La literatura que investiga la verdad de un crimen procura reconstruirlo a partir de testimonios, documentos, archivos, sumarios judiciales, entrevistas y, por supuesto, pesquisas propias. Su narración no se conforma con señalar al culpable: quiere saber qué ocurrió realmente, qué errores empañaron la investigación y qué cicatrices dejó el crimen en el espacio y en la memoria del lugar. A menudo, esa verdad aparece fragmentada entre declaraciones que se contradicen, recuerdos que el tiempo ha deformado y silencios que alguien tuvo interés en guardar. Por eso, este género tiene una dimensión ética especialmente delicada: trabaja con víctimas. Y, en ese sentido, la pregunta más interesante no es ya quién cometió el crimen, sino qué hace una sociedad con la verdad de ese crimen una vez que la convierte en relato.
El caso que nos ocupa, la novela de Luis García Jambrina (Zamora, 1960), profesor titular de Literatura Española en la Universidad de Salamanca, titulada El primer caso de Unamuno (Alfaguara, 2024), encarna a la perfección con las reflexiones anteriores sobre la literatura de investigación criminal. Se trata de una novela histórica con ritmo de thriller en la que Unamuno se transforma en un detective novel en la Salamanca de principios del siglo XX, cuando era rector de la Universidad. El crimen que impulsa sus pesquisas y el conflicto agrario de la aldea de Boada se entrelazan con personajes reales y ficticios para explorar la tensión social y política de la España de la Restauración: un escenario ideal para un pensador beligerante como él, comprometido con la verdad y con las contradicciones de su época.
«Primero la verdad que la paz» era su lema, aunque Unamuno prefería formularlo en latín, Veritas prius pace, porque así adquiría para él un mayor realismo y contundencia. Pues bien, bajo esta divisa se desarrolla la trama de la novela, en la que el propio Unamuno se convierte en una suerte de detective errante y se ve envuelto en la investigación del asesinato de Enrique Maldonado, cacique local y propietario de buena parte de las tierras agrícolas del municipio salmantino de Boada. El crimen, cometido en diciembre de 1905, tiene como principales sospechosos a varios vecinos del pueblo, sumido en un clima de creciente tensión social. La venta de las tierras comunales y la extrema pobreza de sus habitantes han llevado a la comunidad a considerar la emigración masiva a Argentina como única salida posible.
Tras publicar un artículo en el que denunciaba los abusos del terrateniente y las condiciones miserables de los campesinos, Unamuno queda vinculado al caso cuando decide ayudar en sus pesquisas a Manuel Rivera, el abogado defensor de los acusados. Junto a él y a la singular anarquista Teresa Maragall, se adentra en una trama que entreteje la intriga criminal con un trasfondo histórico sólidamente documentado. Con un reparto de personajes bien perfilados y todos los ingredientes escénicos en su sitio, Jambrina pone en juego su oficio y su habilidad narrativa, con ecos de Sherlock Holmes en la investigación, pero sin que la documentación ahogue el ritmo del relato. La novela se enmarca también en la tradición de Fuenteovejuna, actualizando el conflicto eterno entre el pueblo y el poder.
El resultado es una novela que combina la claridad narrativa propia del género negro con una sólida ambientación histórica y una voz narrativa que dialoga con el estilo, la esencia y las obsesiones de Unamuno, al tiempo que deja aflorar sus sentimientos y sus temores. La narración en tercera persona, próxima a la mirada de un testigo o de un cronista de sucesos, permite que la historia avance con la agilidad de una novela policíaca. Sin embargo, ese ritmo se ve interrumpido por pausas reflexivas, monólogos interiores y digresiones que nos acercan al Unamuno real: un escritor instalado en un tono tan pronto irónico como solemne y trágico, plenamente consciente de que la lógica puede convertirse en una forma de esclavitud. Para él, la inteligencia verdadera no se limita a la razón, sino que sabe atender también a aquello que, a menudo, queda fuera de sus dominios: “los sentimientos y las emociones, por muy irracionales que sean a veces, o la intuición y la imaginación, que tantas veces subestimamos”.



















