martes, 27 de diciembre de 2016

Cuentos suspensivos

El microrrelato es un género que requiere concentración y cuidado intensivo por parte del lector. El lector distraído se perdería si lo leyera en un santiamén, al tratarse de un texto claramente elíptico. Precisamente ahí reside su misterio, y por eso exige que el lector se incorpore activamente al texto, desde el título de cada pieza hasta su punto final, para resolver el enigma que se plantea, para rastrear en el puzzle narrativo propuesto por el autor y encajar las piezas que pudieran faltar en el mismo. El microrrelato, como subraya Andrés Neuman, necesita de lectores valientes, es decir, que soporten lo incompleto.

En Voces para un tímpano muerto (Talentura, 2016), Miguel A. Zapata (Granada, 1974) parece advertirnos desde el título de su obra de que asistimos a un memorial narrativo complejo en los límites de la creación. El libro contiene un buen puñado de piezas en las que lo personal y lo universal alternan entre sí, a veces con rango surrealista, a veces con cariz enigmático, y otras muchas con absoluta intención desquiciante. El lector, por exigencia del guion, ha de estar dispuesto a padecer fiebre, ruido y mudez, pero también ha de estar atento a lo insólito y a las salpicaduras de humor negro en muchos instantes.

Zapata posee un extenso curriculum de cuentos y microrrelatos que se prolonga a toda una década dedicado a la narrativa breve. Destacan en su producción cuentística Ternuras interrumpidas (Fabulario casi naif) (2003) y Esquina inferior (2012). Es también autor de los libros de microrrelatos Baúl de prodigios (2007) y Revelaciones y Magias (2009), así como de la novela, Las manos (2014), una historia épica de un hombre con aspiraciones a héroe, que emprende un viaje homérico en busca de una misión extravagante: recuperar la Copa del Mundo de Fútbol que ha sido robada.

Su vuelta al género breve, un escenario por donde se mueve a sus anchas, es para sus lectores más fieles toda una celebración. En estas voces reunidas, el autor, además, incluye varios collages, obra de su padre, como separata de cada uno de los cinco bloques que componen el libro, un conjunto de ochenta y tres microrrelatos que encarnan historias mínimas del pasado, presente y futuro de la vida de su autor, plasmadas a golpe de espejismos y evanescencias.

El lector descubrirá que al escritor granadino le basta una imagen de partida para trazar su relato. La clave está en aprovechar esa instantánea imaginativa, mayormente enigmática, que propiciará el tono y el enfoque narrativo preciso a su epifanía.

¿Qué encontramos en estas Voces para un tímpano muerto?: un buen puñado de historias reducidas, desconcertantes, anómalas, microhistorias empapadas de reflexión poético-metafísica, bajo un lenguaje incisivo y pulido, donde la síntesis y la elipsis son sus ejes, dos aspectos que Miguel A. Zapata domina con solvencia. En este volumen tan poliédrico hallamos personajes con intentos heroicos de resistencia, con formas desusadas de amor y frágiles ante la carne. Vemos a una madre volcando su tiempo sobre una cuna amenazada por incontables peligros, igual que descubrimos peleas y reconciliaciones domésticas. Pero también nos topamos con el juego loco de un ser extraño que colecciona los ojos de la gente que ama. En otra pieza, el ansia felina de otro amante malogra su relación sentimental. También una divinidad fantástica llamada Sdoi, hacedor de seres y enseres, tendrá sus momentos de gloria, al igual que la estatua de la Libertad, vigilante del skyline de Manhatan, y protectora de los inmigrantes que se acercan a la bahía del Hudson...

En otros bloques narrativos del libro descubrimos las mutaciones de algunos miembros de una familia que entran en un cuarto oscuro y se transforman unos en otros, o la música envolvente que expande una madre por la casa para disfrute de todos los que la habitan, o los encuentros emocionantes de un niño con sus muñecos desmembrados y desperdigados por toda la casa, o la extraña sensación de sentir una grieta en la cabeza de uno por donde se escapan los recuerdos de la infancia...

En Voces para un tímpano muerto no faltan presagios apocalípticos, ni rondas de poetas dispuestos a encontrar el poema imposible, ni laboratorios cósmicos para mostrar los productos oníricos de los sueños y las vigilias de los hombres, ni tampoco faltan pasajeros obcecados en agotar el billete del tren de su vida, ni invitación solícita al pecado, o a tomar el té de las cinco de diferentes formas, hasta acabar en un microrrelato final apoteósico y revelador, bajo los compases de una música gregoriana.


Miguel A. Zapata firma un libro lúcido, claramente perturbador y nada complaciente, un conjunto de fábulas alucinantes y complejas, pese a su brevedad, en las que el gusto por el lirismo y la experimentación conforman su verdadera esencia narrativa. Literatura sin anestesia, en definitiva, literatura para atrevidos.

jueves, 22 de diciembre de 2016

La identidad, la ciudad y la escritura

El poeta John Donne afirmaba en sus Devociones que: “Ningún hombre es una isla completa en sí misma; todo hombre es un trozo de continente, una parte del todo”. El escritor, ensayista, artista plástico y fotógrafo puertorriqueño Eduardo Lalo (Cuba, 1960) es consciente del valor innegable que guarda esta reflexión. Él sabe que toda isla es una porción de tierra rodeada de deseos por todas partes, y sabe que todo isleño tiene algo de mitólogo, una característica propia del misterio que supone vivir aislado, y en cierto modo invisible, sin dejar de sentirse habitante de un continente a escala reducida.

Todo escritor sueña con tener una vida en la que aspira a crear artesanalmente un mundo, desde la soledad y el silencio, como si fuese una pieza de barro húmeda, moldeable, sutil. Hacerlo, además, desde la perspectiva insular, desde una isla casi invisible al mundo global, como Puerto Rico, significa mostrarlo de manera vindicativa, algo que Lalo ya había hecho con su anterior libro Los países invisibles (Fórcola, 2016), un soberbio rescate editorial, por cierto, donde sobresalen dos apuntes reflexivos que no pasan desapercibidos para el lector: “en todas partes se está, pero sólo en algunos sitios hay ojos”, o aquello de que “la invisibilidad es uno de los condicionantes de la historia y acaso hoy, en la era de la globalización, lo sea con mayor encono y maldad”.

