lunes, 30 de septiembre de 2019

Un canto a la amistad y a la literatura


Escribes algo porque esperas controlarlo. Escribes acerca de experiencias en parte para comprender lo que significan, en parte para no olvidarlas con el tiempo. En el olvido. Pero siempre está el peligro de que suceda lo contrario. Perder el recuerdo de la experiencia en sí en el recuerdo de escribir sobre ello. Como la gente cuyos recuerdos de lugares a los que han viajado son de hecho solo recuerdos de las fotografías que tomaron allí. Al final, la escritura y la fotografía probablemente destruyen más del pasado de lo que sin duda lo conservan. Así que podría suceder: al escribir sobre alguien a quien has perdido –o incluso nada más que hablando demasiado sobre ese alguien– puede que lo estés enterrando para bien”.

Entre esta reflexión final y las tres citas que la autora coloca al principio de su obra, la primera, de Natalia Ginzburg, en la que subraya la dificultad de aplacar el dolor escribiendo; la siguiente de Hans Christian Andersen, que alude a la presencia amable de un perro; y la última de Nicholson Baker que dice: “La pregunta que cualquier novela está tratando realmente de responder es si merece la pena vivir la vida”, se condensa el espíritu que encierra El amigo (Anagrama, 2019), la nueva novela de la escritora y ensayista Sigrid Nunez (Nueva York, 1951), una historia narrada desde el punto de vista de una escritora, cuyo gran amigo, maestro y mentor acaba de suicidarse, y que se ve obligada a hacerse cargo de su perro con el que establecerá unos lazos afectivos que, sin llegar a sobreponerse totalmente del dolor ocasionado, logra mitigar la ausencia del amigo con su nueva compañía.

Todos pedimos cariño, lealtad, incluso compañía y, más aún, cuando alguna vez nos encontramos deshechos por una ruptura amorosa inesperada. Afortunadamente, cuando las cosas no ruedan como uno quiere, una mascota puede ser un extraordinario hallazgo para salvarnos de ese derrumbamiento. Amor y pérdida, dos de las preocupaciones determinantes de la vida y de la literatura. Precisamente, por ese binomio transcurre la narración de Nunez. En El amigo encontramos una historia con un marcado tono elegíaco por el que aflora el dolor, la ausencia, la amistad y el trato con los animales, en particular, entre Apollo, un enorme dogo alemán arlequín, de manchas negras y blancas, viejo y artrítico, y su anterior dueño, al que después acudirá en su auxilio la narradora.

El amigo nos da pistas sobre la figura del desaparecido profesor, escritor brillante y de cierto renombre, muy afamado en la enseñanza de la creación literaria que, además, llevó una vida disoluta y mujeriega, casado en tres ocasiones y, finalmente, derrumbado, preso de una depresión que le condujo al suicidio. Todo esto está presente, pero también el libro abunda en otros temas de interés para cualquier lector. Hay un asomo revelador e intimista sobre el oficio de escribir y sus significados, un acusado sentido de preguntas sobre la invención y la vida, y, cómo no, sobre los deseos de alcanzar metas más allá de nuestra experiencia del vivir cotidiano.

Pero si hay algo que resaltar por encima de todo lo que aquí se cuenta y se evoca es que el libro en sí mismo es un canto a la amistad y a la literatura. La escritura está siempre presente en el texto cada vez que se recuerda al amigo en las notas que la protagonista toma para clase: “Más que escribir sobre lo que sabéis, nos dijiste, escribid sobre los que veis. Asumid que sabéis muy poco y que nunca sabréis mucho hasta que hayáis aprendido a ver”. Más adelante no se olvida de resaltar la dificultad que conlleva escribir: “Por algo Henry James dijo que alguien que quisiera ser escritor debería llevar en la frente la palabra soledad. Frustración y humillación, dijo Philip Roth que era la escritura. La comparaba con el béisbol: Fallas dos de cada tres veces”.

Volviendo a la amistad y a la cercanía de Apollo, el otro protagonista, Sigrid Nunez viene a decirnos que, ciertamente, esa opción de adoptar una mascota puede producir una catarsis afectiva en la vida de cualquiera, y, desde luego, más si cabe, en su escritura, si hablamos de un escritor, como es el caso de la narradora de esta novela. Esa relación establecida puede convertirse en un dispositivo literario tan útil como reconfortante, entre otras razones porque el amor para un perro es más sencillo e instintivo; ellos saben y comprenden cuando una persona está sufriendo.

