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martes, 17 de septiembre de 2024

Allí y entonces


Grandes viajeros cronistas, como Josep Pla, Bruce Chatwin o Paul Theroux establecieron que todo viaje es simbólico, un traslado para adquirir un incomparable enriquecimiento interior, un desafío, y, para ellos, contarlo se convierte en otra tentativa transformadora, una travesía con palabras, para dejar por escrito experiencias y asombros vividos. Por eso mismo, todo libro de viajes vela y desvela una reminiscencia que tiene que ver con el yo del que la escribe, como gran asunto del viaje. Cualquier trayecto viajero supone una experimentación sobre uno mismo. James Salter (Nueva York, 1925 - Sag Harbor, Suffolk, 2015), aunque no se prodigó mucho en ello, pertenece a esta estirpe de cronistas viajeros, comprometidos con la necesidad de visualizar sus andanzas y sentimientos para después, de la manera más cabal consigo mismo, ponerlo en palabras y convertir la tentativa en literatura.

Salter, escritor de fuertes experiencias vitales, fue piloto de combate en 1957 en la guerra de Corea y también se llevó un tiempo apartado de su actividad literaria, en una actitud parecida a la que ya acostumbró a sus seguidores Salinger. Publicó su primer libro con treinta y dos años. Ahora bien, desde sus primeras incursiones literarias, considera el autor norteamericano que la literatura es, antes que nada, un arte, y, por lo tanto, que, frente a ella, lo que cabe experimentar no solo son buenas historias, sino que debe suscitar emociones estéticas. Como también cree que la literatura hace que nos fijemos más en la vida; que practiquemos en la propia vida, que, a su vez, nos hace mejores lectores de la literatura, lo que, a su vez, nos hace mejores lectores de la vida. Y así sucesivamente.

Es ese círculo vital por el que transitan los hilos de los reportajes literarios y crónicas de viajes que se reúnen en There and Then, título original del libro que ahora presenta la editorial Salamandra a los lectores como En otros lugares, bajo la estupenda traducción de Aurora Echevarría. La obra reúne un conjunto de dieciocho textos en los que la mirada atenta del autor deambula de un lugar a otro en busca de algún reflejo de lo vivido por determinados lugares del mundo, tras sus propios pasos, rescatando una suerte de vislumbres a través de las imágenes y vivencias que sus andanzas le fueron reportando en sus muchas escapadas viajeras: “Tal vez en los viajes siempre está esa idea de algo ya impreso en nosotros que buscamos inconscientemente. A veces no tan inconscientemente”, como deja dicho el propio autor en el preámbulo del libro.

James Salter, reconocido como uno de los más destacados escritores de ficción estadounidense, autor de libros memorables como Años luz, La última noche, Todo lo que hay o el extraordinario ensayo El arte de la ficción, nos lleva ahora a sus lectores a un viaje a través de treinta años de su vida, explorando diversos lugares como París, los Alpes, Tokio, Colorado y Hollywood, con esa idea suya de resaltar el placer de estar vivo para poder contarlo. Salter captura la esencia de este propósito al tiempo que la de resaltar la singularidad de cada destino, ofreciendo una visión en la que está muy presente la naturaleza de su quehacer literario, como ya dejó dicho en una de sus novelas: “Llega un día en que adviertes que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales”.

Acompañamos al escritor en su periplo por un amplio y sugerente mapa de encuentros con lugares como Montmartre, el cementerio de Montparnasse, así como avenidas y travesías de un París legendario: “Hay un París de Balzac, un París de Victor Hugo, de Turguénev, Babel, Zola, Proust y Colette que aún existe”, nos dice con admiración el autor neoyorquino. También nos habla de los monarcas franceses a través de sus visitas a los castillo del Loira. Nos traslada a otros destinos viajeros centroeuropeos, como Basilea, Zúrich o El Tirol, para después tirar millas y marcharse a Las Rocosas, al Gran Cañón del Río Colorado, hasta dar a continuación un salto a Japón, el país de dos autores que admira, Mishima y Kawabata, tomando el pulso a los hoteles de Tokio, “ciudad enorme y abarrotada”. Y así va venteando sus correrías e incursiones, con soltura y pasmo, dejando ver su pericia, agudeza y disfrute, propias de un bon vivant.


En otros lugares encontramos las contraseñas, asombros y encantamientos que tuvo especialmente Salter por algunos lugares de Europa Japón y EE.UU., un amplio recorrido biográfico, emotivo e intenso, dentro de una recopilación de textos poblados de hallazgos y connotaciones vitales y literarias en los que la ciudad no solo es escenario de su escritura sino, principalmente, personaje de la misma, un libro, por otra parte, abierto y fecundo en detalles, que se deja leer gratamente y nos coloca en esa condición de nómadas que llevamos íntimamente arraigada.



martes, 20 de agosto de 2024

Treinta y tres veranos


José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) es un autor que practica como pocos la reflexión y la transcendencia de la vida cotidiana a través de una escritura autobiográfica de gran carga poética, que atraviesa el tiempo y el espacio, y que supone un canto y un reflejo de esa filiación insular propia de mediterraneidad inherente a sus textos. Consciente de que escribir es siempre un ejercicio de incertidumbre, un viaje desde las tinieblas hacia la claridad, como dejó bien dicho en sus Diarios (Península, 2000), destaca allí mismo cómo la alquimia de la escritura transforma cualquier vida en una vida distinta y apasionante: “Escribimos esas sombras que se nos imponen, desvelando parcialmente nuestro propio misterio y construyendo así los fragmentos de un mundo que nos explica”.

