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martes, 6 de mayo de 2025

Leer y cavilar


Voy a decirlo sin cortarme un pelo. Soy un entusiasta lector de Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964). Su creación literaria es abundante: poesía, ensayos, aforismos y artículos. He podido leer todo o casi todo lo que se ha editado de su obra y, de una buena parte, he publicado reseñas o comentarios. Confieso que lo he hecho no por necesitar glosar su penetrante lucidez, sino para prolongar el placer o la cavilación que sus textos me procuran. Confieso que encuentro sintonía y entendimiento con esa escritura suya que me sacude e interpela y, a su vez, pone de manifiesto esa carga luminosa y ética que da sentido a sus palabras, que vivifica la razón de ser del pensamiento, desde el silencio y la propia soledad, desde el paso del tiempo y ese discurrir de la vida, tan próximo y cotidiano para darme a entender.

Es cierto que Sánchez Menéndez, escritor persuasivo y juicioso, inclinado, eso sí, a la emoción del concepto y sus metáforas, tiene una voz literaria reconocible, un leitmotiv habitual, una gramática que conjuga la importancia de la razón de existir, que consiste en estar en una perspectiva de entendimiento con el mundo. Le importa resaltar lo que se ha comprendido de siempre: la existencia como vida activa o como vida contemplativa. Sin embargo, insiste en que existir siempre será, de manera inevitable, una vida representativa. Es por esta idea central o guion, compuesto por notas y textos breves, por donde transita su nueva entrega, Fragmentos (Detorres, 2025), un libro poblado de ideas, epifanías, citas y sensaciones volcadas bajo una concepción de “lectura en lentitud, sin prisas, como alimento”.

Empezamos a leer y a poco que llevamos unos minutos, ya vemos cómo Sánchez Menéndez cree en la razón, dado que para él es un instrumento esencial para orientarse en la vida. Recala en cómo lo real, la emoción artística, las pasiones, los vislumbres del pensamiento y la conciencia nos dejan desnudos, “pero también confusos –escribe–, somos transmisores de dudas permanentes”. La justificación es clara: la verdad se da siempre bajo la importancia y la perspectiva de la palabra: “La palabra entre nosotros, y de la palabra a la lectura entre nosotros. Somos palabra, por eso somos lectura”. No se olvida que por delante del filosofar está el vivir. Por eso propone el poeta: “Vivamos las emociones. Son nuestras”. No por ello hay que renunciar a la razón. La razón, según él, es una herramienta indispensable del conocimiento, del entendimiento de la lectura como alimento.

Y es aquí, en la lectura, donde el libro alza su vuelo más intenso. El poeta percute no solo en el valor de la palabra como manifestación de la verdad, sino en la lectura como contacto con la vida, como conocimiento de uno mismo: Y por ello, sostiene que la literatura debe ser “una manifestación de la verdad”, un motivo suficiente para leer el mundo y reconocernos en él, para ensancharnos y sentirnos más reales. Nadie duda de que quien lee se siente acompañado. En ese mismo trayecto de compañía y soledad, la lectura acaba revelándose como algo que nos redime en muchas ocasiones de las incontables decepciones y reveses de la propia realidad. “El lector no nace, se hace”. Por eso mismo, insiste en que “hay que seleccionar las lecturas”, los libros que importan, los que nos conmueven y se convierten en un resquicio para entender un poco mejor el mundo o pensarlo de otro modo. Leer, como ya dejó dicho en otro de sus libros, “provoca afectos y, también, efectos”.

Esta es una de las ideas transversales que recorre las piezas reunidas en Fragmentos, alentar a la lectura, no solo como alimento, sino como un acto de amor a la vida y a uno mismo, que apela a esta otra verdad filosófica añadida de que en la lectura: “palabra y naturaleza se fusionan. Todo origen de la naturaleza está en la palabra. Y a su vez, el origen de la palabra está en la naturaleza”. Una vez más, Sánchez Menéndez nos conmina a entender la lectura como acto de posesión, de hacer nuestra las circunstancias de que “hay que dejar espacio al lector. Mucho espacio”, para descorrer el mundo y sentirlo más vivo y reconocible.

Por otro lado, hay lugar en el libro para transitar por las propias lecturas del poeta en las que no faltan alusiones a Cervantes, siempre aparece alguna mención de El Quijote en sus libros. También se cita a Cioran, a María Zambrano, a Baroja, a Rilke, a Mark Twain o a Séneca, entre otros, elogiando su amor a los libros: cum libelli mihi plurimus sermo est (tengo mucho que hablar con los libros). Igualmente, no se olvida tampoco de pararse a reflexionar sobre el aforismo, un género que cultiva con sigilo, para destacar la cierta vanidad reinante de algunos que se empeñan en alzar la voz sobre su esplendor, porque “no estamos en un nuevo Siglo de Oro del aforismo... Hay buenos aforismos, sí, y hay buenos aforistas también, pero son contados, y tal vez sobren dedos de una mano”, apostilla.


En resumidas cuentas, la sensación percibida de la lectura de estos jugosos Fragmentos es de correspondencia, es decir, de una relación vis a vis en la que el autor y el lector interactúan, lo digo por la invitación constante al subrayado y a la pausa. Por eso, abrir un libro de Sánchez Menéndez tiene mucho que ver con adentrarse en un mundo simbólico dispuesto a ser reinterpretado. Posee el don de la penetración, de la capacidad de descubrir lo propio de la vida en la razón, y lo tácito en lo aparente. Le importa resaltar que lo importante de la vida anda cargado de metáforas y experiencias. Por eso mismo acude a la metáfora, para representar el significado de las palabras escritas en términos de otras. Y por eso mismo, en su liturgia, lo que importa no es tanto lo que se encuentra en sus páginas, sino lo que significan para quien las lee y cavila.

viernes, 14 de junio de 2024

Desiderátum


Uno encuentra sintonía y entendimiento con algunas voces que interpelan y ponen de manifiesto esa carga sentimental y ética que da sentido a las palabras, sin pretensiones académicas, que vivifican la literatura desde la propia soledad, con algo de conjuro sobre el paso del tiempo, desde su universo próximo y cotidiano para darse a entender. En una de las entradas de Diario de K., dice lo siguiente Karmelo C. Iribarren, que viene a subrayar esta consonancia con la que algunos nos vemos identificados: «La literatura, mi afición a leer, me ha salvado de necesitar esos amigos que no lo son, de tener que llevar una vida social de ciudad pequeña que para mí hubiese sido un castigo insufrible. A cambio, la soledad. Una soledad, eso sí, poblada a mi gusto».

En la literatura suelen abundar las referencias, las alusiones, las intenciones más cultas o más populares y, quizá por eso mismo, las más ocultas, misteriosas y personales de las que el escritor dispone a la hora de contarnos lo que en verdad bulle por su cabeza, lo que siente y palpa, lo que le gusta y decepciona. Ocurre a veces que el oficio o el arte de escribir se escurre en su intento de encontrar símbolos para lo inefable. Y por eso mismo, el escritor tiene la obligación de elevarnos, de ampliar nuestros horizontes, de alentarnos, de rastrear en los pormenores de las cosas. El poeta y ensayista Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) es un escritor beligerante y crítico en ese sentido, al que no le importa arriesgarse y bajar a la arena de la realidad, desde la subjetividad de una mirada profundamente comprometida con la verdad y con la literatura.

