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lunes, 28 de julio de 2025

Diario de pensamientos


Si hay algo esencial que destacar, por encima de todo, de la obra aforística de Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952), diría que es su fecundidad y tono irónico. La riqueza de sus aportaciones en este género breve es extraordinaria, tanto en su prolífica creación a lo largo de veinticinco años, como en el corte filosófico y literario de sus escritos. Los que leemos sus libros somos partícipes de esa habilidad suya capaz de describir la vida cotidiana en un trazo, como quien efectúa una rúbrica en la que reflejar una perplejidad, un punto de vista transversal y humorístico o, simplemente, un fogonazo intuitivo capaz de pillarnos por sorpresa y sacarnos media sonrisa, sin caer en ningún tipo de moralismo ni grandilocuencia pretenciosa, tan solo con ecos y soplos que nos retratan.

En su nueva publicación, El libro de las frases transparentes (Renacimiento, 2025), reúne cerca de cuatrocientos aforismos que validan ese ingenio suyo en asuntos que nos van y nos vienen, de innegable perfil reflexivo e irónico, donde lo acertado, lo persuasivo y lo paradójico se dan cita para el disfrute y la complicidad con el lector. A Eder le importa tocar y sondear el presente como única dimensión importante del tiempo que nos da una cita real con el mundo, como así señala en este aforismo: “El presente es una mezcla de pasado reciente y de futuro inmediato que forma los instantes”. Por eso mismo insiste más adelante en la importancia de vivir el día a día para salvarnos de los espejismos del futuro: “La vida nos da todos los días 24 horas para que hagamos lo que queramos dentro de lo posible”.

De nuevo, hay en esta manera suya de pensar un vuelco al papel de sus observaciones, experiencias y maneras de aprender a ver el mundo, de aprender a vivir en la provisionalidad y en la incertidumbre propia de nuestra existencia: “Todos los días son el día menos pensado”, escribe. Son “frases transparentes”, como anuncia el título del libro, piezas que, como subraya el escritor Juan Bonilla en el prólogo de Palmeras solitarias (2018), “dicen mucho más de lo que por la naturalidad con la que se pronuncian, parecen”. Parecen también frases que ponen colofón a una conversación entre amigos a la hora de despedirse hasta la próxima ocasión: “La vida siempre merece la pena ser vivida pero habría que conseguir que mereciera la pena volverla a vivir”. Eder no se tambalea al escribir con esa peculiaridad suya tan natural de mostrarnos cosas que sabíamos y nos interesan, pero que, tal vez, habíamos dejado reposar en el rincón del olvido.

Lo que sugiere en muchos de los aforismos que pueblan el libro de ahora y que se presentan como pequeños huertos fértiles sobre los que nos hace crecer la curiosidad y la reflexión es, a su vez, una invitación a atreverse a habitar el mundo sin brújula preconcebida, avanzando y retrocediendo, interrogándose, dudando, con cierto aire de comedia, porque para aprender de nuevo a ver el mundo hay que habitarlo. Nos dice: “La vida es un sueño y el secreto es que no se convierta en una pesadilla”; “A la verdad le gusta esconderse detrás de la belleza”; “Sólo puede entender ciertas cosas el que ya las sabe aunque no sepa que las sabe”. En otros muchos, mantiene un compás ligero e irónico, incluso mordaz, que no escapan, pese a su sencillez, de requerir una relectura más audaz. Aquí van algunos ejemplos: "Se es feliz cuando uno lo es pero no se da cuenta de que lo es”; “Los fantasmas no existen pero insisten”; “Los mejores libros son los que nos dibujan mientras los leemos una sonrisa en la cara sin darnos cuenta”.

Otra característica reseñable de los libros de Ramón Eder es que suele apuntar lances metafóricos sobre el género aforístico, así como sobre la literatura y los libros, con mucha gracia y agudeza, mediante un juego de palabras sencillas y persuasivas, más preocupadas de ser entretenidas que sublimes, como dejan ver estas breverías suyas: “Leer aforismos enseñan a dudar”; El aforismo clarividente es un aforismos para siempre”; “Las mentiras de la literatura pueden decir la verdad de la vida”; “El aforismo que da que pensar provocando una sonrisa nunca es malo”. A Eder le gusta contemplar el mundo con amabilidad, desparpajo y humor. Sus libros llevan implícito la idea de habitarlo bajo la gramática que nos configura, en la que apenas reparamos, para adentrarnos en la magia y el misterio de lo cotidiano. Nos pone en contacto con los enigmas del vivir y nos anima a mirarlos de cerca, con desenfado.

En El libro de las frases transparentes está muy a la vista ese sentir, en cualquiera de sus manifestaciones, donde se puede constatar que sus aforismos son síntesis que brotan de la vida corriente y, al leerlos tan así, nos percatamos de la verdad honda que se deja ver en sus palabras, una verdad que no es una ocurrencia sobrevenida, ni que, en realidad, le pertenece solo al aforista: nos concierne a todos: “Sin los aforismos la vida sería un error porque sólo los aforismos pueden decir verdades como templos”; “El humor fue lo que nos hizo definitivamente humanos dándole la vuelta a lo terrible, consiguiendo que dijéramos sonriendo: «a pesar de todo, merece la pena vivir»”. En palabras de Aitor Francos, que prologa el libro, este es "el menos lírico, de desnudez casi atmosférica" de los que ha publicado Ramón Eder hasta ahora: "busca la claridad donde hay claridad y busca oscuridad donde hay oscuridad, así de sencillo".


