viernes, 31 de agosto de 2018

Extraños en el parque


El título de 1996 Lo raro es vivir, de Carmen Martín Gaite, le sirve a la narradora del libro para arrancar su relato exaltando lo extraordinario que a veces pasa por las buenas en la vida normal. Entre todo ese enjambre anodino que se sucede en el vivir cotidiano, a veces, salta uno de ellos, aparentemente insignificante que, de pronto, origina el comienzo de algo nuevo y, entonces “sobreviene el miedo o la parálisis”.

El nuevo libro de Sara Mesa (Madrid, 1976) Cara de pan (Anagrama, 2018), autora de vibrantes relatos y novelas anteriores, como Mala letra (2016), Cicatriz (2015) o Cuatro por cuatro (2012), sorprende por ese matiz de encuentro casual surgido en las vidas de dos seres que rompen su anodina soledad y, muy al contrario de lo que se podría pensar, por la diferencia abismal de edad entre ambos, no les sobrevienen ni parálisis, ni recelos, sino una fecunda relación que comparten por las buenas a solas.

Son dos personajes escurridizos, heridos socialmente, que inician una extraña relación entre el desarraigo que sobrellevan, las incomprensiones y la desconexión humana que han tenido que sortear. Se encuentran en un parque y allí, protegidos por un seto, comenzarán a verse en días sucesivos. Ella es una adolescente, de apenas catorce años, que esquiva las clases del instituto. Él, es un hombre maduro, de comportamientos extraños, va siempre con unos prismáticos colgados y está obsesionado por los pájaros y las canciones de Nina Simone. “El viejo habla como un niño –con el ensimismamiento y el entusiasmo de un niño– y la niña lo mira con curiosidad […] Para ella ese hombre es un viejo y los viejos tienen edades tan variables como inverosímiles”. Casi, la niña a la que llama por ese nombre, le presta atención a todo lo que el hombre le va contando, tratando de sacar alguna moraleja de ello, “pues siempre le han enseñado a interpretar así las historias”.

Poco a poco se va creando un clima propicio entre ellos, lo que les facilitará que lleguen a revelarse secretos y empiecen a sentirse cercanos y reconocidos, como si vinieran a coincidir en aquel lugar desde una reencarnación de la que acaban de salir. Y, aunque a ella siempre le advirtieron que “los hombres no pueden ser amigos de los niños”, no le importa seguir con la aventura, incluso si se la imagina peligrosa. “No puede quedarse sin una historia que contar –subraya la voz narrativa–. Necesita una historia que contar”.

Cara de pan es un título hermoso que esconde un símbolo que conviene escrutar, una fábula existencial empapada de realismo y verdad, un relato que enciende en su lectura la sed con que se bebe una buena historia de misterio y vida, escrita en un tono delicado y nada complaciente donde la fluidez narrativa es su arma más poderosa. Decía Leopardi que la felicidad es lo que tenemos antes de empezar a buscarla. Esa búsqueda inocente y desesperada es la que aúna Sara Mesa con sutileza y tino en ese espíritu que mueve a estos dos seres desarraigados y problemáticos, a sentirse cómplices en los instantes que comparten. El Viejo “no vino a darme cariño, dice Casi: vino a darme consejo”.

El corazón, incluido el del inocente, tiene sus secretos, sus muros de silencio, su misterioso modo de entender las cosas, y ese trémulo saber es el que también guarda el cariz literario de este relato tan sencillo como luminoso que el lector irá descubriendo conforme avanza el destino amenazante de la trama, que irá cargando el ambiente.

Sara Mesa firma una conmovedora novela, amena e intensa, que se lee de una sentada, sostenida por la fuerza propia de sus vívidos personajes, que son, en definitiva, los que la hacen posible. En Cara de pan hay un miedo ambiental inquietante, incluso infundado, pero que los mayores, que están presentes en la novela, no pueden evitar. Temores propagados desde siempre que los hacen sentirse vulnerables y desconfiados, vayan por donde vayan, arrastrados por los tabúes.

