viernes, 20 de mayo de 2022

Una mujer enigmática


Podríamos decir, de entrada, que La muerte feliz de William Carlos Williams (Candaya, 2022) es una novela sorprendente, de paradójica belleza y pálpito lírico, que traza un viaje intenso y desafiante por la vida de la singular y enigmática artista Raquel Hobeb, madre del gran poeta modernista William Carlos Williams, hija del comerciante judío Salomón Hobeb, quien ya desde muy niña se entretenía en el colegio francés de Mayagüez con revistas de modas parisinas, soñando en convertirse en famosa pintora. Todo ese anhelo artístico, acompañado de los entresijos y secretos del núcleo familiar, conforma el pulso narrativo que traza la escritora Marta Aponte (Cayey, Puerto Rico, 1945) para llevar al lector a conocer, no solo el mundo personal y artístico de su protagonista, sino también para acercarnos a sus orígenes, ascendencia y educación y, especialmente, para contarnos la relación con ese hijo suyo, médico y poeta, que siempre anduvo alerta de sus cuidados y confidencias artísticas.

De hecho, la obra de Williams guarda una gran afinidad con la pintura, un entusiasmo trasmitido por su madre, cuyo interés mantuvo vivo toda su vida. Además Williams publicó en 1959 un libro sobre su madre bajo el título de Yes, Mrs. Williams: A Personal Récord of My Mother. Este texto propicia el interés de Marta Aponte para poner en marcha su novela, un hallazgo que le llevó a recrear la vida y el vínculo artístico de ambos, cada uno de ellos absolutamente implicado en sus resonancias identitarias y gustos personales. Al hijo le gustaba Brueghel entre los pintores mayores. A la madre le gustaban las flores y tenía predilección por la poesía idealista, “la que nos arrebata el corazón y el alma a un plano superior”. Pero le dice al hijo que su preferencia no le impide disfrutar de su poesía. Sabe que su hijo desde los primeros tiempos siempre estuvo obsesionado con su tarea como poeta, con la cuestión fundamental de intentar hallar en sus versos algo que fuera mensurable, pero que sustituyera las formas métricas clásicas fijas para construir la base de una nueva composición poética. Y es que, para Carlos, la experiencia poética verdadera no existía hasta encarnarse en el lenguaje.

Pero volviendo a ese París cultural, atravesado por la literatura, la moda y las artes, tan idealizado por Raquel Hobeb, su presencia la vamos a seguir encontrando en toda su amplitud histórica y real del momento por diferentes capítulos de la novela. Raquel llega al París de 1878, y se encuentra una ciudad esotérica y también envuelta, como ella misma, en artes espiritistas, al París de la tercera Exposición Universal, una metrópolis que todavía intenta distinguirse como referente artístico del mundo. Precisamente, esto mismo le hace recapacitar y entender que no hay manera de entender el mundo sin tomarle su medida, como así se cuenta en otro de sus capítulos. Entiende la artista que París requiere ponderar su modelo de universalidad, algo que, para ella, mujer caribeña, le impulsa a sublevarse, después de ver en Trocadero todo lo que se exponía sobre el capitalismo y sus máquinas. Tras aquella visita a la capital europea, confiesa que Nueva York ya no le impresiona. Se lo dice al marido y a su hijo Carlos tras asistir a un concierto en Carnegie Hall, “un teatrillo de mala muerte que no podía compararse con la más austera sala parisina”.

Marta Aponte adereza su imaginario trazando una narración en la que convergen distintas voces para construir una novela desde las preguntas y la memoria, desde los espacios en blanco y anhelos no explícitos de sus personajes, una manera de fijar su mirada en la forma en que nos contamos la vida de los demás y en cómo se fundan sus mitos y testimonios. En uno de los capítulos finales del libro, la narradora evoca a su abuela Fermina desgranando café en la isla y recordando el balanceo del barco en el que su hijo mayor emigrara a Nueva York, mientras que William Carlos visitaba acompañado de Ezra Pound y Marianne Moore el observatorio astronómico que dirigía el padre de Hilda Doolittle en Pennsylvania. Desvela la autora que el poeta cuenta en una carta que la biografía de Raquel reflejada en su libro Yes Mrs. Williams aspiraba a ser su obra más importante, la que mejor recogiera los recuerdos de su madre, un libro de evocaciones propias y ajenas en el que estarían presentes hasta los olores y sabores de los barrios por los que pasó su madre.


