viernes, 28 de abril de 2017

Dentro y fuera de San Cayetano

El fundamento de todo escritor no es otro que contar una historia. Lo hace el poeta, el historiador, el biógrafo. Expresado con otras palabras, se puede decir que, incluso, para el ensayista, el motivo es penetrar en la parte más profunda de la conciencia. Y no creo, como diría Julio Ramón Ribeyro, que para escribir una historia sea necesario irse a buscar aventuras. La vida, nuestra vida, es sencillamente el foco más propicio para contar algo de lo que se fragua dentro y fuera del mundo en que vivimos.

La nueva entrega de relatos de Maite Núñez (Barcelona, 1966) tiene precisamente ese anhelo y esa determinación. La mayoría de la gente distraída no acierta a ver lo que sucede a su alrededor, pero para un escritor esta observancia conforma el laboratorio primigenio para extraer cualquier historia latente que aguarda su luz. Mantener los ojos abiertos es el modo imprescindible para que el milagro suceda y alumbre. Y en ese imaginario se encuentra San Cayetano, el escenario donde ocurre el drama de cada uno de los cuentos escritos por la autora catalana. En esta ocasión, a diferencia de Cosas que decidir mientras se hace la cena (2015), el lugar donde sucede lo que se cuenta es tan protagonista como los personajes que lo habitan. La razón fundamental es que si en el primer libro los relatos surgen todos dentro del ámbito doméstico, en Todo lo que ya no íbamos a necesitar (Editorial Base, 2017) el conflicto de cada relato tiene lugar en el exterior, fuera del hogar, aunque inevitablemente se aloje y crezca luego en su interior.

No son doce historias ante el patíbulo, no. Los relatos de Núñez deben su vitalidad enteramente a la expresión dramática de cada narración, donde el verdadero drama es el drama del alma de sus protagonistas, unos inadaptados al fin y al cabo ante la ausencia, la pérdida y la contrariedad sobrevenida. Doce historias que nos sumergen en un universo cotidiano en el que cabe todo tipo de personas, mayormente gente corriente, pero todas vulnerables ante lo imprevisto y lo malogrado. La autora incorpora con sutileza e intencionalidad el uso de los objetos en muchas de sus historias que determinarán en gran medida el devenir de las vidas de sus personajes: desde una cuna vacía en el tiempo o una lavadora averiada, hasta los acuciantes papeles contables de una empresa. Pero lo que verdaderamente se percibe entre los seres que habitan estos cuentos de Todo lo que ya no íbamos a necesitar ya es que hay madres, algunas ausentes, que desatienden a sus hijos, otras con la que es imposible contar para nada, y no pocas angustiadas por su trabajo. En otro relato encontramos a una mujer aturdida bajo la disyuntiva de ser madre o no. En No tengas miedo, el relato más breve y tierno de la colección, otra madre deplora haber mentido a su hija pequeña sobre la muerte de su gatito. En Es por tu bien un hijo se debate ante el dilema de llevar a su madre, una mujer trastornada y mayor, a un geriátrico o seguir cuidándola en casa frente a la oposición de su esposa.

Habría que comprender que hay cosas en la vida de los seres que transitan por estas historias que ponen en entredicho la validez de dichas vidas: desesperanzas, miedos, incertidumbres, dolor, conciencia y miedo. Sin embargo, están decididos a cambiar el rumbo de sus desdichas o, al menos, lo intentan. El lector percibe que lo que se entreteje en el sentido de cada una de sus vidas no consiste solo en asumir sus percances, sino en la actitud de sacrificarlas o relegarlas a un segundo plano.

Maite Núñez retrata una serie de mujeres jóvenes y no tan jóvenes de nuestro tiempo, seres solitarios y perdidos, aunque vivan en pareja. Mujeres al borde del abismo que tratan de aprender a sobreponerse de sus decepciones y pérdidas, casi siempre con la sensación de encontrarse en el lugar equivocado, de no ser las verdaderas artífices de su destino, como si la vida les hubiera escamoteado muchos de sus anhelos e ilusiones.

