viernes, 22 de febrero de 2019

Dentro del laberinto


Cuenta Ignacio Peyró en su monumental libro Pompa y circunstancia (2014) que Gerald Brenan (Sliema, Malta, 1894 – Málaga, 1987) llegó a España sin más aspiraciones que pensar que “la vida resultaría barata”. Acababa de recibir una condecoración por los servicios prestados en la Gran Guerra y, también, una herencia familiar que le permitió abandonar Inglaterra y pasar sus horas leyendo a Spinoza bajo naranjales. Cuando se dejó ver por primera vez por la Alpujarra granadina contaba veinticuatro años y “llevaba consigo miles de libros y muy pocas libras”.

Volvió a Inglaterra en 1924 y, al poco tiempo, regresó a Yegen (Granada), el pueblo que le cautivó y en el que pasaría una buena parte de su vida. De esta población alpujarreña reflejó muchas de sus vivencias en las páginas de Al sur de Granada (1957), una de sus obras más significativas. Posteriormente se instaló en el barrio malagueño de Churriana y después en Alhaurín El Grande, donde vivió las últimas décadas de su vida. Sin embargo, su obra más mítica, El laberinto español, vio la luz mucho antes, un libro muy valorado, cuando fue editado, por los sectores progresistas del país en el que analizaba minuciosamente los antecedentes que determinaron la Guerra Civil. Fue un libro importante, una síntesis admirable de la España del siglo XX, una obra vetada por Franco, pero que la editorial Ruedo Ibérico pudo publicar en París en 1943.

De todos los viajeros e intelectuales anglosajones que pasaron por España, quizá sea Brenan el que más hondo caló en los españoles. Conoció bien a fondo nuestra historia, cultura y literatura, como así se refleja en la cantidad de artículos que publicó en distintas revistas inglesas y norteamericanas. La editorial Fórcola acaba de publicar Cosas de España, un volumen que lleva como subtítulo Ensayos, Artículos y Crítica Literaria, en el que se reúne una buena colección de textos bajo el cuidado, selección y prólogo de Carlos Pranger, albacea del legado de Brenan y gran estudioso de su vida y de su obra.

El libro contiene veintiséis piezas del más variado interés entre las que destacan dos artículos sobre la vida y la poesía de San Juan de la Cruz, a quien admiraba profundamente y del que resaltaba su experiencia de místico practicante, el ritmo y el valor simbólico de las imágenes de sus versos, que profundizaría más en un estudio y biografía posteriores dedicados al autor del Cántico espiritual; otro de sus artículos sobresalientes se lo dedica a Cervantes, de quien glosa su figura, la invención literaria de El Quijote y, especialmente, su maestría en el arte del diálogo; y también es digno de destacar otro artículo titulado La escena española, que es una aproximación magistral a las claves de su obra cardinal El laberinto español.

Brenan reivindicó con ahínco a Galdós como uno de los grandes novelistas europeos, y lo pone a la altura de Balzac, Dickens y Dostoievski. De él afirma que “escribió de manera soberbia y objetiva acerca del mundo, de su visión, y no se asociaba con ningún otro de sus personajes”. También le dedica unas encendidas palabras a su amigo Arturo Barea, autor de La forja de un rebelde, en un sentido artículo que titula Un hombre honesto. Hay otras incursiones del hispanista británico recogidas en esta selección en ambientes más folclóricos y localistas, como por ejemplo su estancia en la Romería del Rocío de la que habló maravillas y que se quedó con ganas de volver a repetir.

Debemos mucho a este excéntrico y torrencial escritor, como se dice en el prólogo: “Brenan fue un escritor a su manera que se caracterizó por ser libre”, una cualidad que supo mantener en el tiempo, algo que lo llevó a cabo de la mejor manera que supo, con gratitud hacia el país de adopción que lo acogió con los brazos abiertos, en el que pone su mirada crítica y al que admira con sus luces y sombras. “Brenan y España se confunden en un original y delicioso juego de espejos, o de fragmentos por reconstruir”, subraya Pranger al referirse a la diferente temática que abarcan los textos reunidos por él en el libro y que nos dan una aproximación bastante clara de todo aquello que le interesaba y le llamaba la atención de nuestro país: su gente, su historia, sus letras y sus costumbres.

