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miércoles, 27 de agosto de 2025

Las horas y los días


No me cabe duda de que la lectura, los libros, son el más asombroso principio de libertad y fraternidad con que cuenta el ser humano. Los libros constituyen la posibilidad de vivir otros mundos, de sentir otros pensares que los reiterados esquemas que nuestra mente se ha ido haciendo a lo largo del tiempo. Los libros son puertas que nos enseñan a mirar mejor el mundo. Nos leen también porque sus palabras son miradas que reflejan la realidad de lo ajeno en lo propio nuestro. La lectura es, por eso mismo, un refugio y un poder: el poder del goce de la soledad. En ese sentido, la escritura también es un vínculo necesario que interviene para tal fin, un trabajo preciso en ese mar donde todos los recuerdos nadan en busca de una revelación para contar lo indecible de la vida de cualquiera.

Para José Luis Cancho (Valladolid, 1952), autor de cuatro novelas: El viajero junto al mar (1999), Grietas (2001), Indicios (2004) y Lento proceso (2013), así como el libro autobiográfico Los refugios de la memoria (2017), contar lo indecible tiene mucho que ver con ese afán de vivir y de escribir, de rebeldía y de reflexión que el escritor lleva consigo. En su reciente libro publicado, El murmullo de los otros (Papeles Mínimos, 2025), hermoso título con el que debuta en el género del diario, destaca esa interrelación permanente entre la vida y la escritura, como así refleja en estas palabras suyas: “la vida como raíz de la escritura, la escritura como apuesta esencial de la vida”. Lo primero que encontramos aquí, algo muy propio de un diario, es la voz narrativa del autor. Esa voz, además, nos va a acompañar desde la primera página hasta la última, y nosotros, los lectores, debemos creer en ella. Como mínimo, debería hacernos sentir algo que nos permitiera concebir una opinión concreta y constante sobre su verdad, su idiosincrasia y su naturaleza.

Cancho se deja ver en su esencia, y, también, como lector entusiasta de diarios, un género que, como subraya, “te mantiene atento, alerta, a la escucha”. Su libro recoge entradas que van desde diciembre de 2022 hasta diciembre de 2024 y, en ellas, lo que predomina es la literatura por encima de todo, no como artificio que se desentiende de la vida al imitarla, comentarla o ironizarla, sino como la propia vida en sí. La literatura y la vida, la vida y la literatura andan aquí bien cogidas de la mano, como si tal cosa. Ambas también se explican por sí mismas. Cualquier ejemplo de sus ochenta y cinco páginas sería válido para abundar en ello: “Tengo la impresión de que cada día que pasa me vuelvo más huraño, más solitario, más duro, menos accesible a los demás... Me refugio en mis pensamientos, en la contemplación privada de la naturaleza... Por ahora, solo me queda aceptar los ritmos que la creación impone, estar atento a la necesidad interna de escribir”, escribe, valga la redundancia.

Cancho aspira a explicarse por tanteo y aproximación, condensando, a fuerza de tomar experiencias del día a día, con muchas citas y alumbramientos de los libros leídos. En ese sentido, su diario se convierte en un cuaderno de notas, una suerte de cuartel de invierno, una alacena de hallazgos donde abastecerse. En ellos hay estancias e imágenes en las que se han ido colocando trazos de palabras que revelan cosas de lo que le importa de verdad, de lo que le conmueve: “Me pregunto si esto que he empezado a escribir acabará convirtiéndose en un diario de lecturas o en un cuaderno de citas o en un diario de muertos. Posiblemente, los tres a la vez”, nos dice. El murmullo de los otros, en su esencia, es un libro breve e intenso, lleno de detalles literarios y personales extraídos de las horas y los días, que muestran instantes seleccionados, momentos reveladores en los que el propio escritor se interpela con ese mecanismo de evocación de una realidad vivida, y de muchas lecturas, consciente de que cuando lo hace no se puede quitar de en medio.

Abunda Cancho en ese alegato sobre los libros y la lectura con apasionante empeño. Y lo hace con atención y deleite: “Afirma Kierkegaard que para vivir la vida hay que mirar hacia delante, para entenderla hay que mirar hacia atrás.... La memoria es en rigor nostalgia, deseo de encontrarse como en casa en todas partes, afirma Novalis”. En esa misma analogía asienta su manera de entenderse con el mundo a la hora de escribir y verse reflejado en los demás: “Ocultarse en el lenguaje, habitar en él”. En cada entrada encontramos mucha vida arremetida en esa continuidad que supone vivir lo cotidiano, explorando, a modo de ensayo, lo que sucede ante los ojos de quien escribe a poco que fije su mirada sobre el mundo que le rodea.

Un diario siempre dice mucho de la realidad de quien lo escribe, tanto con la palabra escrita como con los silencios guardados entre líneas. El murmullo de los otros es un pretexto para hablar de la inquietud por la literatura y por la vida, para hablar del paso del tiempo y de su huella. Todo en él parece observado con deleite y miramiento, pero, a su vez, con una pátina bienhumorada de regusto por los libros que hace más amena y jugosa su lectura. Ningún género, y mucho menos un diario, puede escapar a la subjetividad del autor, a su propia condición y a sus legítimas motivaciones.


Este libro sintético y reflexivo nos hace pensar que estamos ante un escritor que observa el mundo con una mirada sutil y serena, capaz de contagiarnos el placer de leer, el gozo de lo cotidiano y, especialmente, el sabio interés de acometer la realidad a través de la memoria de los libros. José Luis Cancho encuentra aquí un terreno fértil para explorar los límites de su escritura y, al propio tiempo, compaginar el discurrir cotidiano al son de la palabra y de la vida. Más de lo que parece.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Viaje por Umbría


Cada vez soy más consciente de que no alcanzo a leer todo lo que quisiera, ni siquiera a ponderar suficientemente lo que mejor me conviene ante tantos títulos como se publican. Y, sin embargo, sigo leyendo y leyendo y leyendo. No podría vivir sin libros, ni quiero pensarlo. Para mí, leer es una forma de dilatar el placer de vivir. La literatura es la proveedora indiscutible de este desate mío, de hacerme partícipe de su incitante reclamo. Y más aún si el libro que empiezo a leer es el de un autor como Vicente Valero (Ibiza, 1963), que posee ese don singular de compartir con el lector su escritura de tono íntimo, claro y sencillo, de su trabajo meticuloso e intrincado que pone en valor y perspectiva la vida y la literatura.