Llop es un escritor sutil y hondo al que le gusta cuidar el huerto de las palabras y escuchar el rumor del mar, alguien convencido de que la tarea de escribir es refugio y exilio voluntario, que sabe que los días sin escribir son días de purgatorio y que, por eso mismo, aprender en la sequía debe servir, como decía Iris Murdoch, para «mirar con fuerza al mundo, que se presenta misterioso e irreductible». Todo cobra sentido para él cuando se cuenta y, en ese sentido, Si una mañana de verano, un viajero (Alfaguara, 2024), su nuevo libro, incorpora un buen repertorio de memoria personal, historia y lecturas que aspiran al reencuentro de sus vivencias en esa escritura del yo que repara y fabula en torno al tiempo del narrador, como testimonio y recuerdo vivo, como señala en sus primeros lances: “Y si escribimos sobre una casa o un paisaje donde vivimos tiempo atrás, el vacío será doble, pero es necesario el tiempo que construye ese vacío para poder hacerlo: escribir, digo”.

Con un título recurrente, que evoca a Calvino, el juego de escritura propuesto por Llop, va más allá de intercalar una sucesión narrativa en su Mallorca natal. Responde a un marcado itinerario entretejido por la memoria y el tiempo para conformar un recuento de referencias a lecturas y evocaciones paisajísticas expuestas bajo una voluntad primorosa de estilo. Reúne diecinueve piezas que abarcan treinta y tres veranos de estancia en una casa junto al mar, un lugar importante y umbral de su escritura, un rincón reservado para el entendimiento de su realidad e imaginario: “No sé si fue la casa de la vida, pero sí lo fue de mi literatura, al margen de los calendarios y las obligaciones y devociones de mis contemporáneos”. Hace también recuento de su vida y su relación lectora con otros autores. Mira los estantes de su biblioteca y contempla los libros de otros y los suyos como recuerdos vivos.

Sus paseos por la isla le brindan la contemplación singular del paisaje y, a su vez, le dan pie a rememorar a aquellos otros autores que le dieron compañía en sus treinta y tres años de vida junto a Cavafis, Elizabeth Bishop, Proust, Rilke, Virginia Woolf, Philip Roth, o los más nombrados, Durrell y Chatwin. Cada uno de ellos le proveen pasajes del mito del mar y, a su vez, de la experiencia del tiempo y su fugacidad, así como de constatar que la vida es una constante reescritura del ayer, una perseverancia de entenderse no sólo consigo mismo, sino también con el entorno y su sentido: “Vivir junto al mar nos adentra en nosotros mismos y haciéndolo revela en nuestro interior un doble de su vastedad. Nunca el vacío, sino la riqueza de esa vastedad”.

En todas estas confluencias se regocija Llop, como dando a entender que ir acumulando años es irse rindiendo a una subjetividad contemplativa en la que cada vivencia y recuerdo posee su propia épica y también su hálito de melancolía. La sensación del libro es haber interiorizado el paisaje, que aquí tiene estatus de personaje, como si todos los veranos fueran el mismo verano, envuelto en un presente mediterráneo que insinúa un mundo clásico. Quizá esto tenga que ver con esa idea de ver el verano como un tiempo de disfrute de la vida, un saber vivir, que converge en la literatura como tiempo recobrado y como otra manera de vivir y de saberse vivo: “Al fin y al cabo, escribir es una forma de leernos –sostiene el propio Llop–. No sólo, pero lo es. Y escritura y lectura poblaron la casa junto al mar”.


Este es un libro de prosa limpia y contenida, que trastea en la memoria, en la historia y en la literatura, por medio de ese reducto literario que se asemeja al diario, para contarnos en primera persona lo fascinante que nos regala la experiencia de compaginar la escritura con la vida. Llop firma un texto confesional pletórico de soplo lírico, que realza el hecho de que la literatura nace de la vida y es inseparable a ella, un vínculo definido por el trazo de adherirse a la vida y, por ella, al deseo de la escritura. Un libro de lectura gozosa que dará a quien se acerque a él un regusto prolongado.


lunes, 9 de octubre de 2023

Vidas y destinos


Siempre me he negado a ver la literatura como consuelo. Siempre la he sentido como algo que debía irrumpir en mi vida para sacudirme de ese conformismo cotidiano y traicionero que en tantas ocasiones nos incomoda. Por eso mismo, no puedo pensar en un lector distinto de mí. Nadie lee el mismo libro. Cada uno toma una obra y pasea por sus páginas con unas perspectivas parecidas, pero con particularidades: la trama, los personajes, los diálogos y el desenlace tienen el mismo trayecto para cualquier lector, aun sabiendo que lo que reverbera en sus páginas ofrecerá un reclamo personal, un valor o un matiz diferenciado respecto a lo que los demás vieron.