La voz y los pasos de la madre del poeta son una constante en el libro. La autora entra en su imaginario y plasma los pensamientos, vivencias y maneras de interpretar el mundo de la artista, lo que la llevará de Puerto Rico a París y luego a Nueva York y a Rutherford en New Jersey. Raquel está ahí en el meollo, testigo de todo ese ambiente, solapada con la otra historia que se entrecruza inevitablemente, la de su hijo Carlos. Por eso llama la atención el título de la novela, cuando, en verdad, quien muere con una sonrisa entre los labios es ella. Quizás Marta Aponte acreciente su enigma con ello, resaltando el valor presencial del hijo en los últimos días de la vida de su madre, a la que reconocía como una mujer de intensas inquietudes al tiempo que severa y fría.

La muerte feliz de William Carlos Williams es una novela incandescente, con aire de poema-libro y mucho material biográfico, escrita con una prosa desbordante, de ritmo intenso, que refleja el puzzle que conforma la identidad y el peregrinaje de sus protagonistas. Ahí está lo más sugerente del libro, en la resonancia de sus vínculos, pero también en ese aire poético que transita por todo el texto, un soplo narrativo sostenido en el que predomina la verdad íntima de lo vivido por dos seres conectados bajo un retrato generacional afín.


viernes, 13 de mayo de 2022

Las Galápagos, el tiempo y el amor


En cierto sentido parece que siempre andamos a solas con nuestro presente, aunque también percibimos ese hilo temporal que se estira entre lo que dejamos atrás y lo que asoma por nuestro horizonte. De manera que, como decía
Heidegger, el ser abre y conecta mundos: nunca andamos estrictamente a solas con el presente, sino siempre flanqueados por las otras dos dimensiones del tiempo. Todo indica que el tiempo si no es la sustancia misma de nuestra existencia, es su materia o elemento primordial. Por eso mismo, leemos, vemos y experimentamos que no hay antídoto más potente para sobrellevar ese tránsito por el tiempo que el amor. La importancia del amor hace valer que, incluso, desde su ausencia o pérdida, siga rondando por la cabeza de quien lo vive. Ese lazo invisible de eso que llamamos amor se deja ver en la historia de este libro, que pone sentido también a lo sustancial del tiempo, su transcurrir implacable.

En esta novela del escritor argentino Federico Jeanmaire (Baradero, 1957), de sugerente título, Darwin o el origen de la vejez (Alianza Editorial, 2022), ganadora del XXII Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones, su protagonista, un hombre a punto de cumplir sesenta años, anda sumido en esa conjetura existencial en la que la pérdida del amor y el paso de los años le impulsa a hacer un viaje a un lugar lejano y apartado, con la idea de encontrarse a sí mismo y descubrir razones que conjuguen su pasado y presente debidamente, que, de alguna manera, le rescate de su doliente desazón y le anime a recobrar, al menos, otro atisbo de esperanza. Acaba de llegar a las islas Galápagos. No sabemos su nombre, pero sí que es músico y, desde luego, ha elegido visitar estas tierras, como regalo de su cumpleaños, porque también ha leído mucho a Darwin y, además, la elección del destino le vale para estar a solas, contemplar el hábitat natural, observar su comportamiento y, desde luego, recomponerse del amor no correspondido de Ruth, la joven que lo considera muy viejo para ella.

Pero claro, como todo ser de contraste, ese rechazo amoroso le empujará a sus más íntimos abismos y a replantearse todo lo que hasta ese momento creía saber de la vida. El lugar elegido le ayuda a salir a enfrentarse al mundo con ganas de interrogarlo, bajo la sombra tutelar de Darwin y sus reflexiones. Reconoce el narrador que el naturalista es un personaje contradictorio, muy creyente, pero muy consecuente y convencido en sus ideas de la evolución, alguien muy válido para el bagaje de su propia realidad que, al fin y al cabo, transita por una indagación sobre el tiempo, el espacio y la idea del amor, como juego de espejos entre lo que pensaba aquel hombre del siglo XIX y uno como él del siglo XXI, que ha pasado buena parte de su vida esperando acontecimientos: “He esperado el amor, por ejemplo. Y cada tanto, muy de vez en cuando, reconozco haberlo encontrado. No recuerdo haber intentado contar los pájaros del cielo ni recuerdo haber pretendido matarlos. Para bien o para mal, nunca me ha interesado la existencia o inexistencia de Dios. Pero sí me importó el amor. Y el mundo”.

En la novela también se aborda el envejecimiento, como así queda explícito en el título del libro, algo que, según expresa su protagonista, “uno descubre en la mirada de los otros". En su deambular por las distintas islas, acompañándose del espíritu de Darwin, toca su armónica que siempre lleva dispuesta en el bolsillo izquierdo de sus pantalones, lo hace mientras camina por senderos de lajas ocres, observando el vuelo de los pájaros. Las melodías de All my love is vain y Don´t start me talkin´, de Sonny Boy Williamson, Summertime, de George Gershwin, o What a wonderful world, de Louis Armstrong y algunas otras se van sucediendo a lo largo de sus excursiones.