Cosas de España es un libro que nos permite conocer a Don Geraldo, como le llamaban sus convecinos de Alhaurín el Grande, en muchas de sus facetas intelectuales de crítico literario, cronista, memorialista e investigador de la Historia, que supo combinar su talante inglés con la vida campechana de la gente de Andalucía, “una tierra mucho más viva que Castilla”, apostillaba. Brenan rehuía de ese tópico de considerar a los andaluces gente frívola, sino todo lo contrario.

A todo su quehacer le dedicó tiempo, lecturas y mucha vida solitaria. En este libro se aprecia bien ese sentir y las razones estéticas e intelectuales de un hombre de fuera que aportó su mirada y reflexión para escribir con libertad, con ese estilo suyo tan ligero y vívido, sobre España y su gente, como paso previo al entendimiento de sus entresijos sociales y su cultura.

Brenan se resiste a desaparecer.

lunes, 18 de febrero de 2019

Con las armas que tengo


El poeta crece y espera reintegrarse, restaurar la mirada sagrada del origen de su obra, nos dice María Zambrano. El poeta desea cada una de las cosas y sus matices, sin restricción, sin abstracción ni renuncia alguna. Pero el poeta, a diferencia del novelista, siempre anda retocando su obra. A la hora de confeccionar un libro siempre se quedan fuera poemas que no encajan y cuyo motivo no es otro que esa búsqueda incesante y obsesiva de la perfección. Por eso, siempre que nos encontramos con un libro que dice recoger su obra completa, se trata de una verdad a medias, es la punta de un iceberg, detrás quedan muchos poemas apartados o rotos que no pasaron por el filtro de su autoexigencia.

Pedro Sevilla (Arcos de la Frontera, 1959) acaba de publicar en la editorial Renacimiento su Poesía Completa (1992-2018) bajo el título Para cuando volvamos, que comprende ciento treinta poemas de sus libros Septiembre negro (1992), La luz con el tiempo dentro (1996), Tierra leve (2002), Serán cenizas (2016). También se incluyen seis poemas de Aún hay sol en las bardas, libro inédito y otros veintitrés que no han sido publicados en libro hasta la fecha. Dice el poeta gaditano en el prólogo que titula Poética que “al primero que sorprende su propio poema es al poeta que lo escribe y, a mí, en particular, mi poesía me ha enseñado, descubriendo y explicando cosas de mí que yo desconocía[...] Hablar de mí pero en lo que de común tengo con todos. Hacer colectivo lo individual”.

Son más de treinta años de poesía que ponen de relieve ese afán suyo de hablar de los otros, de nosotros y de él mismo y, sobre todo, “que hablan del tiempo que nos transita. La poesía de Pedro Sevilla deja ver el alma humana, su soledad, sus emociones con transparencia, cercanía y amenidad. Por edad pertenece a la generación de poesía que se engloba en la llamada Poesía de la experiencia, si bien su quehacer poético no comparte los postulados de estos, ya que la poesía de aquellos está más vinculada a la vida de la ciudad, a la búsqueda de un personaje que relate, mientras que la suya está anclada a su pueblo, a su familia y a sus recuerdos mirados desde dentro. Cuida del verso, en el que predomina el endecasílabo, y rehúye la frialdad. Sus poemas respiran la vida cotidiana, las tareas de la gente del campo, sus inquietudes sociales y el compromiso moral de sus sueños.

Por lo dicho podría interpretarse que estamos ante un poeta rural o que su poesía está entroncada en la poesía social, nada más alejado de esta consideración: sus poemas están llenos de la verdad más profunda del ser humano que se solidariza con el mundo que le rodea, que asume sus responsabilidades dentro del mismo, que recuerda y hace presente la ternura que otros le dispensaron y que él, ahora, devuelve en cada verso. Sin importarle que su poesía crezca de la tierra, del campo, no tanto como tema sino como labranza y semilla: no tengo más recurso que acudir al poema/ y defenderme/ con las armas que tengo.

Hay en su obra la huella de los clásicos, Horacio, Fray Luis de León, de Machado, Cernuda y, también de contemporáneos suyos, como Francisco Bejarano, José Mateos, y de su paisano Julio Mariscal, que pone título a uno de sus poemas. Interpreta lo que significa la poesía para él como modo de ser y de estar en el mundo, tratando de inventar lo cierto que hay en el cotidiano sucederse de los días.

