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miércoles, 25 de septiembre de 2024

Miradas sobre el mundo


Desde que hace ya al menos treinta años me hice con mi primer libro de aforismos, los ejemplares venideros de este género, tan particular y fragmentario, no han parado de hacerse sitio entre las baldas de mi biblioteca. Su origen parte del momento en que adquirí por aquel entonces el Oráculo manual de Gracián, un hallazgo que provocó en mí un fervor inusitado por esta obra maestra, origen e impulso continuado de esta rumia perpetua que conforman los aforismos en mi senda de lecturas. Esa sintaxis reducida a su mínima expresión, que le confiere una fuerza semántica máxima, fue un reclamo que quedó marcado para mí, una invitación para entendérmelas con una forma literaria tan exigente y concisa. Los mejores aforismos, además, admiten infinidad de interpretaciones. Y los que más me interesan no son las verdades comúnmente aceptadas, sino las enigmáticas afirmaciones que se burlan de cualquier convención.

Por todo esto dicho, confieso que ando siempre al acecho de las publicaciones aforísticas que se presentan. Me gusta rastrear por las lindes editoriales en busca de novedades sobre este género literario tan sugerente que cuenta cada vez con más atención y con más entusiastas por el lado de la lectura, así como por el lado de la escritura, cada vez con más poetas que lo practican, como es el caso de Itzíar Mínguez Arnáiz (Baracaldo, 1972) autora de los poemarios La vida me persigue (2006), Que viene el lobo (2016), Qwerty (2017) o sus más recientes, Pan y circo (2023) y Game over (2024), libros que interpelan al lector con mirada melancólica y esperanzadora de la vida y el juego de vivirla. Ya, desde su poesía, sentimos ese pálpito implícito de asombros y hallazgos de la realidad del día a día con esa voluntad concisa y entremetida de hacernos cavilar, con guiños permanentes al lector para animarlo a acabar las elipsis de sus poemas.

La poesía de Itzíar Mínguez crea síntesis, se insinúa al lector en ese ámbito aforístico cercano a la confidencia, al pálpito de la realidad del sujeto poético, sin apenas artificio, tan solo con la audacia de la palabra ajustada para atrapar el interés del sujeto lector que lo acompaña. De esa levedad poética tan característica suya, da cuenta en Nubes y claros (2021), su estupendo debut en el género aforístico, un libro efervescente en perspicacia, precisión y alcance, en el que destaca su plasticidad, preocupación ética y el gusto por la paradoja. Vuelve ahora con una segunda entrega de aforismos bajo el título de Puntadas sin hilo (Apeadero de Aforistas, 2024), un libro que parece concebido como un diario de pensamientos y refutaciones. Pero diría más, un libro que constata lo que muchos sentimos acerca de esta forma de escritura, que no es otra que considerar el aforismo como un género tan autobiográfico como cualquier otro, pero con la diferencia de que, en su esencia, se trata de una autobiografía minimalista, de puntadas sobrevenidas, elaboradas con intermitencias.

Ciñéndonos a su contenido, nos encontramos aquí con un buen número de miradas que tratan de explicar el mundo desde la reflexión, la perplejidad y el humor. Son casi doscientas breverías que vienen a localizar asuntos cotidianos más recurrentes para resaltar su contrapunto y paradojas, como así dejan ver estos ejemplos escogidos a vuelapluma: “Nos pasa también lo que nos pasa”; “Toda amenaza lleva implícita una promesa”; “Los lunes son el garbanzo negro de la semana”; “Al que nunca da puntadas sin hilo se le acaban viendo todas las costuras”. El aforismo tiene que sorprender y hacerte cavilar. Lo sabe Itziar Mínguez que pone sus miniaturas en esa tangente, al servicio de la agudeza y la ironía, sin soslayar que arranquen sonrisas y burlas al mismo tiempo: “Los borrachos siempre dicen la verdad excepto cuando tienen que confesar el número de copas que se han tomado”; “No hay amor tan incondicional como el que profesamos a los viernes. Seguimos amándolos aunque no nos den nada a cambio”; “Solo camino mirando al suelo cuando tengo la cabeza en las nubes”.

Son puntadas persuasivas alejadas de toda pomposidad y extravagancia, finas puntadas surgidas de la experiencia que, más que parecernos nuevas, es que dan en la diana de una manera certera e inesperada, como así muestran estos aforismos: “Hay personas tan discretas que siempre se dan por eludidas”; “Disimular es de sabios”; “Hay gente que practica la hipocresía con total sinceridad”; “Una certeza suele ser el resultado de sumar muchas dudas durante demasiado tiempo”. En ese deambular aforístico, Itzíar Mínguez explica el mundo en ese quehacer diario que se tiene, tejiendo palabras que surgen de las vivencias, de pretender ver en el lenguaje algo que emite cierta radiación, algo que predispone a sentir el fervor de las palabras, bajo la idea de lo que verdaderamente ellas manifiestan de vida y de historia.