Valero lleva una trayectoria literaria tan semioculta, como larga y fecunda. Cuenta en su haber con seis libros de poemas publicados. Se inició como prosista en 2001 con un ensayo biográfico sobre Walter Benjamin y luego debutó en la memoria y la reflexión artística con otras dos obras. En 2014 se dio a conocer en el género narrativo con la novela Los extraños, un estreno sorprendente que tuvo muy buena acogida entre sus lectores y la crítica. Después aparecieron Las transiciones (2016) y Enfermos antiguos (2020), y otros textos, entre ensayo literario y libros de viajes, como El arte de la fuga (2015) o Breviario provenzal (2021). Vuelve ahora a sorprendernos con El tiempo de los lirios (Periférica, 2024), un viaje por Umbría, territorio poblado de signos del pasado para indagar en sus huellas y desvelarnos los entresijos y andanzas de una figura, como san Francisco de Asís, un ser poseído de una razón mística y una conciencia casi sacramental sobre la naturaleza y la condición humana.

El tiempo de los lirios es un libro de viajes de quince días que el autor lleva a cabo por Umbría y sus enclaves históricos, un mapa itinerante que le sirve para recorrer sus pueblos, e indagar en sus esquinas y plazas, así como la piedra que reviste a toda esta región de la Italia central, que sin estar bañada por el mar, es un territorio lleno de agua y esplendorosas ciudades, como Asís, Gubbio, Foligno o su capital Perugia. Por estos lares discurre su andanza en compañía no solo del espíritu del santo Francisco, sino de lo que supuso su testimonio en su deambular por la región. Valero, a su vez, intercala en su narración una sugerente referencia de escritores y pensadores que, al igual que el protagonista del libro, no depusieron su actitud crítica de la época que les tocó vivir, como Goethe, Simone Weil, Chesterton, Walter Benjamin, Herman Hesse o Emilia Pardo Bazán, en sintonía con el mensaje franciscano de transformar la realidad social, religiosa y cultural del momento.

Bajo la misma forma de dietario que en su Breviario Provenzal (2021), un exquisito recorrido interior por los secretos de Provenza tras la huella de Petrarca y de otros artistas y poetas, Valero nos lleva ahora por rutas franciscanas en El tiempo de los lirios, a través de una Umbría primaveral repleta de luz y arte, plena de paisajes telúricos y místicos, donde el humanismo renacentista emergió con afán de rescate. Viene a decirnos Valero que es difícil escribir algo sobre esta región que no esté impregnado de la fama de San Francisco de Asís que, según nos cuenta, perdura por su condición de adelantado a su tiempo, de constante precursor por el respeto a los animales y al entorno natural, por su sentido estoico de forjar una vida de pobreza voluntaria para conseguir ser plenamente libre.

Conforme vamos leyendo, percibimos ese interés de Valero por reivindicar la presencia de un pasado interpelante, de un legado como el de la Edad Media con toda esa parte existencial de grandes humanistas: artistas, escritores y religiosos que pusieron luz a puntos oscuros de nuestra existencia, y mostraron que vivir consiste en responder a los acontecimientos, a las contingencias del tiempo, a los enigmas de la historia y alumbrar lo que importa: el conocimiento y la moral como baluarte de prosperidad y entendimiento. Aprovecha el escritor ibicenco este fin narrativo ejerciendo de guía para que el lector no pierda detalles, mostrando las singularidades del paisaje, conectando los pueblos y basílicas por donde la figura de Francisco y su orden mendicante recalaron en aquellos viejos tiempos, henchidos de convicciones.

Esta Umbría revisitada conserva el esplendor monumental de su pasado medieval, siendo cuna, a su vez, de una larga tradición literaria y de arte pictórico basados en la vida y milagros de un santo que propició un nuevo alegato de espiritualidad ligada a la fraternidad, la humildad y la pobreza. Una espiritualidad que hoy en día se nos antoja merecedora de resaltar frente a las injusticias e incongruencias de los tiempos que vivimos. Igual que su poesía, Valero concibe la narración bajo ese prisma temporal de combinar presente y pasado. Para él, viajar, caminar, trasladarse y observar es vincularse al buen fin de su literatura, como conjuro y metáfora de creación, que implica una mirada escrutadora a la historia y a la propia razón de ser de sus protagonistas, como así refleja El tiempo de los lirios.


En las páginas de este cuaderno de viajes encontramos las contraseñas, asombros y encantamientos que Vicente Valero experimentó en su recorrido por Umbría, tan emotivo e intenso como abierto y fecundo. En conclusión, nos hallamos ante un libro de hermoso título que se deja leer gratamente y que nos coloca en esa condición de nómadas que muchos llevamos en secreto, una obra que cautiva por su amenidad y compromiso estético e histórico.


martes, 20 de agosto de 2024

Treinta y tres veranos


José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) es un autor que practica como pocos la reflexión y la transcendencia de la vida cotidiana a través de una escritura autobiográfica de gran carga poética, que atraviesa el tiempo y el espacio, y que supone un canto y un reflejo de esa filiación insular propia de mediterraneidad inherente a sus textos. Consciente de que escribir es siempre un ejercicio de incertidumbre, un viaje desde las tinieblas hacia la claridad, como dejó bien dicho en sus Diarios (Península, 2000), destaca allí mismo cómo la alquimia de la escritura transforma cualquier vida en una vida distinta y apasionante: “Escribimos esas sombras que se nos imponen, desvelando parcialmente nuestro propio misterio y construyendo así los fragmentos de un mundo que nos explica”.

Llop es un escritor sutil y hondo al que le gusta cuidar el huerto de las palabras y escuchar el rumor del mar, alguien convencido de que la tarea de escribir es refugio y exilio voluntario, que sabe que los días sin escribir son días de purgatorio y que, por eso mismo, aprender en la sequía debe servir, como decía Iris Murdoch, para «mirar con fuerza al mundo, que se presenta misterioso e irreductible». Todo cobra sentido para él cuando se cuenta y, en ese sentido, Si una mañana de verano, un viajero (Alfaguara, 2024), su nuevo libro, incorpora un buen repertorio de memoria personal, historia y lecturas que aspiran al reencuentro de sus vivencias en esa escritura del yo que repara y fabula en torno al tiempo del narrador, como testimonio y recuerdo vivo, como señala en sus primeros lances: “Y si escribimos sobre una casa o un paisaje donde vivimos tiempo atrás, el vacío será doble, pero es necesario el tiempo que construye ese vacío para poder hacerlo: escribir, digo”.

Con un título recurrente, que evoca a Calvino, el juego de escritura propuesto por Llop, va más allá de intercalar una sucesión narrativa en su Mallorca natal. Responde a un marcado itinerario entretejido por la memoria y el tiempo para conformar un recuento de referencias a lecturas y evocaciones paisajísticas expuestas bajo una voluntad primorosa de estilo. Reúne diecinueve piezas que abarcan treinta y tres veranos de estancia en una casa junto al mar, un lugar importante y umbral de su escritura, un rincón reservado para el entendimiento de su realidad e imaginario: “No sé si fue la casa de la vida, pero sí lo fue de mi literatura, al margen de los calendarios y las obligaciones y devociones de mis contemporáneos”. Hace también recuento de su vida y su relación lectora con otros autores. Mira los estantes de su biblioteca y contempla los libros de otros y los suyos como recuerdos vivos.