La obra de Pedro Sevilla está marcada por ese clasicismo que tanto pregonaron los poetas que alababan la aldea. Decía Goethe que “el que quiera comprender al poeta deberá ir a la tierra del poeta”. Lo que nuestro poeta nos va a mostrar no es un mundo bucólico de felicidad huera y sin nombre, sino que su empeño está más en salvar del olvido biografías, etapas y sueños vividos, cuestionar la condición de hombre encadenado a la tierra y compartir el gozo de vivir como un grito sincero y honesto de quien se atreve a hacerlo con sentimiento y puro testimonio de dignidad.

En Para cuando volvamos se encuentra toda su trayectoria poética donde coincide lo indecible del poeta con lo decible de sus versos, todo su bagaje por la vida: infancia y juventud, el amor, la muerte, la edad tardía y muchos secretos hablados de todo lo que tiene de valor la poesía, como así queda dicho en estos dos versos suyos: Crearás un fantasma, el fantasma que eres. / Pero, eso sí, un fantasma cargado de moral.

Sus poemas poseen el sonido del hombre que pasea los domingos por las calles empedradas de su pueblo, que entra en una taberna y, ante un vaso de vino, comparte sus confidencias con sus amigos y, al volver a la calle, huele a pan recién salido del horno. La verdad más honda, dicha con las palabras más sencillas, ahí reside el quehacer poético de Pedro Sevilla, un sino bien preservado por el poeta para que nos entendamos a gusto con él.

lunes, 11 de febrero de 2019

Eterno retorno


La primera vez que pisé el Rastro madrileño se remonta a mediados de los setenta, en la época que estudiaba COU en el seminario de los Padres Paúles situado en la calle Tiberíades del barrio de Hortaleza. En aquella ocasión iba acompañado de uno de mis mejores amigos y compañero de curso. Allí me compré por dos duros mi primer libro de Pío Baroja, Las inquietudes de Santhi Andía, en la edición barojiana de Caro Raggio, eso sí, un tanto descosido. Luego, en años posteriores, me acerqué un par de veces más a merodear por su emplazamiento y tenderetes, con la idea vaga de encontrarme con algún tesoro que en ningún caso se produjo, salvo la suerte de aquel regocijo que me dio el descubrimiento del escritor vasco, y que originó mi entusiasmo e interés continuado por su obra.

No he querido dejar pasar por alto mis impresiones sobre El Rastro. Historia, teoría y práctica (Destino, 2018), el libro que Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) ha publicado hace tan solo unos meses sobre este emblemático y vivo mercadillo del que muchas voces críticas, en diferentes medios escritos, se han ocupado en destacar su valía y calidad con profusión, la del texto y la de su autor, un escritor de extensa producción literaria, al que no se le resiste ningún género, un todo terreno en el que no deja de estar presente ese binomio de literatura y vida que mejor encarna lo más genuino de su verdadero oficio: la vida como arteria y la literatura como vena de eterno retorno.

El Rastro, ese estupendo laberinto sentimental por el que se pasean curiosos, marchantes y buscadores de gangas, comparte espíritu aventurero y mercadeo con buhoneros y mercachifles de cosas de segunda mano, así como vendedores ocasionales que comercian con trastos y ropas viejas. Por estos lares, nos viene a decir Trapiello, “cada cosa, como cada ser vivo, habla de modo diferente a aquel que le interpela”. Y añade, como experimentado en estos lances de deambular por su trazado de arriba a abajo y viceversa, desde hace cuarenta años, que “no vamos al Rastro tanto a encontrar cosas, como a reencontrarnos con ellas”. El nombre le viene del antiguo rastro de reses muertas, del viejo matadero de Madrid. Dice el escritor leonés que nunca le ha venido tan bien un nombre a una realidad que allí parece arrastrada por el paso del tiempo.

En El Rastro el lector se sumerge en un texto ensayístico vivo, que bien podría pasar por un tratado, una crónica, un relato e, incluso, una enciclopedia viviente, en ese sentido que le da al término Covarrubias en el Tesoro de la Lengua Castellana: “que vale tanto como ciencia universal o circular”, porque en su libro, Trapiello trata de enlazar la memoria y el presente haciendo como un círculo en el que ambas se colman entre sí. Por eso su libro tiene al mismo tiempo para él algo de autobiografía y cómo no, algo de historia, teoría y práctica, como deja sentado en el subtítulo de la obra, así como también se refleja en las páginas de Salón de pasos perdidos, por ejemplo, en El gato encerrado (1990) el primero de sus diarios que arranca de este modo: “Esta mañana tenía el Rastro esa grandeza de los días de invierno. Apenas había amanecido y ya estaban desplegándose los primeros puestos. Todas las cosas que iban extendiendo sobre la acera parecían oxidadas, chatarra, latón viejo; hasta los libros tenían algo de escombros”.

