En el camping (Anagrama, 2026), su nuevo libro de relatos, están muy anclados todos esos elementos suyos que le permiten concentrar vínculos, objetos y escenas cargadas de memoria. La trama coral de esta colección de cuentos es una vuelta a la amistad, a los reencuentros imposibles y, también, al amor clandestino. Puértolas descorre diez relatos de su imaginario alrededor de historias familiares encadenadas, del paso del tiempo y de los lazos afectivos que actúan como núcleo del pasado y sostén de pertenencia. En el contexto de su estructura muestra, a su vez, que el escenario no es solo geográfico o de ambientación social, sino que son historias marcadamente narrativas, es decir, un relato llama a otro, y la identidad se sostiene en esa cadena de evocaciones de observar y contar la vida.
Son relatos que funcionan como pequeñas excavaciones afectivas que reconstruyen fragmentos de experiencia, voces y climas familiares. Pero, en Puértolas el arraigo nunca es del todo reconciliador. En Amistad, un hermoso y conmovedor relato, el primero del libro, asistimos a la constatación de cómo el paso del tiempo, tras una fatídica pandemia, trunca la amistad inquebrantable de dos mujeres que nunca pensaron que se quebraría por nada del mundo. En otros, como Un día de playa o en el último de ellos que pone título al libro, en ambos, los acontecimientos narrados aparecen como una forma de dependencia respecto a la familia, las convenciones o el lugar asignado a las mujeres y de ahí surge una tensión entre pertenencia y liberación.
Incluso cuando las historias familiares son recuperadas con afecto, como ocurre en Secretos, otro relato maravilloso que podría resumirse en esta frase proverbial del mismo: “La vida no es un juego, pero si no juegas no vives”. Hay en otras historias, como en Teléfonos o Un pariente lejano, una presencia tangible de culpa, distancia e incomodidad, como si el pasado ofreciera refugio y a la vez encierro. Esa ambivalencia es central en muchos de sus relatos: sus personajes buscan alguna forma de anclaje, pero ese anclaje suele ser frágil, parcial y atravesado por la disonancia de caracteres de sus personajes. Muy interesante y revelador resulta el relato Escritores que hablan de sus vidas, en el que el narrador postula “¿Cómo se las arreglan para resultar interesantes los escritores que hablan de sus vidas?”
Esto, y una ráfaga de impulso lírico que trasciende en su escritura, nos da pie a entender que en la narrativa de Puértolas predomina la intencionalidad de una construcción poética del vínculo: personas, objetos, recuerdos y relatos sostienen la identidad precaria de sus personajes, siempre en riesgo de dispersión. La autora misma insiste en que escribe desde su relación cambiante con el mundo, no desde temas cerrados, lo que refuerza esa idea suya de una literatura atenta a los lazos móviles entre sujeto, memoria y destino. En ese sentido, sus relatos están arraigados a tal fin, volviendo una y otra vez a lo familiar, pero también mostrando que toda pertenencia es, en sí misma, una forma de interrogación.
En el camping confirma que el género que mejor ha dominado la escritora aragonesa a lo largo de su prolífica carrera literaria es el cuento, como fogonazo moral y linterna emocional de su escritura. Este es un libro admirable de historias que viven en lo sencillo, de madurez y sutileza narrativa certera. Su lectura es un placer de resonancia duradera, que es lo que distingue a la mejor literatura.


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