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jueves, 11 de enero de 2018

Apuntes y divagaciones

Al escritor le vale todo para aprender, porque la literatura puede aprovechar lo más insignificante de la experiencia, incluso lo más remoto acaecido en la vida de cualquiera, para trazar una buena historia. Y, lo que es más importante, el aprendizaje le sirve para saber que siempre está a tiempo de escribir algo más y mejor. Esta consideración literaria sintoniza con el mismo sentir referido al proceso azaroso y exigente que supone aprender en la vida.

Sin duda, César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) es uno de los escritores egregios más delirantes, imaginativos e inteligentes que existen dentro del panorama literario hispanoamericano actual y que con más entusiasmo y naturalidad afronta esa realidad caótica inherente al oficio de escribir. Dedicado afanosamente durante mucho tiempo a la traducción y a la escritura de novelas, tampoco ha desestimado las posibilidades que ofrece el ensayo, como aprendizaje y experiencia, para hablarnos del expansivo universo literario en el que se abastece, con publicaciones sobre Alejandra Pizarnik y sobre Copi, pero especialmente con su inigualable Diccionario de autores latinoamericanos. De hecho, esta tarea ensayística siempre ha estado incrustada en su quehacer literario de forma enmascarada. Él dice que sus libros son ensayos que disfraza de novelas.

En esa radical concepción de la literatura, Aira pone su acento, genuino y particular, afirmando que hoy en día “la novela es novela de acercamiento”, como si toda narrativa consistiera en tomar el microscopio para acercar y agrupar todas las cosas y mostrárselas al lector. Hoy, según sus palabras, “la novela fluye directamente del autor, sin pasar por la intermediación de la literatura”, y eso le preocupa. Sostener algo así, insiste, es errático si la tarea que lo justifica ya no es la de la escritura en sí misma, sino el desatino por publicar.

Sostiene Aira que todo escritor está dispuesto a escribir bien. Esto es una condición sine qua non que reside en la mente del verdadero escritor, porque su oficio, la literatura, así se lo exige. La calidad es una necesidad para que se dé el milagro de lo que entendemos por Literatura. La literatura, en verdad, no sirve para nada que no sea ofrecer el placer que produce, nos viene a decir, y esta promesa se asocia inmediatamente al juicio de calidad que hará finalmente el lector, como se supone lo ha debido hacer antes el propio autor.

En un mundo tan utilitarista como este nuestro, donde todo debe cumplir una función, la literatura, consciente de su inutilidad, tal como afirma en su manifiesto La utilidad de lo inútil (2013) el profesor Nuccio Ordine, sabe que la única forma de consagrar su validez consiste en producir placer y admiración. La literatura y las ideas no resuelven los problemas de nuestras vidas, pero, curiosamente, son tanto más fecundas cuanto más fútiles parecen.

En Continuación de ideas diversas (Jus Editores, 2017) César Aira se mantiene fiel a sí mismo y a estos principios que rigen esa manera radical suya de entender la literatura, a través de un buen puñado de textos breves encajados en un libro de apenas cien páginas, donde se prodiga con ideas para refutar y divagar sobre el arte, sobre la vida y sus asombros. El humor inteligente del argentino siempre aparece, generalmente para encajar mejor el desconsuelo que destilan sus audaces e incendiarias reflexiones.

Aira es un maestro de la brevedad y en este libro incisivo y perspicaz hace gala de esta particularidad extensiva a su narrativa. En esta miscelánea literaria, reunida en ciento treinta y nueve piezas, prevalece un denominador común en el que se postula la esencia de su vocación de escritor reflexivo y apasionado del lenguaje. Aquí encontramos un aluvión de referencias literarias, confidencias, anécdotas, microensayos, paradojas, asombros y decepciones, un puzle en el que cada pieza brota de la inquietud de las ideas, de un escenario personal ávido de extrañezas y perplejidades, lo mismo que se manifiesta el lado avieso de la ignorancia, el paso del tiempo y las correcciones de la vida, la infancia, los sueños imposibles, las novelas policiacas, el amor a la lectura o el síndrome de la página en blanco. Pero también nos cuenta la procedencia de su pulsión literaria a través de los cómics y su temprana admiración por Proust, Kafka y Borges.

Continuación de ideas diversas es un libro heterogéneo sumamente luminoso, que resume en gran medida lo que Aira ha ido fraguando a lo largo de su carrera en su proceder literario, su tono vanguardista percute de manera exponencial a la hora de esa defensa que tanto le gusta y que consiste en no apartarse de la idea de que que la literatura es forma, no solo pasatiempo o entretenimiento. Por eso “escribir es una decisión de vida –dice– que se realiza con todos los actos de la vida”... “para ocupar el tiempo”... “y por ningún otro motivo”.