La novela Simone (Fórcola, 2016), galardonada en 2013 con el prestigioso Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, acapara también parte de ese discurso filosófico y literario plasmado en Los países invisibles. En esta ocasión, como aprecia Elsa Noya, en el excelente prólogo del libro, el escritor puertorriqueño aprovecha el relato de una compleja historia de amor para mostrar su convicción de que toda literatura es exploración de la condición humana.

Simone propone un viaje impredecible por la ciudad de San Juan para mostrar la intimidad palpable entre la vida del narrador y el espacio urbano que le envuelve para establecer vías de comunicación en ese yo profundo y caótico, y el yo social que debe enfrentarse a solas con las normas establecidas. Pero ¿quién es esta Simone que pone título al libro? El nombre, tomado de Simone Weil, es una máscara, un antifaz sobre el rostro de una inmigrante ilegal china, Li Chao. Con ese nombre de la filósofa francesa, la joven asiática va firmando unos mensajes en clave que va dejando esparcidos por la ciudad de San Juan para que el narrador, escritor frustrado y anónimo, vaya desvelando en su deambular por las calles sus concomitancias con la inutilidad de la literatura que tanto ama y que tanto le condiciona en su manera de vivir.

Entre el misterio de estas notas y su conexión con lo que significa ser extranjero en un país, Lalo incardina una historia de amor y desencanto narrada en primera persona. La novela está escrita de forma lineal, sin división de capítulos, pero trazada en dos sesgos temporales: un tiempo presente al inicio en el que el narrador va registrando, a modo de diario, el acontecer de sus días con el fin de encontrar algún sentido a su vida insatisfecha, valiéndose de objetos dispares como una libreta, servilletas, facturas o tickets, y un tiempo pasado donde se cuenta la relación mantenida entre el escritor y Li Chao, apasionada de la literatura y del arte. 

Todo ello conduce a un juego de seducción literaria donde ambos se abandonan y asocian al tiempo que sus gustos y sus preocupaciones se dejan ver. A pesar de los lazos estrechos que se crean entre ellos, el detonante de ruptura no tarda en llegar. Para él, la relación simbiótica del individuo con la ciudad, los sentimientos de amor, pena y pérdida parecen coincidentes con Li Chao. Sin embargo, las particularidades sociales de esta mujer, marcada por la revolución cultural llevada a cabo en su país de origen, pondrán el contrapunto final a la aventura. Esta determinación hará que el escritor repliegue de nuevo sus inquietudes girándose hacia la misma ciudad que propició su debate existencialista, pero ahora experimentando nuevos retos sobre la identidad, la pertinencia del lenguaje y la globalización.

Simone es una novela íntima, un libro nada amable y de lectura exigente, una historia de amor y literatura trazada bajo las coordenadas de un mundo globalizado, en donde la identidad sobresale como eje de la trama. La ciudad, la esperanza, el amor y la vida de sus protagonistas aspiran a ser visibles y tenidos en cuenta, más allá de sus orígenes y de la distancia entre ellos, pero el azar es caprichoso y, casi siempre, esquivo.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Locura y amor

Hay libros de poesía que sirven al autor para desprenderse de unos poemas que ha ido componiendo a lo largo de un tiempo, y que este recopila, a manera de antología, libros que, parafraseando al escritor Javier Marías, se escriben sin brújula. Pero los hay concebidos desde el principio con una temática muy concreta, como es el caso del que ahora nos ocupa. Se trata de Camille (1864-1943) de la autora chilena Ana Rosa Bustamante, gracias al patrocinio de Conarte y editado en septiembre de este año por Ediciones Kultrún.

El libro está dedicado a glosar la figura de Camille Claudel, en el sentido musical de la palabra glosa: variación libre sobre un tema. Que el lector que se enfrente a este poemario no vaya a buscar en él una biografía de Camille, sino una serie de acercamientos a su figura, de interpretaciones libres sobre sus estados de ánimo, sus emociones y sentimientos interiorizados.

Camille Claudel era hermana del célebre poeta francés Paul Claudel. Fue una artista libre y apasionada que se dedicó en cuerpo y alma a la escultura y se convirtió en modelo y musa de Auguste Rodin. Su obra fue altamente valorada en los ambientes parisinos. Pro pronto cayó en una serie de crisis nerviosas que la llevaron a un sanatorio y, posteriormente, a un manicomio del que nunca más saldría.

La obra de Bustamante, compuesta por sesenta y un poemas de extensión desigual en versos de métrica libre, contiene momentos encendidos y apagados de la vida apesadumbrada de la escultora. Los poemas son todos de origen onírico, surrealistas y de una fuerza que nos aproxima al mundo tortuoso por el que se desenvolvió la artista: “Vomito polvo./ Un túnel abandonado y su esplendor por los lados, / esa atrevida oscuridad...” Más adelante habla de sus condiciones de trabajo: “Los hilos dorados de mi falda sin cuarto de lujo/ sin sueño ni posesión que lucir en público / ni ceremonia, ...” y de su obra misma afirma: “En ellos quedó mi vida, / sus artimañas, sus cabezas, / y no encuentran una fosa común.”

El amor, por otra parte, encuentra su expresión más desolada en el poema El beso de mármol, donde la autora, mediante la voz de Camille hablando de las sensaciones que esta siente cuando su amante sube la escalera, se va acercando hasta el goce carnal, hasta que ella queda rendida a “tu forma de esculpir el beso en mármol, / y rendir la rosa en la leche.”

En los versos finales la decrepitud de Camille se hace presente en el poema Cabello gris: “Cabello gris / tengo sueño”, o el el titulado En mi encierro: “En mi encierro palpo tu mentón, / lo contemplo en la edad madura de mi bronce / …/ y no sales del abismo aún, donde me tienes,...” Como un testamento de la escultora se puede leer el poema que pone cierre al libro: “Nunca mi bronce al mercader ni al artista / nunca la huella de nuestros cuerpos en la materia moldeados /.../ quién más que yo recordará que nací para siempre, / una mujer entre luces de otra oscuridad, / otro mar en el mar.”

Ana Rosa Bustamante firma un libro hermoso y sentido que encarna, desde su visión poética, el universo anhelado y la triste realidad de una vida artística malograda, como lo fue la de Camille Claudel, una mujer que vivió en la más extrema soledad y que merecía algo más que el abandono y el olvido.


jueves, 15 de diciembre de 2016

Ménage à trois

Al regresar el poeta Juan Ramón Jiménez del viaje que hizo a los Estados Unidos para casarse con Zenobia llevaba consigo un nuevo libro que había comenzado antes de partir y que terminaría felizmente ya de nuevo en España: Diario de un poeta reciencasado. La crítica dijo en su momento que con este libro había comenzado una nueva vida en la poesía española, un “incendio poético” dijo uno de sus críticos.

