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martes, 24 de enero de 2023

Juego de espejos


Los escritores parece que viven con el detector de ideas siempre activado. Saltará la alarma en su interior, en cuanto tropiezan con una idea con posibilidades. Ideas que pueden llegar de muchas maneras: a través de un paisaje, de una conversación somera con un vecino, de las noticias de la prensa, de algo trivial del día a día o de su mismo interior, convocadas por la memoria. Le basta con observar su propia vida y proximidad, para que el escritor encuentre montones de acontecimientos susceptibles de ser convertidos en relatos: la pérdida fortuita de alguien, un recuerdo de la infancia, las propias relaciones familiares o, simplemente, una situación absurda.

Por estas lindes encuentran resquicios y ardor los nuevos relatos de José Ovejero (Madrid, 1958), Mientras estamos muertos (Páginas de Espuma, 2022) para desplegar su imaginación y hacer visible las inquietudes de quienes habitan sus historias, consciente de que armar un cuento es una labor digna de un artificiero, de tal manera que, al menor fallo, puede que el artefacto te estalle en la cara. Los cuentos de Ovejero no son del todo pólvora de fantasía, ni del todo material explosivo de la realidad. Se ajustan, como bien dice el propio escritor en el primero de sus relatos, a la idea de un credo que significa que “escribir es disfrazar las cosas para poder ver su rostro real”.

Son historias que transitan, en su mayoría, por el lado íntimo de sus protagonistas, seres tan imaginarios como reales, gentes que no precisan hablar mucho, porque en sus silencios hablan también de sus cosas, de sus recuerdos y de sus aspiraciones. Algo así, tan enunciativo, sobre la importancia y el valor del silencio en las personas, nos cuenta el narrador de Recuerdo del suicida, un relato trágico y familiar muy emotivo, con estas palabras tan determinantes: “Los silencios se parecen aún menos que la manera de hablar; basta con oír a una persona estar callada para saber mucho sobre ella”. Son historias que convocan a un destino de cercanías, que se insertan en las tensiones y conflictos de la vida de sus personajes que, en sus sencillas biografías, aparecen reflejos de sus vidas cotidianas y son resonancias de asuntos más grandes.

En los dieciséis relatos que forman el libro, el autor abre, con estilo directo y claro, el mapa de sentimientos y apegos individuales y colectivos que disecciona con un lenguaje urdido para que tras nuestra lectura, nuestra imaginación opere con él en sintonía a su poética: “Es lo bueno de escribir, que puedes ordenar el mundo aunque sólo sea durante unas páginas... Uno escribe sobre lo que se niega a marcharse de su cabeza”. Es el mapa de aquella España de los años setenta, de una época en la que las familias manejaban sus trincheras y apariencias con recelos de no verter hacia afuera sus secretos, con la sola aspiración de bienestar y mejores andanzas para los suyos.

Pero en Mientras estamos muertos no solo se habla del lado intrínseco familiar. Aquí hay historias que hablan también de la conciencia personal, de las clases sociales, de la violencia y la ternura, del amor, de las cosas que nos rozan y arañan, de la fragilidad de la vida y del peso del pasado, como es el caso de Él, ella, uno de los mejores cuentos del libro, quizá el más entrañable, revelador, original y audaz de todos, escrito bajo el desafío de narrar dos vidas en un mismo párrafo sin punto, durante dieciséis páginas, casi hasta el final, para abordar una historia conmovedora y desconcertante de lucha por la vida y por la memoria común.


En otros cuentos, Ovejero también deja entrever, a través del narrador, cómo escribir decanta y conjuga el verbo ser y el propio quehacer de quien lo ejercita como escritor, con reflexiones en torno a la literatura y su conjuro, como estas: “La vida hace añicos las certezas... No es posible escribir una obra autobiográfica sin hablar de lo que sucede a nuestro alrededor, porque todo lo que sucede a nuestro alrededor nos sucede a nosotros... No soy escritor porque me fascina la literatura sino porque me fascina la realidad... No es un refugio; es, por el contrario, un pasillo por el que acceder a las habitaciones cerradas de mi vida”.