Todas estas intenciones son motivos suficientes para seguir escribiendo y pulsando la realidad, algo que en Sánchez Menéndez es primordial para seguir confiando en ella como fuente de inspiración de su pensamiento y del imaginario de su literatura, de hacernos pensar que la realidad se compone de cosas y personas concretas, más que de ideas e intereses generales. Las guardas (Siltolá, 2024) contiene un buen repertorio de señales y razones de escritos sobre libros, poesía, autores, actualidad y cultura, dispuestos sin cortapisas, con aire de libertad, apuntando la mirilla sobre la realidad de lo que verdaderamente importa. El libro reúne una selección de artículos suyos publicados en el Diario de Córdoba, entre el 2013 y 2024, que ponen su foco e ideas, más que para sacarnos de dudas, para entrar con más tino en ellas: “La realidad es indivisible -dice, pero algunos se empeñan en partirla a trozos. La apariencia es conveniencia, y se funciona con apariencia por mera conveniencia”.

Encontramos elogio de la lectura, de los buenos libros, al igual que lamentos de una cultura menguante, tan necesitada de estímulos: “La ausencia de cultura nos dejará un hueco insalvable en nuestras vidas”, advierte. Pero también, por otro lado, festeja su confianza en los clásicos, en sus poetas celebrados y queridos con semblanzas y reseñas entusiastas, como las que firma sobre Ángel González, María Zambrano o Nicanor Parra, al igual que sobre otros poetas vivos por los que siente admiración, como Karmelo C. Iribarren, Juan Cobos Wilkins o Antonio Carvajal. En otra de sus piezas, que lleva por título Naturaleza, se para en resaltar su fervor por la lectura como alimento y consciencia, y matiza: “Pero no solo la lectura es alimento, la mera contemplación de la naturaleza puede enseñarnos infinitos matices... Que el ser humano madure en armonía es fruto de la naturaleza y del cuerpo de lecturas. Pero los libros hay que elegirlos con inteligencia, con la sabiduría de la propia elección”.

Las guardas despliega 82 textos, cada una de ellos nominado con el mismo título con el que apareció en la columna del diario, por donde transitan reflexiones, sentencias y reflejos de la realidad del momento vinculados al discurrir de la cultura, la edición de libros, los premios literarios, las librerías... No pretenden menoscabar lo que hay de verdad en todo ello, sino apuntar y apuntalar sus lances. Lo que le importa a Sánchez Menéndez es sacudir al lector y animarle en busca de la literatura de verdad, aquella “que está por encima de los criterios, y de los registros, y de los tonos, y de las entrevistas”. Y desde luego, insistiendo en que leamos a Cervantes, “que un buen libro es un compendio infinito de magia enriquecedora”.


Es lo bueno que tiene la literatura, en cualquiera de sus géneros y formatos, dar motivos al lector para probar nuevos incentivos. Y, desde luego, un buen libro de artículos, como este, se presta a ello, a desentrañar como piedra de toque lo que está pasando, a tamizar lo que importa, para seguir atento, para seguir siendo un poco más desconfiado. Las guardas es un libro afilado, lúcido y nada complaciente, que invita a una lectura participativa, a través del valor que suscitan sus páginas, desde el propio pensamiento y aceptación de que, aunque la literatura y los libros no nos salvan de nada, ni resuelven los verdaderos enigmas de la existencia, sin embargo, nos dan placer, nos abren cauce, aspiración y deseo de lo que aún no se ha cumplido.


miércoles, 25 de octubre de 2023

Razón y palabra


El mundo es obra de la Naturaleza, apela Lucrecio en su poema filosófico De rerum natura, para persuadirnos a ver el sentido de nuestra existencia, cuyo significado responde a entender que llegamos a la vida igual que llegan todas las cosas del mundo, como consecuencia de una vasta cadena de causas y azares. Nuestros clásicos nos confían una y otra vez el mismo mensaje con distintas voces apuntando que la palabra y la razón conforman el hechizo que explica el mundo, el vocabulario de lo que significa formar parte del mismo.

Uno tiene la sensación cuando lee al poeta, aforista y pensador Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) de que nos encontramos bajo el umbral de un clásico, de un escritor de antaño, experimentado en esa idea de explicar la esencia del mundo y su razón de ser, de alguien obligado a abastecer con argumentos la curiosidad del lector y empujarlo a dilucidar con la palabra y el pensamiento el cuerpo y el alma de las cosas, su pertenencia al mundo, al abrigo de la madre naturaleza. En su nuevo libro, Sobre la Naturaleza (El Bardo, 2023) percibimos un claro propósito a ese fin, y, también, un guiño de reconocimiento y admiración hacia el poeta y filósofo romano Lucrecio.

El libro, a su vez, constituye su séptima aportación a su obra en marcha Fábula, un proyecto literario en torno a la palabra y la vida que ambiciona alcanzar diez entregas bajo un conjuro deliberado de prosa poética, pensamiento y aforismos, por el camino de la meditación y el asombro. Y en esa senda emprendida de persistencia y vislumbres siempre hay un lugar para que concurran a la cita ecos de escritores, poetas y pensadores que importan al autor, como Platón, Parménides, Heráclito, Nicanor Parra y Cervantes, como exponentes de la contemplación, el entendimiento y la sabiduría: “Encontrarme con Dante, con Virgilio, con Rilke, con Leopardi. No son muchos. Son los necesarios. Las conciencias”.

Y es ahí, en ese conjuro literario, donde destacan las confluencias de esta nueva entrega. El poeta, mientras escribe a intervalos sobre el mundo y la vida, sobre la naturaleza de las cosas y la razón de la palabra, deja ver que, en la mirada y en la lectura atenta de los libros y la realidad del mundo, se encuentran las mejores referencias. El libro examina la riqueza poética que emerge de la propia naturaleza: “Aprendiendo a leer y aprendiendo a vivir. Solo se vive atendiendo, leyendo la naturaleza”. Para el poeta “Nada hay fuera de la naturaleza”, porque es ahí, en la ventana del mundo donde todo converge para él, donde todo se refleja: “En la naturaleza se concentra la vida, permanece la esencia, se conjugan los verbos”.

El libro despliega 86 piezas, cada una de ellas nominada con un título, por donde transcurren reflexiones, sentencias y reflejos de la realidad que importa, la que explora la cercanía y lo indecible de lo que nos rodea: “Eso es Fábula –subraya–. Un diálogo con las ideas”. Con ellas sacude al lector con razones y palabras que andan a ras de lo cotidiano del vivir, para incitarnos a la reflexión, a la lectura de todo lo que se insinúa a nuestro paso: “Yo creo en el lenguaje de los pájaros, en el de las flores, en el de las nubes”. Pero también, si es preciso, añadiendo algunas líneas más cuando se trata de exaltar la soledad y el silencio.