JRJ es, junto a Bécquer y Rubén Darío, el poeta de más reconocible ascendiente en el ámbito de la poesía contemporánea en lengua española. Ningún otro poeta de nuestro pasado siglo XX compite con él en la fijación de un paradigma que fue generando sus propios modelos estéticos hasta convertirse sucesivamente en una referencia ineludible.

Introvertido e hipersensible, el poeta de Moguer fue sobre todo un consumado ejemplo de apasionada y excluyente entrega a la actividad creadora. Nunca dejó de afanarse en su incansable tarea de corrección y reordenación de su obra viva, consagrado a una imposible lucha por alcanzar lo completo y lo sublime. “Intelijencia, dame/el nombre exacto de las cosas”, dos versos suyos que resumen su obstinado anhelo. A ese estado llegó JRJ en un proceso lento y constante, apoyado en una frase de Goethe que el propio poeta escogió como lema: “Como el astro, sin precipitación y sin descanso”.

El filólogo, escritor y poeta José A. Ramírez Lozano (Nogales, Badajoz, 1950) acaba de publicar Los celos de Zenobia (Pre-Textos, 2016) un relato sobre los primeros años de matrimonio de JRJ, galardonado con el Premio de Novela Breve Juan March Cencillo 2016, un libro divertido en el que el novelista extremeño trata de desmitificar al astro recreando sus manías y obsesiones, bajo la atenta mirada de Zenobia, la mujer que tanto se negó a sí misma para entregarse en cuerpo y alma al maestro en busca de la poesía pura que representaba el alma creadora de su marido.

La gracia de este libro estriba en los diálogos vívidos entre el poeta, Zenobia y el recadero de sus pesquisas, su amigo del alma Juan Guerrero, un hombre dispuesto a cumplir los designios del poeta: rescatar todos los ejemplares de sus primeros libros impresos, dispuestos en bibliotecas y en casas de escritores amigos, para su revisión y custodia. Su obsesión, en busca de la excelencia de la poesía pura, le conducirá a un empeño delirante, nada ajeno a la extravagancia y a las pulsiones enfermizas de un maniático consumado como él mismo.

Deja entreverse en la novela cómo la exigente y fervorosa manera de entender y vivir por el artista el trabajo creador le supondría un aislamiento y un retiro total, un deliberado apostolado de soledad propio de eremita, que lo llevaría a ausentarse de lugares y a escurrir todo contacto con ese mundillo poético tan propicio a la visibilidad y a las poses.

Ese trajín obsesivo de búsqueda juanramoniano, Ramírez Lozano lo aprovecha para inventar el personaje de su historia, la poesía impura, que en la novela viene representada por una becaria norteamericana, una joven incauta y algo lasciva a la que pondrán coto el poeta y su esposa Zenobia, para encauzarla y consagrarla en la pureza.

A partir de aquí, el ménage à trois está servido, representado por el matrimonio y la poesía, la becaria es la metáfora. Por sus páginas desfilan personajes literarios relevantes: Unamuno, Azorín, los hermanos Machado, Pepín Bello, el torero Sánchez Mejías y unas cartas de Neruda animando a la hermosa americana para que escape a Sevilla con el célebre matador. Entremedio, JRJ confiesa a su esposa cómo deplora sobrellevar su segundo apellido, Mantecón, un trino silábico que le horroriza y denigra.

Los celos de Zenobia es una novela divertida, amena y jugosa, escrita con la savia lírica necesaria para poner tono y voz a un ser excepcional, exquisito y enfermo de poesía por dentro y por fuera como lo fue el Nobel español. Ramírez Lozano propone un divertimento literario con mucha gracia y talento.


domingo, 11 de diciembre de 2016

Levantar la voz

Decía Unamuno que “hay que vivir de modo que la muerte sea una injusticia”. El libro que traemos hoy a esta bitácora de lecturas posee ese sentimiento trágico de la vida que tanto le acuciaba al escritor bilbaíno, pero, en este caso, la ignominia y la crueldad de los sucesos que se narran en él, sobrepasan la esencia natural de esa filosofía tan unamuniana referida a la lucha por la vida. El narrador de Noviembre (Tusquets, 2016) dice al principio, y lo recalca al final, que esta historia debería empezar en 1948, cuando un cura les habló del lejano país El Salvador a unos seminaristas y les preguntó quién querría venir con él al seminario de Santa Tecla. Inmediatamente, un tal Ignacio levantó la mano.

El jesuita Ignacio Ellacuría fue un filósofo, escritor y teólogo español que se entregó en cuerpo y alma a abanderar una salida negociada al conflicto de violencia y guerra civil que atravesaba la nación centroamericana en los años ochenta del pasado siglo. El asesinato del arzobispo Óscar Romero ocurrido en 1980, mientras celebraba una misa rodeado de cientos de feligreses, supuso una conmoción nacional y la radicalización política de El Salvador. A finales del mismo año, Ellacuría sale del país deportado a España. Desde entonces, el destierro, como así lo sintió, lo aprovechó para dejar oír su voz por Europa y dar a conocer algunas obras de su gran maestro Xabier Zubiri, sin olvidarse de hablar del conflicto salvadoreño y su defensa de la Teología de la Liberación representada por el apostolado ejercido por el malogrado arzobispo Romero. Esto le granjeó la enemistad de los poderes fácticos de aquel país que le obligaron a poner tierra de por medio, amenazándolo, con insistencia, a que no levantara la voz.

La nueva novela de Jorge Galán (San Salvador, 1973), Noviembre, está inspirada en los trágicos sucesos que conmocionaron a El Salvador, a toda Latinoamérica y a medio mundo en 1989, perpetrados por un pelotón del batallón Atlácatl de las Fuerzas Armadas de El Salvador, bajo las órdenes del coronel René Emilio Ponce, que un 16 de noviembre asaltó, en la tranquilidad de la noche, las instalaciones de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) para consumar el mandato de asesinar a sangre fría a seis jesuitas y a dos mujeres del personal al servicio de la comunidad. Entre estos, se encontraba Ellacuría, que había regresado a El Salvador tres días antes para intentar mediar en favor de la paz y la convivencia. El gobierno, inmediatamente, culpó a la guerrilla del FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) del múltiple crimen.

