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viernes, 12 de enero de 2024

Cuando el amor lo acapara todo


Siempre digo que una de las virtudes que debe tener un libro para quien lo toma entre sus manos es su hospitalidad. Sin ella, el lector, lo más seguro, buscará otra posada. La publicación de Amores patológicos, de Nuria Barrios, tuvo buena acogida entre los lectores y algún que otro reparo en la crítica, cuando apareció en 1998, tal vez por la impronta del lenguaje exhibido, donde la pasión y el sexo irrumpen sin cortapisa, ni medias tintas que suavicen el impacto de sus excesos. Precisamente por eso mismo, a muchos nos pareció una apuesta novedosa e insólita de contar historias carnales, repletas de adrenalina, por medio de un lenguaje vibrante y voraz para exponer el amor y la desmesura pasional que provoca.

Amores patológicos vuelve a editarse, al cabo de veinticinco años en Páginas de Espuma. Dice la propia autora en el prólogo del libro que “releer su primer libro (que fue su estreno literario) reveló ser un ejercicio de asombro, de humildad, de curiosidad, también de hospitalidad”. Cuenta Nuria Barrios, con detalle, lo que supuso “releer, reinterpretar, reescribir, revitalizar” el libro que, ahora, cobra de nuevo vida y que viene a confirmar para ella la responsabilidad de abrir puerta otra vez a una recreación que, inevitablemente, le vuelve a exigir una confabulación previa que no sospechaba que se fuera a dar nunca, pero que le ha permitido entender y vislumbrar que en literatura “ni pasado ni futuro están cerrados” a un reencuentro prometedor.

Una de las facetas más significativas que se va a encontrar el lector en Amores patológicos se encuentra en su estructura. Me refiero a esa conexión que mantienen los relatos entre sí a través de los personajes, algo muy novedoso en su día, un enlace que permite establecer vidas cruzadas entre ellos. En unos relatos son actores secundarios que, en otros, llegan a erigirse en protagonistas. Este esquema narrativo convierte al libro en un ramillete de historias entrelazadas con cierto alcance refractario por donde transita el sexo con sus desvaríos. El tiempo mismo cobra en dichos cuentos sentido interactivo, hasta ser un factor determinante para que salten las obsesiones entre los personajes y estallen, para convertirlo todo en un maremágnum azaroso y arbitrario.

En cada alcoba donde surgen todos estos conflictos es el propio individuo quien se dispone a explayarse en menudencias íntimas, mediante un juego de luz y sombras, de lo visible y lo escondido que, en paridad, no es sino una promesa de emociones carnales. Aquí cada protagonista queda determinado para aprovechar su momento, sin perder comba, sin ataduras (o sí), llevado por la corriente del juego amoroso y sus abismos, donde el tacto, el gusto y el olor corporal se exhiben a diestro y siniestro. Es el caso de Pablo, en el relato de Albóndigas afrodisíacas, que como cuenta la narradora “era antropófago. Quería comerme y se inventó un ritual... A Pablo le gustaba recorrer mi cuerpo hasta dejarlo cubierto de saliva y esperma, como el rastro transparente de un caracol”.

Hace falta instinto, eso que llaman talento, para mirar ahí sin rubor, con arrojo, y técnica para saber contarlo. Barrios posee ese rango y esa capacidad para hacerlo de un modo significativo y que surjan aspectos oscuros e irritantes de la experiencias humana, compaginándolo con cierto aire de ternura y frenesí, como así se airea en este otro relato titulado, El olor dura más que el amor: “El sexo hay que olerlo antes de catarlo... No hay amor que dure con la nariz tapada [...] Después de todo, el olfato no es la máquina de la verdad, sino una forma distinta de conocimiento, más audaz, más íntima. No sirve solo para el amor de pareja. Las madres huelen a sus hijos, con los años los hijos huelen a sus padres, muchas amistades nacen en los cuartos de baño: oliendo al otro por dentro...”

Sus personajes son seres dispuestos a no apagar su pasión, cuyos deseos se imantan y se tensan en dirección a un haz de posibilidades, a veces contra el deseo de otros, algo incontrolable, proveniente de una patología, en ocasiones fetichista y pérfida, en otras, sentimental y afectiva. Seres que deberán enfrentarse o sobreponerse a esa fuerza opuesta de la que parecen destinados a no poder escapar. El centro de interés de la mayoría de estos cuentos se encuentra en la relación que mantienen sus protagonistas, lo que hacen y dicen, la influencia que unos tienen sobre los otros, sus ambiciones y secretos y, desde luego, la voluptuosidad que muestran.


Amores patológicos es un libro lleno de contrastes que acapara la intimidad de los seres que deambulan por sus páginas. Sus personajes viven situaciones de fragilidad hecho que les lleva a aliviar sus cuerpos mediante encuentros fogosos. Para todos ellos existe un anhelo recóndito de dar rienda suelta a sus fantasías, a pesar de sus muchas zonas de penumbra. Lo grotesco, el dolor invisible y las relaciones inciertas se suceden en cadena.

