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viernes, 28 de febrero de 2025

Homo narrans


Este libro no es ficción, es más bien el sumatorio de un ensayo y unas memorias, pero su autor, Javier Peña (A Coruña, 1979), también despliega en él un relato, la historia de su vida como lector y escritor, sus emociones y los últimos días de la vida de su padre. Partiendo de la enfermedad de este en la habitación de un hospital, nos habla de literatura, de escritores, de la conexión entre ellos dos en sus lecturas, de los sentimientos y los gustos compartidos, una travesía emocional intensa y simbólica empapada de libros para dar cuenta de cómo la literatura y la vida se funden en la memoria, en la lectura y en la escritura. Todo esto es Tinta invisible (Blackie Books, 2024), un libro, como deja dicho el propio autor en el subtítulo del mismo, Sobre la pérdida, la escritura y el poder transformador de las historias, un libro que, bajo ese extenso denominador común, contagia por su tono y cercanía, por las vivencias e historias compartidas que convergen con la presencia del padre y del homo narrans que el propio autor hace gala.

Ningún buen lector dejará de percibir este sentir en sus páginas, bien flanqueado por la reflexión que el escritor gallego señala en la introducción del libro y que dice así: “Pienso también que habitar el mundo de las historias no es una elección personal, sino una forma de ser, a veces innata, a menudo inculcada desde la infancia, como hizo mi padre conmigo”. Nos encontramos, por tanto, con un vívido libro sobre el amor a la literatura y, sobre todo, sobre el amor compartido hacia los libros de un hijo y un padre como vínculo sentimental y estímulo de conversación. Tinta invisible saca a relucir esa pasión compartida de los dos por la literatura, así como pasajes y citas de grandes autores que revelan secretos y obsesiones a la hora de escribir, angustias y esperanzas, miedos frente a la escritura y las rencillas que había entre ellos, pero, a su vez, sus afanes de ampliar la realidad y de desenvolverse en la vida.

Encontramos en todos estos referentes literarios muchas de las razones e inquietudes de ese ego del escritor que viaja en soledad sin salir de casa, que recorre un camino incierto de creación, bajo la intemperie de su escritorio, tan solo confiado en la mirada, la memoria y la imaginación para conjurarse en trazar el mapa de su escritura. Salen a su paso Saramago, Kafka, Emily Dickinson, Dickens, Kundera, Orwell, Jon Fosse y otros muchos, para dejar constancia de que la escritura es inseparable del acto de leer. Viene a decirnos Javier Peña que la literatura ofrece una de las mejores maneras, dejando a un lado la experiencia, de entender a la gente distinta de uno. Por eso mismo, a menudo, la ficción nos resulta más útil que la experiencia vivida. La experiencia nos pasa por encima como una apisonadora y solo comprendemos lo sucedido años después, si acaso. La ficción, como dice Ursula K. Le Guin, aporta una comprensión fáctica, psicológica y moral mucho mejor que la realidad.

Tinta invisible es una incursión sentimental en la escritura sobre el duelo acompañada de un viaje emocional y consolador por el imaginario de la literatura. Uno encuentra sintonía y entendimiento con la voz narrativa y descriptiva que ronda sus páginas, una voz que nos interpela y pone de manifiesto esa carga sentimental y ética que da sentido a la palabra escrita, a la vida reflejada en los libros. Pero tal vez, en todo este paralelismo de vida y literatura que dilucida este libro, lo más verdadero y revelador sea el poder incisivo, incluso perverso, que tiene la literatura de agitar y examinar etapas de nuestra vida, de ser bisagra que abre la puerta a lo inefable para entrever la realidad y sus historias.


En este ensayo se condensan aprendizaje, reflexión y experiencia, bajo el sentir de un escritor al que le interesa la revelación que aflora de su propia realidad el acto de escribir, consciente de que escribir es disponerse a hacer sobresalir las palabras que dan lugar al embrujo de las historias que traen consigo: “Cormac McCarthy dijo aquello de que los libros están hechos de otros libros y eso, que es verdad en cualquier ocasión, no puede ser más acertado para definir estas páginas”, concluye el autor.

Javier Peña firma un libro de sesgo literario intenso, de lectura jugosa y de singular lucidez, un correlato de vida y literatura donde resuenan el poder del verbo literario como prodigio de las palabras, de los deseos y de las historias que nos conforman, un viaje narrativo por todo lo que supone de efervescencia la lectura y la escritura, incluso con la vida en contra.


martes, 15 de octubre de 2024

Fomento de la lectura


En cada libro hay algo que, igual que en la vida, oscila y predispone a entendérselas con el mundo. Aunque suene extravagante, la gente, en general, se comporta siempre como si todos los libros fueran de la misma especie, sin percatarse de que los libros, cada uno a su manera, contrastan entre sí: unos tienen su pelaje y otros muestran su desnudez. ¿Qué hace quien lee, en verdad? Pues cabría responder que quien lee descifra, ordena, relaciona, imagina, recuerda, descubre, aprende, duda, piensa, compara, interpreta y también crea. Se lee para soltar amarras, leer el mundo y reconocernos en él, para ensancharnos y sentirnos más reales. Dice el escritor Gabriel Zaid que lo que uno lee nunca es lo que lee otro: «Aunque se comparta por completo una lectura, el centro de tu lectura está en ti, como el de la mía está en mí».

A todo esto, llama mucho la atención que, como ya intuyó el filósofo y escritor francés Guy Debord, en nuestro tiempo, parece que todo nos empuja a ser más espectadores que lectores. Bien es cierto que la lectura, por otro lado, es más exigente, requiere control del cuerpo, coordinación, silencio que facilite el diálogo con otro y soledad con uno mismo. Precisamente, en ese compromiso de recogimiento necesario, nos viene a decir el poeta y novelista Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) en su reciente ensayo Construir lectores (Vaso Roto, 29024), es donde aprendemos a convertirnos en lectores. Porque, aunque no obtengamos absolutamente nada de la lectura, aparte del placer de leer, apunta el escritor, no es menos cierto que hasta el más sabio es incapaz de decir en qué consiste tal placer. Pero ese placer, aunque pueda parecer misterioso, que lo es, desconocido e inútil, como apuntaba Virginia Woolf, es suficientemente fecundo.

