mucho más allá de los intereses personales y profesionales”. Por eso considera fundamental que el deber de los intelectuales no sea otro que “servir al pueblo” y, desde luego, “salvaguardar los valores que no dependen de los vaivenes de la escena política”. Respecto a la pregunta de para qué escribe, Bauman contesta que en el por qué lo hace es donde encuentra el verdadero sentido de su oficio. Sencillamente, un día sin escribir para él es un día perdido, una traición a su vocación genuina. “Para vivir, no he aprendido nada más que a escribir”, concluye.

Por otro lado, en el planteamiento del autor de Tiempos líquidos, la búsqueda de la identidad es la tarea y la responsabilidad vital de toda persona, y esta empresa de construirse a sí mismo constituye al mismo tiempo la última fuente de arraigo. Además de este enfoque, alude a la precariedad de tanta gente desfavorecida. La felicidad, otro de sus temas estelares, se ha transformado, de aspiración ilustrada para el conjunto del género humano, en deseo individual. Aunque es consciente de que su búsqueda no alcanzará una circunstancia estable, porque si la felicidad puede ser un estado, solo puede ser un estado de excitación espoleado por la insatisfacción.

Conforme vamos escuchando su voz, sus respuestas y referencias, llegamos a la conclusión de que Bauman no ofrece teorías o sistemas definitivos, se limita a describir nuestras contradicciones, las tensiones, no sólo sociales, sino también existenciales que se generan cuando los humanos nos relacionamos. Para él, la identidad en esta sociedad de consumo se recicla. Es ondulante, espumosa, resbaladiza, acuosa, tanto como su persistente metáfora preferida: la liquidez. Lo «líquido» de la modernidad, nos viene a decir, se basa en la contraposición entre sólidos y fluidos: mientras que los primeros se mantienen fijos y estables en su forma, los segundos, por el contrario, fluyen, están sometidos a continuas transformaciones. Surge así la asociación de manera inevitable, vinculando lo sólido con el mundo de ayer, mientras que lo líquido vendría a representar la modernidad, nuestro presente más inmediato.

Vivir en tiempos turbulentos es un libro abierto y ameno que capta la experiencia fragmentada de un hombre armado de luminosos argumentos del mundo circundante, un intelectual de largo recorrido que acuñó la terminología de definir la modernidad como “un tiempo líquido”, un pensador que dio cuenta, con precisión y altura de miras, del tránsito de modernidad “sólida”, esto es, estable, repetitiva, a una “líquida”, flexible, voluble, en la que las estructuras sociales ya no perduran el tiempo necesario para solidificarse, porque son más instantáneas, escurridizas y caprichosas. Este es un libro que contagia tanto por su claridad de exposición, como por su frescura, y por todo lo que muestra del pensamiento y del perfil humano de Zygmunt Bauman.

La grandeza de un libro, da igual el género al que pertenezca, estriba en ver si creó el espacio suficiente, incluso en pocas páginas, para que resuenen dentro de ellas una continua cascada de ecos que conciten al lector a la emoción y al pensamiento. A todo esto, lo mejor que se le puede pedir a un libro es su final, no tanto por lo que tenga este de sorprendente, brillante o redondo, sino porque, como subraya Enrique García-Máiquez, acaba y seguimos. Es decir, por lo que sus palabras, sus ideas, sus frases, su tono y latido logren penetrar en nosotros. De una manera sutil, los buenos libros nos enseñan que más allá de su punto final hay mucho desafío, pensamiento y vida por delante.


miércoles, 12 de mayo de 2021

Sed de venganza

Todo el mundo sabe por experiencia propia que, poco o mucho, las personas podemos equivocarnos sin más. He aquí una constante decisiva y, en muchos casos, concluyente, que se da en la vida de cualquiera de nosotros. Esa experiencia común a todos se conjura de forma permanente en la realidad de nuestra existencia y condición humana. Por eso mismo, nadie puede confiar plenamente en sí mismo. Nadie puede asegurar del todo quién será mañana, qué posición adoptará en el mundo, ni tampoco pronosticar las consecuencias o el alcance de sus actos. Llegamos así a un punto crucial que tiene mucho que ver con el sentido de la novela que nos ocupa, esto es, que los muchos interrogantes de nuestra vida lo que más demanda son respuestas.

Sobre todas estas disquisiciones filosóficas se erige la trama de El oficio de la venganza (Punto de vista, 2021), de L. M. Oliveira (Ciudad de México, 1976), una novela con fuste, que marca el inicio de la nueva colección de narrativa que el sello editorial acaba de lanzar. Su autor, ensayista y profesor de Filosofía, cuenta en su haber con varias novelas ya publicadas: Bloody mary (2010), Resaca (2010) y Por la noche blanca (2017). En esta de ahora, además, está muy presente la idea de que la vida nos viene no solo de fuera, sino de dentro. Por esa segunda razón nos vamos a encontrar en sus páginas con el ímpetu de un hombre achicado que trata de solventar la adversidad sobrevenida, la misma que inevitablemente le empujará a una venganza imparable.