Sus paseos por la isla le brindan la contemplación singular del paisaje y, a su vez, le dan pie a rememorar a aquellos otros autores que le dieron compañía en sus treinta y tres años de vida junto a Cavafis, Elizabeth Bishop, Proust, Rilke, Virginia Woolf, Philip Roth, o los más nombrados, Durrell y Chatwin. Cada uno de ellos le proveen pasajes del mito del mar y, a su vez, de la experiencia del tiempo y su fugacidad, así como de constatar que la vida es una constante reescritura del ayer, una perseverancia de entenderse no sólo consigo mismo, sino también con el entorno y su sentido: “Vivir junto al mar nos adentra en nosotros mismos y haciéndolo revela en nuestro interior un doble de su vastedad. Nunca el vacío, sino la riqueza de esa vastedad”.

En todas estas confluencias se regocija Llop, como dando a entender que ir acumulando años es irse rindiendo a una subjetividad contemplativa en la que cada vivencia y recuerdo posee su propia épica y también su hálito de melancolía. La sensación del libro es haber interiorizado el paisaje, que aquí tiene estatus de personaje, como si todos los veranos fueran el mismo verano, envuelto en un presente mediterráneo que insinúa un mundo clásico. Quizá esto tenga que ver con esa idea de ver el verano como un tiempo de disfrute de la vida, un saber vivir, que converge en la literatura como tiempo recobrado y como otra manera de vivir y de saberse vivo: “Al fin y al cabo, escribir es una forma de leernos –sostiene el propio Llop–. No sólo, pero lo es. Y escritura y lectura poblaron la casa junto al mar”.


Este es un libro de prosa limpia y contenida, que trastea en la memoria, en la historia y en la literatura, por medio de ese reducto literario que se asemeja al diario, para contarnos en primera persona lo fascinante que nos regala la experiencia de compaginar la escritura con la vida. Llop firma un texto confesional pletórico de soplo lírico, que realza el hecho de que la literatura nace de la vida y es inseparable a ella, un vínculo definido por el trazo de adherirse a la vida y, por ella, al deseo de la escritura. Un libro de lectura gozosa que dará a quien se acerque a él un regusto prolongado.


viernes, 8 de marzo de 2024

Un lugar en el mundo


El primer elemento con el que se encuentra un lector al empezar un libro de relatos, una novela o un diario, es la voz que narra la historia de lo que sucede. Esa voz le va a acompañar desde la primera página hasta la última, y nosotros, los lectores, debemos creer en ella. Como mínimo, debería hacernos sentir algo que nos permitiera concebir una opinión concreta y constante sobre su idiosincrasia y naturaleza. Las palabras iniciales nos van a aportar, de inmediato, información, imágenes, emociones y detalles de los rasgos y del carácter distintivos de esa voz. Incluso, todo al unísono, tal como ocurre cuando paseamos por la calle y alguien, de repente, se pone a contar sus andanzas en una esquina o en la terraza de un bar.

El narrador que nos aguarda en Ponme otra copa, Servando (Sloper, 2024) fragua su historia mediante una voz arrolladora, descreída, osada y rebosante de lucidez para que le sigamos por los incontables recuerdos y vislumbres, dispendios y letanías literarias que abundan en cada resquicio de sus pasajes. No hay página en donde no encontremos algún hallazgo sorprendente que nos sitúe en ese lado, fuera de lo comúnmente admitido. El bar de Servando es el punto de encuentro, la coordenada marginal de un lugar en un pueblo de Granada donde se confabula lo real y lo ficticio, donde se juntan la palabra y la vida, y se escuchan, entre copa y copa, ladridos del pensamiento del propio narrador, sin miedo a la intemperie, para cuestionarse e interrogarnos sobre la vida y la literatura, lo tangible y lo insólito, y afinar nuestra conciencia crítica.

Sergio Mayor no es un fabulador al uso, ni un historiador, y mucho menos un profeta. Mayor es, más bien, un aullador de la existencia, la suya, que tampoco es ajena a la nuestra. Su libro se orienta hacia la escritura y el reflejo del yo en todo, con intención de revelar su propia experiencia frente al día a día y al discurrir de las horas, que lleva consigo un jirón que toca a la puerta de lo cotidiano, no queriendo ser la misma anécdota, buscando el porqué de las costumbres, el porqué de lo leído en los libros, el porqué de la escritura, “que es una técnica de desaparición”. Cuesta creer que su escritura sea la de un eremita. No parece estar aislada, ni emocional ni físicamente de su entorno, de todo lo que le pellizca, de los libros, de la literatura y del pasar de los días, aunque ocurra con desbarajuste: “Un tipo dice que escribo con desorden. Puede ser. Mi pensamiento no es el plano del metro de Londres”.

Se lamenta del narcisismo extendido en el mundo de las letras, de tanta vacuidad y verborrea escritas y, a continuación, celebra y brinda por todos los que se abstienen: “¿Quiénes son aquellos que no escriben? ¿Quiénes los últimos que aún no escriben? Bienaventurados los hombres que no escriben porque ellos conocen el valor de las palabra?” Por todo ello y por más que vamos encontrando el contrapunto en la lectura, el libro de Sergio Mayor, en realidad, es un poema en prosa transformado en diario ensayístico, un relato fragmentario atípico por el que transita un personaje libre, descreído y nada convencional, de humor reservado y cierta propensión a la invisibilidad. Sus ideas no explican nada, estallan. Hablamos de un ser de carácter socrático y conciencia burlona, sin caer en la maledicencia, que se afana en defender la literatura contrahecha y en proclamar que la poesía mala no existe, porque quienes la escriben no son poetas, sino “humoristas”, y que confiesa sin titubeos: “He leído libros malos por una reseña mentirosa. Me he perdido libros por ausencia de reseñas”.

Este libro de Sergio Mayor, de título jocoso, no es lisonjero, sino todo lo contrario. Contiene resuellos literarios de toda índole: aprehensiones y contrapuntos, resoplos clásicos y disonancias modernas, vida imaginaria y vida a ras del suelo, con mucho alcohol destilado de trago corto y prolongado retrogusto. Hay mucha vida arremetida aquí contra lo convencional y, en eso, Sergio Mayor no desperdicia su munición de letraherido, de lector impenitente y libertario para darnos referencias de autores recurrentes, como Platón, Dante, Montaigne, Pascal, Eliot, Darío, Buzzati, Carver o Vila-Matas entre una larga lista. Hay también aforismos salpicados de gracia y desparpajo: “Busco la influencia en los cementerios de confianza”; “La patria es la vanidad de las naciones, el estupor de los himnos nacionales”; “Narcisismo unánime. Todos somos escritores”; “Jamás he decepcionado a un detractor”; “Dicen que mi literatura es una literatura del yo, y es cierto, pero mi yo es un «yo» muy impersonal”; “No he dejado la bebida por mi mala sobriedad”...


