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martes, 22 de noviembre de 2016

Derrumbe y crispación

Es extraordinario cómo pasamos por la vida con los ojos entrecerrados, los oídos entorpecidos y hasta los pensamientos aletargados, escribe Joseph Conrad en su novela Lord Jim. Cuando las cosas han sucedido de una cierta manera nos convencemos de que tenían que suceder así, y entonces comprobamos que lo que dejó escrito el novelista polaco recobra vigencia en cualquier época y circunstancia adversa de la vida.

Todo cambia muy rápido y muy poco tiempo después ya nadie recuerda cómo eran antes las cosas y, por lo tanto, cree que han sido siempre así y que por sí solas se mantendrían invariables. En tiempos de abundancia nada importó demasiado mientras hubo dinero. Nada importaba de verdad. Podíamos estar gobernados por incompetentes o por ladrones –subraya Muñoz Molina en su incisivo libro Todo lo que era sólido (2013)–, o por ignorantes o por gente que reunía los tres atributos a la vez: por mal que lo hicieran los gobernantes, la economía prosperaba empujada por el doble espejismo del dinero barato y de la burbuja inmobiliaria. El dinero parecía caer de los árboles, hasta que llegó el vendaval financiero y quebró todas sus ramas.

Muchos libros se han escrito sobre la crisis financiera de esta última década e, incluso, se habla de novelas de la crisis, un fenómeno surgido durante este período de derrumbe económico que a tantos españoles arrojó al paro y a la desesperación. Escritores veteranos como Pedro Ugarte con El país del dinero (2012) o el desaparecido Rafael Chirbes con su novela En la orilla (2013) lo contaron con maestría desde el simbolismo de la antorcha del bienestar social que aparentemente imperaba y su reverso inseparable: la codicia que todo lo convertiría en fatalidad y abismo. Pero también escribieron del asunto autores jóvenes como Isaac Rosa en La mano invisible (2011), Pablo Gutiérrez en Democracia (2012) o Elvira Navarro en La trabajadora (2014), tres novelas fijadas deliberadamente sobre el eje de la debacle económica, la misma que desencadenaría la precariedad laboral y el desencanto social que aún perdura.

Ahora que se oye en algunos medios que lo malo ya pasó, y que la recuperación económica se deja ver, aparece Asamblea ordinaria (Libros del Asteroide, 2016), de Julio Fajardo Herrero (Tenerife, 1979), una novela que viene a proyectar las derivaciones y los efectos que todavía persisten, provenientes de esa realidad ya mencionada por las anteriores obras, eligiendo para ello la profundidad de los aprietos económicos que acucian la vida de sus personajes. Al escritor canario le basta poner ante el lector tres historias independientes, en tres grandes ciudades, capitalizadas por unos seres lastrados por la inconsistencia de sus vidas laborales, para mostrarnos las consecuencias afectivas, familiares y morales derivadas de la precariedad económica y social por la que atraviesan todos ellos en las diferentes geografías que habitan. Para conseguirlo, el autor se ampara en un recurso técnico audaz e imaginativo que sorprende al lector en los primeros capítulos. Cada uno de ellos alterna con una de las historias sin ninguna indicación explícita para el lector. Los treinta y seis episodios que conforman la obra se van dando paso unos a otros constantemente sin dar un respiro al lector. Todo parece articulado desde un artificio controlado y medido. Quizás este deliberado contrapunto impuesto al lector al tener que dejar una voz narrativa para entrar en otra en pocas páginas, exija al principio más atención de la cuenta. Después uno se acostumbra y supera esta pequeña dificultad. Las tres historias no guardan relación unas con otras, incluso están narradas en las tres voces literarias posibles, solo les unen la polaridad del contexto social común y todas convergen en el mismo marco temporal, aunque en puntos distantes, todo calculado para mostrar que lo que sucede en cada lugar es un problema colectivo que se repite en cualquier punto del mapa.

La primera de ellas está contada en primera persona y narra la historia de una mujer casada con un hombre en paro, sin cualificación laboral, que encuentra un afán liberador en los círculos de los nuevos partidos emergentes para justificar su existencia anodina y el fracaso estrepitoso de su vida en pareja. La segunda, escrita en segunda persona, versa sobre la fascinación que a un informático ingenuo y ambicioso le produce su jefe, un joven cercano y divertido, que irá aminorándose al tiempo que lo hacen sus condiciones salariales. La última de ellas, narrada en tercera persona, trata sobre un joven desempleado al que las circunstancias le obligan a instalarse en la casa de una tía suya, viuda, para sortear la penuria del momento.

Esta segunda novela de Fajardo aúpa su corta trayectoria literaria. Conviene, por tanto, no perderle de vista. Son muchos detalles valiosos los que el tinerfeño despliega en esta entrega: su tono narrativo es uno de sus logros, su estructura singular, su lenguaje conciso y claro también conforma un sumatorio destacable que prueba su valía y todos ellos constatan la importancia que tiene siempre la argucia formal a la hora de contar una historia, o tres en una, como es el caso que nos ocupa, para involucrar al lector en el interés por la aventura que se le ofrece.