Llegado a este punto, podemos resumir que, en toda esta cartografía de brevedades que parecen escrita fuera de la caverna de Platón, de aforismos terrenales a ras de suelo que aúpan el espíritu, que pulsan el sentido de la vida, encontramos, eso sí, al Eder fresco y lúcido de siempre, un autor que sigue la senda de escritores a los que cita, admira y vuelve a leer con entusiasmo renovado, como Oscar Wilde, La Rochefoucauld, Gómez Dávila, Renard o Lec, entre otros, para decirnos una y otra vez que la invención literaria, en cualquiera de sus géneros, se hace y deshace en el fondo de uno mismo de manera misteriosa, hasta que al fin cuaja en palabras, a modo de diario de pensamientos en el que nos reconocemos, porque, incluso, “dice lo que no se puede decir”.

lunes, 12 de agosto de 2024

Con voz propia


Ningún libro, ni siquiera uno fragmentario, puede captar la riqueza del mundo, sus disquisiciones y juegos verbales. Sin embargo, el aforismo se ha convertido en una aproximación a esa idea de alcanzar reflexiones concisas que abogan por entender el sentido de las cosas y sus múltiples perspectivas. Por eso mismo, el pensamiento de los aforismos no se agota en el ejercicio de la lectura, sino que queda abierto a la sugerencia. A este respecto, añade Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) que “Las verdades de un libro de aforismos bueno suelen ser contradictorias”. De ahí que convenga no olvidar tampoco, como decía Gracián, que «No puede ser entendido el que no sea buen entendedor». En ese saber entenderse, sostiene el escritor navarro que “El aforista tiene que tener como los poetas una voz propia”.

Con cada libro que publica, Ramón Eder se confirma como el aforista vivo más singular y prolífico del panorama literario español. Sus aforismos, tan desnudos, irónicos y vívidos, dejan en evidencia casi todo aquello elevado y académico en torno a este género tan exigente, donde el matiz de cada vocablo es esencial. Eder lo viene haciendo de forma continuada, sin apenas levantar la voz, con esa gracia y desparpajo tan característicos suyos matizados por la retranca y el humor. Le importa que sus miniaturas observen el mundo y lo cotidiano como verdades a medio decir, buscando el sentido de la vida, sin prisas, para que el lector ponga sobre dicho sentido una mirada atenta hasta obligarle a detenerse y a pensar, antes que nada, en lo que el autor expone como escritor, como subraya aquí: “Todo escritor acaba siendo un actor que interpreta a una persona que escribe”

Viene ahora con Las estrellas son los aforismos del cielo (Renacimiento, 2024), una nueva entrega de trescientas sesenta brevedades, rehuyendo, como es habitual en él, del aforismo edulcorado y postizo, poniendo distancia a cualquier ocurrencia o moralidad añeja. Porque lo que le gusta de verdad a Eder es provocar la sonrisa y el desconcierto en el lector que sabe leer entre líneas, al que, además, le impele a releer lo escrito para hacerle sopesar la verdad con la que esa verdad se oculta, importándole más la discreción que la elocuencia, la sencillez que la retórica, como denotan estos aforismos escogidos a vuela pluma: “Las librerías tienen algo de islas del tesoro en las que buscamos un libro que sea un tesoro”; “El arte de olvidar lo que habría que olvidar mejora la vida”; “El que sabe pedir sabe que no debe pedir demasiado”.

Su estilo, por otra parte, efervescente y ligero, se ciñe a una especie de refutación dispuesta a refundirse en una idea, en un vislumbre o en una paradoja capaz de despertar nuestra perplejidad, hasta incluso convertirla en una mueca risueña, como es el caso de estas epifanías: “La vida es buena solo si se tiene un buen final”; “Los mejores libros son los que nos dibujan mientras leemos una sonrisa en el rostro”; “Los pesimistas de pacotilla son los quejicas”; “Las mujeres se perfuman para que las recordemos”. Hay una mirada filosófica que toca con levedad lo que tradicionalmente se ha llamado vida contemplativa que, en Eder, no es sino una vida empapada de atención, de experiencia y de humor, como apuntan estos otros tres aforismos: “El mes más cruel es el último”; “Hay amigos a los que ya solo nos une un imperdible”; “Los fantasmas no existen pero insisten”.

Son ya muchos los libros de aforismos publicados por Eder que avalan su buena reputación en estas lides literarias, en un género de apariencia sencilla, pero muy puntilloso, tan preciso de inventiva como de buena mano en su confección. Talento y perspicacia conforman, junto a una buena dosis de escepticismo, su marca de tinta que, en esta ocasión, se acrecienta con el destacado humor que luce, quizá su libro más desenfadado y humorista. No hay página en él en la que no encuentres motivos para levantar la cabeza, marcar una sonrisa y volver animado para toparse con sorprendentes paradojas, relámpagos, pepitas, minucias refinadas, sutilezas, regusto por lo clásico o agudezas que tratan de decir algo nuevo que tal vez sabías y habías olvidado, que merece la pena ser releído y recordado.


La buena literatura son dos cosas: arte y verosimilitud. Se trata de dos consideraciones aplicables tanto a la ficción como a la no ficción, a la poesía, a las obras de teatro y, por supuesto, al aforismo. Ramón Eder persigue con donaire, ingenio y voz propia sostener al aforismo como posibilidad de verdad y de epifanía juntas, en el mismo punto de encuentro, como lugar que debe darnos que pensar, que asentir o dudar, pillarnos por sorpresa, y, cómo no, haciéndonos sonreír valiéndose de su ironía.

martes, 13 de junio de 2023

Ecos y soplos que nos nombran


Somos muchos ya quienes, para decirlo sin rodeos ni reservas, tenemos a Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) como el mayor aforista español vivo. Los aforismos de Eder, tan desnudos, irónicos y vivos, dejan en evidencia casi todo aquello elevado en torno a este género tan exigente, donde el matiz de cada vocablo es esencial, haciéndolo como acostumbra, sin levantar la voz, a lo suyo, que es lo del mundo, lo de todos. Por esta misma senda transitan Los regalos del otoño (Renacimiento, 2023), su nueva entrega de aforismos, con la particularidad de mostrárnoslos en sus justos términos, con el atuendo necesario para que en su levedad porten agua clara y aire limpio, de manera que su carga alusiva logre, con palabras certeras, lo que se propone y no resulte vano su empeño: “El aforismo no pretende decir verdades como catedrales sino pequeñas verdades como diamantes”.