Noviembre cuenta los pormenores y las consecuencias de aquel acto vil, por medio de un narrador sigiloso que se acerca y escucha a un amplio número de voces que llegan de diferentes posiciones, todas ellas relacionadas con los sucesos de aquella noche de aquel fatídico jueves de 1989, hasta convertir en testigo de excepción al lector, que ve y escucha conmocionado lo que antecede al momento trágico de todo aquel derramamiento de sangre.

Los protagonistas se convierten en los verdaderos narradores. Galán requiere que la voz narrativa de su novela esté en manos de una especie de mediador, para que la historia esté contada por aquellos que la vivieron y que la padecieron. La dificultad de reconstruir narrativamente aquel terrible puzzle tuvo su recompensa final con el testimonio insólito del expresidente Alfredo Cristiani, que le entregó a Galán la pieza clave, guardada bajo secreto durante mucho tiempo, veinticinco años, nada más y nada menos, que culminaría su proyecto narrativo: los nombres de los autores intelectuales de la masacre.

Lo que se cuenta aquí es, sobre todo, una historia humana, honesta y auténtica, donde el dolor y la impunidad son descomunales. Noviembre es un libro bien documentado, urdido bajo una investigación exhaustiva, con un arranque poderosísimo, pleno de intensidad y dramatismo. A este inicio se suman los testimonios de personas comprometidas con la verdad, como José Mª Tojeira, sacerdote próximo a los asesinados; Jon Sobrino, compañero de Ellacuría y otros muchos que han querido permanecer en el anonimato.

Noviembre es una estupenda novela, de gran dureza narrativa, un libro audaz y valiente que pone luz y taquígrafo a todo lo que sucedió en aquella deplorable noche, una verdad histórica que ha producido gran malestar en muchos estamentos del país salvadoreño.


Levantar la voz en pro de la verdad supone asumir el riesgo de amenazas. Jorge Galán se atrevió y pagó sus consecuencias teniendo que huir, dolorosamente, de su país. La buena literatura, ya se sabe, nunca es arbitraria, pero en benditas ocasiones, molesta mucho.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Arte y vida

El período transcurrido entre el año 146 a. de C. y el asesinato de Julio César en el 44 a.C., en especial los últimos treinta años, marcó el punto álgido de la literatura, la cultura y el arte romanos, según nos cuenta la catedrática Mary Beard en su último libro SPQR. Una historia de la antigua Roma (Crítica, 2016). El poeta Catulo –subraya la historiadora británica– escribía lo que todavía se considera parte de la poesía amorosa más memorable del mundo, dirigida a la esposa de un senador romano cuya identidad, sin duda sabiamente, ocultó bajo el pseudónimo de Lesbia.

El escritor Antonio Priante (Barcelona, 1939) publicó en 1992 Lesbia mía, la historia amorosa de este gran poeta con Clodia, hermana de Publio Clodio Pulcro, el mayor enemigo de Cicerón, una novela histórica en la que el amor, la política y el destino se focalizan alrededor de los devaneos que esta bella mujer, esposa de Quinto Metelo Céler, mantiene con el poeta de Verona y con otros muchos. Se rumoreaba que Terencia, esposa de Cicerón, sospechaba de las relaciones de su marido con la hermana de Clodio. Era, por tanto, una mujer atacada y admirada al mismo tiempo, por ser una promiscua seductora, una intrigante manipuladora y una diosa idolatrada, incluso, por su propio hermano. Para Cicerón era la Medea del Palatino, una astuta definición que asociaba a la apasionada bruja infanticida de la tragedia griega con el lugar de residencia de Clodia en Roma. Catulo le puso el apodo de Lesbia en sus poemas, como camuflaje y en deferencia a la poetisa Safo, natural de la isla de Lesbos. Así comienza uno de sus poemas, que le sirvió al autor barcelonés para poner título a su obra: “Vivamos, Lesbia mía, y amémonos/ sin que nos importen las murmuraciones de los pérfidos viejos.../ Dame mil besos”.

El sello Piel de Zapa reedita, como ya lo hiciera el pasado año con El silencio de Goethe, esta obra de Priante. Pero en esta ocasión, la recuperación de Lesbia mía es un nuevo paso editorial para seguir contando con la presencia de este veterano y curtido novelista y al mismo tiempo darle la visibilidad que le corresponde a la calidad literaria de su novela, algo que andaba relegado, inexplicablemente, por el público en estos momentos.

La trayectoria literaria de Priante muestra su gran interés por figuras relevantes de las letras de todos los tiempos. Esto le lleva a indagar y a documentarse en estudios históricos para dotar a sus novelas de solvencia, no solo en la trama que plantea en cada una de ellas para encausar al lector en la aventura, sino también en la verosimilitud indispensable que ha de tener la novela histórica.

Lesbia mía reúne estas dos condiciones. Estamos ante una historia de amor y desamor, de intrigas políticas bajo la apuesta estilística de un hombre de letras que propone una nueva poesía amorosa. Lo que aquí se cuenta va más allá de lo personal y de los sentimientos de un poeta, porque lo que trasciende en el comportamiento de sus protagonistas tiene un reflejo claro en la vida social y política que condiciona la existencia y el destino de todos ellos.

Tomás Alcoverro, prologuista de esta nueva edición, destaca que Antonio Priante “ha hecho de la ficción del mito la realidad intemporal que se reitera en la historia”. Su libro, por tanto, transcurre en ese contexto, concretamente en la Roma de mediados del siglo I a.C. El autor propone una recreación de aquella época clásica a través de un género literario muy intimista, como corresponde al epistolar, sin caer en el sentimentalismo ni en la pedantería académica. La idea de Priante consiste en fundir una historia de amor, dentro del contexto político de la época, con el ideal poético de Catulo: la poesía no es más que la esencia de la vida.