Cuando regresa a la habitación de su hotel, tras esos momentos íntimos donde su identidad parece mudarse. Son sensaciones que le vienen a la memoria en sus excursiones por las islas entrelazadas con pasajes de lo que escribió su admirado Darwin en El origen de las especies. Se detiene en algunos de sus renglones, como este que señala que “tanto los animales como las plantas no se mudan de sus lugares originarios si no es por una estricta necesidad”, y deduce que, por esa razón y urgente necesidad, él mismo se encuentra allí, convencido de que un cambio de estado de ánimo podrá modificar su melancolía.


Federico Jeanmaire pone al lector frente a los mecanismos de la evolución y supervivencia con una historia íntima de un hombre con recurrentes síntomas de inconformismo, que muestra lo complicado que resulta conjugar el amor con el factor tiempo, hasta configurar un relato que toma el pulso al conocimiento de la vida, al fervor de Darwin, al desamor y a la edad de la memoria, en un intento de discernir sus ecos, entendimiento y rebeldía.

Darwin o el origen de la vejez es un libro de textura autobiográfica con aire de observatorio sentimental de la vida y sus contrastes, escrito con una prosa clara y ágil que se lee de corrido, una novela cargada de ironía y confabulada de espíritu cervantino, territorio bien conocido por su autor como gran especialista de la obra de Cervantes. Muy recomendable.


jueves, 5 de mayo de 2022

Realidad y delirio


Que la vida es una trampa, nos dice Milán Kundera, lo hemos sabido de siempre: nacemos sin haberlo pedido, encerrados en un cuerpo que no hemos elegido y destinados a morir. En compensación a esta realidad inexorable señalada por el escritor checo, el espacio del mundo nos ofrece una permanente posibilidad de evasión, de explorar la vida desde la propia inexperiencia. Se nace una sola vez, nunca se podrá empezar otra vida con las experiencias de una vida precedente. Se sale de la infancia sin saber en qué consiste la juventud, nos casamos sin saber qué es estar casado, e incluso cuando entramos en la vejez, no sabemos adónde vamos.

La escritora, crítica literaria y traductora Cristina Sánchez-Andrade, autora que ya hizo gala con anterioridad de sus excelentes dotes inventivas en novelas como Las inviernas (2014) o Alguien bajo los párpados (2017), sondea en su nuevo libro ese realismo común a todos transido de apegos, inexperiencias, anhelos y delirios, dando rienda suelta a una historia que busca dejar ver una existencia personal y colectiva por la que transcurre el enigma de un linaje de mujeres de una pequeña comunidad pesquera en un pueblo de Galicia. Por este escenario transita La nostalgia de la Mujer Anfibio (Anagrama, 2022), un relato palpitante que aglutina el realismo y lo fantástico de unas vidas atravesadas por los celos, los deseos y autoengaños, pero, sobre todo, diríamos que acapara unas vidas inmersas en un ambiente quebrado de secretos y culpas.

La narración, que arranca casi por el final, cruza un buen trecho del siglo XX por medio de tres generaciones de mujeres, primero en la isla de Sálvora y luego en la aldea de Oguiño, donde subsisten supersticiones y extrañezas. La autora descorre el telón narrativo de la historia con una escena impactante en la que Cristal, una niña de trece años, consigue desbaratar el intento de asesinato de su abuela Lucha Amorodio por su abuelo Manuel, una tentativa urdida en un corazón perturbado por tantos silencios y ocultaciones, un corazón desmadejado de amor y de verdad, arruinado por secretos inconfesados. El origen del resentimiento se remonta al naufragio del vapor Santa Isabel en la bocana de Arousa en 1921 –una de las mayores tragedias que se conoce en la historia marítima de Galicia, con más de doscientos muertos–, tan solo unas horas antes de que Manuel y Lucha celebraran su boda. Las circunstancias del rescate de los supervivientes y una cierta nebulosa sobre otros sucesos acaecidos enlazan el desarrollo de la novela.

Sánchez-Andrade dispone que Lucha, la Mujer Anfibia, como así se le conoce en el lugar tras convertirse en una de las heroínas que se arrojaron al agua en tareas de salvamento, se convierta en el personaje principal que teje toda la historia. Su matrimonio es un fracaso desde el primer día y el nacimiento de su hija Purísima de la Concepción, un ser apocado y solitario, no la librará de ese sofoco que la invade inflado de melancolía y deseos. «La vida, la única que tuve, se me fue pensando en otras mejores», piensa y lamenta al tiempo que sigue en su quehacer diario de vendedora de pescado.