Se trata de doce relatos demoledores en los que la autora va alternando la voz narrativa en primera persona y la insinuante voz en tercera persona, dos miradas estilísticas que hablan mucho y bien de una autora de corta trayectoria, pero de sobrado oficio, que sabe manejarse con maestría en ese terreno del cuento, en el que la contención, la intensidad y la originalidad son tan determinantes.


La gran pregunta que subyace en Todo lo que ya no íbamos a necesitar, acudiendo a las preclaras palabras de la escritora Grace Paley, es “cómo tenemos que vivir nuestras vidas”. Desde esa convicción, desde la sinceridad aplastante con que concibe su forma de escribir y su particular visión del mundo, Maite Núñez se va haciendo un hueco en este bosque tan exigente y variado que conforma la narrativa breve. A los que nos gusta el género lo celebramos vivamente.

martes, 25 de abril de 2017

Taller Murakami

Conocí en la oficina del banco a un joven cliente español casado con una japonesa que solía venir una vez al año a visitar a su familia y que tenía una cuenta de ahorros abierta mucho antes de trasladarse a Kobe, la próspera ciudad nipona donde vivía con su esposa desde que se casaron hace unos años. Al tiempo de pasar unos días con sus allegados, solía acudir a hacer alguna que otra operación bancaria por ventanilla. En cierta ocasión se acercó a mi mesa a pedirme asesoramiento sobre sus yenes ahorrados, buscando una mejor rentabilidad de la que le ofrecían los bancos japoneses por aquellas fechas. Hicimos amistad y, como sabía de mi interés por los haikus y la cultura japonesa, me recomendó el libro de Ruth Benedict, El crisantemo y la espada (1946). Como ya conté hace casi cuatro años en una anterior reseña, a raíz de aquellos encuentros e intercambios de lecturas y de autores, descubrí a Haruki Murakami (Kioto, 1949), un escritor adorado por el joven matrimonio del que yo apenas había oído hablar. Comencé con Tokio blues (2005) y After Dark (2008), después llegaron a mis manos más libros suyos. Desde entonces y hasta ahora, la obra del japonés conforma parte del imaginario de lectura contemporánea de la que disfruto ininterrumpidamente.

Lo nuevo y último de Murakami publicado en nuestro país se aleja del género novelístico para aterrizar en el ensayo autobiográfico, en la misma senda que su anterior libro De qué hablo cuando hablo de correr (2010). En esta ocasión, el escritor quiere estar cerca del lector y mostrarle su escritorio, su taller, sus lecturas, sus influencias y, de paso, las cuestiones sociales que le preocupan de su país. Para poner título a todo esto acude igualmente al volumen de relatos cortos de su venerado escritor Raymond Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981).

Dice el novelista nipón en los inicios del presente libro que “escribir novelas no es un trabajo adecuado para personas extremadamente inteligentes”. Según su experiencia, el que lo haga tiene que ser consciente de que escribir una novela es ciertamente afrontar un trabajo lento y sumamente fastidioso, y lo que es más duro, con un rendimiento muy escaso. De qué hablo cuando hablo de escribir (2017), editado por Tusquets bajo la impecable traducción de Fernando Cordobés y Yoko Ogihara, es un texto confesional y tiene por objeto abrirle al lector de par en par las puertas del despacho del mundo literario de su autor, una oportunidad de conocer de cerca cómo y por qué escribe, cuál es el mandato interior que le impulsa a ponerse a escribir, y sus razones para no dejar de hacerlo, un texto 

Hay una cosa imprescindible y reveladora entre las muchas confesiones que se desvelan en este libro tan personal y sincero, algo que otros escritores contemporáneos, como Stephen King o Orhan Pamuk, también lo han subrayado en sus escritos: la lectura constituye un entrenamiento que no debe faltar de ningún modo en la tarea de todo escritor. Probablemente, advierte Murakami, la lectura sea el factor más determinante a la hora de emprender la elaboración de una novela y ponerla en pie, pues para hacerlo “hay que entender, asimilar desde la base cómo se forma, cómo se articula y cómo se levanta”.