De ahí que la función de leer no solo sea entretenimiento, que también, sino que lo mejor de ella tiene mucho que ver con dar alcance a los significados, invenciones y curiosidades que guardan por discernir. Y eso es lo que más mola. Leer las historias de Juan Forn (Buenos Aires, 1959 - Mar de las Pampas, 2021) recogidas en Yo recordaré por ustedes (Seix Barral, 2023) es una experiencia gratificante para ese cometido. En este libro misceláneo, de variedad asombrosa, una enciclopedia portátil, por otra parte, se dan cita la curiosidad, los libros y el alma y destino de gente apasionada en momentos irrepetibles, traídos para revelarnos algún detalle de sus vidas, algún arrebato, perplejidad o contratiempo desconocido.

Me suena lógico decir que la fuerza que sostiene las noventa y dos piezas del libro no es otra que el deseo, por parte de su autor, de recuperar la alquimia de la escritura en relación con los libros leídos. Por ese hilo transcurre el sentido de los textos, entre la crónica y el cuento, entre el reportaje y la ficción, entre la indagación y la conjetura. Yo recordaré por ustedes es en sí mismo un pasadizo literario por el que se dan cita una colección de miniaturas que recorren momentos extraordinarios e insólitos de personajes del siglo XX para desvelarnos algún misterio o circunstancia poco conocida de sus vidas. Dice Mariana Enriquez en el prólogo del libro que «este es un gabinete de curiosidades». Recalca que en él no vamos a encontrar objetos exóticos, sino «historias, hitos, curiosidades, locuras, mini biografías» y un buen puñado de perdedores con voz y vestigios.

El libro nace, como se dice al principio del mismo, del trabajo recopilatorio de la editora chilena Andrea Palet de rescatar las columnas semanales que Juan Forn mantuvo durante años en la contraportada del diario argentino Página 12. De tal manera que su compendio obedece a ensamblar un periplo universal que comienza en el continente africano, pasando después al lejano Oriente y la antigua URSS. Se adentra por distintas latitudes europeas, hasta trasladarse al continente americano, desde Estados Unidos hasta bajar a Argentina. Allí, como final de trayecto, el libro adopta un giro autobiográfico con el que conoceremos las aventuras de Forn como cadete editorial y su viaje con Adolfo Bioy Casares a La Plata, hasta acabar en un final reflexivo sobre la escritura y el envión de la lectura.

Yo recordaré por ustedes se lee como un viaje por el mundo a través de la literatura y la historia del siglo pasado, lleno de curiosidades y evocaciones, como la que decía Nabokov y aquí se cita, «que no se lee con la cabeza y tampoco con el corazón: se lee con la espalda, más precisamente con ese lugar entre los omóplatos donde alguna vez tuvimos alas». También hay lugar para el testimonio de significativos poetas, beligerantes con el poder establecido, como Mayakovski, Brodsky o Mandelstam, a quien le gustaba repetir en el destierro dos frases tremebundas. Una decía: «No hay que quejarse; vivimos en el único país que respeta la poesía; matan por ella». La otra era: «La muerte de un artista no es su fin; es su último acto creador».


Forn conmueve y enseña a leer entre los pliegues de lo público y lo privado, del pasado y el presente. El libro, por tanto, conforma un entramado libresco sugerente de vivencias en el que confluyen la historia, la literatura y la política, y ofrece una propuesta de lectura sustentada en la diversidad del mundo. Por aquí se deja ver el pálpito vital de Idea Vilariño, una mujer íntegra y completa, pese al contrapunto de su relación con Juan Carlos Onetti; por aquí transita el alma de Natalia Ginzburg, su mirada severa y afilada para nombrarse ventana: «Soy solo una ventana; dejo que entren en mí sucesos e impresiones»; por aquí vislumbran los anillos de wolframio que unieron en amor hasta la muerte a la mítica pareja de Bonnie y Clyde: «esos anillos de fantasía que usaban las niñas de entonces cuando jugaban a casarse». Pareciera que Forn escribe en trances, entregado al surtidor de sus múltiples lecturas, al entusiasmo de su inventiva jocosa y afilada, nada convencional.

En suma, Forn lee y enseña sus lecturas: leer es lo que hacen los de la tribu del libro para ser menos extranjeros de sí mismos, nos dice. Se mete, y nos mete, en los entresijos de la literatura y de la vida, lo público y lo privado, lo conocido y lo desconocido, hasta dejar al descubierto el revés de la trama, lo inesperado, su secreto. Yo recordaré por ustedes es un libro de textos tejidos con jugosa maestría, siempre emotivos, que se dejan leer con sumo deleite como semblanzas desaforadas de vidas y destinos.

domingo, 22 de enero de 2017

Una vida intensa

En cuestión de lecturas, diría que soy nómada y omnívoro, una especie de viajero que hoy hace fonda en el cuento y pide el menú degustación, y que mañana continúa alegremente su camino buscando otro albergue, tras los pasos de la novela o de la poesía. Incluso, cuando en ese deambular se originan encrucijadas, tampoco rehúyo de un retiro más prolongado a merced del ensayo. Además me gusta, en ese periplo por los géneros, no estar sujeto a ningún canon, ni a estereotipos literarios en boga, sino a la diversidad seductora de las librerías, a la luz placentera de la sorpresa, a la dinámica propia de saber que los libros te abren las puertas de otros.