A medida que va transcurriendo el relato, todo el hilo conductor de la novela va mudándose de destinatario. Ese cambio que se va produciendo mientras la narradora va forjando su historia obedece a la presencia inesperada del viejo Apollo, una circunstancia que hará que cambie significativamente lo que se interpelaba al principio sobre la figura del amigo muerto hasta transformarse en un emotivo diálogo interior, en una carta sentida y entrañable de despedida dirigida a su nuevo amigo adoptado que, más pronto que tarde, también partirá.

El amigo es una obra emotiva y lúcida en cuyo centro de todo está esa voz poderosa y convincente de la narradora, capaz de conducir al lector a los puntos más inopinados y sorprendentes que se propone: citas de escritores, recuerdos personales, historias peculiares de las esposas de su amigo fallecido, paseos por la calle: un mundo literario de voces y asertos inolvidables.

Sigrid Nunez firma un libro maravilloso, un artificio que, desde su plena humanidad y hondura de valores, llega a una intimidad conmovedora, y todo ello visto desde el prisma de la amistad y el amor a la literatura. Un deleite.


viernes, 20 de septiembre de 2019

Tractatus a ras del suelo


La obra aforística de Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) es de las más fructíferas del panorama literario español de este siglo. Su última entrega, El oráculo irónico (Renacimiento, 2019) se suma a esa práctica exclusiva del género breve que ya iniciara hace casi veinte años con su primer tratado, de renombrado éxito: Hablando en plata (2001), dio paso después a Ironías (2007) y La vida ondulante (2012), este último un recopilatorio de sus dos anteriores libros en el que insertó un buen número de textos nuevos nominados Pompas de jabón. Después vendrían El cuaderno francés (2012), Relámpagos (2013), Aire de comedia (2015), Aforismos del Bidasoa (2016), incluido en una reedición de todo lo anterior bajo el título de Ironías. A continuación llegaría Palmeras solitarias (2018) y un librito titulado Pequeña Galaxia (2018) en el que recoge sus aforismos sobre el aforismo, ya publicados, así como algunos más, inéditos.

Eder tiene ese donaire de decirnos cosas graves con jovialidad, cosas serias sin grandilocuencia, agudezas sin tono sentencioso, porque para él lo bien dicho, como decía Gracián, enseguida se dice. En todo libro suyo, cada aforismo busca la sorpresa, la paradoja, la sabiduría de andar por casa, la epifanía aplicable a situaciones concretas, con los ojos puestos en la realidad y, las más de las veces, a pie de calle. Incluso cuando habla del aforismo desde su significado es capaz de ofrecer un buen repertorio sin acudir a la retórica, como muestra en el epílogo que cierra El cuaderno francés: «El aforismo –dice–, cuando es bueno, es una verdad irónica..., es un humor refinado..., es ética sutil..., es un cuento sintético..., es una paradoja inquietante..., es sabiduría lapidaria..., es el erotismo de la inteligencia».

En El oráculo irónico, también recoge matices y epifanías acerca de la esencia del aforismo: “Los mejores aforismos –dice en uno– son piedras preciosas..., pero están muy bien los que son piedras semipreciosas”; o este otro: “El buen aforismo es el que dice con gracia algo interesante que ya se decía pero de cualquier manera”. Para Eder la condensación que exige el género supone su esencia formal que tiene, incluso, buenas consecuencias: “Leer aforismos enseña a leer entre líneas”. Y desde luego, siempre está dispuesto a hacerle un guiño y divertir al lector, como ocurre con estas dos frases felices: “Un buen aforismo antes de ser entendido del todo ya nos ha encantado”; “Los aforismos sobre aforismos son aforismos que se muerden la cola”.

Resulta casi imposible leer un buen libro de aforismos sin la ayuda de un lápiz bien afilado. Pero cuando se trata de un libro de Ramón Eder, lo digo por experiencia continuada, conviene acompañarse de un sacapuntas, no solo para afinar el subrayado, sino por el desgaste de tantos trazos que impelen marcar sus textos. En su nueva obra, sin duda, la más divertida de toda su producción, la profusión de esta tarea se amplía gracias a la variedad de textos cuyo estatuto genérico, marca de la casa, se inscribe en una línea persistente de ironía y humor, tan reconocibles de su estilo, extraída de lo cotidiano y hasta de la historia pasada, como esta revelación: “La ironía nació cuando los primitivos empezaron a utilizar la ropa”. O esta otra nada ingenua: “La primera vez se besa como un fin, las demás como un medio”. También hay lugar para las leyendas y sus réplicas: “Existe un tipo de locura que consiste en creerse San Jorge siendo el Dragón”.