Alguien dijo que existir es ser distinto, que vivir es reescribirse. Sergio Mayor encaja muy bien en ese perfil, en esa manera de ser y manifestarse, de entender que la literatura es más lúcida, más libre y puede ir más lejos que la filosofía, al no tener las ataduras de la lógica, para hacernos pensar, para darnos compañía y remover el sentido fulgurante del acontecer cotidiano del mundo. Diría a todo esto que, tal vez, haya mucho más que añadir sobre un libro como este, tan poblado de brillantez, de reflexiones y desacatos que hablan mucho del secreto literario de quien lo promueve, pero aquí me paro. ¿Sería suficiente? No lo sé porque un buen libro nunca se acaba de cerrar, un buen libro admite variadas lecturas.


martes, 18 de abril de 2023

Desafío íntimo


Es clásico e indicativo el aviso, que encontramos en El Buscón, de Quevedo: «Nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres». Algo parecido viene a decir Proust cuando escribe que «el único verdadero viaje de descubrimiento consiste, no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos». También se acerca a este sentir Henry Miller, que lo ve así: «Nuestro destino nunca es un lugar sino una nueva forma de ver las cosas». Desde luego, no se me ocurre nada mejor para aclarar todo este embrollo existencial que acudir a la sensatez de esta otra cita de Carmen Martín Gaite, tan propicia y cabal: «La rutina no está tanto en las cosas como en nuestra incapacidad para crear en cada momento un vínculo original con ellas».

Diría que Gozo (Siruela, 2023) es un texto híbrido entre la autoficción, el diario y el ensayo. En él, la poeta y aforista Azahara Alonso (Oviedo, 1988) recoge muchas de estas ideas y reflexiones en las que están muy presentes el paisaje, el azar de lo cotidiano, la forma de ver las cosas, su contrapunto y, como también veremos, la identificación entre la persona y el trabajo, y cómo gestiona su tiempo y su ocio: “Cuando me pregunto por qué solo accedo a mi verdadera vida en vacaciones, hablo de una reconquista del tiempo. ¿Cómo diría: descanso, ocio, libre albedrío? Aun no lo sé, y quizá esto que escribo consista en abrir camino para encontrarle un nombre...” Desde esta senda interrogativa, de mixtura literaria, Alonso se impone un reto personal en el que trata de escribirse y representarse de una manera fiel y sincera. Consciente de ponerse a prueba frente a sí misma y frente al lector, como un desafío íntimo, recala en su experiencia de la vida cotidiana para abordar los dilemas del trabajo, de la inactividad y el tiempo libre, desde la verdad que impone la realidad en cada momento.

El título del volumen no solo alude al significado en sí de la palabra gozo, como emoción placentera o alegría intensa causada por algo que gusta mucho, sino que señala y hace referencia a una de las islas del mar Mediterráneo que conforma junto a otras el archipiélago de Malta. Desde allí, la autora nos conducirá, mediante su escritura mimética y fragmentaria, a un deambular por la isla y sus espacios, un peregrinar de reflexión y diálogo consigo misma, al propio tiempo de puntualizar en las lecturas de referencia a sus complicidades literarias, en las que se dan cita escritores y pensadores, como Susan Sontag, Carmen Martín Gaite, Georges Perec, Walter Benjamin, Séneca, Chantal Maillard y otros muchos. Merodear por sus páginas le valen para sostener que “esta vida que obliga al tránsito nos abre la posibilidad de la extranjería relativa. Habitamos intermitentemente con la habilidad de quien mantiene algunos secretos, pero también con una mirada un poco perpleja”.

A partir de su estancia en la isla de Gozo, Alonso irá desplegando su manera de entender el trabajo como sostén de vida, con todo lo que conlleva de estrés, frustración y dependencia, y cuyo excesivo protagonismo incide en el valor social que representa, tanto por no tenerlo, como por tenerlo, sin que nos complazca. La narradora refrenda ambas situaciones apuntando a la precariedad del mercado de trabajo que la lleva a pensar en la conveniencia de gozar de más tiempo para sí misma, para más lecturas y para mantener distancia durante un tiempo con la realidad laboral. Por eso, decide tomarse un año sabático con su pareja en aquella isla apartada, desocuparse y rebajar las prisas: “Yo quería frenar porque a mayor prisa –como dice Martín Gaite–, mayor ofuscación, ¿y quién quiere cumplir la fatalidad de una conciencia tardía, caer en la cuenta cuando es demasiado tarde?”.

Otro punto destacable del libro es el que responde al binomio: turismo y ocio, dos asuntos entrelazados que, bien visto, poco o nada tienen por qué coincidir en su acontecer. El turismo, viene a decir Alonso, parece haberse instalado en una participación global atosigante en la que predomina el escapismo, el viajar por haber viajado, o lo que es lo mismo: “La ficción turística que supera y absorbe la realidad [...], desde hace unos años todo el mundo visita parques y museos, los ateos sin interés en el arte acuden en masa a las iglesias y nadie olvida los mercados, incluso quienes no tienen maña culinaria y se alimentan habitualmente a base de platos precocinados”. El turismo, al igual que el trabajo y el ocio es llamado a capítulo para tomarle medidas y descabalgarlo de sus excesos.


Gozo es un diario ensayístico que suscitará adhesiones en quien lo lea. Aquí se ponen en solfa algunos conceptos de ahora que conviene revisar, muy ligados a nuestra condición humana, al disfrute del tiempo libre, que repara también en esa perversidad oculta del trabajo por cuenta ajena y sus efectos perniciosos, así como la experiencia particular de verse sumido en el sentir y visión de su narradora, bajo la cartografía propia del lugar, empatizando con ese aire de vida isleña que trastea, sin lamentos, solo por tanteo y proximidad, en temas seleccionados que importan de verdad, con la esperanza de que algún día las cosas puedan ser mejores. Un libro inteligente, de vuelo literario, son poético y asuntos cruciales que dicen mucho sobre el arte de vivir y de mirar las cosas con nuevos ojos.


viernes, 5 de agosto de 2022

A ráfagas de lo inmediato


La literatura no es un artificio que se desentiende de la vida al imitarla, comentarla o ironizarla, sino la propia vida en sí. La literatura y la vida, la vida y la literatura andan cogidas de la mano como si tal cosa. Ambas se explican tan bien solas que cualquier ejemplo sería válido. No hay día ni obra en los que no ocurra más de lo mismo, aunque, si te paras a pensarlo detenidamente, la mayoría de las veces, lo que sucede es que lo inmediato se convierte en el dueño y señor de casi toda una jornada. Cada día de la semana parece un calco del anterior. Miras y ves que la rutina de lo cotidiano gira una y otra vez, como el cangilón de una noria: vueltas, más vueltas y vuelta a empezar. Y entonces aparece la literatura para darle sentido a esa tibieza persistente que permite ver detrás de lo que delante no se apreciaba, para mostrar otro ángulo, otro lado de la realidad que pueda ser conocido por un lector cualquiera en un intento de seducirlo y despertar su interés.