Otra figura, en esta ocasión extravagante, que irrumpe en la novela con aire nuevo es la del hippy Ziggy Stardust, un personaje pintoresco que afirma que puede recuperar los recuerdos borrosos de los vecinos de Oguiño gracias a la música de su tocadiscos, una atracción en el pueblo que poco a poco irá alcanzando el interés de más vecinos y al que también acudirán Lucha y Cristal. “Hay vida que no vivimos. Y la vida no vivida es una enfermedad”, se apura en decirle la abuela a la nieta tras el impacto recibido de estas palabras dichas por el hippy: “Vivimos de forma paralela dos vidas. Una es la que tenemos aquí, al alcance de la mano; la otra es la que pudo haber sido y, como no fue, pervive en forma de sueños, imágenes o incluso recuerdos”.

Lucha es una mujer valiente, que embauca, precisamente, porque vive en permanente estado de vigilia entre esos dos sentimientos antagónicos como son el amor y el odio que no escapa a la vida de cualquiera, pero que, en ella, se convierte en un afán de liberación y esperanza. Ella se alimenta de una melancolía persistente, convertida casi en su razón de ser. Vivir en el recuerdo o, en el caso de Lucha, en un momento crucial de su vida la ha marcado para el resto de sus días. Mantiene la esperanza de revivir aquel instante: el recuerdo del náufrago inglés que salvó de las aguas. No llega a reencontrarse con él porque se teme que todo el encantamiento de ese prolongado anhelo se desvanecería. A cambio, a través del recuerdo, logra mantener vívido su pasado y olvidarse de lo que la incomoda de la realidad de su existencia.


Termina uno engatusado con la escritura de Cristina Sánchez-Andrade, poseído por ese hechizo desaforado que agarra su lectura hasta una prometedora estancia por el imaginario de su literatura, gracias al lenguaje sutil y envolvente de su prosa, y también, gracias a la verdad literaria que sustentan la esencia de sus personajes, con sus pasiones y desacatos.

La nostalgia de la Mujer Anfibio es una fascinante novela, una historia gallega de superchería y meigas, condensada en un relato prodigioso en el que la memoria y las mentiras se confabulan hasta el final, mediante el soplo mágico de sus vínculos, una historia que lleva al lector en volandas, cómplice y cautivo de la misma.


jueves, 28 de abril de 2022

Colmar lo andado


Como interludio y defensa de la soledad en que se vive, los aforismos reunidos en Caminos de intemperie (Galaxia Gutenberg, 2022), de Ramón Andrés (Pamplona, 1955), invocan y reflejan el amanecer interior de alguien que nos conduce a mirar a lo lejos, a vivir para ver al raso el discurrir del tiempo. Contienen reflexiones incómodas y valientes de lo que supone un existir autoobservado de la propia vida, del oficio de escribir, pero también de la tecnología, de la libertad y del discurrir del tiempo. Vivir para ver, para escuchar música como refugio y necesidad de huir del ruido que asfixia al mundo en que habitamos, vivir para pensar y reparar en lo andado, vivir para asombrarnos de ir más rápido que la oscuridad, son también temas candentes que transitan por estas páginas con jugosa desnudez.

En ese sentido, Caminos de intemperie conforma un breviario luminoso en el que se dibuja el trayecto intelectual de un escritor dotado para ese tránsito de desnudar la palabra y encajarla con precisión en las lindes del pensamiento aforístico, a modo de melodía, de arreglo, como si de un músico se tratara, que toca notas de lo que ha estado oyendo en su interior. Al acuñar aforismos con vocación de canto o emblema, Ramón Andrés recoge un cierto sentir de que no hay palabra superflua o sobrante que quede impune. Ayunar palabras son parte de su cultivo literario, de su pensamiento, de sus hallazgos y vislumbres, como muestran estas miniaturas: “Más fácil crear un mundo que habitarlo”; “Mirar es recolectar”; “¿Estado civil?: Náufrago”; “Cuanto más fragmentarios, más cerca de la unidad”.

Escribir es defender la soledad en que se está”, según María Zambrano. Es esa honda compañía la que sustenta el latido de la escritura del filósofo, músico y poeta que representa Ramón Andrés. Soledad y creación abren sus surcos en el sentido y pensamiento de sus aforismos. Somos muy prescindibles nos dice de alguna manera. Vivir más despacio es algo que se intercala en su escritura como fuente de sosiego y bienestar: “Busco un tejado en todo”, sostiene. Le importa detenerse en las conjeturas filosóficas de Heidegger, de Kant, de Jünger o de Nietzsche, a los que cita, pero más allá de esto, confiesa que “lo único que existe en verdad es lo que se hace en silencio”.