Entre la literatura y la filosofía, entre la paradoja y el pensamiento, el perfil aforístico de Eder se despliega por un terreno persuasivo inimitable. Es en ese carácter fragmentario, compuesto por afirmaciones, donde mejor se halla dispuesto a comprometerse y a sopesar lo dicho. Eder no discute ni explica, tampoco le gusta preguntar engañosamente. Le basta solo con afirmar. Dice Sergio García en el prólogo del libro que “Ramón Eder ha sido siempre fiel a su principal característica: la reflexión luminosa”, y es que el escritor navarro se encuentra a gusto en ese recinto, en esa maqueta literaria donde mejor cabe el pensamiento, la gracia y la revelación concisas para decir algo de la verdad que comparte. En ese sentido, es un autor que le gusta reclamar la colaboración del lector para tal fin, consciente de que “No es bueno que en un país haya más escritores que buenos lectores”.

Tocante a la literatura y, en especial, en referencia a la escritura aforística, nada me complace tanto como compartir mi fascinación por este género fragmentario tan paradójico. El oráculo irónico lo agranda. La destreza de Eder se forja a ras del suelo. Sus aforismos son más tierra que aire. Merodean por la ética y la moral con sutileza y amabilidad, sin altas pretensiones. Sabe que los clichés morales están en las antípodas de la realidad. Sus textos se atreven con darle la vuelta a la manzana, a veces, cargando la tinta sobre lo no dicho, insinuando su secreto implícito, y otras, acelerando el pulso del lector: todo un síntoma.

Que nadie busque aquí respuestas de ninguna deidad, algo propio de los oráculos de la antigüedad, porque los súbitos alumbramientos que se esparcen por el libro contienen, más bien, lo insólito de un tractatus, como si se tratara de un manuscrito antiguo en el que su autor esboza, sin pretensiones de vuelo filosófico, ni ánimo de proclamas, desvelarnos secretos cotidianos con un planteamiento discursivo de sencillez asombrosa, pero, a su vez, de carácter proteico, como muestra el aforismo que pone colofón al libro: “Al final uno acaba pensando que un día perfecto es un día cualquiera”.


miércoles, 11 de septiembre de 2019

El artista y sus arrebatos


Dice Alan Pauls, y no le falta razón, que se lee contra la interrupción, “y la lectura tiene allí el valor de una espera. Leer es extender, prolongar, dilatar al máximo una duración condenada de antemano”. Ese pálpito de horizonte último que propone toda lectura, de un tiempo límite que puede llegar incluso a considerarse fatídico, es el que arrastra Un amor de Redon (Fórcola, 2019), la nueva novela de Ricardo Lladosa (Zaragoza, 1972), un libro en el que las imágenes ponen origen y fundamento al desarrollo de una historia de ambientación gótica de la que se vale para desplegar la multiplicidad del mundo artístico del pintor Odilon Redon (Burdeos, 1840 – París, 1916).

Redon fue un precursor del surrealismo y una figura clave del simbolismo europeo, un entusiasta activo de las vanguardias incipientes en la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX. Su personalidad artística, plena de inquietudes creativas y de interés desmedido por la literatura, lo impulsaron a relacionarse con los más destacados poetas y narradores de la época, con los que trabajó en diferentes proyectos. Admiraba a Baudelaire, Poe y Flaubert desde su juventud. Fue amigo de Mallarmé y Gauguin y con los que mantuvo una relación estrecha y fructífera. Se caracterizó por mantener siempre una actitud independiente frente a las corrientes artísticas y modas de su tiempo.

A todo su sentir por la pintura, se le une su deseo de escribir. “Cada uno de nosotros debería escribir un libro”, le confía a uno de sus amigos pintores. Y más adelante, deja plasmada en el diario que lleva entre manos sus confidencias de artista que arrancan con esta confesión: “He hecho un arte a mi manera. Lo he hecho con los ojos bien abiertos a las maravillas del mundo visible y, se diga lo que se diga, constantemente preocupado por las leyes de lo natural y de la vida[...] El arte también participa de los acontecimientos de la vida. Y será ésta la única excusa para hablar solamente de mí”.

Ricardo Lladosa aprovecha todo ese caudal artístico y literario que Redon ha conformado en torno a su vida para desplegar una narración intensa y emotiva donde reflejar la visión del mundo del artista y su relación con los demás, mediante un texto en el que entremezcla la propia voz del pintor con cartas cruzadas entre él y sus amigos más allegados. Un amor de Redon se lee con fruición, debido al ritmo narrativo impuesto por sus dos protagonistas, que alternan su voz a lo largo de los veintitrés capítulos de la novela. El pintor es invitado al castillo de Pantenac con el encargo particular de su dueño, un banquero acaudalado, de pintar tres grandes lienzos que presidirán el comedor de su casa y en el que debe representar a tres de las mujeres más enigmáticas y seductoras de las Sagradas Escrituras: Betsabé, Judit y Salomé. Allí, en el domicilio del banquero, en pleno proceso creativo, el artista conocerá a Ainhoa, la esposa del empresario. Entre ambos surgirá una amistad enlazada por el espíritu artístico que derivará en un irremediable idilio amoroso.