El protagonista de esta trepidante historia, Aristóteles Lozano, vive felizmente con su pareja Julieta, una joven escritora en ciernes a quien ama. Ambos habitan en un confortable apartamento, sin problemas económicos aparentes y acompañados de Jamón, un perro buldog francés. Digamos que Lozano atraviesa por un buen momento en su vida afectiva. A todo esto, se une su consagración como crítico de literatura que firma bajo seudónimo y su vocación gozosa de poeta secreto alejado de cualquier tipo de reconocimiento. Sin embargo, esa paz y serenidad se van al traste cuando aparece Cristóbal San Juan, hijo de la vecina de al lado. Cristóbal tiene toda la pinta de ser un hombre taimado que, por donde anda, lo sacude todo, la mejor manera, según él, de entenderse consigo mismo para ir al encuentro de Dios. Ese misticismo recurrente lo sostiene con soltura, gracias al carácter solapado de impostor procaz. Su aparición trastoca todo el bienestar de Aristóteles, hasta el punto de que se fuga con Julieta, llevándose también a Jamón. Aristóteles cae en un desasosiego profundo, víctima del dolor producido y de no saber salir airoso del estado anímico en que ha quedado. Pero poco a poco descubre una transformación que le incita a tomar represalias, a pensar en un ajuste de cuentas que planea perpetrar más pronto que tarde.

La novela de L. M. Oliveira se acerca a un tratado sobre la venganza. A lo largo de sus páginas podemos encontrar un buen puñado de interesantes reflexiones sobre la venganza, cuyo punto álgido podría señalarse en la ingeniosa clasificación que determina sus tres maneras de consumarla: la venganza reactiva, la más primaria; la venganza obsesiva, la más insistente; la venganza fría, la más prolongada. De las tres, la última es la de más largo trayecto, la más meticulosa y razonada. La venganza fría, nos viene a decir el narrador, requiere la misma paciencia y peripecia que requirió la escritura de El Conde de Montecristo, por ejemplo. ¿Qué hacer por amor? ¿Los celos y la venganza se anteponen al amor? ¿Puede el pusilánime envalentonarse para salvar su honor? A todas estas preguntas se enfrenta Aristóteles Lozano cuando Cristóbal San Juan le arrebata lo que más quería.

Al inicio del relato, el acercamiento de Cristóbal logra transformar la idea que Aristóteles tenía sobre su relación con Dios. Él es un católico sin fe y Cristóbal le persuade ofreciéndole algo en qué creer. Por ello podemos decir que, en su treta, Cristóbal se vale de un discurso evangelizador para acaparar la atención y predisponer la conciencia del otro hasta conseguir el engaño. Llegado a este punto, hay un fuerte sentimiento en Aristóteles Lozano, un rebrote que deviene en sed de venganza, cuando ni siquiera remotamente lo hubiera contemplado en su fuero interno.

El oficio de la venganza es una historia vívida que, sin pretender exponer una tesis filosófica, puede acabar siendo vista de esa forma, una historia que se desarrolla en las proximidades de ese límite establecido entre aquello que tiene sentido y aquello que carece de él. Hay, por tanto, una reflexión sobredicha por el protagonista que encajaría en esta contundente afirmación: “existen afrentas que revuelven los ánimos de tal forma que la única salida que le dejan al espíritu es la rebelión”. Es, por otra parte, una road movie escrita en primera persona que transcurre por Nueva York, Barcelona, Roma, Michoacán, Ciudad de México y Seúl, un trazado narrativo ágil de mucha agudeza y garra, la suficiente para que el plan incontrolable en el que le va la vida al narrador trascienda y cure su desdicha.

Estamos siempre convocados a narrar, decía Piglia. De siempre se han contado historias de pérdidas y se seguirá haciendo. La literatura se ocupa de que nunca falte ese cauce para mostrarnos la complejidad del mundo, no desde una atalaya, sino a través de los ojos de sus narradores, capaces de contarnos lo inefable. Oliveira lo hace, con talento literario y buscando un punto de vista moral que le dé sentido a todo lo que cuenta.


sábado, 1 de mayo de 2021

Secretos de un lugar

La memoria suele marcar en la piel la huella frágil de alguna verdad. Se podría decir también que la memoria es una suerte de búsqueda civil de la verdad. Y en todos los lugares hay una memoria colectiva que alude a esa verdad secreta que permanece silenciada por algún motivo. Es la literatura, gracias a su capacidad de visualización, la que, en gran medida, construye la memoria del mundo que nos rodea, la que nos nombra e interpela como habitantes de cualquier lugar. Por eso la literatura es un testimonio de la vida y persigue siempre revelar más que mitigar lo callado. Toda narración, por tanto, es una indagación, un artificio en busca de esa meta, la cual no es otra que desvelar una experiencia personal o colectiva, presente o pretérita. Es tarea del escritor salir al mundo a descorrer cortinas para mostrar otra mirada de la realidad, algo sorprendente, algún misterio que pide ser contado.

