Mostrando entradas con la etiqueta Semblanzas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Semblanzas. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de mayo de 2017

Guía artística y sentimental

Se ha dicho alguna vez que los seres humanos somos memoria y lenguaje. La memoria aglutina y sustenta la experiencia de cada vida. En esos instantes en que se desgrana el tiempo, de una manera tan clara y contundente, surge, especialmente en la vida de escritores de raza, la necesidad de hacer presente momentos del pasado que quedaron latentes en el poso de la memoria, pendientes de su oportuno rescate. El libro es, sobre todo, un recipiente donde reposa el tiempo.

Jose Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926), uno de los escritores más fecundos e innovadores de las letras españolas en las últimas décadas, en su amplia vertiente literaria, que abarca la poesía, la novela, la memoria, el ensayo o la crítica, sabe y ha escrito mucho acerca del significado existencial del tiempo y de la memoria a lo largo de su dilatada carrera literaria. Los libros, para él, conservan la memoria, y, con ella, la posibilidad de trascender de los instantes de su propio tiempo hacia el espacio del diálogo, de su liberación, de su libertad creativa.

Su nuevo libro Examen de ingenios (Seix Barral, 2017) viene a corroborar la importancia de la memoria en su escritura. En esta ocasión, reúne un centenar de retratos de escritores y artistas hispanos del siglo XX con los que Caballero Bonald tuvo algún encuentro excepcional o mantuvo una relación más estrecha, principalmente en el campo literario. Algunas de las semblanzas aparecieron ya esbozadas con anterioridad en La costumbre de vivir (2001) o en los artículos recogidos en Oficio de lector (2013). Entre ellas hay nombres de músicos, cantantes, pintores y, sobre todo, escritores de diferentes épocas pertenecientes a grupos que van desde la generación del 98 hasta la del 50.

A un escritor de la estirpe del Premio Cervantes 2012, para quien el acto de escribir supone un trabajo de aproximación crítica al conocimiento de la realidad, como ya manifestara en 1968, y también una forma de resistencia frente al medio que le condiciona, este florilegio literario no le arredra para menguarse y mucho menos para atemperar su mordacidad e ironía. Cada semblanza tiene su propia dinámica y matiz, y eso le da una vivacidad insólita que el lector denota a medida que se adentra en cada una de las figuras retratadas. Algunos perfiles descritos salen algo mal parados, tales como Baroja, Eugenio d'Ors, Josep Pla o Leopoldo Panero, y otros, aunque distantes en el trato, salen mejor considerados, como Jorge Guillén, Juan Rulfo, Onetti o Lezama. No son tampoco santos de su devoción José Hierro, Gil de Biedma o Cabrera Infante, pero reconoce la valía literaria de sus obras. No se corta a la hora de destacar la excelencia de las primeras obras de Vargas Llosa, así como las de las novelas Don Juan y La saga-fuga de J.B., de Torrente Ballester, “dos experiencias estéticas muy válidas”, según su dictamen. Igualmente ensalza Mortal y rosa, la cima creadora de Umbral, su magnus opus, sentencia si ambages. De Cela, con el que mantuvo estrecha relación profesional en Palma de Mallorca en torno a la revista literaria que fundó bajo el nombre de Papeles de Son Armadans, dice que era “autoritario y megalómano”. Toda su literatura, añade, se ordena y gira pro domo sua.

El libro tiene, evidentemente, mucho de memorias complementarias, a la vez que el autor retrata a sus personajes, ellos hacen lo propio con él, de manera que el lector, a través de este elenco artístico tan distinguido, además de acercarse a los entusiasmos y reticencias estéticas que el autor va dejando por el texto a través de un examen brillante y pormenorizado de cada uno de los artistas que conforman su álbum de ingenios, también adquiere magníficos juicios sobre muchas de las obras de estos.

Examen de ingenios es un libro cuidado y ameno, de prosa admirable, llena de sutileza y humor. Caballero Bonald se vale de esa singular destreza, que muy pocos poetas gozan, como es la de tener una prosa brillante y exquisita. Gimferrer, gran admirador suyo, afirma que lo más destacable de él es el lenguaje en la medida en que éste se revela susceptible de ser a la vez condición y vehículo del conocimiento.