La vida no transcurre como uno la imagina, y este libro pone su acento en ello, rozando los límites establecidos por el devenir cotidiano, que no son otros que los propios límites de la condición humana. El libro de Mesa procura al lector la idea de estar ante algo que lo hace sentir modesto. Y eso lo consigue cuando dicho lector logra adentrarse con lucidez en el interior de la naturaleza humana, algo que proporcionan las historias bien tejidas y resueltas con eficacia, hasta sentir la necesidad de hacerse pequeño y despojado de prejuicios.


lunes, 27 de agosto de 2018

Permanecer oculta


Ser secreto para los demás duele y, al propio tiempo, reconforta. Duele, como dice Claudio Magris, porque existe siempre el sentimiento de ser incomprendidos y alienados, incluso –y este es el elemento más clamoroso– de serlo por las personas cercanas y amadas. Pero, también, ayuda a atravesar la soledad de la existencia y a resistir los envites de la incomprensión ajena gracias al sentimiento de poseer una verdad oculta, como subraya el escritor triestino, de no ser solo lo que parecemos a los demás. Y, desde luego, conforta con esa idea de irreductible peculiaridad que los otros no pueden conocer, y acaso sospechar, porque no podrían comprenderla.

Silvina Ocampo, la menor de seis hermanas, encarna a la perfección el misterio que rige la figura de una persona secreta que voluntariamente se oculta en los términos anteriores descritos por el autor de Microcosmos. Fue pintora, discípula del artista Giorgio Chirico, poeta y escritora de cuentos. “Silvina es secreta, pero es una mujer que quiere que la quieran”. Y, además, “ama a los mendigos, a las niñeras, a las sirvientas de la casa y a los pobres”. No le importa rozarse con ellos, pese a ser una de las mujeres más ricas de toda Argentina. El dinero le dio libertad de movimientos, y sus relaciones con la intelectualidad (amiga de muchos artistas y escritores, como Borges, cercano a ella, pero en menor grado que Adolfo Bioy Casares, su marido), su entorno familiar y el servicio doméstico le acarrearon muchas incomprensiones y habladurías. Permaneció siempre en un segundo plano respecto al talante avasallador de su hermana Victoria, fundadora de la revista literaria Sur y epítome de la cultura argentina de mediados del siglo pasado, y por el talento literario de su esposo, de quien sobrellevó con mutismo y reserva sus múltiples infidelidades.

De todo esto nos habla Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) en La hermana menor, una biografía publicada hace cuatro años y rescatada apenas hace dos meses para la colección Biblioteca de la memoria de la editorial Anagrama, sobre la vida y milagros de Silvina Ocampo, de quien se decía que “fue una de las mujeres más fascinantes de Argentina, la verdadera reina de la gracia, el misterio y la poesía”. Enríquez, periodista y escritora, autora de novelas, relatos de viajes y colecciones de cuentos, como Los peligros de fumar en la cama (Emecé, 2009), o Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), pesadillas vividas, más que relatos, en un contexto gótico de la tierra y prado argentinos, se atreve con un cambio de registro exigente, como es la biografía, que obliga proximidad en la vida y mundo del biografiado, y para ello su pericia se vale de aglutinar muchas voces testimoniales para acercarnos a los confines íntimos de esta mujer extravagante y talentosa que fantaseaba todo el tiempo y se concebía como una escritora secreta. Decía: “Soy como los animales, escondo lo que más me gusta”, (pág. 165).

Silvina escribió poesía toda su vida, aunque como narradora fue más arriesgada y notoria. Dicen que tenía unas piernas espectaculares y sabía lucirlas doblándolas con tesón en el sillón donde se sentaba. “Era una mujer que lo hacía sentir bien a uno”, comenta Ernesto Schoo, novelista y crítico teatral que la conoció muy de cerca. Se habló mucho, también, de sus inclinaciones sexuales. A este respecto, el escritor Edgardo Cozansky subraya que entre las mujeres de la aristocracia era muy normal el lesbianismo. “Creo –dice–, que era una perversa polimorfa”. Mantuvo una relación sentimental e intensa con Alejandra Pizarnik. Las cartas de la poeta a Silvina se publicaron años después a la muerte de ambas. Pero si hay alguien que confirmó sus amores no fue otro que su esposo Bioy en 1994, un año después de su muerte: “Silvina tenía otras relaciones, pero yo sabía defenderme de los celos y por otra parte sus historias no eran tan frecuentes. Siempre nos unió un gran cariño que iba más allá de la atracción física”, (pág. 115).