La brevedad aforística suya se caracteriza, siguiendo la estela de autores clásicos como Nietzsche, Lichtenberg, Chesterton, Jules Renard, Lec o Bergamín, por su sintonía con el punto de vista irónico común de todos ellos. Para el navarro importa también, y mucho, alejarse de toda solemnidad y grandilocuencia, pero eso sí, con gracia irónica: “Qué solemne sería la literatura sin los escritores menores de segunda fila, amenos y llenos de gracia”. Los grandes temas literarios, como el amor, la muerte, el destino, el egoísmo, el discurrir del tiempo, la aventura de viajar, el sentido de la vida, los anhelos y fracasos, la ambición, la soledad o la melancolía, encuentran resquicios en sus breverías: “Viajar es la mejor manera de combatir la melancolía”; “Los abismos más profundos son los interiores; “La alegría es un estado de gracia”; “A los egoístas nunca les salen las cuentas”; “¿Quién habla de fracasos? Sobrevivir es todo”; “La muerte hace que la vida sea fantástica”; “Solo se vive una vez y a lo sumo dos”...

Para Eder, escribir aforismos es una manera de pensar, de entender y de considerar la vida, de acercarse a ella y meterse en su sustancia: un ser y un estar. Nos pone en contacto con los enigmas del vivir y nos anima a mirarlos de cerca, a meditar sobre ellos, sopesarlos y, de paso, a sacarles una mueca humorística: “Quien ordena nuestras cosas nos las desordena; “Los ignorantes se caracterizan porque no dudan”; “El que es buena persona no puede ser normal del todo”; “Las mujeres muy hermosas no tienen remedio”. Lo natural tiene esa perspectiva particular en su escritura, dispuesta para hacernos recordar cosas que sabíamos y nos importan, pero que tal vez habíamos olvidado. El lector musita en vecindad y compañía a lo largo de casi sus cuatrocientas muestras aforísticas, dejándose persuadir para interpretar y completar las rendijas y vacíos que ha ido esparciendo el escritor, como preludio de algo más misterioso y hondo no dicho.

Los aforismos de Eder se mueven por ese dictado, entre lo convincente y lo extraordinario. Por esos límites de nuestro lenguaje que, como decía Wittgenstein en su famoso Tractatus Lógico-Philosophicus, son los límites de nuestro mundo. Esa idea está presente en Los regalos del otoño, para hablarnos precisamente del mundo, como representación de lo que creemos que es, con nuestros propios códigos lingüísticos, pero de un modo indisoluble de mente y lengua, de aforismos como abrelatas del pensamiento ampliable a nuestras vidas, a nuestro presente conciso y llano: “Reírse más y quejarse menos enriquece cualquier vida”; “Nadie nos hace llorar más que los seres queridos”; “La ausencia de señales es una señal”; “Leer es una de las pocas formas de ganar el tiempo”; “La vida no es ni larga ni corta, es inconmensurable”.

Ramón Eder pertenece a esa clase de aforista que contempla al mundo con amabilidad, desparpajo y cierto aire de ironía. Sus libros llevan implícito la idea de dar un paseo, esa actividad vital en la que apenas reparamos para adentrarse en la magia y el misterio de lo cotidiano. Nos pone en contacto con los enigmas del vivir y nos anima a mirarlos de cerca con desenfado, a meditar sobre ellos y sopesarlos. Sentimos, en cualquiera de sus manifestaciones, que sus aforismos son síntesis que brotan de la vida corriente, y al leerlos tan así nos percatamos de la verdad honda que se deja ver en sus palabras, una verdad que no es una ocurrencia sobrevenida ni que, en realidad le pertenece sólo al aforista: concierne a todos.


Por todo ello, Los regalos del otoño es un libro ideal para degustar en pequeñas dosis, en cualquier momento y lugar, un ventanal fresco y ligero capaz de abrirnos los ojos y poder avistar sutiles miniaturas que aspiran a ser leídas bajo el espíritu que anima su prólogo: “para darle vueltas a los posibles dobles sentidos de las palabras”, un mural crítico a la vida que compulsa el sentido común de muchas cosas, una acequia susurrante en la que cada aforismo se desliza hacia lo que se funde y entremezcla con la verdad de la escritura y de la vida. Los aforismos de Ramón Eder dejan siempre ecos y soplos que nos nombran.


jueves, 30 de diciembre de 2021

Asuntos que nos van y nos vienen


Son más de treinta y cinco años los que lleva Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) escribiendo aforismos. Más de media vida. Una amplia y fértil trayectoria que le ha valido ser un escritor de referencia del género en nuestra lengua. Un total de nueve publicaciones dan buena prueba de su innegable calidad y alcance. Su arranque con La vida ondulante o El cuaderno francés, aparecidos en 2012 hablaban ya de un aforista de corte clásico, pero alejado de toda solemnidad. Sus resonancias destilan ironía, paradojas y perplejidades que, por este orden, le dieron pie a fijar un rumbo personal más acorde a un estilo socarrón de entender la vida, un camino del que nunca se apartaría en los libros que les sucedieron, como Aire de comedia (2015), Palmeras solitarias (2018), El oráculo irónico (2019) o Cafés de techos altos (2020). Cada uno de ellos habla por sí solo de quien lo escribe, alguien de vocación firme a la exigencia que desafía al género, alguien con un discurso natural y admirable que busca sin urgencia la condensación verbal y el juego lapidario.

En Aforismos y Serendipias (Renacimiento, 2021), su nuevo libro, no pierde comba en ello, sino que sostiene su crédito más si cabe en ese menester suyo de escribir sin pedantería y hacernos pensar o poner en entredicho algo, y, de camino, proveernos de una mueca risueña. Dice y subraya Eder, con cierta retranca, en el brevísimo prólogo del libro que: “El aforismo quizás ya no sea una sentencia breve y doctrinal como siguen diciendo los lentos diccionarios (...), el aforismo más valorado hoy día por el lector libre y experimentado –añade– es el que consiste en una breve frase inteligente que le haga prensar provocándole la sonrisa”. El término serendipia, bien traído al título, viene a poner énfasis al matiz etimológico de la propia palabra, igual que a imprimir carácter al sentido práctico y genuino del aforismo en cuanto a hallazgo afortunado.

