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domingo, 29 de octubre de 2023

Desaprender lo aprendido


Los aforismos de Nada como la nada (Apeadero de Aforistas, 2023), del poeta Javier Salvago (Parada, Sevilla, 1950), menudean por el dictado reconocible de ponernos en contacto con los enigmas del vivir y nos animan a mirarlos de cerca, para sopesarlos y, de paso, para sacarles una mueca de burla y de celebración cuando se encarte. Surgen de la propia reminiscencia del tiempo, del chasquido descreído de la vida, disueltos por sus instantes de desencanto, de ilusiones que se esfuman conforme vamos acumulando años. Sin embargo, el autor acude a la ironía como aliada para retomar el mando de la situación y propiciar una vuelta de tuerca inteligente que nos permita, al menos, sortear con aire de comedia muchos de los zumbidos que nos incordian.

El propio autor responde a ese llamado proveyéndose de una amplia gama de aforismos, más de doscientos cincuenta miniaturas sobre ese devenir del mundo. En ellos encontramos chispa, asombro, vislumbre, efectismo, deflagración, tino y retranca, dentro de todo su corolario. En buena medida, sus enunciados breves postulan el sentido barojiano de la lucha por la vida, significando que, pese a la complejidad que supone vivir: “Hasta el rabo, todo es vida”, o resaltando que: “La madre de todos los males es la vida”. Pero, a su vez, tira de prosapia y sabiduría popular para templar los ánimos: “La vida tiene el sentido que tú quieres darle. Pero ese es tu sentido de la vida, no el sentido de la vida”. O para acudir al sarcasmo: “Gracias por todo lo malo que no me ha sucedido”.

Javier Salvago se encuentra a gusto tirando de socarronería y de ese yo consciente de sus vicisitudes existenciales, protagonista de cuanto siente y piensa, que quiere hacerse presente, aunque apenas sea mediante modestos destellos de discernimiento. No desdeña salir al encuentro de esa guasa y reflejarla con ecos existencialistas de cierto espíritu burlón y descreído, al estilo de Juan de Mairena, personaje entrañable del imaginario de Antonio Machado. Así dejan verse muchas de sus evocaciones aforísticas dispuestas en el libro, como estas: “Lo malo es lo bueno cuando se acaba.”; “Cada día tengo menos que decir de lo que no me importa.”; “La soledad es como el colesterol: la hay buena y mala”; “Pedir perdón está bien. Pero está mejor no tener que pedirlo.”; “Leed todo lo que podáis. Pero no os creáis todo lo que leáis.”

El libro no se limita solo a acuñar aforismos con desenfado, sino que trata de sacudir con picardía mucho de lo que el acto de vivir nos dicta. Salvago se empeña en que todo ese engranaje que conforma el libro y su destino se ciña al fulgor que exige el aforismo, y le dé al lector la sensación de que lo dicho valía la pena expresarlo así, con esas mismas palabras, en ese mismo orden y sin estridencias: “El problema fundamental de la vida es la vida. Todos los demás –incluida la muerte– son consecuencias de vivir.”; “Dicen que la vida es un regalo. Pero vaya regalo si luego te la tienes que ganar”; “Tener respuesta para todo es fácil. Lo difícil es que la respuesta sirva para algo”.

Todas sus resonancias apelan a un sumidero de preferencia en el que la intensidad expresiva de lo breve se impone a cualquier tentación de largas divagaciones o inventario retórico sobre ideas prolijas. Lo que tiene que decir lo hace sin remilgos, con la sola idea de convertirlo en motivo jugoso de reflexión evocadora, sin importar que se cuele el tintineo del ingenio y el humor: “Los embaucadores suelen ser muy aforísticos.”; “–No maduraré jamás. –Pues te morirás verde.”; “La inteligencia artificial, la única inteligencia que van a tener algunos.”


En fin, Javier Salgado se mueve libremente entre la reflexión calibrada, la máxima, la frase suelta, la evocación intuitiva y el aforismo propiamente dicho, con mucho desparpajo, sin preocuparse de alcanzar la frase feliz. Lo que destaca en Nada como la nada es la licencia de su autor para investirse de su condición experta de ver la vida con mentalidad de aforista, arrojando a voleo sus parpadeos de hombre de mundo que nos alecciona sobre desaprender lo aprendido. Y mucho más de lo que pensamos.


martes, 5 de septiembre de 2017

Cuentos radicales

Javier Salvago (Paradas, Sevilla, 1950) ocupa, desde hace tiempo y por méritos propios, un lugar destacado entre el grupo selecto de la poesía española actual. Con más de una decena de libros de poemas publicados desde aquellas Canciones del amor amargo (1977), pasando por Volverlo a intentar (1989), con el que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica, hasta su poemario último, Una mala vida la tiene cualquiera (2014), el escritor andaluz representa, además, a uno de los más significativos integrantes de la poesía de la experiencia, nacida entre la década de los ochenta y noventa, que tantas alegrías y savia nueva trajeron al panorama lírico de nuestro país en las postrimerías del siglo pasado. Pero a esta vocación y a su inclinación poética intensa también se unen dos amplias facetas: de un lado su producción narrativa expuesta en dos volúmenes de memorias, y de otro su extensa tarea en el campo de la radio y la televisión como guionista, a la que hay que añadir su labor de articulista durante mucho tiempo en varios periódicos, como lo hizo en su día en Diario 16 y más recientemente en Diario de Sevilla.

