jueves, 28 de marzo de 2024

Donde la selva


No me bastaría con decir que la ficción no es ingeniería, sino alquimia. Como tampoco, que la literatura no es fabulación, sino confabulación. Cualquiera que se jacte de tener absoluta certeza sobre los mecanismos con los que opera la ficción, caería en el despropósito y la tibieza propios de un charlatán de feria. Lo que sí sé, de todos modos, es que siempre me he negado a ver la ficción como consuelo. Me encuentro más próximo a ese sentir de happy few de lectores del que hablaba Stendhal, dispuestos a acometer determinadas historias por lo que promete de desafiante embrujo, de ese algo desconocido y sorprendente que pretende sacudirnos y sacarnos de nuestro conformismo mundano. Todo lo que necesitamos es acercarnos a sus aledaños, como quien lo hace a una ventana que da a la calle, al mar o a una extensa llanura. Por más que insistamos en lo cómodos que estamos en el hogar, no podemos evitar la tentación de mirar por la ventana, de prestar atención al rumor exterior y escuchar sus voces.

La ventana que se abre ante nuestros ojos en La perra (Alfaguara, 2023), de la escritora colombiana Pilar Quintana, es el umbral que separa el mundo real que habitamos del mundo desafiante de un pueblo pequeño del Pacífico donde confluyen la naturaleza y sus desafíos en el seno de una región en la que la lucha permanente por subsistir se da por igual en el mundo animal como en el humano para satisfacer las tres necesidades congénitas de todo ser vivo: el alimento, el cobijo y la reproducción. Esta es una historia que sucede en la selva costera colombiana donde vive Damaris, una humilde mujer negra que cuida la casa de recreo de una familia adinerada. El pueblo que habita consiste en “una calle larga de arena con casas a lado y lado”. Son habitáculos destartalados, construidos “sobre estacas de madera, con paredes de tabla y techos negros de moho”.

Ya a punto de cumplir cuarenta años, Damaris ha desistido en sus esfuerzos denodados por tener descendencia, y cierto día decide adoptar a una cachorrita de apenas unos días de nacida, cuya madre apareció muerta en la playa. Debe alimentarla con una jeringa cargada de leche, y es así cómo se crea un vínculo casi maternal con el animal al que nombra como Chirli, convirtiéndose en el motor de la historia. La relación con Rogelio, su esposo, “un negro grande y musculoso, con cara de estar enojado todo el tiempo”, es tensa por culpa de su infertilidad. Siente su desdén que, cada vez más, la ha llevado a distanciarse de él. La soledad y el abandono del lugar, en medio de una selva enorme, agreste y peligrosa, trazan de principio a fin la atmósfera recurrente de toda la novela, un hábitat que, a su vez, marca de continuo los designios de sus personajes.

Sin embargo, al igual que le ocurre a los niños cuando crecen, que poco a poco necesitan cortar su dependencia materna, a Chirli, que siempre anda libre, le resulta fácil dar el primer paso hacia la independencia y desaparecer. Para Damaris, en cambio, el vínculo persiste y su desaparición se convierte en drama, en angustia de madre que pierde a su cría, y la busca desesperadamente. Se enfrenta a los embates del clima y su intemperie, a las lluvias tormentosas de vientos y truenos, desafiando la hostilidad de una selva repleta de peligros: con culebras venenosas, arañas, hormigas y bichos incontables a ras del barro o entre hojas podridas, un mundo adverso, de entorno inquietante, de similar calibre a la zozobra que se está desatando en su propia congoja.

En esa realidad selvática desafiante, emerge también todo un caudal léxico de jugosa receptividad natural que se plasma en la narración como son las quebradas y aguaceros, los vericuetos y los contratiempos que se van encadenando en cada pasaje. Hasta que sobreviene la desgracia, como confirmación atávica de que nada es como debería ser y no se puede confiar ni en un mar en calma, capaz de tragarse y luego escupir a la gente, ni en una perra criada como una hija, que huye, regresa y vuelve a escapar un sinfín de veces, hasta que retorna de sus andanzas preñada, para desentenderse por completo de sus cachorros, algo inconcebible para Damaris, ya que la maternidad es un fortín sagrado para ella.