El libro de Enriquez responde a esa intencionalidad que tenía su biografiada de aparecer como un ser secreto y deliberadamente misterioso. Algo que viene a concitar el coro de voces que se aproximaron a su vida (bien recuperado en este libro), que la conoció en su círculo, y que todos sus componentes comprobaron que en ese segundo plano por el que optó Silvina fue el medio mejor labrado para moverse con total libertad y para escribir a su antojo.

La hermana menor es un retrato extenso de una figura que, probablemente, no tuvo la justicia poética que merecía, en parte debido a la propia idiosincrasia del personaje en sí, aplanado por otras figuras monumentales establecidas en derredor suyo y, también, trabado por la desafección que sufrió en muchos momentos motivada por la constante infidelidad vivida bajo el mismo lecho matrimonial.

Este es un libro revelador, ameno y curioso de la vida inquietante de Silvina Ocampo, de su esposo y allegados, un texto bien armado que nos invita a aproximarnos a la obra de esta enigmática escritora que dejó pruebas de una extraordinaria imaginación y maestría en sus cuentos, que hizo lo que le vino en gana durante su dilatada vida y que sobrellevó con desparpajo y dignidad sus sombras y vicisitudes íntimas, permaneciendo discretamente oculta. Interesantísimo.

viernes, 17 de agosto de 2018

Vida, conciencia y mundo animal


La literatura, afirma Cynthia Ozick, debe apelar a la imaginación; la imaginación es de hecho la carne y la sangre de la literatura. Dicho esto, la escritora neoyorquina va más allá y determina que la literatura no es más que un pacto necesario entre el lector y el escritor para crear un espacio de controversia e imaginación común capaz de dar sentido al texto.

A ese pacto consensuado entre el escritor que promete fingir y el lector que promete aceptarlo J.M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) viene a decirnos que la literatura es, especialmente, el reconocimiento de lo particular. En ese sentido, afirma en las conversaciones mantenidas sobre la ficción con Arabella Kurtz en El buen relato (2015), que la lectura viva es el meollo y asunto misterioso que habilita el relato. Implica encontrar la forma de entrar en la voz que te habla desde la página, la voz del otro, con tu yo, en una especie de diálogo interior: “El arte del escritor, un arte que no se puede estudiar en ninguna parte aunque –subraya– sí se puede aprender, consiste en crear una forma (un fantasma capaz de hablar) y un punto de entrada que permita al lector habitar en el fantasma”.

Coetzee es un escritor de profundidades, que sabe que, en lo particular de una vida o en una descripción bien hecha, siempre hay algo moral relevante y, por tanto, una voluntad de reproducir lo que aún no ha sido contado por otros. Por suerte para nosotros, aún quedan autores como él, en los que hay una búsqueda ética precisamente en su lucha por crear nuevas formas y exponerlas para el deleite y asombro del lector. En su último y estupendo libro de relatos viene a confirmar ese marcado interés suyo por ahondar en los sótanos de la condición humana y examinar su conciencia a través de Elizabeth Costello, su alter ego, rescatada de nuevo para mostrarse implacable en sus reflexiones sobre la vida de los animales y la relación de estos con el entorno del hombre.

En Siete cuentos morales (Random House, 2018), Coetzee recupera a este fascinante personaje suyo, mujer de armas tomar, que él se ha inventado para que vaya a su libre albedrío por ahí, frágil e indómita, que se desenvuelve por este mundo mal hecho en que vivimos desatados, blandiendo argumentos y deshaciendo entuertos sobre las atrocidades perpetradas por el ser humano contra toda especie animal. Para los que hemos leído la obra del Nobel sudafricano con fruición y apasionamiento, no hay personaje más cautivador, polémico y singular en todas sus creaciones, que Elizabeth Costello, una mujer irreductible y arrolladora.

En estos relatos breves y luminosos hay vida a borbotones, contada a su antojo y, sobre todo, ficción con marcado acento didáctico, cuentos que nos convocan a la reflexión de los desafíos cotidianos, que van más allá de la mera observación individual de las cosas. La compasión está presente, la moral y las contradicciones de nuestra relación con el mundo y las demás especies, también. Todo ello conforma el núcleo intelectual de las ideas y reflexiones que transitan por cada historia. En estos cuentos se dice que lo que sucede en el mundo es notorio y redundante, y por eso conviene no dejar de examinar las fronteras de la conciencia para que lo entendamos algo mejor.

