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sábado, 12 de abril de 2025

Tras el rastro de Pavese


Pavese fue un escritor de culto, una de las plumas más privilegiadas de mediados del siglo XX, cuya imparable actividad cultural y literaria lo convirtió no sólo en poeta y escritor de novelas, sino también en traductor de grandes autores, como Melville, Dickens, Joyce o Hesíodo, e incluso, en dramaturgo y filósofo. Vertientes distintas todas ellas, pero comunes en un sentido muy determinado, que, a su juicio, viene a decir que tanto la literatura novelística, la poesía, la dramaturgia, la traducción o la filosofía son producidas por un cierto “ansia de realidades espirituales desconocidas, presentidas como posibles”. Se convirtió en un símbolo de una Italia soñada sin haber salido de su país. Dicen que sabía más que nadie de literatura norteamericana. Faulkner, Dos Passos, Sherwood Anderson o Steinbeck fueron llevados a Italia de su mano por la editorial Einaudi. La traducción que hizo de Moby Dick sigue siendo un referente insuperable.

El oficio de vivir supuso la creación esencial de su obra, un hito en el que el propio autor se desdobla, dando entrada al Pavese escritor que le escribe al Pavese hombre, para, así mismo, plasmarla en su biografía, a modo de un diario en el que el lector nota que se presta más atención a sus consecuencias que a los sucesos que las provocan. En sus páginas memorables dejó un testamento vital de mucha lucidez y, a pesar de toda su obsesión con el suicidio, rociada de esperanza. Deja dicho que a vivir se aprende viviendo, una obviedad a primera vista, pero que encierra el verdadero misterio de este oficio singular, como él lo llama: “La única alegría del mundo es comenzar. Es bello vivir porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante. Cuando falta este sentimiento..., querríamos morirnos”. La obra alcanzó una extraordinaria resonancia entre los lectores de diferentes generaciones en todo el mundo. Pavese había dado su literatura al mundo, y, a los cuarenta y un años ya dio por terminada la literatura y la vida.

El joven escritor francés Pierre Adrian (Burdeos, 1991) es el autor de Hotel Roma (Tusquets, 2025), un viaje personal por la vida y obra de Pavese, un recorrido por el Piamonte y por la ciudad de Turín, para desgranarnos la esencia de su vida y la preponderancia que tuvo El oficio de vivir en el trágico final de su vida. Adrian bucea en sus páginas y en los lugares por los que deambuló el escritor para reencontrarse pronto con las paradojas existenciales que, a menudo, se convirtieron en nudos difíciles de deshacer para el propio Pavese, que subrayaba que: “Esperar también es una ocupación. Lo terrible es no esperar nada”. Pavese aparece por aquí como un paseante discreto y reflexivo, como un escritor experimental dispuesto a revelarnos su amor a la ciudad de Turín, dispuesto, a su vez, a desvelarnos cómo el amor y la construcción de la vida se encuentran mucho más en el poder de los hechos que en el de las convicciones.

Hotel Roma es un hermoso y melancólico viaje por el territorio vital y literario de Cesare Pavese, trazado bajo una poética en la que la indagación es el motor del relato, un modus operandi que lo convierte en una exploración amena, de gran sensibilidad, bajo el denominador de ensayo-ficción, una manera jugosa de establecer una conexión con el lector para que participe del desarrollo narrativo del mismo, gracias a un juego indagatorio, que le permite mezclar la realidad y la ficción, para establecer el acompañamiento y el desarrollo de contar la vida y obra del gran escritor Pavese, a través del tiempo y espacio, especialmente de la ciudad de Turín, de voces ligadas a él, hasta llegar a establecer el vínculo de su inventiva narrativa con la vida real de alguien tan taciturno y obstinado como él, que guardaba en su diario el misterio de su suicidio, acaecido posteriormente el 27 de agosto de 1950 en la habitación 49 del Hotel Roma.

Adrian nos acerca a Pavese, bajo el marco de novela-ensayo, para resaltar su figura intelectual, así como su perfil escurridizo de hombre solitario y triste, y desentrañar lo que trató de guardar para sí mismo: su calvario existencial, “aunque también cedió a la tentación de culpabilizar a los demás”. Vivir para él aparece aquí como lo más individual que cabe ser pensado, como la obra más reveladora de su existencia, pese a todo, si bien siempre anduvo amenazado por el acecho persistente del suicidio. Pero, insiste en su pensamiento y obra que no hay oficio más comprometedor y fascinante que el vivir. La tarea de vivir, como empeño, así deja dicho: “Hay un solo placer, el de estar vivos, y todo lo demás es miseria”.