Puntadas sin hilo es un libro intuitivo que no da pábulo a nada superfluo, incluso cuando toca asuntos intrascendentes, y viene a constatar que la ironía de su composición reside en que el aforismo, siendo la forma que menos tiempo lleva leer, es la que más tiempo lleva entender e interpretar. Aquí hay motivos, paradojas y soplos suficientes para ensartar la aguja de nuestra sonrisa y empatía con buen provecho.


jueves, 10 de noviembre de 2022

La vida en jaque


Azar, destino, arrojo, la vida tiene mucho de juego en relación a estos términos que, por otra parte, dependiendo de cómo se combinen entre sí, el resultado puede convertirse en atropello. La pregunta sobre qué es vivir nunca tiene una respuesta fácil, porque toda explicación es una reducción, una simplificación. La vida en jaque. Así, en estas cuatro palabras, podríamos resumir lo que encierra Sobrejuegos (Huerga&Fierro, 2022), el nuevo libro de Itziar Mínguez Arnáiz (Baracaldo, 1972), poeta, aforista, narradora y guionista de televisión, su estreno como novelista, es una historia que escarba en la complejidad de lo real y que trasciende en redescubrir lo que el propio narrador constata en su alegato final: que vivir es intentar cambiar el rumbo de lo establecido, que “ganar o perder es puro trámite, pero el trámite es lo emocionante”.

Sobrejuegos arranca con una cita de Juan Carlos Onetti que augura, en buena medida, por donde tira el misterio que desencadena su trama: “Se dice que hay varias formas de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos”. ¿Cómo lo lleva a cabo su protagonista? La verdad de los hechos que aquí se narra se irá desvelando bajo su propio testimonio, en primera persona, consciente de lo mucho que hay en juego, pero no le importará. Para él, un cartero de vida anodina, el destino irrumpe en su vida para trastocarlo todo, de manera fortuita, de la mano de Pablo, un desconocido que lo atropella con su vehículo a la altura de un semáforo, y también de la mano de Nuria, la enfermera que le auxilia tras el percance.

A partir de aquí, todo el encaje de lo sucedido en su vida particular se irá hilando y recomponiendo hasta convertirse en una inusitada y aparatosa realidad que pondrá en entredicho y trastocará para siempre los soportes vitales en los que la normalidad del personaje se asentaba: el trabajo, la soledad, su desconexión intermitente con el mundo y con los demás. Después de lo sucedido, ya nada será igual, incluida la relación que mantenía con el viejo Ventura, su compañero de oficina de correos al que nunca le llevaba la contraria. Fue él quien le enseñó a ver las montañas de cartas del trabajo como si fueran pasajes de la vida, con sus secretos guardados. Fue él quien le contó la historia de las cartas cruzadas, dos misivas que coinciden por un instante en un mismo montón, cada una de ellas con su pregunta y respuesta secretas, como paradoja de la vida. La perplejidad de aquella metáfora le vino a reforzar el sentido de lo acaecido ahora en su vida y de lo que, inevitablemente, desencadenaría.

Itziar Mínguez deja entrever en esta historia oscura destellos de luz por donde se incrustan la consciencia de ser, la vida como atropello y, cómo no, el alma de los hechos que la refutan. El narrador de su novela no se imagina sin sus agarraderas de siempre, sin sus rutinas. Qué difícil sería para él acometer cada jornada sin su concurso. No se imagina fuera de su alcance, porque la rutina le facilita las cosas. Es su forma de superar lo anodino dentro de lo cotidiano. Tampoco siente apego, ni cariño, ni dependencia por la gente. Por el contrario, lo que sí siente es aprecio por las cosas. Los objetos le procuran más confort y compañía que nada, nos cuenta. Hasta que tras aquel fatídico día surge lo imprevisto y todo salta por los aires. Es a partir de ahí cuando todo se precipita. Toca suelo, y confirma que nadie puede ignorar el abismo que lo aísla del resto. Y, entonces, la culpa se deja ver en su vida y en la de los que se le entrecruzan por delante. Toma en cuenta que vivir y arriesgar son dos caras de una misma moneda.

