Para Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, Cáceres, 1950) no hay otra manera de que un texto se convierta en literatura si no consigue que lo que se dice o se cuenta, aun lo conocido, recordado y repetido, trascienda y parezca nuevo. En esa tarea de aplicar y ampliar al máximo la validez expresiva del lenguaje se ha sustentado sus libros. Hidalgo Bayal es, por eso mismo, una de las voces literarias más brillantes de nuestra narrativa, quizá el mejor prosista español vivo. Bastaría leer algunas de sus novelas, ya sea Paradoja del interventor (2006) Conversación (2011) o La escapada (2019) para comprobarlo. La palabra pulida, culta y cadenciosa, como de otra época, la sintaxis nítida y el sutil humor lingüístico son rasgos propios de su narrativa, que se mantienen en Hervaciana (Tusquets, 2021), su último libro publicado.
Al igual que en sus obras anteriores, en Hervaciana, la voz narrativa sobresale como alma del relato. Para el autor cacereño, la figura del narrador, una vez más, tiene rango de personaje y, por eso mismo, sobre él recae el peso de lo que deviene y quiere contarnos. En esta ocasión, el detonante no es otro que la evocación de unos años de infancia y juventud. El autor nos traslada al territorio de la memoria, concretamente dentro del Real Colegio de San Hervacio, un internado extremeño donde conoceremos las vivencias y compañías que quedaron bien guardadas en su retentiva. Por sus trece capítulos comparecen compañeros de clase, como Pastor, Cantalejo, Calderón o Zamora, profesores memorables, como el de griego, al que llamaban Nicolai, conserjes de su infancia, como el popular Saturnino, un amor de juventud también, y momentos fulgurantes de emociones, descaros, sumisiones y júbilos que pondrán chispas a sus recuerdos.
Hervaciana es un libro de memorias en el que todo lo que se cuenta conforma el mundo vivido de un tiempo y un lugar, capaz de expresar momentos de estados de ánimo repleto de albores y enseñanzas. Sin embargo, como requiere la propia esencia de la no-ficción, todo está contado bajo la argucia de la imaginación. Sus anécdotas, personajes y trama se encaminan en una determinación narrativa que hacen que las evocaciones suscitadas en él rebosen testimonio y pulsiones que convierten la novela en ficciones urdidas bajo el denominador común de un mismo escenario, protagonista o, al menos, motivo propicio para recrear lo que permanece entrelazado y vivo en la conciencia del narrador.
En aquel ambiente educativo, de exigencia académica y disciplina férrea, de abundantes “enigmas insondables”, “rica en sopapos y sarcasmos”, el autor de Nemo (2016) examina con minucioso detalle la forja educativa y temperamental, las adversidades y contrapuntos de unos adolescentes febriles que habían nacido en pueblos «sin heroísmos ni ufanías» donde «no había más empeño que cultivar la aridez de la tierra y sobrevivir con resignación a su miseria», pero henchidos de grandes inquietudes y aspiraciones. Cada uno, a su manera, ponía su empeño en aquel contexto de “tiempo encogido, sumiso y acobardado”, sorteando sus desazones con la mejor entereza posible, sin que pudiera evitarse en cada curso escolar sonadas espantadas por parte de algún alumno indómito y contrariado, harto de tanta disciplina y jaculatoria.
Los protagonistas de Hervaciana son mayormente muchachos peculiares. Los hay que despuntan porque no se resignan a ser uno más del resto. Los hay que destacan por poseer algún talento o rareza que los diferencia del grupo y los convierte en punto de mira o menoscabo de empatía. Pero también en el libro hay algún relato que pone su foco de atención en otros pormenores y personajes, como es el caso del referido al fraile hervaciano, de grato recuerdo para los alumnos, gracias a su manera de enseñar tan amena, a su entusiasmo contagioso tan poco común en el claustro y que acabará fuera del mismo, haciéndose hueco en los ambientes culturales madrileños de cine de ensayo que, por aquel entonces, comenzaba a extenderse.
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