Ramón Andrés considera que ningún aforismo aspira a establecer una formación especial del lector no solo para apreciarlo y, a su vez, disfrutarlo, sino para conseguir en el lector una predisposición de reconocimiento de lo que en su brevedad dice y trasciende en su marco de referencia. Quiere hablarle al alma, recuperar la esencia emocional de lo espiritual, de ahí que entone sin ambages su disposición a “Fragmentarse para escribir fragmentado. No pensar en una sola dirección”. Para conjurar los grandes peligros de la abstracción, propende también al humor, que es lo que siempre nos salva de que nos tomemos demasiado en serio nuestro papel, como cuando uno se mira al espejo y, atónito ante la imagen que ve allí, solo se le ocurre tomarlo a broma. Por eso atisba que “La existencia tiene algo de venta ambulante” o que “A cierta edad la vida no tiene otro destino que la continua reconstrucción del otoño”, y hasta se atreve con una suerte de ironía a prescribir: “La mejor dieta: ayunar palabras”; “Conócete a ti mismo, pero hasta cierto punto”.

El librito, además, agavilla reflexiones subjetivas, provocadoras, algunas un poco enigmáticas, preguntas sin respuestas y secretos por descifrar de la memoria, de las naciones, el humanismo, la muerte, la conciencia o de la búsqueda del saber y el modo de acercarse al conocimiento. Eso sí, todo dicho con sutileza y sencillez, como si condescendiese a compartir su sabiduría con los menos afortunados. Pero que nadie se lleve a engaño, en realidad lo que hay en Caminos de intemperie es una desengañada exploración de algo acerca de lo cual sabemos bien poco, la vida misma, y lo poco que se sabe solo puede servir a quien la escruta y se para a pensar en ella. Digamos que aspira a una cierta complicidad moral con el lector y con la esencia de la escritura, con quienes se afanan en ese fascinante juego de las palabras en el que todos estamos metidos, intercambiando signos de inteligencia que nos rediman de nuestra ignorancia respecto a lo que hacemos o dejamos de hacer.


Confieso al final de estas impresiones y después de releer el libro de Ramón Andrés, que sigo una vez más con la misma sensación de albergar en mí un cierto arrobo de provecho, de sabiduría y gratitud tras cerrarlo. ¿Cuánto de asombro y de observación encontraremos en este nuevo libro suyo de aforismos y pensamientos? Mucho, pero mejor tomemos en consideración lo que dice el autor al final del mismo: “En este libro, nadie lo diría, no hay nostalgia, ningún anhelo de regreso, no evoca, no añora, no mira hacia atrás, no hay voluntad (ni representación); sólo se detiene como el que llega, exhausto, a una encrucijada y se sienta a descansar mientras piensa qué senda emprender. Al fin, se levanta; ve que alguien se acerca, le pregunta si el camino por el que ha venido es aconsejable. El desconocido responde: «¿Qué camino?».”


viernes, 22 de abril de 2022

Un viaje al otro lado del espejo


Así es como la escritora madrileña Nuria Barrios considera la verdadera naturaleza de su ensayo La impostora (Páginas de Espuma, 2022), obra ganadora del XIII Premio de Málaga de Ensayo, un viaje al otro lado del espejo. Lo determina con perplejidad al final del libro, sin olvidarse del vértigo que sintió con su primer texto literario a traducir, la novela Vengeance, de Benjamin Black, un vértigo que le sigue acompañando con frecuencia, consciente de que traducir un libro, o cualquier tipo de texto, viene a ser reconstruir un puzzle con las piezas de otro juego, debido también a esa transición exigente de atravesar dos espacios y que consiste en abandonar lo conocido hacia lo desconocido. Sostiene que “ser una impostora, como la traducción descubre, es parte del oficio de la vida. Cambiar, ser otras, no ser nunca la misma es mi destino. Es nuestro destino”.

Nuria Barrios ha traducido al español la obra de John Banville y también la poesía de la estadounidense Amanda Gorman. Es autora de las novelas Todo arde (2020), El alfabeto de los pájaros (2011) y Amores patológicos (1998), así como los libros de relatos Ocho centímetros (2015), El zoo sentimental (2000) y Balearia (2000), y los libros de poemas La Luz de la dinamo (2017), Nostalgia de Odiseo (2012) y El hilo de agua (2004). Apela a su andanza como escritora a la hora de abordar el sentido de su nuevo libro que subtitula Cuaderno de traducción de una escritora. Para ella, “saberse impostora es asumir como propia la lateralidad y convertirla en un ejercicio de hospitalidad”. En ese sentido, revela que la traducción le descubrió una herramienta extraordinaria de interpelar el lenguaje de manera más incisiva. Por eso mismo, considera que traducir tiene bastante correspondencia con la vida, que también es un arte de descifrar y traducir el mundo, de traducir a los otros, y traducirnos a nosotros mismos.

