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lunes, 16 de noviembre de 2015

Mascarada ingrata

A Juan Francisco Ferré (Málaga, 1962) le va la marcha sarcástica y perversa. Según dice el escritor Manuel Vilas, JFF es un autor de una moral incompasiva y de una invención cáustica. El malagueño formó parte de la Generación Nocilla, un término para algunos algo friki, por lo que prefieren denominarla mejor como generación Afterpop, movimiento donde la estética responde al exceso de simbolismo de la televisión. Las características literarias de esta generación, que se resumen en la fragmentación, la interdisciplina y un rechazo frontal a la literatura convencional, parecen tomar cuerpo en la trayectoria literaria del andaluz. En esa apuesta suya, radical, de entender la escritura, publica en 2009 Providence, una provocadora novela que obtuvo una buena acogida crítica aquí en España y en su edición francesa. Con Karnaval (2012) obtiene el Premio Herralde de Novela, una historia irreverente que fabula la crisis económica, la quiebra democrática y también la indignación de muchos.

Con su última propuesta narrativa, El Rey del Juego (Anagrama, 2015) nada se interrumpe en su estilo transgresor y heterodoxo que exige de un lector predispuesto a involucrarse en la tarea de participar en una aventura increíble y vertiginosa en donde el humor y el esperpento acudirán a su rescate como bálsamo. Esto ya se daba en sus últimas publicaciones, pero aquí, aún más. La novela arranca con unas citas apócrifas de escritores y personajes variopintos que opinan sobre la valía artística del libro y, a partir de este sorprendente preámbulo, el lector es empujado por un tobogán vertiginoso hacia no se sabe dónde. Lo que viene tras de sí es una concatenación de secuencias que no parece tener límites. Es entonces cuando la novela adopta, inevitablemente, un curso delirante que obligará al lector a adoptar sobre ella un punto de vista también delirante.

El Rey del Juego es el rey del desvarío y del sarcasmo, una pesadilla recurrente y grotesca. Cada capítulo llega siempre henchido de algo, el asombro nunca es pequeño, todo es disparatado en ese torbellino de la realidad por donde transitan los personajes. Axel Bocanegra, el protagonista y narrador de la historia, se embarca en un delirante viaje por las lindes de una España kafkiana, que viene de vuelta, con el rabo entre las piernas, eliminada del último mundial de fútbol, y en la que, en ese estrambótico trayecto, se proclama el estado de excepción como consecuencia de un atentado contra el rey, al mismo tiempo que se pone en escena a famosos personajes femeninos de la televisión. No faltan escenas y trifulcas de sexo y violencia a lo largo de muchos capítulos. Y esto no es todo, sino que para más enredo, la trama se sumerge en elucubraciones y teorías de la conspiración que resumen el totum revolutum de la actualidad política del país, a modo de una especie de teleserie en la que no faltan oprobios, peroratas y falacias.

Hay un enfoque cinematográfico y paródico en la narrativa de JFF que se repite en sus novelas, no le importa acudir a la tradición picaresca para reflejarlo con mayor énfasis o, incluso, como si rescatara de las portadas de la prensa un aluvión de referentes malévolos de famosos que se incorporan a sus párrafos más festivos para dar mayor diversión al lector, cada vez más sorprendido con la excesiva dispersión de la trama. Al fin y al cabo, esto último forma parte del espectáculo, ya que se trata de una osada apuesta a la que opta su autor.

El Rey del Juego es una novela ofensiva que ataca con displicencia a los dirigentes políticos: “En este juego –subraya el narrador– se puede ser todo lo paranoico que se quiera, pero lo que no se puede ser, bajo ningún concepto, es un gilipollas” (pág.139). Lo que aquí se relata es una mirada sarcástica de la “España profunda” y la “España superficial”, como se apostilla en uno de sus párrafos (pág. 172). Todo un show enloquecido y sicalíptico en donde no faltan perfidias morales y escenas pornográficas, propias de un videojuego erótico y pernicioso o un manga japonés.