Hay una permanente ebullición, diría que trascendental y metafísica, en la escritura de Sánchez Menéndez, una poética aforística que aborda la verdad desde la contemplación de la naturaleza y la percepción del mundo, por medio de la razón y la palabra, a la que vuelve una y otra vez: “Todo cuanto sabemos se debe a la palabra, y la palabra es la naturaleza, el alimento que está exento de humo y de desvíos”. El lector se va a encontrar con un libro que nace del bagaje reflexivo y de las lecturas de su autor, así como de las propias concesiones de la experiencia de los años que le ha llevado a buscar la la mejor comprensión de todo lo que conforma nuestras vidas.

Lo que hay aquí son destellos filosóficos y sentido moral al son de la palabra y de la vida. Sobre la Naturaleza no es más que eso, una lectura de la vida desde la mirada y el entendimiento, bajo la idea de ampliar nuestra experiencia y “seguir perdiendo la inocencia”, como hace la poesía con la verdad.


jueves, 20 de julio de 2023

La vida es donde se está


Como cualquier poeta que aspira a ser auténtico, la voz de Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964), refleja una manera de entender y de considerar la vida como una forma de ponernos en contacto con los enigmas del vivir, de animarnos a mirarlos de cerca, a meditar sobre ellos y, de paso, a adoptar, en consecuencia, conciencia del mundo y actitud sobre lo que importa de lo que va descubriendo a la vez que escribe. En sus últimos poemarios, como El baile del diablo (2017) y Ese sabor antiguo de las obras (2022), igual que en sus libros de aforismos recientes Mundo intermedio (2021) y La Jaula (2023) sentimos al leerlos que hay allí toda esa estela de verdad honda característica de su pensamiento, de aquello que somos y nos concierne, que se reparte por igual entre lo muy visible y lo demasiado secreto.

Ese yo del poeta que habla desde su entendimiento, que se afana en mirar al mundo desde un estado de ánimo contemplativo, se vuelve a vislumbrar en esta nueva entrega que, bajo el título de 1335 días (Detorres Editores, 2023), evocación bíblica de El libro de Daniel, recala en esa idea suya de entender el mundo y la vida como misterio, como asombro que lo admite todo, como relato de todo lo que no sucede. Dice el autor al inicio de su primera pieza que “la vida es el conjunto de contemplaciones, de atenciones y de entendimiento del ser humano”. Pero aclara que es la palabra el cauce, el fundamento de entender las cosas. Por eso mismo, el poeta repara en que “todo cuanto puede contemplarse puede entenderse”.

Y así, conforme despliega sus asombros, por medio de una escritura poética y fragmentaria, que nos recuerda a la tradición filosófica de Walter Benjamin, Sánchez Menéndez indaga en el lenguaje, en la palabra como “esencia de lo finito y de lo infinito”, como sanación. Esa fascinación por el lenguaje como experiencia del mundo, como medida de lo indecible, se va extendiendo a lo largo de sus cuarenta y dos poemas en prosa que conforman el libro. No corta el vuelo a su razonar hermanando la épica de Homero o la poesía de Píndaro con la magia de Cervantes y de Proust, entre otros, para mostrar la capacidad que tiene la palabra, como los pájaros, entrando y saliendo de la jaula a su antojo, de alzar también sus alas al cielo y encontrar su propio tono para narrarnos otra manera reconocible de contemplar el mundo y entender su verdad.

En 1335 días se conjuga una poética en la que la conciencia, la duda, la exigencia y el entendimiento participan de una mirada contemplativa de atender lo que nos dice la más inmediata realidad. Vivimos en la mente, también, y contemplar nuestros asuntos mirando lo que nos rodea, nos viene a decir Sánchez Menéndez, da mucho para entendernos. Los poemas, como novedad, van acompañados de un código QR para poder ser escuchados en voz de su autor. La sensación que uno percibe conforme va acometiendo su lectura es haber tomado un rumbo que lleva consigo el eco y el silencio persistente de otros rumbos que vienen a confirmar que leer el mundo y prestarle atención es la verdadera forma de hacerlo comprensible.

La escritura de Sánchez Menéndez destila introspección. Hay un yo convertido en materia poética que da sentido a su obra en pos de decantar lo esencial de la propia existencia. Mirar a la naturaleza es leerla como hacen las aves, “y leer provoca afectos, y también efectos”, dice el poeta. Reflexionar y preocuparse del porqué de las cosas siempre está presente como algo inevitable de alguien bien abrigado por el pensamiento clásico, de alguien que se siente más lector que escritor, e inconformista en su quehacer literario, implicado más que en querer decir, en dar que pensar, para que la palabra recale en el lector.


Este es un libro vital, un texto traslúcido. Aquí no hay cerraduras al mundo. Aquí las puertas están bien abiertas. Hay que tener un motivo muy profundo para escribir un libro así, en los límites del yo lector y del yo poético como fuente de inspiración literaria, y no parece otro que estar sumido en “contemplar, atender y entender” lo que importa de nosotros mismos, desde nuestro interior. Y lo vuelve a repetir más adelante, porque para el escritor estos tres verbos viene a ser los principios de la vida del hombre.

He aquí, en síntesis, lo que el lector va a encontrar en 1335 días: un compendio poético breve, jugoso y reflexivo en el que su autor se muestra, una vez más, como un irresistible miniaturista del pensamiento que explora la palabra y el tiempo, lo oculto y lo aparente, con la verdad de saber que estamos hechos de laberintos y contradicciones.


martes, 31 de enero de 2023

Seguir estando, seguir siendo


El poeta y ensayista Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) se mueve en un territorio filosófico-literario en el que sobresale la fuerza de una voz personal atenta al razonamiento y a la experiencia crítica de la vida que se hace valer por medio de la exigencia de una escritura condensada. La suya disfruta de lo lindo con la geografía del aforismo. Se divierte con los límites de su composición. En sus fueros combina reflexión con ironía, inteligencia con humor, crítica y denuncia con remanso y placer. De ahí que tampoco renuncie a destacar la importancia que tiene lo callado y lo no dicho, como así nos recuerda: “El silencio debe ser el compromiso de la utilidad. Hay que insistir. Hay que seguir insistiendo. El silencio es encontrar la dulzura perdida: la libertad”.

No podía faltar aquí en La jaula (La isla de Siltolá, 2023), su séptimo libro de aforismos, esos ecos del silencio que, como deseo y potestad del saber vivir, surcan la mente y dialogan con nosotros mismos. El lenguaje del silencio, su tiempo y significados conforman un centenar de aforismos que decantan su esencia a modo de destellos y gestos, de simientes que cortejan lo indecible del entendimiento y de los sentidos, alternando lo insólito con lo frecuente, casi como plegarias: “El silencio es nuestra consciencia, pero también es nuestra confianza”; “El silencio es contemplar, es atender y es entender. El silencio es claridad”; “El silencio en la lectura es el paso previo al alimento”. Como ya dejó dicho en su anterior libro Para una teoría del aforismo (2020): “Baste una sola palabra para construir un aforismo, una palabra única: soledad, silencio, vacío, quietud...”