A lo largo de este animoso y bien documentado ensayo, encontramos motivos y pensamientos abundantes que ensartan muchos de los fundamentos de la función de leer y de su contagio. Dice V. L. Mora que “un libro es un contagio de escritor a lector”. Y dice también que la lectura no es solo distracción, sino que, además, hay en su esencia una gramática dispuesta a ser desentrañada por el lector y por eso mismo no es posible leer todos los libros que se editan, ni hace falta, “porque los buenos libros no son tantos, y los mejores aún menos”. Le importa destacar algo que conforma el espíritu que promueve su tentativa literaria que no es otro que el fomento de la lectura: “Este es un libro positivo, constructor, esperanzado... Porque creo que incluso a través de textos breves puede levantarse una estructura compleja sobre la lectura, la educación y la tradición literaria”. Para él, cada etapa de la vida posee sus particularidades y, por consiguiente, su forma de asumir la lectura, porque cada lector es un mundo y sus lecturas son dispares según su edad, su entorno y circunstancias. La lectura, viene a concluir, requiere, para ser provechosa, de unas condiciones que le sean propicias, incluso hasta aspirar a la relectura, que es como extraer el néctar de la savia de una planta.

Esa es la idea principal que recorre Construir lectores, alentar a la lectura como un acto de amor a la vida y a uno mismo, mediante un texto aparentemente pequeño, pero casi infinito en su capacidad de mostrar el caudal de experiencias literarias que alcanza la condición de ser un buen lector, de entender la lectura con un disfrute extraordinario: “desde que abres un libro y empiezas a recorrer palabras, no sabes qué va a pasar, pero un mundo entero comienza a construirse ante tus ojos y dentro de tu cerebro”. Nos deja sentir lo mucho que los libros tienen en común y el maridaje inesperado que producen entre ellos: “Es un acontecimiento prodigioso –subraya–, del que no puedes despegar la vista: cada palabra, cada frase, abren un nuevo canal navegable en tu mente”. No se detiene en su aserto V. L. Mora, y pone énfasis en resaltar que: “leer es la piedra angular para la construcción del edificio propio”.

Visto del lado del lector, podemos considerar que el libro es una encomienda gratificante sobre la lectura como acto creativo de interpretación y reinterpretación del mensaje del autor del libro y la sorprendente variedad de matices que aporta su discurrir, buen talante y disposición, como queda dicho en estos dos chispeantes aforismos suyos: “La lectura no nos hace mejores personas, pero tampoco peores”; “Leer no nos hace ni buenos, ni malos. Pero nos hace más grandes”. Este es un libro estimulante, de lectura jugosa, un ensayo convertido en un viaje también a otras obras literarias que abogan por ensanchar la importancia de la lectura por todo lo que supone de efervescencia y reflejo de la vida, una consecuencia que deja ver, en un brillante e inteligente texto, lo importante que es rescatar lectores, al fin y al cabo, todos somos pura narración, somos palabras en busca de algo que dé sentido e impulso a nuestra existencia.


Construir lectores es un libro de fina agudeza y encomio de la lectura, que sacude e invita al subrayado, un texto bien dimensionado y repleto de muchas confluencias literarias y acercamiento a otros libros al alcance de la lectura, lo que absorbe e hipnotiza para quien la practica. Un libro jugoso y a tener en cuenta, editado con mucho gusto, y con una bibliografía nada desdeñable, un ensayo ameno y bien estructurado, que resalta la importancia de leer para descorrer el mundo y sentirlo más vivo y reconocible, que apela a la lectura como forma de construir ciudadanos, de mudarse a una casa más nuestra y de una fidelidad compartida.


miércoles, 8 de junio de 2022

La lectura nos refuta


Digámoslo bien alto y sin cortapisas: a los lectores no nos gustan las islas desiertas, ni los libros únicos. Lo que nos gusta de verdad es estar en nuestro hogar, sentados en la butaca de nuestras casas, rodeados de libros y disponer de mucho tiempo, predispuestos al devenir de otro día más, de más páginas, sabiendo que cada jornada es otra nueva oportunidad para lo mismo, pero distinta. Tomar un libro en nuestras manos y seguir leyendo en el sillón o tendidos en la cama es puro regocijo para cualquier lector entusiasta, pero también es apartarse de vivir regladamente, saltarse la norma sin llamar la atención, sentirse más libre y proteico, por tanto, más vivo y versátil.

La vida tiene muchas lecturas. Todo el mundo lo dice, pero son pocos los que tratan de saberlo. Los libros nos aproximan a esa tarea. Un libro es un espacio establecido por el autor, por el que el lector transita, pero que, a su vez, se abre por donde queramos en cualquier lugar donde estemos. Nos acompaña en la mesa de trabajo, en el sillón, en la cama, en el autobús, en un banco de una plaza, en cualquier café. Siempre a nuestra disposición. Con un libro cercano, delante de nuestros ojos pasan cosas y la vida personal se convierte en mucho más de lo que acostumbramos a vivir en el día a día: se añaden anhelos, fantasía, aventuras, hallazgos y hasta se puede sentir lo inimaginable. Porque con los libros, sobre todo, se establecen complicidades, conversaciones y secretos. Ellos ponen la materia prima y el lector pone su toque personal a lo que dicen o insinúan entre líneas.

El nuevo libro del escritor y periodista Guillermo Busutil (Granada, 1961), que lleva por título Papiroflexia (Fórcola, 2022) anda repleto de motivos, guiños y finura sobre todas estas revelaciones y reconocimientos del papel extraordinario que representan los libros en la vida del lector. Busutil hila muy fino en su tentativa, y lo hace en un formato audaz y breve, como es la escritura aforística. Recurre a este género tan exigente para encontrar ese punto exacto donde encajar sus reflexiones y agudezas. Los que ya leímos su libro anterior, La cultura, querido Robinson (2019), encontramos esa jugosa simiente condensada en muchas de sus páginas sobre los libros y la lectura, bien explícita en la cita inicial de James Russell Lowell que dice así: «Los libros son las abejas que llevan el polen de una inteligencia a otra».

Es, eso mismo, polen, lo que discurre por aquí ahora. Papiroflexia es, en sí mismo, un manifiesto de elogio y alborozo sobre el libro y la lectura, un libro plagado de chispas, soplos y resplandores recogidos por el autor a través de su experiencia personal, evocaciones y destellos que la lectura y los libros le han producido a lo largo de su dilatada vida como lector y que le siguen produciendo con tanto reclamo y fascinación. Dice Busutil que “el lector no nace, se hace”. Libro a libro aprendemos. Leer, según nos va mostrando, es una actitud, una manera de despertar la curiosidad que proporciona motivos para el deleite y la reflexión, en esa búsqueda de reconocernos a través del pulso de la palabra escrita. Dice Busutil, también, y no le falta razón, que “leer en presente es un indicativo de cultura”.

Leemos en la contracubierta del libro que Papiroflexia no es un simple libro sobre libros: «es un juego literario de palabras con relieve de papel». Y yo también lo creo. Encontramos en él un rico pensamiento literario en torno a la lectura y los libros, un panel de savia aforística, persuasivo y fértil. Este librito, de hermosa edición, ofrece a su vez, un mapa estimulante que nos invita a leer y a fortalecer nuestra relación con los libros como algo recurrente y saludable: “Leer es un acto de amor con uno mismo”. Y por eso, el autor reivindica la función lúdica de la lectura como juego inteligente en el que quien la propicia aspira al entretenimiento, la sorpresa, el suspense y la reflexión. “Leer, carpe diem”, concluye bajo la inspiración del poeta latino.


Busutil no se limita solo a acuñar aforismos con vocación de emblemas, sino a enseñarnos con tino y picardía mucho de lo que atesora el acto de leer, todo lo que nos ofrece la compañía de los libros: “La lectura es un ejercicio de erotismo del que se entra, se sale, se prolonga y se culmina”. En Papiroflexia hay claramente un rendido amor a los libros y a la lectura, y, cómo no, a sus autores, artífices imprescindibles de esa comunión. Busutil se obliga a que todo ese engranaje que conforma el libro y su destino se ajuste con agudeza precisa en su pericia, se ciña a la condensación y al fulgor que exige el aforismo, y le dé al lector la sensación de que lo dicho tenía que expresarse así, con esas mismas palabras, en ese mismo orden y en sus distintos tiempos verbales de presente, imperativo y futuro.

Así lo aborda el autor, como piezas de un amplio mosaico en el que describir una estancia lectora duradera y jugosa. Lo dice mejor la escritora Nuria Barrios en el prólogo del libro: «Papiroflexia es un libro pequeño y, al mismo tiempo, infinito... En sus páginas hay un huerto y un parque y un jardín y un bosque y una selva». Hay todo eso que indica la poeta, y mucho amor, como también indica, a los libros, al lenguaje, a las librerías, al remanso del silencio en el que la lectura se instala. Es un libro que invita a la relectura y al subrayado.


lunes, 28 de febrero de 2022

Leer la vida


Vivir es, sin duda alguna, muchísimo más importante que leer, infinitamente más. Pero leer forma parte de nuestra vida, una parte decisiva: nos ayuda a conducirla mejor o peor, a sobrellevarla, a disfrutarla, a entenderla, a aceptarla. En cada instante, somos lo que hemos vivido y lo que queremos vivir; también, lo que hemos leído de verdad”.

En este sencillo y certero párrafo se encuentra aquilatado el sentido que mueve Las cosas de la vida (Fórcola, 2022), el nuevo libro que acaba de publicarse del escritor y crítico literario Andrés Amorós, un apasionado ensayo en el que están muy presentes las grandes preguntas de la vida a través de la memoria de los libros leídos y, en particular, de un extenso carrusel de citas que conforman un continuo diálogo con artistas, escritores y pensadores de todos los tiempos que se ocuparon de poner luz propia a mucho de lo que supone el rumbo de la vida y a mucho de lo que concita sacar provecho de saber vivirla.

Desde esa tentativa, el lector va a encontrarse con un libro que nace del bagaje de lecturas de su autor, así como de las propias concesiones de la experiencia de los años que le llevaron a buscar la necesidad de comprender mejor las cosas de la vida. Pero es, sobre todo, un ensayo sobre las lecturas que le orientaron a leer la vida desde el vértigo de la introspección, bajo esa idea inspiradora de que leer amplía nuestra experiencia, tanto como lo que realmente hemos vivido. Acude el autor a reforzar esta idea transversal del libro apoyándose en la concluyente declaración que Irene Vallejo deja escrita en su celebrada obra El infinito en un junco: «Sin los libros, las mejores cosas de nuestro mundo se habrían esfumado en el olvido».

Si hay algo, por encima de todo, que celebramos y agradecemos a Andrés Amorós, es su capacidad inusitada de transmitir entusiasmo por los libros. Lo hace sin impostura, con esa naturalidad genuina y contagiosa tan suya, en la que se unen, para gozo del lector, ligereza y eficacia divulgativa en la misma proporción, ya sea para hablar de música, de tauromaquia, de cine o, como es ahora, para ocuparse de las grandes preguntas que todos nos hacemos y que los libros han venido manteniendo desde siempre. Precisamente es eso mismo lo que guía al autor: hacer visible la necesidad de la compañía de los libros, para que siempre se pueda acudir a las voces escritas de quienes resaltaron esos grandes temas que han marcado a la humanidad. Su facilidad de comunicación convierte a Amorós en un autor ameno que, siendo erudito, nunca se aparta de hacerlo de forma sencilla, con el ánimo siempre puesto en sacudir el entendimiento y despertar la curiosidad del lector.

Este libro de Las cosas de la vida va y viene entre esas dos intenciones, necesidad de la lectura y, gracias a ella, la transmisión provechosa de los conocimientos, llevando a cabo una exploración de pensamientos donde los secretos de la vida se dejan seducir y contagiar por la letra porosa y sugerente de la literatura. Viene a decirnos que “la literatura nace de la vida y es inseparable a ella”, y que, igualmente, para que tenga sentido se precisa de la complicidad del lector: “Para apreciar una obra el lector necesita coincidir en algo en el espíritu del creador”. Tampoco desaprovecha la ocasión para dejar sentado que “los libros deben, ante todo, proporcionarnos placer: ese es su sentido básico. Pero no es el único –aclara. Los libros nos dan también, otras muchas cosas. Nos enseñan a ver la realidad y a vernos a nosotros mismos”.