Según su propio autor, estos cuentos no persiguen ser moralistas, sino cuestionar y polemizar sobre algunos preceptos morales y creencias religiosas. Además de estar presentes en ellos la cuestión animal, el libro aborda la crisis de determinados valores morales, como el de la fidelidad conyugal en el cuento Una historia, o el de la crueldad en el primero de los relatos del volumen bajo el título de El perro. En estos dos y en cada uno de los restantes, el humanismo de Costello destaca por su marcado anti-antropocentrismo, dado que niega que seamos la culminación del mundo animal y que este nos pertenezca.

En suma, la moderación y el escepticismo conforman su visión de la realidad. Como así ya quedó reflejado en su anterior libro del año 2003 en el que Coetzee reunía ocho lecciones, que tenía por protagonista a su insigne heroína escritora, impregnadas de una marcada visión franciscana y conciencia ética de la vida: “Todas las criaturas son cruciales para todas las demás criaturas”. (Elizabeth Costello, pág. 237)

Siete cuentos morales es un libro de afilada inteligencia, sobresaliente, en el que Elizabeth Costello, con más años, regresa al cuerpo de su creador para darse turno de réplica a través de un buen puñado de hermosas piezas narrativas, tan íntimas como colectivas, tan breves como hondas, para hablarnos con sencillez y calado de la maldita sucesión de pérdidas de la vejez y denostar la constante precariedad de tantos seres vivos que claman consuelo y respeto.


viernes, 27 de julio de 2018

Los afectos y sus espantos


Los seres humanos son imponderables, nos dice Paul Auster, y rara vez se los puede aprehender con palabras. Sin embargo, si uno se muestra receptivo a todos los diferentes aspectos de una persona lo normal es que quede perplejo, concluye el escritor neoyorquino. Sabemos que toda narración literaria se hace solo de palabras. Y esas palabras se encarnarán en personajes, en acciones que urdirán argumentos y tramas, en ideas acerca del mundo y en referencias a espacios y tiempos donde transcurrirá la ficción.

Cada uno de estos aspectos merece una atención particular a la hora de reflexionar sobre la composición narrativa, pero entre todos ellos hay uno que conviene resaltar y que, en gran medida, como mostraron Poe, Kafka o Cortázar, subyace en los demás, dándole su particular forma. Esa particularidad no es otra que la referida al ambiente, esa atmósfera construida que le da al relato su genuino hálito de verosimilitud. Es preciso que exista esa vinculación entre los personajes y el espacio, como insistían estos maestros, igual que se da en la vida.

Los cuentos reunidos en Pelea de gallos (Páginas de Espuma, 2018) recogen este espíritu constructivo de relatar historias urdidas bajo esta poética, pero aquí su autora se afana en que el hechizo de sus piezas se muestre bajo la desnudez de un lenguaje depurado, seco y directo, que resalta el clima hostil y acosador que transcurre por el ambiente familiar al que los personajes se ven sometidos, conscientes de que allí nada es normal y nadie repara en deshacerse de sus máscaras para mostrar sus afectos o sus espantos.

María Fernanda Ampuero (Guayaquil, Ecuador, 1976) estudió literatura y colabora con diversos medios internacionales. Ha publicado dos libros de crónicas, Lo que aprendí en la peluquería (2011) y Permiso de residencia (2013). Ahora, con estos trece relatos de Pelea de gallos, su primer libro de cuentos, acaba de dar un golpe en la mesa como una escritora a tener muy en cuenta en este género tan exigente y, al mismo tiempo, tan difícil.

Aquí hay un buen puñado de historias duras y crueles que retratan el espanto, el abuso y lo extraordinario y secreto que sucede en el espacio interno del hogar. El libro abre su andadura con dos citas que anuncian el peligro y el horror que se avecina: una que dice Todo lo que se pudre forma una familia, del poeta argentino Fabián Casas, y otra de la escritora brasileña Clarice Lispector que pregunta ¿Soy un monstruo o esto es ser una persona? Si se conjugan ambas citas podemos afirmar que Ampuero responde a las intenciones de que Pelea de Gallos es una riña, un combate al que se ven sometidos los personajes que transitan por estas historias, tocados por el lado oscuro de la vida doméstica de la que apenas les resulta difícil poder escapar, todos ellos anudados a un núcleo familiar acaparador, de fuerzas ignotas, que recorre las vertientes sociales y culturales más atávicas de Latinoamérica. En cada relato hay alguien que debe enfrentarse a sus iguales, como en una riña de gallos, tratando de no salir malparado en la contienda.

