miércoles, 29 de julio de 2026

A fin de cuentas


No es normal envejecer con naturalidad. Envejecer tiene sus cosas buenas, como el declive de la ambición, la competitividad y los asaltos del deseo sexual. Pero envejecer lleva consigo una acumulación de discapacidades. Recuerdo que en la novela Elegía, de Philip Roth, el protagonista, un jubilado de setenta años cumplidos, distanciado de su propia familia, debe enfrentarse a su propio deterioro físico. Vive afligido por su deplorable estado físico y proclama que «la vejez no es una batalla; la vejez es una masacre». A fin de cuentas, examinar la vejez y la muerte, más que como fatalidad, es enfocarla como algo consustancial a la vida, y, por ello, tan natural como determinante. Hablar de todo esto y poner la edad a examen es también recurrir a esta cita que me gusta mucho del ensayista y poeta Ramón Andrés, y que dice así: «La muerte no está al final de la vida; está en el centro».

La protagonista de la novela Ruth (2026, Destino), de la escritora argentina Adriana Riva (Buenos Aires, 1980), tiene 82 años, es viuda y médica jubilada, y, sobre todo, es una mujer que rompe con los estereotipos tradicionales de la vejez. Ruth es una persona irisada de cautelas que rehúye de cualquier paraíso moralista y se refugia en la música clásica como lenitivo para superar la dura realidad a la que se enfrenta. Va a la ópera con asiduidad, y la lectura viene a ser su sustento para entendérselas con el mundo. Siente una pasión desmedida por la pintura y los museos. Ruth es una enciclopedia vital y una hedonista que sostiene que “también la comida es un lenguaje”. Le gusta cobijarse en rutinas frente al tiempo que pasa, ocupada serenamente en su vida cotidiana, consciente de que no tiene otra, y, además, se siente atrapada por la amenaza de la muerte. Por eso mismo, le brota el afán de sacar el máximo partido a su propia existencia, así como al propósito de justicia universal y por la compasión hacia todos sus congéneres.

Adriana Riva se vale de este personaje para escribir una novela luminosa, realista y llena de humor, mostrando la vida de una octogenaria que, a pesar de sus achaques, refleja toda una perspectiva vitalista y lúcida, en las antípodas de la decadencia y de la tristeza que, en la mayoría de los casos, conlleva la vejez. Escrita en primera persona, y con una prosa sencilla e incisiva, la historia de Ruth nos encandila por sus reflexiones sobre su propia familia y el mundo. Destacan las conversaciones con sus amigas Fanny y Luisa, las relaciones con sus dos hijos, uno abogado y el otro al que llama “el que pasea al perro”. Ruth es una mujer de actitud positiva, insuflada de las más hondas aspiraciones del ser humano, sin perder de vista la ironía, consciente de que lo importante en la vida se aprende, sobre todo, con los años. No le importa reconocer que se encuentra en un trayecto de su vida que bien podría ser un examen final, sin temario establecido, y a solas, en el que la calificación la dicta el propio examinado.

Desde el inicio del libro pone por delante al lector para que conozca sus rutinas: “Desde que murió mi marido, vivo en la cocina. Es el único lugar de este departamento donde me siento cómoda. Duermo y miro películas en mi cuarto, pero el resto del día me lo paso sentada junto a la heladera, en camisón, estudiando movimientos artísticos, obras, mapas, palabras, fechas. Es mi manera de matar el tiempo, porque el tiempo se resiste a matarme”. Página tras página, vamos descubriendo que el deseo de Ruth se limita a vivir casi ensimismada, para vivir con mayor sentido y ganas de compartir este deseo de gratitud con lo vivido. Dicho deseo está lejos de obsesionarla por alargar su vida, sino de implicarse cada vez más en ensancharla para ahondar en su razón de ser. El humor le brota como producto anticipado de esa muerte que le aguarda, como sedante provechoso para reírse de ella misma y a pesar de ella: “Cada vez deseo menos, pero nunca alcanzo la felicidad de no desear”.

Ruth es una novela breve, pero inmensa, repleta de pensamiento, jugosa y amena. Todo en ella me parece encomiable y punzante, dispuesto para el subrayado y la cita: “Llevo años achicando el mundo”; “Las palabras tienen una tendencia a la evasión, muestran y esconden”; “Cada vez me siento más extranjera entre la gente”; “Mi nieta aprende y yo desaprendo, estamos en las antípodas de la vida”. A Ruth, pese a todo, lo que le importa y la empuja a seguir adelante son las disquisiciones que le ayudan a tomar aire y a aceptar la incertidumbre del vivir. Para ella, “la duda es el motor de la vida”, y la realidad le importa un pito. Lo que a ella verdaderamente le importa son los puntos de vista: “Ya lo decía Proust, la realidad se construye en la cabeza. Somos sonámbulos”.


