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martes, 10 de junio de 2025

Una elegía inevitable


“Por primera vez desde hace años escribo a mano. He descubierto que solo así puedo escribir sobre mi padre. Empecé mientras estaba junto a su cama, mientras le daba las pastillas, le cambiaba los parches con el analgésico que debía penetrar a través de su piel y le preguntaba por su infancia. Transformaba el final en palabras para que fuera soportable, quería recordarlo todo porque no tengo memoria de elefante, no tengo su memoria socrática que no necesitaba de papel y lápiz...”

Entre estas líneas que conforman el inicio del epílogo y estas otras que le preceden en el arranque del libro: “Cualquier historia, hasta la que ha ocurrido y es personal, cuando pasa a través del lenguaje, cuando se resiste de palabras, deja de pertenecernos, ya forma parte tanto del ámbito de lo real como del de la ficción”, discurre El jardinero y la muerte (Impedimenta, 2025), una estupenda edición bajo la exquisita traducción de María Vútova. El novelista y poeta Gueorgui Gospodínov (1968, Yambol, Bulgaria) define a este nuevo libro suyo como una novela-jardín, porque surge para mitigar la pérdida de su padre, un hombre duro y de buena condición humana, criado en una cultura no muy ducha en verbalizar los afectos, pero sí predispuesto a mostrar el amor por su familia a través del jardín que cultivaba con primor y entrega. Esta devoción botánica de su progenitor viene a enaltecer esa cualidad propia y natural de las plantas: “saber morir con belleza sin morir en realidad”.

Gospodínov, autor de imaginación portentosa, del que ya leímos sus fascinantes novelas, Novela natural (1999), Física de la tristeza (2011) y Las Tempestálidas (2020), vuelve ahora para acercarnos a ese héroe familiar de su infancia, su padre. Escribe El jardinero y la muerte tras su fallecimiento, casi por impulso, como exigencia del duelo. Para él esta escritura se convierte en una manera de delimitar el dolor hasta convertirlo en un relato personal con la idea de aminorar el daño de la pérdida, ampliar la propia experiencia y reflexionar sobre cómo sobrellevamos la muerte. En sus costuras, es un libro que intenta desentrañar si somos capaces de entender el papel de nuestros padres y si una vez que creemos entenderlos somos capaces de seguir queriéndolos. Podríamos decir que este libro no parece surgir de una planificación preconcebida, más bien da pie a pensar que es un libro de urgencia, impulsado por el síntoma irreductible del dolor, pero concebido como la anestesia que nos proporciona la conversación íntima con un ser querido.

“Mi padre era jardinero. Ahora es jardín”. Parece un mantra que Gospodínov arranca y evoca, consciente de que la muerte permea la vida, y que morir lleva su tiempo, lo mismo que el dolor y el duelo. Se pregunta por saber dónde empieza el final de una vida para pasar de inmediato al trance de los últimos días de su padre, obligándole a abordar su deterioro, con el alma puesta en resaltar los momentos gratificantes de compartir su sonrisa, una tregua de su dolor o algún recuerdo emotivo que los une. Por eso, desde el principio, deja dicho que lo que le impele a escribir este libro va marcado por el propio sentido narrativo de escribir una historia, la de su padre y la de él mismo: “Para abrir otro pasillo paralelo donde el mundo y todos los que lo habitan estén en su sitio, para desviar la narración hacia la otra hilera cuando la cosa se ponga peligrosa y la muerte se desborde, como el jardinero desvía el agua hacia la siguiente hilera de la huerta”.

En ese deambular narrativo, confía en su creencia de que la literatura es un extraordinario cauce que permite una intimidad que no nos atreveríamos a expresarla expontáneamente. La literatura, según él, sacude, nos da valor, coraje y ánimo para todo lo que ha quedado sin decir. Gospodínov elige muy bien qué contar, dónde poner el foco, las escenas más pequeñas y los detalles minúsculos de cada una de ellos, que describe siempre desde el tamiz de su memoria, sin dejar de preguntarse: “¿De qué hablamos cuando hablamos de la muerte? De la vida, por supuesto, en toda su fascinante fugacidad.” Como suele ocurrir con todo lo fragmentario, y este libro lo es por cómo está concebido formalmente, con capítulos muy breves, este texto está atravesado por el misterio de la muerte, pero a través de su espejo en la vida, el verdadero lugar donde percatarse más del poder de los hechos que de las convicciones.

Este libro, además, posee la particularidad de haber sido concebido desde la cama del hospital en la que el padre del autor agonizaba. Su tono, fuera de toda aspereza, alcanza una altura poética bien dispuesta, y se combina con el mucho oficio de fabulador de quien la escribe, para dejar paso a una elegía inevitable por la que transita la muerte, sí, pero mucho mucho más la vida y las historias de quienes la hacen posible. Insiste Gospodínov en que “la muerte es también un problema lingüístico”. Y para ello se detiene en la palabra “murió”, tan breve y contundente: “Está esa r del último estertor y la o que cierra el círculo de la vida. Una o como un cero absoluto, y para rematar, la tilde, el último clavo que no deja lugar a la esperanza”.

Nadie discute ya que Gospodínov es un autor consagrado y sobresaliente del panorama actual de las letras europeas. Este libro, más íntimo y personal que sus obras anteriores, sigue la estela de ese estilo magistral suyo al que nos tiene acostumbrados. Sus páginas nos acercan a escenas que hablan del dolor, de la muerte, de la infancia, de las relaciones, especialmente, de su padre con él y su manera de concebir el mundo. Pero también nos habla de la relación de la muerte en la literatura, bajo el prisma personalísimo suyo, para acabar narrando un conmovedor relato de la muerte como parte inherente de la vida y como parte del relato de ella misma.