Este binomio tan intrincado aflora aún más en el diario, un género en el que el lector no se ve como un usurpador que trata de suplantar al autor para poder expresarse él mismo leyendo, sino que el lector de diarios se acerca al texto con una mirada más suspicaz, con ánimo de curiosear en los entresijos de la vida del otro, tras los pasos de alguna confidencia, para informarse o, en el mejor de los casos, para dejarse engatusar por lo que dicen las palabras de quien las escribe en clave autobiográfica. Pero claro, un diario nunca se lee como una novela, pues sus fragmentos y entradas, al distanciarse de cualquier tipo de trama y no seguir ninguna confabulación, imponen un ritmo de lectura más reposado, menos continuo. Precisamente porque está lleno de detalles que muestran instantes seleccionados, momentos reveladores en los que el propio escritor se interpela con ese mecanismo de evocación de una realidad vivida que, de alguna manera, será trastocada.

La rutina tiene muy mala fama pero gracias a ella seguimos adelante”, dice Karmelo C. Iribarren. Su Diario de K (Papeles Mínimos, 2022) es un libro que abarca un período que va desde 2010 a 2022 y resume en gran medida estas lindes de la escritura y la vida en las que el poeta ha ido fraguando, fuera del ámbito de la poesía, otro sesgo de su escritura, igual de contenida y cautiva de su propia vida. En este dietario encontraremos, como dice en el prólogo Jose Luis Cancho, “textos en busca de un nuevo modo de mirar y vivir”. El escritor donostiarra deja entredicho en ellos que escribir es una decisión de vida que se realiza a la par del resto de los actos de la vida, pero con la idea de ocupar inciertos vacíos del tiempo, alejados de cualquier otra motivación. Es, por tanto, un libro que habla mucho del aspecto literario y vital de quien lo promueve, y de la necesidad que lo provoca, un libro poblado de apuntes, aforismos, reflexiones y divagaciones luminosas, que bien lo retratan y hablan por sí mismas de su carácter: “La literatura me ha servido, entre otras cosas, para no ser el que no era”; “La prosa de la vida está llena de poesía”; “Me gustan los hoteles porque en ellos puedo sentirme como me siento en realidad: de ninguna parte”.

A lo largo del mismo asistimos como lectores a vislumbrar un jugoso cuaderno de notas, una suerte de cuartel de invierno del escritor, una alacena provista de hallazgos donde abastecerse. En Diario de K hay muchas claves de la vida y obra de su autor, también estancias e imágenes en las que se han ido colocando trazos de palabras que revelan hechos de lo que le importa de verdad como escritor, que no es tanto lo que le sucede, sino lo que hace con lo que le sucede, explorando, a modo de ensayo, lo que transcurre ante los ojos de quien escribe a poco que fije su mirada sobre el mundo que lo rodea: “La rutina tiene muy mala fama, pero es gracias a ella que seguimos adelante”; “A ser viejo no te enseña nadie, ni la vida. Ésta sólo te obliga”; “Si no escribo me quedo sin coartada ante mi vida”; “Para vivir no se necesita demasiado, pero siempre hay algo que nos falta”.

Pero no se piense nadie que aquí lo más reluciente y próspero del libro viene dado por la impronta consecutiva del aforismo, porque el dietario, o notas propiamente dichas, contienen un buen arsenal de reflexiones y críticas literarias, provistas de humor y socarronería, al igual que disquisiciones filosóficas sobre lo cotidiano del vivir y hasta breves piezas narrativas en la órbita del microrrelato. Todo su discurrir refleja la vida de un escritor en permanente diálogo interior sobre el devenir de las cosas, con cierto deje de misantropía y aire de flâneur, de callejero de su ciudad que fija su mirada y pensamiento en la acera de al lado, en la parada de taxis, en el vecino jubilado, o lo hace con más detenimiento sobre una misteriosa mujer enjoyada en la cafetería de un hotel.


Los lectores de Karmelo Iribarren que apreciamos su alma barojiana, su melancolía, la voz cercana y clara de su poesía, atraídos por esa manera suya de revelarnos los claroscuros de estar en el mundo, nos encontraremos con ese mismo hilo conductor y escenarios en Diario de K. Ambas escrituras se retroalimentan, con la misma sencillez de no tener que hacer ningún alarde filosófico, ni componenda simbólica para sumergirnos en su lenguaje, porque los sucesos que aquí se cuentan nos resultan próximos y creíbles, y caben todos en pocas líneas. Son notas cortas, lo suficiente como para que cada una, en su brevedad, nos diga todo lo que el autor se propuso. La soledad y el silencio se valen por sí mismos como punto de partida para destacar todo lo que acontece y desfila en un día cualquiera, venga de donde venga, ya sea de la lluvia, las luces de las farolas, de sus paseos y lecturas, de los recuerdos, del paso del tiempo, de los lunes, las mujeres, los desengaños, o del café en el bar, pero, sobre todo, del deambular de un hombre por las calles de su ciudad que encuentra sentido poético a las cosas que se mezclan con la vida y se empapan de ella.

Diario de K se lee con gusto y como los buenos libros de diarios, o de apuntes y notas, si se prefiere, no solo hablan de quienes los escriben, hablan también de quienes los leen, precisamente, son ellos los que, a ráfagas, nos van perfilando.



martes, 22 de marzo de 2022

Cuadernos rusos



Escribir es siempre un ejercicio de incertidumbre. Algo a lo que todo escritor, de forma inevitable, se enfrenta con cada frase que va apareciendo en el espacio en el que escribe. Solo por tanteo y aproximación, el escritor aspira a explicarse, a fuerza de tomar un desvío tras otro. En ese sentido, los cuadernos de notas son, a menudo, una suerte de cuartel de invierno del escritor, una alacena de hallazgos donde abastecerse. En ellos hay estancias e imágenes en las que se han ido colocando trazos de palabras que revelan cosas de lo que importa de verdad al escritor, como diría
Aldous Huxley, que no es tanto lo que te sucede, sino lo que tú haces con lo que te sucede.

Cinco inviernos (Alfaguara, 2022) responde a todo ese ejercicio vital sentido por la escritura. Su autora, la periodista Olga Merino (Barcelona, 1965) persigue el sueño de convertirse en escritora y aquí lo cuenta desde aquellos años noventa durante los que fue corresponsal del diario El Periódico en Moscú. Allí presenció la desaparición de las repúblicas soviéticas y la guerra de Chechenia que, junto a sus experiencias y maneras de vivir, fue anotando en sucesivas libretas. Ahora, al cabo de tres décadas, las recopila para acercarnos a la Rusia convulsa de entonces, lo que sigue siendo hoy un misterio, a la que viajó a cumplir una misión periodística, pero con la idea de volver bajo el brazo con una novela escrita.