En paralelo a estas reflexiones, Sánchez Menéndez despliega otras secciones elegidas a modo de sucesión de oraciones y sentencias de una o dos líneas, apenas esbozos, trazos de observaciones de la realidad que exploran la cercanía y, de paso, el sentido último de la vida. Con ellas sacude al lector, subvierte el significado habitual de las palabras que andan ocultas tras lo cotidiano del vivir, para incitarnos a la reflexión, a la lectura de Cervantes y de Virgilio, y a todo lo que se insinúa a nuestro paso. Pero también, si es preciso, añadiendo algunas líneas más cuando se trata de exaltar la vida: “Existen diferentes maneras de vivir, de entender la vida, de comportarse, de disfrutar. La primera es estar pendiente de todo, intentar controlar, estar; la segunda es contemplar, a tender y entender. Solo la segunda nos acoge”.

De todo ese saber vivir, de ese concepto fragmentario de conocernos, de los que habla Goethe también se hace eco el poeta: “Unos piensan que la vida sigue siendo una melodía. En realidad, la vida tan solo es un instrumento”. En esa andadura vital de permanencia y esclarecimiento sobre el pulso de nuestra existencia está muy presente el sentido de la palabra escrita y de su relevancia: “La palabra es la esencia del concepto y en su naturaleza habitamos”. No es fácil calibrar el alcance de este libro durante su inicio y primeros compases. Hay que aguardar hasta haber concluido sus más de cuatrocientos aforismos para sopesar no solo la carga poética y filosófica de lo leído, sino también para apreciar su rescoldo y valía. Es un libro concebido con la idea de provocar la introspección de leernos un rato, de rumiar lo leído, para poner lumbre y sabor a la paradoja, a la verdad no dicha que transcurre, como si nada, por el hilo del presente.


Sánchez Menéndez nos pone delante de un espejo y defiende a ultranza el valor del silencio, de la lectura, de lo que nos rodea, con ideas y chispazos, no para salir de dudas, sino para entrar en ellas. En La jaula se pone mucho de esto en juego, mucho que pensar, para que cada cual entienda lo que quiera y sepa entender. Sus aforismos se dejan ver de nuevo como enunciados autosuficientes y autónomos que apelan al lector a que se involucre en una lectura recurrente, desde el propio pensamiento o paradoja que lo promueve convertido en piedra de toque, en resquicio y refugio de alguna verdad implícita. Diría que, en su esencia e intencionalidad, los aforismos que se hospedan en sus páginas tienen mucho que ver con sacarnos de nuestras casillas para remontar vuelo, con la idea de otear y rebatir lo que somos y pensamos.

Llegado al punto final de su lectura, sobreviene algo parecido a la sensación de volver de un rescate que, aunque no acredita salvación de nada, sin embargo, provee de la recompensa gozosa de un tiempo recobrado. Es lo bueno que tiene la buena literatura, en cualquiera de sus géneros y formatos, que sigue dando motivos para probar nuevos incentivos. Y, desde luego, un buen libro de aforismos se presta, como pocos, a refinar ese gusto recóndito que tenemos para condensar y simplificar la complejidad del mundo, lo que nos importa, para seguir estando, para seguir siendo un poco más de lo mismo.


lunes, 31 de enero de 2022

Decantación por lo breve


Si se entiende el aforismo como una muestra o expresión de la inteligencia, de la indagación, de la sabiduría, de la duda o del pálpito de la belleza, que responde con tanta sobriedad, como intensidad y precisión a un pensamiento hondo que transmite un descubrimiento o visión del mundo y de la vida, diría que Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) es, en esencia, un escritor de aforismos, un poeta con una pulsión propia por decantarse por lo breve. Basta leer sus artículos, ensayos o poesía para que salten a la vista del lector curioso los aforismos implícitos que afloran de sus textos de manera tan natural y abundante.

Todas estas resonancias han hecho que su obra literaria se asiente en un discurrir de preferencia en el que la intensidad expresiva de lo breve se imponga a cualquier tentación de largas divagaciones o inventario retórico sobre conceptos prolijos. Lo maravilloso que tiene esa predisposición suya es que el fogonazo que lo produce llega sintetizado por una extraordinaria economía lingüística y, ahí, en ese espacio delimitado, es donde mejor encuentra acomodo Sánchez Menéndez para sus epifanías, perplejidades y paradojas, como forma útil para decir lo que le parece y convertirlo en motivo jugoso de reflexión evocadora.

Mundo intermedio (Trea, 2021) se convierte en su sexta entrega aforística, un libro que continúa la senda fecunda de sus anteriores publicaciones: Artilugios 2017), La alegría de lo imperfecto (2017), Concepto (2019), Ética para mediocres (2020) y Para una teoría del aforismo (2020), pero, en esta ocasión, ciñéndose con más determinación e interés en captar esa idea sobre la realidad moral de todo aquello que de siempre creíamos saber y hoy por hoy deja paso a la duda o a un replanteamiento de otra posibilidad no captada anteriormente. Así viene a decírnoslo en el primer aforismo con el que arranca el libro: “Todas las verdades nos resultan elocuentes en el inicio de su necesidad. Después pierden su eficacia”.

En este nuevo volumen nos encontramos con más de doscientos cincuenta breverías dispuestas en ocho cuadernos, en los que se aglutinan sentencias, reflexiones, notas y proposiciones lacónicas que transcurren por ese estrecho hilo del presente. Cada una de ellas inicia su camino, precedida de una cita de uno o más escritores próximos a las lecturas del autor, como por ejemplo: Lichtenberg, C.S. Lewis, George Orwell, Ezra Pound, Martin Heidegger, Ovidio, Tolstoi o el mismo Homero. A Sánchez Menéndez le gusta dar a conocer al lector sus preferencias literarias. No le importa reflejarlo en sus aforismos, es más, lo propicia. Le importa cotejar sus coincidencias o reparos, sus reflexiones, sus conceptos o artilugios, como a él le gusta llamarlos, para decantar ideas que llegan del asombro, de la belleza, de una visión sosegada con cierto aire de melancolía, y contrastarlas con su propia observación de la realidad del mundo, sin conformarse con menos.

Sus aforismos, por tanto, se presentan como enunciados autosuficientes y autónomos que apelan al lector, exigiendo que este, como es propio del género, se involucre en una lectura participativa, a través del valor que suscita la frase, desde el propio pensamiento o paradoja que la sostiene, para convertirla en piedra de toque, como así se hace ver en estos tres ejemplos en los que se da cuenta del juego de la vida como pasatiempo sin que por ello se ajuste a reglas o a verdades absolutas: “La vida es una partida de ajedrez donde somos incapaces de ver el juego. Siempre estamos perdidos y sin ventajas”; “Nos siguen escondiendo la verdad. Nos hemos convertido en topos gregarios”; “Responder con una pregunta, dudar con otra, vivir con cientos de dudas”.