Diría, para acabar, que El jardinero y la muerte es un libro hermoso y conmovedor sobre el dolor y el duelo, pero, a su vez, una novela que se pregunta por el valor de la vida, sin olvidarse que de entre todas las necesidades que tiene el ser humano, no hay ninguna más vital y fértil para la literatura que la memoria desnuda que alumbra y enseña a leer la vida. Una novela, como el mundo, es una forma viva, y en su forma, como ocurre en esta del autor búlgaro, reside su particular realidad, el drama viviente del yo y, también, del ser perecedero que encarnamos, el mismo que es capaz de narrar y valorar a su semejante porque es igualmente perecedero: “La tristeza viene después...”

lunes, 15 de mayo de 2023

El laberinto que somos


Fragmentos, esquirlas, trozos, frases, palabras, se asoman por encima de la valla del tiempo en esta trepidante novela de Gueorgui Gospodínov (Yambol, Bulgaria, 1968). En Física de la tristeza (Fulgencio Pimentel, 2022), el poeta, dramaturgo y novelista búlgaro explora la memoria individual y colectiva de su país como quien pasea por sus meandros, sin un narrador fijo que organice el discurso, sin una mirada que lo estructure, dejándose llevar por laberintos y vías secundarias que conforman un trayecto de historias infinitas colmadas de melancolía, humor y descreimiento que dan cuenta del desplazamiento y de las ocasiones perdidas que no deberían llevarnos a la tristeza sino a la física de no perder ni una más.

El leitmotiv que transita por toda la novela no es otro que el Minotauro y su laberinto. Pero, en verdad, son otros muchos laberintos los que también la surcan: historias personales, Historia de Bulgaria, del mundo, de mudanzas y ámbitos filosóficos por tiempos dispares, de lecturas, mitos de Grecia, huidas, palabras sueltas y silencio. El narrador advierte que encajar todas estas bifurcaciones no puede ofrecer una narración lineal “porque tampoco lo son los laberintos ni las historias”. Lo que sin duda pone en valor es su conjuro laberíntico de meterse por los pasillos de la memoria, por el corredor de la infancia, consciente de que “el tiempo pasado se distingue del presente por algo muy significativo: nunca fluye en una única dirección”.

En Física de la tristeza encontramos todo un arsenal de vivencias, giros, anécdotas y apologías, con recurrentes referencias acerca de la política, la literatura, la filosofía, la física cuántica, lo perdurable, lo constante, lo efímero y lo eterno, lo no dicho y dispuesto entre líneas. Hay en todo el libro decenas de recursos y mudanzas narrativas puestos en juego, capítulos, como Sócrates en el tren, que destaca el carácter perecedero de las criaturas que somos, o El final de los Minotauros en el que se subraya el valor del idioma, del leguaje para conocer su chasqueo cuando se es un recién nacido y su sentido y secreto conforme se va dejando atrás la infancia para entrar en otros suspiros y misterios de edades sucesivas. En Sherezade y el Minotauro trasciende el valor del mundo que puede ser tan verosímil que llegue a doblegar al real y convertirse en un noble asidero de vida.

El libro de Gospodínov engatusa y atrapa. Te sientes como en una telaraña entretejida de historias superpuestas en las que confluyen detalles del mundo llevado a cabo por alguien necesitado que tiene que observar el mundo constantemente para seguir existiendo. Por un lado, podríamos decir que el libro refleja una visión personal del narrador sobre sí mismo y sobre lo que le rodea, por otro, en Física de la tristeza encontramos un laberinto de historias en el que el lector encuentra voces, pasillos y estancias por donde asomarse a la memoria de quien evoca el uso de la razón al mismo tiempo que los resplandores de la nostalgia: “La tristeza, al igual que los gases y los vapores, no tienen un volumen y una forma propios sino que adopta la forma y el volumen del recipiente o el espacio que habita”.

El protagonista de Física de la tristeza es el conjunto de los recuerdos y de las vidas de toda su familia. “El personaje vive en los recuerdos de otros”, apunta el autor. La novela, por tanto, responde a un laberinto en el tiempo, con pasillos que nos remonta hacia atrás, desde el Minotauro, hasta la actualidad. Un cómputo narrativo de la vida cotidiana y sus ecos en los que subyace también los de la Europa del Este en el siglo XX. Es la vida de lo pequeño, de una familia, explicando lo grande e inabarcable, el comunismo que marcó toda una época, dijo Gospodínov, en la presentación de su libro en Madrid, por medio de una voz llena de angustia, titubeos y perplejidad que dan idea de ese espacio de tiempo presente del que siempre estamos yéndonos y en el que nunca conseguiremos quedarnos.


Lo más deprimente del laberinto es que uno se ve constantemente obligado a elegir. Lo que desorienta no es tanto la falta de una salida como la abundancia de «salidas»”. Gospodínov tiene la consideración de facilitarnos altos en el camino, la posibilidad de respirar antes de desentrañar los entresijos del laberinto de saber manejarse por el tiempo para, a continuación, seguir el hilo por el que retomar y desenredar la madeja del pasado, como cuestión de aprendizaje y el logro de un pensamiento depurado.

Gospodínov firma una novela fascinante, repleta formalmente de capas y anotaciones, que ahonda en el bullicio de la existencia personal y colectiva, en la que sobresale la verdad de lo vivido y sus reflejos en el discurrir histórico, un inmenso caudal de palabras y verdades, dispuestas a sacudir el laberinto que somos. Un gran libro.