Este es un libro audaz y ameno, todo un homenaje, en forma de viaje literario, un retrato biográfico también, para reencontrarnos con un Pavese redivivo y luminoso, escrito con sencillez y hondura. Hotel Roma convierte su figura en una exploración sutil de su herencia literaria y emocional, una lectura deliciosa que invita a otras lecturas que por aquí asoman: “Su literatura, dijo un crítico italiano, era como el diario íntimo de los demás; no solo el suyo, sino el de todos nosotros. Hay escritores que nos dan lo que ellos ya no tienen. Pavese me ofrecía todo lo que había abandonado a él: la despreocupación, la alegría de vivir en este mundo, el espíritu infantil, la fe, el consuelo…”

jueves, 31 de octubre de 2024

Las marcas del amor


Ciento veinticuatro huecos (H&O Editores, 2024), el nuevo libro de Begoña Méndez (Palma, 1976), posee un mantra distintivo en su relato, un latiguillo que se repite entre sus páginas que invoca lo bien que le sentaba el matrimonio a la narradora. Pero, en verdad, lo que promueve su repique no es otra cosa que establecer una consigna: la indagación literaria del amor, su valor y lo que esta palabra compromete y ocupa mientras está viva y presente su llama, o cuando queda a merced del pensamiento, del recuerdo y de la rebeldía de su extravío, valiéndose de una voz narrativa íntima y veraz que aspira a salvaguardar lo que ya dejó de ser una realidad, pero aún está ahí, vinculada a la propia complicidad literaria de leer y de escribir.

Confiesa Méndez al principio que, en buena medida, su libro se erige bajo el impulso de las lecturas de las obras de la poeta Anne Carson y la filósofa Simone Weil, dos escritoras decisivas que le ayudaron a encontrar la voz y el tono de lo que quería contarnos que, según sus propias palabras: “no es otra cosa que un ensayo-ficción alrededor del amor. Aquí hablan las palabras, los cuerpos y los deseos; hablan las presencias y las ausencias, las huellas de los recuerdos y las marcas del olvido”. Todas estas motivaciones y resonancias suyas, que apelan al amor, encajan bien en esta forma narrativa elegida, que toma en consideración características de la novela, de la autobiografía, de la autoficción y, por supuesto, del ensayo.

Digamos pues que Begoña misma es la verdadera materia del libro. En Ciento veinticuatro huecos encontramos territorios suyos de encuentros entre vida personal y vida literaria, entre oquedales de la memoria y umbrales del amor. Todas estas formaciones de huecos que van apareciendo en sus páginas nos deja ver que el amor es trance y dádiva, un surco de afectos y efectos, pero también aparece el amor como un paisaje con múltiples pliegues. Begoña Méndez explora la naturaleza de estos intervalos y de sus cavidades para mostrarnos a una mujer que devora libros sobre el amor y su entramada compostura, una mujer que siente y vive estas mudanzas afectivas dejando que hablen las palabras: “La palabra escrita –sostiene– es también la organización de huecos, la búsqueda de una voz que sostenga las ausencias y les confiera un peso”.

Hay un asombro cósmico, encendido y veraz de alguien que se implica consigo misma porque tiene que contar la verdad más íntima de alguien a quien le importa anunciar que “Las cosas que no decimos porque no nos atrevemos se mantienen indelebles entre huecos de memoria”. Méndez va más allá a la hora de descifrarnos que la forma de su texto también debe dar la clave, obligando a sus lectores a poner toda su atención en aspectos como el tono, el estado de ánimo, la cadencia, la gramática, la estructura narrativa y, en definitiva, todo lo que podríamos considerar forma. Nos conduce a ese cómputo literario a partir de sus vivencias emocionales en las que entrelaza vida y literatura, avivadas por lecturas de Carson, Dante, Weil, Williams, Duras, Ovidio, Ernaux o Ajmátova.

Podemos afirmar que estamos ante un texto en marcha, un relato que se va armando ante los ojos del lector, que muestra sin tapujos el proceso de su creación. El lector entiende que la autora escribe al mismo tiempo que reflexiona, dentro de un marco referencial que justifica el propio acto de escribir: “Para que haya narración algo tiene que moverse. Es suficiente algo leve.[...] Para que haya relato algo tiene que romperse, algo tiene que entrar, algo tiene que salir. [...] Porque el amor siempre empieza y vuelve a recomenzar por los ojos que se miran y que después se agachan. Por los latidos del pecho”. Méndez escribe su particular poética del amor mediante un texto fragmentario donde es posible encontrar destellos y huecos que invitan a la reflexión para dar validez a esto que decía Christopher Isherwood: «Todo lo que uno recrea sobre uno mismo forma parte de su mito personal y, en consecuencia, es verdad».