Salvago no pone freno a su actividad retándose a sí mismo. Ahora toca otro palo cambiando de traje literario. No sueñes conmigo (La Isla de Siltolá, 2017) viene a ser un cambio de registro en su producción artística, ya que se trata de una colección de cuentos y microrrelatos de carácter vengativo, fantasmagórico y paranormal donde lo inexplicable tiene un punto de inflexión con la realidad cotidiana de los seres que la habitan. En esta nueva singladura hacia este territorio narrativo tan poco conocido en su trayectoria literaria hasta ahora, como es el cuento, un género que por su brevedad y exigencia nunca descartó, según cuentan algunos de los que le conocen bien en su pueblo, Salvago no parece flirtear como un mero diletante, sino que se exhibe con destreza y oficio, apoyado en un humor negro nada desdeñable y provocativo con el que construye un conjunto de historias concisas y bien armadas en un volumen estructurado en dos partes, la primera con diecisiete cuentos y la última con veinticinco microrrelatos.

Inmerso en ese imaginario de los relatos extraordinarios que conforman No sueñes conmigo, uno quiere entrever las obsesiones del autor que, hábilmente, cuida no mostrarse intrusivo en sus historias con consideraciones morales, esto lo deja mejor para el final del volumen en las que da rienda suelta a sus miniaturas narrativas para que deriven, sin menoscabo, incluso, hacia el género aforístico. En cualquier caso, la peripecia narrativa de estos cuentos se encuentra entre las propias esquirlas del texto y la elipsis que buscan su propia justicia y razón en sus argumentos.

Salvago no es cruel, pero tiene claro quién es el malvado en un cuento, y no muestra ningún interés en comprenderlo, aunque en ocasiones esté del lado del protagonista. Desde el primero de dichos cuentos, surgido de un tormento premonitorio, No sueñes conmigo, que pone título al libro, pasando por Lo que ha de ser, siguiendo con Terrores nocturnos, hasta finalizar con Dioses y demonios, la maldad, la venganza y sus consecuencias fatales se esparcen por cada una de sus piezas, como una característica que define por completo al personaje que encarna la historia y al que el autor no trata de justificar ni moral ni psicológicamente. Para que exista el bien ha de existir el mal, eso queda probado. Para que haya un vencedor tiene que haber un vencido. Y el autor también tiene claro que, para provocar inquietud en el lector, ha de poner a sus personajes en situaciones extremas.

En No sueñes conmigo hay seres impávidos, canallas, arrogantes, despreciables, gente corriente con oscuros sentimientos o trastocados por vicios y perversiones, así como espectros, con sus luces y con sus sombras, para darle a cada relato un aire de misterio necesario hasta conseguir un resultado final meritorio. Cuentos que parecen fantásticos, pero surgen del tamiz de la propia realidad. Cada una de sus piezas desvela sus secretos, sus ruidos extraños, sus sombras no exentas de terror y hechizo, un mundo atormentado bajo la mirada de seres humanos que no paran de interpretar los sueños y la realidad como resultado de la zozobra en la que están inmersas sus vidas. Y, por poco empeño e imaginación de que dispongan, ven signos por todas partes: premoniciones, fantasmas de gente querida, ajustes de cuentas, miedo a la locura, celos, francotiradores apuntando a sus víctimas, caídas al vacío, muertes...

Con un estilo directo, elocuente, preciso, vivo, seco y salpicado de humor, No sueñes conmigo es, en su conjunto, un buen puñado de cuentos radicales en la que el lector encontrará a gente que palidece, incluso haciéndose el muerto por un tiempo, gente con intención de devorar al más pintado que se le acerque. No son criaturas informes, ni extravagantes, surgen de la propia reminiscencia del tiempo, pero, en cuanto se acercan a nosotros con su plan de acción, el narrador, con maestría, deshace el olor a azufre que traen consigo, disolviéndolo en la nada, y por un instante, nos sentimos confiados y a salvo.

Parafraseando a Ambrose Bierce, si estos relatos pasmosos de Javier Salvago fueran ciertos es para volverse loco; si solo imaginarios, es para estarlo.