Vivo por tanto, como lector y desde siempre, en una alocada soltería en cuanto a géneros literarios. A todos los encuentro suficientemente atractivos y a ninguno, en particular, le debo fidelidad extrema. De hecho, en los últimos años, los libros de poesía y de no-ficción comienzan a engrosar mi biblioteca a un ritmo mayor que los de narrativa.

El espíritu del libro que traemos hoy a esta bitácora de lecturas, La importancia de no entenderlo todo (Círculo de Tiza, 2016), es otro añadido más a esa dinámica referida y, en este caso particular, se debe, en gran parte, a la personalidad de su autora. Si ya con sus cuentos Grace Paley (Nueva York, 1922 – Vermont, 2007) nos deslumbró con esa manera particular suya de fusionar las convicciones políticas con las ideas y las experiencias personales a través de las historias de sus personajes, gente emigrante, mujeres y niños apurados que transitan por los barrios y avenidas de la Gran Manzana, con los artículos reunidos en este volumen, la narradora, crítica, poeta y activista americana combina su talento literario con sus sentimientos más profundos en el compromiso cívico y en la lucha política.

Paley, hija de inmigrantes judíos rusos, exiliados a EE.UU., nacida en el Bronx y que estudió poesía con Auden, de quien aprendió que cada escritor tiene una voz y esta es única, vivió con espíritu combativo lo que sucedía en las calles, escuchando las voces de las mujeres que, como ella, se implicaron en la conquista de sus derechos. Su compromiso fue siempre social y antibelicista. Militó en primera línea en un feminismo incipiente que se fue abriendo paso cada vez con más fuerza por las avenidas, mujeres aguerridas dispuestas a todo, hasta ingresar en la cárcel. Allí también estuvo, defendiendo entre rejas sus derechos con resistencia pacífica y tenacidad, apelando, incluso, a la desobediencia civil.

La importancia de no tenerlo todo, bajo la traducción de Arturo Muñoz, y con un emotivo prólogo a cargo de Elvira Lindo, quien describe a Paley como esa gran madre a la que arrimarse para sentirse protegido y no perder el buen ánimo, recoge veintiocho textos con recuerdos familiares, episodios personales de su activismo, análisis político y apuntes literarios, todos ellos con hermosas reflexiones sobre la tarea de escribir. “Lo que le interesa al escritor –subraya en una de ellas– es la vida, la vida tal y como “casi” la está viviendo, lo que ocurre aquí o en el extranjero, en Nebraska, en Nueva York o en Capri”. “El escritor –advierte en otra al lector– finge ser un especialista en algo (la vida) sobre lo que no sabe nada. Si escribe es para poder explicárselo todo a sí mismo, y seguramente escribirá más cuanto menos sepa”.

Este volumen es el testamento vital de una mujer feminista que amaba a los hombres, entregada a la lucha por los derechos civiles de la mujer y enfrentada a la guerra, un testimonio que refleja mayormente su trayectoria social, conjugando igualmente sus preocupaciones literarias, sin abandonar su responsabilidad de madre y ama de casa inserta en los entresijos del hogar. Las piezas escritas abarcan una época convulsa en la vida intensa que llevó la escritora neoyorquina entre los años cincuenta a los noventa del siglo pasado, un período polarizado por las desigualdades sociales, la guerra de Vietnam y otros conflictos armados.

Para Grace, una mujer agitadora y comprometida con su tiempo, que alzó su voz frente a las injusticias y que usó la palabra para contar el pulso de la vida, la gran pregunta que hay que hacerse siempre es cómo tenemos que vivir nuestras propias vidas. En sus artículos, escritos con una prosa clara y eficaz, el lector encontrará la fuerza vital de una escritora directa, sencilla, enérgica y aguda, como diría de ella Susan Sontag.

En esta obra, profundamente analítica y lúcida, hay razones abundantes para sopesar cuestiones que siguen vigentes todavía, a pesar del tiempo transcurrido. Dice Paley que lo que encierra su libro es más que una mera recopilación autobiográfica, aunque ciertamente trate de su vida, de su gente y de la realidad de su mundo.

El lector encontrará en sus páginas pasajes apasionados y emotivos de la trayectoria vital de una mujer volcada en cuestionarse las cosas, un ser inconformista pleno de literatura y compromiso. Por suerte para el arte, como sentenció la escritora en una de sus notas, la vida es dura y misteriosa, difícil de entender e inútil. Este libro intenso y vivo da buena prueba de ello.


martes, 30 de agosto de 2016

Europa en guerra

El 28 de julio de 1914, después del asesinato del archiduque Francisco Fernando, el Imperio Austro-Húngaro le declara la guerra a Serbia. Rusia, defensora de los países eslavos, se alía con Serbia. En consecuencia, el 1 de agosto, Alemania ingresa en el conflicto contra Rusia, que tiene a Francia e Inglaterra como aliados. Los extraños engranajes de estas alianzas de las potencias mundiales conducirán a las naciones a sangrientos ultimátum que acabarán, como sabemos, en una espantosa y cruel guerra en Europa.