Este libro corrobora claramente esa determinación. Aquí, el autor de Manual de infractores propone un repaso vital en torno a la experiencia vivida y a la experiencia lingüística y personal de muchas otras figuras artísticas conocidas en el engranaje de su universo. No estamos ante una obra mayor, bien es cierto, pero no deja de ser un libro valioso y sorprendente, escrito con mucha perspicacia y picardía.


Caballero Bonald, valiéndose de ese caudal estilístico inimitable, se erige en un consumado maestro de la escritura capaz de cultivarla con esmero y sabiduría, desde la delicada cepa del lenguaje, y llega a crear un mundo propio en el que fructifica la palabra, como consigue sobradamente en esta guía artística y sentimental tan jugosa.

jueves, 12 de noviembre de 2015

El alcaloide del 98

Así llamaba el arrogante Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela (Iria Flavia, La Coruña, 1916 – Madrid, 2002) al viejo Baroja. Pero en esta ocasión, el lenguaraz escritor gallego lo hacía con cariño, respeto y devoción. Cela no tuvo reparos en admitir públicamente que, entre los varios maestros que tuvo, la figura de su admirado Baroja, el oso vascongado, como le gustaba también nombrarlo, ocupaba un lugar predilecto en su trayectoria literaria. Y esto no fue una declaración puntual y grandilocuente del autor de La Colmena, sino que jamás quiso olvidarse de él, como se refleja en muchos textos y artículos que redactó sobre el creador de Las inquietudes de Santhi Andía. “Un pionero y maestro del género narrativo, el último gran novelista español que sigue vivo en la memoria de sus lectores”, estos fueron algunos de los elogios encendidos que Cela pregonaba a cal y canto tras la muerte del escritor vasco.

La editorial Fórcola acaba de publicar un hermoso libro sobre los distintos textos que Cela firmó sobre Pío Baroja, una cuidada antología preparada y seleccionada por Francisco Fuster bajo el título de Recuerdo de Don Pío Baroja, donde se recogen semblanzas, artículos de opinión, anécdotas y una entrevista, también, muy reveladora y curiosa sobre los gustos artísticos del escritor donostiarra.

Para el mundo de las letras y, especialmente, para los lectores barojianos, la figura de Don Pío, más allá de ser un escritor enorme e intemporal que se lee mucho o poco, es, sobre todo, un mito. Este librito viene a constatarlo de una forma testimonial, porque para llegar a ese estadio, Baroja no precisó exponerse a la vista de todos. “Es el arquetipo de individualismo a ultranza –subrayaba Cela–, un hombre distante que ve el universo desde su atalaya”. Pero no solo eso, sino que “ignora el mundo físico de los demás –añadía–, porque su inmenso y diáfano mundo literario le permite vivir sin él”. En ese sentido, Cela no le tuvo en cuenta al maestro que veneraba que este declinara prologar su novela La familia de Pascual Duarte. Su rechazo nada tenía que ver con la calidad de la obra, sino con la censura. El viejo escritor le espetó sin miramientos: “yo no le hago el prólogo, yo no tengo ganas de ir a la cárcel ni con usted ni con nadie”. Camilo siempre demostró ser un incondicional de Baroja, incluso escribió una carta al rey de Suecia promoviendo su candidatura al nobel de literatura. De joven fue un asiduo visitante de la casa de Ruiz de Alarcón, su última residencia. Allí también veló su féretro junto a Hemingway y a otros fieles allegados y, el 31 de octubre de 1956, cargó a hombros con sus restos camino del cementerio.

Pío Baroja, como escribió su sobrino Julio Caro Baroja, creía que la vida, empezando por la suya propia, aparte de ser una cosa amarga y dura, era irreductible, contradictoria, llena de vacíos y fiascos. Para él, la acción podía, en algunos casos, darle sentido a la vida, en cambio, la razón, casi nunca. Ante la muerte mantuvo una actitud siempre fría y distante, como una servidumbre más de la existencia. Julio agradeció a escritores como Cela, González-Ruano, Pérez Ferrero y otros la devoción inquebrantable que sintieron hacia su tío.

