martes, 14 de abril de 2026

Épica de los ojos


La ceguera en la literatura universal funciona como condición material y metáfora persistente del conocimiento, la verdad y la ética. Cuando se trata como realidad, no es solo un signo, sino una forma de existencia con percepciones y modos propios. Importa menos la falta que la reorganización de la experiencia, la dependencia o la imaginación. Como metáfora, expresa una falla moral o intelectual, asociada a la ignorancia y al fanatismo, lo que le da gran fuerza narrativa. En la Grecia clásica, tiene valor revelador. Tiresias, por ejemplo, ve más que los videntes, y en Edipo rey, la pérdida de la vista se une al conocimiento trágico. En El rey Lear de Shakespeare, el duque de Gloucester pasa de la ceguera simbólica a una lucidez dolorosa, y Saramago, con su Ensayo sobre las ceguera, lleva esta tradición al extremo: convierte la ceguera en epidemia y crisis sistémica de sentido moral y social.

David Toscana (Monterrey, México, 1961) irrumpe ahora en esta épica de la vista con El ejército ciego (Alfaguara, 2026), un espléndido relato, acreedor del Premio Alfaguara de Novela de este año, cargado de ironía y humor negro por donde transcurre varias historias entrecruzadas que conforman una fábula poderosa sobre las tinieblas de la guerra, la barbarie y los entresijos que vislumbran la ceguera real y metafórica. No es una novela histórica convencional, ni mucho menos. El novelista mexicano va más allá y construye una obra literaria reveladora, para acercarnos a ese páramo simbólico y mítico de resistencia que se abre paso tras la pérdida de la visión y su adaptación a una nueva vida donde la única realidad que ha cambiado es la de uno mismo. Sus lectores siempre agradecemos ese empeño en ofrecer algo que nos deslumbre en su novelística, como ya pudimos ver en Santa María del circo (1998) o en El peso de vivir en la Tierra (2022), esa poética activa y singular por la que transita su literatura.

Para glosar esta épica de El ejército ciego, Toscana acude a un suceso histórico en el que se da cuenta de la derrota de los búlgaros a manos del imperio bizantino en la batalla de Klyuch, en el verano de 1014. La fuente la encuentra en el cronista de aquella época, Ioannis Skylitzes, que relató sucintamente su desenlace trágico: el emperador Basilio II ordenó como represalia de la afrenta cegar a 14.850 soldados prisioneros y dejar tuertos a otros 150 para que sirvieran de lazarillos de aquel ejército ciego vencido, de regreso a su patria. El derrotado zar de Bulgaria murió poco después, según parece, abrumado por la impresión de aquel escenario tan dantesco y abrumador. Aquel espanto es recreado por Toscana, mediante una narración en primera persona, por boca de uno de los ciegos, el escriba Kozaro, lo que consigue dar a su relato una oralidad que le sirve para que su testimonio se vea atemperado en su desbordante fantasía y chispeante humor negro.

Por aquí aparecen personajes curiosos y apasionantes que acrecientan su invención narrativa con la que el escritor de Monterrey se vale para decantar su relato, más por el terreno de la imaginación y la creatividad, que por el sesgo convencional de novela histórica, como anteriormente apuntamos. Destaca entre ellos, Zósimo, el maestro sacaojos que se reconvirtió en cirujano minucioso en encajar canicas en las cuencas vacías de los soldados ciegos. También resalta Sóndok, el guerrero lector que, tras regresar de aquella fatídica contienda, se ponía con entusiasmo delante de sus orificios oculares la Primera carta de San Pablo a los corintios para tratar de descifrar como antes aquellas letras y mensaje de epístola evangélica. Con el mismo interés sobresale otro de los personajes, Seráfim, que regresó sin sus ojos azules a casa y al taller de pergaminos de su padre, guiado a tal fin por su hermano tuerto Tódor.

De todo esto se dan detalles a lo largo de los sesenta y un capítulos breves y ágiles de la novela. También se da cuenta de los pormenores acerca de cómo se procedía a sacar los ojos, qué se hacía con ellos y los problemas ocasionados para enterrarlos, cómo los pescadores los depositaban frescos y limpios en ánforas entre la irónica risa de los propios ciegos, o cómo un malabarista lanzaba un puñado al aire con el riesgo consabido de pisarlos al caer al suelo si fallaba en su tentativa. En definitiva, más allá de estos mil horrores, la novela plantea preguntas sobre cómo se construyen las narraciones del pasado y qué ocurre con las víctimas anónimas del poder. Diría que El ejército ciego contiene resonancias con la actualidad por su reflexión sobre el autoritarismo, la guerra y, sobre todo, la dignidad humana.


Pero todo, insisto, inmerso en una epopeya de los vencidos, en la que los soldados sin ojos entonan sus realidades y sinos, como si fueran conscientes de su determinismo histórico. Así lo deja dicho el narrador en el libro: “Los ojos malgastan tiempo, páginas y tinta. Cuando uno deja de ver la vida lo que hace es vivirla”. A todo esto, y a la sustancia estremecedora y coral del relato, nos remite David Toscana, tejiendo una historia poderosa, atroz y de humor hiriente, con los mimbres del pasado. Un libro, en suma, de prosa impecable y arrolladora, transformada en una lectura amena y jugosa de verdades, de simbolismos reconocibles y profundamente humana.

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