Cada uno de los treinta y seis capítulos de esta Guía para perplejos, como así titula el escritor valenciano a su libro, contiene su sesgo de microensayo. Son piezas en donde está comprimida parte de esa órbita intelectual relacionada con aspectos de la vida, sus afinidades y complejidades, sus interrogantes y certezas. Son apuntes poblados de referencias literarias traídas a propósito para acentuar ideas o señalarlas como motivo de reflexión. El libro en sí mismo opera siempre en torno a la condición del hombre y sus matices, como referente y reflejo del mundo. Así queda dicho en esta cita de Montaigne, autor recurrente a lo largo del libro: «Cada hombre lleva la forma entera de la condición humana». Todo el libro es una suerte de acopio amplísimo de citas escogidas de grandes figuras de las letras como Aristóteles, Durrell, Proust, Oscar Wilde o Antonio Machado, entre un centenar de ellos. Pero si hay que destacar a los cuatro más aludidos o entrecomillados, el orden sería: Cervantes, Montaigne, Shakespeare y La Bruyère.


Todos estos autores clásicos y contemporáneos que acaparan la atención de Amorós acuden a interpelarnos con la palabra, para afirmarnos ese vínculo intemporal con nuestros semejantes, para subrayar que nunca estamos solos y que pensar en las cosas de la vida es siempre animarse a vivir y compartir experiencias. En esa dinámica, logra contentarnos, disponiendo que sea la lectura la que ejerza la acción de leer, de manera que sea el lector quien pasa de sujeto a objeto, convertido en campo de pruebas. Leemos Las cosas de la vida tanto como el libro nos lee a nosotros.

Llegado al punto de concluir, digamos que este es un texto fundido y atravesado por los rasgos fundamentales de estar en el mundo, un desafío divulgativo provechoso sobre el arte de vivir, pero, también, una meditación fértil sobre el sentido del tiempo y la memoria lectora. Un libro escrito con pasión y lucidez.


jueves, 9 de septiembre de 2021

Libros, vida y lecturas


Dice Roberto Calasso, al que echamos tanto de menos, en Cómo ordenar una biblioteca, último libro publicado antes de que nos dejara el pasado mes de julio, que respecto a este asunto de ordenamiento y disposición de los libros “el orden perfecto es imposible, sencillamente porque existe la entropía. Pero sin orden no se puede vivir. Con los libros, como con todo lo demás, es necesario encontrar un término medio entre esas dos afirmaciones”. Según él, quien procura ordenar su biblioteca debe reconocer y, quizá, transformar el mapa mental de sus preferencias y pasiones, enfrentándose a sorpresas y, desde luego, sin esperar soluciones definitivas.

El protagonista de la novela de El hombre que ordenaba bibliotecas (Pre-Textos, 2021) del poeta y crítico literario Juan Marqués (Zaragoza, 1980) anda inmerso en estos asuntos, eso sí, pero se en cuentra muy lejos de establecer un método de clasificación universal. Se ocupa en ofrecer un servicio personalizado de asesoramiento y búsqueda de libros a la medida de la visión íntima y gusto personal de quien lo contrate para completar y mejorar su biblioteca. Depende, por tanto, de clientes antojadizos dispuestos a descubrir libros cuya existencia no sospechaban y libros deseados que no se dejaban encontrar. Él es alguien consciente de su rol, que sabe que la aspiración de todo amante de los libros no es otra que seguir un hilo o muchos a la vez, de manera que desaten y prolonguen caprichosa e ininterrumpidamente su biblioteca en marcha. Sabe que pocos objetos como el libro despiertan tal sentimiento de absoluta propiedad. Igual que sabe que toda biblioteca es autobiográfica.

Es más, este es un libro en el que su autor se sumerge por primera vez en una novela experimental sobre algo que le fascina, es decir, los libros y su lectura, para centrarse en la vida de otro, sospechosamente parecido a él, alguien que va a cumplir cuarenta años y denota un cimbreo existencial en su interior, un estado de crisis que viene a confluir con su vocación libresca y su sentido práctico de satisfacer lo que la vida en ocasiones le niega o dificulta. Su protagonista condensa cavilaciones y conjeturas sobre el sentido de su vida, aunque el placer de leer sigue palpitando en él. Solo parece extraviado, con cierta sensación de abatimiento y preocupado por entenderse a sí mismo. No tiene intención de dejar a un lado sus andanzas alrededor de los libros, eso parece irrenunciable y, encima, es su sostén de vida.

Durante ese período de constante interferencia entre su tarea y su estado de ánimo, su precaria economía se agravará por su reciente divorcio. Además, se verá obligado a ajustar sus ingresos para seguir atendiendo a sus hijos. En medio de este sumidero de prioridades aparecerá en su vida un personaje con el que mantendrá una relación de encuentros y diálogos, una suerte de consuelo que lo pondrá en la senda de conocer a un buen puñado de seres estrafalarios, un escaparate de letraheridos con los que, inexplicablemente, sin salir del ámbito de la literatura, encontrará esparcimiento y, al mismo tiempo, interés por su trabajo. Este enigmático personaje le ayudará a rescatar la ilusión perdida y a apaciguar su melancolía, le hará sentirse un espectador de su propia vida. Bajo esta premisa: “Todas las cosas que suceden tienen una explicación sencilla, si se acierta a vislumbrar cómo se comporta la realidad”.

A lo largo de la novela, la parodia del tiempo está muy presente, al igual que la defensa de la libertad. Nos encontramos con un buen puñado de reflexiones provenientes de estos encuentros con los demás personajes que reavivan la laxitud de nuestro protagonista, un tipo, por otra parte, ávido de libertad, que viaja de aquí para allá, que va desde Toulouse a su Zaragoza natal o de Cádiz a Grenoble, sin perder nunca de vista su singular oficio que pone título a la obra, y que deja anunciar en el periódico de esta manera: “ORDENO BIBLIOTECAS. Me adapto a sus gustos y su presupuesto. Busco y compro libros para usted. Completo carencias. No taso bibliotecas, solo las completo o las reduzco, y siempre las mejoro...”

Por otro lado, se complace en afirmar que no hay motivos suficientes en su vida para dejar de leer. Se interesa por “estar al día de lo bueno que va publicándose, y tener tiempo para releer y escribir sobre las obras importantes”. Como ya dije antes, su oficio y vocación no es otro que ordenar los libros de sus clientes: completar sus carencias, reducirlas, mejorarlas. Deja dicho que ha elegido una forma de vida que para él es imposible cambiar, pero se empeña en buscar respuestas a su estado de inquietud a través de sus lecturas, mientras conversa con el hombre misterioso de Toulouse.


El libro de Juan Marqués rebosa de detalles y sutilezas, incluso con algún subrayado nada complaciente, como advertencia: “Los libros también pueden ser una gran trampa, nos confunden, nos alejan”. Algo así se va entretejiendo a lo largo del libro, dejando ver que “la literatura intenta explicar las cosas sin aceptar, o incluso sin saber, que son inexplicables”. Tal vez, por eso mismo, toda vida adosada en cada estante de una biblioteca requiera su relato, y por eso mismo nos empeñemos en ordenarlas de manera distinta según el momento elegido. Quizá sea esta la verdadera metáfora del libro.

El hombre que ordenaba bibliotecas es una narración de sesgo literario intenso, una novela que se deja leer con gusto e invita a la relectura gracias a la levedad sugerente de su prosa, así como al espíritu reflexivo que la impulsa, ese que convoca a los libros y a los que nos gusta habitarlos de manera apasionada y consecutiva.


jueves, 26 de noviembre de 2020

Lectura ilustrada


El acto de leer se asemeja más a un arte que a una mecánica, necesitado de una motivación y de un retiro voluntario que hagan posible el diálogo con otro en el seno de la intimidad, la soledad y el silencio. Leer implica eso y también encajar un texto en un contexto preciso de interpretación. Por otra parte, la lectura continuada aporta frescura a nuestro intelecto y lo reconforta de los achaques de la edad. Canetti, contemplando a los setenta años su propia biblioteca abarrotada, se decía que seguir acumulando libros formaba parte de su rebeldía contra la muerte. Con esa prerrogativa contaba tener la disponibilidad de poder elegir qué leer y seguir teniendo en su mano, pensaba con cierta arrogancia, el curso de su propia vida.

Sin llegar a esa preeminencia del escritor y pensador sefardita, somos muchos los que participamos de esa misma rebeldía. Somos muchos los que nos identificamos con ese significado de la lectura como consuelo y ejercicio continuado de la mente. Cultivarla se basa sobre todo en la observación y en dar tiempo al tiempo. Leer agiliza el pensamiento, produce delectación, acrecienta el discernimiento e impele a contarlo. No conozco a ningún lector que, gozoso con lo que ha leído, no acuda a comentar su dicha con gente afín, amigos, seres queridos o conocidos. Yo también lo hago y celebro mis hallazgos en esta bitácora de lecturas que, desde hace ya casi una década, mantengo activa como espacio que me permite poner en valor lo que la lectura tiene también de vínculo social en el sentido de compartir con los demás lo bueno que uno lee, o cree haber asimilado de lo que ha leído.

El nuevo libro del diplomático, bibliófilo, poeta y escritor Miguel Albero (Madrid, 1967) La orgía callada (Abada, 2020) posee esa jerarquía gratificante propia de un texto evocador y bien urdido que aborda con empeño, sutileza y humor un elogio apasionado sobre la lectura, pero tomando como referencia al sujeto que la desempeña: el lector de libros. “Leer al lector, ése es el objetivo de estas líneas”, dice el autor en el arranque de su ensayo, apoyado en el epígrafe que recoge una de las citas más celebradas de Gustavo Flaubert que dice así: «La única forma de tolerar la existencia es perderse en la literatura como una orgía perpetua».

A esa fiesta nos emplaza el libro. Y en su antesala nos encontramos con la presencia de Nabokov y Steiner, dos escritores importantes señalados por el autor que siempre estuvieron muy volcados en poner su atención literaria a ese reclamo perpetuo de la lectura. En ese acompañamiento y en ese objetivo marcado de atención lectora, Albero nos proporciona los cuatro rasgos que identifican la figura del lector de libros que participa de lo que él denomina “orgía callada”: El primero es que el lector no está nunca solo, como en las orgías. El segundo es que se encuentra desnudo. El tercero es que es promiscuo, eso sí, sin jadeos. Y el cuarto rasgo distintivo y derivado de esto último es que se trata de una orgía particular y diferente, una orgía silenciosa.

Aunque en las muchas ilustraciones que acompañan al libro aparezca un lector aislado y solitario, se refuerza lo contrario de lo que parece, dejando bien sentado que el lector de libros nunca está solo. Conviene reiterarlo, subraya Albero en el capítulo que habla de la no soledad del lector: “Porque leer es dialogar con otros vivos ausentes, o con muertos presentes, estar con otros, esos otros que en el libro habitan; el autor, desde luego, pero también todos y cada uno de los personajes, ya sea ficción o ensayo, Historia o historias, allí siempre hay gente”. El lector de libro viaja, la lectura lo transporta y lo convierte en un “solitario acompañado”, nos dice, consciente y predispuesto a que ese libro que lleva entre sus manos lo lleve inevitablemente a otros libros.

En otro capítulo bien podría resumirse tomando una de las cuatro citas que lo preceden. Me refiero a la de Wilfred Maertens que dice así: «Por mucho que me abrigue o me arrime a la chimenea, siempre que leo tengo la sensación de estar desnudo; no tengo frío, no, pero ropa tampoco». En esa desnudez figurada conviene subrayar que el lector está desnudo porque no precisa de ningún ropaje especial para seducir al interlocutor que aparece en el texto, más bien requiere pasar inadvertido, sin ninguna prenda que llame la atención. Y está también desnudo, como indica el autor, “porque se enfrenta despojado a cuanto viene, porque lo afronta sin parapeto”.

En ese deambular de la obra por la esencia de cómo se sitúa el lector ante un libro, conviene recordar, como atina Albero, que “el lector de libros empieza por ser lector de un libro”, y que “hay siempre un libro fundacional” que lo inicia en futuras lecturas. Los libros se suceden, vienen otros al reclamo de aquella primera lectura y ese germen hace convertir a alguien que lee por primera vez un libro en un potencial lector de libros. Todo lo que despliega este ensayo no es más que un acto de invitación al vicio de leer al que muchos nos hemos entregado. La orgía callada procura las mejores condiciones para que la realidad siempre imprevisible de ser lector se muestre visible, con ese pálpito de trasladar con gracia y con total claridad eso de que no hay mejor cobijo para el deleite, la satisfacción intelectual y el asombro que el que reportan las páginas de un libro.

Uno, como lector incorregible, nunca regala su atención a un libro de forma gratuita. Lo hace cargado de ilusión y con la esperanza de recolectar su fruto. Asumir ese riesgo es la aventura que siempre se está dispuesto a correr cada vez que decidimos leer un libro, confiados en una recompensa final. Cuando el resultado esperado se confirma, entonces el regocijo nos lleva a exteriorizarlo. Es lo que me acaba de ocurrir con este pequeño y hermoso volumen de Miguel Albero, una suerte de hallazgo que hará partícipe igualmente al curioso que se deje tentar por ese reclamo de orgía callada que anuncia su cubierta.


miércoles, 22 de julio de 2020

La lectura, una adicción irrefrenable

“Tengo la lectura asociada a un placer especial que no se parece a otros placeres salvo en su condición de refugio íntimo, al consuelo en la adversidad y a la excitación por conocer. Quizá por todo ello, la lectura forma parte de algo que es, en realidad, anormalidad, en el sentido de que, como todos los vicios, es minoritario, si se aspira a ser exigente”.

Esta confesión y testimonio de Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958), escritor, traductor y articulista, autor de una obra diversa y abierta a muy amplias inquietudes literarias, resume el prólogo, que es a su vez el alma de su nuevo libro Abecedario de lector (Paidós, 2020), una suerte de compendio personal y guía sobre los grandes autores y los grandes libros que le han acompañado a lo largo de su carrera y con el que pretende llamar la atención para alcanzar la sensibilidad de otros lectores, que él denomina exigentes.

Para un lector contumaz y perseverante como él, curtido en lecturas contemporáneas y clásicas, al igual que como escritor en diferentes lances de géneros, la literatura ofrece un caudal fecundo por el que sumergirse con éxito “con la posibilidad de comparar y de relacionar obras y autores y de vivir la lectura como una exploración inagotable”, nos dice. Confiesa que su ocupación favorita es leer y que sus autores predilectos son, por el lado de la prosa Proust, Flaubert y Cervantes, y por el de la poesía, Baudelaire, Eliot y Cernuda. Tiene a dos héroes favoritos en ficción: Lord Jim y Jane Eyre, y reconoce como heroína destacada en la historia a Emilia Pardo Bazán.

Dice en la primera entrada del libro que su Abecedario es arbitrario, como corresponde a todo abecedario personal, una especie de enciclopedia en la que salvaguardar su experiencia lectora de forma aleatoria y caprichosa. Da entrada también a palabras como alegría, amor, bueno, crisis, dios, fanatismo, gratitud, hogar, nacionalismo, realidad, verdad, utopía... muy representativas y comunes en la vida de cualquiera que ponen de manifiesto el sentir de su ética personal, a veces significándolas de rebeldía, otras veces de irreverencia y humor, pero mayormente las comparte como fuente de conocimiento en la propia lectura de los libros donde aparecen. Y así, por ejemplo, sobre ese “comportamiento de corte irracional del individuo sectario”, digamos “fanatismo” alude que “pocos escritores fanáticos han pasado a la historia. Louis-Ferdinand Céline es una excepción”.

Para García Ortega el lector es primero amigo, y después juez del escritor. Insiste en que la narrativa, la biografía y la poesía son tres tipos de literatura que han de leerse de forma distinta. Por eso da pie a desconfiar de la palabra “literatura”, como ya lo hacía Camus. Lo que no quita para ensalzarla. La literatura sirve, fundamentalmente, para deleitar. Y añade que “lo bueno de los libros es que generalmente dan respuestas a preguntas que aún no nos hemos hecho. Que nos las hacemos porque el libro nos las sugiere”. Y pone su acento en la importancia de los clásicos: “un clásico literario es una obra que perdura y habla para su pasado y para nuestro presente por igual y siempre”, que permanece activo en el tiempo, subraya.

Hay, por otra parte, ciertos guiños a un elenco de escritores contemporáneos españoles a los que el autor muestra su empatía literaria y admiración tales como Martín Casariego, Agustín Fernández Mallo, Andrés Ibáñez, Justo Navarro o Carlos Pardo. Los libros de estos y de tantos otros que por las páginas de su libro aparecen tienen mucho en común en el sentido de que siempre están rebasando sus confines; siempre están produciendo nuevas especies de maridajes inesperados entre ellos, como diría Virginia Woolf. No es fácil saber cómo abordarlos, saber a qué especie pertenece cada uno de ellos. Sin embargo, García Ortega insinúa que, para el lector exigente, acercarse a un autor nuevo conviene hacerlo como compañero y cómplice de su aventura, antes que como juez, para sacar de él todo lo que pueda darnos.

Es cierto que no obtenemos absolutamente nada de la lectura más allá del placer, y también es que el más sabio entre nosotros es incapaz de decir en qué consiste tal placer. Pero, lo que sí viene a corroborar García Ortega con su libro es que leemos para saber que no estamos solos, que leer no nos aísla de los demás, sino que nos aproxima a nuestros semejantes. Y que leer es también una manera de ser y de estar en la vida, una forma de vivir nunca ajena a la emoción, al asombro y a la sorpresa.

Abecedario de lector es un libro tan particular como curioso, en el que cabe la semblanza, el microensayo, la anécdota, la reseña y todo un río de lecturas y notas sobre una vida dedicada al goce de leer. García Ortega firma un volumen de experiencia lectora ameno y seductor, un ejercicio selectivo de descubrimientos y afectos, en el que el lector se puede reflejar o predisponer. Y es que, por mucho que ya creamos haber leído más allá de lo necesario sobre cualquier tema o modalidad, nunca habremos leído lo suficiente.

sábado, 11 de enero de 2020

Leer con el cuerpo


Joan-Carles Mèlich (Barcelona, 1961) es licenciado en Filosofía y doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Barcelona. En la actualidad, ejerce de profesor titular de Antropología y Filosofía de la Educación. Es autor de un buen número de obras ensayísticas sobre filosofía, ética y educación. Su pensamiento filosófico transita sobre todo en torno a la cuestión ética. Su obra, en gran medida, gira sobre las diversas formas en que se presenta la filosofía, especialmente, en su expresión simbólica, mítica y ritual. La educación es un campo fundamental en su quehacer docente y uno de los temas más significativos de su obra, así como la memoria y el testimonio. Entre sus publicaciones destacan La educación como acontecimiento ético (2000), Filosofía de la finitud (2002), La lectura como plegaria (2015) y, también, La prosa de la vida (2016).