Mientras la narración avanza, y vamos viendo la transformación del personaje, esta se va intercalando con las preguntas con las que el inspector Márquez le presiona durante el interrogatorio dispuesto por la policía para encausarle como sospechoso de un crimen. En esa indagación puesta en marcha, las palabras que salen de su boca atisban consignas que acaban siendo una manera reconocible de autoindulgencia para salir indemne del atolladero en el que se encuentra metido y mantenerse en el cauce legítimo de la defensa de su verdad: “–¿Cuál era el juego? / –Ninguno, Inspector. / –¿Entonces? / –Me limité a perder”. Es precisamente esa conclusión arrebatadora la que dispensa a su causa, la de jugar con su inocencia, sin tener que doblegarse a la evidencia, sin calcular la endeblez de sus palabras, sin arrepentirse tampoco: “Jugué a revolver el destino plenamente consciente de que revolvía dos vidas”.


El juego, el peso del azar, el amor y el desacato a la vida están presentes en Sobrejuegos, un libro que guarda cierta empatía con Lo que pudo haber sido (2019), un poemario en el que la autora vasca fija sus versos en lo que sucede y lo que dejamos en el camino, conformando una baraja de cartas en la que cada baza pone en juego no solo conflictos, culpabilidad o desatinos, además de poner al descubierto el deseo, el amor y el arrebato para hacer de las suyas.

El resultado final es que Itziar Mínguez ha sabido articular, en este primer salto al género una novela existencial, urdida con buenas hechuras, tanto en su tono como en su prosa, mediante un relato de sesgo policial que, de manera sobria y conmovedora, nos lleva, por un corredor de vivencias y reflexiones, a descubrir la mente de un hombre anónimo entregado a una causa sobrevenida que pondrá en jaque su propia vida.


lunes, 6 de diciembre de 2021

Aforismos por las nubes


La lectura de aforismos tiene como condición previa la aceptación tácita de que tiene sentido algo cuya tarea primordial es completar lo que queda dicho. Al menos esa es la actitud genuina de sus lectores, a la que se añade su fascinación por lo escueto, por lo mucho que es capaz de expandir la brevedad de lo que se presenta ante sus ojos. Pero también, su hondura, la que se encuentra implícita en el texto y convierte lo escrito en un terreno propicio para la iluminación, la perplejidad y el asombro, con la idea de encender nuestro interés por lo que transcurre en el texto y lo que revela de extraordinario e insólito.

Bien es cierto que en la propia esencia del aforismo existe una inexorable voluntad de verdad, de concisa y desnuda verdad, sutil y provocadora que, curiosamente se despliega por los mismos linderos de la poesía. El aforismo y la poesía se parecen en lo que tienen de epifanía, en su condensación, en el límite de su expresión, en esa suerte de lenguaje en busca de un resplandor o revelación. Hay un nexo compositivo parecido. De ahí que el aforismo surja con tanta naturalidad en las manos del poeta como un verso suelto. Muchas veces, podemos encontrar más poesía en dos o tres aforismos que en un largo poema. En esa analogía podemos situar al poeta como escritor en la frontera del aforismo, algo que ya intuía Borges en esta sentencia: “El poeta no construye enunciados sobre la realidad, sino que construye la realidad por medio de enunciados”.

Y digo todo esto porque quienes hemos leído la poesía de Itziar Mínguez (Baracaldo, 1972) desde La vida me persigue (2006), Cambio de Rasante (2015), Qwerty (2017) o Lo que pudo haber sido (2019) hemos sentido ese pálpito de enunciados, asombros y hallazgos de la realidad del día a día con esa voluntad concisa de hacernos caer en la cuenta de lo que acontece en lo cotidiano. Libros que hacen guiños permanentes al lector y, a la vez, lo toman de la mano para animarlo a acabar las elipsis de sus poemas, o lo inducen a experimentar sus reticencias. Su poesía trata de situar al lector en ese ámbito aforístico cercano de la confidencialidad, del pálpito de la realidad del sujeto poético que lo conforma, sin apenas artificio, tan solo con la audacia suficiente de la palabra ajustada para atrapar el interés del sujeto lector que lo acompaña.

Y ahora, en esa estela de levedad poética tan característica suya, nos sorprende con Nubes y claros (Cuadernos del Vigía, 2021), un libro con el que ha ganado ex equo el VIII Premio Internacional José Bergamín de Aforismos, un estupendo debut en un género tan exigente que, no solo precisa perspicacia, precisión y alcance, sino que requiere un talento muy intuitivo para condensar el lenguaje. Da la impresión de que en su cabeza ese mecanismo de creación de enunciados anduviera en permanente efervescencia. No se ha hecho esperar mucho, porque en sus más de trescientas miniaturas hay mucha vivencia personal, impresiones, imágenes poéticas, proclamas y un sin fin de ejercicios lúdicos que resumen una provechosa andanza a lo largo del tiempo por el aforismo, un género calificado por muchos de vocacional y paradójico.