La felicidad, el conocimiento, el papel del hombre en la sociedad, el silencio, la duda, la libertad, la muerte y la esperanza copan la esencia y el sentido de todo lo que transita por Mundo intermedio, un compendio aforístico muy personal de entender el mundo y vislumbrar sus matices: “Nuestro cuerpo –dice en este hermosa miniatura– está compuesto de partículas, nuestra mente de asteroides”. Incluso, para discernir algunas apariencias, deja paso al enigma: “Lo que nos importa no tiene por qué ser importante (necesariamente)”. O también para saber y asumir lo que uno no termina de aprender nunca: “Estar contentos es disfrutar de los pequeños placeres que nos otorga el día a día. Sin aspiraciones”.

Los aforismos de Mundo intermedio poseen ese carácter provocativo e indagatorio, marca de la casa, que asaltan, que cuestionan e, incluso, que obligan al lector a pararse a pensar, a polemizar con muchas de sus certezas, a reparar de nuevo en la palabra que antes se detuvo para volver con algo de más luz, para entenderse y echar cuenta de lo que pasa dentro y fuera de sí mismo. Leer a Sánchez Menéndez es siempre un ejercicio no solo de descubrimiento sino de autodescubrimiento.


sábado, 26 de diciembre de 2020

El silencio y sus significados

“El silencio es nuestro instinto de supervivencia [...] El silencio es nuestra conciencia, pero también es nuestra confianza [...] Nada es lo que parece. Nunca nada es lo que parece. Pero lo más curioso es que nadie es lo que parece o aparenta tampoco [...] A veces pienso que esperamos que un hada nos visite, que nos provea de todo cuanto necesitamos, que nos haga felices, aunque sea por un instante. Pero esto va a durar mucho. Muchísimo. Poco a poco iremos convirtiéndonos en inadaptados, en productos de un éxito ajeno, en mascarillas, en guantes, en inocentes que prenden, que caen, sin más, a causa de la tortura y de la inquietud”.

En estas líneas seleccionadas de las primeras páginas de Notas sobre el silencio (La Isla de Siltolá, 2020), del poeta y ensayista Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964), resuena el pálpito que ha movido al autor a escribir un libro que nos invita a redescubrir el silencio y la vida interior. Estas notas, escritas a modo de diario en un período de tres meses que van desde el domingo 15 de marzo hasta el lunes 22 de junio de 2020, un tiempo extraño y desconocido de reclusión forzosa, recogen el sentir del poeta, su profunda impresión de que lo sobrevenido reclama una atención más reflexiva. Cada entrada refleja y escruta el protagonismo que ha tomado el silencio en ello. Y en ese devenir inquietante de un tiempo en el que las horas pasan más despacio, el poeta mira al silencio con instinto de plegaria y supervivencia, y lo hace de dos maneras: desde el lado en el que silencio procede del desacuerdo con el mundo y desde el lado en que se manifiesta más resonante, como corresponde al mundo de uno mismo.

Son noventa y nueve notas que hacen hincapié en ambos sentidos. Una y otra vez, fija su idea en el significado y en la fascinación del silencio como palabra no proferida, como elemento en el que se forjan las cosas importantes. Son notas que no se distancian de la realidad exterior para entrar en abstracciones filosóficas, sino que se aproximan al yo íntimo para exaltar las modulaciones que el silencio aporta como experiencia y fuente de sabiduría. El silencio oxigena el pensamiento, procura claridad, nos viene a decir. Insiste en que para ejercitarse en esa tarea la atención es previa al entendimiento: “El silencio es contemplar, es atender y es entender”.

Pese a toda limitación provocada por las circunstancias, el poeta abre también su mirada hacia la naturaleza. Y así, en el Día 16 exalta la importancia, ahora más que nunca, de sentirnos ligados a la naturaleza, nuestra verdadera procedencia: “La naturaleza de pronto ha comenzado a hablar. Nos indica que las generaciones venideras podrán continuar disfrutando de ella... Nos tiene en cuenta, solo somos criaturas de la tierra”. La vida se vuelve incomprensible cuando se pierde esta perspectiva. Y también propicia que lo insólito se manifieste y exija respuesta, como anota en el Día 39: “Este tiempo es como un gran ensayo literario, pero sin literatura; y el ensayo se queda en un intento, un propósito sin ideas, sin designio”.

Uno no deja de subrayar y llevarse bien con estas Notas sobre el silencio. Dan que pensar y recapacitar. Sus vislumbres y perplejidades asoman, combinando el asombro y la minucia. Sánchez Menéndez propicia el sentido de aprendizaje que conforma el silencio para cualquiera y así lo manifiesta a través de una escritura fragmentaria que pasa el dedo por sus texturas y ensaya la ironía o la justa contrariedad en defensa propia. Como si solo la insensatez nos apartara del valor efectivo que tiene el silencio como recogimiento y hallazgo: “No hay ruido en los libros. Hay silencio en los libros, en los libros verdaderos”.

Este es un libro comedido en su extensión, pero que dice mucho en su brevedad, un texto indagatorio que se adentra en esa búsqueda y en esa relación fecunda con el silencio a través de la particular visión de estar consigo mismo, con los pequeños secretos y sentimientos que se resisten y que reclaman nuestra atención. Para cada uno de ellos, hay un momento y lugar propicio e íntimo donde recobrar ese silencio que dé sentido a las cosas. Son muchos autores, como Cicerón, Lucrecio, Virgilio, Cervantes, Nietzsche o Rilke los que por aquí nos prestan su compañía, traídos oportunamente para alumbrar lo que contiene de emancipador el encuentro con el silencio. Muchas veces ese refugio también fue para ellos el bálsamo indispensable con el que aquilatar el excesivo ruido del mundo.

Notas sobre el silencio es un libro luminoso e inteligente, una miniatura literaria encajada en un género híbrido entre diario y ensayo aforístico, un texto concebido como breviario para que el lector medite y no se aleje de lo que se insinúa y trasciende por sus páginas. Lo consigue gracias a la eficacia de su prosa ligera y lacónica, y también a su levedad formal. Ese cariz fragmentario le permite avivar nuestra atención lectora y alejarnos de otras abstracciones para ofrecernos un espejo que refleja mucho de lo indecible del silencio.