Incide también el autor de Kafka en la orilla (2006), cómo fueron sus inicios narrativos escribiendo en primera persona del singular masculino, algo que no dejó de hacer en su carrera literaria durante dos décadas, aunque en algunos relatos sí se sirvió de la tercera persona. Llegar a escribir novelas en tercera persona le llevó su tiempo pero, como bien dice, supuso un aumento exponencial de sus posibilidades narrativas.

De qué hablo cuando hablo de escribir tiene su origen hace seis años, y es un libro fragmentario a modo de textos para ser leídos en una conferencia, en palabras del propio autor. Sin embargo, el lector no va a encontrar ese revestimiento tan academicista que supone asistir como espectador a una conferencia en un aula magna. Aquí impera lo cercano, y el tono utilizado por el escritor japonés es el de una conversación privada donde no se requiere ningún tipo de protocolo ni de artificio, sólo tiene como objetivo revelar opiniones personales sobre el hecho concreto de escribir novelas. Los primeros seis capítulos se publicaron por entregas en la revista Monkey, el resto lo escribió más recientemente, incorporando otras perspectivas y rituales propios, para explicar su taller narrativo.

Podría afirmarse que Haruki Murakami es un escritor que levanta pasiones o tibiezas. El lector que se aproxime a su obra quizá obtenga más dudas que certezas al terminar sus narraciones. No siempre encontrará mensajes cortos, ni reflexiones de calado, ni  un final que dé sentido a lo disperso en sus páginas, pero sí encontrará siempre una suerte de inquietud, de comezón, una especie de sospecha de que todo lo contado nos ha tocado la piel y de que sigue resonando el tañido de su enigma, incluso cuando escribe fuera de los límites de la ficción.

Murakami encarna el prototipo de escritor solitario y reservado, capaz de romper excepcionalmente ese molde para acercarse al lector de su obra con una deliciosa propuesta autobiográfica llena de frescura, un texto inteligente y sencillo que desvela lo que se cuece en el universo creativo de uno de los autores más controvertidos y leídos del panorama literario mundial.


miércoles, 19 de abril de 2017

Fervor barojiano

Se cumplen cien años de la publicación de este memorable libro, un texto al que muchos barojianos declaramos un fervor especial, una obra a la que llegó Baroja casi por sorpresa, en un momento de su vida en el que se encontraba atrapado bajo una melancolía existencial profunda que derivó en un libro muy celebrado en su época por la crítica y el gran público, considerándola muchos de ellos como su mejor obra de no ficción, una auténtica revelación que contribuyó de manera muy notable a forjar aún más su leyenda literaria imparable.

A Pío Baroja (San Sebastián, 1872 – Madrid, 1956) le fue muy difícil salir del personaje literario que fue creando a lo largo de toda su vida como escritor, algo que fue creciendo de manera inconsciente y exponencial, no solo en sus novelas, sino, especialmente, en su extensa obra memorialística aparecida al final de su carrera. En 1917, cuando escribe Juventud, egolatría, cuenta con una edad suficientemente experimentada que le ha llevado a sentir que su vida atraviesa por unos momentos nada complacientes. No está contento con nada. Piensa en el pasado o en el porvenir. El presente se diluye ante sus ojos de manera irrelevante. Tiene cuarenta y cinco años, ya ha publicado una buena parte de sus novelas mayores, vive en Madrid y pasa los veranos en Vera de Bidasoa, el municipio navarro donde se instala para sus paseos y lecturas en solitario. Se considera un hombre mayor y en declive.