Este ensayo, o cuaderno de traducción, como así también lo llama, está estructurado de una manera recurrente y ligera en su extensión para establecer con el lector una confianza y una cercanía en el desarrollo, buscando complicidad. Escrito en primera persona, utiliza rasgos emotivos y elementos de la vida de la propia autora para esbozar ese andar a tientas por el terreno de la traducción, desde su experiencia de artífice en trabajar con palabras de otros que ya existen y debe respetar, estudiar, calibrar y valorar para trasladar a otro plano de la realidad lingüística. Deja dicho que la responsabilidad de quien traduce es fundamentalmente literaria y que, por eso mismo, su oficio es como el aire que lleva las palabras de una tierra a otra. Este ensayo, dice Nuria Barrios, es una exploración existencial de la lengua y su mecánica, que es nuestra casa, como también es un viaje de descubrimiento.

Y en ese discurrir, habla en un capítulo de la extrañeza, de ese exilio de la traductora hacia otra lengua para llevarla a la suya propia, un desplazamiento que deja ver cómo “lo propio se hace extraño para que lo extraño se convierta en propio”. En otros dos capítulos que pone por título En femenino, sustancia al lector con la realidad palpable de que son mujeres quienes ejercen mayoritariamente esta profesión. De ahí que hable de ellas, como también de las lectoras, refiriéndose en genérico femenino. Da cuenta también de esa invisibilidad perpetua que forma parte del oficio de la traducción. Barrios evoca la Torre de Babel y está en consonancia con lo que decía George Steiner: «Babel ha resultado ser la base misma de la creatividad humana. Lejos de ser un castigo, Babel es una bendición misteriosa e inmensa. Aprender nuevas lenguas es entrar en otros mundos nuevos».

Su condición de escritora la lleva a establecer que cada lengua es una ventana que da a un paisaje único, por eso considera que lo complicado y, a la vez, fascinante de la traducción consiste en tratar de mantener vivo el eco del idioma de origen en el idioma de destino. Nos acerca también a los que compaginaron el oficio de traductor y escritor como Nabokov, Julio Cortázar, Octavio Paz o Agota Kristof. Hay otro apartado interesante que es el que dedica a lo que ella titula Fidelidad heterodoxa, en el que la controversia está servida. Explica que depende de qué entendamos por traducción: literalidad o literatura, reproducción o interpretación. Y añade que no es fácil elegir el término que mejor sintetice el significado de la traducción, ya que una obra va siempre mucho más allá de su creador. Por eso al hablar de traducción, dice que habría que pensar en: volcar, reproducir, transferir, verter, replicar, interpretar...


En todo caso, lo fascinante del libro es que el lector sale a gusto de un viaje de exploración guiada desde el propio taller de la autora del libro, y agradecido, con algunas ideas más comprensibles acerca de este oficio invisible y tan imprescindible para nuestro interés. Qué sería de nosotros, lectores entusiastas de Coetzee, Philip Roth, Virginia Woolf o Susan Sontag sin la existencia de los traductores. La traducción es el milagro, el canal que lo hace posible, sin olvidarnos de esto que bien subraya Nuria Barrios con suma naturalidad: “Cada lengua tiene su manera de ser escrita. Un libro en dos lenguas distintas no es el mismo; son dos libros simplemente parecidos”.

Diría que La impostora es un ensayo oportuno, envolvente y original, urdido en una química narrativa que muestra el apasionamiento de una escritora por aproximarnos a ese pacto de amor, a esa levitación e impostura que supone el oficio de traductor, que no es más que trabajar sobre una obra ya hecha para el entendimiento y disfrute de los lectores.


martes, 12 de abril de 2022

Vidas Menores


En la escritura de
Isabel Bono (Málaga, 1964), autora al menos de una veintena de libros, entre ellos los poemarios Los días felices (2003), Pan comido (2011), Lo seco (2017) y Me muero (2021), los libros de aforismos Hielo seco (2015) y Caballos que cantan (2021, o las novelas Una casa en Bleturge (2017) y Diario del asco (2020), en la mayoría de ellas se deja ver el desasosiego, el dolor íntimo, el desafecto y todo un amplio territorio desconcertante en el que cabe la vida real de lo cotidiano como trastienda particular que guarda no pocos restos de sueños rotos, desacatos, resignación y dulzura amarga. Cada libro suyo se entiende y discurre con facilidad por ese lado seco y nihilista de la vida en el que la experiencia arrolla como una apisonadora y solo comprendemos una vez pasado el tiempo.