La guerra no es un accidente: es un resultado. Nunca se mira demasiado atrás para indagar sus causas. “Ha habido tantas plagas como guerras –decía Albert Camus en su novela La peste–; pero tanto las guerras como las plagas siempre toman por sorpresa a la gente”. Al escritor francés Jean Echenoz le bastaron noventa y ocho páginas en 14, una de sus últimas novelas, para rastrear cuatro años de conflicto y condensar en un relato conmovedor lo que supuso, entre tanta pólvora y muerte, aquella contienda estúpida, que se inició en 1914.

La editorial Fórcola rescata para su Colección Siglo XX las crónicas seriadas, publicadas por Rudyard Kipling (Bombay, 1865 – Londres, 1936) en el rotativo inglés Daily Telegraph, una colaboración propagandística surgida como adhesión firme del escritor a la Administración británica ante la amenaza arrogante alemana, desde las trincheras francesas y desde las altas montañas italianas.

Crónicas de la Primera Guerras Mundial resume el clima y también el escenario de una contienda desde el lado de los aliados, que resisten los embates del ejército alemán, de la mano de un prestigioso escritor, ejerciendo de corresponsal de guerra. En cada artículo, todo tiene sentido y resonancia, y así, en cada reportaje Kipling se esfuerza por desplegar todos los recursos de su talento y de su fama para fortalecer la moral de los combatientes en el frente. A él, un hombre de otra generación, que había vivido unos tiempos en que la guerra era también una aventura y el imperio un destino, nadie tenía que convencerle de que del lado de la comunicación también se combate y se ganan guerras. Tuvo que sobreponerse a la desgracia de perder a sus dos hijos, especialmente a John, muerto en 1915 en el campo de batalla francés de Loos, y al que animó a alistarse en el Ejército británico para luchar contra la perfidia teutona. Estas circunstancias adversas lo impulsaron a escribir con mucho dolor aquellos versos tremendos que todavía perviven en la memoria histórica: “Si alguien pregunta por qué hemos muerto, / decidle que porque nos mintieron nuestros padres”.

El libro está estructurado en dos partes: Francia en guerra (1915) y La guerra en las montañas (1917), dos escenarios equidistantes en el tiempo y en el espacio, por donde se despliega la voz atemperada de Kipling, que se ciñe a extraer de aquellos infiernos el espíritu moral y combativo de los soldados, más que a relatar los episodios dramáticos y encarnizados que se suceden en los barracones con el estallido de las bombas enemigas.

Una de las virtudes salvadoras –subraya Ignacio Peyró en el excelente prólogo del libro– que encuentra Orwell en el carácter de Kipling es el “sentido de la responsabilidad” que adoptó sin ambages como principio rector de su presencia pública. Así que, llegada la hora de la Gran Guerra, esa oportunidad iba a transformarse en compromiso, y a ello se dedicó con empeño y entrega, pero también hostigado por un fuerte sentimiento de culpa, que le duró hasta sus últimos días, a causa del fatídico final de su hijo.

Estas crónicas, traducidas bajo el cuidado de Amelia Pérez de Villar, no responden al entusiasmo literario de un hombre de letras, sino a un compromiso moral de un afamado escritor dispuesto a salvaguardar los valores supranacionales en los que cree. La vida de Kipling se divide en dos actos, viene a decirnos la voz autorizada de Alberto Manguel: el primero, brevísimo, ocupa los primeros seis años de su infancia; el segundo se extiende hasta su muerte, en 1936.

Crónicas de la Primera Guerra Mundial es otra vertiente de ese período amplio y exitoso en la carrera artística de Rudyard Kipling, la del reportaje, que está en sintonía con el mérito literario del conjunto de su obra, basado en la concisión, la sutil manera de contar y esa manera tan genuina suya de expresar sus pensamientos con esa generosidad impagable que permite al lector sentirse incluso hasta más inteligente que el autor.

La obra del creador de El hombre que pudo reinar ha tenido variada fortuna: exaltada en su juventud, criticada después de su muerte, ignorada durante varias décadas, y siempre expectante, aguarda pacientemente dar entrada a un mayor número de lectores.

La historia personal, la trayectoria política de todo escritor de tanta proyección literaria como la que él gozó en vida, suele otorgarle al personaje público que representa cierta calidad infame o heroica. Los libros, en cambio, se ocuparán de salvaguardar su fama.


martes, 13 de enero de 2015

Misterios de la vida


No me cabe la menor duda que el periodismo de Juan Villoro (Ciudad de Méxivo, 1956) está trenzado bajo el manto de la novela, del cuento y del relato, no solo para extraer la condición subjetiva del narrador, sino también para relatar en el formato de la crónica periodística los misterios de la vida, esos sucesos cotidianos que nos dejan mayormente perplejos. Quizás por eso, esta manera de ejercer el periodismo narrativo, poniendo los recursos de la ficción al servicio de la historia, haya dado en el continente americano una nómina extensa de esa clase de escritores como García Márquez, Rodolfo Walsh, Jorge Ibargüengoitia, Martín Caparrós o Leila Guerriero que ponen en su pluma la magia literaria de contar un hecho extravagante como si se tratara de un suceso único. Si uno es periodista narrativo, como Villoro, no busca acomodar los hechos según convenga, ni añade piezas al reportaje para que el suceso sea efectista; el escritor cronista se empeña solo en persuadir al lector por medio de la gente real, sin inventar nombres, en un contexto verídico, sin engaño.

