martes, 9 de junio de 2026

París, memoria viva


El destino de la ficción nos concierne a todos, autores y lectores. Digamos que nuestra supervivencia depende de ello, de que se reconozca o no el valor de la imaginación y la memoria en los tiempos futuros, como una de las fuerzas vivas de la mente humana para poder seguir disfrutando de la creación literaria. Para existir el arte de la ficción tiene que apoyarse en esquemas aprehensibles, al menos para el lector, porque de lo contrario abandonará la tentativa. En otras palabras, como decía Edith Wharton, cuando ya se ha ganado la confianza del lector, la siguiente regla del juego es proponerle un escenario, un lance que evite que se distraiga, que su atención se disperse.

En Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), el lance, destino y foco de atención de su ficción es París, no solo como escenario, sino como memoria viva, interés, mapa de ausencias, rastros y eterno retorno. La ciudad del Sena funciona como un personaje más en su narrativa, porque en sus calles se superponen el presente del narrador, el pasado de la Ocupación nazi y una sensación constante de búsqueda incompleta, de ecos del pasado que tocan la realidad del momento. La gran importancia de París en su escritura conserva huellas propias y ajenas, como espacio del ayer atravesado por tiempos distintos y experiencias singulares marcadas por barrios, avenidas y lugares henchidos de recuerdos, identidades y vidas a medias, difuminadas por el discurrir del tiempo.

Por eso, recorre París en sus novelas, no para hacer historia en sentido clásico, sino para reconstruir biografías fragmentarias que retornan y mostrar la fragilidad de la identidad, la necesidad de entender el pasado que nos conforma, sus sombras y entresijos. En ese contexto, la ciudad se convierte para él en un archivo moral en el que una esquina puede ocultar una culpa, una ausencia o un vislumbre de algo ya vivido, convirtiendo la geografía urbana en materia narrativa de interés, ya sea una estación de tren, un hotel, un bulevar, un café o un estudio de danza clásica. Cada espacio, a su manera, es clave de orientación emocional, de motivo melancólico, ambos con un sesgo onírico.

La bailarina (Anagrama, 2026), su nueva novela, traducida por María Teresa Gallego Urrutia, encaja con los temas más recurrentes de su universo literario, como son la memoria, las identidades borrosas, la culpa y, especialmente, el París ya desaparecido de su juventud. La historia arranca cuando, al cabo de un tiempo, un parisino se reencuentra con un antiguo conocido que niega ser quien parece ser, y ese detalle abre una evocación del pasado. A partir de ahí, el narrador reconstruye un París frío y oscuro, lleno de personajes marginales, centrando su atención en el recuerdo de una bailarina y de su hijo Pierre. La novela se mueve menos por la trama que por la atmósfera y por la forma en que la memoria recompone lo vivido desde la perspectiva de los recuerdos de los distintos personajes que van apareciendo en escena. El narrador no se olvida de tener en cuenta que “Hay que andar con pies de plomo para burlar el desorden y las trampas de la memoria”.

Estamos, pues, ante una novela muy reconocible dentro del universo Modiano: fragmentaria, melancólica y breve, con una cronología rota y una narración que avanza por asociaciones y elipsis, más que por acciones. La propia sinopsis la presenta como una búsqueda retrospectiva de identidad y de “los comienzos en la vida”, con clubes nocturnos, habitaciones estrechas, reapariciones inquietantes y un vagabundeo por avenidas azarosas. Como anteriormente dije, precisamente por azar, el narrador se cruza con un conocido de aquellos años, Serge Verzini, dueño de La boîte à Magie, un restaurante de entonces, que niega ser Verzini y no reconoce haber conocido a la bailarina y a su pequeño Pierre. Es el propio narrador quien se ocupa de desenmascarar su identidad constatando que fue Verzini quien le presentó a la bailarina durante el tiempo que el protagonista le alquiló un cuarto allá en su juventud.

La relación entre París y sus personajes también está ligada a la búsqueda de identidades que nunca terminan de fijarse. Pero es el narrador quien avanza por la ciudad como investigador de sí mismo, persiguiendo nombres, fotografías, direcciones y recuerdos incompletos. Así, París no solo matiza la acción, sino que organiza el soplo en el que la memoria se activa y se refrenda. Si tuviera que acotarlo en una sola frase, diría que para Modiano, París es la forma visible de la memoria y del olvido, dejando ver que la ciudad no se habita solo con el presente, sino que perdura con todo lo que todavía sugiere en su deambular momentáneo y el olvido que fue.


Una vez más, Modiano escribe una literatura de rastreo, como si cada novela suya se propusiera atisbar y recomponer planos ocultos de una historia ceñida a una maquinaria narrativa de estilo depurado y envolvente, hecha de pinceladas y silencios. La bailarina responde a ese mismo plan narrativo inconfundible de su imaginario, concretada por su estilo, entre poético y nostálgico, para cautivarnos y mantenernos en vilo por el laberinto del recuerdo de unos personajes que ocultan secretos y fugas, como una noria que no puede parar de girar del pasado al presente y viceversa. 

viernes, 5 de junio de 2026

Un vivero de aforismos


Escribir tiene mucho que ver con habitar la incertidumbre, un conato al que todo escritor se expone con cada frase que inscribe en la página en blanco. Literatura y vida —y también a la inversa— avanzan entrelazadas, expuestas mutuamente a la interrogación y a su examen. Los aforismos de Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) condensan ese gesto, como práctica literaria propiciada por la experiencia, el pensamiento y las paradojas de la vida. En su caso, escribir aforismos implica sintonizar con una frecuencia íntima, nacida tanto de sí mismo como de la lectura atenta de cuanto lo rodea.