Trapiello es un coloso explorador de este recinto histórico, un asiduo visitante que se despacha a gusto por todas las costuras y entresijos que conforman su perímetro irregular, que, como se dice en el texto, “se parece bastante a una raspa de pescado. La espina central, con la cabeza en Cascorro, es la Ribera de Curtidores y a uno y otro lado le van saliendo unas espinas o calles cortas”. Por aquí transcurren pasajes memorables de vida, literatura y gente extravagante. Están presentes Baroja, Blasco Ibáñez, Gómez de la Serna y muchos otros personajes que ponen contrapunto a lo que el libro va compilando con imágenes, fotografías, notas, recuerdos, detalles e historias menudas de gente anónima y pintoresca de la vida insólita del lugar.

El Rastro es un libro importante, que está a la misma altura y excelencia de otras obras ensayísticas anteriores del autor y que conforman un referente temático ineludible de la literatura española de los últimos veinticinco años. Me estoy refiriendo a Las armas y las letras. Literatura y Guerra Civil (1994), Los nietos del Cid (1997) o Imprenta moderna (2006). El Rastro es un volumen ilustrado y bien articulado en cuatro partes por donde transitan la historia, conjeturas y paradojas del lugar y del fondo inefable de sus cosas, un texto fluido y revelador que, viniendo de quien viene, posee esa verdad literaria intrínseca que bien podría resumirse en esta sucesión verbal tan propia suya: “conocer es recordar, mirar es reconocer, y descubrir reencontrar”.

La lectura de un libro, como bien dice Fernando Aramburu, no consiste tan solo en un acto de desciframiento, sino que también resulta experiencia subjetiva a partir de un conjunto de estímulos y revelaciones. Este libro de Trapiello posee todos esos atributos a los que conviene añadir que goza, además, de esa suerte tan escasa y tan apreciada por tantos lectores, que no es otra que la de celebrar un trabajo bien hecho, bajo esas coordenadas del buen gusto y esmero que da el acabado de un libro, en una edición impecable, que ya va por la cuarta, y que no dejará de seguir dando alegrías a quienes alcancen a disfrutar de su lectura.


miércoles, 6 de febrero de 2019

Viajar hacia dentro


Todos albergamos sentimientos dentro de nosotros. Pero, ¿dónde se sitúan, exactamente? La poesía es la manifestación singular más pura de la que exprimir ese territorio oculto en nuestro interior. Dice Jorge Carrión que la poesía es el género más cercano al caminar. Así es como se hace notar. No como trinchera, sino como iniciación al conocimiento, como paseo por lo indecible. En ese sentido, la poesía es un lugar que no cierra el paso a nadie, a condición de que quien se adentre en ella lo haga sin prejuicios, sin ataduras, sin importarle extraviarse por el tiempo y ver la realidad del otro, la del poeta que habla desde su irreductible individualidad.

Se acaba de publicar hace unos meses una encomiable antología poética bajo el cuidado y mimo del poeta y crítico literario José Luis Morante que abarca treinta y cuatro años de poesía en la obra de Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) escritor, columnista, editor y autor también de dos libros de aforismos, poeta convencido de que la existencia es el cauce propicio para vislumbrar la poesía desde el interior y afrontarla con el mundo que le rodea, en concordancia con esa idea que decía Ángel Crespo acerca de la poesía, como camino de ida, pero sin vuelta, porque cuando se regresa ya se viene de otra parte.

Bajo el contundente y lapidario título También vivir precisa de epitafio (Chamán Ediciones, 2018), último verso extraído del poema Balance, de la anterior obra poética de su autor El baile del diablo (2017), Morante reúne ciento quince poemas escogidos, que abarcan la trayectoria completa del poeta, que va desde 1983 a 2017, para mostrarnos todo el bagaje poético de Sánchez Menéndez en el que destaca ese sentimiento lleno de hondura y sencillez, desde la esencia de la palabra y desde el laberinto del pensamiento, dispuesto siempre a preguntarse el porqué de las cosas, en un diálogo creciente por cada una de las etapas por las que transitan sus versos. Nos dice el antólogo en su revelador prólogo que estamos ante una poesía de pensamiento, de conciencia reflexiva, en donde “las palabras están ahí, maleables y frágiles para llenar de poesía la hendidura”.