La novela arranca con una carta de Catulo a su amigo Manlio Torcuato, cónsul romano, en la que le cuenta sus planes de retrasar su viaje a Roma debido a que ha conocido a una mujer de la que ha quedado prendado. La relación de los amantes se irá complicando. El tiempo transcurre y las vicisitudes de un amor imposible tampoco anda ajeno al trajín político por el que atraviesan otros personajes cercanos a ambos, como César, Cicerón, Catón o Clodio. Todos ellos intervienen en distintos pasajes alrededor de este apasionado idilio, pero tampoco escapan a sus intereses políticos y, al mismo tiempo, al hostigamiento entre ellos. Mientras Catulo sopesa su triste situación amorosa, al no ser correspondido en exclusividad por una mujer tan desmedida e infiel, la situación de Roma sigue su curso vertiginoso. Clodio asciende en política y propone leyes abusivas para el pueblo. Cicerón le hará frente. Son años críticos. La República se tambalea. La insidia, el contubernio y la venganza son monedas de cambio entre los políticos. César, por su parte, tendrá que sortear las traiciones hasta el límite de su fatal destino...

Lesbia mía es una pieza hermosa, intensa y reflexiva, con un tono confidencial de corte clásico, bien urdida, gracias a los diálogos y a las cartas que intercambian los diferentes personajes a lo largo de sus páginas. Priante rescata una época convulsa y excitante para el alma del poeta Catulo, un ser entregado al arte y maltratado por el destino. En este hombre apasionado, como se dice al final del libro, por boca de su amigo Cinna, “ha ganado el arte y ha perdido la vida”: un binomio mortal de necesidad.


martes, 29 de noviembre de 2016

Adicción al vértigo

En Ávidas pretensiones (2014), una divertida novela de Fernando Aramburu, hay un episodio en el que uno de los personajes, poeta atrabiliario, para más señas, trata de poner la verdadera distancia entre la poesía y la novela con la siguiente argumentación: “Para que el poema obre un efecto poético es indispensable que el lector lo asuma como propio. Si no, no funciona. Ocurre al revés que con las novelas. En ellas el lector puede a lo sumo identificarse con las figuras de ficción, en modo alguno asumir directamente la experiencia de estas. Te puedes reír de don Quijote, pero nunca serás el manchego que sale al campo de aquella época lejana vestido con unas latas de caballero andante. O puedes apenarte de Anna Karenina cuando se tira al tren, pero en todos los casos eres el espectador de una historia, conmovido o no, ese es otro asunto”.

Pero, ¿qué ocurre cuando el lector tiene entre sus manos una historia introspectiva, una narración poética de alguien que expone su propia biografía para sacudirse de aquello que lo abrasa y ahoga? Quizá ya no baste apenarte, como lo hiciste con la heroína rusa, ni tampoco compadecerte, como sobrellevaste las desventuras del caballero andante. Los artistas (Ediciones Baile del Sol, 2011) del poeta Javier Cánaves (Palma de Mallorca, 1973) es una novela sentimental y existencialista, con mucha carga lírica, que rompe en buena medida esa línea determinante que postula el personaje de la novela citada del escritor donostiarra.

En esa intersección, Julio Cantallops, el protagonista de la historia de Cánaves, explora la trastienda de sus vicisitudes: necesidad de huida, apagones creativos, malestar o fracasos amorosos... La voz del narrador en segunda persona, opresiva y propensa al recuerdo le interpela incesantemente sobre su inconsistencia artística, a pesar de haber conseguido algunos premios en varios certámenes literarios, pero también se invoca permanentemente al lector, no solo como confidente, sino como si fuera miembro de un jurado popular que examinara un caso.

A veces ocurre que llegar tarde a la lectura de un libro publicado hace tiempo y enlazar la reseña de dicho libro con una cita, escrita con posterioridad, para engarzarla en la misma, pudiera parecer un contratiempo, pero el azar propicia caprichosamente estos hallazgos que favorecen inopinadamente la perspectiva de lo que uno desea expresar sobre lo último que acaba de leer, especialmente, cuando obtiene suficientes réditos del mismo. El resultado para el lector no es otro que verse involucrado activamente en la encrucijada vital que propone el artista. En esta ocasión, Cánaves lo logra gracias a su prosa poética y al despliegue que hace de voces narrativas que vivifican la historia de su personaje, un ser apesadumbrado que no cesa de cuestionar el sentido de su existencia y la valía de su obra.

Hay capítulos, los más breves, narrados en primera persona por boca de Samantha Roten, una de las mujeres que Cantallops conoce en uno de los bares de copas que frecuenta. Los otros capítulos, trazados en forma de diario, sostienen al personaje en un estado de vigilia sobre la situación crítica que atraviesa su autoestima creativa. Aparecen también varios artículos que el personaje ha publicado en el periódico local, así como algún poema. Toda esta cadena de recursos literarios parecen anunciarnos un desenlace que invita a pensar hasta dónde será capaz el protagonista de aguantar y si resarcirá su incompleta trayectoria o asumirá directamente su propio descrédito.

Javier Cánaves ha escrito una historia que no se asienta en la impostura del mundo artístico, y eso no quita para que aparezca alguna mácula de artificiosidad en algunas opiniones de sus protagonistas. Pero debemos disculparla, habida cuenta de que son expresadas cuando el alcohol se hace dueño del desencanto que ellos mismos se brindan, y el autor no repara en evitarlo, dejando actuar como cree que debería hacerlo cada personaje cuando interviene.


Los artistas es un libro breve, lírico e intenso, una estupenda novela que tiene puestas las bisagras narrativas en la autoficción y sus goznes literarios en la difícil tarea de la creación artística y su reconocimiento. La adicción a ese vértigo conlleva incluso quemarse gozosamente.

martes, 22 de noviembre de 2016

Derrumbe y crispación

Es extraordinario cómo pasamos por la vida con los ojos entrecerrados, los oídos entorpecidos y hasta los pensamientos aletargados, escribe Joseph Conrad en su novela Lord Jim. Cuando las cosas han sucedido de una cierta manera nos convencemos de que tenían que suceder así, y entonces comprobamos que lo que dejó escrito el novelista polaco recobra vigencia en cualquier época y circunstancia adversa de la vida.

Todo cambia muy rápido y muy poco tiempo después ya nadie recuerda cómo eran antes las cosas y, por lo tanto, cree que han sido siempre así y que por sí solas se mantendrían invariables. En tiempos de abundancia nada importó demasiado mientras hubo dinero. Nada importaba de verdad. Podíamos estar gobernados por incompetentes o por ladrones –subraya Muñoz Molina en su incisivo libro Todo lo que era sólido (2013)–, o por ignorantes o por gente que reunía los tres atributos a la vez: por mal que lo hicieran los gobernantes, la economía prosperaba empujada por el doble espejismo del dinero barato y de la burbuja inmobiliaria. El dinero parecía caer de los árboles, hasta que llegó el vendaval financiero y quebró todas sus ramas.