A esta relación de amistad y pasión se une una trama misteriosa en la que la atmósfera y el escenario son propicios para entonar la sugerente historia que se cuenta, donde el arte y el amor porfían entre sí. El lector de esta historia tiene la impresión de que no se encuentra entre las palabras de una novela, sino que, más bien, aparece como espectador frente a una pintura paisajística en la que suceden lances y hechos extraños. La visualización de esa panorámica y su atmósfera son constantes referencias al devenir del relato a través de los ojos de sus narradores, dos seres distantes, pero cada vez más cercanos, que viven un mundo a ratos equidistantes y a ratos azarosamente tensos.

El centro de la novela armada por Lladosa, lo que ilumina todos sus asideros, sombras y claros que van apareciendo en todo lo que cuentan sus dos narradores, está en la pasión manifiesta de ambos por el proceso creativo y la dicha de experimentar ese sentimiento posesivo de culminar la obra artística, confundidos por el interés seductor que se profesan en secreto. Sin embargo, en ese simulacro de apasionamiento, solo la obra artística parece destinada a salvarse ante lo inesperado del destino, y es esa salvación la que determina la verdad literaria que encierra el libro.

Un amor de Redon es una novela amena, intensa y vívida en la que un hombre y una mujer no se dejan intimidar por las circunstancias que rodean sus vidas privadas. Su autor trasluce ese espíritu de la época, ese que también es válido para cualquier otra, y que confirma que la vida no se deja imitar, que la vida es algo muy suyo, que no admite reproducciones.

En una novela «las palabras de la tribu», como decía Mallarmé, las que se usan para la relación habitual entre los personajes pasan a ser únicas y personalísimas. Lo que importa de toda historia no es si lo que le pasa a alguien es un suceso real o fingido, sino si el artefacto literario se sostiene por medio de la verdad vivida y la verdad imaginada, dos mundos distintos que se complementan y se exponen, como ocurre aquí, al arrebato de la literatura y de la vida.


jueves, 5 de septiembre de 2019

Vidas sombrías


Leer es, por encima de todo, un placer. Leer nos proporciona plenitud y nos convierte en creadores, porque al leer un texto, ponemos nuestra experiencia y nuestra memoria al servicio de una idea, de un pensamiento, de una invención, de una historia que hacemos propia, como también hacemos propios los rostros de los personajes, los paisajes, la atmósfera, las situaciones y los conflictos que nos presenta su autor ocultos tras la magia de sus palabras.

Esta declaración que bien puede parecer universal, viene a propósito de esas sensaciones tan personales que uno obtiene como recompensa por haber dedicado un tiempo a la lectura de un buen libro, y que, de vez en cuando, nos impulsa a compartirlo gozosamente. Lo cierto es que, en esta ocasión, leyendo La memoria donde ardía (Páginas de Espuma, 2019), de Socorro Venegas (San Luis Potosí, México, 1972), la existencia de esa manifestación explícita sobre la lectura resulta necesaria y oportuna. Mucho de esto se debe a ese aire extraordinariamente melancólico y revelador del mundo inhóspito que portan las historias de este nuevo libro suyo. Por si fuera poco, en estos cuentos aparecen más las cicatrices que las heridas de sus protagonistas. La sensación percibida es que todos los personajes que deambulan por aquí se hallan sumidos en un mundo hostil, a orillas de un estado de absoluto desamparo.

Lo que importa de un cuento, como subraya Eloy Tizón, no es su textura formal, sino que esté vivo, que respire, que sea expresivo, que transmita. En esa onda, la escritora mexicana traza sus historias, proveyéndose de ese dramatismo que aparece en los tropiezos del dolor cotidiano y en las soledades interiores de sus personajes. Precisamente, Socorro Venegas se dio a conocer como narradora de cuentos con La risa de las azucenas (1997), una colección de relatos en donde el dolor, el alma interior de sus protagonistas y la ternura que desparraman sus actos, se van tejiendo en una tensión constante y extrema de sus vidas.

