Mostrando entradas con la etiqueta García Ortega. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta García Ortega. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de marzo de 2021

Un manual de libros

Subraya Irene Vallejo en su portentoso libro, El infinito en un junco (2019), que «el libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo. Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí. Como dice Umberto Eco, pertenece a la misma categoría que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez inventados, no se puede hacer nada mejor». Los libros, además, que parece que tienen esa particularidad especial de hacerse amigos de todo el mundo: de los solitarios, de los rebeldes, de los independientes, de los soñadores y de tanta gente anónima que, a través de la lectura, encuentra alguna compensación a las muchas insuficiencias de la vida.

Pero a todo esto, conviene no olvidarse de que para que el libro llegue al lector hay un camino previo que este ha debido recorrer. El primero es el procedente del autor, porque la meta que se pone el escritor al escribir un texto no es otra que su manuscrito se convierta en libro y llegue a las manos del lector. Y es aquí, en este intervalo, cuando aparece la figura del editor como hacedor e impulsor de que ese texto se convierta en objeto deseado para ser leído por muchos lectores. El editor es, por tanto, un oficiante proveedor, una especie de intermediario entre el escritor y el lector. Digamos que el laberinto que todo lector va conformando en su casa con sus lecturas y adquisiciones de libros arranca gracias a las publicaciones. De ahí que toda esa labor libresca del editor, previa y continuada, conforme en el tiempo su propia extensión y reto, un oficio admirable y primordial en la cultura.

En el mundo de la edición de libros no existe ni ha existido nunca lo inamovible. Todo avanza o retrocede, a veces consecutivamente, a veces simultáneamente. Es un mundo en movimiento. Lo excitante del oficio de editar, una práctica que en ocasiones puede ser considerada una especie de arte, es que, visto desde la perspectiva del pasado y desde la del futuro, siempre está abocado a la fragilidad, al riesgo y a la aventura. Es la edición de libros un mundo a priori llamado a la estabilidad, que, sin embargo, existe en la agitación permanente”.

Con estas palabras inicia su andadura El arte de editar libros (Athenaica, 2020), el libro con el que Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958), poeta, narrador, ensayista y veterano editor despliega muchas de las claves y entresijos, que no son pocos, en torno al mundo de la edición. El autor viene a contarnos cuál es la razón de editar libros, que no solo consiste en obtener una rentabilidad económica, sino también “llevar una práctica cultural de naturaleza comercial”. Esta práctica tiene en común organizar una industria cultural de la que pende un sistema interdisciplinar con muchos otros oficios: “escritores, impresores, correctores, diseñadores, distribuidores, vendedores, publicistas, libreros, periodistas, etc.” Cito uno a uno todos los que nombra el autor, pero echo en falta a los traductores. El traductor no puede quedarse fuera, está muy presente, aunque siempre ha sido ese sujeto invisible y casi nunca nombrado. Qué sería de nosotros, lectores entusiastas de tantos escritores extranjeros, si no hubiéramos contado con la traducción de sus obras a nuestra lengua común.

Por otro lado, sostiene García Ortega que hoy en día el mundo del libro está más en manos del «lector-espectador», como así lo llama, o lo que es lo mismo, el mercado. Y lo explica de esta manera tan elocuente: “El escritor, el editor y el lector son los actores de una representación que ha sufrido una transformación, un vuelco, hasta tal punto que, siguiendo con el símil teatral, es como si el público se hubiera subido al escenario y hubiera desplazado al actor y le hubiera quitado las riendas al director”. No parece una exageración, él lo llama «un cambio de paradigma». Antes la correspondencia, nos dice, venía del escritor al editor y de este al propio lector. Lo que importaba era sencillamente leer. El escritor, a su vez, buscaba el reconocimiento social a su actividad creativa, le movía igualmente su aportación al inmenso canal de la literatura. Ahora la tendencia es que “la línea de correspondencia va del lector al editor (el lector dicta lo que desea leer, por así decir), y del editor al escritor (el editor dicta, a su vez, lo que se ha de escribir)”.

Da la impresión de que las condiciones de ahora son de un retroceso en el valor artístico, que se ha optado en favor del negocio, lo que no deja de mostrar una cierta inmovilidad creativa. Parece que lo importante, más que sorprender y progresar, es repetir más de lo mismo, porque ya ha tenido un éxito de ventas. Preocupante, si bien todavía contamos con algún sentir proveniente de voces, como la de Roberto Calasso, intelectual y editor, que siguen apostando por un negocio sostenido en el que esté presente el prestigio, el buen gusto y la calidad del libro editado: «un buen editor –dice– es aquel que publica aproximadamente una décima parte de los libros que querría y quizá debería publicar», una verdad que refleja la realidad de la actividad a la que aspira un buen número de editores para seguir ensanchando su catálogo literario.

Hay también apuntes interesantes referidos al lector y sus gustos. A este respecto, el autor identifica a dos tipos de lectores que se entroncan con dos tipos de escritores: “Por un lado están los lectores generalistas-convencionales, que consumen historias-argumentos de escritores generalistas-convencionales. Y, por otro lado, están los lectores que se especializan y consumen historias-argumentos de escritores especializados”. En cierto modo, no parece desquiciado concluir que internet y las redes sociales han propiciado que el lector esté asumiendo su rol de indicador de tendencias de lo que se va a publicar. ¿O no es eso lo que está ocurriendo con los libros de no-ficción que no paran de publicarse?