Muchos libros se han escrito sobre la crisis financiera de esta última década e, incluso, se habla de novelas de la crisis, un fenómeno surgido durante este período de derrumbe económico que a tantos españoles arrojó al paro y a la desesperación. Escritores veteranos como Pedro Ugarte con El país del dinero (2012) o el desaparecido Rafael Chirbes con su novela En la orilla (2013) lo contaron con maestría desde el simbolismo de la antorcha del bienestar social que aparentemente imperaba y su reverso inseparable: la codicia que todo lo convertiría en fatalidad y abismo. Pero también escribieron del asunto autores jóvenes como Isaac Rosa en La mano invisible (2011), Pablo Gutiérrez en Democracia (2012) o Elvira Navarro en La trabajadora (2014), tres novelas fijadas deliberadamente sobre el eje de la debacle económica, la misma que desencadenaría la precariedad laboral y el desencanto social que aún perdura.

Ahora que se oye en algunos medios que lo malo ya pasó, y que la recuperación económica se deja ver, aparece Asamblea ordinaria (Libros del Asteroide, 2016), de Julio Fajardo Herrero (Tenerife, 1979), una novela que viene a proyectar las derivaciones y los efectos que todavía persisten, provenientes de esa realidad ya mencionada por las anteriores obras, eligiendo para ello la profundidad de los aprietos económicos que acucian la vida de sus personajes. Al escritor canario le basta poner ante el lector tres historias independientes, en tres grandes ciudades, capitalizadas por unos seres lastrados por la inconsistencia de sus vidas laborales, para mostrarnos las consecuencias afectivas, familiares y morales derivadas de la precariedad económica y social por la que atraviesan todos ellos en las diferentes geografías que habitan. Para conseguirlo, el autor se ampara en un recurso técnico audaz e imaginativo que sorprende al lector en los primeros capítulos. Cada uno de ellos alterna con una de las historias sin ninguna indicación explícita para el lector. Los treinta y seis episodios que conforman la obra se van dando paso unos a otros constantemente sin dar un respiro al lector. Todo parece articulado desde un artificio controlado y medido. Quizás este deliberado contrapunto impuesto al lector al tener que dejar una voz narrativa para entrar en otra en pocas páginas, exija al principio más atención de la cuenta. Después uno se acostumbra y supera esta pequeña dificultad. Las tres historias no guardan relación unas con otras, incluso están narradas en las tres voces literarias posibles, solo les unen la polaridad del contexto social común y todas convergen en el mismo marco temporal, aunque en puntos distantes, todo calculado para mostrar que lo que sucede en cada lugar es un problema colectivo que se repite en cualquier punto del mapa.

La primera de ellas está contada en primera persona y narra la historia de una mujer casada con un hombre en paro, sin cualificación laboral, que encuentra un afán liberador en los círculos de los nuevos partidos emergentes para justificar su existencia anodina y el fracaso estrepitoso de su vida en pareja. La segunda, escrita en segunda persona, versa sobre la fascinación que a un informático ingenuo y ambicioso le produce su jefe, un joven cercano y divertido, que irá aminorándose al tiempo que lo hacen sus condiciones salariales. La última de ellas, narrada en tercera persona, trata sobre un joven desempleado al que las circunstancias le obligan a instalarse en la casa de una tía suya, viuda, para sortear la penuria del momento.

Esta segunda novela de Fajardo aúpa su corta trayectoria literaria. Conviene, por tanto, no perderle de vista. Son muchos detalles valiosos los que el tinerfeño despliega en esta entrega: su tono narrativo es uno de sus logros, su estructura singular, su lenguaje conciso y claro también conforma un sumatorio destacable que prueba su valía y todos ellos constatan la importancia que tiene siempre la argucia formal a la hora de contar una historia, o tres en una, como es el caso que nos ocupa, para involucrar al lector en el interés por la aventura que se le ofrece.

Asamblea ordinaria es por todo ello una novela meritoria, un relato eficaz sobre la cruda realidad del momento económico que atraviesa la sociedad española, filtrada a través de una prosa depurada e incisiva que lleva al lector a palpar la conciencia de los seres que la habitan, personajes anónimos que declaran su malestar y crispación social en nombre de toda esa ingente cantidad de ciudadanos silenciosos, inmersos en igual derrumbe y precariedad.


martes, 15 de noviembre de 2016

Españoles en la URSS

El triunfo en octubre de 1917 de la revolución bolchevique en Rusia, liderado por Lenin y Trotski, creó un nuevo tipo de Estado, un régimen de repúblicas soviéticas que no solo cambiaría rotundamente el orden político y social de la nación más extensa y diseminada del continente europeo, sino que desataría recelo e interés máximos en el resto de los países del viejo continente, así como en muchos viajeros que no dejaron pasar la oportunidad de pisar tierras rusas para comprobarlo y, después, contarlo.

El próximo año, por tanto, se cumplirá el primer centenario de aquel trascendental acontecimiento histórico. El libro que acaba de publicar recientemente el sello Fórcola en su colección Periplos, El espejo blanco, del escritor e historiador Andreu Navarra (Barcelona, 1981) es un anticipo audaz a lo que se espera en fechas venideras: un aluvión editorial en los escaparates de las librerías en torno a la revolución bolchevique.

El libro de Navarra, en todo caso, propone un examen exhaustivo sobre el interés desatado por la revolución rusa en las esferas políticas e intelectuales españolas de aquel entonces, a través de la opinión de ilustres y distinguidos viajeros que se acercaron al territorio soviético para comprobar, in situ, el alcance de la revolución que llevaron a cabo sus líderes en las instituciones, el ejército y la policía, así como también, los excesos que la misma derivó sobre el resto de sus habitantes.

La influencia de la iconografía soviética en el imaginario colectivo de la izquierda española tiene su lado benevolente. Situadas a uno y otro extremo del continente europeo, Rusia y España, tan distintas entre sí, históricamente se han dispensado mutua simpatía. Desde el siglo XVI iniciaron relaciones comerciales, y, en el siglo XIX, llevaron a cabo numerosos contactos e intercambios culturales que se acrecentaron tras la revolución de 1917 y mucho más durante el período de la II República española. Bien es cierto que hubo viajeros e intelectuales de izquierdas españoles que tuvieron información de primera mano, mantuvieron lazos fraternales con la Unión Soviética e intentaron difundir su cultura en nuestro país.