En este lance fragmentario de ahora, Itziar se empeña en provocar en el lector un vislumbre de sus expectativas y, de alguna manera, lo realza con un buen álbum de instantáneas en el que las nubes se dejan querer, alternan e interactúan con el lenguaje y con la realidad palpable de la vida. Revelan algo de nosotros: “Las nubes dicen cosas de las que enseguida se arrepienten”. Muestran analogías con nuestra naturaleza: “Las nubes padecen un severo trastorno de personalidad”, e, incluso, se incorporan en nuestra habla: “Ojo con poner a alguien por las nubes, puede que acabe lloviéndote encima”.

En los aforismos de Nubes y claros hay también reverberaciones que aglutinan reflexiones, epifanías, hallazgos, notas, una amplia tentativa en la que destaca, además de su concisión, su plasticidad, preocupación ética y el gusto por la paradoja. Hay lugar para los sueños, las promesas, el deseo, el orgullo, las segundas oportunidades o las madres. De estas dos últimas dice lo siguiente: “Los consejos de las madres son como la letra pequeña de los contratos”; “Las segundas oportunidades son como las segundas rebajas. Nunca queda nada de tu talla”.

Quizá lo más contagioso del libro esté en ese pulso contenido que transmite la palabra del yo como personaje, atento a la vida azarosa, sin dejar de interpelarla, como si nos advirtiera de que: “Lo peor de todo nunca es lo peor de todo”, de que pasamos nuestros días mirando anodinamente las cosas, con el riesgo de diluirnos en el mero discurrir del tiempo. Reproducir los instantes de la vida, viene a decirnos, es abrir hueco, resquicios de lo que importa, como así queda escrito en uno de sus aforismos más afortunados: “No estar seguro de nada puede ser una gran ventaja”.


En este sentido, el paso del tiempo y sus consecuencias conforman buena parte del hilo conductor del libro, sin solemnidad, porque aquí el humor tiene mucha presencia y estatus: “La vida me ha obligado a perfeccionar mi cara de póquer”. Vivirla, según leemos, supone estar siempre en contacto con uno mismo, con ese testigo interior tan presente y ávido de indicios, tan necesitado de razones para manejar su intemperie y su nostalgia: “Cuánto quedó de nosotros en los cines que cerraron”. Verdad que es cierto y hasta resulta poético. Lo mismo que de recurrente tiene este otro aforismo: “Cuanto más empeño pones en olvidar más te acuerdas”.

En Nubes y claros descubrimos a una poeta que se encuentra a su antojo con el aforismo, como si esta práctica le viniera de lejos, un género, por otra parte, que revela muchos rasgos de la personalidad y carácter de quien lo escribe. “Escribir aforismos –nos dice– ayuda a saber que piensas cosas que no sabías que pensabas”. Ese vínculo aquí es palpable y trasciende, hasta el punto de sentirse uno a gusto y, por momentos, aforista implícito del libro.


sábado, 28 de diciembre de 2019

A golpe de tinta


La poesía es algo que anda por las calles, decía García Lorca. Que se mueve, que pasa a nuestro lado y va a expensas de quien la persigue. Todas las cosas tienen su misterio, y la poesía, según el poeta granadino, es el misterio que tienen todas las cosas. Es la casa del ser, apuntaba el filósofo Heidegger. No faltará por ahí quien afirme que los poetas, realmente, no son indispensables. Para esclarecer mejor el asunto, no cabe mejor cita que acudir a la pregunta que le sugería todo esto a Saramago: ¿Qué sería de todos nosotros si no viniera la poesía a ayudarnos a comprender cuán poca claridad tienen las cosas que llamamos claras?

