jueves, 30 de agosto de 2018

Extraños en el parque


El título de 1996 Lo raro es vivir, de Carmen Martín Gaite, le sirve a la narradora del libro para arrancar su relato exaltando lo extraordinario que a veces pasa por las buenas en la vida normal. Entre todo ese enjambre anodino que se sucede en el vivir cotidiano, a veces, salta uno de ellos, aparentemente insignificante que, de pronto, origina el comienzo de algo nuevo y, entonces “sobreviene el miedo o la parálisis”.

El nuevo libro de Sara Mesa (Madrid, 1976) Cara de pan (Anagrama, 2018), autora de vibrantes relatos y novelas anteriores, como Mala letra (2016), Cicatriz (2015) o Cuatro por cuatro (2012), sorprende por ese matiz de encuentro casual surgido en las vidas de dos seres que rompen su anodina soledad y, muy al contrario de lo que se podría pensar, por la diferencia abismal de edad entre ambos, no les sobrevienen ni parálisis, ni recelos, sino una fecunda relación que comparten por las buenas a solas.

Son dos personajes escurridizos, heridos socialmente, que inician una extraña relación entre el desarraigo que sobrellevan, las incomprensiones y la desconexión humana que han tenido que sortear. Se encuentran en un parque y allí, protegidos por un seto, comenzarán a verse en días sucesivos. Ella es una adolescente, de apenas catorce años, que esquiva las clases del instituto. Él, es un hombre maduro, de comportamientos extraños, va siempre con unos prismáticos colgados y está obsesionado por los pájaros y las canciones de Nina Simone. “El viejo habla como un niño –con el ensimismamiento y el entusiasmo de un niño– y la niña lo mira con curiosidad […] Para ella ese hombre es un viejo y los viejos tienen edades tan variables como inverosímiles”. Casi, la niña a la que llama por ese nombre, le presta atención a todo lo que el hombre le va contando, tratando de sacar alguna moraleja de ello, “pues siempre le han enseñado a interpretar así las historias”.

Poco a poco se va creando un clima propicio entre ellos, lo que les facilitará que lleguen a revelarse secretos y empiecen a sentirse cercanos y reconocidos, como si vinieran a coincidir en aquel lugar desde una reencarnación de la que acaban de salir. Y, aunque a ella siempre le advirtieron que “los hombres no pueden ser amigos de los niños”, no le importa seguir con la aventura, incluso si se la imagina peligrosa. “No puede quedarse sin una historia que contar –subraya la voz narrativa–. Necesita una historia que contar”.

Cara de pan es un título hermoso que esconde un símbolo que conviene escrutar, una fábula existencial empapada de realismo y verdad, un relato que enciende en su lectura la sed con que se bebe una buena historia de misterio y vida, escrita en un tono delicado y nada complaciente donde la fluidez narrativa es su arma más poderosa. Decía Leopardi que la felicidad es lo que tenemos antes de empezar a buscarla. Esa búsqueda inocente y desesperada es la que aúna Sara Mesa con sutileza y tino en ese espíritu que mueve a estos dos seres desarraigados y problemáticos, a sentirse cómplices en los instantes que comparten. El Viejo “no vino a darme cariño, dice Casi: vino a darme consejo”.

El corazón, incluido el del inocente, tiene sus secretos, sus muros de silencio, su misterioso modo de entender las cosas, y ese trémulo saber es el que también guarda el cariz literario de este relato tan sencillo como luminoso que el lector irá descubriendo conforme avanza el destino amenazante de la trama, que irá cargando el ambiente.

Sara Mesa firma una conmovedora novela, amena e intensa, que se lee de una sentada, sostenida por la fuerza propia de sus vívidos personajes, que son, en definitiva, los que la hacen posible. En Cara de pan hay un miedo ambiental inquietante, incluso infundado, pero que los mayores, que están presentes en la novela, no pueden evitar. Temores propagados desde siempre que los hacen sentirse vulnerables y desconfiados, vayan por donde vayan, arrastrados por los tabúes.

La vida no transcurre como uno la imagina, y este libro pone su acento en ello, rozando los límites establecidos por el devenir cotidiano, que no son otros que los propios límites de la condición humana. El libro de Mesa procura al lector la idea de estar ante algo que lo hace sentir modesto. Y eso lo consigue cuando dicho lector logra adentrarse con lucidez en el interior de la naturaleza humana, algo que proporcionan las historias bien tejidas y resueltas con eficacia, hasta sentir la necesidad de hacerse pequeño y despojado de prejuicios.


lunes, 27 de agosto de 2018

Permanecer oculta


Ser secreto para los demás duele y, al propio tiempo, reconforta. Duele, como dice Claudio Magris, porque existe siempre el sentimiento de ser incomprendidos y alienados, incluso –y este es el elemento más clamoroso– de serlo por las personas cercanas y amadas. Pero, también, ayuda a atravesar la soledad de la existencia y a resistir los envites de la incomprensión ajena gracias al sentimiento de poseer una verdad oculta, como subraya el escritor triestino, de no ser solo lo que parecemos a los demás. Y, desde luego, conforta con esa idea de irreductible peculiaridad que los otros no pueden conocer, y acaso sospechar, porque no podrían comprenderla.