Los ojos cerrados (Galaxia Gutenberg, 2021) rastrea ese ámbito delimitado por la historia de un lugar y los secretos de sus habitantes. En esta nueva novela, Edurne Portela (Santurce, 1974) nos traslada al imaginario de Pueblo Chico, una aldea de montaña, para bucear en la memoria de un lugar agreste y recóndito que sobrelleva calladamente su historia más reciente, marcada por la guerra civil, una historia que aglutina tanto a víctimas como a verdugos y a testigos silenciosos. En ese mismo enclave, además de Pedro, un anciano distante y misterioso, conviven otros personajes singulares de los que se nos cuentan pasajes de sus vidas presentes, intercalados con otros más oscuros del pasado.

Todo lo que vamos a saber nos viene inducido por la voz detonante de Ariadna, una joven escritora que acaba de perder a su padre y llega al pueblo con su pareja a instalarse, sin más motivo que apartarse un poco del mundanal ruido, darse un respiro y, al mismo tiempo, con la mirada y los oídos bien atentos para recordar su infancia y, como no, para saber todo lo necesario sobre la vecindad y la relación de los habitantes del lugar con su familia y entre sí, ya que allí también vivió su padre. Entre ella y Pedro se establecerá una conexión equidistante y misteriosa pendiente de un hilo que, llegado el momento, propiciará un buen motivo para reescribir lo que aún permanece callado en la historia del pueblo. Mientras se produce ese encuentro entre el pasado y el presente que representan ambos y que conformará el eje sobre el que se sustenta la novela, la voz narradora nos desvela que “a Ariadna no le importaría que se le apareciera algún fantasma de esos que habitan la sierra, los desaparecidos de antaño, y le explicaran unas cuantas cosas que ella, por muchas vueltas que le dé, no consigue entender”.

El padre de Ariadna apenas le contó nada de su pasado, de su infancia y adolescencia en Pueblo Chico, y de aquella época tan trágica y violenta que le tocó vivir hace cuarenta años. Una vez allí, no le queda otra que indagar a través de los personajes que van apareciendo en escena el pasado de un pueblo que, si bien ha marcado el semblante de muchos de los vecinos, sin embargo, a medida que transcurre el relato se atisba una cierta posibilidad de esperanza, la que muchos de ellos claman por aceptar la memoria en la que se esconde el silencio, la vergüenza y la culpa de su historia pasada. Piensa ella que hay motivos suficientes para la reconciliación y para entender lo que su progenitor nunca quiso revelarle.

En Los ojos cerrados nos encontramos con un relato de prosa sencilla e incisiva en el que se entrelazan dos voces narrativas, una en primera persona que cuenta hechos acaecidos en el pasado y otra voz en tercera persona que ofrece todo lo que le acontece a Ariadna en el presente mientras se va relacionando con esos mismos vecinos que siguen sujetos y agazapados a esa parte sombría de la historia viva de Puerto Chico. Los personajes de esta novela mueven sus silencios cotidianos en un ámbito de soledades compartidas, en complicidad con la niebla compañera del lugar. Esta historia imaginada, como apunta su autora al concluirla, “bien pudiera haber ocurrido en cualquier pequeño pueblo de nuestra España desmemoriada”.

Portela firma una novela escabrosa e intensa, de lectura ágil, en la que, conforme avanza su narración, la atmósfera se expande sigilosamente tomando la delantera, creando una dosis más de suspense y tensión al relato, sumando su protagonismo al misterio de los personajes. Ahí está lo más sugerente del libro, en ese aire consentido que transita por todo el texto, un recurso bien urdido para romper con ese mundo cerrado y todos sus secretos.


domingo, 25 de abril de 2021

Cuaderno de apuntes

Con certezas, el estilo es imposible, escribe Cioran. Y añade que se aferran a las palabras, sombras de la realidad del día a día. El hombre no sabe ser ni sabe andar por la vida sin lenguaje. Poco puede hacer un escritor, en apariencia, para introducir cambios y mejoras en la realidad con el solo ejercicio de la palabra escrita, pero en su mano está, no obstante, analizarla y reproducirla en sus libros, constatando, como diría Baroja con que el mundo contiene muchas más cosas de las que le ofrece a uno la rutina diaria. Lo que demuestra que, en la literatura, la sencillez de lo cotidiano es un lugar propicio para ejercitar la escritura, para poder plasmar toda clase de sutilezas y la atención reflexiva que el escritor guarda en su intimidad. El resultado de toda esta propensión es que algunos escritores, como sostiene Carlos Marzal, “son el vivo retrato de lo que sus palabras nos cuentan”.