En su poema Los pros de la vida, perteneciente a su libro Última cordura (1983) se asienta buena parte de ese sentir y pensamiento tan propio en el que la fragilidad del significado del saber y del vivir están presentes como sello de su ética y de su estética: “Todo lo que uno sabe está siempre/ en un estado de provisionalidad,/ pero no es relativo,/ es susceptible de una mayor profundización,/ y eso sí que es relativo”. En dos poemas del ya citado El baile del diablo, el primero de ellos Hat, la voz poética pide perdón a su madre por haber pecado, habla con apariencia de broma, libre y sin ataduras, pero va igual de serio que en el siguiente poema que se titula Life lie, que dice así: “¿En qué momento exacto se distingue/ esa simple palabra, la justa?/ Y, con una sonrisa en los labios,/ respondió: Debes marcharte,/ mi marido está a punto de llegar.” Ambos intercalan melancolía y pesadumbre, un conjuro que no cesa de mostrarse en su poesía.

Toda la poesía de Sánchez Menéndez destila introspección, con una pátina inconfundible de ironía y descreimiento agitado, imposible de acallar. Hay un yo convertido en materia poética que da sentido a su obra en pos de decantar lo esencial de la propia existencia. Reflexionar sobre esto y preocuparse del porqué de las cosas siempre está presente como algo inevitable de alguien bien abrigado por el pensamiento clásico de los presocráticos, de alguien que se siente más lector que escritor, e inconformista en su quehacer literario, implicado más que en querer decir, en transmitir, para que la palabra cale en lo más hondo.

Pero también su poesía se ha ido esponjando de otras lecturas que le han servido de cauce y formación, como así declara en una entrevista en la radio. La figura de Nicanor Parra está presente como homenaje de alguien que ha sabido templar el acercamiento del lector a la poesía. También otros autores, como Platón, Novalis, Leopardi, Juan Ramón Jiménez, Luis Rosales, José Hierro o Ángel González conforman su particular canon de poetas preferentes.

Hablar de esta antología es detenerse a resaltar el buen trabajo elaborado por José Luis Morante, que ha conseguido poner al alcance del lector una guía bastante completa de la poesía de Javier Sánchez Menéndez, un poeta convencido de que en el silencio y en la soledad se encuentra el verdadero lugar donde se puede rebasar la escritura que nace del bullicio de la vida, con la idea de querer decir algo más al mundo, trascender y abrazar el alma de quien la lea.

En este libro viajamos hacia dentro de la hondura y el desgarro de unos textos en los que la belleza y el dolor existencial ponen su son y contrapunto a la realidad y a lo que el poeta atisba más allá de ella. Cada lector tiene la posibilidad de convertirse en otro fingidor, y este hermoso libro se presta a ello. Caligrafiarlo en su memoria, sacando punta de lo que ya se leyó entre verso y verso, también precisa de sentir lo que toca dentro.


jueves, 31 de enero de 2019

Desde el otro lado


El personaje de la nueva novela del escritor y periodista Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965), Guía de extraviados (Pre-Textos, 2018), quiere escribir sobre su condición de soledad obligada, y lo lleva a cabo en una extensa carta de amor dirigida a su esposa desaparecida, tratando de encontrar respuestas a lo que sucedió repentinamente. Le obliga la necesidad de desvelar el misterio de su desaparición y sus porqués. Ya han transcurrido tres años y sigue soñando con ella. No se derrumba, ni se detiene. Alberga esperanzas, y en la palabra escrita cree haber encontrado el cauce propicio para no olvidarse ni dejar de creer en ellas.

Por otro lado, cree que este proceder suyo no es una respuesta melancólica a su pérdida, sino que la carta comporta un diálogo, una presencia en cada una de sus vueltas al pasado, un acto de confesión y, por supuesto, el asidero que mejor le vale para intimar con sus recuerdos, el vínculo más poderoso a su alcance de mantener en pie su fe ante la cruda realidad de no saber su paradero, un resquicio para no darse por vencido.

Quizá Proust tenía razón cuando argumentaba que lo importante no es la fidelidad del espejo, sino la intensidad del reflejo”. Esta cita tomada de su aclamado libro Diario de un hombre pálido (2010) viene a propósito para convalidar la manera que tiene el protagonista de Guía de extraviados de reflejar la misión y el sentido de su relato: una búsqueda y un viaje emocional. Quien habla es un escritor de cuarenta y tres años, un hombre doliente y náufrago en ese mar de ausencia. Sin embargo percibe que en esa añoranza de ponerse a escribir a su mujer cree haber encontrado la mejor versión de su oficio, que ahora compagina con los textos que su editor le viene encargando.