En esta monografía, dividida en siete capítulos bien delimitados, tras una elocuente introducción para situarnos en el propósito del texto, el historiador barcelonés indaga en las diferentes razones de la extensa lista de viajeros que vieron, desde sus diferentes convicciones personales, lo que sucedía con aquel detonante revolucionario que a muchos de ellos les pareció urgente y necesario, habida cuenta del “contexto de ruina y agotamiento extremos” dejado por el mal gobierno zarista, pero a otros, pese a ello, lo que vieron les resultó un atropello cruel y contradictorio, impropio de un verdadero ideal comunista: el sometimiento feroz de sus habitantes a los designios del partido.

A Moscú, nos cuenta Navarra, llegó el novelista Juan Valera a curiosear el costumbrismo ruso, Francesc Maciá fue en busca de apoyo financiero a su movimiento revolucionario separatista, el republicano Luis Morote se desplazó con ojo crítico y habló en su libro de viajes de la situación rusa desde su óptica regeneracionista. Ángel Pestaña, en cambio, acudió en 1920 a una misión especial: adherir a la CNT a la Tercera Internacional. Las conclusiones del dirigente español al ver lo que allí se cocía en las alturas del poder fueron bastantes desfavorables. Sin embargo, Andreu Nin conoció a fondo los entresijos del poder en la Rusia soviética y fue el que más claramente se alineó con el comunismo incipiente. Ramón J. Sender, otro ilustre viajero, escribe lo siguiente: “en Moscú no se sabe dónde acaba el obrero y dónde comienza el soldado”. Fernando de los Ríos, por otro lado, hombre templado y racional, llega a la capital rusa en representación de una comisión socialista y escribe categóricamente en su libro de viajes: “Rusia intenta construir una Sociedad-estatal, más bien que un Estado-social”...

Son muchos los testimonios sobre las sensaciones y evidencias vividas por los intelectuales y políticos que se nombran. Todos ellos, algunos muy prosoviétivcos, escribieron sobre su estancia en aquellas tierras; hombres y mujeres que plasmaron sus entusiasmos o decepciones con el acontecer de la esperanza comunista, como Chaves Nogales, Josep Plá, Álvarez del Vayo, Dolores Ibarruri, Dionisio Ridruejo, Monserrat Roig o Vázquez Montalbán, y que pusieron su acento crítico o condescendiente en todo lo que veían y oían en la calle o dentro de los círculos dominantes, así como lo que se vislumbraba en el devenir de la llamada dictadura del proletariado.

En suma, El espejo blanco es un texto documental revelador, que no precisa de un lector especializado, pero al ser un libro minucioso y perspicaz rehúye de cualquier lector perezoso. Andreu Navarra firma un estupendo ensayo en el que su verdadero valor reside en el rigor de los archivos históricos que maneja, un conjunto bien armado de citas y notas que, a su vez, ponen voz a figuras relevantes de la reciente historia española del siglo pasado para conocer sus puntos de vista sobre el acontecer de la nueva Rusia revolucionaria y comunista. En 1989 la URSS se desintegraría, quién lo diría, y las esperanzas de los demás regímenes comunistas satélites se desvanecerían irremisiblemente, de igual modo.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Abundancia poética y meditativa

No hay dicha mayor para un lector que haber estado ocupado libremente un tiempo entre las páginas de un buen libro. Si se lee por placer hay que obedecer a las leyes del placer, la primera de las cuales, y tal vez la única, es la ley de la libertad. Cuando llega el hallazgo de ese gran momento que otorga la lectura cálida de ese buen libro, lo que ocurre es algo parecido a la sensación urgente de un rescate, de una oportunidad propicia que, aunque no certifique salvación de nada, atisba posibilidades de recompensa.

Los libros, por tanto, nunca son libros a secas: siempre son buenos o malos, o se sitúan en la extensa medianía. La literatura, en cualquiera de sus géneros y formatos, está ahí para descubrirse y ser juzgada por el lector. La buena literatura abre los ojos y abre caminos llenos de incertidumbre, y por eso es lo más parecido a la vida.

El lector que se adentre en este libro que mostramos hoy en el blog podrá entender lo dicho anteriormente e, incluso, podrá justificar el interés desplegado por su editor, Andreu Jaume, en el preámbulo. Poesía reunida. Aforismos (Lumen, 2016) conforma un volumen en el que podemos encontrar suficiente rescoldo filosófico a los asuntos candentes de la vida, expuestos en poemas indagatorios o en minúsculas breverías. Aquí se aglutina, por ende, la trayectoria poética y meditativa de Ramón Andrés (Pamplona, 1955) dispuesto en dos bloques bien complementarios: sus poemas y sus sentencias. Es un libro hermoso y sabio, editado con primor y con mucho gusto, que ofrece diálogo e introspección en abundancia.

Andrés, además de poeta y aforista, es músico, especialista en Bach y Mozart, entre otros compositores, autor del Diccionario de música, mitología, magia y religión (2012), un libro revelador y curiosísimo. En este mismo género ensayístico cuenta también con incursiones en el territorio de la filosofía y el pensamiento, y también escritos sobre la literatura espiritual europea y española, como es el caso de No sufrir compañía (2010), un tratado, a su vez, sobre la mística del silencio.

El libro se divide en dos partes: la primera es un compendio de su poesía inédita y la ya publicada con anterioridad, y la segunda está dedicada íntegramente a los aforismos, con tres secciones bien diferenciadas, como expongo más adelante.

La voz que transita por su poesía concita a la reflexión y a la quietud: “Quien empieza a escribir este poema/ y el que va a terminarlo/ no son el mismo hombre./ No lo serán, ni en el tiempo,/ ni en el espacio”, escribe el navarro. Y en otro poema más existencialista si cabe, titulado Siempre Génesis, que además pone nombre a su último libro, subraya: “No haber engendrado/ también es dar./ Nadie pasa sin haber legado, nadie/ carece de sonido./ No hay yermo estéril si alguien lo mira”... En otros, la naturaleza y el origen de sus versos tienen como escenario su tierra natal y el territorio vasco, como se muestra claramente en Faro de Selokozulua, Para mirar desde el monte Larrún o Puerto de Mundaka.