Este libro es un manual luminoso sobre el arte de editar, un texto breve, inteligente y persuasivo sobre el gusto por leer y sobre lo que se cuece en el mundo de la edición, pensado para entenderse a bien con todo tipo de lector que se acerque a sus páginas, porque es un libro entretenidísimo y gozoso. El arte de editar libros es un recorrido sagaz por el mundo de la edición, y, en su diagnóstico, encontraremos un encendido encomio sobre el valor de los libros, sobre los tesoros, ideas e historias que acaparan: “Nunca lo valioso y exquisito se muestra a la primera. Hay que ahondar para buscarlo. Y tal vez hallarlo. El editor es quien hace posible hallar ese tesoro”. Y esto, que no se nos olvide, conviene subrayarlo.


miércoles, 22 de julio de 2020

La lectura, una adicción irrefrenable

“Tengo la lectura asociada a un placer especial que no se parece a otros placeres salvo en su condición de refugio íntimo, al consuelo en la adversidad y a la excitación por conocer. Quizá por todo ello, la lectura forma parte de algo que es, en realidad, anormalidad, en el sentido de que, como todos los vicios, es minoritario, si se aspira a ser exigente”.

Esta confesión y testimonio de Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958), escritor, traductor y articulista, autor de una obra diversa y abierta a muy amplias inquietudes literarias, resume el prólogo, que es a su vez el alma de su nuevo libro Abecedario de lector (Paidós, 2020), una suerte de compendio personal y guía sobre los grandes autores y los grandes libros que le han acompañado a lo largo de su carrera y con el que pretende llamar la atención para alcanzar la sensibilidad de otros lectores, que él denomina exigentes.

Para un lector contumaz y perseverante como él, curtido en lecturas contemporáneas y clásicas, al igual que como escritor en diferentes lances de géneros, la literatura ofrece un caudal fecundo por el que sumergirse con éxito “con la posibilidad de comparar y de relacionar obras y autores y de vivir la lectura como una exploración inagotable”, nos dice. Confiesa que su ocupación favorita es leer y que sus autores predilectos son, por el lado de la prosa Proust, Flaubert y Cervantes, y por el de la poesía, Baudelaire, Eliot y Cernuda. Tiene a dos héroes favoritos en ficción: Lord Jim y Jane Eyre, y reconoce como heroína destacada en la historia a Emilia Pardo Bazán.

Dice en la primera entrada del libro que su Abecedario es arbitrario, como corresponde a todo abecedario personal, una especie de enciclopedia en la que salvaguardar su experiencia lectora de forma aleatoria y caprichosa. Da entrada también a palabras como alegría, amor, bueno, crisis, dios, fanatismo, gratitud, hogar, nacionalismo, realidad, verdad, utopía... muy representativas y comunes en la vida de cualquiera que ponen de manifiesto el sentir de su ética personal, a veces significándolas de rebeldía, otras veces de irreverencia y humor, pero mayormente las comparte como fuente de conocimiento en la propia lectura de los libros donde aparecen. Y así, por ejemplo, sobre ese “comportamiento de corte irracional del individuo sectario”, digamos “fanatismo” alude que “pocos escritores fanáticos han pasado a la historia. Louis-Ferdinand Céline es una excepción”.

Para García Ortega el lector es primero amigo, y después juez del escritor. Insiste en que la narrativa, la biografía y la poesía son tres tipos de literatura que han de leerse de forma distinta. Por eso da pie a desconfiar de la palabra “literatura”, como ya lo hacía Camus. Lo que no quita para ensalzarla. La literatura sirve, fundamentalmente, para deleitar. Y añade que “lo bueno de los libros es que generalmente dan respuestas a preguntas que aún no nos hemos hecho. Que nos las hacemos porque el libro nos las sugiere”. Y pone su acento en la importancia de los clásicos: “un clásico literario es una obra que perdura y habla para su pasado y para nuestro presente por igual y siempre”, que permanece activo en el tiempo, subraya.

Hay, por otra parte, ciertos guiños a un elenco de escritores contemporáneos españoles a los que el autor muestra su empatía literaria y admiración tales como Martín Casariego, Agustín Fernández Mallo, Andrés Ibáñez, Justo Navarro o Carlos Pardo. Los libros de estos y de tantos otros que por las páginas de su libro aparecen tienen mucho en común en el sentido de que siempre están rebasando sus confines; siempre están produciendo nuevas especies de maridajes inesperados entre ellos, como diría Virginia Woolf. No es fácil saber cómo abordarlos, saber a qué especie pertenece cada uno de ellos. Sin embargo, García Ortega insinúa que, para el lector exigente, acercarse a un autor nuevo conviene hacerlo como compañero y cómplice de su aventura, antes que como juez, para sacar de él todo lo que pueda darnos.

Es cierto que no obtenemos absolutamente nada de la lectura más allá del placer, y también es que el más sabio entre nosotros es incapaz de decir en qué consiste tal placer. Pero, lo que sí viene a corroborar García Ortega con su libro es que leemos para saber que no estamos solos, que leer no nos aísla de los demás, sino que nos aproxima a nuestros semejantes. Y que leer es también una manera de ser y de estar en la vida, una forma de vivir nunca ajena a la emoción, al asombro y a la sorpresa.

Abecedario de lector es un libro tan particular como curioso, en el que cabe la semblanza, el microensayo, la anécdota, la reseña y todo un río de lecturas y notas sobre una vida dedicada al goce de leer. García Ortega firma un volumen de experiencia lectora ameno y seductor, un ejercicio selectivo de descubrimientos y afectos, en el que el lector se puede reflejar o predisponer. Y es que, por mucho que ya creamos haber leído más allá de lo necesario sobre cualquier tema o modalidad, nunca habremos leído lo suficiente.