Un desaparecido, dice Gracia Armendáriz en una entrevista reciente, es un silencio que no para de escucharse. Y ya se sabe que en una desaparición nada se cierra, todo se convierte en preguntas que no dejan de repetirse. La vida de pareja tiene, además, esa condición de vulnerabilidad y de exposición. Se hace necesario el cuidado del otro, la presencia del otro para preservar esa vida, para protegerla, para sustraerla a la posibilidad de la caída, del desorden sentimental, del abandono. Conforme avanza la lectura, el narrador se apiada de sí mismo, consciente de que ser invisible para los demás, cuando uno anda perdido por la ausencia de un ser querido, resulta imposible.

Toda desaparición deja un oculto reguero de dolor, incertidumbres y culpa. En estos casos, la búsqueda se convierte en un desatado estado de pesadumbre que, a su vez, empuja a quien le pilla a estar dispuesto a pedir toda clase de ayuda. El protagonista acude a la policía en primer lugar, pero al poco tiempo contrata los servicios de un detective e, incluso, se pone en manos de un brujo africano en busca de pistas. Viaja sin convicción por distintos lugares y distrae su conciencia con encuentros esporádicos con otras mujeres, al tiempo que sumerge su desazón en los otros manuscritos que lleva entre manos.

Entre ambas vertientes se va forjando la narración de esta breve e intensa novela, bajo el sustrato de esa particular vivencia de la pérdida por parte del personaje más que desde la búsqueda de su mujer desaparecida. Este hecho es el detonante que le impulsa a escribir de verdad. Ese malestar sobrevenido se convertirá en un llamado proceloso a volcar en hondura las palabras que hasta ahora no habían podido surgir dentro de él, sin tener que arrepentirse, ni dejar de estar a buenas con la vida, pese al revés recibido. En su estudio se siente a salvo, y después de haber sopesado todo lo escrito en su carta, añade casi al final: “No huyo de nadie, sólo te busco aquí, en el cuaderno de anillas. Eso es todo. Hoy he sabido que tenías razón; no hay motivo para cambiar de aspecto o disimular ante el vecindario. Te escribo, nos escribo”.

Toda forma epistolar persigue crear una ilusión de verdad, de conectar con la realidad. En Guía de extraviados estos requisitos se cumplen, y mucho obedece al buen manejo de su prosa, sobria y alejada de retórica, así como al uso de la segunda persona que, cuando aparece, lo hace con levedad y suspiro. El lector percibe que la revelación del personaje está bien armada de razones, vivencias y deseos, verdades que se manifiestan de forma directa en el discurrir del relato, y con un resultado final sorprendente e inesperado.

Gracia Armendáriz con el desdoblamiento final de su personaje, entona una idea nada extravagante de que existe un lugar de encuentro con los desaparecidos al alcance de quien se atreva a explorarlo. La memoria, la escritura y la vida que surcan los renglones de esta estupenda novela tienen ese alcance metafórico, el mismo que el narrador se concede: sentirse extraviado como un desaparecido.


viernes, 25 de enero de 2019

Nada inocentes


La literatura no es algo absoluto, sino un simulacro, como diría Carlos Pujol. Por eso vamos a su encuentro, porque necesitamos de imaginación y fantasía para comprender lo que ocurre a nuestro alrededor y, también, porque nos gusta curiosear en la vida de los demás. Es difícil acotar este amplio marco. De ahí que escribir historias, desde la conciencia o desde la perspectiva de los otros, sea, probablemente, la tentativa más plausible y seductora que la ficción posee para lograr encandilarnos cuando queremos acercarnos a escudriñar en lo humano. Por suerte para los lectores, mucho de ese provecho y gozo lo encontramos dentro de la literatura y, en esa amplitud, el cuento no para de sorprendernos por esa capacidad suya de concentrar el rastro de la vida en pocas páginas.

Manos de lumbre (Página de Espuma, 2018), de Alberto Chimal (Toluca, México, 1970), es otra prueba más que confirma la buena salud por la que atraviesa el género breve en nuestro idioma, a ambos lados del Atlántico. Su autor, prolífico escritor de relatos, ha publicado una docena de libros de cuentos, entre los que cabe destacar Estos son los días (2004), obra ganadora del Premio Nacional de Cuento en México, Grey (2006), Manda fuego (2013) o Los atacantes (2015). En todos ellos su autor nos recuerda, precisamente, que en este mundo de vanidades es donde ocurre lo que la imaginación recrea e interpela y en él nos encontramos todos.