Llegado al punto final del libro, uno no puede dejar de sentir que las historias leídas tienen mucho que ver con la vida y el fluir de quien las ha escrito, sus ecos se palpan, al menos así se nos insinúa e interpela. Diría que el libro es un juego de espejos en el que se palpa la piel de su autor, en el que queda impreso su yo refractado en muchas de las historias. Ovejero conmueve y lo hace con su libro más personal y fundido con su estirpe imaginaria, que pone rumbo a lo que el escritor sabe de antemano: “que la literatura no puede ser un sucedáneo de la vida”.


viernes, 16 de julio de 2021

Vida y supervivencia



José Ovejero
(Madrid, 1958) posee el rango de ser un escritor multidisciplinar. Su pasión por la literatura le ha llevado a explorar y cultivar todos los géneros. Ha publicado poesía, teatro, cuentos, ensayo, novela y libros de viajes. Sus obras han recibido numerosos premios, entre los que destacan, el Premio Anagrama de Ensayo, con su libro La ética de la crueldad (2012) y el Alfaguara de novela con La invención del amor (2013). Es autor también del documental Vida y ficción, un reportaje en el que recoge conversaciones con escritores que escriben en nuestro país como Rosa Montero, Marta Sanz, Juan Gabriel Vásquez, Luisgé Martín o Cristina Fernández Cubas.

Su nuevo libro, Humo (Galaxia Gutenberg, 2021) responde a ese espíritu binario de vida y supervivencia que anida en el alma del escritor y que nos viene a decir que son las palabras las que te hacen entender la vida. Así se confabula a través de la protagonista del libro, una mujer que vive en lo más profundo de un bosque con un niño y una gata, sin contacto con nadie, a excepción de un hombre que periódicamente le facilita provisiones. Una mujer observadora y callada, pero que habla mucho consigo misma, buscando respuestas en lo que palpa y abunda a su alrededor. Una mujer a la que le da igual el nombre del riachuelo que le rodea, el montículo interpuesto en el horizonte o lo que indican los mapas. Le importa, como dice, “sólo las palabras que definen y me acercan a una cualidad propia, única, de lo que toco o veo”.

La novela arranca con una nube de abejas amenazantes sobre la cabaña que parecen contradecir a las voces apocalípticas que vaticinan que su extinción anda cerca. La imagen de este comienzo insinúa lo que la novela irá desvelando conforme avanza: la sensación de estar enfrentados a un mundo desencajado, de no saber cómo hacer frente a los acontecimientos adversos que se producen a nuestro alrededor, según determina la propia Naturaleza. A todo esto, digamos que la novela no es tan pesimista como pueda parecer. Pone su atención en detalles primorosos que se nos pasan, y que merece la pena tener en cuenta para vivirlos con honestidad. Esto hace que sea una novela que vuelve la vista hacia los pormenores, las emociones, la belleza de todo lo circundante. La mujer, de hecho, hace acopio de todo aquello que le encandila y predispone en un momento de la novela, y eso conforma una parte importante del sentido final del relato.

Humo es una historia de soledad, silencio y alertas. La supervivencia es el eje por el que transita. Por ella rondan incertidumbres, refriegas, violencia, resistencias y afectos que devienen sin salvoconductos. En ella se palpa la fragilidad humana y su fortaleza para sortear lo inesperado y tratar de salir adelante. Además, y creo que ahí radica lo más destacable de la novela, Ovejero lo plasma con una prosa jugosa y contenida, muy sensitiva y evocadora, en la que la naturaleza es un personaje más que marca y conjuga los diferentes tiempos del relato, entonando la voz de la narradora, una mujer enigmática de la que no sabemos ni su nombre, ni su procedencia, porque es ella la primera en desentenderse de sí misma y de su vida anterior.

Lo que el lector visualiza se asemeja a un mundo apartado en el que una mujer y un niño andan desprovistos de protección. Lo que importa en Humo no es tanto su hábitat, como ellos mismos: sus sentimientos, sus miedos, su huida hacia algo más propicio y refractario, porque en la burbuja donde se amparan todo parece vulnerable y opresivo. Pero esta mujer insólita y aguerrida atrae mucho. Apenas sabemos nada de ella, tampoco por qué se niega a cualquier dependencia, por qué no establece relación con el niño o por qué se niega a los afectos. Y, sin embargo, los afectos la toman por sorpresa y vemos cómo la ternura que siente por el crío aflora inevitablemente.

Con una potente voz narradora en primera persona, la angustia de la situación que atraviesa la trama de Humo se ensambla con un lenguaje de tono poético validado por una prosa precisa y audaz que hace que el monólogo de la protagonista se decante hacia su mismo reflejo: el niño. En esta breve, pero intensa novela, hay mucho más de lo que se capta en una primera lectura.

Ovejero firma una fábula cruda y punzante, con pasajes muy hermosos, en la que impera la vida, la supervivencia por encima del afecto, y donde la solidez de la condición humana se examina a la intemperie.