Toda poesía es, ante todo, un gran caer en la cuenta, que diría Jose Ángel Valente. Caer en la cuenta de lo que acontece por las calles, de lo que sucede en el recinto de lo cotidiano, sus objetos y sus misterios conforman el leitmotiv de lo que ha venido plasmando en sus libros Itziar Mínguez Arnáiz (Barakaldo, 1972) a lo largo de casi veinte años de escritura ininterrumpida. Desde que publicó La vida me persigue (2006), su primer poemario, ha mantenido esa inercia creativa de asumir la experiencia de lo cotidiano como fórmula de destilar su ámbito poético más genuino. A este debut le siguieron por la misma senda todos los títulos que fue publicando después, de los que cabe destacar Cara o cruz (2009) y Cambio de rasante (2015), dos poemarios que nacen igualmente de los confines domésticos. Con el siguiente libro, Que viene el lobo (2016) gana el Premio Internacional de Poesía Nicanor Parra, un poemario desnudo y emocionante bajo el dictamen del tiempo y la persistencia de lo efímero. Posteriormente vendría Qwerty (2017), un libro que acrecentaría más el valor de su poesía, hasta expandirlo con dos nuevas obras: Idea intuitiva de un cuerpo geométrico (2018) y La vuelta al mundo en 80 jaikus (2018).

Acaba de aparecer recientemente Lo que pudo haber sido (Huerga&Fierro, 2019), su nuevo poemario, una ventana más que se asoma a ese universo propio y tan suyo. Itziar Mínguez vuelve a desentrañar la realidad del mundo que tiene delante de sus ojos, ese que tanto la anima a tejer el ámbito de sus poemas, a plasmar lo que concierne a la vida para hacerla un poco más inteligible, algo más humana y próxima. Reúne cuarenta y seis poemas donde confluyen piezas breves y con algunas otras, las menos, de mayor extensión. Compagina la mirada con el pensamiento, para multiplicar las facetas de la realidad, buscando encontrar en lo distinto lo igual, y en lo igual lo particular.

¿Qué es lo que va a encontrar el lector en estos poemas? Por aquí se filtran la insistencia de lo efímero o el deambular por la ciudad a través de un mapa interior, como se deduce de estos versos de Los adioses: “escribes con el único fin/ de anticiparte a las pérdidas que te aguardan/ porque la vida es eso/ llegar preparado a cada despedida/ preguntándote quién será el siguiente”. En otros poemas se balbucean aforismos que comparten la incertidumbre de vivir o se nos convoca al consuelo, la compasión, el destino: “Lo peor de la tragedia/ es que está por venir/ lo bueno es que sólo puedes salvarte/ cuando llega”.

También se pulsan las pérdidas y ganancias de la vida, ese debe y haber que la partida doble de toda contabilidad general requiere ajustar: “lo complicado es saber/ donde colocar cada cosa”. La vida, una receta, es el título de un poema en el que se indica la confluencia de tres de sus elementos más determinantes: “Voluntad/ azar/ intuición”. Somos nota a pie de página, se dice en otro, pendientes de que alguien repare en ella: “a quién no le gustaría ser un poco así”. Quizá el último poema concite la sutileza del título del libro con la verdad poética de quien lo firma: “Donde dice/ lo que pudo haber sido/ debería decir/ lo que pude haber sido”.

La poesía de los actos y de los pensamientos sigue coexistiendo en la creación literaria de Itziar Mínguez, con ese lenguaje de tono sencillo y ligero tan suyo, pero hondo, y alejado de cualquier materia oscura, con la única preocupación de mantener los ojos bien abiertos sobre lo que sucede a diario a corta distancia. Poética a ras de suelo, diríamos, unánime y comunicativa en su trayectoria, abierta, en la que reflejar la dimensión del otro, y la verdad de lo que somos.

Hay quienes aseguran que la poesía está en las cosas y el poeta las descubre. Leyendo la poesía de Itziar Mínguez podríamos decir que esa afirmación se trastoca, es decir, que la poesía está en ella misma y las cosas se la provocan. Y son las cosas las que ponen su juego en la vida con la idea de rebasarla.

Los poemas de Lo que pudo haber sido, en suma, son ventanas que se asoman al mundo para descifrarlo, para resistir a su monotonía. Uno los lee y nota que lo mejor que le sucede es que se entiende con ellos, desde esa claridad con que se muestra el hecho mismo de vivir y su incandescencia.


sábado, 14 de abril de 2018

Ángulos e intervalos


La invención literaria, como diría Carlos Pujol, se hace y se deshace de manera misteriosa en el fondo de uno mismo, hasta que al fin cuaja en palabras que casi son extrañas, pero tienen su propia vida y destino. La verdad del poeta no se da hasta que este no encuentra las palabras para decirla. El poeta, de manera singular, está para ver lo que no se ve, para lo que se ve ya estamos los demás. Escribir, al fin y al cabo, en poesía se decanta más si cabe a verbo reflexivo.

Al abrir un libro de poesía nos adentramos en un mundo simbólico donde no importa tanto lo que se dice como lo que eso mismo significa. En ese sentido, lo que interesa de un poeta, como apuntaba Walace Stevens, no son ni su destreza ni sus sentimientos, sino su sentido del mundo. La poesía, ya se sabe, trata de ir más allá, no solo se preocupa del significado de la experiencia, sino también de la experiencia del significado.