En los diecinueve relatos de ahora hay niños que parecen adultos, madres luchadoras y pusilánimes, padres desgarbados, presos de alcohol y de infamia; gentes que deambulan en el mundo y, más bien, parecen fuera de él, pero, sin embargo, todos muestran una apariencia de que han encontrado su manera propia de ponerse a salvo, casi apartándose. Lo que se cuenta dentro de La memoria donde ardía opera a través de los sentidos. Socorro Venegas se propone contarnos una suma de historias obsesivas extraídas de su imaginario en el que la realidad es el único lugar propicio para transmitir lo que puede ser visto, oído, olido, gustado y tocado por sus personajes, sirviéndose de lo concreto de sus significados.

Y así en sus dos primeros relatos, todo un guiño elocuente y simbólico a la desolación manifiesta del periodo oscuro de las pinturas de Goya, la agitación de los sentidos impulsa la determinación de sus protagonistas. Por ejemplo, en Pertenencias, aparece una reproducción del Perro semihundido que sirve de catalizador del cuento para decirnos que cambiar duele, y dejar la casa sin memoria se traduce en aligerar las pertenencias que nos atan. En El coloso y la luna, en cambio, una niña contempla fascinada la figura de un hombre inmenso sentado con la mirada distraída en la luna, y se pregunta si esa visión a la que le conduce la botella de ron que tiene en su mano desvela el misterio de su propia vida: la soledad de la calle y el desamparo de un padre alcohólico que trata de reconciliarse con ella, hasta ahora avergonzada de su existencia.

La memoria donde ardía, su tercer relato, que pone título al libro, arranca con una pregunta rotunda que da pie a conjugar el pasado en la manera de vivir nuestro presente: “¿Estaremos hechos más de lo que olvidamos que de aquello que recordamos?” Los recuerdos regresan para decirnos quiénes somos, concluye el narrador de esta historia que debate el paso del tiempo: “Se dice a veces que uno se deshace en disculpas o en lágrimas. Yo me deshacía en memorias”. El nadador infinito es otro cuento conmovedor que desvela las horas que se concretan en los instantes previos al parto de una mujer, un diálogo entre una madre inerme ante el futuro y la criatura que lleva dentro, deseosa de abrirse paso.

En el siguiente, titulado Los aposentos del aire, el más extenso de todos, el alma y la enfermedad de un niño se hilvanan con otros momentos de buenos sentimientos, algo que no abunda en el resto de los relatos de la colección; Como flores también alude al mundo de la infancia y marca esa relación inocente y cruel entre los niños de un colegio con otros chavales ciegos que acaban de incorporarse a la clase. La isla negra, un relato fantástico de amor imposible, y Anagnórisis, tan pavoroso y enigmático, conforman, junto a El aire de las mariposas, unas historias en las que la atmósfera puede enfriarse tanto que la vida llega a dinamitar todo atisbo de esperanza; el duelo y la muerte está muy presente en La música de mi esfera, el cuento con el que cierra el libro, homenaje a Kurt Cobain, líder de Nirvana, la banda símbolo de la llamada Generación X.

Uno se percata de que la buena literatura sigue ahondando en las mismas cuestiones de lo que somos como individuos: en el sufrimiento, el amor, la soledad, la felicidad, el progreso o en la muerte. Socorro Venegas desata esta cadena eterna de lo que significa vivir con un buen puñado de historias, poniendo voz a madres y a niños, mediante una prosa desnuda, audible y sencilla para que expresen su fatalidad o cómo escapar de su infortunio, sin importarles, pese a su dificultad, seguir en el mismo escenario que les vio nacer. En ese enigma de no irse y buscar acomodo, nada les impedirá seguir sondeando en las profundidades de su existencia. Y así hacen, aunque sea a tientas.


sábado, 31 de agosto de 2019

El valor de las palabras


La palabra solo tiene sentido si hay alguien que la recibe. Si hablamos es porque somos seres relacionales. Hablamos para interpelarnos, para modificarnos, para afirmarnos en relación con otros. Cierto es que también pensamos hablando, que, al decir de Platón, pensar es el diálogo del alma consigo misma, pero de ahí no cabe concluir que somos en soledad, antes bien que nunca estamos solos y que pensar es siempre pensar con otro, aunque ese otro seamos o creamos ser nosotros mismos”.

Con ese párrafo, el profesor y ensayista Daniel Gamper (Barcelona, 1969), apunta al centro de la que será la argumentación por donde ha de transitar la escritura de su libro Las mejores palabras (Anagrama, 2019), una obra con la que ha obtenido el Premio Anagrama de Ensayo, y en la que desarrolla el sustrato real de su trabajo acerca del valor y la fuerza de las palabras. Lo que se despliega por su entramado ensayístico no es otra cosa que proponer al lector un desarrollo argumentativo sobre la importancia que tienen las palabras en la vida personal y social de todo ser humano. Viene a decirnos su autor que las palabras no solo definen, enmarcan, profundizan y designan, sino que las palabras, especialmente, engatusan y repelen, ensalzan y aplacan, edulcoran y amargan, perfuman y desagradan. Por eso conviene que nos fijemos en el valor de su fuerza y en las consecuencias de su uso.

