Revancha es un thriller trepidante y adictivo cuya lectura no escapa de ese tinte de género policiaco en el que la adrenalina se hace notar hasta el final. Esta es una novela torrencial, emocionante y sobrecogedora, rebosante de violencia y venganzas, llena de desaprensivos cabezas rapadas y, desde luego, una novela muy bien armada narrativamente. Amat construye un artificio en el que alterna la acción con remansos cotidianos para hablarnos y dar a conocer aspectos íntimos, mundanos y secretos de los dos personajes sobre los que centra el peso de su relato. Y lo hace mediante un mecanismo que, a mi juicio, le da frescura y versatilidad gracias al uso de dos voces narrativas que se intercambian por capítulos y fijan la manera de proceder de sus dos protagonistas: la segunda persona que encarna el relato sobre Amador, y la tercera que lo hace sobre César.
Esta combinación de voces narrativas propician un paralelismo de la acción y la trama que el autor aprovecha para acrecentar el desarrollo de la historia que se va desmadejando. A todo ello incorpora, además, una variedad de registros léxicos y jerga abundante. Al principio este recurso o juego literario sorprende al lector. Sin duda es algo intencionado, como advertencia de que le espera entrar en un ámbito coloquial desconocido, pero a medida que transcurre el relato ese habla se irá haciendo más entendible y persuasiva. A través de ese ámbito del lenguaje, el suspense y la atmósfera en la que se desarrolla la novela vamos descubriendo el mundo torticero de ambos personajes, un mundo que, en el fondo, denota orfandad y que permanece abierto toda la noche para perpetrar revanchas y ajustes de cuenta.
Fran Amador es el lugarteniente de una organización criminal de ultras del FC Barcelona llamada Lokos, capitaneada por Alberto, El Cid, un skinhead histórico y pijo cuyo comportamiento delictivo y narcisista se aproxima al de un psicópata. El otro es César Beltrán, alias Jabalí, un sicario a sueldo que, en su juventud, fue un prometedor jugador de rugby y que proviene del entorno duro y despiadado de un barrio barcelonés de la periferia. Allí también creció Amador quien, entre otros muchos conflictos sociales y personales, tiene que ocultar su homosexualidad para evitar consecuencias graves en su círculo de amigos de contienda. Sus vidas se entrecruzan por un azar casi inevitable, una circunstancia que marcará el rumbo de sus respectivas existencias.
Ningún lector diría de Amador que no es un canalla o de César que no es un justiciero cruel durante la mayor parte de la novela. Sin embargo, a cada uno de ellos le surge un resquicio de redención final, y en buena medida obedece a ese desamparo y dolor acumulados desde la infancia y que les ha estigmatizado de por vida. Esto, inevitablemente, produce una cierta clemencia involuntaria en el sentir del lector. Porque, en verdad, quienes transitan por Revancha son seres dañados que se revuelven contra el orden del mundo, seres ofendidos y humillados acostumbrados a que lo vil y lo injusto les haya marcado impunemente. De ahí que aun siendo una novela de violencia y odio, también posee amor y ternura en sus márgenes, aunque solo aparezcan en un entorno estrecho de empatía muy reducido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario