Mostrando entradas con la etiqueta Auto-ficción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Auto-ficción. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de agosto de 2025

Paralizado por entero


Hanif Kureishi (Londres, 1954) es un escritor conocido por sus novelas y guiones en los que explora la identidad, la multiculturalidal y, sobre todo, las crisis personales de la propia sociedad contemporánea. Entre sus obras destacan El Buda de los suburbios, una novela medio autobiográfica que aborda la adolescencia y sus conflictos identitarios, así como Intimidad, una novela intensa y emocionante sobre la crisis de la mediana edad y la ruptura familiar. Es, además, un autor muy reconocido por sus guiones para películas como son por ejemplo Mi hermosa lavandería o Sammy y Rosie se lo montan, dos obras cinematográficas chispeantes que rastrean temas de similar calado humano que sus novelas, bajo el mismo estilo mordaz e irónico, tan característico de su narrativa.

Muchas de sus obras sacuden las relaciones de pareja, familiares y de amistad, sin olvidar los demonios interiores del individuo, que siempre aparecen mostrando su complejidad y contradicciones. Volviendo a Intimidad, un relato intenso y apasionante, encontramos muchas reflexiones interesantes y lúcidas que el propio Kureishi pone en la palestra del relato por medio de su propia voz narrativa, como esta que alude a la experiencia vital y al mismo proceso creativo: “Es nuestra imaginación la que construye el mundo; nuestros ojos le dan vida y nuestras manos forma. Los deseos lo hacen prosperar; el sentido se lo da lo que uno pone, no lo que saca. Uno sólo ve lo que está predispuesto a ver, nada más. Debemos crear lo nuevo”. En todo su imaginario está muy presente la necesidad de entender las cosas de la vida, las claves de su interpretación, consciente de que la literatura nace de la vida y es inseparable a ella.

Ciertamente, los yoes literarios que aparecen en sus libros son caminos por los que transitan las historias, como pasajes sin retorno, donde el futuro es el presente y el pasado también es presente. Sin embargo, algo inesperado y terrible trastocó muchos de sus planes. Todo sucedió repentinamente en aquel fatídico año del 2022. Andaba de paseo por Roma con su mujer, durante unas vacaciones de Navidad y, ya de vuelta en el apartamento, sentado en la mesa de comedor, tomando una cerveza y viendo un partido de fútbol, sufrió un mareo. Al poco tiempo recuperó la conciencia, eso sí: “rodeado de un charco de sangre, con el cuello torcido en una postura grotesca”. Un año más tarde de aquel fatal accidente, y tras haber pasado por cinco hospitales, Kureishi seguía paralizado por entero del cuello para abajo.

A pedazos (Anagrama, 2025) es el libro que recoge este terrible acontecimiento, una crónica conmovedora, hermosa, reflexiva, cabal, honesta y rotunda sobre la fragilidad de la vida, la pérdida de movilidad y, también, sobre la lucha por seguir manteniendo la creatividad y la conexión de los demás en medio del desamparo y la adversidad. Kureishi acude a ese rasgo inquebrantable de la escritura como forma de encontrar las claves que expliquen, no solo la realidad del mundo, sino la suya propia de lidiar con lo sobrevenido hasta encontrar un nuevo giro que dé sentido a su vida. Todo remite a percutir en un relato autobiográfico en el que la dificultad de adaptación a una nueva realidad ya no consiste en escribir en un cuaderno o en el ordenador, sino que es imposible realizar tareas cotidianas sencillas, como rascarse la nariz, llamar por teléfono o sujetar un libro.

Por otro lado, el libro destaca, además, la relación que el escritor mantiene con Isabella, su esposa, imprescindible colaboradora, soporte de superación y ayuda en cada menester. Kureishi se adelanta a manifestar que, ciertamente, ninguna enfermedad de relevancia, como la que él está viviendo, jamás se queda atrás en el olvido: “Ojalá lo que me ha ocurrido no hubiera sucedido nunca, pero no hay familia en este planeta que pueda esquivar el desastre o la catástrofe. Sin embrago, de estos giros inesperados tienen que surgir también nuevas oportunidades para la creatividad”. Por eso mismo, y a pesar de la gravedad de su estado, no rehúye del humor y la ironía, dejando testimonio de que la escritura es un trabajo creativo que libera. Y escribe: “Hacemos una aportación al mundo; nuestro arte es para los demás, no solo para nosotros mismos; establecemos una conexión. Esa es la chispa de la vida, una surte de amor”.

Todo el libro en sí está concebido bajo un caparazón literario liberalizador, presentado a modo de diario, en el que no faltan grandes autores reseñados, como Kafka, Dickens, Chéjov, Graham Greene o su amigo Salman Rushdie, entre una larga lista de ellos, bajo una cronología de escritos en los que el autor combina su experiencia personal con su afinidad por la escritura, por medio de una prosa directa, concisa y emocionalmente intensa, en la que está muy presente su lucha interior y una visión humana esperanzadora.


A pedazos se suma a la rica producción literaria de Kureishi (sin olvidarnos del cuidado formidable de traducción de toda su obra a cargo de Mauricio Bach), dejando ver a las claras la vocación inquebrantable de su autor. Nos encontramos con un libro honesto, valiente, jugoso en el que la literatura se desparrama a gusto, y conecta, ya lo creo que sí, con el lector como interlocutor y confidente del impacto emocional de un hombre trastocado por el destino, paralizado por entero, pero empeñado en seguir escribiendo. Un libro memorable.

miércoles, 21 de mayo de 2025

Mapa de obsesiones


En cierta ocasión dijo Juan José Millás (Valencia, 1946) que cuando escribe una novela vive, de alguna manera, en una situación de rapto por enamoramiento, en el sentido de que todo cuanto sucede conduce al ser amado. Esto es, que todo lo que él oye, lo que habla, lo que hace y lo que piensa mientras escribe una novela le conduce a la novela. Ese menester, por otro lado, nos dice que viene impregnado de una sensibilidad necesaria e intensa para descifrar la realidad que vivimos. Sin duda, la sensibilidad es lo que importa en la literatura, en la escritura y yo diría que, también, en la lectura. Porque sentidos tenemos todo el mundo. Pero capacidad para captar la realidad, reinterpretarla y convertirla en literatura es harina de otro costal. El escritor procura no ver la realidad evidente, sino que se esmera en poner a nuestro alcance la otra realidad de su mirada para engatusarnos, para ver otras cosas que están ahí delante y percuten en su imaginario, pendientes de darse a conocer y sorprendernos.

Se podría afirmar que un escritor es alguien que contempla su propia vida desde cierta distancia, aunque, en el caso de Millás, su objetivo es, más bien, cortar distancia sin tener que huir del propio mundo, mediante la invención de otro mundo propio, sin tener que pensar en un lector distinto a él mismo. En sus novelas, el lector asiste a presenciar una performance en la que las cosas raras parecen normales, y las normales resultan raras. “¿Una novela es como un mapa?”, le pregunta la protagonista de su novela La mujer loca (2014) a su interlocutor. “Sí y no”, le responde. “Por un lado es un territorio autónomo, pero por otro es una representación. En lo que tiene de representación, la novela tiene también algo de mapa”. Sabemos por la lectura de sus libros que, en su imaginario, la identidad, el desdoblamiento de la realidad y el extrañamiento de las cosas tienen dos existencias simultáneas: la que se muestra a la vista y otra más recóndita. Lo que le importa es desentrañar la segunda, una característica, o, mejor dicho, una obsesión incisiva muy presente en su obra.

En su nuevo libro, estas acotaciones narrativas de contemplar la realidad cotidiana con la extrañeza de lo invisible continúa. Ese imbécil va a escribir una novela (Alfaguara, 2025) es una historia que cuenta las andanzas de un escritor y periodista llamado Juan José Millás a quien su redactora jefe del diario en el que trabaja le acaba de asignar que escriba un reportaje sobre lo que se le antoje. El desafío inquietante que se le presenta le produce al personaje, también llamado Juan José Millás, cierta desazón, y se convierte en una trama repleta de entresijos que no se sabe hacia donde se encaminará. Durante el transcurso del relato, las conexiones reflexivas del narrador, del personaje y del autor irán conformando un devenir de extrañezas y miradas que van dando vueltas en círculos, sin un plan preestablecido, propiciando un continuo vaivén entre lo ficticio y las realidades paralelas que se interponen entre ellos mismos en busca de ese reportaje incierto, objeto de encargo.

Por aquí asoma lo misterioso de su narrativa, entremezclado con evocaciones de otras obras suyas, bajo esa escritura precisa y veloz tan característica de su literatura, que revela el misterio de su mirada inimitable, entre realista y onírica, donde se mezclan el humor y la ironía. Por estos pasadizos y meandros transcurre el hilo del relato, por rendijas por las que se asoma el personaje, tan ocurrente y campechano, frente a la fabulación, manejando la realidad como si de ficción se tratara. Quien habla aquí, quien actúa y quien firma es un Millás triplicado, convertido en personaje, narrador y autor, capaz de trasponerse ingeniosamente con gracia y desparpajo. Tiene la habilidad de pasar de cirujano a prestidigitador del lenguaje, a base de juntar palabras para contar historias colaterales de su vida cotidiana. No hay nada más recurrente para él que escribir una historia y despojar a la realidad de sus vestidos corrientes, las palabras, para conectarlas con otras aspiraciones y significados.

Sabe que en el reportaje los materiales vienen de fuera, al contrario de los materiales de la novela que, según él, vienen de dentro. Por eso mismo, sostiene que no es necesario que la construcción de una novela tenga que estar representada en un plano, como un edificio, sino que “una novela se comienza de cualquier forma, a veces por el techo, igual que un sistema filosófico”. Le gusta trascender, además, que el lenguaje no está en nuestra mano, sino nosotros en la suya y nos usa para apretar o aflojar los tornillos de la realidad, como dejó dicho en la citada novela La mujer loca. La ficción, a su entender, aguanta más que la realidad. Y por ello es por lo que lo ficticio y lo real se convierten en su literatura en un fingimiento de verdades paralelas o imaginadas.


En Ese imbécil va a escribir una novela entramos en el terreno de la experiencia de la fabulación que tantas veces le ocurre al yo que Millás lleva dentro y fuera que no para de reinventarse. Como suele ocurrir en sus novelas, el lector asiste a una narrativa de provocación deliberada, de ponerle en un brete, en la tarea de dilucidar sobre lo que hay de verdadero y de fingido en su creación artística, todo un desafío. Pero en esta, además, hay una vuelta de tuerca más, un giro en su mapa de obsesiones que transita entre la búsqueda de un extraño reportaje y una singular novela que nos conduce al disfrute de un nuevo brote de su universo literario aún activo, ávido, curioso e inquieto donde encontrar intenciones más profundas de desentrañar la realidad.

viernes, 12 de julio de 2024

Sentimiento de pertenencia


El escritor se enfrenta constantemente a la necesidad de visualizar una escena, una secuencia, un sentimiento para, a continuación, de la manera más cabal que puede, ponerlo en palabras. No necesita nada más para empezar a contar lo que ronda por su cabeza, salvo las palabras. Pero, como dice James Salter, “¿cuál es el impulso? ¿Por qué se escribe? Ahí está la esencia”. Para los que no conozcan las entregas anteriores de lo que hasta ahora ha venido configurándose en la narrativa de Eduardo Halfon (Guatemala, 1971), les diría que para el escritor guatemalteco la memoria y la identidad conforman la esencia de su escritura y de su universo literario, asentada en la niñez, la vida familiar y la cultura judía.

La sencillez de sus historias, además, es su estela, y la claridad y la honestidad, sus señas más reconocibles. Pero si hay que destacar el rasgo más característico y significativo suyo, no encuentro otro más propio que el de la memoria, como ámbito y fuente de inspiración, como mapa por el que transcurre la esencia que mejor justifica su narrativa. Y así lo recalca en Biblioteca Bizarra (2018), un libro interesantísimo de doble bifurcación y dialéctica entre el oficio de ser escritor y el oficio de vivir, con estas palabras: “Pues un escritor escribe desde allí: desde lo que ha visto, desde lo que ha escuchado, desde los olores y sonidos que revolotean como mariposas en su memoria. No escribe su memoria. Escribe solamente a partir de ella. Desde ella”.

En Tarántula (Libros del Asteroide, 2024), su nuevo libro, vuelve a esa misma génesis: el pasado. Regresa a la memoria de su infancia para recrear unos hechos vividos a finales de 1984 cuando tenía trece años y fue enviado por sus padres, junto con su hermano más pequeño a un campamento de adoctrinamiento en el altiplano boscoso de Guatemala. El narrador, que no es otro que el propio Halfon, reconoce que, tanto él como su hermano, apenas conocen el lugar donde nacieron. Muestran dificultad con la lengua, debido a que hace ya algunos años viven en Estados Unidos, y cierto desconcierto con la experiencia impuesta de recuperar sus raíces y, aún más, entrelazándose en la convivencia con otros niños judíos en un paraje que, como les dicen, será propicio para aprender técnicas de supervivencia adaptadas a la naturaleza judía de sus participantes.

Halfon arma toda esta historia bajo un denominador común en el que el odio es el protagonista desafiante y perverso que transita por el lugar. Está presente como símbolo también, un odio al paradigma judío y a los judíos, un odio a la atrocidad nazi y a los nazis, un odio, en realidad, a toda imposición, a toda demostración marcada por la fuerza, a toda esa locura que las guerras han justificado siempre. El tiempo narrativo del libro, por otro lado, discurre al capricho del narrador que opta, según interfieren hechos, personas y significados, a pasar del pasado al presente, con soltura y dinamismo, ocurre lo mismo con los enclaves: desde el bosque guatemalteco donde tienen lugar las andanzas infantiles en el peliagudo campamento, hasta escenas del presente en un café parisino o en un bar tailandés de Berlín.

Como ya comenté en otros libros suyos anteriores, todos y cada uno de los relatos de Halfon conforman una novela en marcha. Tarántula es otro eslabón más de ese encadenamiento narrativo por el que transcurre su travesía literaria. Todos y cada uno de sus escritos están conectados entre sí, incluso vuelven a escena recuerdos familiares, como el del abuelo polaco que anduvo prisionero en Auschwitz o el del niño Salomón que murió ahogado en un lago, y más recuerdos y vivencias que el autor toma en consideración para hacer que algunos de los pensamientos o imágenes que pueblan dichos escritos salten libremente de un tiempo a otro, con el fin de explicar algo que facilite su avance por la trama. Esta manera que tiene Halfon de contar las historias toma la forma de la novela, de la autobiografía, de la autoficción y, también, del ensayo, algo muy característico y singular en su narrativa.


Las novelas de Halfon tienen el don de dejar en el lector ese rastro rebosante de vivencias y memoria en las que encontramos la naturaleza de lo humano. Y eso se debe a su prodigiosa aventura literaria de indagación emprendida hace tiempo por el pasado de su estirpe familiar, sustentada en una prosa precisa, antirretórica y muy eficaz. Así es su literatura, recia y sincera: un proyecto narrativo de seguir explorando en la memoria y en la genealogía familiar, una búsqueda perpetua por encontrar hallazgos literarios.

Todo lo que escribe Halfon sobre sí mismo forma parte de su mito personal. Tarántula es otra estupenda pieza más de ese ejercicio constante e indagatorio de un proyecto literario en marcha que va en una misma dirección, que continúa con igual calidez narrativa y prestancia a la que nos tiene acostumbrados. Somos muchos los que seguimos fascinados con el imaginario de su literatura y su sentimiento de pertenencia a una identidad histórica, compleja y trasnacional como la judía.


miércoles, 3 de abril de 2024

Renacer de las sombras


Toda voz narrativa refleja su origen geográfico y social, el sexo y la edad, pero, a su vez, los percances de la vida. En la autoficción, el escritor habla al oído del lector, confiando en su atención, como un dispositivo muy directo que, cuando se utiliza bien, puede ser extremadamente intenso y persuasivo: ahí están, por ejemplo, las obras de Annie Ernaux, libros esencialmente autobiográficos e intimistas, para demostrarlo. La voz narrativa es ese dispositivo sensorial que debe poner sentido y disposición para que cualquier historia contada nos atrape y penetre en nosotros. Dicha voz es artífice literaria que justifica y retiene nuestro interés en lo que leemos, verdadera protagonista del texto, descendiendo a la colmena de la historia para conducirnos como abeja, por las celdas que conforman el panal de la verdad que quiere contarnos.

Para María Larrea (Bilbao, 1979), licenciada en cinematografía, este menester narrativo le ha valido para poner voz a su propia historia y arreglárselas en busca de la verdad y las claves de sus orígenes. Tratando de restablecer sus costuras, con un punto de artificio necesario, consciente de que lo que no tiene valor en la vida no lo tiene tampoco en la literatura, consigue convertir esta novela suya, Los de Bilbao nacen donde quieren (Alianza, 2023), en un meritorio debut, en una historia personal que alcanza más allá de un mero ejercicio de memoria y testimonio, traspasando ese umbral señalado por Novalis de rebuscar en lo oculto: «Todo lo visible descansa / sobre un fondo invisible». En esa apelación de búsqueda y proyección de lo personal al terreno colectivo y social, radica el interés de la novela. El libro recorre hacia atrás una complicada historia familiar que lleva a la autora a la ciudad donde se encuentran los secretos de su cuna, un pasado de adopciones ilegales con el trasfondo de los últimos retales del franquismo.

La escritora francoespañola despliega un retrato hondo y singular de su infancia, entre París y Bilbao. María Larrea descubre en sus pesquisas que era una niña adoptada. Todo surge tras una visita casual a una echadora de cartas y esta le revela que quienes la han criado no son sus padres biológicos, según le desvela el tarot. A partir de ahí, y queriendo saber más, comienza su propia investigación que la conducirá a descubrir que tiene tres madres: la primera la dejó abandonada, la segunda le dio de mamar sus primeros días de vida y de soledad y la tercera la adoptó y la crio. A lo largo de las páginas del libro, el lector va percibiendo cómo se plasman sus miedos y su liberación, cómo trasciende su ira y su conmoción que le produce esa tormenta interna que le han ocultado. Pero toda esa verdad al descubierto la pone a la intemperie. Viene a mostrarnos cómo cuando una mentira tan grande se desvela, la efervescencia de tu imaginación se activa y ves delante de los ojos cómo pasa la película de tu vida, capacitándote a cambiar las sombras por luces y viceversa, una revelación dolorosa, pero sanadora, para desmadejar el enredo de una identidad encubierta: “No recordamos el momento de nacer, pero lo podemos imaginar”.

Tras un complejo proceso de alumbramiento, su novela y la literatura que promueve es fruto de su vientre, de una recapitulación de su propio cordón umbilical que la impele a afirmar que “la escritura tiene esa virtud insospechada de provocar reacciones en la realidad”, para añadir más adelante: “Todo son historias de deambular, de big bang. Puedo sentir cómo mis células se recolocan en su lugar. Hablamos de raíces, de la necesidad de anclarse... Me he liberado de las ataduras, de una deuda misteriosa hacia todas esas parentelas sufridas, perdidas o encontradas”. Pero no es solo la historia de María Larrea, sino también, y especialmente, la de Victoria y Julián, padres cautivos, de vidas marcadas por unas condiciones terribles, de exilios y soledades, de estrecheces y sacrificios, aunque siempre con cierto aire de esperanza y ternura ante tanta anomalía.

“Inventaré mi historia, pues hay una frase que dice que ‘Los de Bilbao nacen donde quieren’. Levantan piedras, cortan troncos, los vascos son más fuertes que sus partidas de nacimiento”. Son palabras subrayadas por mí del epílogo de esta conmovedora historia, una hermosa novela que se interroga sobre la familia, el peso de los lazos de sangre y la necesidad que tiene el ser humano de construirse un origen y una identidad. Cierro el libro y me viene a la cabeza una reflexión que me suele aparecer con intermitencia a lo largo del tiempo, que me dice que la lectura de algunos libros nos perturba hasta sacarnos de nuestras casillas, de la protección acostumbrada del hogar, que, en ocasiones, nos arroja a la intemperie, a la identidad de otros, convirtiéndonos en nómadas, incluso, llegando a destapar nuestras propias contradicciones.


Cuando esto ocurre, y eso para mí es algo excepcional, como así me acaba de suceder con este libro, sirve para confirmar que la buena literatura es transformadora, inquisitiva, capaz de estirar y ampliar nuestros límites, obligándonos a leer y sentir de otra manera, como si atravesáramos un pasadizo de arenas movedizas en donde nada parece estable y todo sospechoso, insólito, nada inocente. Uno, como lector, se las apaña para no poner reparos en dejarse sacudir por historias tan indagatorias y poderosas, como esta de María Larrea, que te remueven el hígado y el páncreas, que, tras llegar al final de la misma, dan ganas de acercarse al espejo para mirarse y comprobar si uno sigue siendo el mismo de antes.


lunes, 8 de enero de 2024

Murmullos del tiempo


“Hay momentos en que no puedo evitar pensar en el pasado. Sé que es en el presente donde hay que estar. Siempre ha sido el sitio en el que estar. Sé que gente muy sabia me ha recomendado permanecer en el presente el mayor tiempo posible, pero a veces el pasado se presenta sin previo aviso. El pasado no aparece por completo. Siempre reaparece por partes. De hecho se desmenuza. Se presenta como si se hubiera vivido de forma fragmentaria [...] Porque supuestamente es el presente el que forja recuerdos. Es lo que forja el pasado. A veces parece muy fugaz”.

Estas reflexiones tan redondas y ajustadas al sentir crepuscular de quien las dice, que no es otro que Sam Shepard (Fort Sheridan, Illinois, 1943-Midway, Kentucky, 2017) conforman mucho del significado de su último libro, Espía de la primera persona (Anagrama, 2023), una obra póstuma que logró terminar gracias a la ayuda de sus hijos y de la cantante Patti Smith, su amiga de toda la vida. En este libro, breve, hondo y conmovedor, el escritor y dramaturgo recurre una vez más a la literatura para lidiar con la complejidad de una enfermedad degenerativa, postrado en una mecedora, consciente de que pese a todo lo irremediable, la literatura es un lugar de combate propicio, trinchera y avanzadilla para sortear la incomunicación y blandir la desobediencia, la transgresión y la rebeldía de la condición humana ante cualquier adversidad.

Se observa así mismo, meciéndose en el porche de su casa, contando historias para quien le acompaña o, incluso, “murmurando para sí mismo”. A su alrededor, de manera inasible para él, observa el discurrir del verano, el zumbido de los insectos, el revoloteo de los petirrojos que no paran de piar, entrecruzándose con las múltiples pruebas médicas que le han realizado. Llega el momento de la verdad, el informe del neurocirujano: “Él fue quien me explicó que algo no iba bien. Y yo le dije, bueno, ya sé que algo no va bien. ¿Por qué cree que estoy aquí?”. Diagnosticado de ELA en 2016, Shepard quiso atarearse en buscar entendimiento, fiel a su temperamento tenaz, y comprender enseguida que se trataba de aceptar lo que inevitablemente le viniera.

Espía de la primera persona es un libro hermoso y turbador, alejado de todo lamento, una novela donde la meditación está presente, como baluarte de convivencia con el propio ser. Shepard considera que, para escribir, como para vivir o para amar, no hay que apretar, sino soltar, no retener, sino desprenderse. Y tal vez, por eso mismo, su libro se encauza bajo la mirada de alguien que espía a un hombre acabado que, en su precaria soledad, evoca recuerdos y reflexiona acerca de Vietnam, del Watergate, de la fuga de Alcatraz o del final de la historia de Pancho Villa. Está aparentemente inactivo, pero sentado comprende mejor que el mundo no depende de él, y que las cosas son como son, con independencia de su intervención.

Le sobrevienen pensamientos y preguntas sobre quién es esa otra persona que le observa desde lejos: “¿Por qué me mira? No lo entiendo. En estos momentos nada parece funcionarme. Manos. Brazos. Piernas. Nada. Permanezco tendido. Esperando a que alguien me encuentre. Me limito a mirar el cielo. Huelo su proximidad”. La realidad para él no huye, somos nosotros quienes huimos de ella. Por eso mismo, inquiere meditar, darse un baño de ser y permitir que esa realidad suya se exprese. Vivir supone aquí estar siempre en contacto con uno mismo, colocarse oportunamente en cada quietud y silencio. Consciente de que la enfermedad que padece lo irá paralizando de forma progresiva, hasta causarle la muerte, Shepard quiere contarnos la tiranía del proceso con cierto estoicismo, sin titubeos ni dramatismo y, al mismo tiempo, urdida con lacónica ironía.


La prosa de Shepard es seca, de una firmeza y pulcritud sin adornos, que alumbra y seduce, y que nos recuerda el despojamiento del también dramaturgo y narrador Samuel Beckett, una de sus primeras y más duraderas influencias. Aquí, como hemos dicho, se conjugan dos voces: la de un hombre decrépito, hostigado por una enfermedad que lo va paralizando poco a poco y la de alguien “posiblemente al servicio de una críptica agencia de detectives”, que espía sus limitados movimientos.

Espía de la primera persona es una bella recapitulación sentimental, un texto dispuesto bajo una destilación narrativa conmovedora y honesta, que encarna la existencia y estética de su autor, una novela que posee un lenguaje íntimo y directo, velado por el murmullo del tiempo. Este es un libro en el que la literatura y la vida se estrechan al máximo, un testimonio que confirma que las palabras son el verdadero germen que pone valor y sentido a la obra escrita. Es precisamente eso lo que hace Shepard con suma contención y nobleza.


jueves, 27 de julio de 2023

Tener un hijo


Para Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) la escritura y la lectura conforman un escrutinio permanente en su creación literaria. De hecho, esa interrelación ha permanecido invariable en toda su obra escrita, desde sus dos libros de poemas Bahía Inútil (1998) y Mundanza (2003), a las publicaciones de sus novelas, como Bonsái (2006), La vida privada de los árboles (2007), Formas de volver a casa (2011) y su grandioso Poeta Chileno (2020). De igual manera se refleja en sus libros de ensayos No leer (2010), Facsímil (2015) y Tema libre (2019) donde persiste un empeño denodado de reflejar su propio alegato generacional, en el que el hogar, la educación, la palabra, los afectos y desafectos interfieren con amplia resonancia en sus escritos.

Ahora con Literatura infantil (Anagrama, 2023) vuelve el escritor chileno al laberinto ficcional de la novela, pero, en esta ocasión, con una propuesta heterodoxa en la que diario, cuentos, reflexiones y poemas se entremezclan para concluir en un libro hermoso y literario sobre el amor paterno. Nos revela que se puso a escribirla por necesidad, sin pensar en publicar, centrado en buscar indicios y lecturas que lo acompañaran en su nueva experiencia sentimental en la que la llegada de un hijo encarna esa diferencia incondicional de la vida y de su fuerza ilimitada que la sostiene. Cuenta Zambra que cuando su hijo Silvestre nació aparcó la escritura de la novela que llevaba en marcha, Poeta chileno, su obra más ambiciosa y celebrada de toda su producción. Tras la paternidad, volvió renovado de entusiasmo a la novela que había abandonado hasta acabarla y engatusarnos con una historia impresionante, fresca y apelativa del mito poético encarnado por su protagonista Gonzalo.

El lector se va a encontrar en la primera parte de Literatura infantil con un relato, a modo de diario, de igual título que el libro, enumerado de manera extraña en sus entradas salteadas, que van desde el 0 al 365. En ese cómputo, Zambra recoge el primer año de vida de su hijo, desde los primeros veinte minutos de su nacimiento hasta sus balbuceos y juegos iniciales, inventando nubes mientras comparten tumbona, como así nos confiesa. Y, entre nota y nota, reflexiona con lucidez y humildad sobre su estreno como padre y el cambio experimentado en su vida desde su llegada: “Nuestros padres intentaron, a su manera, enseñarnos a ser hombres, pero no nos enseñaron a ser padres. Y sus padres tampoco les enseñaron a ellos. Y así.”

Pone también de relieve todo lo que tiene de aprendizaje para un padre la crianza de los hijos: “También la paternidad es una especie de convalecencia que nos permite aprenderlo todo de nuevo”. Zambra rastrea en el significado de cuál es el papel de los padres hoy en día, así como también repara en la ceremonia y el significado de ser hijo. Dice al respecto: “Cuando tienes un hijo, vuelves a ser hijo”. Con esta reflexión y otras que se suceden construye un puente argumentativo al sentido que pone el psicoanalista Massimo Recalcati, citado en el libro, respecto a esa cadena generacional donde estamos inmersos en la que dicha vida humana siempre viene al mundo como vida del hijo.

Así mismo, es un libro que sintoniza especialmente con Formas de volver a casa, uno de sus libros más celebrados de carácter autobiográfico, en esa misma idea pendular que apunta a la necesidad de explorar una literatura de los hijos. Si en este primer libro la dictadura de los años setenta de Pinochet fomentó el despertar de la conciencia de unos hijos ante la ausencia de sus padres por motivos políticos, en Literatura Infantil lo que se deja ver es más un sentimiento íntimo de esa relación paterno-filial, en sintonía con los tiempos que corren, dejando el matiz político al territorio íntimo del hogar, lugar propicio para fomentar patrones afines de correspondencia sentimental.

Terminado el diario del primer año que ocupa la primera parte, el libro continua por otros senderos, eso sí, apelando siempre a este hijo que va cumpliendo años, evocando su presencia continuada, fijando su escritura en cómo aprende a gatear, a entender afectos, llegando a él, haciéndole preguntas, o poniendo en verso algunas instantáneas cotidianas de sus monerías. También llevándonos a vivificar en un relato emocionante, el entusiasmo de un padre como el suyo apasionado por la pesca, o a introducirnos en su afición futbolística, un vínculo derivado de escuchar desde niño la voz mágica del locutor Vladimiro retransmitiendo los partidos por la radio. Zambra cierra el libro con un texto breve y alegre, a modo de misiva, dirigido al hijo que ve leyendo solo en el sofá, decantando su alborozo a la idea de que es este libro el que sujeta entre sus manos, el mismo en el que subraya que: “Leer es recibir secretos, pero también contarse secretos uno mismo”.


En Literatura infantil, la ficción y la propia experiencia de tener un hijo conviven en asombrosa avenencia. He aquí un libro luminoso que puede ser leído como un guion que apunta en múltiples direcciones y en el que la vida y la literatura se buscan y encuentran afinidades. Zambra reivindica esa complicidad y pálpito entre ambas, y lo hace con suma sencillez, ternura y regocijo, necesitado de establecer con la palabra escrita su vuelta a la casa de la infancia, el lugar más enigmático que conforma la historia que nos precede.


miércoles, 7 de junio de 2023

Derribar el estigma


“Mi padre era un borracho, aunque sé de sobra que la palabra «borracho» no significa casi nada. Sirve para clasificar, para separar a los que beben mucho y mal de los que beben poco y bien, y, según Aristóteles, clasificar es un medio necesario para alcanzar el conocimiento, de la misma manera que hablar, aun con palabras decadentes, es la única cuerda que tenemos para sujetar todo esto”, confiesa la narradora de Material de construcción (Random House, 2023), que no es otra que Eider Rodríguez (Rentería, 1977), autora de cinco libros de relatos: Carne (2007), Y poco después ahora (2007), Un montón de gatos (2010), Bihotz handiegia (2017) y Un corazón demasiado grande (2019) que, ahora, por vez primera, se sumerge en una novela intimista para ahuyentar el silencio del drama que marcó para siempre a su propia familia y hablarnos de su padre.

Ya, desde sus inicios, el lector se da cuenta de que asiste a un despojo sentimental honesto, transformado en una carta al padre en la que quien habla es la hija para explicar su rabia contenida y su dolor prolongado e implacable durante años, y que, ahora, desde el poder de la escritura, la empuja a desatarse del pasado y recuperar la memoria mediante la escritura para sobrellevar mejor las vergüenzas, el peso de lo real y, tal vez con ello, derribar el estigma. Trasciende aquí la puerta oculta que toda vida familiar tiene, ese laberinto propio de silencio, de pasillo sellado. En el seno de este núcleo familiar persiste un infierno en ascuas, un sentimiento de culpa indeleble en el alma de quien habla, de quien sabe que, aunque están muy cerca unos de otros, conforman un archipiélago de seres separados por un cerco infame que impiden que conecten.

Dice la narradora que anda necesitada de simular el silencio para que, de una vez por todas, las palabras tengan el significado que deben tener para entendérselas tras la muerte del padre, para intentar comprender a ese padre ausente y desconocido que fue en vida. Eso es, en esencia, el asunto central del libro: conocer quién era el padre, dentro y fuera de su alcoholismo. Y ese mismo discurrir llevado también a una indagación en torno al lenguaje sobre cómo narrar la experiencia individual y conducirla al territorio de lo indecible, de lo execrable de un comportamiento que termina en lacra y en vergüenza: “La vergüenza es una emoción asociada a la moral y a la conciencia. A la censura, a la mirada ajena, a la duda si una es digna de ser querida. Su símbolo es la mancha, aquella que no se puede limpiar y que es objeto de todas las miradas”.

Material de construcción es un título que reúne distintas consideraciones. No es solo un epígrafe referido al negocio familiar de los padres de la narradora, un almacén de cementos, azulejos, lavabos, mamparas o griferías dispuestos para la venta en Rentería, sino que, a su vez, infiere en un juego simbólico referido a los materiales de los que estamos hechos y nos conforman como seres humanos. Cabe decir que, en ese juego de palabras, está presente también cómo se ha ido construyendo la novela: en capítulos largos y cortos, bajo la forma de diario, y en la que además aparecen cartas del padre. Digamos que ofrece diferentes perspectivas por donde se cuela la memoria de la narradora para contar la realidad, con nombres y apellidos, de quienes han conformado el mundo circundante del padre: vecinos, compañeros de trabajo, amigos y familiares.

También queda retratado el ambiente de aquellos años duros de los ochenta en Euskadi, una época combativa, de violencia, drogas, batallas callejeras, bajada de persianas, miedo y tensión política. Todo transcurre desde un punto de vista en el que a menudo entra la mirada de una niña, de una adolescente o, de una mujer madura que habla desde su interior: “Dejo que las palabras hagan su trabajo. El silencio no existe, es hablar hacia dentro. Creía que era una manera de desaparecer, de guardar las palabras solo para mí, sin calcular que, además de las mías, las palabras de los demás también se me quedarían dentro. Por el contrario, hablar es en ponerse en peligro”.

Eider Rodríguez pone voz además a una madre, la suya, que lleva para adelante el negocio familiar al propio tiempo que se sobrepone de las recaídas y asperezas de su marido: “Hablo por teléfono con mamá. Le digo que estoy escribiendo sobre papá. Le digo que ella sale. Creo que no le gusta, pero es mi manera de decir la verdad”. En ese ir hacia la madre en busca de consuelo tras la muerte del padre, queda fuera lo que supuso ese acercamiento: descubrir a una mujer sufrida y sacrificada, contrapunto de un padre desvalido y menguado, una madre que supo rearmarse calladamente. Todo este sentir de madre e hija sobre el padre queda bien resumido en esta entrada del diario que dice tanto en una sola línea: “Estabas dispuesto a morir por nosotras, pero no estuviste dispuesto a vivir por nosotras”.


No es fácil contar lo que aquí se cuenta. Hace falta arrojo y maneras. La literatura es un arma poderosa para cavar en los recuerdos, para atreverse a contar, con honestidad, la rabia y el desacato. Eider Rodríguez se atreve a ello. Su Material de construcción es un relato desnudo y descarnado que surge desde esa necesidad íntima de despojar aquellos recuerdos que la lastran y que le sirven como el desafío de una hija para hablar de su padre sin prejuicios, alguien muy lejos ya, que escapó de la responsabilidad de serlo en vida.


jueves, 22 de diciembre de 2022

Un viaje siniestro


El miedo es un lastre que nos aterra, que nos empequeñece y nos devora. Uno tiene miedo a perderse; tiene miedo al fracaso; tiene miedo al dolor, y a lo que viene después. Y apenas en su vida hace otra cosa. El eco del miedo, como ocurre en la vida del protagonista de esta lacerante historia, viene de lejos, de su infancia y juventud, hasta alcanzar la muerte de sus padres. Su hogar no era un techo propicio a los afectos, a la comprensión y al entendimiento como cualquier casa de vecino, sino que era un infierno, un foco de miedo indescriptible. Allí, hasta lo indecible estaba sometido al dominio de un padre abusador y egocéntrico, brusco e irascible, al que había que evitar cualquier alteración que lo sacara de sus casillas y lo condujera a un daño mayor o a una catástrofe infame.

Quiero matar a mi padre”. Con esta frase tremenda arranca Vengo de ese miedo (Tusquets, 2022), de Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1973). En ella cabe toda la reacción producida en el narrador por ese sentimiento intenso y prolongado de terror, de pánico difuso que lo atenaza constantemente. Miedos que están ahí y que son miedos cotidianos, de casi todos los instantes de su existencia que le llevarían a minar su mente con pensamientos fulminantes: “Durante muchos años, estos sentimientos avivaron el deseo de acabar con él. Tal vez así pudiera librarme de la aprensión y la influencia dañina que tenía sobre mí. Sentía que al hacerlo me estaba liberando del miedo que me producía su figura, una figura que iba creciendo en mi interior, que se había instalado como una tenia alimentándose de mi organismo”.

En estas primeras líneas encuentra su autor el cauce necesario para lanzarse, a través de la voz de su narrador, a escribir un relato familiar para resaltar el poder liberador de la escritura como forma de abrir puertas a lo que uno, difícilmente, se atrevería a descorrer, sin rebajar la inconveniencia del rencor, la pena y los recuerdos tristes o, simplemente, aprovechar la escritura como recurso atenuante para plantar cara a la memoria y mostrar, sin pudor, lo que hasta ahora no estaba dicho del miedo a un padre castigador, azote sin límite y perseguidor insaciable. Un padre que encarna la maldad en los tres tipos de miedos que se conocen: miedo a la amenaza, miedo al ataque y miedo que surge al dolor.

Narrado en primera persona, el mismo autor quiere dejar ver cómo ha sido el proceso de escritura, desde el momento decisivo de plasmar por escrito todo lo sufrido en aquel tremendo período de la infancia y adolescencia, contando las terribles vivencias que causaron ese miedo endémico incrustado en su piel, y que aún persiste. Piensa, una y otra vez, en cómo acabar con ese miedo, y no encuentra otra mejor manera de aniquilarlo que no sea otra que pensar en cómo matar a su padre. No encuentra en su propósito la complicidad de su hermano, que tampoco muestra entusiasmo en que escriba el libro que lleva entre manos. Considera que mejor sería pasar página, como él ha hecho hace tiempo, y le recomienda no remover la inmundicia y las broncas vividas.

Conforme nos vamos adentrando en el libro, el lector vislumbra, dentro del testimonio desgarrador por el que transita, que hay un propósito recurrente en el libro de indagar en los límites de la escritura. La sensación es esa, de que el autor lo ha concebido de esa forma deliberada. Se podría sostener que, aunque el miedo subyace y aflora permanentemente en el libro, sin embargo, el gran tema del libro no es otro que el de la propia escritura y sus efectos, tanto del lado de quien escribe la historia, como del lado de quien la lee. Oeste viene a decir que la escritura es una manera combativa de estar en el mundo. Y también, que escribir es un modo de ver y de transitar por el pasado y el presente de otra forma, como la que proyecta el narrador, por un lado, escarbando en sus entrañas, pero, a la vez, empujado a distanciarse para emprender ese viaje o rastreo terapéutico propiciado por la escritura.

Por eso mismo, el autor trata de volcar toda su carga emocional posible para sustanciar en la escritura la magnitud del miedo vivido y la destrucción sufrida en casa, sin esconder que acaso fuera posible otra manera de afrontar aquel espanto, como así hizo su hermano, sin rebeldía ni enfrentamiento. Vengo de ese miedo es un testimonio aterrador de supervivencia, de destrucción existencial, urdido bajo la esencia que distingue a la literatura de contar al lector lo que alcanza la memoria y la experiencia de quien la lleva a cabo, de imaginar al otro, de contar lo que nadie ha registrado y quiere recuperar, como aquí da cuenta de ello el narrador, transpirando lo vivido hasta arañar las heridas y soltar todo el miedo acumulado.


Oeste atina en la manera de ir desbrozando ese cúmulo de acontecimientos sórdidos que se dan en el seno de un hogar desgajado por la presencia de un maltratador progresivo y continuado. Logra encararnos con el mal y sus destrozos, dejando ver cómo el miedo puede llegar a ser paralizante y cómo cambia a quienes alcanza. Y a pesar de algunas reiteraciones y páginas que precisarían de afinación y poda, el libro, conviene subrayarlo, posee una potencia fabuladora encomiable, y un sesgo literario potente, diría inmenso y despiadado, que habla mucho y bien de alguien como su autor, que arde de anhelos y esperanzas por utilizar la escritura como verdad, para lograr con su impulso creativo y descomunal un asidero para contar la vida y, de paso, dar escape a los deshechos que arrastran con ella.


martes, 13 de diciembre de 2022

La burla de los años



El tiempo es un incordio, no solo porque pasa muy de prisa y casi no nos damos cuenta, sino por esa manía del orden que lleva consigo: primero esto, después aquello, después lo de más allá, y así sucesivamente. Todo a la vez no puede ser, pero en cambio, en nuestra cabeza y en nuestro corazón todo puede ocurrir simultáneamente, y no digamos cómo se acorta en nuestra memoria cuando tratamos de abordar el pasado para descifrar aquellos momentos cruciales de nuestra existencia. Entonces, ese hilo de Ariadna, que es el tiempo, se va desenredando mientras tiramos de su cabo y negociamos con sus sombras.

La escritura tiene mucho que ver con esta tentativa de desmadejar el pasado. La escritura es, precisamente, ese oficio indicativo capaz de rastrear en el tiempo para dar con sus claves, concebido igualmente para alimentarnos de lo recóndito e inexplicable que atesora. Nos encanta el misterio. Por eso también leemos. Uno lee desde lo que es y con todo lo que es. Cada palabra tiene su propia biografía para cada uno de los lectores, y no digamos para quienes la escriben. Quien se dispone a la tarea de escribir quiere saber, ver y reconocer formas, es decir, sentidos y significados de las palabras que está usando. En esa indagación a lo largo del tiempo es donde podríamos decir que se encuentra el principio de toda escritura.

De todo esto va La radiante edad (Talentura, 2021), de Antonio Báez Rodríguez (Antequera, 1964), una novela ceñida al paso del tiempo y sus matices, a la brevedad de la vida, en la que su narrador trata de burlar sus límites, sin salir de su entorno y círculo familiar, sin dejar de darle cuerda al reloj de la existencia, como si tuviera dentro de sí un termostato emocional que regula su estado de conciencia, con la intención de propagar sus lecturas y escarceos importantes de lo vivido: “Cuando me fui a vivir con mis abuelos maternos a la ciudad, donde a mi abuelo lo habían colocado como portero en un edificio, me dedicaba durante horas a mirar mi recuerdo en la oscuridad como si lo contemplase en una pantalla de cine”, (pág. 30).

El protagonista es un niño observador que después se ve transformado en un joven disconforme con su mundo circundante, en un escritor en ciernes que, en cambio, se siente feliz rememorando aquella infancia en la que podía proyectar imágenes de películas que veía en el cine, en su habitación a oscuras, sobre la manta que su madre colocaba en el ventanal para impedir que se colara la luz de la calle. En ese mundo imaginario se deja ver la vida, contemplada como laberinto por donde transcurre su educación sentimental, por los pasillos del aprendizaje, de muchos recuerdos dotados de inocencia y diversión, haciendo sombras en las paredes con su abuelo, así como pasajes taimados propios de la pubertad, de ambientación estudiantil, como también otros más controvertidos, de puntos suspensivos, en los que pone en juego su incipiente madurez, su ruptura con lo establecido, hasta su posterior incursión en la literatura.

Llegado a este punto, descubrimos cómo al narrador de La radiante edad le gusta jugar con su rol de escritor, sin rubor alguno. No le importa contestar con desenfado a una mujer, con la que se reúne en la habitación de un hotel, interesada en saber a qué se dedica, diciéndole que él es un falsificador, que escribe libros que ya han sido escritos, como escaramuza y diversión creativa de escritura paralela. De la misma manera que tampoco se corta, en otro pasaje del libro, en revelarnos por qué escribe: “Escribir me permite abrazar las sombras de tiempos diferentes, perseguir a alguien por caminos contrarios, arrojarme por cada puente en el que me encuentro con la posibilidad de haber sido cualquiera de los tantos que me ha negado la vida”, (pág. 132).

Pero esto que leemos, aun pareciendo memorias y confesiones, es una obra de ficción y, evidentemente, su inventiva es la herramienta de la que se sirve Báez para alumbrar el sentido de la obra, no solo la vida de su protagonista, sino la suya propia se deja entrever, curiosamente, en un orden misterioso que conecta causa y efecto. De la ficción se sirve, pues, para perseguir esa sombra propia como es la identidad. Y es ese rasgo, en su claroscuro, en su eco proveniente de la memoria y la experiencia, donde encontramos la clave narrativa del libro que pretende empatizar con el lector, la que resalta y justifica el sentido de su título: “como si la radiante edad del cosmos, que era la mía, lo engullese todo en sus agujeros negros”, (pág. 179).


Contrariamente a lo que piensan muchos, no solo se escribe para entretener, y eso que la literatura es una de las cosas más entretenidas que hay a nuestro alcance, ni tampoco se escribe por el mero hecho de contar historias, y mira que la literatura está llena de relatos extraordinarios. Se escribe, como diría Vila-Matas, para atar al lector, para cautivarlo y subyugarlo, para entrar en el espíritu de otro y, tal vez, quedarse allí, con la condición, como ocurre en esta sugestiva novela, de que lo leído desentrañe la extrañeza inherente de la vida, y de que lo haga con cierto aire burlesco y compasivo, como así sopla por sus páginas.


jueves, 11 de febrero de 2021

El fardo de la vida


El fardo de la vida, por utilizar una feliz expresión de
Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948), es lo que vamos a encontrar en su nuevo libro, una novela de memoria de la infancia y juventud que acaba de publicar en el mismo sello en el que inició su carrera literaria hace ya treinta años. El huerto de Emerson (Tusquets, 2021) es una ocasión más de sumarse a ese otro empeño autoficcional suyo, surgido después de haber llevado una fructífera trayectoria novelística iniciada con Juegos de la edad tardía y continuada con Caballeros de la fortuna, El mágico aprendiz o Absolución, entre otras, con un resultado literario sobresaliente. Acudir a la memoria le ha permitido pulsar también la chispa de inspiración de su narrativa, esa misma que alcanzó con El balcón en invierno, La vida negociable y Lluvia fina, su último éxito.

El huerto de Emerson se aferra a la idea de cultivar “la tierra siempre fértil de la memoria”. Landero remueve la cepa narrativa de la memoria, de lo vivido, que tantos detalles y entresijos proporciona. En todo caso, el mérito se deba más a su magisterio estilístico, ese ejercicio pulido en el uso del lenguaje que hace que la emoción evocadora del relato nos conduzca, sin sobresaltos y con delectación, por lo indecible de su vida de escritor, la que exhibe por medio de un orden establecido en las palabras escogidas; la palabra hecha manifiesto. El escritor extremeño así lo expresa al principio: “Deja que las palabras fluyan, no las obligues ni aún menos las maltrates, haz con maña y dulzura tu oficio de pastor, y deja que ellas busquen los mejores pastos”. Lo que le importa es encontrar las palabras adecuadas: “la lascivia de la exactitud”.

Y así desde las mismas entrañas del lenguaje, de la palabra y su colocación en la frase, Landero es capaz de contarnos su vida, de traducir la emoción de sus recuerdos en palabras. Así aprendió a imaginar en sus muchas lecturas del Lazarillo y el Quijote, confiado en el inmenso poder del lenguaje para plasmar, recreada, la propia realidad en un cuaderno. En ese cuaderno nos muestra lo que le enseñó la lectura de Schopenhauer de cómo “el arte habla en el lenguaje ingenuo e infantil de la intuición”. De igual forma, y pensando en los clásicos, se presta a escuchar “el rumor de las palabras que vienen rodando a través de los siglos”, para concluir en el valor y en la trascendencia de ellas: “palabras que nos sobrevivirán y hablarán por nosotros cuando hayamos muerto”. Y rememora a Emerson, a Nietzsche y a Antonio Machado que aconsejaban cuidar el huerto del tiempo, pararse a escuchar las cosas y saber esperar.

A lo largo de una estructura establecida en breves capítulos, un total de quince, Landero nos cuenta cómo sus lecturas le ayudaron a reafirmar su identidad como escritor. Verla confirmada en los textos de otros fue muy importante, nos dice. Dejarse empapar por todo ese cúmulo de lecturas fue el comienzo de anudar su compromiso con la literatura en unos gustos e intereses que le sirvieron para perfilar su estilo. Landero sabe combinar con gracia en este libro la memoria y la fantasía que contiene todo recuerdo, acudiendo a ese caudal de obras de las que obtuvo un inmenso provecho, como lector, escritor y profesor. Evoca a aquellos autores a los que todavía, como entonces, sigue leyendo con deleite. En su despliegue encontramos a dramaturgos, como Shakespeare y Sófocles, a poetas, léase Pessoa, Cernuda o Juan Ramón, ensayistas como Montaigne y Emerson, novelistas de la talla de Cervantes, Lampedusa, Proust, Kafka o Ferlosio y pensadores como Platón, Adorno o Spinoza.