Dice Ramón que “Escribiendo aforismos se encuentran serendipias”, y si él lo afirma, debe de tener razones suficientes para constarlo, ya que la casualidad también cuenta, ¿O no fue una serendipia el descubrimiento de la ley de la gravedad de Newton? Pero ya sabemos que la ironía y el humor son dos ingredientes fundamentales en el cocinado de sus aforismos. Leamos algunos de sus asertos: “Piensa mal y te caerás de un guindo”; “Los hay que están enamorados pero son asintomáticos”; “Sacar dinero de un cajero eleva nuestra autoestima porque parece que hacemos magia potagia”; “El nuevo Heráclito: «Todo influye».” Cada epifanía suya, ceñida al desparpajo de una reflexión, a la humorada insólita de una experiencia o al asombro de un paseante dispuesto a mirar lo que tiene de extraño el mundo que le rodea, es suficiente para ofrecernos una impronta tras otra con la que desatar una broma inteligente, apañada o sarcástica.

En ocasiones mira también hacia el lado menos amable de la vida, y hasta se sumerge en resaltar la contrariedad que supone aceptar la realidad, ya sea una ocasión perdida o la soledad de un día anodino, para concluir que eso mismo no es más que algo común a todos y, en cierto modo, poético, que sucede a menudo y de lo que se aprende mucho. Valgan estas cinco perlas: “Es melancólico ver a un cisne solo”; “No poder volar también es una minusvalía”; “La paradoja de la vida es que hay que vivir como si fuéramos libres sabiendo que no lo somos”; “De lo que se trata es de llenar el día de instantes maravillosos”; “Hay que cambiar mucho en la vida para seguir siendo el mismo”.

Son más de cuatrocientas muestras de vislumbres en las que caben paradojas, relámpagos, pepitas, humoradas, minucias refinadas, sutilezas, nostalgias del latín, regusto por lo clásico, agudezas o instantáneas que tratan de decir algo que merezca la pena ser leído y recordado. Porque a Eder lo que le apasiona del juego de la vida y de las palabras es desvelar algunos de sus secretos que no se ven a simple vista: “Hay aforismos que no dicen una verdad pero que son muy buenos porque desenmascaran una mentira”; “A las buenas personas le sientan bien tener cierta picardía; “Los libros con faja elogiosa parece que quieren tapar algo”; “A los pestillos de las puertas les debemos muchos ratos de felicidad”; “Jugar al ajedrez nos enseña a no caer en trampas tontas”; “Leer no te hace más inteligente pero te hace menos tonto”...


Eder rehúye, como siempre, del aforismo edulcorado y postizo, poniendo distancia a cualquier ocurrencia o moralidad arcana. Le gusta más provocar la sonrisa y el desconcierto al lector que sabe leer entre líneas, al que le impele a releer lo escrito para hacerle sopesar la verdad con la que esta verdad se oculta. Su lectura depara descubrir palabras justas para nombrar el mundo, con esa sutileza y retranca pícara, tan suya, que desborda ingenio y burla.

Uno, confeso ederista, confirma que Aforismos y Serendipias se revela como una etapa prolongada de una feliz estancia en el territorio de un género donde el autor conecta y se siente como Pedro por su casa, un suma y sigue sostenido y vivaz que perpetúa su apuesta deliberada de no caer en la trampa de lo obvio, ni en la mera ocurrencia, un libro consecuente con ese talante, que no se corta un pelo, que se lee con sumo gusto y que, desde luego, pone su atención y gracia en tantos asuntos de la vida cotidiana que nos van y nos vienen.


viernes, 18 de diciembre de 2020

Escritura salteada

En una época como esta de pandemia que nos está tocando vivir, en la que sigue prevaleciendo lo efímero e intrascendente, lo mediático y las redes sociales, Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) reivindica lo contrario: la búsqueda de la sabiduría que ponga sentido y pausa mínima a esto que llamamos vivir y que tiene mucho que ver con el recogimiento, la experiencia de estar solo, la observación de las cosas y el pensamiento. “Es bueno levantarse cada día sabiendo para qué”, nos dice. Cuando el mundo está como está, y la banalidad se expande, llega él con sus aforismos –una suerte de atención concisa e intención reflexiva sobre lo que acontece–, poniendo su perspicacia afinada en frases sencillas en las que condensa muchos de los entrecomillados de la vida.

En Café de techos altos (Renacimiento, 2020), su nuevo libro de aforismos, hay un aluvión de proposiciones y verdades que intentan amablemente continuar en ese rasgo suyo tan personal de tocar con los dedos, al menos para palpar de manera breve, fecunda y discreta, lo que pasa a nuestro alrededor. Para Eder, como dejó ya dicho en Ironías, uno de sus libros más celebrados, hay que empeñarse en llevar el sentido filosófico del aforismo al secadero práctico de la vida: “Toda filosofía que no nos enseña a vivir mejor es un abominable juego de palabras”, sostiene. Es consciente de la carga poética y filosófica que envuelve al aforismo, lo que no le impide asegurar que “El género aforístico, aunque trate de temas serios, siempre tiene algo lúdico”. Por eso añade con la retranca que le caracteriza que: “La crítica literaria no sabe si debe considerar al aforismo como poesía o filosofía y afortunadamente deja el asunto entre dos aguas”.

Eder es sin duda uno de los referentes destacados del género aforístico de nuestros días, el más prolífico, una voz singular que también tuvo tiempo para dedicarse a la poesía o al relato breve, pero que durante los últimos veinte años se ha ceñido exclusivamente al ministerio de una escritura tan exigente y arriesgada como es la del pensamiento breve. Para él es mucho lo que el aforismo incluye como arquetipo: humor, ligereza, epifanía y hondura. Siempre nos sorprenden sus hallazgos. Sobre el significado del aforismo tira de ingenio y donaire para afirmar que es “humor refinado”, “juego de palabras revelador”, “paradoja inquietante” o “burla sublime”. Incluso se atreve a nominarlo con cierta picardía como “erotismo de la inteligencia”.