Estos cuadernos rusos conforman un viaje a un pasado reciente, a un tiempo vivido por una escritora en formación, testigo de un caótico hito histórico, “cinco inviernos (casi seis) –puntualiza– de juventud pletórica en los que, sin darme cuenta, se estaba escribiendo la novela de mi aprendizaje vital y literario”. Esos años, por tanto, fueron claves en su desarrollo profesional, porque determinaron su verdadera vocación. Fue un tránsito, un despegue interior de optar por la literatura como meta: “La vida es un continuo arrojar dados al aire”. Hay notas continuas en el libro sobre este devenir que son surcos que parecen la maqueta de una trinchera, que miran con fuerza lo que ocurría fuera, lo que representaba de incierto e irreductible aquellos momentos que le tocó vivir.

Sigue atenta a su labor de observadora política y anota en su cuaderno escenas y vivencias de lo que acontece en la calle o en la casa donde vive con otros inquilinos, narrando el caos, la convulsión y la aspereza de vivir el día a día. Comprueba una y otra vez que el motor de la sociedad rusa se nutre, sobre todo, de una combinación de resentimiento, supervivencia y desidia. Comprueba que, para desgracia del pueblo ruso, la vieja nomenclatura se ha convertido en la nueva oligarquía que se ha apropiado de las mismas empresas que antes dirigían: “Yeltsin tuvo manos libres para lanzar un programa de privatizaciones salvaje que destruyó la industria soviética y, en segundo lugar, logró la aprobación de una carta magna presidencialista que le otorgó amplísimas atribuciones, comparables a la de un zar”. La misma de la que hoy por hoy sigue valiéndose Putin.

Olga Merino vio todo esto en el Moscú de 1992 y lo traslada a sus cuadernos, tratando de escribir un relato de sí misma, alejado de la crónica periodística, más íntimo y vívido. No son pocas las cautelas para adaptarse a un lugar tan exigente, áspero y desbaratado, como Moscú, de fríos helados y escasez prolongada. La escritora nos habla de tener que convivir con la indolencia y el pillaje de sus habitantes en cada esquina. Más allá de toda esta desazón, por todo el libro trasciende un mundo personal por el que transitan sus lecturas y su apego a la literatura, que va desgranando con inusitado alborozo. Da muestra de su entusiasmo por un buen número de escritores, como Vila-Matas, Ribeyro, Deleuze, Cavafis, Borges o Virginia Woolf. Tampoco se olvida de la buena compañía de autores rusos que siempre lleva a mano, como Bulgákov, Gogol, Tolstói, Marina Tsvetáyeva o Ludmila Petrushévskaia, entre otros que aparecen y se citan una y otra vez.

Por tanto, lo que nos vamos a encontrar dentro de las páginas de Cinco inviernos, es a una escritora que narra los acontecimientos de los que es testigo mientras deja ver su voz a través de unas notas, a modo de diario, que retrata un tiempo marcado por la historia y que, a su vez, despliega el autorretrato de la propia realidad, de los ideales de una mujer a la que el fantasma de la literatura la persigue y empuja hasta convertirla en escritora, como así anhela: “Quiero escribir, escribir, escribir. Asumir el paso del tiempo y la responsabilidad que me autoimpuse desde tan pequeña”.

No es casual que Cenizas rojas (1999), su debut literario, recoja estos mismos sentimientos y circunstancias de gente dispar que viven en un mismo piso, a unos metros de la Plaza Roja, cada uno de ellos ocupado en poner rumbo y destino a su vida. A esta novela le siguieron Espuelas de papel (2004), Perros que ladran en el sótano (2012) y La forastera (2020), su última novela, un emocionante canto a la libertad y una mirada nostálgica hacia el pasado y el mundo rural que lo sustentó. En todas ellas queda entretejido ese gusto suyo por adentrarse en la flaqueza y trajín de la vida, para desmontarla y trazar un plan narrativo que reinvente una historia bien contada.


Cinco inviernos es un libro de prosa ligera y limpia que atrapa, precisamente, por el pálpito narrativo que despliega y por cómo lo hace, trasteando en sus apuntes por medio de ese reducto literario propio del diario, para contarnos en primera persona lo fascinante que tiene la experiencia de compaginar la escritura con la vida. Un texto confesional emocionante que realza el hecho de que la literatura nace de la vida y es inseparable a ella.

Publicar estos diarios, estos cuadernos rusos guardados, ha supuesto para Olga Merino un rescate de un tiempo crucial de su vida, una forma de mostrarnos su despertar a la literatura y su reinvención como escritora, por ese lado intuitivo en el que entra en juego la reconciliación consigo misma, dejando ver la trastienda de su verdadera vocación.


domingo, 20 de febrero de 2022

El guante de las cosas


El diario no difiere de la vida de quien lo escribe, porque, en su propia esencia, está lleno de detalles extraídos que muestran instantes seleccionados, momentos reveladores en los que el propio escritor se interpela con ese mecanismo de evocación de una realidad vivida, consciente de que cuando lo hace no se puede quitar de en medio. El autor de un diario no puede esconderse. Escribirlo es comprometer su palabra con lo vivido, y viceversa. El diario nos habla en primera persona, sin intermediarios, sin personajes interpuestos, sin que el autor camufle su propia identidad. Me gusta lo que dice al respecto Blanchot, «que el diario es más bien un memorial, un archivo desvelado, por medio del cual, el autor se ata a la vida, a la realidad cotidiana, para revelarnos vivencias, perplejidades y pensamientos suyos».

En los diarios del poeta, crítico y traductor Jordi Doce (Gijón, 1967) subyace esa idea de memorial literario que apunta el crítico francés, pero también de vivencias interrelacionándose entre sí como testimonio de escritura fragmentaria en la que cabe apuntes, poemas, aforismos, citas y reflexiones para establecer vínculos con lo que de verdad invoca, esto es, con la literatura y la vida, con la escritura y con aquellos momentos personales que desvelan algo de sus obsesiones. “Por eso –sostiene en su libro Perros en la playa (2011)– el que escribe no es yo, sino quien le escucha, y por eso lo escrito no es el relato del yo, sino del otro, de ese tú que lo transcribe, que escribe al dictado en medio del tumulto cotidiano”. Tampoco se olvida el poeta de la condición paradójica que tiene en sí mismo el diario para proyectarse en la intimidad cómplice del lector, como deja dicho en La vida en suspenso. Diario del confinamiento (2020): “Porque la intimidad es siempre, por lo menos, cosa de dos”.