Recuerdo de Don Pío Baroja encierra un compendio de opiniones y semblanzas que Camilo José Cela desplegó sobre el autor de Desde la última vuelta del camino, y, aunque hay opiniones y párrafos que se repiten en algunos de los textos escogidos, algo común en el escritor gallego que echaba mano de ellos sin menoscabo, ni reparo, en nada desmerece su valor literario e histórico. Cela desgrana, por activa y por pasiva, su gusto y adicción por la obra barojiana, desvelando sus secretos estilísticos y el espíritu individualista e indomable que el escritor vasco siempre imprimió a las historias de sus novelas, ese valor tan suyo henchido de sinceridad y autenticidad. La novela de Baroja, a pesar de su estilo desaliñado, funciona, y, como decía Antonio Machado, no se le cae a uno de las manos, porque el lector descubre que los personajes hablan por su cuenta y se hacen dueños de la historia. Cela fue un continuador de esa estirpe de escritor de raza, egótico y displicente, quizá el último bastión del espíritu novelesco del 98, algo que llevó con desparpajo y nunca disimuló en vida.

Cuando uno descubre una nueva publicación en torno al autor que admira, como es el caso de este entrañable viejo cascarrabias, se da cuenta de que aquellas lecturas adictivas que inició hace ya mucho tiempo, como El árbol de la ciencia o Las noches del buen retiro, no fueron en balde, porque lo que nos contaba tenía alma y acción, vida e historia: Literatura, con mayúscula, y eso inevitablemente es lo que lo convierte en un escritor memorable e inmortal. [Reseña núm. 250]


sábado, 4 de enero de 2014

Baroja se moja


Empezar el año leyendo o releyendo a Baroja (San Sebastián, 1872 – Madrid, 1956) es rescatar a este apasionado individualista, ácrata y cascarrabias; es recuperar el ayer de un agnóstico que habla en presente y que retrata tan bien a los protagonistas de su tiempo como se puede ver en el bosque animado de Semblanzas, un texto editado en el entrañable sello barojiano Caro Raggio y prologado por Francisco Fuster, donde se recopila un buen número representativo de aquellas biografías literarias, en formato breve, trazadas a lo largo de la vida del novelista vasco. Estas semblanzas han sido extraídas de algunas obras de Baroja, en especial de los ocho tomos de sus memorias y de uno de los libros más celebrados por los críticos: Juventud, egolatría.

Entre los primeros personajes de esta antología destacan Azorín y Ortega, dos grandes excepciones del elenco de prosistas y novelistas que el escritor donostiarra detestaba en su época, como podemos constatar en los retratos demoledores que traza sobre Unamuno y Blasco Ibáñez. Había tenido amistad con Valle-Inclán, aunque discutían mucho sobre literatura. Una de sus frases favoritas del autor de El árbol de la ciencia para opinar de algunos de los personajes que desfilan por estas Semblanzas era: “Es una lata”, según nos cuenta Julio Caro Baroja en su memorable libro, Los Barojas.

En el orden estético, Baroja, de joven, había pagado tributo al Arte. La pintura le había entusiasmado y, desde 1899, fecha de su primera estancia en París, le eran familiares los impresionistas. Pero cuando habla de otros artistas da rienda suelta a sus afinidades y antipatías, algo natural en el vasco, que nunca tuvo odio a nadie. En su madurez Pío Baroja no tenía más que un amigo artista, Juan Echevarría, pintor bilbaíno, para quien posó una y otra vez. Pero Echevarría murió pronto y así terminó otra posibilidad de trato social. Baroja se relacionaba casi con más gente en Vera que en Madrid. A veces Ortega llegaba para llevárselo con él unos días y así sacarlo del hogar donde permanecía adosado días y noches.

De Solana rechazaba su cuquería e ingratitud y criticaba el retrato que éste hizo de Unamuno por su falta de autenticidad. Decía que su pintura parecía un poco pastiche. Baroja no estaba contento con casi nada: ni con la política, ni con la literatura, ni con el arte, ni tampoco con las costumbres de la gente. Pensaba en el pasado y en el porvenir. Su carrera de médico, también, había sido un fracaso, sin embargo de los veintiocho a los cuarenta y dos años (de 1900 a 1914) fue el período más fructífero de toda su carrera literaria.


Lo más extraño en Baroja es que también como articulista engancha del mismo modo que lo hace con su narrativa. Estos aguafuertes literarios son prueba de ello. En Semblanzas aparece el trazo duro, firme y sobrio suyo, enemigo de la retórica y de todo artificio que, para bien de los que nos sentimos barojianos, sigue latiendo, como se comprueba sobradamente en esta interesantísima recopilación de retratos de artistas y literatos de aquella España tan convulsa que le tocó vivir.