A través de sus relámpagos, como a él le gusta llamar a esta forma de escritura híbrida y abreviada que encarna el aforismo, el escritor navarro encuentra su mejor manera de interpretar el mundo, sus puntos de vista propios sobre los asuntos domésticos y universales, un vehículo que le permite esbozar pensamientos, perplejidades y paradojas en las que contemplar un trozo de la realidad bajo una nueva luz a la que no le falta su chispa de humor en muchos de ellos, como por ejemplo en estos tres reclamos: “Todo está en los libros excepto los cuerpos que amamos”; “Los hay que cuando se encuentran bien van al psiquiatra”; “Se creía un pensador pero era solo un pensativo” .

Cuando uno lee a Ramón Eder, le vienen al paso, como un señuelo, los destellos que otros clásicos del género pusieron en su escritura. Me estoy refiriendo a autores de la estirpe de Jules Renard, Lichtenberg, Karl Kraus o Nicolás Gómez Dávila, escritores que desde la sobriedad de sus textos breves nos hacen sentir inteligentes y avispados, sin tener que acudir a ningún tipo de retórica ostentosa. Eder se sitúa en la misma línea de flotación que estos maestros del aforismo hicieron para poner rumbo y puerto a sus brevedades. Se sirve de su mismo deambular, concentración y parquedad como manera reducida de encauzar al lector en su tránsito literario por sus aforismos. En ese sentido tiene claro, y así lo subraya, que “Un aforismo es medio aforismo hasta que el lector le añade la otra mitad”.

En ese sentir y empeño, la lectura de Café de techos altos, nos pone de nuevo ante un escritor curtido en estos lances de incorporar al lector al espíritu de sus piezas teniéndolo siempre muy en cuenta. Su credo literario aspira a eso, y para tal menester, a esa forma de entenderse con las palabras más sencillas, sin más artificio retórico que fijar su atención en lo contemplado con cierta chispa y descreimiento. Ese es su estilo, apartado de cualquier solemnidad, del que se vale con gracia y naturalidad para incitar al entendimiento del lector, como se cierne en este aforismo lleno de sagacidad y maestría: “Son muy importantes los escritores que nos dicen lo que ya sabíamos, pero que no sabíamos que lo sabíamos”.

Son ya muchos los libros de aforismos publicados por Eder que avalan su buena reputación en estas lindes literarias, en un género de apariencia sencilla pero muy exigente, tan preciso de inventiva como de buena mano en su confección. Ensamblarlo en un volumen como este que contiene más de cuatrocientos aforismos resulta una apuesta aún más minuciosa y determinante por lo que reclama de destellos continuados en su conjunto. Esta nueva colección suya participa de muy buenos ingredientes, con notas de intensa introspección y otras muchas que glosan sobre la literatura, que remarcan guiños a los libros, a la amistad, al talento, a la belleza, a la cultura, al saber estar. Dice en uno de ellos a este respecto: “El arte de irte antes de que te echen evita muchos disgustos en la vida”.

El aforismo, de aparente facilidad constructiva, posee una dificultad inusitada cuando se concibe como una concatenación que dé pie a escribir un libro de aforismos. Los libros de Eder poseen ese magisterio y talento que invitan a asistir a una celebración fecunda de fugas y vislumbres con la intención y calidez necesarias para convertirse en un ámbito de remanso y reflexión alejado de certezas prolijas, mucho más ocupado en provocar nuestra curiosidad y aguzar, por qué no decirlo, nuestro entendimiento.


viernes, 20 de septiembre de 2019

Tractatus a ras del suelo


La obra aforística de Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) es de las más fructíferas del panorama literario español de este siglo. Su última entrega, El oráculo irónico (Renacimiento, 2019) se suma a esa práctica exclusiva del género breve que ya iniciara hace casi veinte años con su primer tratado, de renombrado éxito: Hablando en plata (2001), dio paso después a Ironías (2007) y La vida ondulante (2012), este último un recopilatorio de sus dos anteriores libros en el que insertó un buen número de textos nuevos nominados Pompas de jabón. Después vendrían El cuaderno francés (2012), Relámpagos (2013), Aire de comedia (2015), Aforismos del Bidasoa (2016), incluido en una reedición de todo lo anterior bajo el título de Ironías. A continuación llegaría Palmeras solitarias (2018) y un librito titulado Pequeña Galaxia (2018) en el que recoge sus aforismos sobre el aforismo, ya publicados, así como algunos más, inéditos.

Eder tiene ese donaire de decirnos cosas graves con jovialidad, cosas serias sin grandilocuencia, agudezas sin tono sentencioso, porque para él lo bien dicho, como decía Gracián, enseguida se dice. En todo libro suyo, cada aforismo busca la sorpresa, la paradoja, la sabiduría de andar por casa, la epifanía aplicable a situaciones concretas, con los ojos puestos en la realidad y, las más de las veces, a pie de calle. Incluso cuando habla del aforismo desde su significado es capaz de ofrecer un buen repertorio sin acudir a la retórica, como muestra en el epílogo que cierra El cuaderno francés: «El aforismo –dice–, cuando es bueno, es una verdad irónica..., es un humor refinado..., es ética sutil..., es un cuento sintético..., es una paradoja inquietante..., es sabiduría lapidaria..., es el erotismo de la inteligencia».

En El oráculo irónico, también recoge matices y epifanías acerca de la esencia del aforismo: “Los mejores aforismos –dice en uno– son piedras preciosas..., pero están muy bien los que son piedras semipreciosas”; o este otro: “El buen aforismo es el que dice con gracia algo interesante que ya se decía pero de cualquier manera”. Para Eder la condensación que exige el género supone su esencia formal que tiene, incluso, buenas consecuencias: “Leer aforismos enseña a leer entre líneas”. Y desde luego, siempre está dispuesto a hacerle un guiño y divertir al lector, como ocurre con estas dos frases felices: “Un buen aforismo antes de ser entendido del todo ya nos ha encantado”; “Los aforismos sobre aforismos son aforismos que se muerden la cola”.