Valorar los méritos propios de la nueva edición de este libro viene dado por un empeño encomiable del centenario sello editorial Caro Raggio que quiere así rescatar un texto fundamental de la factoría barojiana para mostrarlo al lector que no haya curioseado en esta obra del novelista vasco, no solo por su estilo inigualable y descuidado sino, sobre todo, por la riqueza intelectual de las confesiones que guardan las páginas de este admirable libro. Al igual que en anteriores entregas, la reedición de Juventud, egolatría (Caro Raggio, 2017) cuenta con las palabras preliminares de su sobrino Julio Caro Baroja, que nos introduce en la esencia vital e intelectual de su tío en el momento de emprender la aventura de escribir la obra para poner en sobre aviso al lector a cerca de las vicisitudes por las que atravesaba su espíritu. Ahora, en este rescate editorial, el lector encontrará además, al final del libro, un añadido breve, como coda, a cargo del escritor Ramón Eder, quien afirma con desparpajo que “Con escritores como Pío Baroja no hay que estar de acuerdo con sus opiniones para disfrutar de su indiscutible encanto”.

Este es un libro esencial a la hora de conocer a ese Baroja que se pone en entredicho de manera tan marginal. Juventud, egolatría supuso su primera introspección e incursión activa, después vendrían más, en los moldes genéricos del dietario, la autobiografía y el ensayo, así como una oportunidad de constatar lo que Baroja siempre presumió públicamente: decir siempre la verdad. Por supuesto, Baroja no dijo siempre la verdad, o si la dijo, lo hizo a medias, pero procuró ser sincero. Lo individual, además, es algo que le es tan propio e inapelable, que no cesa de referirlo aquí, al igual que en su novela César o nada (1910). Esa egolatría o individualismo, viene a decirnos, no es más que la única realidad en la naturaleza y en la vida de cualquiera que se precie.

Para un escritor laborioso como él, capaz de reescribir la prosa hasta conseguir el efecto emocional buscado, empeñado, como norma, a escribir con sencillez, claridad e independencia, un libro fragmentario, como este, era una ocasión de dar a conocer tanto su pensamiento, sus gustos literarios, sus contradicciones, sus resquemores, así como también un motivo para explayarse con determinación y singularidad sobre asuntos particulares y sociales, con esa provocativa fuerza, tan propia suya, de no esquivar lo personal y lo público, con ese aire nietzscheano y anarquista que tanto le gustaba exhibir.

No cabe dudas de que Juventud, egolatría fue un libro escrito en estado de gracia, no exento de polémica. La vida de Baroja contada por él mismo resulta interesante desde casi todos los puntos de vista, porque, como dice Trapiello, tiene siempre por objeto a un individuo de ideas originales, poco dado al enjuague social, con una clarividencia sobre las cosas y personas excepcional, que le hace ser poco solemne y retórico. Baroja es por antonomasia antirretórico, y aunque se cuestione su estilo, uno de nuestros escritores más originales de la historia de nuestro país, tanto en la literatura como en la vida que llevó con orgullo vasco.

La literatura barojiana está llena de personajes memorables, como Andrés Hurtado, Eugenio de Aviraneta, Shanti Andía o César Moncada, pero sin duda el personaje mayor es el representado por el propio Pío Baroja dentro y fuera de su escritura, como se puede comprobar en esta obra de la que hablamos, más encarnado que nunca y para regocijo de sus lectores.

Montaigne sostenía que no puede decirse lo que no se siente, y Baroja, a lo largo de toda su vasta obra, hace buenas las palabras del pensador francés, porque no sabe escribir de otra manera. Juventud, egolatría es el libro idóneo para entender ese sentir barojiano, lo que lo hace un libro imprescindible.


sábado, 15 de abril de 2017

Los artistas y sus criaturas

Las lecturas que se hacen para saber no son, en realidad, lecturas, decía Azorín. Las buenas, las fecundas, las placenteras son las que se hacen sin pensar que vamos a instruirnos. Este libro del poeta, novelista y artista plástico Miguel Ángel Ortiz Albero (Zaragoza, 1968), tiene ese magnetismo fecundo y gozoso que insinuaba el escritor alicantino, un pequeño tratado sobre la particularidad artística de la creación y la imposibilidad de concluir la obra ideada, un ensayo sobre la concepción de la obra artística, bajo un despliegue de citas y entradas ante las que el lector ávido y atento no sucumbirá. Diría que el lector se activa ante la perplejidad de lo que revelan tantas voces reunidas, y hábilmente condensadas, en torno a un libro nacido de otros libros previos que lo hicieron posible.