La trayectoria literaria de Itziar Mínguez Arnáiz (Baracaldo, 1972) desde La vida me persigue (2006), su primer poemario, ha mantenido esa inercia de asumir la experiencia de lo cotidiano como forma de destilar su ámbito poético. En Cambio de rasante (2015) justificaba el título del libro aludiendo a ese tramo de vía de distinta inclinación para decirnos lo que su poesía experimentó con esa sensación doble de ir pegada al suelo y al mismo tiempo subida a él. Después llegarían Que viene el lobo (2016) y Qwerty (2017) para asentar y acrecentar más su valía. Parece una paradoja, pero su poesía se ha ido conformando al mismo tiempo en concentrar y extender, en hacerlo todo mucho más pequeño y el doble de grande a la vez.

Como doble y simultáneo es lo nuevo suyo que acaba de llegar a las librerías: La vuelta al mundo en 80 jaikus (y una nana para despertar) (Takara, 2018), que presenta dos mitades, la primera poblada de un buen puñado de haikus, y la otra de una canción de cuna en tres actos que pone voz a un ser de otro planeta; Idea intuitiva de un cuerpo geométrico (La Única Puerta la izquierda, 2018) el otro libro, se presenta como un poemario potente erigido en esa línea textual suya a base de palabras y silencios, y tanto lo dicho como lo callado apelan al sentimiento con igual energía, explorando simultáneamente sus ideas y las experiencias del vivir.

Si al poeta, más que a nadie, se le exige autenticidad, Itziar Mínguez siempre presenta en su poética esa aspiración. En estos poemas podemos ver cómo la escritora ha concebido sus piezas, nacidas desde la memoria y el recuerdo de las formas geométricas de un libro de aprendizaje de antaño en el que los objetos, los bordes y sus ángulos concitaban a la evocación poética. Y desde ese libro de Geometría quedamos convocados a escuchar episodios de vida y soledades. Los recuerdos y sus ecos con las claves de sus epifanías en las que destacan las reacciones y sensaciones experimentadas justo en el momento en que cada uno de los poemas es alumbrado.

Lo bueno de su poesía es que el lector se da cuenta de que la preocupación de la poeta está más por revelarnos algo sencillo que cualquier empeño de parecer sublime (y eso se agradece): Ven./ Quiero estar sola/ y necesito un testigo; así como en este otro: No es/ sueña conmigo,/ sino/ despierta a mi lado. Y nunca prescinde de expresar lo esencial de las cosas: - ¿Qué te pasa?/ - Estoy solo en el mundo./ - Yo estoy contigo./ -También tú estás solo. No repara en que su poesía sea demasiado poética, sólo con atisbos se basta: Tú y yo, para siempre/ bajo llave/ en esta caja fuerte/ sin compartir la clave/ con nadie./ Jamás. La palabra para Itziar es el tesoro del poema, por eso se esmera en desprenderse del derroche y en eludir la estrechez.

En Idea Intuitiva de un cuerpo geométrico hay un despliegue arquitectónico más conformado en relación a otros poemarios suyos. Aquí la forma del libro está más colmatada en su estructura y concepción. También, como novedad suya, utiliza el sangrado del verso y enfatiza la puntuación, algo que en sus anteriores poemarios desestimaba y, sin embargo, en esta ocasión quiere y requiere para que el lector proceda visualmente a transitar por el ritmo pactado por el poeta, para que no pierda comba por sus territorios vivenciales.

Por todas sus esquinas y ángulos Idea intuitiva... destila soledades, roces de compañía, memorias del cuerpo, pasión, amor discontinuo, rutinas del vivir y del trabajar, discurrir del tiempo, aplazamientos, lo que somos y lo que los objetos nos marcan. Todo un cúmulo del trajín del vivir y sus pulsiones.

Itziar Mínguez encuentra en esta tentativa, como bien dice Ángela Mallén en el estupendo prólogo del libro “la poesía de los actos y de los pensamientos”. Lo difícil de vivir es darse cuenta de ello, viene a decirnos la escritora vizcaína en esta obra suya de título tan abstracto, pero que nadie se confunda, porque Idea intuitiva... es tan tangible como vívida, en la que el cuerpo prima y palpita: en soledad y compañía, en su fuero y desafuero, en sus inflexiones y sobreentendidos. Un texto pasional y rotundo que acredita su oficio y madurez.


viernes, 2 de junio de 2017

Teclado poético

Se ha dicho que leer un libro es habitarlo. Cabría añadir que al leer un libro dejamos que su autor nos habite y se asome a nuestros ojos ávidos de curiosidad, que es otra forma de decir que hay un pacto temporal en el que dos extraños pueden conocerse y reunirse en términos de igualdad, en una relación vis a vis, autor y lector, colaborando juntos.