En el primero de los relatos, Subasta, uno de los mejores, una historia tremenda y brutal, una adolescente sobrevive a la intemperie de un rapto mercenario. En el siguiente, que lleva por título Monstruos, nos encontramos con otro relato demoledor, una historia que traspasa la inocencia de dos niñas gemelas y que traspasa el corazón: “Hay que tenerles más miedo a los vivos que a los muertos”, dice la narradora, y constata que “Tener ciertos hermanos es una bendición. Tener ciertos hermanos es una condena: eso aprendimos en las películas. Y que siempre hay un hermano que salva a otro”. Otro de los más destacados es Nam, una historia familiar espeluznante bajo el hilo conductor de la pérdida de la inocencia. Luto es un cuento atroz y febril de claras resonancias bíblicas en el que un hermano sádico y maldito ejerce el dominio más absoluto sobre su hermana, una joven entregada al desamparo de su destino. En Ali, uno de los más impactantes, el trastorno de una generosa madre, abarrotada de pastillas, dará la espalda al mundo que la rodea hundida por la asfixia de su hogar...

La sequedad de cada título, bajo el epígrafe de una sola palabra traslada al lector a una historia desnuda, deliberadamente desafiante, a la que deberá asistir desprovisto de prejuicios y predispuesto al desenlace más sorprendente y audaz que no rehúye de una verdad dolorosa que ha permanecido oculta. En su conjunto, María Fernanda Ampuero explora el miedo ajeno y el propio en la vida cotidiana, y consigue reunir una pluralidad de voces asoladas entre la pobreza y el pavor, bajo el denominador común de la violencia, del abuso y del maltrato que lleva a sus personajes hasta la precariedad y la sumisión más insospechadas.

Pelea de gallos es un estupendo libro de cuentos de cuya lectura sale uno trastabillado y sobrecogido. Parafraseando a Ambrose Bierce, si estos hechos pasmosos son reales es para volverse loco; si son imaginarios, es para estarlo.


sábado, 21 de julio de 2018

Aire de intemperie


Hacer una reseña de un libro puede llevarnos por los caminos trillados de caer en ciertos tópicos que pueden ser detectados fácilmente por cualquier lector avezado. No ocurre así cuando el autor de un libro tensa la cuerda de la creación y no se ajusta a los cánones establecidos de la preceptiva más generalizada y se salta los géneros literarios buscando nuevos cauces para conformar la expresión del texto.

Es entonces cuando la lectura que hace el crítico y el reseñista tiene que acomodarse a los nuevos ámbitos de la escritura que el autor de la obra exige y, salvando las distancias, hacer una lectura desde ese cauce que abrió Roland Barthes cuando decía que el escritor se basa en una serie de conocimientos que le brinda la experiencia y la sociedad para reelaborarlos hasta el punto de que este no es dueño de lo que escribe y es el lector quien da vida a dicho texto. Por lo tanto, muere el autor para que el lector reconstruya el texto.

El libro De cuna y sepultura (Ediciones El Gallo de Oro, 2018), de Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964), poeta, ensayista, escritor de aforismos, editor y librero, es una obra continuada, su sexta de Fábula, un proyecto en marcha que ambiciona alcanzar diez entregas, que debe leerse bajo las consideraciones de que su autor no ha escrito un libro de poemas, tampoco un libro de aforismos ni de ensayos en los que se basa, sino una mezcla deliberada de los tres para conseguir algo nuevo y sugerente que va llevando al lector por el camino de la meditación hasta llegar al deleite de una obra que aspira a dejarlo perplejo. Y es ahí, en la perplejidad, donde reside el interrogante que le da vida y sustancia, que nos obliga a plantearnos la correspondencia de la escritura y la vida, de la poesía y la existencia, con la lectura y su beneficio, que no es otro que acercarnos paso a paso al territorio utilitario del pensamiento al que cualquier persona inteligente aspira.