En Variaciones sobre el naufragio (Fórcola, 2017) encontramos una poética acerca de la creación y de la dificultad de concluir la obra de todo artista. El escritor, el pintor, el artista, viene a decirnos Ortiz Albero a lo largo de las ciento treinta y ocho entradas que conforman el volumen, reduce la realidad cuando crea. Los lectores la reducimos igualmente cuando leemos. Hasta el mismo cerebro está concebido para esa tarea común: reducir, reemplazar, entender algo como símbolo, como metáfora, como necesidad o anhelo. La verosimilitud total no solo es una entelequia sino, sobre todo, una imposibilidad. Así que el escritor, el artista, el lector, el espectador, cada uno ha de reducir lo que hace: lo que escribe, lo que pinta, lo que lee, lo que ve. Y hacerlo no es ninguna simpleza. Es así como captamos el mundo. Es así, a pesar del sentido inacabado de las cosas, como funcionamos los seres humanos. Mediante la reducción y el extracto generamos sentido a lo que nos rodea y encontramos explicación a la obra escrita o creada.

Por este cauce incesante de reflexiones y evocaciones, aparecen escritores y artistas que sueñan y aspiran a completar y culminar su obra inacabada como Balzac, Baudelaire, Benjamin, Cézanne, Giacometti, Kafka, Mann, Quignard, Steiner, Valéry o Vila-Matas. A través de sus testimonios, de sus inquietudes y de sus observaciones, Ortiz Albero va haciendo hueco en el discurrir de su libro para llevar al lector el sentir de lo que dicen sus autores sobre la creación artística y sus ataduras, sobre sus logros inalcanzables, poniendo el acento y la pasión en sus comienzos como fuerza y justificación de toda obra artística. Ejemplos como el de la lucidez de Giacometti, un artista apto no solo para percibir cómo es el cuadro que va a pintar, sino también cómo podría llegar a ser, o la impresión literaria, como dice Vila-Matas, de surgir de lo escrito como la serpiente surge de la piel que deja, necesariamente, atrás, son dos claros exponentes de esa persistente duda alrededor de la obra creada y de su proyección.

Los libros nos permiten ciertas libertades. Podemos mantenernos mentalmente activos mientras leemos. Podemos participar plenamente y acrecentar la elaboración del mismo con nuestra propia lectura del mismo. Podemos reducir su compendio mediante el subrayado de lo que nos llama la atención. En Variaciones sobre el naufragio hay mucho para ejercitarse en todas estas tareas. “El autor se atribuirá lo dicho, escrito o pintado pero–como se dice en el libro por boca de Méndez Baiges–, no es ya más ni su propietario ni su mejor intérprete”. Nos corresponde a los lectores una vez que la lectura está en marcha interpretar la obra, su tono, su melodía, su composición.

Este es un libro imposible de concebir sin las lecturas que lo conforman. Miguel Ángel Ortiz Albero, artista experimentado en diferentes disciplinas, ha escrito un compendio hermoso y sabio de sus lecturas sobre la tarea del artista, sobre la génesis de la obra y sobre la incertidumbre de su conclusión de la que parece no resarcirse nunca. Esa incertidumbre que recae sobre toda obra acabada o abandonada, esa posibilidad de naufragar, también puede conducir al artista a la salvación inesperada, concluye. “Hundirse” es el verbo, dice en los prolegómenos del libro por boca de Bertolt Brecht. En el fondo, sostiene, hundiéndose, le espera a uno la enseñanza y la posibilidad de emerger a la superficie.

Necesitamos libros no solo para que nos entretengan o nos cuenten una buena historia. El lector necesita también reflexión, visiones, perspectivas, vida intelectual, complejidades morales y estéticas. Esta obra de Ortiz Albero posee material y rescoldo necesarios para prender nuestra curiosidad y alumbrarnos.