Con esta nueva colección de cuentos, Chimal nos convoca en torno a sus personajes, un laboratorio de verdades y mentiras por donde se hace un repaso de la maldad, la arrogancia, la estupidez e, incluso, la mala suerte de todos ellos. En ese microcosmo, asistimos perplejos al estado mental de sus protagonistas, fuera de su apariencia normal, para revelarnos lo que se oculta tras dicha apariencia. La sensación percibida conforme se va leyendo cada uno de sus relatos no es otra que estar ante un desafuero en ciernes. Los personajes de Manos de lumbre toman de la mano al lector y lo persuaden con sus voces, para acompañarlos al territorio íntimo de sus vidas azarosas. En México, “tener manos de lumbre” es una especie de mal fario y propensión a destruir cosas, mayormente sin querer. Esas torpes “manos de lumbre” que transitan por aquí no son nada inocentes: manipulan, ocasionan catástrofes, accidentes y torpezas imperdonables.

En el primero de ellos, Los leones del Norte, un arrogante y consagrado escritor, que se enfrenta a una acusación abominable que puede hundir su reputación, se afana de lo mucho que ha creado desde el plagio, como otros, aprovechando la literatura y la música popular. Este es un relato delirante, malintencionado y burlesco que apunta muy certero sobre determinadas obras sobrevaloradas por la crítica, de originalidad más que dudosa. En el siguiente cuento, Una historia de éxito, una madre perversa, desasosegada y acaparadora decide frustrar los logros de su hija menor aislándola de la influencia del mundo exterior. En Marina, el fetiche, la parafilia y los juegos prohibidos se manifiestan con ardor en el protagonista, un joven que, tras una escaramuza de hipnosis pretende atrapar los encantos de su prima, pero la historia deviene en un final inesperado y sobrecogedor.

Los tres siguientes que cierran el volumen continúan en la misma senda de poder y sumisión que atraviesan los relatos anteriores. Todos ellos poseen, igualmente, esa corriente común de destrucción y confrontación de identidades que asolan a sus personajes. Y así, por ejemplo, en La segunda celeste, su relato más extenso y fantástico, con un arranque demoledor, se plantea el poder subyugante en el que el mundo contemporáneo se encuentra bajo ese espeso caldo de cultivo de las nuevas tecnologías y la ciencia, casi siempre reservadas al círculo privilegiado de las élites dominantes, o en Voy hacia el cielo, un entrañable y hermoso relato en el que la narradora cuenta cómo su tío Pablo se sentía secuestrado en cuerpo y alma por la música que amaba, aunque no se supo si en verdad lo que ocurrió con su desaparición fue obra de alienígenas o de los poderes fácticos. Se deja sentir en esta trepidante historia ese clamor social sobre tantas desapariciones que se suceden en la cruda realidad mexicana.

En todo su conjunto, Manos de lumbre reverbera esa mirada común de sus personajes de fuerte impulso destructivo, incluso para consigo mismos. Destaca la importancia de sus voces, en el modo de cómo cada una de ellas, conforme aparece en escena, interfiere en la narración, construyendo su realidad para contarse a sí misma sus penumbras y la inconsistencia de su mundo.

Chimal posee ese enganche de escribir de un modo que al lector le da la sensación de que lo que cuenta tenía que expresarse así, con esas mismas palabras y en ese mismo orden. Sus invenciones tienen alma de significación, misterio y hermosura, llevan dentro al “otro”, que, como decía Proust, es el que escribe de veras.


lunes, 21 de enero de 2019

La vida a golpes


Uno se plantea, a sabiendas de que ya lo han hecho otros de acreditada solvencia, si el lenguaje es una herramienta suficiente y rotunda como para transmitir lo que se desea y se quiere contar. Muchos piensan que no por lo que, a veces, tiene de defectuosa. Por eso la literatura siempre es un intento por dar respuestas a lo inefable, a lo terrible, a lo que carece de respuestas, y precisa de visibilidad. De todo ello da cuenta la palabra escrita. Y esto es así porque una vida sin eco ni memoria escrita no sería vida, como una inteligencia sin posibilidad de expresarse no sería inteligente.