Ojos para ver, oídos para escuchar, entendimiento para comprender y razón para establecer lo general y discernir lo particular, eso y por ese orden es lo que ofrece este librito jugoso que explora la vida misma desde la propia esencia fulgurante del silencio y sus significados.


viernes, 16 de octubre de 2020

Esencia y concepto

El aforismo es un género milenario que nació con algo de estatuto, de código o, incluso, de principio. Se puede comprobar en las máximas, sentencias y proverbios que ya comenzaron a proliferar en la época clásica de la mano de filósofos griegos y latinos. Desde sus orígenes, ha conservado la naturaleza instructiva propia de una escritura deontológica, con esa gracia de persuadirnos de la mejor manera y que nos es otra que no decir nunca más que lo que merece ser dicho, con muchos cultivadores a lo largo de la historia de la literatura. El aforismo contemporáneo está alejado en cierta medida del tono grandilocuente, didáctico y moralista de etapas anteriores. Pero conviene resaltar que, aunque ha virado, el compromiso con la reflexión y la verdad siguen estando en su esencia hoy muy presente, más el añadido del humor.

En definitiva, como afirman algunas voces acreditadas como es el caso de la del poeta Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964), “el aforismo posee una carga poética y otra filosófica”, que debe aspirar, en su esencia y concepto, a algo bueno: “Lo breve debe ser bueno para ser aforismo. En caso contrario –sentencia– será una simple ocurrencia, una banalidad”. Pero no se queda tan solo en eso, ni con lo que tiene de verdadero lo dicho en el primer párrafo, sino que su nuevo libro Para una teoría del aforismo (Trea, 2020), amplifica y desarrolla lo que anuncia el título, toda una exégesis de lo que supone la creación aforística, a la que añade una selección de aforismos de veintiocho autores para abundar en los tres ejes que, a su juicio, sustenta el concepto aforístico: la reflexión, la verdad y el conocimiento. Y añade que su verdadero quehacer “exige creación auténtica, exige lecturas y conocimiento, precisa de la fusión de la poesía y de la filosofía con la experiencia para conseguir el clima de autenticidad, de misterio, de oficio, de silencio, y también de erudición compartida con el lector”.

Digamos pues que el aforismo vive en tensión con los propios límites de lo comunicable que deciden las propias palabras que lo conforman. En esta importante limitación sui géneris, el aforismo, para Sánchez Menéndez, autor curtido en estos lances literarios, que ha publicado cuatro libros de aforismos: Artilugios (2017), La alegría de lo imperfecto (2017), Concepto (2019) y Ética para mediocres (2020), tiene como objetivo preservar en su brevedad las posibilidades de la verdad y de la paradoja juntas, en el mismo punto de encuentro, el lugar que debe darnos que pensar, que hacernos asentir, dudar o pillarnos por sorpresa.

Conviene acercarnos a la idea de concepto de aforismo que nos ofrece el libro entresacando también de la despensa del mismo lo que dicen otros escritores contemporáneos seleccionados por el autor, que trazan con destreza y brillantez otras conjeturas sobre el aforismo. Por ejemplo, para Hiram Barrios, “el aforismo aspira a ser una entidad evocativa, sugerente, y por ello juega con la implicación, el sobreentendido y el silencio”. Jordi Doce sostiene que “la verdad del aforismo depende directamente de la felicidad de su expresión[...] habla el lenguaje del deseo, es decir, habla con el deseo del lector y lo despierta”. Para Lorenzo Oliván el aforismo es una consecuencia: “un circuito de alta tensión, por el que circula el mundo (gracias a su propia fragmentariedad) en un siempre deseable visto y no visto”.

Un compendio teórico de alcance como es este sintético tratado sobre el aforismo de Sánchez Menéndez refiere un valioso trabajo de estar al tanto de lo mucho y bueno que se publica en este género en nuestro país que, en lo que va de siglo, está teniendo un auge notorio. Por eso mismo, el propio autor quiere dar cabida en su indagación a una buena representación de escritores que por su calidad y pericia han dado continuidad y brillo a lo que tiene de milenario este arte discursivo de las formas breves. Algunos bien comprometidos con el género vienen de lejos, como Ramón Eder, Carmen Canet, Manuel Leila, León Molina o José Luis Morante; otros, de trayectoria más reciente, como Eliana Dukelsky, Sergio García o Javier Puche. Un muestrario de voces dispares que exponen en veinticinco aforismos, la mayoría de ellos inéditos, la buena salud de la que goza este género de apariencia fácil, pero de exigente precisión.

Cada uno de los invitados acude a la cita cargado de sutilezas, vislumbres y paradojas que realzan el espíritu que mueve la literatura fragmentaria que representa lo que conocemos como aforismo. Hiram Barrios señala que “El pensamiento es un camino; el aforismo, su atajo”. Carmen Canet alumbra que “El aforismo cuando te atrapa es una liberación”. Miguel Catalán es un clásico: “En los buenos tiempos soy epicúreo; en los malos, estoico”. Ramón Eder, más castizo, refiere que “La vida es una ficción basada en hechos reales”. En cambio, Karmelo C. Iribarren, con ese resorte pesimista tan característico en él, advierte que “Los aforismos no pueden ser amigos”.

En suma, todo lo reunido en este encomiable trabajo suyo trata de acercarnos a esa parte de praxis a la que aspira el desarrollo de una buena teoría. El estudio que Javier Sánchez Menéndez sintetiza en su volumen Para una teoría del aforismo predice una suerte de necesidad por traspasar los límites de su tesis argumentativa, incluyendo textos y aportaciones de otros que dan validez a lo que en su esencia tiene el aforismo de aprendizaje y pensamiento. Este es un libro punzante, un ensayo breve y lúcido lleno de sabiduría y gracia que sostiene que lo que hace que un aforismo llegue a ser una frase feliz es una incógnita tan sorprendente como imprevisible, pero que proviene de “un silencio breve capaz de llenar nuestras conciencias”.


sábado, 25 de abril de 2020

El arte de la esencia

Sin lugar a dudas, el aforismo ofrece un espacio privilegiado para la reflexión. Y en ese sentido, es exigente con el lector. Así lo señala Ramón Eder, sin ningún tipo de rodeos: "el aforismo es un género literario que no gusta a los lectores pasivos". Por otra parte, como entrevé Georges Perec, el aforismo constituye un arte de la esencia, que se funda "en el juego entre lo previsible y lo imprevisible, entre la espera y lo imposible, la connivencia y la sorpresa". El género aforístico ha sido visto como una de las formas que ha asumido el poder para encarnarse y actuar sobre la sociedad en forma de preceptos, axiomas, sentencias, consejos o máximas.

Así mismo, el aforismo ha convivido con una serie de formas breves que han ido recibiendo diferentes denominaciones, hasta el punto de configurar un campo semántico rico y variado. No cabe duda de que el estilo aforístico, al menos en su formulación clásica, se haya caracterizado por la asertividad, el razonamiento deductivo, la definición o por un cierto aire pragmático que conectaría el ámbito didáctico, prescriptivo y epifánico de algo que necesariamente tenía que expresarse así y en ese orden. Digamos pues que el aforismo vive en tensión con los propios límites de lo comunicable que deciden las propias palabras que lo conforman.

Para el poeta y ensayista Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) los aforismos, además de todo lo dicho, son conceptos, artilugios, como a él le gusta llamarlos, ideas que desprenden sabiduría, belleza y cierto sentimiento de melancolía, profunda y sosegada. Nacen de la observación de la realidad para ver lo que no se ve, sin conformarse con menos. Muchos otros afloran también de la imaginación y de la libertad que le permiten crear representaciones para combinarlas hasta abstraerlas y convertirlas así en piedras de toque.