Asamblea ordinaria es por todo ello una novela meritoria, un relato eficaz sobre la cruda realidad del momento económico que atraviesa la sociedad española, filtrada a través de una prosa depurada e incisiva que lleva al lector a palpar la conciencia de los seres que la habitan, personajes anónimos que declaran su malestar y crispación social en nombre de toda esa ingente cantidad de ciudadanos silenciosos, inmersos en igual derrumbe y precariedad.


sábado, 3 de mayo de 2014

Vidas precarias


En No tan incendiario, un ensayo radical pero profundamente literario, Marta Sanz viene a reafirmar la necesidad de seguir escribiendo fábulas, porque lo que de verdad nos falta son realidades -dice- y es la literatura la que tiene mejores perspectivas de formar la conciencia para intervenir en el mundo y en la vida privada de las personas. Lo que viene a contarnos Elvira Navarro (Huelva, 1978) con su última novela La trabajadora, editado por Literatura Random House, tiene mucho que ver con lo expresado en la cita anterior de la escritora madrileña. Navarro afronta una historia que hurga en la conciencia del lector con la puesta en escena del juego del doble al contar cómo la crisis económica y sus consecuencias desencadenan un desequilibrio psicológico en dos mujeres que se las apañan compartiendo piso en un barrio modesto del extrarradio madrileño. La escritora andaluza aprovecha este escenario, que en buena medida rezuma experiencias propias, y utiliza diferentes tonalidades lingüísticas para desenmascarar la locura, la precariedad laboral y económica reinante que dista mucho del futuro que, según prometieron los líderes políticos, debía ser otra cosa bien distinta.

Elvira Navarro se inscribe en esa línea de literatura comprometida por medio de una historia que asocia lo individual, como vertiente testimonial, con el contexto socioeconómico de la cruda realidad existente. La trabajadora es una novela que transita por la angustia y la alienación en un marco hostil donde la ciudad es espejo de las voces rotas de sus dos protagonistas. En ese recuadro, la novela y la ciudad que nos describe la narradora se corresponden.

El inicio de La trabajadora es un descenso a los infiernos de Susana, una mujer psicótica y solitaria que trabaja de operadora en una compañía de telemarketing. Susana cuenta en primera persona sus peripecias, impulsada por su comportamiento bipolar, en los contactos mantenidos a través de las páginas de la sección íntima del periódico local, para satisfacer sus caprichos sexuales delirantes y sórdidos. Elisa, la protagonista principal y narradora de la historia, avisa que se ha limitado a poner en negro sobre blanco lo que su compañera de piso le contó. Sin embargo, Elisa, que es la más joven de las dos y trabaja de correctora en un grupo editorial que anda en crisis y se atrasa en los pagos, tiene miedo de alcanzar la edad de Susana y llegar a ese estado precario de salud mental. Elisa mira a Susana auscultándola, pero con recelo, porque en realidad ambas se medican para sobrellevar sus naufragios mentales. Entre ambas se produce una atracción y rechazo silencioso que les permite compartir el cobijo precario de sus economías.


En suma, La trabajadora es un libro revelador de la crisis socioeconómica de la última década, una novela nada compasiva, a pesar de las zozobras de las vidas de sus protagonistas. Elvira Navarro renuncia a cualquier ternura que dulcifique el texto para resaltar con ello la radicalidad del ambiente: un cuadro social convulsivo y atiborrado de ansiolíticos, donde muchos pacientes tratan de sobreponerse a sus vidas precarias, amenazadas por la esquizofrenia del momento y al límite de la enajenación.




jueves, 16 de enero de 2014

La realidad supera a la ficción


Fue deliberado. Me compré el libro porque no quería perderme la novela del año, según los críticos. Me había resistido anteriormente, cuando se publicó allá por el mes de marzo, pues no me olvidaba de haber salido trastabillado de su Crematorio, y mira que con La buena letra quedé prendado de este autor por la sobriedad y sutileza de su escritura. Así que me sumergí con cautela En la orilla, en busca de sus tesoros guardados, entre las cuatrocientas páginas y pico del libro, y me sentí fatigado desde los primeros compases, deambulando por el camino pedregoso de una narración dura y ácida, de mucho pesimismo, pero, sobre todo, como me lo suponía: una escritura muy exigente, de ritmo tan denso y lento. De manera que tuve que solapar esta lectura con otras para aliviarme y no desfallecer.

Rafael Chirbes (Tabernes de Valldigna, Valencia, 1949) cuenta la realidad seca de un entorno y de una época reciente de la historia de nuestro país. En la orilla es una novela que explica de forma implacable lo sucedido en España en los últimos lustros: la ruina devenida por tanto exceso y abuso, donde la codicia, la traición y la explotación del sistema ha hecho estragos. Y es con estas mimbres cómo el escritor valenciano teje la trama narrativa de esa realidad despreciable, que sucumbe a propios y extraños del lugar. La historia de Esteban y su carpinteria, engullida por la crisis, es una muestra, un episodio más de una sociedad estrangulada por la avaricia y el egoismo afilado de unos cuantos. No es una novela fácil de digerir, que se hace larga y requiere entereza ante tanta actitud recontada.

En la orilla es un libro árido que muestra unos personajes devastados y amargados por el sino de sus vidas lastradas por una crisis impensable que, una vez mostrado su verdadero rostro, deglute todo el futuro de los ingenuos y desvalidos. Chirbes se vale de las descripciones del paisaje para retratar a sus desfavorecidas víctimas: los olvidados que sortean a duras penas la dificultad de sobrevivir.



No voy a cuestionar el chorro de críticas que han encumbrado esta novela hasta aclamarla como la mejor novela del año, pero a mí, reseñista fútil y sin ataduras, me ha parecido un artefacto literario duro de roer, aburrido, de monotonía excesiva. La gran novela de la crisis, la llaman algunos. Mi experiencia lectora es tangencialmente opuesta, porque la gran crisis la he tenido yo leyendo este oneroso relato que cuenta una terrible realidad y que, en esta ocasión, nunca mejor dicho, la realidad supera a la ficción.