Este es un libro que obliga al subrayado y a leerlo levantando la cabeza, que advierte hasta qué punto la lógica de la lectura es diferente de las reglas de la composición. Toda su lectura se da en el interior de una estructura fragmentaria que conforma una vida entregada a la esencia poética de la palabra. Sánchez Menéndez escribe como quien busca dar significado a una experiencia poética, hacerla lenguaje y comunicación, como queriendo desentrañar lo vivido con cada palabra, delimitándola para que exista y, a su vez, completándola: “La palabra, no olvides la palabra. La única, la auténtica. La que está escrita con la ciencia del alma”.

Hay que tener un motivo muy profundo para escribir un libro así, en los límites del yo lector y del yo poético como fuente de inspiración literaria, y no parece otro que estar vivo dentro de un sueño, el sueño mismo de un poeta que sacude lo importante de la vida: “Contemplar, atender y entender. Nada más. Nada menos”. Y lo vuelve a repetir más adelante, porque para el escritor estos tres verbos son “los principios de la vida del hombre”.

De cuna y sepultura es un libro breve e intenso que invita a la relectura, un texto reflexivo y lírico, ávido de verdad, esencia y silencio, que explora la palabra y el tiempo, lo oculto y lo aparente, la poesía y la verdad. “La poesía –revela el poeta– es vida propia, es aislamiento, es un canto del centro, un sacrificio que se consigue en unión. La voluntad de ir buscando la belleza y no pararse nunca […] Aunque todos salimos de la carne, la palabra es el símbolo”.

Da igual el camino elegido por el escritor en su empeño de mostrarse con tal de emocionar al lector, y en ese sentido, esta es una obra que prueba que la literatura en cualquiera de sus géneros y formatos está ahí para ser juzgada. Aquí encontraremos viaje al pasado y al presente bajo el pálpito de otros poetas, como Novalis, Rilke, Eliot, Pound, Leopardi, Juan Ramón y Parra. Aquí hallaremos piezas escritas como crónicas, como apuntes de trayectos, como aforismos o meras convicciones.

Los libros son los tatuajes de la memoria, y este de Sánchez Menéndez dibuja emociones y huellas de una experiencia vital muy suya, de un deseo literario profundo, de un conjuro sobre el que trazar un ser dispuesto a consumarse en una poética con la parte secreta de lo que somos.

De cuna y sepultura es un libro hermoso, con mucho asiento, que explora la palabra y el tiempo, lo oculto y lo aparente, la poesía y la verdad, una obra íntimamente imbricada con la experiencia y la memoria de una vida apasionada dedicada a la literatura, eso sí, con aire de intemperie.


jueves, 28 de junio de 2018

Sin contemplaciones


No se nace escritor así porque sí, se hace a golpe de suerte y de desgracia. Siempre se dijo que la letra con sangre entra. Y en esa metáfora cabe que el sangriento oficio de escribir no se adopta como los demás. De niño uno quiere ser bombero, policía, carpintero, médico, pero, a esa edad, ninguno quiere ser escritor. Tampoco cuando se elige carrera a nadie se le ocurre elegir la de escritor, entre otras cosas, porque es una profesión que no existe como tal. De manera que todo apunta a que uno debe llegar a escritor tan solo por impulso obsesivo y maniático, por necesidad, dicen otros, por no mencionar ese arrebato de escribir que deriva, fundamentalmente, de la lectura continuada de libros. Los libros conforman ese pasadizo secreto que convierte al lector en escritor.

La crítica literaria Teresa Walas publicó en el año 2000 en Polonia Correo literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor, un título bastante revelador en el que se recogen más de doscientas respuestas sobre mucho más de lo que hemos insinuado anteriormente acerca del arte de escribir propiciadas, en esta ocasión, por escritores incipientes, que allá por los años sesenta y siguientes, enviaban sus textos a la consideración del semanario Zycie Literackie (Vida Literaria) de Cracovia, a la espera de recibir la bendición o reparo, nada más y nada menos, que de la implacable poeta polaca Wislawa Szymborska (Prowent, actual Kórnik, 1923–Cracovia, 2012), encargada de despachar con brevedad y soltura las consultas interesadas que llegaban a la revista.