Previamente, Gamper subraya que en todo hablante hay una predisposición por buscar “las mejores palabras”. De esa búsqueda persuasiva toma impulso para después detenerse en enfocar dónde residen las palabras y qué ocurre una vez emitidas. Las palabras arraigan en la inteligencia y crecen con ella, apunta. Viven en los sentimientos, forman parte del alma del hablante y duermen en la memoria. Cada capítulo trata de contribuir al esclarecimiento de lo que proponen las palabras como embriones de ideas y germen del pensamiento. Y para ello, Gamper se ocupa en fijar sus argumentos alrededor de los dos valores que toda palabra posee: el primero, de índole personal, que va ligado a la vida del individuo; y el segundo, el más determinante, que se inserta y proyecta a toda la colectividad. Por eso, resalta que “una vez emitidas dejan de ser propiedad de nadie” y, sin embargo, este hecho conlleva que “alguien puede ser responsabilizado de sus efectos”.

Las palabras, insiste, son “la expresión más elevada de nuestras capacidades simbólicas”, establecen el canal principal de transmisión del conocimiento, “el vínculo que nos unen” y viene a decirnos que, desde luego, sirven para seducirnos y para que logremos construir un nosotros. Nietzsche dijo que toda palabra es un prejuicio, y que toda palabra es previa a sí misma, existe antes de pronunciarla. Y en eso reside su poder. Las mejores palabras nos pone en comunicación con nosotros mismos. Hay un hilo conductor en el libro que trata de reflejar cómo la lengua, a través de la palabra compartida, da testimonio de nuestra experiencia. La lengua es, por tanto, nuestro denominador común. Las palabras establecen ese intercambio emocional e intelectual necesarios para el entendimiento entre unos y otros.

El autor señala que, a pesar de la solidez de estos argumentos, el panorama de lo que se percibe en la vida política y pública no es demasiado halagüeño. Hay un desencanto que trasciende, como si la palabra transmitida y aprendida en casa hubiera sido vaciada parcialmente de su significado en la actualidad, como nunca antes en la historia había sucedido, y dicho significado se derivase en un insistente atropello de fake news, al que parece que nos hemos acostumbrado, como si no pasara nada, nos advierte Gamper. Ante esta avalancha, propone mantener el mejor uso de las palabras atendiendo al verdadero valor ético, político y social que estas representan.

El libro en su conjunto es un análisis selectivo de los distintos usos de la palabra en diferentes contextos. Las mejores palabras es un ensayo bien urdido que lleva a preguntarnos al final del mismo qué entendemos por libertad de expresión, teniendo en cuenta su significado y el compromiso que encierra dicho término en las redes sociales, en los medios de comunicación y, cómo no, en las tareas educativas de la escuela: “El hombre no viene al mundo solo. Eso hace de él un animal político, en la medida en que esa compañía no es solo la de la familia sino la del pueblo, el cual es imprescindible para educar a los niños, como se suele decir”. El poeta español Luis Rosales dibujó esa idea ancestral con estos hermosos versos: “La palabra que decimos/ viene de lejos, / y no tiene definición, / tiene argumento. / Cuando dices: `nunca´, / cuando dices: `bueno´, / estás contando tu historia / sin saberlo”.

El hecho de preguntarse cómo hablamos significa para Gamper estar preocupado del uso que hacemos del lenguaje y de no querer perder el sentido ni el valor de las palabras que lo hacen posible. En ese ámbito se sitúa el peso de este libro. Las mejores palabras conforma, por tanto, un texto fértil y ameno, orientado también a reflexionar sobre los vicios del lenguaje y sus repercusiones, muy propicio en estos tiempos de tanta palabrería y posverdad. Viene bien recordarnos que existimos porque nos nombramos y somos nombrados, y porque damos cuenta de nuestra existencia con las palabras que compartimos.


domingo, 25 de agosto de 2019

Encarnar la verdad


Usted dice que le debemos a la literatura casi todo lo que somos y lo que hemos sido. Si los libros desaparecieran, la historia desaparecerá, y los seres humanos también desaparecerán. Estoy segura de que tiene usted razón. Los libros no son solo la suma arbitraria de nuestros sueños, y nuestra memoria. Nos dan también un modelo de la autotrascendencia. Algunos piensan que la lectura es solo una especie de evasión, una evasión del mundo «real» de todos los días a un mundo imaginario, el mundo de los libros. Los libros son mucho más. Son una manera de ser plenamente humano”.

