jueves, 15 de enero de 2026

Suma de lecturas, vida y pasión


El lector que fue y es Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) aprendió bien la enseñanza de que el universo literario no está hecho de una vez para siempre, sino que este juega con el tiempo y las vidas que otros imaginan con los recuerdos de las obras anteriores de la literatura, del arte en general, y que a nosotros nos valen para vernos reflejados, para evocar y conjeturar qué hemos hecho de nosotros mismos, de nuestras vidas. «Hay que atreverse a sentir», decía Stendhal, abundando quizá en algo que, dos siglos antes, había escrito Cervantes en El amante liberal: «Lo que se sabe sentir se sabe decir». Esta sería la legítima aspiración que ha de tener cualquier escritor: ser siervo y señor de sus propios sentimientos. Ese es el dial que sintoniza El verano de Cervantes (Seix Barral, 2025), un dial que postula que de Don Quijote lo sabemos todo, pues todo lo que de él sabemos nos lo contó el propio Cervantes.

A Cervantes, dicen muchos entendidos, hay dos maneras de acercarse: una, como estudioso, otra, como lector. Muñoz Molina nos invita a participar de su manera de acercarse a Cervantes como escritor y lector, conjugando tener todos los hilos de su trama en la mano, sin dejar cabo suelto, pero, a su vez, contentándose, como lector asiduo de su obra, de un disfrute sin importarle dar rienda suelta a la risa, a los desengaños y a los fracasos que suscitan muchos de sus episodios, incluso lágrimas de dulce melancolía que amagan por salir con cada lectura. Lo decía Vargas Llosa y antes Juan Ramón Jiménez: «Cervantes es nuestro Homero», y, al mismo tiempo, nuestro mar de lenguas, olas y ondas que hablan como sirenas en español y para siempre, como habla el mar, para sí mismo.

Muñoz Molina nos presenta un ensayo que tiene mucho de autobiografía, que, a su vez, esgrime una apasionada lectura del Quijote, un libro nacido de muchas notas anteriores suyas de lecturas que fue recopilando con el tiempo. El verano de Cervantes, por tanto, está entretejido de recuerdos de su infancia hasta hoy, y todos ellos confluyen en una escritura cosida a la lectura continuada de la obra y a la propia experiencia de vida. Trasciende en el libro esa mirada de Cervantes que el autor de El jinete polaco destaca como escritor de interés compasivo por la vida de la gente corriente, además de su humanidad profunda, su sentido del humor y, especialmente, la amenidad de sus episodios y aventuras. Las vidas de todos sus personajes conforman un repertorio compartido entre escritor y lector en los que siempre se libra lo mejor o lo peor de la condición humana.

El sino del Quijote, viene a decirnos, es haber sido, desde su origen, un libro traducido. Cervantes cedió a un proscrito, a un autor arábigo, Cide Hamete Benengeli, la gloria de escribirlo y le pidió a otro que encontró en un barrio de Toledo que lo tradujera a nuestro castellano hablado por la gente. Pero nadie duda, como asegura Muñoz Molina, que el mérito de Cervantes estuvo en sobrepasar sus propios desengaños y fracasos, y darnos unos personajes que nunca se desengañaron ni conocieron otra gloria que la locura y ser entusiastas en deshacer agravios insólitos. Hace hincapié en que, para Cervantes, lo que importa de verdad es el efecto que pueden tener en las personas las historias leídas o escuchadas, “haciéndoles ver o no ver lo que hay en su propia conciencia y lo que tienen delante de los ojos, verse o imaginarse a sí mismo”.

El verano de Cervantes entreteje memoria personal, ensayo literario y, también, reflexión textual de toda una trayectoria de vida dedicada a la lectura del Quijote. Muñoz Molina no solo destaca sus notas de lectura, sino que incluye detalles de escritores apasionados y relevantes que han hablado y escrito del Quijote, como, por ejemplo, Thomas Mann que lo va leyendo en la travesía que hace a Nueva York como exiliado, o Sigmund Freud que aprendió español para leer en su salsa la novela de Cervantes. Y otros muchos autores fundamentales en la tradición narrativa que destacan las resonancias de Alonso Quijano en la concepción de sus obras, como es el caso de Stendhal, Faulkner, Dos Passos, Melville o Mark Twain. También, nos dice, la semejanza de Montaigne y Cervantes en su capacidad de acercarse al lector con sencillez, incluso para ponerlo todo en duda. En los Ensayos y en Don Quijote no encuentras a un autor, sino que, como decía Stendhal, lo que encuentras es a un ser humano dispuesto a destilar la experiencia de su vida.

El verano es la estación de Don Quijote de la Mancha. Es el tiempo en el que suceden del principio al final todas sus peripecias, y también el más adecuado para su lectura”, leemos en el arranque del libro. Para muchos de nosotros que somos apasionados del Quijote, El verano de Cervantes es un acicate literario para seguir leyendo esta obra colosal, una novela en la que, como aquí se apunta, acrecienta la vida imaginaria del lector. Muñoz Molina hace memoria de sus andanzas como lector quijotesco, haciéndonos partícipes de cómo encontró su primer Quijote dentro de un baúl que estaba en el pajar de su abuelo, un ejemplar antiguo de la editorial Calleja de 1881. Este hallazgo, como bien dice, le dio pie a una pasión cervantina que nunca le ha abandonado.


