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miércoles, 25 de marzo de 2020

Entre hojas del tiempo

Confieso, como lector, que cada vez tengo más predilección por la literatura autobiográfica. Y digo más, casi todo lo bueno de este género que cae en mis manos lo encuentro abierto al mundo con una curiosidad y un empeño tan intenso que pocas veces veo en otras aproximaciones literarias de ficción que tanto frecuento. Y en ese sentido, coincido con la observación de Sergio del Molino que hace referencia a esto mismo y a esa urgencia que tiene el narrador por encontrar al otro o a los otros, y que aquí tiende más a fijarse en lo que le rodea y en lo que va más allá de su perímetro, tomándose el propio narrador como punto de observación e, incluso, dejándose llevar por los pasadizos de la memoria que le conduzcan a lugares sorprendentes e íntimos, con conexiones constantes entre el espacio y el tiempo.

Lo que quiero decir con esto es que lo importante de la confesión que expone la escritura autobiográfica no es si lo que cuenta es algo que es verdadero o no, sino el funcionamiento de dicha confesión en el artefacto narrativo, como subraya el escritor uruguayo Sergio Blanco, esto es, “la forma como opera y se articula la historia que se cuenta”. En otras palabras, el narrador autobiográfico, como apunta Manuel Alberca, pide al lector que confíe en él, que le crea, porque se compromete a contarle la verdad de su vida tal como la ha memorizado y así la traslada al texto, siendo consciente de que lo escrito “lo va a poner a prueba” frente al pasado, frente a los demás y frente a sí mismo.

A corazón abierto (Seix Barral, 2020), de Elvira Lindo, es una íntima indagación familiar que encaja en esta articulación narrativa que, por otra parte, como afirma su autora, ha tenido su largo tiempo de gestación. Lo confiesa, y así se hace ver en su lectura, un deseo que queda bien dispuesto en su voluntad de escribir sobre el padre, al cabo de unos años después de su muerte, con un propósito desvelado de alejarse de todo aire nostálgico y sentimental con el que suele caerse en este tipo de escritura, y con una intención de hacerlo con ese espíritu de observarlo con naturalidad, tratando de entender su comportamiento cambiante y particular que, como personaje, va mostrándose a lo largo del libro.

Como digo, en esta emotiva indagación familiar está el relato de un amor apasionado, de una trágica muerte, de una niñez efervescente y bulliciosa, y, también, está muy presente la difícil reconciliación con la figura paterna. Manuel, el padre de la narradora, aparece como un hombre de carácter fuerte, auditor de empresa, que porta en su interior el archivo de una historia muy dura, la suya propia: hijo de guardia civil, a los nueve años, en 1939, todavía en plena guerra civil, su madre le envía a Madrid a casa de una tía, bajo un escenario terrible e incierto donde la lucha por sobrevivir era lo único importante.

Desde este punto histórico con el que irrumpe el primer capítulo del libro, partiendo de la habitación del hospital en el que convalece, ya de mayor, con una insuficiencia respiratoria que viene de lejos, la narradora va dando cuenta de su relación con sus padres, recorriendo toda una larga época en la que trata de esclarecer el trayecto de su familia desmaquillado, mostrarlo y entenderlo desde el ámbito del hogar en el que no faltan indiferencias, incomprensiones, dolor y silencios.

En su libro, Lindo utiliza una voz en primera persona para hilvanar los hilos sueltos del recuerdo de su niñez y juventud y, a partir de su propia mirada, teje un relato de catarsis personal, a base de perseguir esos trazos pretéritos, valiéndose de la memoria que, a fuerza de evocarla, también produce fantasmas. Todo un rastreo para que emerja el pasado familiar por los distintos escenarios y etapas que conformaron la vida y las voces de sus padres, como así lo pone de manifiesto la narradora, con este sentir nada pretencioso y sereno que resume, en buena medida, el alma que lo anima: “Ahora, trato de imaginar lo que no sé, todo aquello que se me revela como un misterio, la vida llena de incógnitas de mis padres, y camino entre algunas certezas y muchas incertidumbres”.

A corazón abierto es un estupendo testimonio narrativo sobre la pérdida que no hay que dejar pasar en vano, un relato que viene a decirnos que contar buenas historias dan sentido a la literatura, algo que agradecemos con entusiasmo los lectores, no tanto por sus semejanzas inevitables con la vida como por las diferencias inconmensurables que las hacen única y la convierten en especial, como sucede en todo lo vertido en este libro, de forma tan natural y entrañable.