Ciento veinticuatro huecos es un libro breve, de apenas cien páginas empapado de literatura, un ensayo narrativo hermoso y hondo que alumbra las marcas del amor y sus conjeturas disonantes, ambiguas y ambivalentes, bajo el pulso de una escritura centrada en la propia materia íntima de quien las escribe, desde el deseo ineludible de dejar que hablen las palabras, que tomen la voz del cuerpo y muestren que vivir es inventarse, que en la vida lo más importante es lo indecible y, en eso, el amor es inconmensurable.


viernes, 7 de junio de 2024

Cartografía sentimental


Los lectores, sin duda, requerimos veracidad a los textos que leemos. Es la realidad de la vida la que nos empuja a ello. Por eso mismo, le exigimos a los libros que no se aparten de esa condición humana que nos conforma y que no es otra que afirmar, como decía
De Quincey, que todo lo que hay en el mundo es un espejo o un reflejo secreto de la realidad del universo. En ese sentido también cabe decir que todo lo que inventa un escritor sobre sí mismo forma parte de su mito personal y, en consecuencia, debemos tomarlo como verdad. Al fin y al cabo, «la literatura es un remedio contra lo real», como sostiene Antoine Compagnon. O como bien dice Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) “No se trata de trabajar con algo que antes no existía, sino de poner ante nosotros otra manera de organizar lo que ya estaba ahí, lo que ya habíamos visto, y esa combinación de elementos dará lugar a algo nuevo, a algo emergente”.

A partir de un viaje pionero que el padre del autor de Nocilla Dream emprendió a Estados Unidos para comprar ganado, Fernández Mallo narra en su nueva novela, Madre de corazón atómico (Seix Barral, 2024), su propia andanza tras su estela, medio siglo después, cargado de verdad y memoria. La elección del asunto viene ya de lejos. Lleva doce años escribiendo sobre ello, nos dice, pero la muerte reciente de su padre la impulsó a terminarla y a hacerla más necesaria, más vívida: “la muerte es una clase de resurrección, no es un final sino un punto de partida. El muerto reaparecerá, se hará presente en tu vida muchas veces y de mil formas distintas”. Por medio de una combinación de recuerdos y reflexiones, más allá de los aspectos confesionales, la historia familiar del autor y él mismo se convierten en la materia del libro, en recreación subjetiva y motor del proceso narrativo. Aquí, autor, narrador y personaje son el mismo, y el tiempo narrativo no se muestra lineal, sino fragmentario, indexado entre la memoria y el acto de escribir.

Entrando en otras particularidades, el libro toma su denominación del quinto álbum de estudio de Pink Floyd, Atom Heart Mother que, traducido a nuestro idioma, resulta Madre de corazón atómico, título de la novela. Ambos comparten a su vez la imagen de una vaca en la portada. Pero, en la del libro de Fernández Mallo vemos que, en realidad, es una imagen compuesta a partir de unas vestimentas colgadas con dos palillos en un tendedero. Señala con el subtítulo, Una historia verdadera, que, en verdad, su relato no viene a hablarnos de su madre, sino de su padre fallecido, veterinario de profesión, trabajador incansable, más próximo a su vocación que a su familia, entusiasta de las nuevas tecnologías, del conocimiento y de cómo lograr mejoras en sus investigaciones conectando unas disciplinas con otras. Pero también le mueve hablar de su progenitor como cauce de entendimiento y motivo de seguir vivo para contarlo.

Fueron muchas las ocasiones que el escritor gallego miraba con hondura a su padre y sabía que, tarde o temprano, escribiría sobre él. Pero fue en la habitación 405 de la clínica en la que estuvo ingresado, el lugar propicio en el que esa idea empezó a cobrar sentido, a materializarse y a prosperar hasta encontrar la carnalidad necesaria; “en este caso, la de mi padre”. Fernández Mallo nos revela cómo, un año después de aquella estancia, entendió “que la muerte de un ser querido es un proceso muy misterioso, muere para renacer en ti de otra manera, resucita para ser otro en ti”. El autor deja ver que, elegido el tema, lo inevitable es vincularlo con su vida personal, desde su propia experiencia, planteando a priori sus conjeturas, que intentará despejar a lo largo de la obra, sin dejar de opinar de manera subjetiva, utilizándose a sí mismo como personaje para llegar a acercarse a un final lo más imparcial posible, pues es la escritura de la novela lo que ha puesto en marcha el verdadero objeto único y último de todo el proceso emprendido.

En toda esta cartografía sentimental desplegada, Fernández Mallo propone una manera de narrar, como sello propio continuado, que proclama que no hace falta vislumbrar una fantasía inventada para conseguir alcanzar fantasía en lo real. Madre de corazón atómico es un ensayo-ficción que rinde homenaje a un padre, una novela íntima y personal plagada de resonancias filosóficas en la que el autor comparte vivencias y maneras de entender la escritura, una lectura luminosa llena de conexiones y de frases certeras que miran la realidad de otro modo, una escritura que apunta a los estratos que forman la memoria y el tamiz del tiempo.


En resumidas cuentas, esta nueva incursión literaria de Agustín Fernández Mallo es una celebración que viene como resultado de una sorprendente novela híbrida, entre auto-ficción, memoria y ensayo, sumamente interesante y audaz, que viene a confirmar que el talento aplicado a la literatura es el que verdaderamente crea tramas, atmósferas, emociones, personajes y formas, que cuando algo se ha acabado, de alguna manera, queda la simiente para poder narrarlo, y que morimos para resucitar en la mente de los demás. Un libro apelativo sobre la vida y la escritura.