Nuria Barrios, con mucho oficio y coraje, deja latente en este libro suyo fascinante y corrosivo una intención más amplia y más profunda entre los bastidores de cada historia que, incluso, irrumpe en el ámbito de lo trivial y disparatado de todos nosotros, dando paso a un juego de impactos y perplejidades en las que el amor lo acapara todo: “Amores patológicos. ¿Y qué amor no lo es?”



viernes, 22 de abril de 2022

Un viaje al otro lado del espejo


Así es como la escritora madrileña Nuria Barrios considera la verdadera naturaleza de su ensayo La impostora (Páginas de Espuma, 2022), obra ganadora del XIII Premio de Málaga de Ensayo, un viaje al otro lado del espejo. Lo determina con perplejidad al final del libro, sin olvidarse del vértigo que sintió con su primer texto literario a traducir, la novela Vengeance, de Benjamin Black, un vértigo que le sigue acompañando con frecuencia, consciente de que traducir un libro, o cualquier tipo de texto, viene a ser reconstruir un puzzle con las piezas de otro juego, debido también a esa transición exigente de atravesar dos espacios y que consiste en abandonar lo conocido hacia lo desconocido. Sostiene que “ser una impostora, como la traducción descubre, es parte del oficio de la vida. Cambiar, ser otras, no ser nunca la misma es mi destino. Es nuestro destino”.

Nuria Barrios ha traducido al español la obra de John Banville y también la poesía de la estadounidense Amanda Gorman. Es autora de las novelas Todo arde (2020), El alfabeto de los pájaros (2011) y Amores patológicos (1998), así como los libros de relatos Ocho centímetros (2015), El zoo sentimental (2000) y Balearia (2000), y los libros de poemas La Luz de la dinamo (2017), Nostalgia de Odiseo (2012) y El hilo de agua (2004). Apela a su andanza como escritora a la hora de abordar el sentido de su nuevo libro que subtitula Cuaderno de traducción de una escritora. Para ella, “saberse impostora es asumir como propia la lateralidad y convertirla en un ejercicio de hospitalidad”. En ese sentido, revela que la traducción le descubrió una herramienta extraordinaria de interpelar el lenguaje de manera más incisiva. Por eso mismo, considera que traducir tiene bastante correspondencia con la vida, que también es un arte de descifrar y traducir el mundo, de traducir a los otros, y traducirnos a nosotros mismos.

Este ensayo, o cuaderno de traducción, como así también lo llama, está estructurado de una manera recurrente y ligera en su extensión para establecer con el lector una confianza y una cercanía en el desarrollo, buscando complicidad. Escrito en primera persona, utiliza rasgos emotivos y elementos de la vida de la propia autora para esbozar ese andar a tientas por el terreno de la traducción, desde su experiencia de artífice en trabajar con palabras de otros que ya existen y debe respetar, estudiar, calibrar y valorar para trasladar a otro plano de la realidad lingüística. Deja dicho que la responsabilidad de quien traduce es fundamentalmente literaria y que, por eso mismo, su oficio es como el aire que lleva las palabras de una tierra a otra. Este ensayo, dice Nuria Barrios, es una exploración existencial de la lengua y su mecánica, que es nuestra casa, como también es un viaje de descubrimiento.

Y en ese discurrir, habla en un capítulo de la extrañeza, de ese exilio de la traductora hacia otra lengua para llevarla a la suya propia, un desplazamiento que deja ver cómo “lo propio se hace extraño para que lo extraño se convierta en propio”. En otros dos capítulos que pone por título En femenino, sustancia al lector con la realidad palpable de que son mujeres quienes ejercen mayoritariamente esta profesión. De ahí que hable de ellas, como también de las lectoras, refiriéndose en genérico femenino. Da cuenta también de esa invisibilidad perpetua que forma parte del oficio de la traducción. Barrios evoca la Torre de Babel y está en consonancia con lo que decía George Steiner: «Babel ha resultado ser la base misma de la creatividad humana. Lejos de ser un castigo, Babel es una bendición misteriosa e inmensa. Aprender nuevas lenguas es entrar en otros mundos nuevos».

Su condición de escritora la lleva a establecer que cada lengua es una ventana que da a un paisaje único, por eso considera que lo complicado y, a la vez, fascinante de la traducción consiste en tratar de mantener vivo el eco del idioma de origen en el idioma de destino. Nos acerca también a los que compaginaron el oficio de traductor y escritor como Nabokov, Julio Cortázar, Octavio Paz o Agota Kristof. Hay otro apartado interesante que es el que dedica a lo que ella titula Fidelidad heterodoxa, en el que la controversia está servida. Explica que depende de qué entendamos por traducción: literalidad o literatura, reproducción o interpretación. Y añade que no es fácil elegir el término que mejor sintetice el significado de la traducción, ya que una obra va siempre mucho más allá de su creador. Por eso al hablar de traducción, dice que habría que pensar en: volcar, reproducir, transferir, verter, replicar, interpretar...