Silvina Ocampo, la menor de seis hermanas, encarna a la perfección el misterio que rige la figura de una persona secreta que voluntariamente se oculta en los términos anteriores descritos por el autor de Microcosmos. Fue pintora, discípula del artista Giorgio Chirico, poeta y escritora de cuentos. “Silvina es secreta, pero es una mujer que quiere que la quieran”. Y, además, “ama a los mendigos, a las niñeras, a las sirvientas de la casa y a los pobres”. No le importa rozarse con ellos, pese a ser una de las mujeres más ricas de toda Argentina. El dinero le dio libertad de movimientos, y sus relaciones con la intelectualidad (amiga de muchos artistas y escritores, como Borges, cercano a ella, pero en menor grado que Adolfo Bioy Casares, su marido), su entorno familiar y el servicio doméstico le acarrearon muchas incomprensiones y habladurías. Permaneció siempre en un segundo plano respecto al talante avasallador de su hermana Victoria, fundadora de la revista literaria Sur y epítome de la cultura argentina de mediados del siglo pasado, y por el talento literario de su esposo, de quien sobrellevó con mutismo y reserva sus múltiples infidelidades.

De todo esto nos habla Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) en La hermana menor, una biografía publicada hace cuatro años y rescatada apenas hace dos meses para la colección Biblioteca de la memoria de la editorial Anagrama, sobre la vida y milagros de Silvina Ocampo, de quien se decía que “fue una de las mujeres más fascinantes de Argentina, la verdadera reina de la gracia, el misterio y la poesía”. Enríquez, periodista y escritora, autora de novelas, relatos de viajes y colecciones de cuentos, como Los peligros de fumar en la cama (Emecé, 2009), o Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), pesadillas vividas, más que relatos, en un contexto gótico de la tierra y prado argentinos, se atreve con un cambio de registro exigente, como es la biografía, que obliga proximidad en la vida y mundo del biografiado, y para ello su pericia se vale de aglutinar muchas voces testimoniales para acercarnos a los confines íntimos de esta mujer extravagante y talentosa que fantaseaba todo el tiempo y se concebía como una escritora secreta. Decía: “Soy como los animales, escondo lo que más me gusta”, (pág. 165).

Silvina escribió poesía toda su vida, aunque como narradora fue más arriesgada y notoria. Dicen que tenía unas piernas espectaculares y sabía lucirlas doblándolas con tesón en el sillón donde se sentaba. “Era una mujer que lo hacía sentir bien a uno”, comenta Ernesto Schoo, novelista y crítico teatral que la conoció muy de cerca. Se habló mucho, también, de sus inclinaciones sexuales. A este respecto, el escritor Edgardo Cozansky subraya que entre las mujeres de la aristocracia era muy normal el lesbianismo. “Creo –dice–, que era una perversa polimorfa”. Mantuvo una relación sentimental e intensa con Alejandra Pizarnik. Las cartas de la poeta a Silvina se publicaron años después a la muerte de ambas. Pero si hay alguien que confirmó sus amores no fue otro que su esposo Bioy en 1994, un año después de su muerte: “Silvina tenía otras relaciones, pero yo sabía defenderme de los celos y por otra parte sus historias no eran tan frecuentes. Siempre nos unió un gran cariño que iba más allá de la atracción física”, (pág. 115).

El libro de Enriquez responde a esa intencionalidad que tenía su biografiada de aparecer como un ser secreto y deliberadamente misterioso. Algo que viene a concitar el coro de voces que se aproximaron a su vida (bien recuperado en este libro), que la conoció en su círculo, y que todos sus componentes comprobaron que en ese segundo plano por el que optó Silvina fue el medio mejor labrado para moverse con total libertad y para escribir a su antojo.

La hermana menor es un retrato extenso de una figura que, probablemente, no tuvo la justicia poética que merecía, en parte debido a la propia idiosincrasia del personaje en sí, aplanado por otras figuras monumentales establecidas en derredor suyo y, también, trabado por la desafección que sufrió en muchos momentos motivada por la constante infidelidad vivida bajo el mismo lecho matrimonial.