Nos llega ahora su versión española a cargo de Abel Murcia y Kataryna Moloniewicz con el título reducido de Correo literario (Nórdica, 2018) en una cuidada y hermosa edición, auspiciada por el Instituto Polaco de Cultura de Madrid. En este volumen se encuentran las ideas literarias más sutiles, irónicas y tajantes que siempre llevó bien a gala la Nobel de Literatura. Para ella, leer viene a ser el centro creativo de la vida de todo escritor, y le sugiere a uno de los que le pide consejo que no deje de hacerlo. E inmediatamente después le suelta a otro que no hay que olvidarse del talento: “El talento... Algunos lo tienen, y otros no lo tendrán nunca”, porque “el talento literario no es un fenómeno de masas”.

Szymborska, con ese desbordante sentido del humor que la caracterizaba, no elude ninguna consulta sobre la creación literaria, por muy peregrina que resulte, ni tampoco pierde el tiempo con los textos que algunos, ingenuamente, le enviaban para su dictamen. Tampoco se olvida de mencionar las Cartas a un joven poeta de Rilke, con quien se identifica en los mismos principios y postulados sobre lo que significa ser poeta, sobre lo que supone el destino al que ha de estar llamado todo el que opte a esa vocación, a ese sentimiento irrenunciable de que si no escribiera moriría. Para él, tal destino irá trazado por la soledad total que impone ser poeta, artista o escritor. No hay estancia más propia para crear que hacerlo desde las cosas cotidianas, desde el retiro más estricto, si uno aspira a trascender. Y “si su vida diaria le parece pobre –escribía– no se queje de ella; quéjese de usted mismo, dígase que aún no es lo bastante poeta como para convocar su riqueza”.

Correo literario, a su vez, es un verdadero compendio de lo que literariamente se debe entender como esencial para determinar un buen texto escrito. Y a este respecto, dice Szymborska que echarle a un principiante un buen jarro de agua fría por la cabeza debe provocar efectos terapéuticos, teniendo en cuenta, siempre, que la intención general de cada respuesta va enfocada a animarle a reflexionar sobre el texto recién escrito, con la idea de que acometa más lecturas de otros libros. Lo que le supondrá más bagaje para el futuro de escritor. Leer libros tiene que ser, según ella, una costumbre de vida para quien persiga escribir como meta.

Entrando en el terreno de la poesía, Szymborska sostiene que para los poetas de casta la poesía “no es un entretenimiento y una huida de la vida, sino la propia vida”. Y en otro pasaje le reprocha a uno en ciernes que le interpela la idea errónea que posee de los poetas: “Desde que el mundo es mundo, no ha habido ninguno que cuente las silabas con los dedos. El poeta nace con oído. Con algo tenía que nacer, digo yo”.

En todos estos veredictos subyace una sutil poética, mezclada con una buena dosis de humor, más que enseñanza didáctica propiamente dicha, que no es la intención. Pero eso no quita decir que Correo literario desgrana también las claves de lo que se espera encontrar en un texto literario que se precie, que realmente merezca ser publicado y puesto al alcance del lector con posibilidades de emocionarle.

Correo literario es una obra divertidísima, sagaz y despiadada, inmensamente inmisericorde, un ejercicio de crítica inteligente que pone en solfa aquello de que escribir es una tentación que está al alcance de quien se lo proponga. Si no se tiene en cuenta esa dosis de talento, de la que tanto se habla aquí, que no puede faltar, combinada con el trabajo, la lectura incesante, el esfuerzo, la perseverancia y la posesión de un estilo propio, mejor dedicarse a otra cosa.

Es difícil imaginar un estadio en el que el escritor no esté en un devenir hacia la condición de escritor y en el que la escritura no constituya una herramienta de exploración de esa condición. Este libro lo hace abiertamente, de una manera tan implacable, como deliciosa.


martes, 19 de junio de 2018

Escritura revisitada


Un libro, nos dice Borges, no es un ente incomunicado: es una relación, es un eje de innumerables relaciones. Antonio Orejudo (Madrid, 1963) se erige en su último libro, Grandes éxitos (Tusquets, 2018), como un interlocutor de ese eje al que alude precisamente el autor de Ficciones, para acercar al lector a esas relaciones que guarda entre sí su obra literaria y no distraerlo más que en aquello para lo que fue convocado: ser espectador y compañero de viaje a lo largo de un recorrido personal que abarca sus más de veinte años de peripecias literarias y vitales como escritor.