Entrando ya en la materia de su nuevo libro, nos vamos a la nota final del mismo para encontrarnos con unas líneas explicativas sobre la continuidad de estos cuadernos, publicados en esta ocasión en la editorial Pre-Textos, para situarnos en su contexto: “Todo esto será tuyo empieza donde se cerraba Perros en la playa”. Quiere decir que su nueva entrega prosigue el lance diarístico de hace una década, pero ceñido a un período que va de 2014 a 2019. Eso sí, en esta ocasión, sin incluir ningún poema, pero con abundantes aforismos, citas, esbozos narrativos y textos que contienen encomiables metáforas, especialmente sobre la lectura y los libros. El tacto es lectura, viene a decirnos en una de ellas: “Esa necesidad de tocar, esas caricias involuntarias que prodigamos al libro, hacen pensar en el frotamiento que requiere otro objeto de leyenda: la lámpara de Aladino, la lámpara del genio”.

Abunda Doce en ese alegato sobre los libros y la lectura con apasionante empeño. Y lo hace con atención y deleite: “Un buen libro lleva en sí las claves de su interpretación, tiene algo de acertijo que espera ser resuelto y que –además– nos muestra sutilmente la forma en que debe resolverse”. En esa misma analogía asienta su manera de entenderse con el mundo a la hora de escribir y verse reflejado en los demás: “Nunca seremos un libro abierto para nadie –subraya–, y menos para nosotros mismos”. Deja lances con impronta poética, como le gusta hacerlo cuando la ocasión lo requiere, como este ejemplo que habla del sentido y significado que le anima a escribir: “La escritura puede ser justamente esa dinamo capaz de recargar la batería que malgastamos diariamente”.

En Todo esto será tuyo (2021) encontramos mucha vida arremetida en esa continuidad que supone vivir lo cotidiano, explorando, a modo de ensayo, lo que sucede ante los ojos de quien escribe a poco que fije su mirada sobre el mundo que le rodea. La vida reflejada aquí no se conforma con la mera contemplación, sino que ahonda en sus detalles, para extraer su lado poético purgada de exceso de realidad. Doce la escribe reciclando sus recuerdos, reviviéndolos, convirtiendo sus reflexiones y recuerdos en materia orgánica, para contarnos sus arraigos, sus certezas e incertidumbres, por medio de textos breves que aspiran a palpar el contexto de lo que toca en suerte hasta llegar al meollo de lo que tiene de inexplicable. Es eso mismo lo que trata de buscar en cada entrada de su diario, por insólito o nimio que resulte: “El contexto lo es todo porque es nuestra vida, escrita y no escrita”.

Y así va enlazando textos depurados que lo mismo irrumpen para reparar en algún alumbramiento o sencillamente para reclamar la atención en divagaciones artísticas. Este es un libro indagatorio que se adentra en esa búsqueda y en esa relación fecunda con el exterior a través de la particular visión de estar consigo mismo. Cada fragmento se sucede propicio para poner sentido a lo que el propio Doce respira y lleva entre manos, su vocación de escritor. Son muchos autores, como Handke, Eliot, Canetti, Hughes, Valente o Anne Carson, entre otros, los que por aquí asoman y prestan su compañía, traídos oportunamente para alumbrar no solo afinidades, sino también para nombrarlos por lo que contienen de referencia y modos de entender un poco mejor la realidad del mundo.


Todo esto será tuyo es un dietario introspectivo ameno y perspicaz, un libro cercano en su concepción, que se lee como una tentativa bienintencionada y provechosa de aproximarse a un género narrativo que obedece más a una razón vital, que a una razón literaria, pero sin renunciar a ella. Su tono íntimo contribuye a eso mismo, a que asistamos al soliloquio de alguien fiado de su intuición y experiencia, alguien preocupado por hablarnos de la vida, la suya y la de los demás, echando el guante a las vivencias y a los hechos de la realidad.

Uno acaba la lectura de este libro con la sensación de haber estado en buena compañía, no solo por la cercanía de la voz que habla, sino con la sensación de una estancia que valió la pena percibir por la manera de contarnos la verdad que da sentido a la otredad del libro.


martes, 3 de agosto de 2021

Un laberinto en miniatura



“Este libro se escribió durante los sucesivos estados de alarma decretados por el gobierno, que obligaron al confinamiento de toda la población. Es, por tanto, un libro encerrado en sí mismo, como parece corresponder al acto de escribir. He procurado que esta escritura confinada no asfixiase al libro. Está escrito sin mascarilla. Detestaría que su lectura requiriese de un respirador artificial, o aún peor, de una traqueotomía”.

Así arranca, y a este desafío se atiene, el más reciente libro de Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965). Fuego amigo (Contrabando, 2021). Es la voz de la memoria, escrita desde el presente, surgida de la experiencia personal, mediante una forma abierta y fragmentaria que persigue recrear el conjunto de una vida jaleada por la enfermedad y la escritura. El libro, en su conjunto, es un mosaico diarístico: son los fragmentos de una explosión que, sin embargo, se dejan recomponer para dar lugar a un todo que revela vida y entidad literaria.

De nuevo el escritor navarro recurre al diario, ese género misceláneo que le supuso su mejor carta de presentación ante la crítica y el público lector. De ambos lados obtuvo su recompensa con Diario del hombre pálido (2010) y Piel roja (2012), un excelente doble diario fundado en la dolorosa lucidez que proporciona la enfermedad, como dijo atinadamente Pedro Ugarte. Su nueva tentativa muestra sintonía con lo anterior, pero se desmarca en pos de una escritura más implicada con su vocación de escritor, dejando ver sus costuras. “A cierta edad –subraya en una de sus entradas– uno ya debería conocer sus limitaciones, pero si alguien te ofrece la posibilidad de hacerlo, te enfundas un traje de artificiero y caminas con tu detector de minucias”.

Gracía Armendáriz confirma que en todo diario hay siempre una selección de materiales, pero lo impulsa un propósito de “no dejar nada importante a los cuervos”. Con esa premisa se embarca en la singladura literaria de ahora que, con frecuencia, se deja caer en el aforismo, en la crítica literaria, en el poema en prosa e, incluso, en el pensamiento breve, donde la cita es seleccionada para completar su propia poética sobre la escritura. En esta ocasión también se aproxima al ensayo y a sus matices pertinentes, ya que en el ensayo cabe cierta forma de literatura de viaje introspectivo. Digamos que estamos ante un claro exponente de lo que sería un diario literario, un periplo que, en su propio laberinto, aglutina multitud de confluencias, experiencias y formas de expresarse.

Dicho de otro modo, el escritor se dirige a sí mismo para devolvernos, como sugiere el subtítulo, Los restos de la escritura que es la que va y viene sobre sus pasos. Lo que importa, viene a sugerirnos, no son las palabras sino lo que hay entre ellas. En todo lo que está escrito en este dietario siempre hay algo no escrito, o bien porque no se explicita, o bien porque queda entredicho. A todo esto, vuelve una y otra vez. Nos dice el autor algo así como que no se escribe con el mismo cuerpo con que se vive. Ese triunfo del pensamiento sobre el cuerpo es quizá la prueba más cabal de la intensidad del trance de escribir, lo mismo que leer es también fundirse, dejarse atravesar, componer con las cosas del mundo.