En esencia, Antonio Muñoz Molina vuelve a poner a prueba su maestría mostrando que lo que hay aquí escrito y recordado refleja la suerte de asistir al embrujo de una suma de lecturas apasionadas en un texto lúcido capaz de ponernos en la órbita del sueño que convierte a Alonso Quijano en Don Quijote de la Mancha, disponiéndonos a que con cada lectura el mito nuevamente transforme en historia viva la vida imaginaria que aparece por todas partes: en las peripecias, en las bocas y hasta en el aire que respiran sus personajes.

lunes, 12 de enero de 2026

Entre piel y pelaje


La elección de una lectura es un proceso azaroso, tan personal como heterogéneo. El imán puede llegarnos por el título sugerente de la propia obra, por el hallazgo de una voz nueva o la lealtad a un autor ya conocido y que nos gusta mucho. Nos dejamos persuadir por la arquitectura de los personajes, la estética del lenguaje, ya sea por su lirismo o su sencillez y, cómo no, por ese gancho instintivo de las primeras líneas del texto. Sin embargo, el flechazo literario del hallazgo rara vez proviene de un único elemento, sino de la confluencia de varios: la trama y su pulso narrativo, a la que se añade nuestra curiosidad y estado de ánimo, que también cuenta, de igual manera que la recomendación oportuna de un amigo nos vale para determinar que un libro se posicione favorablemente para tratar de conquistarnos.

Ya dispuestos con el libro entre manos, dejamos que nuestro detector de ideas interno impulse su lectura y se active al instante. Porque bien sabemos que los escritores parece que viven con el detector literario siempre activado. Saltará la alarma en su interior en cuanto tropiecen con una idea con posibilidades. Ideas que pueden convertirse en obra literaria de muchas maneras. Vale cualquier chispa potencial, ya surja de un paisaje, de una charla trivial con un vecino, de la misma rutina diaria o de su mismo interior, invocadas por la memoria. A menudo, esa inspiración brota de la propia intimidad del autor, y hasta de la convivencia con mascotas. Basta con observar la cercanía de estos animales para que el escritor halle un sinfín de sucesos capaces de transformarse en relatos singulares y ecos de vida en los que se exploran las fronteras de lo tangible de la realidad.

Las historias que la madrileña Chelo Sierra reúne en El único animal rozan a menudo lo azaroso e inexplicable. Le basta a la escritora partir de la observación de cómo nos entendemos con los animales para esbozar un buen puñado de vidas en común convertidas en un bestiario íntimo de lo humano que conforman, a su vez, un álbum de intercambios de vivencias en el que el mundo animal y la propia zoología humana comparten identidad, espacio, confluencias vitales y vicisitudes, un mismo mundo bajo múltiples focos, variando voces, situaciones y registros. Todos ellos convergen hacia una extrañeza y un núcleo de tensión en el que realidad y ficción se enfrentan en un juego de espejos. De tal manera que todos los seres humanos que por aquí transitan, cada uno a su manera, son el resultado descarnado de su propia parodia de vida.

Pero antes de proseguir, conviene que nos fijemos en el epílogo con que la autora cierra el libro, un texto que lleva como propósito encender nuestra curiosidad lectora, “bajo la apariencia de un nuevo relato”, y desvelarnos los entresijos del instinto creativo de quien lo promueve a la hora de corregir y armar las historias “a punto de salir de su crisálida” para darlas a conocer. Dicho esto, los trece relatos que agrupa El único animal ajustan un buen corolario de relaciones y conductas entre seres humanos y su hábitat. Cada historia revela las conexiones de sus personajes y ese medio ambiente en el que ineludiblemente tiene protagonismo el mundo animal.

En la primera de ellas, bajo el título de El ruido de los pájaros al caer, una pareja de jóvenes emprendedores, consiguen con éxito el sueño de su vida tras sortear todos los contratiempos: construir un hotel rural en plena naturaleza. Pero un ridículo incidente, unido al aleteo exterior de aves agitarán las quejas de los huéspedes y el desconcierto en la pareja. En el siguiente relato, otro de los destacados, una venganza animalista de dos limpiadoras de una multinacional se hace patente en la presentación pública de una crema antiarrugas novedosa y revolucionaria. Podemos afirmar que cada relato del libro exhibe una relación directa con el mundo animal, en mayor o menor medida. Algunos de ellos rozan a menudo lo inexplicable, pero, inesperadamente, nos toca la piel y nos da que pensar y mirarnos a nosotros mismos.

Chelo Sierra, escritora de larga trayectoria, tanto en relato como en novela, con premios importantes en su haber, como el Ramiro Pinilla de novela, instaura en El único animal una estupenda compilación de relatos donde la dimensión psicológica humana alcanza nuevas cotas. Y tiene que ver mucho con la presencia y el protagonismo de ese mundo animal que forma parte de la coexistencia y de la rivalidad de nuestra propia especie, que nos dice tanto con lo que manifiesta como con lo que oculta y solo sugiere. Le anima igualmente a dar rienda suelta a una prosa cargada de ironía y sentido del humor, caracterizada por su naturalidad y fluidez.


En suma, las buenas historias viven en lo sencillo que nos rodea, pero curiosamente lo hacen fuera de la lógica y, en ocasiones, conducen al lector a replantearse otros aspectos en los que tenemos mucho que ver con el mundo animal. El único animal contiene esa pulsión y una crítica social añadida, así como una cautivadora reflexión sobre narrar historias, y una defensa de la necesidad de ponerse en lugar del otro para entender que la humanidad es una sola, y todos somos animales que andamos parejos entre piel y pelaje.