El periodista Jonathan Cott (1942) recoge este breve texto, tan lúcido y emotivo que Susan Sontag (1933-2004) escribió en 1996 y que tituló Una carta a Borges, como colofón del prólogo que antecede al libro que ahora publica Alpha Decay, traducido por Alan Pauls, que contiene la entrevista completa que le hizo a la ensayista y novelista norteamericana en 1978 para la revista Rolling Stone, de la que él era un colaborador asiduo. Cuenta Cott que Sontag siempre intentó desafiar y derribar todo estereotipo social que pusiera límite al desarrollo del pensamiento y la creación artística de la gente, a la ética y estética, y, desde luego, a la conciencia y anhelo del individuo, independientemente de su tendencia sexual.

Lo que nos vamos a encontrar en esta entrevista es la pasmosa confianza de una intelectual dispuesta a encarnar la verdad de su vida a través de sus propios juicios, así como desvelarnos su extraordinaria avidez por las artes, especialmente por la música y las grandes obras literarias. Para Sontag hay obras para toda la vida, como La montaña mágica de Thomas Mann. Admira a los filósofos, principalmente a Platón, Nietzsche y Wittgenstein. Se muestra, como lectora y escritora, apasionada por los diarios y las cartas. La poesía, para ella, tenía que ser: exacta, intensa, concreta, significativa, rítmica, formal, compleja. Pero lo más significativo que se descubre en esta vívida entrevista es todo lo que nos aproxima a su sentido de la vida. Ella creía, por encima de todo, en la libertad de ser fiel a sí misma.

Susan era también una mujer feminista, pero a menudo atizaba a sus compañeras feministas con despiadadas críticas, especialmente contra la retórica feminista, por encontrarla ingenua, sentimental y anti-intelectual. A este respecto subraya que el mejor libro feminista que se ha escrito es El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. También dice de la escritora francesa que ha sido “la primera persona que se metió de veras con la significación de la vejez como fenómeno cultural”. No hay duda de que este asunto es de suma importancia y sale a relucir en la entrevista. Vivir, según ella, consiste también en convivir con el paso de los años y con laaceptación de la enfermedad. Por eso mismo, afirma que “no puedes enfadarte con la naturaleza, no puedes enfadarte con la biología. Todos vamos a morir; eso es algo muy difícil de soportar, y todos pasamos por ese proceso”.

Volviendo a su pasión lectora, compartía igual que Virginia Woolf su entrega a los libros. La lectura era para ella, como ya nos contó su nuera, la escritora neoyorquina Sigrid Nunez en su interesante libro de recuerdos Siempre Susan (2011), una idea del paraíso vital y, para vivir esa vida plenamente, leer era algo necesario y fundamental, y siempre con un lápiz entre los dedos para subrayar, dejar anotaciones o responder, por ejemplo, con esto otro tal como recoge la entrevista: “Leer es mi entretenimiento, mi distracción, mi consolación, mi pequeño suicidio. Cuando no puedo soportar el mundo, me acurruco con un libro y es como si una pequeña nave espacial me llevara lejos de todo”.

Susan Sontag. La entrevista completa de Rolling Stone es un libro ameno y lleno de interés, en el que se recogen no solo el pensamiento de la escritora y sus gustos artísticos, sino muchos detalles personales e íntimos, como esta confesión tan curiosa, y no menos extravagante, que hace del rock and roll: “Me encanta el rock and roll. El rock and roll me cambió literalmente la vida... De niña, no puedo decirte lo alejada que estaba de la música popular. No escuchaba otra cosa que crooners, y los detestaba. No significaban nada para mí. Y de pronto escuché a Johnnie Ray cantando Cry –fue en una rocola– y algo me paso en la piel... Para serte franca, creo que el rock and roll fue la razón de mi divorcio. Creo que Bill Halley y sus Cometas y Chuck Berry [risas] fueron los que me decidieron a divorciarme y dejar el mundo académico y empezar una nueva vida”.

Este es un libro cercano y fluido, como corresponde a una buena entrevista, para entendernos con el alma de una escritora comprometida con su trabajo intelectual, para acercarnos a conocer su mirada del mundo y palpar su particular interpretación de las cosas, de forma directa y clara, con esa legitimidad tan excepcional que otorga la coherencia de una vida dispuesta incluso a “establecer una relación agresiva y antagónica con la falsedad en todas sus formas... Sabiendo perfectamente bien, una vez más, que se trata de una tarea infinita, puesto que es imposible acabar con la falsedad o la falsa conciencia o los sistemas de interpretación”.