Resulta casi imposible leer un buen libro de aforismos sin la ayuda de un lápiz bien afilado. Pero cuando se trata de un libro de Ramón Eder, lo digo por experiencia continuada, conviene acompañarse de un sacapuntas, no solo para afinar el subrayado, sino por el desgaste de tantos trazos que impelen marcar sus textos. En su nueva obra, sin duda, la más divertida de toda su producción, la profusión de esta tarea se amplía gracias a la variedad de textos cuyo estatuto genérico, marca de la casa, se inscribe en una línea persistente de ironía y humor, tan reconocibles de su estilo, extraída de lo cotidiano y hasta de la historia pasada, como esta revelación: “La ironía nació cuando los primitivos empezaron a utilizar la ropa”. O esta otra nada ingenua: “La primera vez se besa como un fin, las demás como un medio”. También hay lugar para las leyendas y sus réplicas: “Existe un tipo de locura que consiste en creerse San Jorge siendo el Dragón”.

Entre la literatura y la filosofía, entre la paradoja y el pensamiento, el perfil aforístico de Eder se despliega por un terreno persuasivo inimitable. Es en ese carácter fragmentario, compuesto por afirmaciones, donde mejor se halla dispuesto a comprometerse y a sopesar lo dicho. Eder no discute ni explica, tampoco le gusta preguntar engañosamente. Le basta solo con afirmar. Dice Sergio García en el prólogo del libro que “Ramón Eder ha sido siempre fiel a su principal característica: la reflexión luminosa”, y es que el escritor navarro se encuentra a gusto en ese recinto, en esa maqueta literaria donde mejor cabe el pensamiento, la gracia y la revelación concisas para decir algo de la verdad que comparte. En ese sentido, es un autor que le gusta reclamar la colaboración del lector para tal fin, consciente de que “No es bueno que en un país haya más escritores que buenos lectores”.

Tocante a la literatura y, en especial, en referencia a la escritura aforística, nada me complace tanto como compartir mi fascinación por este género fragmentario tan paradójico. El oráculo irónico lo agranda. La destreza de Eder se forja a ras del suelo. Sus aforismos son más tierra que aire. Merodean por la ética y la moral con sutileza y amabilidad, sin altas pretensiones. Sabe que los clichés morales están en las antípodas de la realidad. Sus textos se atreven con darle la vuelta a la manzana, a veces, cargando la tinta sobre lo no dicho, insinuando su secreto implícito, y otras, acelerando el pulso del lector: todo un síntoma.

Que nadie busque aquí respuestas de ninguna deidad, algo propio de los oráculos de la antigüedad, porque los súbitos alumbramientos que se esparcen por el libro contienen, más bien, lo insólito de un tractatus, como si se tratara de un manuscrito antiguo en el que su autor esboza, sin pretensiones de vuelo filosófico, ni ánimo de proclamas, desvelarnos secretos cotidianos con un planteamiento discursivo de sencillez asombrosa, pero, a su vez, de carácter proteico, como muestra el aforismo que pone colofón al libro: “Al final uno acaba pensando que un día perfecto es un día cualquiera”.


martes, 5 de junio de 2018

El placer de perdurar


Si para Gabriel Celaya la poesía es un arma cargada de futuro, y si para Agustín de Hipona si nada pasase no habría tiempo pasado, y si nada sucediese no habría tiempo futuro, para Ramón Eder (Lumbier, Navarra, 1952) “el aforismo es un arma cargada de inteligencia”, pero también asegura que “si no me preguntas qué es un aforismo lo sé, si me lo preguntas no lo sé”. En ambos casos hay una conciliación con lo que formulaba el poeta de Hernani y el autor de las Confesiones, que viene a confirmar lo que apunta Felix Trull sobre el significado del aforismo: una isla rodeada por todos lados de otros aforismos.

Con ciertos libros de aforismos suceden estos misterios. De hecho, no son los lectores quienes los leen y subrayan, sino más bien parece todo lo contrario, que son sus frases las que leen el pensamiento de los lectores, como si ellas fueran las encargadas de interpretar y revelar las ideas y los vínculos de quienes sostienen el libro entre sus manos complacidos de esa reciprocidad secreta que les unen.

El caso es que Palmeras solitarias (Renacimiento, 2018) está en esa órbita que surca todo buen libro de aforismo, la de evocar algo parecido a esas sensaciones en el lector, como si él mismo lo hubiera musitado antes de que su autor viniera a plasmarlo por escrito. Eder tiene esa capacidad seductora de hacer que el lector de sus aforismos se considere partícipe de sus epifanías, algo que viene cultivando desde hace veinte años con la rotundidad admirable de pertenecer al grupo selecto del género breve, de la estirpe de Karl Kraus, S. Jerzy Lec, Jules Renard o Nicolás Gómez Dávila, autores todos ellos de innegable referencia, que se mueven como pez en el agua entre la paradoja, la metáfora y el juego de palabras, capaces de enfrentarse a la experiencia de lo absurdo y de las perplejidades de la vida. La vida es la mina a la que acude también Eder para extraer las enseñanzas y revelaciones que originan sus asertos, sus hallazgos felices y contradicciones socarronas.

Ramón Eder es un escritor que lleva como credo literario en su obra aforística ese que entiende que las palabras no aspiran más que a un modo de vestir el pensamiento a su medida, sin más artificio retórico que saber poner en entredicho lo contemplado con cierta chispa. Su inigualable estilo se filtra con naturalidad por la senda impaciente que todo lector lleva consigo cuando se pone a leer este tipo de libros que, si no entretiene al mismo ritmo que dilucida reflexiones e ideas, pudiera abandonarse a las primeras de cambio. Son ya muchos los libros de aforismos que avalan su reputación en estas lides, un género de apariencia sencilla pero muy exigente, que precisa talento y pericia a la hora de crearlo.

La ironía y el humor, además de su buena dosis de escepticismo constituyen los ejes que atraviesan de cabo a rabo las ideas y epifanías que Eder despliega en la concepción de sus aforismos, poniendo distancia a cualquier ocurrencia o moralina y huyendo del aforismo edulcorado, sin sustancia y encorsetado en una buena frase. El navarro se ocupa de escribir para ese “lector que sabe leer entre líneas”, porque para él “la ética del aforismo reside en no decir tonterías”, ni hacer trampas.