Digamos que todo este lance literario le vale a Landero para mostrarnos que la literatura y la vida en un escritor conforman un binomio difícilmente despegable, y más desde la propia experiencia de quien habla de cómo las lecturas y relecturas han ido depositando en su memoria tanto entusiasmo y amor por las palabras y sus significados. En este libro pasamos de la reflexión más sesuda de algunos de los autores citados a las humoradas de algunos episodios de la vida cotidiana de su Alburquerque. El capítulo Donde Pache es un buen ejemplo de ello. En aquel boliche se junta parte del pueblo a comprar, beber, charlar, dirimir asuntos de cacería o contar historias extraordinarias. En el siguiente capítulo, otro de los más divertidos, nos relata el cortejo amoroso de Floren y Cipri, que definen lo largo que se hacía un noviazgo en el mundo rural de aquellos años cincuenta. Y así enlaza con otros capítulos que recalan y soplan por la infancia y juventud de su vida, con ese cuidado de no manosearla con un exceso de análisis.

En esta novela hay mucho más de lo que se capta en una primera lectura, y eso que Landero, como creador, no pretende ensancharse más allá de lo que cuenta. El huerto de Emerson es una novela concisa en su ejecución, hermosa en su forma, escrita con mucho gusto e imaginación, que viene a decirnos que la semilla de la escritura se encuentra siempre en el pasado y que todos somos únicos e irrepetibles, con nuestro terreno propio que cultivar. Pero, sobre todo, es una celebración de la vida, un alegato literario asombroso, de infinita gratitud y amor a las palabras en sí mismas, dispuestas al servicio de la frase y al encanto de su lectura.


domingo, 31 de enero de 2021

"Hablando recio de mi abuelo"

Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) domina su oficio de narrador: sus novelas tienen el don de dejar en el lector esa estela rebosante de vivencias y memoria. Y eso se debe a su prodigiosa aventura literaria de indagación emprendida hace tiempo por el pasado de su estirpe familiar, sustentada en una prosa precisa, antirretórica y muy eficaz. Así es la literatura de Halfon, recia: un proyecto narrativo de seguir explorando en la memoria y en la genealogía de sus antepasados. Una búsqueda perpetua por encontrar hallazgos literarios en su pasado familiar y por encontrarse consigo mismo, conducirá al escritor, y al propio lector, a estrechar vínculos sorprendentes con la historia reciente de su país y con los personajes que aparecen en sus libros y ponen chispa y significado a las historias y ficciones surgidas de su linaje.

Su nueva novela Canción (Libros del Asteroide, 2021) está impregnada de todo ese misterio de su saga, así como del sello tan característico de su escritura, me refiero al recurso de la brevedad, unido a la intensidad narrativa y a la frescura del lenguaje empleado. El texto que nos ocupa se erige en otra pieza importante del mosaico que conforma su universo literario, un proyecto que empezó a urdir hace ya casi veinte años, cuando publicó su primer libro Esto no es una pipa, Saturno (2003) y que consolidó con El boxeador polaco (2008), Monasterio (2014) y Duelo (2017) por citar algunas de sus obras más significativas. Todo su engranaje creativo devino en construir ese inconfundible entorno literario en el que está muy presente su país de nacimiento, sus viajes, la historia de su familia y esa manera particular suya de conjugar el oficio de escribir y el oficio de vivir.

Halfon lleva años construyendo la historia de su familia en su mejor ficción. En Canción rinde tributo a su abuelo paterno, un libanés “que no lo era”, secuestrado en enero de 1967 por la guerrilla guatemalteca. Pero a su vez, Canción posee ese rango misterioso en el título que merece subrayarse. Nace de un nombre, de un apodo para ser más preciso y, también, de la existencia real de un individuo que marcó el destino de otro Eduardo Halfon, también se llamaba así el abuelo del autor: “Le decían Canción porque había sido carnicero. No por músico. No por cantante (ni siquiera sabía cantar)”. Nos cuenta que tras pasar un tiempo en la cárcel por un robo que hizo en una gasolinera se puso a trabajar en una carnicería. “Y su apodo, entonces, no era más que una aliteración o un juego de palabras entre carnicero y canción... Sus compañeros íntimos, sus camaradas, lo llamaban Ricardo. Pero su nombre era Percy. Percy Amílcar Jacobs Fernández. Fue él. Percy, o Ricardo, o Canción, quien unos años después de ser carnicero secuestró a mi abuelo”.

Dicho esto, conviene aludir al arranque de la novela. Porque si ya hemos dicho algunos entresijos del texto, así como sobre la importancia del nombre que pone título a la obra, no podemos olvidarnos del contexto con el que irrumpe el libro: “Llegué a Tokio disfrazado de árabe”. Con esta controvertida frase, que puede dar pie a diferentes interpretaciones, inicia Halfon su relato en suelo japonés, donde ha sido invitado a unas jornadas literarias de escritores libaneses, la primera vez que asiste a un congreso bajo esa denominación de origen. Una vez más la cuestión de la identidad se abre camino en su manera de enlazar la historia que va a contar con el origen y devenir de su apellido judío. El escritor guatemalteco traza su relato en tres direcciones. La primera transcurre por su estancia en Japón, la siguiente se centra en unos concretos episodios convulsos de la historia de su país y, en medio de todo ello, como tercera localización, la figura de su abuelo, un comerciante próspero de telas, hecho prisionero durante treinta y cinco días por la guerrilla en un operativo secreto. Su nombre fue delatado por otro judío, amigo de sinagoga, una traición que le supuso el pago de una importante suma de dinero.

Pocos escritores son tan fieles a ese espíritu arqueológico de escarbar en el ámbito familiar como Eduardo Halfon. Su literatura se bifurca entre la historia del siglo XX y la autobiografía. Cada libro suyo toma el testigo del anterior, y nos recuerda que los escritores que importan, aunque en principio parezca que buscan respuestas en la memoria colectiva, en realidad lo hacen bajando al interior de sí mismos. Para Halfon la vida es un relato del que penden distintos argumentos cuyos desenlaces vienen del pasado y a esa memoria acude con inusitado empeño, para dialogar y desmadejar lo que tiene de insensato todo empeño literario. O como dice el escritor, en unas declaraciones recientes aparecidas en El Cultural: “Hago literatura. Es decir, no tengo ninguna intención más allá de contar historias usando las palabras más bellas”.

Canción es una novela fluida y evocadora, fragmentada en episodios breves de capítulos no enumerados por donde discurre un relato en el que tiene cabida una historia de personajes y de escenas que guardan entre sí una relación estrecha, engarzada en un viaje desde Tokio al pasado en el que sobresale, por encima de todo, la figura del abuelo, un personaje carismático de firmes convicciones y propósitos.

Desde su brevedad y sencillez narrativa, Canción se nos presenta como otro argumento más para quienes seguimos gozosamente empeñados en hacernos acompañar de buenas lecturas. Porque si hay algo propio y singular en los libros de Halfon es, precisamente, esa calidez narrativa y esa prestancia para agarrar al lector hasta una prometedora estancia por el imaginario de su literatura.