¿Hay vida en la Tierra? (Anagrama, 2014) es una recopilación de cien relatos que resume los casi veinte años de reportajes periodísticos y crónicas del día a día que el mexicano fue publicando en distintos diarios y revistas. Villoro no pretende inventar, ni alejarse de la realidad, ni mucho menos contar cuentos, sino abordar los asuntos que pasan en la vida, como ese rumor de fondo en el que la experiencia de acometer la existencia cotidiana desvela suficientes hechos menudos que se convierten en extraordinarios cuando se trasladan a la columna periodística. Conforme te adentras en las piezas, hay una especie de conjetura que transita por cada fragmento e invita al lector a percatarse de que lo que propone Villoro es no fijarse tanto en la historia narrada, sino en los vientos que la empujan, porque para analizar una época hay que examinar e indagar cómo se relaciona la gente en su vida cotidiana, cómo esas circunstancias mínimas y fugaces las determinan.

Algo tuvo que ocurrir en la vida de un hombre que quiso ser médico y acabó terminando sociología, para quedar atrapado en la literatura. El suceso definitivo, que no accidente, ocurrió cuando el mexicano asistió a un taller literario dirigido por el maestro Augusto Monterroso. Aquí se inició la otra vida de Villoro, una tarea ininterrumpida hasta la fecha dedicada a las letras. En 2004 obtuvo el Premio Herralde de Novela por su obra El testigo.

¿Hay vida en la Tierra? Es un libro fragmentario con un título cargado de ironía, un texto con un centenar de realidades contadas bajo la mirada atenta de un cronista que indaga en los hechos cotidianos, en su doble condición de periodista y escritor. Se cuentan historias extraídas de la vida real y costumbres de México y su Distrito Federal, un escenario inabarcable y desbordante, hervidero de acontecimientos extraños y personajes estrafalarios de todo tipo, sea un taxista extraviado, un peluquero aprehensivo o una bella escritora albanesa.

Con este libro, que fluye como el río de la vida, con sus malentendidos y sorpresas, Juan Villoro sigue la estela de Ibargüengoitia en el que se reconoce como periodista de lo insólito, maestro de la pericia del reportaje y la crónica, para mostrarnos el presente inagotable que se repite con sus misterios. La sensación que deja la lectura de estas historias y anécdotas, sobradas de humor y sarcasmo, es que la literatura se muestra como una pequeña ventanilla de quejas de nuestras propias miserias. Villoro, ciertamente, ejerce de demandante de una manera crítica para reconciliarnos con la realidad incómoda en la que todos estamos inmersos.

En suma, ¿Hay vida en la Tierra? es un texto luminoso que aglutina la vida, las amistades y las relaciones sociales, donde no faltan incomprensiones, ni sobran contradicciones, un catálogo que constata que la literatura es una terapia apropiada para sobrellevar nuestras adversidades.

jueves, 1 de enero de 2015

Apurando la vida


Pedro Vidal murió en Madrid el 5 de diciembre de 2010 víctima de un cáncer a los 84 años, hombre trasnochador bajo lunas de güisquis, música de jazz y zambullidas en piscinas nocturnas. Fue ayudante de dirección de tres grandes cineastas. Debutó con Orson Welles en Mr. Arkadin, trabajó con Mankiewicz en De repente el último verano y con David Lean en Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago y La hija de Ryan. Perico, un tipo fascinante, con aire de corsario y mirada de halcón, presumía de no llamar por teléfono, porque a él lo que le gustaba era dejarse caer, aparecer de imprevisto. Amigo de Sinatra y Christian Marquand, había vivido en el barrio de Harlem en Nueva York, en Los Ángeles, Río de Janeiro, Cuernavaca, Miami, Barcelona, Madrid y Marbella. Vivió a lo grande, apurando la vida hasta el fondo, un bohemio fuera de lo común, una especie de aristócrata beatnik que se jactaba en afirmar que triunfar no es más que hacer lo que le gusta a uno.

Nacido en París, Pedro Vidal decidió abandonar la carrera de Derecho e irse a Cannes cuando tenía veintiocho años a escribir crónicas cinematográficas. Esa pulsión y locura por el cine le permitió conocer a Orson Welles en las alfombras de la ciudad francesa y entablar una amistad perdurable. Una noche le dijo: “Voy a rodar Mr. Arkadin, ¿quieres ser mi assitant?” “No conozco la técnica”, respondió Vidal, y Welles le replicó de corrido: “Es muy fácil. Si eres muy estúpido lo pillas en quince minutos, si eres normal, en sólo diez”. Y a partir de aquí, Perico Vidal se convirtió a la religión del cine.

Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957), periodista y escritor, colaborador del diario El País, se encandiló con este personaje a raíz del libro que publicó anteriormente sobre las visitas que hizo a Madrid la gran pantera del cine, Ava Gadner , allá por los años 50 y 60, el Madrid de las noches de ríos de güisquis en los clubes de jazz, en los tablaos flamencos y hoteles de cinco estrellas donde se alojaban las estrellas de Hollywood. Beberse la vida (Aguilar, 2004) fue el embrión para el escritor catalán de indagar en la vida de Perico Vidal, un protagonista capital de la movida nocturna de aquel entonces, un personaje que reunía todos los requisitos para armar un libro sobre la España oculta y libertina de aristócratas, actores y toreros que desafiaban a un franquismo encorsetado y reprimido a base de fiestas privadas sobre áticos lujosos y piscinas iluminadas hasta el amanecer.