Los buenos aforismos resisten al paso del tiempo, perduran y se hacen valer, pero sin son muy buenos –subraya Eder– ya son de todo el mundo. Palmeras solitarias contiene más de doscientas piezas, una treintena de ellas ilustradas por el propio autor, de las que destacan un buen puñado de ellas, irresistibles por su astucia y gracia, más preocupadas en aludir que en explicar, y eso las agranda en su alcance. Si hay algo especialmente genuino en los aforismos de Eder es esa melodía humana y cáustica que los atraviesa. Muchos de sus hallazgos encuentran lo universal en lo particular.

La buena literatura son dos cosas: arte y verosimilitud. Se trata de dos consideraciones aplicables tanto a la ficción como a la no ficción, a la poesía, a las obras de teatro y, por supuesto, al aforismo. El género aforístico tiene como objetivo preservar las posibilidades de la verdad y de la epifanía juntas, en el mismo punto de encuentro, el lugar que debe darnos que pensar, que hacernos asentir o pillarnos por sorpresa.

Escribir un buen libro de aforismo no está al alcance de cualquiera. Hace falta ser un buen lidiador del lenguaje para recrear la vida a partir de un detalle de esa misma vida. A los que somos entusiastas de este formato literario nos chifla lo inaudito, y Eder en ese aspecto es un artista consumado, fino, sagaz y fiable, que no te da gato por liebre, capaz de detener el tiempo con inteligencia para retenerlo el momento justo de extraer alguna consecuencia dispuesta a perdurar en nuestra memoria. Para no perdérselo.


viernes, 10 de junio de 2016

El gran capo del aforismo

El aforismo más conocido y, probablemente, más contundente del Tractatus del genial Wittgenstein puede que sea este: “De lo que no se puede hablar hay que callar”. El filósofo se propuso con ello afinar sobre los límites de lo que podemos pensar, y especialmente de lo que podemos reflexionar con las palabras. De ahí que defendiera a ultranza que lo que podía pensarse con palabras podía ser dicho claramente y sin ambages en un lenguaje lógico.

Los aforismos de Ramón Eder (Lumbier, 1952) tienen ese halo semejante al arte de pensar wittgensteiniano: austero, retirado, lógico y conciso, que aspira a la verdad y a la claridad, pero el pensamiento del poeta y escritor español está hecho de fragmentos y destellos de la filosofía moderna más pragmática, donde el humor y la ironía menudean como alivio a la gravedad reinante en tantos cultivadores del género.

Ironías (Renacimiento, 2016) reúne en un único volumen toda la trayectoria aforística de este autor desde que se inició en este arte minúsculo hace quince años y que comprende La vida ondulante y Aire de comedia,  a los que añade una nueva sección bajo el nombre de Aforismos del Bidasoa, inéditos hasta el momento. En todo aforismo, lo principal para Eder es la frase certera, la manera en que cada palabra se inserta en ella, sin grandilocuencia, ni dogmatismo. Lo importante es la eficacia de lo escueto bien dicho, la paradoja, la ambigüedad bien urdida, el modo en que el pensamiento toca el sentido, las emociones. Lo importante de los aforismos son los estados de conciencia que puedan crear en el lector, a ritmo de frases medidas, sin ajarse en el camino, pese a su fugacidad inherente. A estos rasgos definitorios de su manera de concebir sus ironías y relámpagos, como le gustan definirlos, debemos añadir otros propios y genuinos a su carácter, como son su tendencia al humorismo y a lo contradictorio de la realidad.

Cada sentencia breve suya, tan ceñida a la esencia de una reflexión, a la perplejidad inusitada de una experiencia o al asombro cotidiano de un paseante dispuesto a mirar el mundo insólito que le rodea, puede ofrecernos argumentos para la broma inteligente, el ingenio, la efervescencia de la vida, el desánimo o el sarcasmo. No es muy dado a hacer frases sonoras sobre la desdicha personal, como tampoco a valerse de esas noticias, aparentemente buenas, que a veces nos estropean el día. En ocasiones hasta hurga en esa benevolencia excepcional de lo que significa un día perfecto para concluir que no es más que algo corriente que llega a suceder a menudo. “Ser ligero en literatura –subraya– es la única manera de no ser un escritor pesado”.

Ironías es más que un libro entretenido, porque también es ponderado y serio, aunque sarcástico, y admite muchas lecturas, tantas como uno esté dispuesto a consentirse, sumergiéndose cientos de veces en lo cotidiano, que es donde reside la auténtica trascendencia humana, como con delicadeza nos muestra su autor. No siempre apetece leer a Wittgenstein o a Heidegger, otro grande de la filosofía del siglo XX. Los aforismos de Eder, además de amenos, son enciclopédicos en su temática, cumplen con la dicha y la honra de multiplicar con sutileza y sabiduría las muchas cosas que suman, restan y dividen en la vida, a golpe de destellos y sonrisas, la mayoría de las veces frescos, las menos con muecas, y todos con una cierta didáctica sutil que nace del análisis de la propia experiencia, pero alejados de la máxima o de cualquier doctrina moralizante que se le parezca.

Esta reseña debería haber sido más breve de lo que finalmente resultó, en concordancia con el género que conforma su esencia: precisión, brevedad y agudeza. O simplemente haber sido más eficaz y audaz aunando el impecable y hermoso prólogo del libro, a cargo de Carlos Marzal, con la felicísima solapa firmada por Enrique García-Máiquez y, a modo de coctel, agitar la sustancia que glosan sus palabras para después mostrarla y servirla para deleite de curiosos. Ambos poetas, introductores, entusiastas y practicantes del género aforístico, no fingen, ni esconden su interés y admiración por el escritor navarro, el gran capo y referente vivo del aforismo español al que cuento entre mis predilectos.