Su nuevo libro, Ética para mediocres (La Isla de Siltolá, 2020), es el cuarto volumen de su producción aforística, que sigue a Artilugios (2017), La alegría de lo imperfecto (2017) y Concepto (2019), una senda literaria fecunda en la que su autor, en los últimos años, ha ido desplegando su pensamiento y sentido crítico de la vida, para encontrar respuestas, alguna revelación, una verdad o la duda de si realmente lo es, o más bien resulta ser una simple paradoja donde encajar las palabras exactas con las que dejarla escrita.

En este lance fragmentario de ahora, el autor se empeña en provocar en el lector un ajuste de sus expectativas y, de alguna manera, una modificación sustancial de su capacidad de interactuar con el lenguaje y con la realidad más inmediata. Alienta a un despertar desde la intuición profunda para conducirnos hasta la comprensión de la naturaleza de lo real. Viene a decir que "la mente es el instrumento que posee el ser humano para vivir en el mundo", y que "el mundo no es complejo. Su contradicción tampoco. Lo es su principio". Para él, "el aforismo es una ventana abierta para el lector", un cauce por donde encontrar motivos para pensar. 

Ética para mediocres es un libro concienzudo y atento a la realidad del momento, que reúne casi trescientos aforismos y ocho breves reflexiones en un capítulo final sobre la crítica y el autobombo, un libro que no se anda con chiquitas: un repertorio revestido de ironía, contrario al ruido, atento al silencio, y muy cargado de paradojas y verdades infinitas que, en muchos casos, no es la verdad de uno o la de otro, sino la verdad que nos impone la realidad y sus encrucijadas existenciales. Los aforismos de Sánchez Menéndez se instalan en un terreno a caballo entre lo literario y lo filosófico. No impone condiciones, interpela al lector y le sugiere hacer, querer aprender o mirar lo de fuera, como decía Victor Hugo, desde dentro de sí mismo.

Este no es un libro solemne, ni grandilocuente, pero tiene mucho de enfático y de sagacidad calculada. Dice Sánchez Menéndez que "el aforismo deja las puertas abiertas para provocar el pensamiento", con esa idea clásica de Parménides de que todo lo que hay ha existido siempre, o de que nada puede surgir de la nada, como alumbra en este otro aforismo suyo de corte también clásico: "Para conocer aquello que es hay que conocer aquello que no es". Y es que el buen aforismo, viene a decirnos, es atemporal.

Nos gustan los libros incisivos que aparejan un compromiso de perseverancia y aprendizaje, que incitan a poner sentido crítico a lo que verdaderamente importa, que alumbran y ponen ideas, no para salir de dudas, sino para entrar en ellas. Ética para mediocres, qué gran título, pone mucho de esto en juego, mucho que pensar, para que cada cual entienda lo que quiera y sepa entender.

martes, 5 de marzo de 2019

Ejercicio de la concreción


El impacto del género breve se ha colado de manera exponencial en nuestras vidas de usuarios de las redes sociales. La gente no para de leer y remitir a sus amigos y conocidos continuas greguerías, ingeniosas frases y twitters recurrentes que se hacen pasar por aforismos y que circulan a la velocidad del rayo por las pantallas de los móviles y de las tablets. Como muy bien subraya Manuel Neila al respecto, esta modalidad expresiva está de continuo bajo sospecha. Por eso nos conviene apartarnos de esa avalancha ruidosa de meras ocurrencias y simplezas, y estar atentos para que no nos den gato por liebre.

A los que nos gusta el género y frecuentamos su prosa sugerente sabemos que los aforismos poseen un carácter proteico, ensayístico y meditativo, que no son juegos de palabras, sino todo lo contrario. Tampoco el aforismo aspira a un mero ayuntamiento de conveniencia entre lo filosófico y lo poético. Digámoslo con rotundidad: el aforismo no es una ocurrencia, pero sí una forma filosófica en su justa medida, cuya rotundidad reside en el trabajo del pensamiento, algo que defendía a ultranza Wittgestein. Para él todo aquello que podía pensarse con palabras podía ser dicho claramente y sin ambages en un lenguaje lógico y conciso. En ese sentido, el aforismo es un vehículo todoterreno, como la filosofía, un medio apto para examinar lo concreto, lo cotidiano y, también, cómo no, lo trascendente y metafísico.

El poeta Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, 1964) en su nuevo libro de aforismos Concepto (La Isla de Siltolá, 2019) abunda en desmenuzar todo ese ser y sentir que van adheridos a este género literario que, ante todo, significa para él “un ejercicio de la concreción”. Viene a decirnos con esto que un buen aforismo no es más que la síntesis lograda de una idea, de un concepto que incita a la reflexión: “Aforismo es concepto –subraya–, y el concepto es calidad y esencia”. Lo suyo es un trascender desde dentro el lenguaje, pero permaneciendo en él, una invitación a la aventura del pensamiento y a lo que la vida en sí propone y dispone.

No cabe duda de que el arte de deleitar, persuadir o conmover se expresa con más prontitud y con más frecuencia recurriendo a lo breve y simple antes que a lo más extenso y de mayor complejidad. A ese fascinante y silencioso mundo que reside en lo escueto, un arte antiguo y noble, se le ha nombrado de muchas maneras: proverbios, máximas, adagios, epigramas, aforismos, una infinidad de nomenclaturas y de apariencias para afinar en la concisión de ideas, “para transmitir un mínimo sonido con un máximo de sentido”, decía Mark Twain. Lo que propone Sánchez Menéndez con sus artilugios, como así llama a sus brevedades, sería algo así como si los concibiese sobre las ideas y el sentido común que sacuden a las cosas importantes.

En Concepto el lector se va a encontrar con un compendio filosófico, moral y estético dividido en seis partes pobladas de sorprendentes agudezas, divagaciones e ideas. En la primera de ellas, que ocupa la mitad del volumen, reúne ciento cincuenta aforismos bajo el título de Nuevos artilugios, por donde transita un universo de sentido y pensamiento analítico, entre el ingenio conceptual, la reflexión filosófica y el apunte literario al que no le falta esa capa de ironía y descreimiento inconfundible de su autor.

Por estos artilugios navega el espíritu de Platón, Dante y Rilke, la lectura, los libros y la escritura, la atención a la vida y sus perplejidades, las falsas creencias, la verdad y la poesía: “La escritura es el hijo menor de la lectura”, señala en uno de sus primeros aforismos para enlazar inmediatamente con este otro: “La lectura es la lumbre que no cesa”. También se acerca al anhelo de no dejar de creer en el hombre: “La mayor aspiración del ser humano es comprender al ser humano”. De la verdad dice mucho y aclara: “Nunca es tarde si la verdad decide”. Insiste, volviendo su mirada a la literatura, para llegar a la conclusión de que “sin verdad no hay ficción”.