En la poesía, ese acuerdo tácito es aún más misterioso. Quien escribe poesía es un elegido, un sujeto que se propone decir lo máximo con lo mínimo, que se empeña en emocionar, alegrar, mejorar o salpicarnos de barro si fuera preciso. La poesía es agua mineral, agua que moja por donde pasa, que acaricia, pero también agita y chorrea.

Itziar Mínguez Arnáiz (Baracaldo, 1972) es una poeta que lleva más de diez años mostrando sus andanzas poéticas cumpliendo largamente con el lema ineludible de Pound: “Lo esencial de un poeta es que nos construya su mundo”. En su primer libro, La vida me persigue (2006), un diario fatalista en verso, en el que el protagonista deja testimonio de su empeño en aspirar a ser el poeta que siempre lleva dentro de sí, harto de dar cuerda a un reloj a deshoras. Después llegarían dos poemarios complementarios: Luz en ruinas (2007) y Cara o cruz (2009) que se sumarán a su apuesta de contar historias a pinceladas, poesía elíptica extraída de las calles y aceras, del metro, de las rutinas, de las derrotas y anhelos que supone vivir. Más tarde, con Wikipoemia (2014) da un viraje hacia otras intuiciones poéticas a través del significado particular de las cosas. Con Cambio de rasante (2015) retorna a reivindicar sus poemas nacidos en los confines domésticos, en los asuntos cotidianos, fuente de inspiración y de escepticismo permanente donde las tormentas, la lluvia, los charcos, los paraguas, los platos rotos, las prohibiciones, la mirada introspectiva y la melancolía contenida se hacen ver: Un poema sin rima/ todavía/ pero sin lluvia/ no es un poema. Con su siguiente libro, Que viene el lobo (2016), gana el Premio de Poesía Nicanor Parra, un poemario emocionante y desnudo bajo el discernir del tiempo y de la justicia poética, en un diálogo crudo y persistente sobre la vida y sus amenazas.

QWERTY (La Isla de Siltolá, 2017), su última propuesta literaria, es otro salto poético, arriesgado, pero feliz, desde dentro de la creación, desde el propio taller literario, una ventana para el lector donde merodear por la génesis y anatomía de la composición e inspiración de su poética, a veces, bajo la apariencia de “búnker” o bajo la arquitectura de un “tetris” o, también, renacido por una historia de amor inducida por la escritura, como concluye su autora en estos versos: La vida es/ lo que sucede/ entre el primer/ y el último verso, sin tenerse que rasgar las vestiduras ni sobrevalorar el oficio inacabado del poeta: En la vida / como en la escritura –subraya–/ hay que fallar muchas veces/ para acertar una/ y en ocasiones ni eso.

Tratando de buscar respuestas, Itziar Mínguez indaga en este poemario sobre el porqué de la escritura por medio de la desnudez de sus composiciones “en clave de historia de amor”, como dice ella misma en la nota final del libro en la que desvela lo que significa el binomio establecido entre escritura y vida: “La poesía es para mí una disyuntiva que me hace optar unas veces por el poema y otras por la vida. Pocas veces coinciden pero cuando se dan al mismo tiempo es la leche”.

QWERTY es un teclado compositivo que aguarda en sus piezas la autobiografía poética de su autora, sin retórica ni aspavientos, concebido desde la vocación y la consciencia de que El de poeta/no es un oficio/ del que puedas salir/ indemne, como refrenda el poema Riesgos Laborales. La singularidad expresiva de la voz poética, tan propia suya, remite a un modelo estético basado en la sencillez del poema, ese que entiende a la poesía como una miniatura verbal, como un hecho lingüístico que no precisa alzarse sobre una estructura elevada, ni necesita ningún sustento artificioso para su autosuficiencia y validez.

Itziar Mínguez le hace guiños permanentes al lector de su poesía y, a la vez, lo toma amistosamente de la mano para animarlo a acabar sus elipsis o lo induce a experimentar reticencias. Estamos ante un libro inteligente, apasionado, aforístico, sin puntos ni comas, ni falta que le hace, lleno de humor, irónico y transparente. Sus poemas sitúan al lector de pronto en el ámbito de la confidencialidad, en la realidad del sujeto poético que los conforman, sin apenas ruido, pero con una audacia sobresaliente.