Pilar Quintana nos cuenta con magistral destreza y tensión creciente todo este lance narrativo en el que se aúnan la soledad, el dolor de una maternidad truncada y el desplome de sus ilusiones, con equidistancia, sin acudir al melodrama. Por aquí transitan vidas rutinarias, con sus quehaceres y miserias, vidas en las que las calamidades son aceptadas como ineludibles, dispuestas por el destino. Ese consentimiento primario de lo inexorable que la naturaleza impone es lo que permea en el sentir de los personajes, es lo que percibimos en sus escasos y lacónicos diálogos, como si obedeciera a un conjuro ancestral irremediable.


La perra es una novela corta intensa, inquietante y estremecedora, con un final sorprendente y verosímil, que nos lleva a un mundo en el que la fuerza arrolladora de la naturaleza y la propia impronta humana se afanan, agitan y confabulan, aun a riesgo de romper su equilibrio. Todo aquí se encuentra cercado, tanto por el paisaje sobrecogedor como por las convulsas creencias de quienes lo habitan. Pilar Quintana firma una estupenda y enigmática novela para contarnos los deseos incumplidos, la culpa y los lugares atávicos que remueven la vida de su protagonista, “allá donde la selva era más terrible”.


domingo, 24 de marzo de 2024

Viaje a la superficie


En literatura uno mismo aprende de su propio modelo, de la reflexión sobre su propia experiencia. Y aun así, el escritor es incapaz de escribir sobre todo lo que realmente le pasa. Como mucho, dice Adolfo García Ortega, lo mixtifica en la fábrica de la literatura. La vida del escritor es, por tanto, un emerger tortuoso hacia la acción, un viaje a la superficie, recordando y escribiendo, como pez abisal que habita en las profundidades de la memoria, produciendo su propia luz en la oscuridad. Eso es. Y eso que el escritor alumbra y llama real no puede existir sin el anhelo de lo verdadero. La literatura siempre se pregunta por este deseo y por el valor de la vida, sin olvidar que de todas las necesidades que tiene el alma humana, no hay ninguna más vital para la literatura que la memoria.

El desafío de esta nueva novela de Rosa Ribas (El Prat de Llobregat, Barcelona, 1963), tiene que ver con la decisión de escribir sobre su vida, de saber que ese acto la va a poner a prueba frente al pasado, frente a los demás y frente a sí misma. Esta idea de desafío íntimo que aglutina Peces abisales (Tusquets, 2024) es, ante todo, la respuesta a una necesidad de escribir sobre la vida personal con las experiencias propias de la autora, consciente de que escribir sobre uno mismo implica el deseo de ser verdadero, y supone la restricción, en buena medida, de la ficción. Esto hace partícipe al lector, porque para leer una vida contada, hay que sentirla como parte de la propia. Esa vida habla también de la nuestra. Nos guía a comprender cómo funciona la vida de quien la cuenta, pero también, de manera oblicua, a entender la nuestra.

La autora ya lo deja señalado en la antesala del libro con tres citas, una de Landero, otra de Salter y la tercera de Martin Amis, que si las fusionáramos entre sí nos dicen que hay poco que contar, que lo que importa de una novela es que nos parezca real, o al menos verosímil. Y que, desde luego, aunque todo parezca un sueño, lo que importa es preservarlo por escrito para que alcance alguna posibilidad de ser real, más que de parecerlo. Y, desde luego, siendo algo tan delicado escribir una novela, quien la escribe se pone al descubierto, mostrando quién es en realidad. Confiesa Ribas que, cuando se pone a juntar letras, su interés no es otro que completar lo que no recuerda: “Cuando escribo, me invento lo que no vi o lo que vi solo de manera parcial, borrosa. Gracias a unos ojos bastantes defectuosos, tengo mucha práctica en rellenar vacíos de información”.

En Peces abisales encontramos todo un destilado de evocaciones, vivencias, lecturas y experiencias convertidas en literatura, un modo de hacer visible el universo de una autora que no finge tampoco sus desasosiegos y desvelos, como así deja dicho: “Los miedos son tan poderosos que no desaparecen nunca del todo, solo se transforman. Algunos, aunque parezcan infantiles, siempre nos acompañan”. La infancia y la adolescencia, o las historias de terror, así como el paso del tiempo y las mudanzas a la vida adulta en Berlín, comparecen ante el conjuro de la escritura, “ese dulce veneno adictivo”, como señala Landero en El balcón del invierno, traído aquí como reclamo y requiebro de búsqueda de la verdad de la vida a través de la escritura: “Cuando escribo –dice Ribas– no me dan miedo los monstruos. Porque al escribir puedo mudar la piel constantemente, experimentar lo que nunca podré hacer en la vida real, entender, o por lo menos intentar entender, cómo funcionan las mentes ajenas”.