Leer a Ramón Eder es apreciar su peculiar sensibilidad y su destreza verbal amable, perfectamente afilada y divertida, que nos hace recalar en los grandes maestros del género y en nuestra propia existencia, sintiéndonos un poco más sabios e insignificantes.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Relámpagos en la oscuridad


Para Edmundo de Ory los aforismos eran aerólitos, para Carlos Castilla del Pino, aflorismos, para Carlos Marzal, estas frases breves y discontinuas son puros electrones y para Ramón Eder, relámpagos fulgurantes. En todas las épocas han surgido escritores de aforismos, apegados a analizar críticamente el mundo que les rodea. Quizás hoy en día, los escritores amantes de este género, como Ramón Eder (Lumbier, 1952) dan un giro a esa tradición iniciada por los moralistas franceses, tan llena de solemnidad y grandilocuencia, y se centra más en acentuar la ironía y la mordacidad. La editorial Cuadernos del Vigía publica la última incursión del escritor navarro en este apasionante mundo de los aforismos. Relámpagos viene a constatar que, cuando los aforismos son buenos, cristalizan en filosofía, en frases felices que invitan a reflexionar y, muchas veces, sorprenden por la metafísica que contienen.

Ramón Eder, felizmente para sus lectores, continúa en esa senda del aforismo. No pasaron desapercibidos sus anteriores libros; La vida ondulante y El cuaderno francés que lo encumbraron al parnaso de los mejores escritores de este género, que sigue tan vivo como antes. Eder se siente como Pedro por su casa en este terreno tan conciso y a su vez tan lapidario. No hay mayor receta aforística para el conspicuo y socarrón autor de Relámpagos que el significado intrínseco que precisa el aforismo: es cinismo superior, es una paradoja inquietante, es alegría instantánea, es ética sutil...

Algunos destellos de Relámpagos que demuestran que, cuando el aforista da en la diana, se produce el milagro en el lector:

Los errores no se suelen pagar cuando se cometen sino cuando ya nos habíamos olvidado de que los habíamos cometido.

Los éxitos en la vida siempre dejan secuelas.

No es lo mismo ser un escritor excelente que un excelente escritor.

En las discusiones idiotas gana el que pierde.

En sueños nadie es monógamo.

Una de dos: o me pides perdón o te lo pido.

Ya solo se querían en posición horizontal.

Se escribe para llevar doble vida que es una manera de vivir el doble.

Es maravilloso que lo que más me gusta de ti, además, lo tengas por duplicado.

Leer ciertos libros mejora nuestra biografía.

En internet está todo, excepto lo importante.

Un día de perros, gracias a la chimenea, se puede convertir en un día de gatos.


Ramón Eder reúne 286 relámpagos (si no me he equivocado en la suma) en una antología donde no faltan los grandes temas literarios que le gustan tanto al navarro: el amor, el paso del tiempo, la lectura, los paraísos perdidos, el sentido de la vida, etc., y lo hace ufano, sin prepotencia, pero con la agudeza necesaria para que deslumbren. Eder sabe de la repercusión de este género y nos alerta con sarcasmo de que: en los libros de aforismos, entre aforismo y aforismo, tiene que haber un buen espacio para que corra el aire.

Relámpagos es otro feliz capítulo dentro de la obra aforística de uno de los más grandes de este género de las letras actuales españolas.

miércoles, 31 de julio de 2013

Lo contrario de un mamotreto


El sello editorial Renacimiento tiene de bueno, además de Abelardo Linares, su alma mater, la apuesta por la publicación de colecciones singulares, como por ejemplo: Espuela de Plata, Los cuatro vientos o la Biblioteca de la memoria. Inaugurada en 1977, continúa viviente y apostando por nuevas iniciativas para ampliar su oferta editorial. En este camino y, bajo la dirección del escritor Manuel Neila, nació en el año 2010 la colección A la mínima, un proyecto para acoger distintos textos de aforismos escritos por autores de antes y de ahora.

Acabo de leer, con la parsimonia debida, una de estas propuestas del catálogo en marcha de esta interesante colección, editada en el año 2012. Me refiero a La vida ondulante, un texto sobresaliente de aforismos de Ramón Eder (Lumbier, 1952), mi autor predilecto en estos menesteres. Si El cuaderno francés fue un hallazgo memorable, dos libros, anteriormente publicados: Hablando en plata, en 2001 e Ironías, en 2007, y una nueva sección, inédita hasta el momento, Pompas de jabón, conforman el volumen La vida ondulante que se ubica en la misma dimensión: un compendio del pensamiento breve, desbordante de humor, ironía y frases felices. Un juego revelador de sabiduría lapidaria.

El escritor navarro ha manifestado en más de una ocasión que el aforismo empieza a renacer, a pesar de que durante años fue un género muy marginal y minoritario. Sostiene Eder que el resurgir obedece a que “los géneros breves se prestan mucho a estos tiempos de prisa y rapidez. Y también a la búsqueda de la intensidad frente a los grandes discursos. Ahí está Twitter o los blogs, que se prestan a los textos breves”.

Bergamín decía que “un aforismo más que cierto o incierto, debe ser certero”. De esta creencia nace el material literario que despliega Eder en La vida ondulante. Ramón Eder es un escritor de aforismos certero, poseedor de un discurso natural hacia la condensación verbal. El presente volumen es todo un breviario filosófico, de largo alcance, donde el pamplonés se desenvuelve con el oficio cuidadoso de un orfebre del lenguaje. Todo en él es justo y conciso, aunque a veces le de la vuelta a la tortilla y resulte contradictorio. De esta escritura fragmentaria, llena de amenidad e ironía, emana una racionalidad fulminante, como muestran estos textos seleccionados:

Un político es un ciudadano menos.

Todo rey parece bueno en el exilio.

Contradecirse es la única manera de no tener ideas fijas.

El aforismo es un género literario que no gusta a los lectores pasivos.

Los libros cuando son malos son muy caros, y cuando son buenos son una ganga.

Somos inmortales todos los días de nuestra vida, excepto uno.

Cada día es una odisea y cada noche una ilíada.

Dormir bien es tener solucionado un tercio de la vida.

A las personas que tienen dos caras hay que mirarlas de perfil.

Esto y mucho más encierra la miniatura literaria de Ramón Eder, un grande del pensamiento breve actual. La vida ondulante es un texto pequeño, lo contrario de un mamotreto, pero denso, profundo como un pozo, desde donde podemos aliviar nuestra sed. Abrirlo por cualquiera de sus páginas es un regalo inagotable, rebosante de vida.