Fijando nuestra atención en su producción narrativa, digamos que Isabel Bono posee una prosa seca, limpia y afilada, como así pudimos comprobar con el debut de su primera novela, Una casa en Bleturge (2017), una historia tierna y cruel que discurre precisamente por ese lado trágico de la vida de una familia en la que cada uno de sus miembros pone su voz para que se le oiga. Intervienen todos y tratan de pasar páginas de su pasado, de los miedos y odios soterrados que padecen, en especial, los que revela la madre, una mujer abatida, pero con suficientes agallas, que trata de poner orden y concierto a su vida ajada, una mujer introspectiva y nada indiferente, de ojos bien abiertos, que pasea y lee para encontrarse consigo misma, buscar sentido a su existencia y sobreponerse.

Después con Diario del asco (2020), su segunda novela, vuelve a ese mismo ámbito con otra historia familiar trágica, un relato descarnado que presenta con precisión de detalles y sin tapujos la vida y trasiego de un hogar en el que el tema tabú del suicidio sobrevuela toda la novela. Nos cuenta esa conexión adversa de aprensión y destino de la vida de sus protagonistas, vidas en las que parece que no hay un argumento predeterminado, sino que son una suma de sucesos traídos a la página para hablarnos de quienes rivalizan en sus vínculos, como queriendo esclarecer el mundo interior de cada uno a través de la observación del narrador, como si procediera a despojarlos del dolor, de la inquina, y de las náuseas que padecen.

Y ahora, como si el latido de su novela anterior permaneciera en vilo, vuelve a retomar el hilo de la misma, pero en esta ocasión poniendo el foco narrativo en dos personajes esquivos, que en el anterior libro pasaron desapercibidos y ahora resurgen para contarnos cómo detrás de toda historia familiar hay un sesgo, un margen recóndito por el que algunos de sus componentes transitan en segundo plano, pero que son gente tan singular como los demás, quizá más, aunque muy suyas, tan apartadas como necesitadas, tan vulnerables como incomprendidas, que sobrellevan sus fragilidades a solas, sin apenas ruido.

Los secundarios (Tusquets, 2022) ponen voz a Rubén y Amalia, sus dos protagonistas que permanecieron rezagados o, más bien, en segundo plano en Diario del asco, un resarcimiento del anonimato de dos miembros de una familia desgajada por la tragedia, convertidos en narradores de su propia historia, una ocasión que les sirve para dar testimonio de sí mismos y liberarse de ese nudo familiar que tanto cuesta deshacer. La novela deviene en un monólogo interior que se intercala con diálogos muy vívidos y reveladores.


Destaca la estructura de la novela. La ordenación de la trama en siete capítulos encabezados con el nombre de Rubén o Amalia obedece a un propósito claro y determinado por la autora para esclarecer y encajar la verdad silenciada de las vidas de sus dos protagonistas, dos seres marginados con un vínculo común que vienen de lazos familiares ya deshechos. En esa disposición formal de la historia se encontrarán ambos por casualidad, después de muchos años, en el portal del edificio donde viven, cuñados en un tiempo pasado y, ahora vecinos sin saberlo, un descubrimiento que les permitirá mantener una conversación provechosa y liberadora, una oportunidad de oro para afianzarse en sus respectivas vidas independientes, así como una ocasión valiosa para conjugar sus recuerdos y secretos, muy definidos en ambos por el menoscabo de no haberse sentido ninguno de ellos protagonistas en sus vidas paralelas.

Isabel Bono firma un libro audaz, bien escrito y dispuesto en una prosa limpia de retórica, contada en presente, un tiempo verbal que es como un estrecho haz de luz para despejar la oscuridad persistente de un pasado que sigue dañando.

Los secundarios posee esa correspondencia que confirma que la literatura nunca debe dejar de ser el lugar donde se disputa la forma de escribir una buena historia, que, en su caso, además, es una historia punzante a la vez que conmovedora.


martes, 5 de abril de 2022

Existencia arremetida


Tal vez convenga no olvidarse que el aforismo nació en sus orígenes con cierto aire de estatuto, de código o incluso de principio. Lo que significa que desde sus inicios ha conservado esa naturaleza instructiva propia de expresión concisa destinada a dictar un vislumbre poético, una sentencia de tipo moral o una reflexión filosófica. Pero sin olvidar que escribir aforismos, aprender su especificad, significa también construir una voz propia que no solo se corresponde con el estilo, sino que también implica el tono, el espíritu, el nervio y, cómo no, la originalidad en la forma que el autor expresa sus hallazgos.