Juan Francisco Ferré vuelve a sorprendernos con un nuevo artefacto literario, un derroche narrativo tan propio de su firma, con una prosa vigorosa y efectiva, de ritmo endiablado y desasosegante, sin respiro, sin tregua, incluso incorporando otros relatos dentro de la novela (un guiño cervantino) para aupar la deriva de sus personajes que deambulan hacia el abismo.

Ferré es un artista radical del cuadrilátero estilístico, ese que exige gancho y pegada para despertar al lector de la complacencia permisiva en la que vive inmerso y darle pábulo a su conciencia, mostrándole la mascarada ingrata y amarga de lo que acontece a su alrededor. [Reseña núm. 251]


jueves, 7 de agosto de 2014

La buena política no caduca


Que la democracia es un espíritu y no tan solo una fórmula es lo que viene a decirnos el pensador inglés, ya desaparecido, Tony Judt. Y es cierto, porque si uno se para a pensar en la historia de las naciones que optimizaron las virtudes de lo que nosotros vinculamos a la esencia democrática, se da cuenta que primero vino la constitucionalidad, el Estado de derecho y la separción de poderes, eso que tanta controversia concitó a Montesquieu. La democracia, casi siempre, llegó lo último y, además, de la mano de sus correspondientes campañas electorales.

El intelectual Michael Ignatieff (Toronto, 1947) examina, a modo de confesión, en Fuego y cenizas, editado en Taurus (2014), el éxito y fracaso en política. El escritor y pensador canadiense narra su aventura, una biografía política conmovedora, como líder del Partido Liberal de su páis. Este salto a la política tiene analogías con otros intelectuales que también tuvieron esa ocurrencia, como Vargas-Llosa en Perú, Václav Havel en la República Checa o Carlos Fuentes en México, y te dan ciertas pistas que aquello no acabe nada bien. Y así es.

Este libro, que tiene mucho de crónica analítica, es también un ejercicio honesto de rendir cuentas de un fracaso político. Incluso, en un país tan civilizado como Canadá, los políticos han aprendido las artimañas de sus vecinos, los republicanos estadounidenses, e Ignatieff es derrotado, mejor dicho: es humillado. El consuelo le viene convenciéndose de que ha aprendido más de lo que necesitaba saber sobre la política real, esa que consiste esencialmente en ser un maestro del oportunismo. Para nosotros, lectores y ciudadanos de a pie, Fuego y cenizas es un acontecimiento revelador y una oportunidad de conocer a un hombre decente, más allá de las ideologías, que alerta sobre la manía política del populismo.

Michael Ignatieff quiso ser un político diferente y con vocación de cambiar las reglas de juego, pero no pudo. Cuenta cómo logró obtener su escaño y cómo, cinco años después, se presentó a Primer Ministro y se estrelló. Todo este proceso, hasta la estrepitosa derrota final, se encierra en las páginas de un texto autobiográfico, bien narrado, que parece invitar a la autocompasión, pero que el político de Toronto no consiente, gracias al orgullo del honor y la aceptación: Ser consciente de que puedes perder es la mejor garantía de que conservarás tu honradez, (pág. 221).

Muchas cosas fueron diferentes en la aventura emprendida por este prestigioso intelectual pero, quizá, su testimonio de derrotado es el que más lo eleva al rango de servidor público intachable. Fracasó con honor como tantos otros intelectuales lo hicieron: Cicerón, Maquiavelo, Max Weber..., pero lo mejor de Ignatieff es su salida indemne de la refriega política porque su sensatez está por encima de resentimientos y envuelta en un halo permanente de esperanza: En el momento en que empiezas a ver un país como un ejemplo de voluntad cotidiana y sostenida en el tiempo, entiendes por qué son importantes los políticos, individuos que reúnen en una misma habitación a personas que quieren cosas diferentes para encontrar aquello que comparten y que desean hacer juntos (pág. 85).

Con estas mimbres y su experiencia personal, Michael Ignatieff nos hace ver que el debate político sigue vivo, que la buena política no caduca, aunque esté siempre bajo la espada de Damocles y sometida al juicio de adversarios implacables.

En suma, Fuego y cenizas es un libro sincero y lúcido, sin autocompasión pero autocrítico, un relato honesto que encaja, por méritos propios, en la categoría de tratado político y que recomiendo vivamente.