Este es un libro revelador, ameno y curioso de la vida inquietante de Silvina Ocampo, de su esposo y allegados, un texto bien armado que nos invita a aproximarnos a la obra de esta enigmática escritora que dejó pruebas de una extraordinaria imaginación y maestría en sus cuentos, que hizo lo que le vino en gana durante su dilatada vida y que sobrellevó con desparpajo y dignidad sus sombras y vicisitudes íntimas, permaneciendo discretamente oculta. Interesantísimo.

viernes, 17 de agosto de 2018

Vida, conciencia y mundo animal


La literatura, afirma Cynthia Ozick, debe apelar a la imaginación; la imaginación es de hecho la carne y la sangre de la literatura. Dicho esto, la escritora neoyorquina va más allá y determina que la literatura no es más que un pacto necesario entre el lector y el escritor para crear un espacio de controversia e imaginación común capaz de dar sentido al texto.

A ese pacto consensuado entre el escritor que promete fingir y el lector que promete aceptarlo J.M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) viene a decirnos que la literatura es, especialmente, el reconocimiento de lo particular. En ese sentido, afirma en las conversaciones mantenidas sobre la ficción con Arabella Kurtz en El buen relato (2015), que la lectura viva es el meollo y asunto misterioso que habilita el relato. Implica encontrar la forma de entrar en la voz que te habla desde la página, la voz del otro, con tu yo, en una especie de diálogo interior: “El arte del escritor, un arte que no se puede estudiar en ninguna parte aunque –subraya– sí se puede aprender, consiste en crear una forma (un fantasma capaz de hablar) y un punto de entrada que permita al lector habitar en el fantasma”.

Coetzee es un escritor de profundidades, que sabe que, en lo particular de una vida o en una descripción bien hecha, siempre hay algo moral relevante y, por tanto, una voluntad de reproducir lo que aún no ha sido contado por otros. Por suerte para nosotros, aún quedan autores como él, en los que hay una búsqueda ética precisamente en su lucha por crear nuevas formas y exponerlas para el deleite y asombro del lector. En su último y estupendo libro de relatos viene a confirmar ese marcado interés suyo por ahondar en los sótanos de la condición humana y examinar su conciencia a través de Elizabeth Costello, su alter ego, rescatada de nuevo para mostrarse implacable en sus reflexiones sobre la vida de los animales y la relación de estos con el entorno del hombre.

En Siete cuentos morales (Random House, 2018), Coetzee recupera a este fascinante personaje suyo, mujer de armas tomar, que él se ha inventado para que vaya a su libre albedrío por ahí, frágil e indómita, que se desenvuelve por este mundo mal hecho en que vivimos desatados, blandiendo argumentos y deshaciendo entuertos sobre las atrocidades perpetradas por el ser humano contra toda especie animal. Para los que hemos leído la obra del Nobel sudafricano con fruición y apasionamiento, no hay personaje más cautivador, polémico y singular en todas sus creaciones, que Elizabeth Costello, una mujer irreductible y arrolladora.

En estos relatos breves y luminosos hay vida a borbotones, contada a su antojo y, sobre todo, ficción con marcado acento didáctico, cuentos que nos convocan a la reflexión de los desafíos cotidianos, que van más allá de la mera observación individual de las cosas. La compasión está presente, la moral y las contradicciones de nuestra relación con el mundo y las demás especies, también. Todo ello conforma el núcleo intelectual de las ideas y reflexiones que transitan por cada historia. En estos cuentos se dice que lo que sucede en el mundo es notorio y redundante, y por eso conviene no dejar de examinar las fronteras de la conciencia para que lo entendamos algo mejor.

Según su propio autor, estos cuentos no persiguen ser moralistas, sino cuestionar y polemizar sobre algunos preceptos morales y creencias religiosas. Además de estar presentes en ellos la cuestión animal, el libro aborda la crisis de determinados valores morales, como el de la fidelidad conyugal en el cuento Una historia, o el de la crueldad en el primero de los relatos del volumen bajo el título de El perro. En estos dos y en cada uno de los restantes, el humanismo de Costello destaca por su marcado anti-antropocentrismo, dado que niega que seamos la culminación del mundo animal y que este nos pertenezca.

En suma, la moderación y el escepticismo conforman su visión de la realidad. Como así ya quedó reflejado en su anterior libro del año 2003 en el que Coetzee reunía ocho lecciones, que tenía por protagonista a su insigne heroína escritora, impregnadas de una marcada visión franciscana y conciencia ética de la vida: “Todas las criaturas son cruciales para todas las demás criaturas”. (Elizabeth Costello, pág. 237)

Siete cuentos morales es un libro de afilada inteligencia, sobresaliente, en el que Elizabeth Costello, con más años, regresa al cuerpo de su creador para darse turno de réplica a través de un buen puñado de hermosas piezas narrativas, tan íntimas como colectivas, tan breves como hondas, para hablarnos con sencillez y calado de la maldita sucesión de pérdidas de la vejez y denostar la constante precariedad de tantos seres vivos que claman consuelo y respeto.