En todo caso, lo fascinante del libro es que el lector sale a gusto de un viaje de exploración guiada desde el propio taller de la autora del libro, y agradecido, con algunas ideas más comprensibles acerca de este oficio invisible y tan imprescindible para nuestro interés. Qué sería de nosotros, lectores entusiastas de Coetzee, Philip Roth, Virginia Woolf o Susan Sontag sin la existencia de los traductores. La traducción es el milagro, el canal que lo hace posible, sin olvidarnos de esto que bien subraya Nuria Barrios con suma naturalidad: “Cada lengua tiene su manera de ser escrita. Un libro en dos lenguas distintas no es el mismo; son dos libros simplemente parecidos”.

Diría que La impostora es un ensayo oportuno, envolvente y original, urdido en una química narrativa que muestra el apasionamiento de una escritora por aproximarnos a ese pacto de amor, a esa levitación e impostura que supone el oficio de traductor, que no es más que trabajar sobre una obra ya hecha para el entendimiento y disfrute de los lectores.


domingo, 10 de mayo de 2015

Zonas de penumbra

En la vida corriente de las personas hay una fuente inagotable de historias latentes que piden ser contadas. Basta con que la mirada del escritor vea esa otra realidad, que exige bucear en el enredo de las emociones y sentimientos de nuestras conciencias, y extraiga ese dolor ineludible que nos acompaña de manera persistente. Nuria Barrios (Madrid, 1962) nos cuenta once historias encontradas en ese ámbito donde el dolor no tiene voz, pero lastra las vidas de seres desvalidos, incapaces de soportarlo y de valerse por sí mismos. El título de esta colección de cuentos remite al primero de ellos que viene a constatar que la distancia mínima entre el dolor y la felicidad no va más allá de esa pequeñez que los separa. Esa minúscula dimensión, a su vez, puede significarlo todo o nada.

En muchos relatos de Ocho centímetros (Páginas de Espuma, 2015), la escritora madrileña se sumerge en el mundo devastador de las drogas y su impacto sobre las vidas de los que las consumen, así como sus efectos sobre las familias de los implicados. En los episodios iniciales, todo transita en un mismo tono, aunque con matices, de manera que los personajes muestran sus vidas perdidas bajo la inercia voraz de la adicción, que les conducirá a un lento suicidio. La desaparición de una joven drogadicta es el hilo conductor de los cinco primeros relatos entrelazados como capítulos de una misma trama argumental. La búsqueda desesperada de la joven moviliza a toda su familia por territorios marginales y ámbitos religiosos de influencia gitana. En esa travesía por dichas zonas descubriremos comportamientos sorprendentes, solo explicables en ese mundo enrarecido y delirante propio del fervor evangelista de estas comunidades cristianas. El resto de los cuentos responden a distintas relaciones que se topan cada una con la dificultad de comunicación de sus protagonistas. En “Yo era un buldozer”, la relación de una pareja de novios no llega a cuajar su compromiso, a pesar de los intentos apasionados de la mujer. En “El tren Neckermann”, dos niñas amigas quieren escapar de sus casas y no saben cómo llevar a cabo la huida. Esa incapacidad no impedirá seguir intentándolo porque es mucho el amor que se tienen. “Un puente de cristal” es un intenso y desesperado relato por donde transcurre la separación inevitable de Claudia y Juan, que se saldará con un desenlace dramático y feroz. En otro cuento de la colección, me refiero a “Las amigas. Una fotonovela”, se narra el desencuentro entre tres amigas por medio de un reportaje de fotos que se supone que fueron tomadas en una excursión, y al repasarlas se pone de manifiesto la fragilidad de la relación que mantienen. No sucede nada, pero ahí radica su sustancia: todo está expresado con ese vacío. En otros dos episodios, el asunto de la muerte aparece de manera inconsolable. “Danny boy” y “El limbo” representan dos metáforas conmovedoras sobre la pérdida de un ser querido.

Ocho centímetros es un libro lleno de contrastes y nada complaciente con la adversidad que rodea la propia existencia de los seres que deambulan por sus páginas. Para todos ellos existe un anhelo recóndito de escapar del dolor y tratar de ser felices, a pesar de sus muchas zonas de penumbra. El dolor evidente, el dolor invisible y las relaciones inciertas de parejas se suceden a lo largo de todo el volumen. Sus personajes viven en un escenario hostil, son seres apesadumbrados que procuran aliviarse de sus situaciones personales.

Nuria Barrios ha escrito un buen libro en clave realista, pero con una mirada sugerente de otras perspectivas, más allá del mero acontecer. Sin duda, el cuento español contemporáneo atraviesa un buen momento y este volumen es una prueba evidente de ello.

En suma, la creadora de El zoo sentimental (2000) y El alfabeto de los pájaros (2011) regresa con poderío por la senda del género breve con un conjunto de cuentos de buena factura, de mucha intensidad narrativa y escrito con la sobriedad, la sutileza y la garra que todo escritor exigente que se precie aspira para contar buenas historias y alcanzar la atención del lector sensible ante el dolor y el sufrimiento que rodean la vida de sus congéneres.