A esta idea afín y a su impulso creativo por captar lo instantáneo a través de fogonazos e intuiciones insólitas, se suma el poeta y ensayista Álvaro Campos Suárez (Málaga, 1981), autor del cuaderno de poesía trENes (2013), del libro Buda en el Bolshói (2014) y del ensayo ¡Abajo el sistema! (2018), ofreciéndonos ahora un buen repertorio de aforismos bajo el título de La certeza del color (EDA, 2022), su debut en el género, un libro que aboga por la curiosidad y el asombro, un libro que despliega una voz muy particular, a modo de un flâneur que camina y pone en relieve el contraste de las cosas vistas, experimentadas y concebidas que caben en cualquier existencia.

Cabe decir que estos aforismos se presentan ante el lector como un desafío de un paseante que le obliga a abrir los ojos y a desplegar todos sus resortes interpretativos. Además, concita a entendernos con su amplitud de miras y a sopesar que la lectura de un mismo aforismo deja entrever su color, matiz y margen para la subjetividad de quien lo lee: “Nada tan exacto como la volubilidad del pensamiento”, señala el autor al respecto. Por eso mismo, los lectores de aforismos esperamos siempre la sorpresa, aun desconociendo cómo va a manifestarse y de qué manera se va a concretar en nuestro entender. Es eso lo que se atisba en muchas de las miniaturas diseminadas por este libro, un cauce oportuno para que lo dicho nos alcance, engatuse y, sobre todo, que se manifieste como el chispazo de un entendimiento que espera nuestra colaboración.

El libro de Campos Suárez está dividido en cinco secciones. En cada una de ellas traza un itinerario por donde desplegar sus pensamientos cortos que, en su mayoría, se nutren de observaciones de la propia realidad. Comienza con Cuaderno de artismos, un conjunto de ochenta aforismos en los que la poesía, el libro en sí, la escritura, el lector y, en definitiva, el curso de la palabra se dan cita como fuente de efervescencia y creación: “No solo el escritor es narcisista; también lo es el lector, que completa el texto con su ejercicio introspectivo”, dice en uno de ellos.

En Diccionartio básico de dudas y Guía de últimas verdades se concentran un buen puñado de observaciones que reconsideran conceptos clásicos y contemporáneos que abarcan un amplio campo, con la idea de mostrarnos cómo muchas palabras esconden sorprendentes variantes de conceptos, por ejemplo: “Emoción: 1.f. Fisiología. Hormona del misterio, segregada por los lectores más exigentes”; “Estadística: 1.f. Numerología. El arte de decir medias verdades”; Infancia: 1.f. Relatos. Aventuras para el chico, cuento para el mozo, y para el añoso leyenda”.

En La vida indubitada y Del amor a las mentira (y otros deportes de riesgo) se agrupan aforismos en torno a la existencia, al tiempo, a la duda, a las limitaciones, a la justicia, al amor, a la familia, a los anhelos e invenciones que nos acompañan, como así se palpa en algunos de ellos, vayan estos ejemplos: “Si somos en esencia agua, ¿no es lógico que nos hallemos a menudo en un mar de dudas?”; “Respirar y suspirar, el oficio de la vida”; “Cuán ruidoso es un encuentro falto de interés”; “Por regla general, y motivos varios, las personas, al hablar, alimentan el diálogo con invenciones más que con verdades”.


Todo escritor es un bosque de notas”, nos dice el autor certeramente, y a ese quehacer parece atenerse el despliegue de lo que le ha supuesto escribir todas estas anotaciones a lo largo de muchos años, sin intuir ni pensar que acabarían en un libro de aforismos. Hemos podido leer sin menoscabo a lo largo de su recorrido, desde el principio hasta el final un despliegue fecundo de reflexiones sobre casi todo bajo una convergencia aceptada: el asombro que depara la vida y cómo esta se encuentra inextricablemente mezclada con la palabra. Algo así, aunque sea por analogía, abarca esta sentenciosa frase con lo que concluye el libro: “Todo aforismo es un cauce; toda certeza, un río”.

La certeza del color refleja un río aforístico fresco y perspicaz que surca toda una existencia en observación y al que no le faltan destellos sorprendentes ni toques humorísticos de indisimulada retranca, un libro que nos permite descubrir una nueva voz pujante en un género que, hoy por hoy, atraviesa por un buen momento de forma en nuestras letras, con mucho garbo y con una creciente atención por parte del lector. Que no pare, nos gusta pensar por lo breve.