Contar momentos que marcaron su infancia, o que acomplejaron su adolescencia, dar cuenta de insólitos descubrimientos que luego tuvieron relevancia, transmitir detalles de la convivencia con cuatro generaciones de una misma familia, explicar que la palabra es el cuerpo reconducido de la mirada y de la experiencia, el andamiaje necesario, lo verdaderamente autobiográfico, incluso cuando se ha pasado la mitad de la vida en otro país y en otro idioma. Rosa Ribas nos descubre que todo esto, y mucho más, es un detonante para ser contado, y que, en consecuencia, tenga sentido. Nos dice que es la literatura la que está constantemente desplegando esas capas temporales, geográficas, idiomáticas, íntimas, emocionales, vitales, que dan pujanza a la escritura y permiten rescatar detalles de las experiencias de una niña zurda, como ella, y compadecerse con ligereza de las vivencias de una adolescente miope e inconformista, ávida de extrañezas y ficciones.

El lector está invitado a sumergirse en páginas de remanso literario inmersas en el pasado, y eso es lo que le da presente, como si el relato respondiera a un mandato interior que le impele a hacerlo, a recalar en el propio almacén de la memoria de la autora. Deja ver, como decía Mario Levrero, aquello de que cuando se llega a cierta edad uno deja de ser el protagonista de sus acciones, como si todo se transformarse en puras secuelas de vivencias anteriores, sin apenas orden cronológico. Da igual el camino emprendido al escribir una novela de no-ficción con tal de llegar a emocionarnos como lectores. Lo que esta novela se propone es afirmar que merece la pena vivir la vida para contarla, porque vivir se sustancia en ello, en la necesidad de narrarnos, en querer hacerlo.


Rosa Ribas hace literatura con la materia de su vida. Lo que destila Peces abisales es un jugoso ejercicio narrativo, guiado por la veracidad, convertido en un verdadero espacio de creatividad literaria tan ameno y cercano como personal. Este es un libro vívido e inteligente, repleto de perplejidades, que se lee con deleite y sin espesura, que aboga por vivir la vida para contarla, porque “sin oyentes, sin lectores, los relatos pierden su razón de ser y con ellos la vida entera”, en definitiva, un libro con una prosa de muy buena hechura y armadura literaria, que lleva implícito el alma de quien lo ha escrito.


miércoles, 13 de marzo de 2024

Entre la vida y la no vida


En una de las cartas que Paul Auster envía a J.M. Coetzee, recogida en Aquí y Ahora, un diálogo epistolar entre estos dos grandes escritores que se convirtieron en grandes amigos, refiere que las mejores amistades, las más duraderas, se basan en la admiración. Ese es el sentimiento fundamental, según el autor de La trilogía de Nueva York, que relaciona a dos personas durante un prolongado período de tiempo: “Se admira a alguien por lo que hace, por lo que es, por cómo se las arregla para andar por el mundo... Y si esa persona también te admira a ti, entonces os encontráis en condiciones de absoluta igualdad. Ambos dais más de lo que recibís, los dos recibís más de lo que dais”. Y va más allá al referirse al matrimonio. Para él, la amistad es un componente del matrimonio. Eso sí, sin olvidarse de que el matrimonio es una continua exigencia, una discusión que no deja de evolucionar, una eterna obra inacabada.

Baumgartner (Seix Barral, 2024), la nueva novela de Paul Auster, está traspasada por este sentimiento de lo que representa la amistad de pareja y el consuelo persistente de su valía, pero, a su vez, conforma una densa reflexión sobre la memoria, el azar y el apego de lo que significa el amor en los diferentes ciclos de una vida en pareja que se quiere y se anima a no dejar de hacerlo, pese a los envites del destino. Seymour Tecumseh Baumgartner, su protagonista, es un prestigioso profesor de Filosofía la Universidad de Princeton y autor de un buen número de acreditados trabajos, que está a punto de jubilarse, y anda todavía sumido en la pena de haber perdido a su mujer, Anna, en un accidente nueve años atrás. Por medio de remembranzas intercaladas con la vida cotidiana del personaje, afloran episodios que dibujan rasgos de la vida en común de ambos. Auster persigue reflejar el camino fragmentario de la memoria, las capitulaciones de la vida cotidiana y la inevitable y persistente sombra de la muerte.