Un gusto haber disfrutado de sus remansos.


martes, 20 de agosto de 2019

Los ecos de las raíces


La literatura había dado forma a mi vida casi tanto como las condiciones políticas y económicas de mi época. Sólo que antes yo no me daba cuenta... Me fui no sólo porque no encontraba trabajo o porque la presión política era severa, sino porque el hombre que se va, que quema las naves, es alguien muy común. Como aquel que vuelve o aquel que no olvida... A mis veinticinco años, cuando me pregunté cómo viviría mi vida, la respuesta fue «yéndome». A los sesenta y siete la pregunta volvió. ¿Cómo viviría la vida que me quedaba? Y la respuesta era, cada vez con más frecuencia, «volviendo»... A veces tengo la impresión de que la vejez tiene un sentido: que alcancemos a arrepentirnos de lo que hicimos y no hicimos en la juventud”.

En estas líneas que antecede, Theodor Kallifatides (Malaoi, Grecia, 1938) recoge el sentido de su existencia y el espíritu que le impulsa a escribir su nuevo libro, publicado recientemente en nuestro país, Otra vida por vivir (Galaxia Gutenberg, 2019), traducido del griego moderno bajo el cuidado de Selma Ancira, un título acorde con la idea original de desatar la escritura en un periodo de desazón y melancolía, de remanso vital prolongado y anodino al que le confinó su sequía creativa. Nada conocido en España, Kallifatides, en cambio, es un autor muy reconocido en Suecia, donde emigró muy joven huyendo de la dictadura de los coroneles. Allí se estableció, se casó y se dedicó por entero a la literatura. Ha publicado más de cuarenta libros de ficción, ensayo y poesía, que han sido traducidos a varios idiomas.

Pese a su gran producción literaria, a los setenta y siete años su imaginación, la memoria y ese proceso indagatorio que supone la tarea persistente de escribir, entra en crisis, como él mismo revela en el libro. Todo parece que se evade, y la página en blanco le obsesiona hasta casi la ofuscación. A esta situación de vacío se une el giro dramático de los parabienes socialdemócratas extendidos por la Europa del último tercio del siglo XX, que parecen resentirse, tanto en el estado del bienestar como en los movimientos migratorios, un declive desatado con mayor virulencia en su Grecia natal.

Estas circunstancias adversas forman el origen de Otra forma de vivir, un libro emotivo que vuelve su mirada a la tierra y al idioma de su autor, un texto repleto de evocaciones, semblanzas y sentimientos reencontrados. El espíritu de Kallifatides evidencia no solo lo que refleja, sino lo que pone de sí mismo: la manera en que mira a sus paisanos por las calles de Atenas, lo que escarba en su memoria, lo que palpa en la realidad presente. Viene a decirnos que somos, en verdad, metafísicos, que no vivimos en la tierra, sino en nuestras quimeras, en las tradiciones que se pasan de una generación a otra, en las conversaciones, en las palabras. Y que todo esto está por encima de los ciclos económicos. La vida termina y al mismo tiempo sigue, transcribe el narrador. Por eso sostiene que hay que añadirle algo más a la vida cotidiana para comprenderla, incluso, cuando nos encontremos, como le ocurre a él, próximos a la muerte.

En este pequeño libro confesional, de profunda meditación y sencillez literaria, subyace la Literatura con mayúscula, no esa que nos adormece, sino la que nos despierta, la que nos moviliza y nos pone en vigilia. Aquí traspasa una lectura que es, a su vez, soledad y conversación, en la que el lector conecta con un escritor plantado frente sí mismo y ante su memoria, que mira consternado el mundo y observa, a lo largo de sus vivencias literarias y personales, ese lado humano que le exige respuestas y sentido crítico.

Para contarnos todo esto, Kallifatides encuentra el tono propicio que andaba buscando de nuevo en su quehacer literario, y va fijando su mirada en la Grecia de ahora, devastada por la crisis económica, al tiempo que también nos muestra no solo el amor por su lengua, sino igualmente por el espíritu vivo y duradero de la épica de Homero. En Otra vida por vivir se refleja la condición de un inmigrante veterano, la de un escritor de la diáspora griega que adoptó otro idioma de forma azarosa y que ahora, como una suerte de epifanía, lo lleva a volver a sus orígenes, a su lengua madre, para contarnos lo paradójico de la vida que tiene tanto que ver con la literatura.

Este es un libro hermoso y afectivo que confirma lo que se espera de todo hallazgo literario, que las palabras sean el verdadero germen que pone valor y sentido a la obra escrita. Uno, al concluir la lectura, siente ese efecto, que tiene que ver no solo con estar inmerso en su verdad literaria, sino con ser partícipe de la misma. Para no perdérselo.