Los buenos aforismos resisten al paso del tiempo, perduran y se hacen valer, pero sin son muy buenos –como subraya Eder– ya son de todo el mundo. Son muchos de su autoría los que reúnen estas características, irresistibles por su astucia y gracia, más preocupados en aludir que en explicar, y eso agranda su alcance. Si hay algo especialmente genuino en sus aforismos es esa melodía humana y cáustica que los atraviesa. En los casi mil aforismos recogidos en Nuevas ironías (Renacimiento, 2026), encontramos un formidable vivero de su creación. Ricardo Álamo nos presenta en este jugoso volumen una amplia antología de los últimos siete libros publicados por el escritor navarro, destacando de este en el prólogo que, «como buen aforista que es tiene la facultad de hacer de lo inmediato materia cósmica sin enmascararla de falsa humildad».

A lo largo de su compendio descubrimos la constante ironía que pone Eder en lo particular, así como matices y particularidades acerca de la esencia del aforismo: “No todas las frases buenas son aforismos, el aforismo tiene que tener algo autónomo y desconcertante”. Para él, la condensación que exige el género supone su esencia formal, que tiene, incluso, las mejores consecuencias: “Leer aforismos enseña a leer entre líneas”. Y desde luego, siempre está dispuesto a hacerle un guiño y divertir al lector, como ocurre con estas dos frases felices: “Hay aforismos que no dicen una verdad pero que son muy buenos porque desenmascaran una mentira”; “Un aforismo es medio aforismo hasta que el lector le añade la otra mitad”.

En ese sentir y empeño, hay un propósito en sus lances aforísticos que no es otro que hacer participar al lector en el espíritu de sus piezas, teniéndolo siempre muy en cuenta. Su credo literario aspira a eso, y, para tal menester, a esa forma de entenderse con las palabras más sencillas, sin artificio retórico, sin adornos lingüísticos que valgan. Le importa fijar su atención en lo contemplado con cierta chispa y descreimiento. Ese es su estilo, apartado de cualquier solemnidad, del que se vale con gracia y naturalidad para incitarnos al entendimiento, como se cierne en estos tres aforismos llenos de sagacidad y simpatía: “A los pestillos de las puertas les debemos muchos ratos de felicidad”; “A veces nos enfadamos tanto que nos quedamos sin palabrotas”; “Todos los días son el día menos pensado”.

En cada libro suyo publicado empeña su palabra en ese menester de escribir sin pedantería y hacernos pensar o poner en entredicho algo, y, de camino, proveernos de una mueca risueña. Y así, por ejemplo, dice con cierta retranca, en el brevísimo prólogo de Aforismos y serendipias (2021), uno de los libros que compone esta antología: “... el aforismo más valorado hoy en día por el lector libre y experimentado es el que consiste en una breve frase inteligente que le haga prensar provocándole la sonrisa”. El término serendipia, bien traído al título, viene a poner énfasis al matiz etimológico de la propia palabra, igual que a imprimir carácter al sentido práctico y genuino del aforismo en cuanto resulta ser un hallazgo afortunado, como ocurre con este guiño granuja: “Las farmacias son los bares de los enfermos”.

Eder se mueve entre lo convincente y lo extraordinario para hablarnos, precisamente, del mundo, con aforismos como abrelatas del pensamiento ampliable a nuestras vidas, a nuestro presente conciso y llano: “De lo que no se puede callar hay que hablar”; “Nadie nos hace llorar más que los seres queridos”; “No hay peor crimen que morirse sin haber vivido”; “Los mejores libros son los que nos dibujan mientras leemos una sonrisa en el rostro”. Y muchos más, porque lo que le gusta de verdad es provocar la sonrisa y el desconcierto en el lector que sabe leer entre líneas, al que, además, le impele a releer lo escrito para hacerle sopesar la verdad con la que en esa verdad se oculta, importándole más la discreción que la elocuencia, la sencillez que el artificio, como denotan estos otros dos aforismos escogidos a vuela pluma: “El mes más cruel es el último”; “Lo que se dice en la cama se queda en la cama”.


En resumidas cuenta, Nuevas ironías concentra un jugoso vivero aforístico, síntesis que brota de la vida corriente, instantáneas a las que no le faltan humor y desparpajo, y que al leerlas tan así, nos percatamos de la verdad honda que se deja ver en ellas, una verdad que huye de cualquier ocurrencia sobrevenida y de pertenencia exclusiva de quien la escribe, sino que nos concierne a todos: “Escribir aforismos tiene sus peligros porque es poner el cerebro en los límites del lenguaje”. A esos límites del lenguaje nos conduce Ramón Eder para que reflexionemos sobre la vida, el paso del tiempo, el amor y la muerte, los libros y el mundo, la amistad y los fracasos, y lo hace osadamente porque el género es así: superficial y profundo a la vez.