La segunda parte del volumen ofrece toda su producción aforística: Puntos de fuga (2012-2015), Malas raíces (2010-2015) y Los extremos (Lumen, 2011), una amplia profusión de frases felices, verdades irónicas y burlas sublimes. Andrés se mueve por este género con audacia, sin escurrirse hacia la ocurrencia fácil, ni caer en la máxima ampulosa. El énfasis de sus hallazgos lo ponen sus vislumbres filosóficas extraídas de lo cotidiano: “El mundo no nos puede sacar de dudas, un libro tal vez sí”, alumbra en una de ellos. “La muerte no está al final de la vida; está en su centro”, apunta en otra. “Pensar significa, casi siempre, apropiarse”, subraya con mimo. Y en esta: “Los errores fundamentales del género humano son la base de nuestras verdades”, rescata otra verdad filosófica, o bien suelta una perla lapidaria como esta: “Un buen libro es siempre una impugnación”. Por otro lado, conviene destacar la singularidad de los aforismos reunidos en Malas raíces, todo un ejercicio etimológico encomiable, divertido y perspicaz. Más allá de desmenuzar el origen de las palabras sometidas a reflexión y sentencia, Ramón Andrés se acerca certeramente y con gusto a las etimologías eruditas y populares de sus hallazgos.

La poesía y los aforismos reunidos en este libro está en consonancia con ese espíritu propio mostrado por el autor en su obra ensayística, es decir, en ambos casos, el poeta se interesa en indagar lo secreto, explorar el pensamiento desde el silencio y poner razón poética en todo lo aprehendido.

En un mundo donde todo debe cumplir una función, también tenemos necesidad de lo inútil, de la literatura, como evasión y entretenimiento, como introspección y diálogo. Persistir en ello es abastecerse de buenas lecturas. Este libro precisamente va en esa dirección.


domingo, 6 de noviembre de 2016

Rompiendo el hielo

Contrariamente a lo que piensan muchos, no se escribe para entretener, aunque la literatura sea de las cosas más entretenidas que hay a nuestro alcance, ni siquiera se escribe para eso que se llama “contar historias”, aunque la literatura, ciertamente, está llena de relatos geniales. No –dice con rotundidad Vila-Matas en Kassel no invita a la lógica (2014)–: “Se escribe para atar al lector, para adueñarse de él, para seducirlo, para subyugarlo, para entrar en el espíritu de otro y quedarse allí, para conmocionarlo, para conquistarlo...”

Hermano de hielo (Alpha Decay, 2016), de Alicia Kopf, nombre artístico de Imma Ávalos (Gerona, 1982), nos traslada con su primera novela a la verdad secreta que promete ese espíritu vilamatiano, tan afín a ella, sobre la razón de escribir y su sentido de romper el hielo. Kopf, contraria a ese victimismo de muchos de no poder contar su propia historia, se anima a ello yendo al centro de su intimidad contándonos una historia suya, pero desvelándonos primeramente su fascinación por aquellos grandes exploradores polares hechizados por el hielo, a los que nos aproxima narrando sus logros, hasta recalar después en el hogar de su vida familiar, en los detalles pequeños que todos observamos en la vida diaria, así como en las vicisitudes familiares que cada uno sobrelleva a su modo. Para simplificarlo, llamemos a cada una de estas observaciones una experiencia sensorial propia. La singularidad de cada una de estas sensaciones, y el modo en que la autora las superpone con las experiencias vividas, forman la base de la comprensión y disfrute de este collage narrativo.

Este libro, galardonado con los Premios Documenta 2015 y Llibreter 2016, este último concedido por el gremio de libreros de Cataluña, y editado con primor y gusto encomiable, es, por un lado, un viaje simbólico que hace la autora al casco polar, a través de distintos pasajes donde cuenta las hazañas llevadas a cabo por sus exploradores más emblemáticos y, por otro, una escapada solitaria y liberadora a Islandia. En ambos casos, persiste un afán de indagar y de confrontar las metáforas de todos estos retos en condiciones extremas con las propias dificultades de la vida y, especialmente con asuntos propios que se rebelan en cada caso como preocupaciones generacionales de todas las épocas: la familia, la identidad, el aislamiento, la precariedad, el riesgo o el fracaso. “En las diversas perforaciones a través de los estratos del hielo –confiesa la narradora–, llegué al origen más primario de todos nosotros, la familia”.

Kopf utiliza la biografía como material narrativo y, aunque el título lo sugiere y el libro esté dedicado a su hermano autista, la intención de la escritora no es tanto escribir sobre él, sino explorar con intensidad el espacio polar existente a través de las expediciones históricas de Scott, Amundsen, Shackleton o Louise Boyd, la primera aventurera en sobrevolar el eje de rotación de la Tierra, como metáfora de toda obsesión épica y de toda lucha interior. Quizás lo más significativo del texto sea su empeño entusiasta por hacer explícito el concepto que lo motiva, el origen del proyecto narrativo y la manera singular de plasmarlo literariamente: una primera parte documental, otra autobiográfica y la última, la más breve, relatada como un diario de viaje.

En Hermano de hielo hay, por tanto, auto-ficción y ensayo, pero también crónica, memoria y diario, con la intención decidida de secretar una historia íntima y familiar. Kopf, que se pregunta si al leer a los demás nos leemos a nosotros mismos y se cuestiona si es “hacia dentro o hacia delante donde miramos cuando escribimos”, hasta llegar a la conclusión de que no se escribe sólo por gusto propio, sino que quien escribe de verdad tiene conciencia de no estar solo en el mundo y, a ella en particular, como dice en la posdata final, este libro le ha supuesto una exploración y un alumbramiento necesarios.

Alguien dijo que escribir es hablar sin ser interrumpido. Alicia Kopf se apura en ello a sabiendas de que después del silencio, la voz es lo único que no le debemos a nadie. “Escribir –confiesa– es como tener un hacha con la que romper el mar helado que nos habita”.

Hermano de hielo es un artefacto literario sorprendente muy bien escrito, una novela simbólica, vívida y nada convencional, con mucha significación artística, que no dejará indiferente a quien se embarque en la travesía que propone: un viaje, sobre un iceberg narrativo, henchido de literatura, obsesiones, afectos y conquistas personales.