Con su nueva propuesta, La sabiduría de lo incierto (Tusquets, 2019), Mèlich incide en el valor de la lectura y la felicidad de leer. Nunca nacemos huérfanos, dice al respecto. Y lo explica afirmando que traemos con nosotros mismos una biografía conformada por voces y relatos anteriores a nuestra existencia, una biografía literaria: “No podemos dejar de ser herederos, venir al mundo es recibir una herencia literaria, una herencia narrada, la herencia de una biblioteca”. Es más, y esto es algo que se percibe a lo largo de todo el texto, hay un denominador común que se subraya: “los libros también nos leen a nosotros mismos”. La lectura, viene a decirnos, no nos dará sobreabundancia, sino más bien vinculación. Y tal vez por eso nos deja entrever que nunca aprendemos a leer, porque leer lleva una vida.

Mèlich es un filósofo, pero también un escritor en busca de la eficacia de la palabra, con la misma pasión de desarrollar una idea que de volcarla a través de las palabras necesarias. Y en este sentido, prefiere el texto fragmentario donde desplegar mejor el soplo semántico de sus ideas que la retórica extensa del tratado. Prefiere el ensayo acompañado de la estética de una prosa clara y porosa que cualquier otro estudio alambicado o metafísico. Lo que el lector del libro va a comprobar es que el autor le habla con proximidad de la lectura como experiencia vital, es decir, cómo esta incide en lo concreto, cotidiano y corporal de nuestra condición humana. Y añade que, cuando el placer de leer, el placer estético, su deleite sensual y emotivo llegan a quien cultiva la buena lectura, la recompensa es maravillosa, de una satisfacción intelectual útil, fecunda.

De alguna manera, hay un déjà vu de la lectura, como dice Antonio Basanta: ese reconocerse en una palabra, en una frase, en una descripción, en una idea. Como si ese sentir de lo que se cuenta en lo leído lo hubiéramos experimentado ya nosotros de una manera vaga e inconcreta. Y así, conforme vamos avanzando en el libro, esa sensación no se pierde, porque hay un empeño decidido del autor de que no despeguemos de una de las tesis fundamentales del texto: la lectura ligada a la curiosidad como parte importante en la búsqueda del conocimiento. Pero también subyacen dos asuntos muy ligados entre sí, una doble pregunta que fundamenta la lectura: ¿Por qué y para qué leer?

Leemos porque leemos”. El reino del lector no es el reino de la identidad sino el de la metamorfosis. No se lee, nos dice Mèlich, esperando obtener la respuesta de quiénes somos, sino para ver lo que nos pasa. Todos los que amamos los libros sabemos que no leemos para tratar de ser mejores personas, sino para ser más, o para ser de otra forma. Es decir, que al leer un libro lo que esperamos encontrar en él es nuestra propia vida. Aún más, no queremos tener una sola vida sino muchas vidas. Y los libros hablan de nuestros deseos: “Al lector le puede sobrevenir lo mejor o lo peor. Siempre que abrimos un libro o que volvemos a él, siempre que lo recordamos, surge una inquietud: ¿qué va a pasar ahora? La respuesta es la misma: lo ignoramos”.

La primera parte del libro gira en torno a esa idea de la herencia de una biblioteca que viene conformada por la tradición transmitida del recuerdo vivo de las narraciones y de los hechos y personajes que se han ido incrustando en nuestra piel, podríamos decir, poblada de símbolos, llena de resonancias, de referencias de autores clásicos como Platón, Descartes, Montaigne, Dostoievski, Kafka, Zweig y otros muchos de lecturas venerables, como así las designa el autor. En la segunda parte, el enfoque se orienta hacia la condición lectora y, por tanto, más centrada en la interpretación y en lo no dicho. Es necesario subrayar, como indica el autor, que lo no dicho es tan importante como lo dicho, que la lectura no se limita a ver lo que dice el libro, sino también a vislumbrar lo que no está en él escrito. Es lo que viene a confirmar otra de las tesis que sostiene el libro: toda lectura inquieta porque abre un universo de incertidumbre.

Podemos afirmar que La sabiduría de lo incierto es también un compendio aforístico entretejido dentro de un trabajo ensayístico bien armado, rebosante de alegría y perspicacia, inteligente, jugoso. Un libro que provoca una profunda reflexión sobre el valor de la lectura y sus entresijos, no como poder, sino como ámbito de aprendizaje e interpretación en el que el cuerpo se implica, como se dice al final del mismo: “porque leer es acariciar, y la caricia no sabe lo que busca; espera, pero no sabe lo que espera”. El resultado de su lectura confirma que estamos ante un libro ameno, convincente y oportuno.


viernes, 23 de febrero de 2018

La vida en los libros


El centro de la vida literaria, dice Gabriel Zaid, está en leer, que es una actividad mental y solitaria, aunque puede vivirse como un diálogo, hasta con cierta animación corporal. Compartir esa animación, hablar de la experiencia de leer, de lo que dice un libro y cómo lo dice, de lo que gusta o decepciona, hace más inteligente la vida social y personal. En ese sentido, podemos afirmar que en el lenguaje, las palabras y las letras de los libros se encuentran el origen mismo de la vida.

Petrarca confesaba lo siguiente cuando hablaba de sus libros: “Estoy como acosado por una pasión inagotable que hasta ahora no he podido ni querido frenar. No consigo saciarme de los libros –decía–, los libros nos deleitan hasta la médula, nos recorren las venas, nos dan consejos y establecen con nosotros vínculos de una gran familiaridad. Y cada libro en sí no se contenta con insinuarse por sí mismo en nuestro espíritu de lector, sino que abre el camino para muchos más, lo que nos provoca el deseo de otros libros”.