Si la escritura es un puente, el río que pasa bajo ella no es más que la vida transferida por su autor, que interfiere en la nuestra con los hechos que cuenta o con la revelación de sus palabras, con la intención de encontrar un síntoma, un rastro, o un espejo al que, quizá, hubiéramos preferido no asomarnos y ver reflejada allí una verdad ominosa que define la lógica secreta del mundo en el que, resignados, vivimos.

Hay ciertos libros, y no son muchos, que son rotundos en estas disquisiciones literarias y nos dejan abatidos, con la sensación de haber tocado un fondo del que ya no saldremos siendo el mismo lector. Cárdeno adorno (Períferica, 2018), de Katharina Winkler (Viena, 1979), es uno de esos libros, un texto duro y hermoso a la vez, donde la belleza del lenguaje y la maldad de los hechos se funden en la verdad que cuenta, hasta dejarnos estremecidos y horrorizados, testigos de cómo la infamia y el abuso atávico de la cultura de muchos hombres, a los que no les basta con apropiarse a su antojo de todo lo que le ofrece la propia Naturaleza, y llegan a alcanzar lo más íntimo y sagrado del hogar: sus mujeres y sus hijos.

En ese infierno, Filiz, la joven narradora y protagonista de este relato, pone su voz para contarnos cómo empezó su vida a impregnarse de ese ambiente en el que tiene que sobrevivir frente a la amenaza de la ley impuesta en el hogar por el padre: “Somos rebaños y pastores al mismo tiempo. Nos cuidamos unos a otros. Madre nos cuida de padre, padre nos cuida de los lobos... Cuando padre entra en casa, el silencio lo acompaña. Nos ponemos de pie, nuestros ojos se ponen de acuerdo. Durante la comida permanecemos mudos. Tal como padre nos quiere”.

La historia de esta joven turca fue escuchada, por primera vez, por la autora de la novela cuando tenía apenas trece años. Su padre, médico rural en Austria, se dirigió a la gendarmería del pueblo para denunciar por maltrato al marido de Filiz, después de que su mujer descubriera bajo el niqap de la protagonista los moratones que escondía. Este hecho prevaleció en la memoria de Katharina hasta el punto de que quiso, al cabo del tiempo, plasmar en una novela la vida de esta inmigrante, epígono de tantas mujeres humilladas por esa dominación bárbara y atávica del hombre que pasa de padres y hermanos a más tarde maridos.

En la novela Del color de la leche (2012) de Nell Leyshon la narradora dice que: “Tener memoria es una buena cosa, porque ahí está la historia de tu vida y sin ella no habría nada, pero otras veces tu memoria guarda cosas que preferirías no volver a saber nunca y, por mucho que intentes quitártelas de la cabeza, siempre vuelven”. En el relato de Winkler también está presenta este sentir, pero aquí la memoria de Filiz atesora una humanidad y ternura prodigiosas pese a tanto dolor sufrido, y todo lo que guarda en ella es una historia estremecedora, tan suya como la de la estirpe de cualquier mujer sometida, para quien vivir consiste en construir futuros recuerdos mejores.

Cárdeno adorno no es un título prosaico, sino todo lo contrario. Bajo ese perfil lírico no hay complacencia, sino una metáfora del dolor y de sus secuelas. Winkler ha sabido relatar la épica tremenda de la vida de una mujer, aderezada con el sutil encanto de la palabra justa y precisa, como contrapunto estético a tanta aspereza, violencia y ultraje. Y hay que añadir a esto el esmero con que la autora redacta cada página, con una sintaxis concisa e implacable, marcando un estilo en el que la voz narrativa se aleja de lo pretencioso, en busca de lo espontáneo y auténtico. Winkler logra trasladar de forma vívida y, sorprendentemente poética, el jugo expresivo a su relato, recogido de las cintas en las que había ido grabando el testimonio de Filiz, y la voz encarnada por su protagonista, una mujer que bien podría representar el sentir de tantas otras voces anónimas o silenciadas que, en medio del abatimiento y la desdicha, pueblan cualquier parte del mundo.

Que no sea la memoria, como decía Ernesto Sabato, la temerosa luz que alumbra ese sórdido museo de la vergüenza”, sino la memoria testimonial como resistencia del tiempo. Cárdeno adorno es un estupendo debut literario, una novela que se ocupa de la necesidad de cuidar y transmitir una verdad primigenia, y lo hace de forma asombrosa y descarnada.