Big Time: la gran vida de Perico Vidal, publicado por Libros del Asteroide (2014) es una biografía novelada con mucho de cine de los 60 y 70, un libro entre la novela, el documental y el reportaje muy bien contado, con un ritmo vertiginoso y una prosa sencilla y audaz, narrado en primera persona, por donde desfilan personajes y mitos como Marylin Monroe, Elisabeth Taylor, Marlon Brando, Sofia Loren, Omar Sharif, Robert Mitchum, Tete Montoliú... El libro de Ordóñez contiene todo un guión cinematográfico sobre la vida de Perico Vidal, un auténtico personaje literario embebido de cine, jazz y alcohol que fabula como nadie sus andanzas en presente, dentro y fuera del plató, junto a grandes directores, megaestrellas del cine y figuras del jazz.

Marcos Ordóñez rinde homenaje a una época grande y heróica del cine a través de la voz y memoria de su personaje, un virtuoso de las relaciones públicas, de simpatía arrolladora y con una inteligencia natural capaz de estar siempre a la altura de las circunstancias, amigo de sus amigos y de una generosidad inmejorable, un vividor incansable hasta caer bajo los estragos del alcoholismo. El autor catalán cede la palabra a un hombre envenenado de cine.

Big Time... es un relato ameno y divertido, repleto de anécdotas y humor donde Ordóñez ha recopilado las extensas conversaciones que mantuvo con Perico Vidal en sesiones prolongadas durante meses; un libro curioso que no debe pasar desapercibido a mitómanos y aficionados del cine, y que transita entre la Barcelona del jazz de los 50 y el Madrid americano de los 60, un justo tributo al papel representado por la gente del rodaje, artífices de la magia de las películas. En la parte final del libro, el periodista barcelonés añade el testimonio de Alana Vidal, la amada hija de Perico, su gran apoyo en sus últimos años para superar la adicción a la bebida.

La habilidad de Marcos Ordóñez es haber logrado que el lector se olvide de quién está tras el vendaval fabulador de Perico Vidal, de la voz de su amo, como si sonara un vinilo del mejor jazz. Big Time... es una historia sorprendente, un curriculum extraordinario de un ser irrepetible, un español poco conocido por el gran público apurado en vivir la vida a tope, a lo grande. Un libro increíble.

sábado, 3 de agosto de 2013

Bibliopatía


Hace unos días, mi amigo Jesús Marchamalo hizo una incursión fotográfica en Facebook sobre uno de sus libros escritos hace unos años. Al parecer, la editorial le había remitido algunos ejemplares de Las bibliotecas perdidas y ese hecho fue suficiente para evocarlo con nostalgia y satisfacción. Me uní al coro de sus seguidores y le di un like a la noticia.

Acabo de releer con gratificación renovada Las bibliotecas perdidas (Editorial Renacimiento), un libro-placebo para letraheridos. Todo un compendio de artículos seleccionados, que Jesús Marchamalo (Madrid, 1960), reunió de lo anteriormente publicado, entre el período transcurrido de 2001 a 2008, en el suplemento cultural de ABC. Un texto divertido y ameno a más no poder, y repleto de sorpresas y curiosidades. Toda una trastienda de libros en donde Marchamalo, un obsesivo lector, rastrea, para diversión del lector, en el lado menos conocido de algunos escritores universales: sus manías, rencillas y adicciones.

El libro desvela anécdotas y peculiaridades de autores como un breviario de momentos estelares y secretos, donde descubrimos instantes estrafalarios y obsesivos de los mismos. Las bibliotecas perdidas es un homenaje total a la Literatura, que se lee con soltura, que está muy bien enlazado, a modo de ¿sabías que...? Un juego apasionante de búsquedas e interrogantes sobre las vidas de estos seres únicos e irrepetibles, que son los grandes escritores, para nuestro deleite. En este texto encontraremos excentricidades, manías, peleas, secretos y demás peripecias de los autores mostrados. También nos habla de sus parejas: Simone de Beauvoir y Sartre, Zenobia y Juan Ramón Jiménez, Zelda y Scott Fitzgerald, o sobre la relación de la escritura con el tabaco, las relaciones tensas entre editores y escritores, sin olvidarse de las peleas y riñas callejeras entre ellos que degeneraron en odios eternos.

Si hay algo que destaca por encima de todo en Marchamalo es que habla de lo que más le apasiona, de los libros, y lo hace de manera adictiva, porque lo siente vívidamente. Ninguno de los capítulos de Las bibliotecas perdidas tiene desperdicio, todos brindan destellos personales de los mejores autores literarios. En todos encontraremos material biográfico tan sugestivo como singular de sus vidas. Jesús Marchamalo ha seleccionado muy bien sus reportajes y citas con acertados títulos. Así, por ejemplo, se despacha: Cartas marcadas, el secreter de la correspondencia entre escritores, Muertos y lustres, páginas de obituarios de celebridades literarias que testimonian al no menos célebre desaparecido. En El humo de las musas, se explaya en la constancia del tabaco en los escritores, como Onetti, Camus, Cabrera Infante, Chesterton o Marsé.