Seguramente para muchos entusiastas del escritor neoyorkino, creador de intrincados mecanismos narrativos, acostumbrados al regocijo de su obra novelística, como El Palacio de la Luna, Leviatán o La invención de la soledad, por señalar tres libros memorables de su producción, le sepa a poco esta exploración de la vida cotidiana que aquí se aborda, pero no quita para saborear sus buenos momentos literarios. El lector encontrará esa música distintiva de contar que todavía perdura en Auster, tras cincuenta años de oficio, y muchos destellos de imaginación expansiva, tan propios suyos, de espontaneidad e inspiración súbita, como se vislumbran en los pequeños fragmentos y poemas, atribuidos a Baumgartner y a su mujer Anna, que va intercalando en el libro, apuntan a un decir más grande y evocador. En Baumgartner la narración interior, la idea de la identidad y el destino están muy presentes, al igual que aunar la cercanía de lo cotidiano con la distancia de los años, dejando caer que sin proximidad no hay conmoción, y sin distancia es imposible maravillarse.

Baumgartner, desolado a un tiempo por el inquietante recuerdo de su mujer y el amor que le tributó, siente que se encuentra en un tramo existencial perentorio, circunstancia que no le impide seguir escribiendo. Lleva entre manos un ensayo sobre Kierkegaard bajo el título de Mecánica de la rueda. Entre la escritura y la memoria de su vida menoscabada, acompasa recuerdos de su pasado, de la historia vital de sus padres, con su soledad y vivencias del presente, tratando de asumir que “vivir es sentir dolor, y vivir con miedo al dolor es negarse a vivir”. Cree a pies juntillas lo que oye de su esposa, en una conversación telefónica e insólita del más allá, que existe una permanencia de conexión entre los vivos y los muertos: “porque si uno muere antes que el otro, el vivo puede mantener al muerto en una especie de limbo temporal entre la vida y la no vida”.

Lo que se propone Auster, como ya hizo en otras obras anteriores, es constatar que somos seres intersubjetivos y que, incluso desde la noción de soledad, uno puede decirse que está solo, lo que no significa que esa situación impida establecer conexión y pensar de forma vívida con la voz del ausente que se echa en falta. El azar creará pautas para consolidar su presencia. Deja ver Baumgartner que el acto de escribir empieza en el cuerpo. Son las palabras, con su latido corporal, las que ponen sentido al significado de ellas mismas. Nos traslada el sentimiento de que tenemos un cuerpo y estamos en el mundo que percibimos para dar testimonio de lo que nos importa y concierne. Esa es la paradoja.


Baumgartner es una novela crepuscular plausible, de tono nostálgico y elegíaco, una historia serena y recopilatoria de un duelo, en la que el poder del azar, del destino, recala en una melancolía que hace participar al lector de un cierto desacato a la mecánica de la realidad irreductible. Esta es una historia emotiva, llena de aprehensiones, cuya verdad reside en el relato que se narra: una fábula firmemente arraigada al mundo real, que, aunque no logra entretejer todos sus hilos, posee páginas brillantes que se explican por sí mismas como resoplos de una especie de oráculo de alguien que trata de recomponerse y de volver a la vida después de haber sufrido la pérdida de un ser querido. Emociones hay muchas. Auster posee el don de entrelazar vida y obra hasta confundirlas en una experiencia única.

viernes, 8 de marzo de 2024

Un lugar en el mundo


El primer elemento con el que se encuentra un lector al empezar un libro de relatos, una novela o un diario, es la voz que narra la historia de lo que sucede. Esa voz le va a acompañar desde la primera página hasta la última, y nosotros, los lectores, debemos creer en ella. Como mínimo, debería hacernos sentir algo que nos permitiera concebir una opinión concreta y constante sobre su idiosincrasia y naturaleza. Las palabras iniciales nos van a aportar, de inmediato, información, imágenes, emociones y detalles de los rasgos y del carácter distintivos de esa voz. Incluso, todo al unísono, tal como ocurre cuando paseamos por la calle y alguien, de repente, se pone a contar sus andanzas en una esquina o en la terraza de un bar.