Para Miguel Sanfeliu (Santa Cruz de Tenerife, 1962), autor del libro ilustrado Anónimos (2009), de los libros de relatos Los pequeños placeres (2011) y Gente que nunca existió (2012), y de la novela Parece que cicatriza (2014), la vida en los libros es un modus vivendi, una actitud, un recorrido vital por donde transcurrir las horas y los días, una forma de compartir experiencias, de compartir esa animación por el diálogo, como apunta arriba el escritor mexicano, y esa predisposición por dejarse seducir por ese espíritu mágico de los libros, que conduce, inevitablemente, al abrigo de otros libros, como bien decía el poeta italiano.

En Cierta distancia (Sílex, 2017) encontramos a un lector de conciencia lectora, riguroso y exigente, y extremadamente curioso, de esos prototipos de lectores de largo alcance. En este “manual de supervivencia”, como subtitula a su libro, Sanfeliu esparce toda su experiencia personal por la senda literaria de los libros que han ido forjando su espíritu libresco, y en ese sentido abre su peregrinaje con una cita del escritor estadounidense Ken Kesey para decirnos que “es la magia lo que realmente uno ama” de estos maravillosos objetos que llamamos libros, y otra cita de Kafka para incidir en la incontenible pasión por escribir.

En estos albores introductorios, Piglia también está presente. Sanfeliu se identifica con lo que decía el escritor y ensayista argentino acerca de esa relación íntima entre el lector y los libros: “uno encuentra su vida en los libros que lee”. Y es en estas lindes por donde el autor nos va llevando y mostrando su discurrir biográfico por la literatura, a través de reflexiones y paradojas encontradas en la propia lectura que, en buena medida, ha repercutido en experiencias vitales, y que, a la postre, siempre han derivado en escribir sobre su relación con los libros, con el universo imaginario que estos crean y que, a veces, como subraya él mismo: “puede ser más potente que la misma realidad”.

Todo lector apasionado hace que sus lecturas predilectas formen parte de la construcción de su identidad y en Cierta distancia encontramos a un lector que escribe sobre lo que ha leído, que intensifica el acto de leer como un lugar en el que se encuentra a salvo y libre de los propios límites que impone el hecho de vivir; un lector que afirma que “la literatura tiene la facultad de convertirse en un medio y en un fin, la razón sobre la cual gira toda la existencia”, y sostiene entender a la literatura como modo de vida y medio de experimentación.

Por las páginas de esta bitácora de lecturas transcurren citas, frases felices y anécdotas de autores que evocan reflexiones y dan pie a anotaciones literarias que van conformando el sentido y transcurrir del libro, una defensa personal de la literatura. De su lectura salimos contagiados de entusiasmo y curiosidad porque lo que transmite Sanfeliu es un montón de argumentos que deparan en una exaltación lúcida, sin desvarío ni resaca, sobre el valor vital de la literatura. Por aquí transitan ecos de lecturas de Pitol, de Auster, de Vila-Matas. Por aquí merodea el espíritu de los libros leídos de Kafka, así como la perplejidad y significancia de lo escrito en sus diarios por Pavese, Ribeyro o Cheever, sin olvidarse de mencionar a sus autores de cabecera de pura evasión como Conan Doyle, Twain, Hemingway, Chéjov, Faulkner, Murakami, Javier Marías o Tobías Wolff.

Cierta distancia es el libro más personal de los que hasta ahora ha publicado Sanfeliu, una especie de crónica personal y ensayo literario sobre la importancia de los libros en la propia biografía, un texto inteligente, ameno y festivo, una coartada bien urdida para los que nos sentimos enfermos de literatura y creemos, como Alan Pauls, que “los libros que necesitamos leer salen a nuestro encuentro de forma inevitable”.


martes, 31 de marzo de 2015

El lector leído


Manuel Díaz Soto

Cuando, tras una crítica positiva, se compra una novela y gusta, uno agradece haber sido bien orientado, se siente reconfortado ante una buena inversión de tiempo y por qué no, económica.

Pues bien, en el caso de esta novela corta, decidí adquirirla sin el menor influjo crítico, si exceptuamos la reseña de la solapa y me he sentido gratamente sorprendido. Con carácter retroactivo me he entretenido en obtener mayor información sobre el autor y observo que mi elección a ciegas ha sido una apuesta a ganador.

Jean Paul Didierlaurent, autor francés nacido en 1962, con esta su primera novela, ha conseguido triunfar tanto en ventas como en crítica, algo no muy habitual. Aunque ya obtuvo dos premios Hemingway de relatos, puede decirse que ha sido con esta sorprendente novela corta cuando ha dado un salto cualitativo en su carrera. El lector, al concluirla, queda con la sensación de haber saboreado una copa de buen vino.

El protagonista de El lector del tren de las 6.27 (Seix Barral, 2015) es una persona normal, con una carga-retruécano en su nombre y apellido, lector apasionado, paradójicamente es el encargado de poner en marcha y limpiar una infernal máquina destructora de libros (La Cosa); las escasas páginas que escapan a la masacre destructora son atesoradas y leídas en voz alta por el protagonista a los pasajeros del tren de cercanías que toma a diario para acudir a su trabajo. La obra se acelera con el hallazgo casual de un pendrive que incluye un particular diario escrito por una mujer desconocida durante su poco atractiva jornada laboral y cuyas reflexiones serán incorporadas por el protagonista en su performance del tren.

Son pocos los actores secundarios que aparecen, pero todos ellos con una impronta especial que los hace importantes. Entre ellos, un jefe despreciable, un vigilante que declama alejandrinos, un antiguo compañero de trabajo que intenta recuperar de un modo sui generis sus piernas trituradas por la máquina tragalibros, un pez rojo, dos hermanas octogenarias admiradoras del lector del tren y como estrella invitada, Julie, la propietaria del pendrive perdido y que, por sí sola, merecería una novela independiente.

Si debemos citar algún elemento discordante, ajeno al traductor, citamos la dificultad de trasladar el retruécano que supone nombre y apellido al lector castellano. Y si acaso, y esto es una apreciación puramente personal y discutible, el título del libro es demasiado explícito y puede restar algo de sorpresa.