En resumen, Aira nos entrega un excitante y apasionado libro poblado de apuntes, reflexiones y divagaciones que hablan mucho del secreto literario de quien los promueve y del misterio de la imaginación que los provoca, una obra mordaz y lúcida, escrita con mucho fundamento por un artista dispuesto a mostrar los entresijos de su poética.

jueves, 20 de abril de 2017

Fervor barojiano

Se cumplen cien años de la publicación de este memorable libro, un texto al que muchos barojianos declaramos un fervor especial, una obra a la que llegó Baroja casi por sorpresa, en un momento de su vida en el que se encontraba atrapado bajo una melancolía existencial profunda que derivó en un libro muy celebrado en su época por la crítica y el gran público, considerándola muchos de ellos como su mejor obra de no ficción, una auténtica revelación que contribuyó de manera muy notable a forjar aún más su leyenda literaria imparable.

A Pío Baroja (San Sebastián, 1872 – Madrid, 1956) le fue muy difícil salir del personaje literario que fue creando a lo largo de toda su vida como escritor, algo que fue creciendo de manera inconsciente y exponencial, no solo en sus novelas, sino, especialmente, en su extensa obra memorialística aparecida al final de su carrera. En 1917, cuando escribe Juventud, egolatría, cuenta con una edad suficientemente experimentada que le ha llevado a sentir que su vida atraviesa por unos momentos nada complacientes. No está contento con nada. Piensa en el pasado o en el porvenir. El presente se diluye ante sus ojos de manera irrelevante. Tiene cuarenta y cinco años, ya ha publicado una buena parte de sus novelas mayores, vive en Madrid y pasa los veranos en Vera de Bidasoa, el municipio navarro donde se instala para sus paseos y lecturas en solitario. Se considera un hombre mayor y en declive.

Valorar los méritos propios de la nueva edición de este libro viene dado por un empeño encomiable del centenario sello editorial Caro Raggio que quiere así rescatar un texto fundamental de la factoría barojiana para mostrarlo al lector que no haya curioseado en esta obra del novelista vasco, no solo por su estilo inigualable y descuidado sino, sobre todo, por la riqueza intelectual de las confesiones que guardan las páginas de este admirable libro. Al igual que en anteriores entregas, la reedición de Juventud, egolatría (Caro Raggio, 2017) cuenta con las palabras preliminares de su sobrino Julio Caro Baroja, que nos introduce en la esencia vital e intelectual de su tío en el momento de emprender la aventura de escribir la obra para poner en sobre aviso al lector a cerca de las vicisitudes por las que atravesaba su espíritu. Ahora, en este rescate editorial, el lector encontrará además, al final del libro, un añadido breve, como coda, a cargo del escritor Ramón Eder, quien afirma con desparpajo que “Con escritores como Pío Baroja no hay que estar de acuerdo con sus opiniones para disfrutar de su indiscutible encanto”.

Este es un libro esencial a la hora de conocer a ese Baroja que se pone en entredicho de manera tan marginal. Juventud, egolatría supuso su primera introspección e incursión activa, después vendrían más, en los moldes genéricos del dietario, la autobiografía y el ensayo, así como una oportunidad de constatar lo que Baroja siempre presumió públicamente: decir siempre la verdad. Por supuesto, Baroja no dijo siempre la verdad, o si la dijo, lo hizo a medias, pero procuró ser sincero. Lo individual, además, es algo que le es tan propio e inapelable, que no cesa de referirlo aquí, al igual que en su novela César o nada (1910). Esa egolatría o individualismo, viene a decirnos, no es más que la única realidad en la naturaleza y en la vida de cualquiera que se precie.

Para un escritor laborioso como él, capaz de reescribir la prosa hasta conseguir el efecto emocional buscado, empeñado, como norma, a escribir con sencillez, claridad e independencia, un libro fragmentario, como este, era una ocasión de dar a conocer tanto su pensamiento, sus gustos literarios, sus contradicciones, sus resquemores, así como también un motivo para explayarse con determinación y singularidad sobre asuntos particulares y sociales, con esa provocativa fuerza, tan propia suya, de no esquivar lo personal y lo público, con ese aire nietzscheano y anarquista que tanto le gustaba exhibir.

No cabe dudas de que Juventud, egolatría fue un libro escrito en estado de gracia, no exento de polémica. La vida de Baroja contada por él mismo resulta interesante desde casi todos los puntos de vista, porque, como dice Trapiello, tiene siempre por objeto a un individuo de ideas originales, poco dado al enjuague social, con una clarividencia sobre las cosas y personas excepcional, que le hace ser poco solemne y retórico. Baroja es por antonomasia antirretórico, y aunque se cuestione su estilo, uno de nuestros escritores más originales de la historia de nuestro país, tanto en la literatura como en la vida que llevó con orgullo vasco.

La literatura barojiana está llena de personajes memorables, como Andrés Hurtado, Eugenio de Aviraneta, Shanti Andía o César Moncada, pero sin duda el personaje mayor es el representado por el propio Pío Baroja dentro y fuera de su escritura, como se puede comprobar en esta obra de la que hablamos, más encarnado que nunca y para regocijo de sus lectores.

Montaigne sostenía que no puede decirse lo que no se siente, y Baroja, a lo largo de toda su vasta obra, hace buenas las palabras del pensador francés, porque no sabe escribir de otra manera. Juventud, egolatría es el libro idóneo para entender ese sentir barojiano, lo que lo hace un libro imprescindible.


jueves, 10 de diciembre de 2015

Subirse al tren

El tren ha dado siempre mucho juego a la literatura y al cine. Por ejemplo, muchos pasajes escritos por Azorín transcurren entre raíles castellanos. El amor y la tragedia en Ana Karenina tienen mucho que ver con la fuerza arrolladora de una locomotora. En la intrigante novela Extraños en un tren, de Patricia Highsmith, el vértigo narrativo se acopla a la misma velocidad del tren. En la película Doctor Zivago nadie olvida esa trepidante travesía ferroviaria por las estepas rusas cargada de revolución bolchevique... Las historias que han nacido sobre los raíles de este estirado y enigmático vehículo son casi infinitas. El tren permite que los viajeros coloquen su alma entre el equipaje y la conversación. A bordo, además, los pasajeros cruzan sus miradas, propician encuentros y hasta puede que salten entre ellos extrañas aventuras.

El joven escritor chileno Gonzalo Maier (Talcahuano, 1981) vive en Holanda y viaja con frecuencia a Bélgica. Ese trasiego de un país a otro, entre la ciudad de Nimega y Lovaina lo ha hecho cientos de veces, de manera que en ese vaivén viajero ha querido establecer un material literario, a modo de dietario, de lo que va surgiendo en sus repetidos trayectos o lo que le pasa por su cabeza entre una estación y otra. Viene a decirnos que el tren también invita a la pausa y al diálogo interior.

Material rodante (Minúscula, 2015) es un librito fragmentario, ameno y reflexivo que condensa, en apenas cien páginas, la experiencia de un viajero de tren de cercanías. Maier no necesita fingir en lo que nos cuenta porque habla de sí mismo, de su condición de viajero y afirma: “En los viajes, por más que los haya repetido mil veces, uno siempre esconde la fantasía de que no solo el paisaje será nuevo, sino la gente y en una de esas uno mismo”, (pág. 11). Y en un par de páginas más adelante cita al poeta Joseph Brodsky que decía que “el mimetismo es la moneda más preciada de todo viajero”, para, de esta manera, acentuar ese carácter tan propio de quien viaja con frecuencia en tren.

Gonzalo Maier se rebela contra los tiempos muertos que se repiten en los andenes y en los trayectos, y nos dice que, para hacer frente a esa burla insoportable, lo mejor es responder con el caudal de la vida, con toda esa cantidad de aventuras mínimas a nuestro alcance, capaz de desafiar la rutina y el tedio. Por las páginas de Material rodante irán apareciendo pasajes fragmentarios en los que el escritor sudamericano nos hablará de asuntos literarios, de usos y costumbres de los holandeses y de los belgas, de las manías de los revisores, de la equidistancia entre las experiencias vividas y las sentidas con la lectura de los libros, de una araucaria perdida en Holanda procedente de Chile, de la desesperación ante la espera imprevista, del síndrome de Stendhal, de no dormir en el tren, de Agatha Christie, de Paul Auster, de Georges Perec... “El aburrimiento –subraya– merece más luces. Al menos en estos apuntes en donde cada espacio en blanco vale como un bostezo”.

Maier confiesa que toda rutina tiene un reverso al alcance de aquellos que no se conforman con lo irrelevante de toda repetición y aspiran a darle la vuelta al asunto abriendo sus mentes y jugando, a modo de pasatiempo, a despertar el ingenio y desbaratar la anodina repetición del día a día. Todo lo que discurre por este dietario rodante es lo más parecido a una guía de viaje interior, una especie de kit de supervivencia, escrito con humor e ironía, indagando en el verdadero valor del silencio para combatir los tiempos muertos de las esperas.

Material rodante es una especie de propuesta literaria en tránsito, en ruta, una crónica viajera ininterrumpida, por donde transcurren las inquietudes, vicisitudes y contradicciones del pensamiento y el modus vivendi de su creador.

Gonzalo Maier ha firmado una miniatura literaria verdaderamente hermosa, un texto autobiográfico sobre su experiencia de viajar en tren, provista del detalle de la observación, la anécdota minúscula y la pausa reflexiva.

De vez en cuando necesitamos libros diferentes y curiosos, como este, un librito de prosa cuidada, divertido, amable y con alma viajera que se lee en una respiración, un tiempo mínimo en el que cabe preguntarse qué habría sido de nosotros si hubiéramos dejado pasar este tren. [Reseña núm. 256]


jueves, 24 de octubre de 2013

Epifanías fragmentarias


Confieso que desde que leía a Gracián, Cicerón o Epicteto, y también a los aforistas franceses, me aficioné obsesivamente por la escritura fragmentaria, por los pensamientos fugitivos. Una lectura que siempre me obligó llevarla a cabo acompañado de un lápiz y una goma de borrar, para subrayar y hacer anotaciones propias sobre los márgenes de las páginas, o para marcar señuelos para próximas relecturas con sus correspondientes signos: una flecha, una bombilla, un asterisco o el dedo índice señalando algún mensaje ineludible. Una tarea que siempre me ha producido grandes satisfacciones y de la que no he dejado de frecuentar. De un tiempo a esta parte he añadido una nueva herramienta: el rotulador fluorescente, que hará las funciones de palimpsesto en años venideros. Lo cierto es que cuando finalizo la lectura de uno de estos libros, descubro que lo leído se ha transformado en otro volumen, en un ejemplar reescrito y tuneado por mis incursiones. La mayor sorpresa se la lleva uno cuando al cabo de unos años retoma el mismo ejemplar leído y verifica que la mayoría de las huellas perduran y siguen reconfortándole.

Descubrí a Roger Wolfe (Westerham, 1962) en una de mis frecuentes visitas a internet, en este caso, explorando el catálogo de la editorial catalana Huacanamo. Un hallazgo que me ha hecho evocar mis lecturas convulsivas de Cioran, ya que algo de maldito encierran sus afiladas epifanías. Un inglés afincado desde niño en España que no pone reparos en aceptar las influencias del rumano, las de Bukowski o, incluso, reconocer la autoridad del entrañable y cascarrabias Baroja. Wolfe se inició publicando poesías con la obra Diecisiete poemas. Su producción poética alcanzó más de una decena de libros, el mismo número que sumó después entre el género narrativo y el ensayo.

Siéntate y escribe es un libro que al propio Wolfe le gusta denominar como ensayo-ficción, un subgénero que dice haber inventado gracias a su tarea de ir recogiendo ideas esparcidas por su vida, notas, apuntes de diario o pequeños poemas en prosa; una recolección de fragmentos vitales. Pero si algo destaca en su estilo es que es un escritor que escribe con el oído. Para él no hay mayor sostén del discurso escrito que el ritmo, y por eso siempre está atento a su sonido. Este género mestizo lo funde todo: prosa, poesía, aforismo, sentencia, hasta acercarse a una escritura todo terreno. Siéntate y escribe no es un libro corriente, es un texto valiente y descarado que recoge un compendio de reflexiones anotadas entre los años 2002 a 2008. Uno tiene la sensación, cuando lo ha leído, de haberse expuesto en un cuadrilátero y haber recibido golpes de todas las hechuras, tanto por la contundencia del discurso, como por su desnudez y crudeza. Es un libro que transita por la literatura, el arte, la sociedad, la política, y las relaciones interpersonales, en el que se conjugan las dos caras de la moneda: el lado particular y el lado de los otros. Para Wolfe el artista es ese solitario cazador de epifanías, incansable viajero en busca de revelaciones, hallazgos y alumbramientos.

Nos hallamos ante un libro nada moralista, pero que viene a ponernos en alerta y señala, sin tapujos, que la vida es una enfermedad que se cura con el tiempo, y que en muchos de sus pasajes nos advierte de la conveniencia de bajar el volumen del ruido mundano para escuchar los sonidos del corazón propio: aprende a auscultarlo; aprende a latir con él. Un libro que habla de literatura, de la tarea del creador, que no es más que tocar fondo en su propio corazón, pero sobre todo, Siéntate y escribe es una obra que habla del sentido de la vida, cuya razón de ser no es más que la combustión y en esa combustión habría que saber quemarse.



Roger Wolfe ha escrito un ensayo ameno, con un talento brutal y certero, tanto en el fondo como en la forma de expresarlo; un ejercicio literario sin grasa, para mejor digestión de los lectores; un libro que recala y que conviene leer a los atrevidos.