Todo lo que aquí se cuenta, a través de la voz de su protagonista, está bien curtido y trabajado con verosimilitud, y viene a poner en alza aquello que decía Platón: “Una vida sin examen no merece la pena de ser vivida”. Adriana Riva despliega con maestría y solvencia esta idea filosófica mediante una voz narrativa entrañable, gracias a la cual ha creado un personaje único que cala y empatiza con el lector. Su mérito, entre otros muchos, está en el aire fresco de comedia que sopla su decir, a veces con frases inasibles, otras punzantes e ingeniosas, pero todas ellas captando las contrariedades, la dureza, los reveses, pero también las delicias y el humor de la vejez: “Después de cierta edad, somos inmigrantes en el tiempo”. Un disfrute.


viernes, 10 de julio de 2026

La risa contra todo mal


En sus reflexiones sobre la vida y el paso de los años, dice Montaigne que la meta de nuestra carrera no es otra que la muerte. Para él, filosofar no es más que aprender a morir. Si esto que afirma el ensayista francés nos asusta, cómo poder dar un paso adelante sin agitarnos. Todo parece dispuesto para que se asuma que la vida de cualquiera no es más que una lenta gestación de un ejemplo póstumo. Así se entiende mejor aquel dicho clásico griego, que Aristóteles repite en su Ética a Nicómaco, según el cual de nadie puede decirse que ha sido feliz hasta que muere.

La protagonista de El mal de la risa (Tusquets, 2026), de Isabel Bono (Málaga, 1964) reflexiona y cuenta en primera persona estos postulados, para aclararse a sí misma, para saber quién es antes de dejar de ser. El autoconocimiento, si no es la tarea más alta de su existencia, sin duda se le antoja la más imprescindible. Sería para ella impensable desempeñar ninguna otra o, por lo menos, con la misma determinación y expectativas de éxito. Todo este sentir, narrado con mucha ironía y destellos de humor, queda de manifiesto durante un año de la vida de Noelia, una maestra jubilada de 83 años que, sin pareja ni hijos, debe cuidar, y lo hace, de su hermana enferma y de su cuñado, más mayores que ella que ya no pueden valerse por sí mismos.

La voz narrativa de Noelia, que a veces se llama Adelfa, viene a sostener que todos dependemos, en última instancia, del propio cuerpo, y que la risa es un baluarte contra todo mal y, desde luego, contra el mal de la muerte. Nos sugiere también algo parecido cuando se refiere a que el mundo de cualquier persona no es justo, sino azaroso, que morir un poco menos equivale a vivir un poco más. Aquí, su desenfado, ironía, perspicacia y desparpajo dejan ver que vivir sin certezas tiene sus ventajas, y que más importante que morir es haber nacido. Por eso resalta que la libertad y la soledad le importan mucho: “No me quejo. Me gusta mi vida. No imaginaba este futuro, pero, si miro hacia atrás, me gusta mi vida”.

La forma que tiene la protagonista de repasar su propia vida es una especie de diario novelado en el que confluye la risa y el veneno de sus andanzas, sin que falte en todo ello un buen toque cínico de diversión y sátira hacia la ligereza de denominación de lo que se entiende por familia perfecta. Sus personajes conectan con el lector, se dejan querer, desde la propia Noelia, que en verdad no se llama así, hasta el cura don Marcos, y no digamos sus sobrinos (nietos, como algunas veces los llama) Eduardito y Martita, más ese Pascual, que siempre está en casa y la acompaña en su soledad, y se da a conocer a todos al final del libro.

Ella misma o su hermana Marta, con 94 años, que morirá de risa, y su cuñado Eduardo, que también morirá… o Vremya, profesor como ella con jubilación anticipada con el que se escribe vía email y le pregunta si ha leído a Vonnegut, conforman su entorno, y son quienes la rodean y acotan sus fantasmas, vicisitudes cotidianas y manías. Y a todo esto se une, por un lado, la lectura, porque para ella: “Leer da la oportunidad de ponerse en el lugar del otro, de entrenar la empatía. Sin empatía, mejor no haber nacido”; y, por el otro lado, la risa, siempre presente en la novela y bien celebrada en esta cita: “Ah, y reíd. Para todos tus males te doy la risa, dijo Rabelais. No lo olvidéis, reíd, a ser posible morid de risa”.


Isabel Bono, en esta cuarta novela, deja muestras de su talento y gracia narrativa, con una historia vívida y emotiva, que se lee casi como un dietario existencial, lleno de verdad y humor, y que abre sus puertas con esta cita de Julian Barnes que focaliza el tono crítico, desmitificador y burlesco que promueve el libro: "No creo que exista ninguna familia feliz que afirme falsamente que es infeliz". Bono entreteje desde este preámbulo esclarecedor, hasta el final, una historia amena y singular, llena de chispa y tino, de estampas costumbristas y fogonazos certeros de aforismos, que lleva implícita un luminoso ejercicio de reflexión sobre el día a día del envejecimiento y del cuidado a los demás, con una moraleja clara: mejor haber nacido y reír, a pesar de los pesares.