Todo lo que trasciende por estos apuntes es lo propio de un escritor consagrado a su oficio, esa adicción a su propio universo creativo, que no escapa del vacío y se vuelve hacia su vocación literaria, algo que le sacude y, al mismo tiempo, le empuja a pensar y a escribir sobre su significado, sentido y conocimiento. Este es un libro pleno de literatura, un festín jugoso donde se comparte no solo el vértigo de escribir, sino también el de disfrutar de libros y autores. Como lector avezado nos aproxima a las lecturas de sus escritores favoritos, como son Delibes, Arreola, Baroja, Faulkner, Onetti, Benet o Ribeyro, entre otros, autores que le concitan a seguir atento a lo que sucede alrededor del mundo, de su historia personal, oficio y alma de escritor, construyendo así vívidos fragmentos que interpretan el presente de su vida anotada.

Fuego amigo es una obra repleta de citas de un buen número de autores. Algunas de ellas le valen como antesala de las cinco partes del libro. La primera de ellas la encabeza una cita de Salvador Elizondo que sirve de pórtico del libro y declaración de intenciones. La segunda se asienta en una cita de Ernest Jünger, y podría decirse que es la parte más literaria del libro. En las dos siguientes se alude a Ricardo Piglia y a William Faulkner respectivamente, y en ellas se compacta todo el sentido de la obra. Y por último en la quinta, la más personal y emotiva, con sendas citas del músico Nick Cave y del grupo Pink Floyd, se produce el desenlace del libro.


Dicen algunos que el diario podría ser como la huella dactilar del escritor. Por mucho que trate de fingir, un diario siempre dice mucho de su realidad, tanto con la palabra escrita como con los silencios guardados entre líneas. En todo caso, Fuego amigo conforma una inagotable miscelánea que invoca literatura y vida. Este es un libro sagaz y ameno que apela a la conciencia del escritor y establece que la literatura, como vocación, no admite templanza, sino pasión y resiliencia.

domingo, 25 de abril de 2021

Cuaderno de apuntes

Con certezas, el estilo es imposible, escribe Cioran. Y añade que se aferran a las palabras, sombras de la realidad del día a día. El hombre no sabe ser ni sabe andar por la vida sin lenguaje. Poco puede hacer un escritor, en apariencia, para introducir cambios y mejoras en la realidad con el solo ejercicio de la palabra escrita, pero en su mano está, no obstante, analizarla y reproducirla en sus libros, constatando, como diría Baroja con que el mundo contiene muchas más cosas de las que le ofrece a uno la rutina diaria. Lo que demuestra que, en la literatura, la sencillez de lo cotidiano es un lugar propicio para ejercitar la escritura, para poder plasmar toda clase de sutilezas y la atención reflexiva que el escritor guarda en su intimidad. El resultado de toda esta propensión es que algunos escritores, como sostiene Carlos Marzal, “son el vivo retrato de lo que sus palabras nos cuentan”.

Este sería el caso de Miguel Ángel Arcas (Granada, 1956), poeta, aforista y editor, un practicante de esa forma de entender la literatura desde el convencimiento de que escribir es una manera de emprender un viaje en solitario bajo la premisa de que “hables lo que hables, eres lo que dices”. El lector se va a encontrar en su nuevo libro, Cuaderno de Choisy (Fórcola, 2021), como dice Eloy Tizón en su brillante prólogo, con “un diario libre y desinhibido”, con un cuaderno de apuntes chispeantes y reflexivos, surgidos en la refriega de la pandemia, una anomalía que nos obligó a una reclusión global sin precedentes que, en el caso de su autor, le pilló en París. Arcas se adentra en esa estrechez delimitada para mostrarnos una posición más ecuánime respecto al lado ingrato de aquellos días vividos bajo el condicionamiento de un tiempo insólito y determinante que nos abocó a un encierro sanitario.

Un libro que nos revela entre líneas que saber estar a solas es requisito indispensable para saber estar con los otros. Esta circunstancia le ha valido al autor para escribir, no solo sobre sí mismo, sino también para pensar en el valor de otras cosas de mayor ámbito: sus seres queridos, las relaciones con su pareja y con su hijo, el amor, “eso que todos dicen desconocer pero de lo que nadie deja de hablar”. También están presentes sus lecturas y demás asuntos particulares y otros de tipo más general, pero eso sí, sin ánimo de revancha. Y así, conforme avanza con sus apuntes, oyendo y escuchando, nos desvela recuerdos y sensaciones mientras deambula por la casa con el pálpito de hacerlo todo más sustancial, más vivible dentro de lo que cabe. Arcas apela a la necesidad de la verdad, de la risa y de la compañía de los ausentes, al tiempo que pasa página y fija su mirada en el frigorífico, por ejemplo, del que dice es “el Sancta Sanctorum donde se consagra la vida de todos y se concibe la supervivencia del hogar”. Inevitablemente, esta correduría de pensamientos y vivencias, le provoca que en él despierte ese lado tan reconocible de su estilo, apto para condensar lo inasible de la realidad, el tiempo y la memoria, valiéndose de una escritura breve e intuitiva.

Escribir palabras inesperadas. Eso hago en estas páginas que parecen sorprenderse de que cada día suceda algo que merezca la pena contarse”, dice en una de sus entradas para acentuar con naturalidad su propósito de ponerle voz a ese instinto de supervivencia que se forja en el silencio. El silencio como conciencia, como confianza. Nada de lo callado queda recluido. Es lo que parece. Por eso el diario es un género exigente, propicio para extraer de la vida de quien lo inicia lo inesperado que calla en su interior, lo que acontece fuera de esas lindes repetitivas del devenir de cada día. La escritura de lo que deja ver Cuaderno de Choisy asume ese espacio que le sirve como continuidad, más que como resistencia al paso del tiempo y sus desajustes.

Ciertamente, este diario se hace valer como resiliencia y, además, responde a esa idea de que haberlo escrito arroja luz, razón y sentido a la memoria del narrador, porque una vida sin memoria no sería vida en sí misma. Cuaderno de Choisy es un pretexto para hablar de la inquietud por seguir vivo, para hablar del paso del tiempo y de su huella. Todo en él parece observado con ojo clínico y detallista, pero, a su vez, con una pátina bienhumorada que hace más amena su lectura. Arcas escribe afiladamente sobre la importancia del devenir desde el presente que lo hace posible, pese a su contingencia adversa. No hay grito en sus divagaciones, ni desconsuelo, solo disposición de serenidad y aceptación de un yo que aspira a manejar lo que acontece y “alzar la voz para hacer de estas páginas un sustituto eficaz de la vida”.

Ningún género, y mucho menos un diario, puede escapar a la subjetividad del autor, a su propia condición y a sus legítimas motivaciones. Y qué más da. A uno, como lector, cuando se encuentra en medio de un libro tan ameno y perspicaz como este, lo que le importa es haberse sentido cómplice sin andar abrumado y haberlo disfrutado con gusto.