El narrador que nos aguarda en Ponme otra copa, Servando (Sloper, 2024) fragua su historia mediante una voz arrolladora, descreída, osada y rebosante de lucidez para que le sigamos por los incontables recuerdos y vislumbres, dispendios y letanías literarias que abundan en cada resquicio de sus pasajes. No hay página en donde no encontremos algún hallazgo sorprendente que nos sitúe en ese lado, fuera de lo comúnmente admitido. El bar de Servando es el punto de encuentro, la coordenada marginal de un lugar en un pueblo de Granada donde se confabula lo real y lo ficticio, donde se juntan la palabra y la vida, y se escuchan, entre copa y copa, ladridos del pensamiento del propio narrador, sin miedo a la intemperie, para cuestionarse e interrogarnos sobre la vida y la literatura, lo tangible y lo insólito, y afinar nuestra conciencia crítica.

Sergio Mayor no es un fabulador al uso, ni un historiador, y mucho menos un profeta. Mayor es, más bien, un aullador de la existencia, la suya, que tampoco es ajena a la nuestra. Su libro se orienta hacia la escritura y el reflejo del yo en todo, con intención de revelar su propia experiencia frente al día a día y al discurrir de las horas, que lleva consigo un jirón que toca a la puerta de lo cotidiano, no queriendo ser la misma anécdota, buscando el porqué de las costumbres, el porqué de lo leído en los libros, el porqué de la escritura, “que es una técnica de desaparición”. Cuesta creer que su escritura sea la de un eremita. No parece estar aislada, ni emocional ni físicamente de su entorno, de todo lo que le pellizca, de los libros, de la literatura y del pasar de los días, aunque ocurra con desbarajuste: “Un tipo dice que escribo con desorden. Puede ser. Mi pensamiento no es el plano del metro de Londres”.

Se lamenta del narcisismo extendido en el mundo de las letras, de tanta vacuidad y verborrea escritas y, a continuación, celebra y brinda por todos los que se abstienen: “¿Quiénes son aquellos que no escriben? ¿Quiénes los últimos que aún no escriben? Bienaventurados los hombres que no escriben porque ellos conocen el valor de las palabra?” Por todo ello y por más que vamos encontrando el contrapunto en la lectura, el libro de Sergio Mayor, en realidad, es un poema en prosa transformado en diario ensayístico, un relato fragmentario atípico por el que transita un personaje libre, descreído y nada convencional, de humor reservado y cierta propensión a la invisibilidad. Sus ideas no explican nada, estallan. Hablamos de un ser de carácter socrático y conciencia burlona, sin caer en la maledicencia, que se afana en defender la literatura contrahecha y en proclamar que la poesía mala no existe, porque quienes la escriben no son poetas, sino “humoristas”, y que confiesa sin titubeos: “He leído libros malos por una reseña mentirosa. Me he perdido libros por ausencia de reseñas”.

Este libro de Sergio Mayor, de título jocoso, no es lisonjero, sino todo lo contrario. Contiene resuellos literarios de toda índole: aprehensiones y contrapuntos, resoplos clásicos y disonancias modernas, vida imaginaria y vida a ras del suelo, con mucho alcohol destilado de trago corto y prolongado retrogusto. Hay mucha vida arremetida aquí contra lo convencional y, en eso, Sergio Mayor no desperdicia su munición de letraherido, de lector impenitente y libertario para darnos referencias de autores recurrentes, como Platón, Dante, Montaigne, Pascal, Eliot, Darío, Buzzati, Carver o Vila-Matas entre una larga lista. Hay también aforismos salpicados de gracia y desparpajo: “Busco la influencia en los cementerios de confianza”; “La patria es la vanidad de las naciones, el estupor de los himnos nacionales”; “Narcisismo unánime. Todos somos escritores”; “Jamás he decepcionado a un detractor”; “Dicen que mi literatura es una literatura del yo, y es cierto, pero mi yo es un «yo» muy impersonal”; “No he dejado la bebida por mi mala sobriedad”...


Alguien dijo que existir es ser distinto, que vivir es reescribirse. Sergio Mayor encaja muy bien en ese perfil, en esa manera de ser y manifestarse, de entender que la literatura es más lúcida, más libre y puede ir más lejos que la filosofía, al no tener las ataduras de la lógica, para hacernos pensar, para darnos compañía y remover el sentido fulgurante del acontecer cotidiano del mundo. Diría a todo esto que, tal vez, haya mucho más que añadir sobre un libro como este, tan poblado de brillantez, de reflexiones y desacatos que hablan mucho del secreto literario de quien lo promueve, pero aquí me paro. ¿Sería suficiente? No lo sé porque un buen libro nunca se acaba de cerrar, un buen libro admite variadas lecturas.