Sus anteriores entregas, como Fabulosas narraciones por historias (1996), Ventajas de viajar en tren (2000) o Un momento de descanso (2011) dan buena cuenta de ese caudal narrativo suyo alegre y ancho que supo poner a sus textos y que con tanto gozo y entusiasmo acogimos sus lectores. Orejudo escribe para divertirnos y divertirse de lo que sucede a su alrededor. La vida y la literatura se afanan en mostrarse en las historias que se suceden en su escritorio, y lo hace con sumo desparpajo. Bien es cierto que la literatura para él es un arma cargada de humor, perspicacia, irreverencia y juerga corrosiva.

En Grandes éxitos, nuestro autor glosa su trayectoria literaria por medio de diez narraciones y una coda a modo de un bis, tan propio de los que se dan en los conciertos musicales en vivo. Todas ellas representan una amplia variedad de voces, en las que no deja nunca de estar presente la voz de Orejudo para desactivar, con humor y gracia, los efectos ópticos que todo escritor utiliza en su imaginario narrativo a la hora de construir su propia novela, lo haga en primera, segunda o tercera persona. Confiesa y se rinde a la evidencia de que escriba lo que escriba, y use el pronombre que use, siempre hablará de lo que hace, de lo que imagina, anhela o teme e, incluso, de lo que le gustaría olvidar.

La parodia está también presente, así como la crítica y el reportaje, porque es consciente, y lo subraya, de que “los libros no siempre sirven para explicar la vida: en ocasiones la hacen más confusa e insufrible, al crear unas expectativas que solo producen frustración cuando los lectores comprueban, o comprobamos, que la existencia humana no se rige por las reglas de esas obras que supuestamente la reflejan”. Todo ello conforma un conjunto de posibilidades para que el artificio literario encuentre su sentido y justificación, y arrastre al lector que, al final, será quien lo juzgue a su manera, un plan irremediable que el escritor madrileño siempre otorga al público lector si se quiere obtener su complicidad y respeto. Al fin y al cabo, viene a decirnos, que lo que nos convoca al escritor y al lector no es más que ese afán persistente de imaginar vidas ajenas.

Digamos que por estas disquisiciones se van desarrollando, en gran medida, los textos reunidos en el libro y, en ese discurrir a modo de making of, es por donde el autor nos invita a conocer el fogón de lo que se cuece en su narrativa, mostrando el taller de su escritura con piezas rescatadas y otras inéditas, que vienen a resumir, tanto su recorrido como lector por la novela, como su ubicación de escritor dentro del género. En este sentido, el título del libro es un guiño irónico a lo que las casas discográficas suelen hacer con recopilaciones musicales en L.P. para promocionar los temas más exitosos del cantante o grupo.

En uno de sus relatos, que lleva por título Los congelados, suscita en clave irónica su visión como lector de la obra de Javier Marías por medio de una historia jocosa que se inicia en un autobús; en otro desarrolla una teoría de la creación literaria en la que no faltan evocaciones sobre el Lazarillo de Tormes, El Quijote o los Ensayos de Montaigne; en el titulado La nave encontramos un relato desternillante ambientado en un tiempo futuro que trata sobre los residuos del planeta; y en Control de pasaportes un oficial de aduanas de Nueva York desata la perplejidad de un ciudadano español que no da crédito a lo que el agente sabe de su vida y milagros. Y así hasta completar un buen número de invenciones forjadas en otras perspectivas de la realidad posible.

La vida está no en la repetición, sino en las variantes que presenta, lo mismo sean verdades o narraciones fabulosas. Grandes éxitos lleva consigo mucho de ese imaginario evocado de crear desde un principio inexistente, de la nada. Sucede lo mismo con los llamados libros de no-ficción o auto-ficción a los que aquí también se insinúan. Al final, la imaginación es la hacedora de fabricar el artificio y el lector el que dictamina su validez o le pone reparos.

En todo este recital de historias, Orejudo viene a conducirnos a un juego literario nada baladí sobre la génesis de la narración, en el que postula que mientras haya vida, habrá relato, habrá novela; y que la vida y los lectores son en verdad los artífices de su argumento. Todo consiste en producir esa fuerza centrífuga capaz de expandir la energía narrativa resultante, como la que transcurre aquí, divertida y sagaz.