QWERTY, en suma, participa y continúa de esa entonación poética de rango sencillo y contenido tan propio de la vizcaína, pero en esta ocasión menudea, sin rodeos, por el territorio portátil de la creación poética poniéndolo a la suerte o al dictamen del lector, eso sí, sabiendo, que el poema manda/ es él quien tiene/ la última palabra.

sábado, 13 de agosto de 2016

Ir a contratiempo

No cabe duda de que escribir un buen libro de poesía es una tarea dura y exigente. Conseguirlo es una dicha indescriptible para el artista, y un placer incomparable para el lector. No existe ningún objeto acabado más bello que un buen poema, ni existe, tampoco, nada más difícil de olvidar y que viva tanto tiempo en el recuerdo. Gran parte de los malos poemas que malviven se han escrito en nombre de la sinceridad, de la belleza y de los buenos sentimientos, como si eso por sí mismo bastara. La eficacia del poeta se encuentra en aquello que nos explica, aquello que no sabíamos y que cuando volvemos a mirar ya no parece lo mismo que antes, sino algo más completo e iluminado, incluso cuando el poema infiere sobre nosotros mismos.

Itziar Mínguez Arnáiz (Baracaldo, 1972), escritora, guionista de televisión y licenciada en derecho, abandonó la toga para hacer lo que quería: justicia poética, razón válida y suficiente para poder contar la particularidad de sus historias, una tarea incesante y contenida, que ha ido desparramando durante dos lustros. Su voz, la de una letrada letraherida, artífice en extraer esquirlas de lo cotidiano, sin necesidad de gritar, ni desparramarse en alambicados alardes de virtuosismo, propone una manera de estar en el mundo, atenta a todo, sensible a todo y, en especial, a los lectores que no somos expertos en la formalidad ni en los recursos del género, pero ávidos de descubrir la realidad poética que destilan las pequeñas cosas que nos rodean.

Después de una década productiva escribiendo poemas, iniciada con la publicación de La vida me persigue (Renacimiento, 2006), galardonada con el Premio Surcos de Poesía, un diario poético demoledor en el que su protagonista, un hombre abatido, resuelve dejar de dar cuerda al reloj de su vida poniendo fin a su existencia, vendrán también otros poemarios como, Cara o Cruz (Huacanamo, 2009), una historia inacabada expuesta al aciago destino de un narrador aturdido o Cambio de Rasante (Baile del Sol, 2015), un libro hermoso y reflexivo, germinado desde los instantes efímeros de los días y las horas que ocupan los tramos de toda vía existencial por donde, inevitablemente, aparecerán otros perfiles que sortear.

Su último libro, Que viene el lobo (La Isla de Siltolá, 2016), llega con el estreno de otro reconocimiento, el I Premio de Poesía Nicanor Parra, un salvoconducto que acrecienta la trayectoria de su poesía. En esta ocasión, la poeta vizcaína reúne cincuenta poemas breves e intensos por donde transita su visión poética de las cosas cotidianas y su manera de concebir la estructura de sus poemas, sin puntuaciones, dispuestos para que el lector los entone con sus propios puntos y comas. El ritmo le viene dado por los huecos bien marcados de sus estrofas. Todo parece minúsculo, pero intenso. Los silencios también hablan. Itziar es una poeta fácil, pero exigente. Fácil, porque es capaz de describir la complejidad con palabras sencillas, esas que usamos todos los días:

Has llegado tarde
a todo lo que importa
y todo lo que importa
ha llegado tarde a ti

Exigente, porque sabe cómo infiltrar esas palabras justas y medidas en la conciencia del lector, cómo arrastrarle a la pesadumbre, a la duda razonable de interpretar los tiempos y contratiempos que se precipitan:

Si no sabes cómo llegar
pregunta

si no sabes qué preguntar
estás perdido

La poesía de Itziar Mínguez es pura y desnuda, desprovista de retórica, íntegra y emocionante. El lector de sus libros penetra en un mundo coherente, sin estridencias y singularizado, en el que se respira una manera de observar, vivir y contar las cosas comunes a todos.

Cuando uno llega invitado por el azar de los días a leer un libro como este, de una de las poetas más reconocidas y atinadas del panorama literario actual del país, descubre, para asombro propio, que la poesía puede situarse en el punto de cruce y conexión que hay entre la experiencia del autor y la del resto de los mortales que viven la misma historia, aunque no sean consciente de ello. Dichoso de quien vaya a su encuentro para comprobarlo y solazarse.