Este sería el caso de Miguel Ángel Arcas (Granada, 1956), poeta, aforista y editor, un practicante de esa forma de entender la literatura desde el convencimiento de que escribir es una manera de emprender un viaje en solitario bajo la premisa de que “hables lo que hables, eres lo que dices”. El lector se va a encontrar en su nuevo libro, Cuaderno de Choisy (Fórcola, 2021), como dice Eloy Tizón en su brillante prólogo, con “un diario libre y desinhibido”, con un cuaderno de apuntes chispeantes y reflexivos, surgidos en la refriega de la pandemia, una anomalía que nos obligó a una reclusión global sin precedentes que, en el caso de su autor, le pilló en París. Arcas se adentra en esa estrechez delimitada para mostrarnos una posición más ecuánime respecto al lado ingrato de aquellos días vividos bajo el condicionamiento de un tiempo insólito y determinante que nos abocó a un encierro sanitario.

Un libro que nos revela entre líneas que saber estar a solas es requisito indispensable para saber estar con los otros. Esta circunstancia le ha valido al autor para escribir, no solo sobre sí mismo, sino también para pensar en el valor de otras cosas de mayor ámbito: sus seres queridos, las relaciones con su pareja y con su hijo, el amor, “eso que todos dicen desconocer pero de lo que nadie deja de hablar”. También están presentes sus lecturas y demás asuntos particulares y otros de tipo más general, pero eso sí, sin ánimo de revancha. Y así, conforme avanza con sus apuntes, oyendo y escuchando, nos desvela recuerdos y sensaciones mientras deambula por la casa con el pálpito de hacerlo todo más sustancial, más vivible dentro de lo que cabe. Arcas apela a la necesidad de la verdad, de la risa y de la compañía de los ausentes, al tiempo que pasa página y fija su mirada en el frigorífico, por ejemplo, del que dice es “el Sancta Sanctorum donde se consagra la vida de todos y se concibe la supervivencia del hogar”. Inevitablemente, esta correduría de pensamientos y vivencias, le provoca que en él despierte ese lado tan reconocible de su estilo, apto para condensar lo inasible de la realidad, el tiempo y la memoria, valiéndose de una escritura breve e intuitiva.

Escribir palabras inesperadas. Eso hago en estas páginas que parecen sorprenderse de que cada día suceda algo que merezca la pena contarse”, dice en una de sus entradas para acentuar con naturalidad su propósito de ponerle voz a ese instinto de supervivencia que se forja en el silencio. El silencio como conciencia, como confianza. Nada de lo callado queda recluido. Es lo que parece. Por eso el diario es un género exigente, propicio para extraer de la vida de quien lo inicia lo inesperado que calla en su interior, lo que acontece fuera de esas lindes repetitivas del devenir de cada día. La escritura de lo que deja ver Cuaderno de Choisy asume ese espacio que le sirve como continuidad, más que como resistencia al paso del tiempo y sus desajustes.

Ciertamente, este diario se hace valer como resiliencia y, además, responde a esa idea de que haberlo escrito arroja luz, razón y sentido a la memoria del narrador, porque una vida sin memoria no sería vida en sí misma. Cuaderno de Choisy es un pretexto para hablar de la inquietud por seguir vivo, para hablar del paso del tiempo y de su huella. Todo en él parece observado con ojo clínico y detallista, pero, a su vez, con una pátina bienhumorada que hace más amena su lectura. Arcas escribe afiladamente sobre la importancia del devenir desde el presente que lo hace posible, pese a su contingencia adversa. No hay grito en sus divagaciones, ni desconsuelo, solo disposición de serenidad y aceptación de un yo que aspira a manejar lo que acontece y “alzar la voz para hacer de estas páginas un sustituto eficaz de la vida”.

Ningún género, y mucho menos un diario, puede escapar a la subjetividad del autor, a su propia condición y a sus legítimas motivaciones. Y qué más da. A uno, como lector, cuando se encuentra en medio de un libro tan ameno y perspicaz como este, lo que le importa es haberse sentido cómplice sin andar abrumado y haberlo disfrutado con gusto.