Los libros que nos deleitan nos recorren las venas y establecen vínculos con nosotros con una familiaridad insólita, y este de Elvira Lindo late con fuerza, calidad literaria y cercanía desde la verdad de la memoria y la imaginación creativa del recuerdo.

sábado, 16 de enero de 2016

Epifanía americana

Dicen algunos que el diario podría ser como la huella dactilar del escritor. Por mucho que trate de fingir, un diario siempre dice mucho de la realidad de su autor, tanto con la palabra escrita como con los silencios guardados entre líneas. En todo caso, el diario de un escritor conforma una inagotable miscelánea origen de sorpresas y, también, una experiencia vital de autoficción de aquellos momentos vividos de modo favorable o de aquellos otros inexplicablemente desaprovechados.

Elvira Lindo (Cádiz, 1962) publica esta vez un compendio de experiencia vital en este formato que resume unos años inolvidables vividos en la Gran Manzana, un diario escrito entre el 16 de enero y el 16 de mayo de 2015. Son los recuerdos de su último invierno neoyorquino pasados al papel en noches de insomnio entre las ventanas del apartamento número 106 del barrio de Upper West Side, donde vivió una larga década con su marido Antonio Muñoz Molina en su etapa de director del Instituto Cervantes y como profesor de Literatura en la Unversidad de Nueva York.

La mayor parte del observatorio literario de Noches sin dormir (Seix Barral, 2015) se cuece en el hervidero de las calles de Nueva York, aunque también da cuenta de algunos detalles de su vida social de pareja asistiendo a algunas conferencias políticas, conciertos, cenas y reuniones con amigos. Pero lo que de verdad le apasiona a esta mujer es caminar por las avenidas y tomar el metro para desplazarse por los barrios de esta inabarcable metrópolis. Su mirada atenta no desaprovechará las oportunidades que le ofrece la gran ciudad para tomar fotos a tipos extravagantes que entran y salen por las bocas del metro, que se sientan en sus vagones o que atraviesan pasos de cebras y se dejan caer en la esquina de un edificio.

La sensación para el residente e incluso para el visitante es que el presente es tan poderoso en Nueva York que el pasado parece que no cuenta, que no tiene importancia, como si se extinguiera superado por el trajín de los días. Estas sensaciones son todo un espectáculo de contrastes cuando te desplazas por el paisaje urbano entre el fluir inextinguible de sus habitantes. La ciudad es un delirio de escenografía, de rostros y situaciones inverosímiles. Cualquier vida neoyorquina, desde la más solitaria y retraída, hasta la más mundana y ajetreada, se vislumbra entre las líneas de este ameno diario. Da la impresión, por lo que cuenta, de que el neoyorquino, además, es un tipo que habla mucho, aunque pertenezca a una “ciudad de orgullosos solitarios”, (pág. 202).

En Noches sin dormir hay cabida no solo para seres anónimos y extraños, sino también para escritores vinculados a esta inmensa y maravillosa urbe como Henry James, Bashevis Singer, John Cheever o Tom Wolfe. Hay pasajes con amigos y admirados novelistas, como Colm Tóibín y Philip Rooth, al igual que cantantes y poetas, como Suzzane Vega o Nick Drake... “Me gusta entender la vida así –confiesa la autora– cosida por un hilo invisible que entrelaza relaciones caprichosas pero posibles, no forzadas por las fantasías a las que tan aficionados son algunos literatos, sino basadas en condiciones reales”, (pág. 145).

En el libro hay una propensión a desdramatizar la dureza que de por sí supone vivir en una gran ciudad. El vagabundo forma parte del paisaje nocturno. Lidiar con la soledad y el desarraigo de tantos seres atrapados en las costuras marginales de los barrios es el verbo más común que se conjuga en esta ciudad tan efervescente y llena de contradicciones. Nueva York es de las ciudades del mundo mejor dotada para escribir sobre su ambiente, sobre sus barrios y edificios; su hechizo es imponente para cualquier visitante, sin distinción de edad. El celuloide de nuestra memoria nos la hace tan conocida que forman parte de nuestro archivo vivo de espectador: Brooklyn, Times Square, Manhattan, los muelles del Hudson, la Quinta Avenida, el Empire State Building... Cuando pisamos por primera vez sus avenidas, se activa toda esa memoria cinematográfica que hace que esos lugares nos resulten inconfundiblemente familiares.

Noches sin dormir es un testimonio literario fluído, narrado con una prosa sencilla, en el que su autora comparte vivencias y experiencias íntimas plasmadas en la verdad de sus fotos. Con esta epifanía americana disfrutarán sus lectores incondicionales, lo celebrarán con la misma inmediatez acostumbrada; para el resto, pensando en el lector curioso, más propenso a rendirse al hechizo de la gran ciudad de Nueva York, no lamentará haberlo leído.