El siguiente apartado, el más breve de todos, propone un decálogo descreído, pero necesario, para seguir viviendo, en el que arremete contra el incauto que no ve lo efímero de la vida y la insignificancia de la existencia. En Morales y amorales, Sánchez Menéndez pone a prueba nuestra agudeza al proponerse examinar todo lo que concurre alrededor de la vida y su aprendizaje: el respeto, la gobernanza, la pasión, el gozo, la educación y la cultura, la moralidad, o cómo acometer el devenir del tiempo: “El tiempo es el juez de la palabra”. En Concepto dedica un buen puñado de aforismos dispuestos con los que pretende desvelar la esencia de su significado, que no es otro que aspirar a no ser relativo: “Un aforismo es un ejercicio del dilema”, nos dice, señalando a continuación en otro que “Un aforismo no nace por arte de magia, nace por la magia del arte, que es el misterio de la creación”.

Los dos capítulos finales con que cierra su glosario aforístico, son El espejo que tiene el marco verde y Palabras para un joven lector-editor. En uno invita a mirarnos y a reconocernos frente al espejo: “Del espejo nace el principio de causalidad” y “el espejo es la otra vida”. En el otro evoca, con pretensiones de calar en el lector, la idea de no seguir el canon establecido, de crear el canon propio, pero sin dejar de leer a los clásicos: “Tu canon es tu criterio, y tu criterio nace de las lecturas mediante tu sentido común y tu capacidad”, porque “la verdadera escritura es universal y atemporal”.

Necesitamos reflexión, perspectivas y vida intelectual que nos complete de lo rutinario. Necesitamos del pensamiento, del lado moral y estético de las cosas, su otro lado, sus complejidades. Somos seres plurales, necesitados y, al tiempo, condenados a desaprender. Hay mucho de toda esta dependencia en el libro de Sánchez Menéndez, como también de instructivo e incendiario, autor tan proclive a describir como a prescribir, una manera deontológica de interpelar al lector predispuesto a batirse el cobre.


miércoles, 6 de febrero de 2019

Viajar hacia dentro


Todos albergamos sentimientos dentro de nosotros. Pero, ¿dónde se sitúan, exactamente? La poesía es la manifestación singular más pura de la que exprimir ese territorio oculto en nuestro interior. Dice Jorge Carrión que la poesía es el género más cercano al caminar. Así es como se hace notar. No como trinchera, sino como iniciación al conocimiento, como paseo por lo indecible. En ese sentido, la poesía es un lugar que no cierra el paso a nadie, a condición de que quien se adentre en ella lo haga sin prejuicios, sin ataduras, sin importarle extraviarse por el tiempo y ver la realidad del otro, la del poeta que habla desde su irreductible individualidad.

Se acaba de publicar hace unos meses una encomiable antología poética bajo el cuidado y mimo del poeta y crítico literario José Luis Morante que abarca treinta y cuatro años de poesía en la obra de Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) escritor, columnista, editor y autor también de dos libros de aforismos, poeta convencido de que la existencia es el cauce propicio para vislumbrar la poesía desde el interior y afrontarla con el mundo que le rodea, en concordancia con esa idea que decía Ángel Crespo acerca de la poesía, como camino de ida, pero sin vuelta, porque cuando se regresa ya se viene de otra parte.

Bajo el contundente y lapidario título También vivir precisa de epitafio (Chamán Ediciones, 2018), último verso extraído del poema Balance, de la anterior obra poética de su autor El baile del diablo (2017), Morante reúne ciento quince poemas escogidos, que abarcan la trayectoria completa del poeta, que va desde 1983 a 2017, para mostrarnos todo el bagaje poético de Sánchez Menéndez en el que destaca ese sentimiento lleno de hondura y sencillez, desde la esencia de la palabra y desde el laberinto del pensamiento, dispuesto siempre a preguntarse el porqué de las cosas, en un diálogo creciente por cada una de las etapas por las que transitan sus versos. Nos dice el antólogo en su revelador prólogo que estamos ante una poesía de pensamiento, de conciencia reflexiva, en donde “las palabras están ahí, maleables y frágiles para llenar de poesía la hendidura”.

En su poema Los pros de la vida, perteneciente a su libro Última cordura (1983) se asienta buena parte de ese sentir y pensamiento tan propio en el que la fragilidad del significado del saber y del vivir están presentes como sello de su ética y de su estética: “Todo lo que uno sabe está siempre/ en un estado de provisionalidad,/ pero no es relativo,/ es susceptible de una mayor profundización,/ y eso sí que es relativo”. En dos poemas del ya citado El baile del diablo, el primero de ellos Hat, la voz poética pide perdón a su madre por haber pecado, habla con apariencia de broma, libre y sin ataduras, pero va igual de serio que en el siguiente poema que se titula Life lie, que dice así: “¿En qué momento exacto se distingue/ esa simple palabra, la justa?/ Y, con una sonrisa en los labios,/ respondió: Debes marcharte,/ mi marido está a punto de llegar.” Ambos intercalan melancolía y pesadumbre, un conjuro que no cesa de mostrarse en su poesía.

Toda la poesía de Sánchez Menéndez destila introspección, con una pátina inconfundible de ironía y descreimiento agitado, imposible de acallar. Hay un yo convertido en materia poética que da sentido a su obra en pos de decantar lo esencial de la propia existencia. Reflexionar sobre esto y preocuparse del porqué de las cosas siempre está presente como algo inevitable de alguien bien abrigado por el pensamiento clásico de los presocráticos, de alguien que se siente más lector que escritor, e inconformista en su quehacer literario, implicado más que en querer decir, en transmitir, para que la palabra cale en lo más hondo.

Pero también su poesía se ha ido esponjando de otras lecturas que le han servido de cauce y formación, como así declara en una entrevista en la radio. La figura de Nicanor Parra está presente como homenaje de alguien que ha sabido templar el acercamiento del lector a la poesía. También otros autores, como Platón, Novalis, Leopardi, Juan Ramón Jiménez, Luis Rosales, José Hierro o Ángel González conforman su particular canon de poetas preferentes.

Hablar de esta antología es detenerse a resaltar el buen trabajo elaborado por José Luis Morante, que ha conseguido poner al alcance del lector una guía bastante completa de la poesía de Javier Sánchez Menéndez, un poeta convencido de que en el silencio y en la soledad se encuentra el verdadero lugar donde se puede rebasar la escritura que nace del bullicio de la vida, con la idea de querer decir algo más al mundo, trascender y abrazar el alma de quien la lea.

En este libro viajamos hacia dentro de la hondura y el desgarro de unos textos en los que la belleza y el dolor existencial ponen su son y contrapunto a la realidad y a lo que el poeta atisba más allá de ella. Cada lector tiene la posibilidad de convertirse en otro fingidor, y este hermoso libro se presta a ello. Caligrafiarlo en su memoria, sacando punta de lo que ya se leyó entre verso y verso, también precisa de sentir lo que toca dentro.