Las bibliotecas perdidas es un divertimento literario muy bien contado en 25 capítulos sabrosos de lectura agradable, salpicado de anécdotas jugosas que acaban en la recámara de nuestra memoria como fuente de esas historias privadas que tanto nos gustan a los lectores curiosos y que son la trastienda literaria de las celebridades.

martes, 23 de julio de 2013

Mosaico novelado de 1913


Hace unos días eché un paseo por mi librería favorita, como acostumbro cada semana, para cazar alguna sorpresa en la jungla de los libros publicados, o, tal vez, descubrir algún ejemplar interesante en peligro de extinción entre sus anaqueles. Se me fueron los ojos a la mesa de novedades y me fijé en la portada de un libro de título sugerente, que se anunciaba como un bestseller en Alemania, y que la editorial Salamandra ofrecía al público lector como primicia. Lo estuve examinando durante unos minutos. Inevitablemente, lo deposité en mi cesta de compra junto a otros libros ya seleccionados.

1913 un año hace cien años, escrito por el historiador de Arte y director de reconocidos suplementos culturales alemanes, Florian Illies (Schlitz, 1971), es un collage, un rompecabezas donde los acontecimientos y personajes que lo configuran no tienen porqué encajar en ese gran puzzle del pensamiento y la cultura de la Europa de 1913. Un reportaje novelado, centrado en un grupo de personajes que desfilan por los pasillos de la fama, a la luz de todos, como Picasso, Matisse, Kafka y Felice, Kokoschka y Alma Mahler, Thomas Mann, Freud, Rilke, o de manera soterrada, como Hitler y Stalin...   Illies los retrata, y sigue sus movimientos para mostrarnos sus genialidades, fobias y excentricidades, a través de pequeñas noticias y anecdotario. 1913 es el año del nacimiento de Albert Camus, del descubrimiento del busto de Nefertiti, año del bombazo literario de Proust que publica el primer tomo de En busca del tiempo perdido, Hitler sobrevive vendiendo acuarelas en Viena y busca fortuna en Munich. Un año rompedor, culturalmente, en el que Marcel Duchamp abandona la pintura y se inicia en nuevas actividades artísticas. Stravinski estrena La consagración de la primavera, que apasiona a su amante Coco Chanel. Un año donde debuta por primera vez en público Louis Armstrong, un muchacho de Nueva Orleans, apresado por ser el autor de unos disparos con un revólver robado.

1913 es el último año de paz, antes de que se fuera la luz en Europa en 1914. Illies ofrece los ingredientes anecdóticos del elenco de personajes que desfilan por los meses de aquel bullicioso año. El periodista alemán despliega entre sus páginas escritas todo el cartel de modernidad que representan las cuatro ciudades punteras del momento: París, Berlín, Múnich y Viena. Son las capitales culturales reconocidas por el imperio alemán y la monarquía de los Habsburgo, dos potencias aliadas hasta esas fechas, pero donde germinaría el foco de una contienda sin precedentes para Occidente.

Rueda de bicicleta (M. Duchamp)

Entre los aspectos más destacables del libro figuran los devaneos y las crisis amorosas entre el pintor Oskar Kokoschka, excéntrico y obsesivo, y Alma Mahler, la bellísima viuda de Gustav Mahler. Aparece también, de forma reiterada, la relación epistolar de un inestable Kafka con su malogrado amor Felice Bauer. En otros pasajes de 1913 un año hace cien años, surgen disputas apasionadas que el autor acierta a sintetizar con sutileza, tales como las habidas entre Freud y Jung o entre Thomas Mann y su hermano. Lo más periodístico del libro viene a ser el seguimiento del robo de la Mona Lisa, finalmente recuperado en Italia. En estos flashes es donde Illies pone más humor e ironía.

1913 un año hace cien años es un corte transversal, contado en la Europa que configura el eje Praga, Berlín y Viena al inicio de la segunda década del siglo XX, que no se resistía al cambio que se veía venir. La nuevas ideas y tendencias en la música, la política, las artes y la literatura se extendían de forma inexorable. Todo se pone en entredicho y no parará hasta el estallido del la Gran Guerra al año siguiente.

Un texto de divulgación ameno, focalizado más en las influencias centroeuropeas, donde Illies resalta las historias culturales y políticas acaecidas principalmente en Alemania y Austria, con algunos guiños a París y Nueva York, encadenados entre anécdotas que reflejan las tendencias culturales, movimientos, ambientes y presagios en torno a una época transcendental, en permanente ebullición, que hay que leerlo como un experimento literario que nos lleva a la reflexión sobre aquel periodo convulso.



Florian Illies despliega en su libro una formación cultural e histórica envidiable y, además, es un escritor elegante en sus formas, que muestra un abundante mosaico de pequeñas y grandes historias a los ojos del lector para su deleite y curiosidad. Proporciona un sentido de la historia cultural de Europa en un formato entre ecos de sociedad y crónica cultural. No hay que esperar mucho más de este libro, un tanto superficial, pero, en cualquier caso, su lectura no decepciona ya que es entretenido y lleno de efervescencia.