Variaciones sobre el naufragio es un libro ameno y fecundo en ideas, en reflexiones y en sabiduría, un pequeño tratado acerca de la poética de lo inacabado, una invitación amable y lúcida para que el lector comparta las agudezas escritas por los propios moradores que lo habitan: los artistas y sus criaturas.

martes, 11 de abril de 2017

El mal oculto

El escritor de suspense puede mejorar su suerte y la reputación de este género, escribe Patricia Highsmith, autora de referencia de la novela negra, utilizando en sus libros las cualidades que siempre han hecho que la novelas sean buenas: intuición, carácter, y apertura de nuevos horizontes para la imaginación del lector.

Canción dulce (Cabaret Voltaire, 2017), galardonada con el Premio Goncourt de 2016, reúne esas características señaladas por la maestra norteamericana del género, un thriller psicológico muy bien construido donde lo aciago lo pervertirá todo en tragedia. Su autora, la escritora y periodista Leila Slimani (Rabat, 1981) aborda en este estupendo libro de suspense los entresijos de un hogar habitado por una pareja de jóvenes casados y con dos hijos: un bebe y una niña pequeña, que buscan denodadamente una niñera para el cuidado de sus pequeños y, así, poder dedicarse sin límite al trabajo que ambos profesan. Paul es agente y productor musical y Myriam, de origen marroquí, ejerce de ayudante de un prestigioso bufete de abogados. Después de algunas entrevistas, habiendo descartado de común acuerdo cualquier prototipo de niñera de origen africano o magrebí, la pareja decide contratar los servicios de Louise, una candidata de tez blanca, de apenas cuarenta años y aspecto juvenil, cuya aparición milagrosa les encandila totalmente a los dos. El destino parece que les ha complacido y los niños lo celebran igualmente.

Desde el primer momento Mila simpatiza con la niñera y el pequeño Adam parece aceptar con regocijo la presencia de la intrusa que sus padres han traído a casa. Louise, por su parte, no solo se dedica a los cuidados precisos de los niños, sino que atiende con diligencia y primor los menesteres propios de la casa, como la comida y la limpieza del hogar. Saca tiempo para arreglar los desperfectos domésticos e, incluso, se atreve a trastocar el orden establecido de las cosas para extrañeza y júbilo del matrimonio, sin echar cuenta del horario ni del dinero pactado. Poco a poco, la narradora irá desvelando secretos íntimos de la niñera. Nadie sospecha a qué obedece esa pena oculta que guarda dentro de sí, esa insatisfacción que la inunda. Louise recela de su entorno. Enviudó hace tiempo y su hija de veinte años anda perdida y alejada de su vida. En el apartamento donde vive, el desorden es un hecho aceptado y la desolación su misma consecuencia. El lector está preparado para todo lo que puede venir porque ya conoce desde el inicio de la novela el crimen perpetrado. Slimani juega con la intriga y la administra eficazmente para que se vaya conociendo mejor la mente criminal que encierra el alma de su personaje y, consecuentemente, Louise ya no pondrá reparos en dar rienda suelta a su lado oscuro, hasta precipitar su delirio al abismo de la fatalidad que se le aproxima.

Esta es una novela que atrapa y se lee casi sin aliento, un relato implacable que sobrecoge. Contrariamente a lo que estamos acostumbrados como lectores en el desarrollo de una novela negra, aquí no hay investigación que se lleve a cabo, porque el crimen está servido desde el principio. A partir de esa terrible presentación, la autora hábilmente utiliza como vuelta al pasado el recurso del flashback para desarrollar la trama narrativa establecida.

Canción dulce, por otra parte, es un relato poderoso y ameno, bajo una traducción primorosa a cargo de Malika Embarek, escrito con una prosa seca, desnuda y precisa en el que se describe también, con sutileza, el lado equivocado del funcionamiento sociológico de cualquier matrimonio moderno y pequeño burgués cuyos miembros andan enredados y sujetos a la dependencia y subordinación de sus carreras profesionales. En medio de un escenario parisino y de aparente normalidad, tan propio de los tiempos que corren, la novela analiza las contradicciones y prejuicios de la sociedad actual a través de una historia pavorosa protagonizada por una niñera atormentada y asesina.


Leila Slimani firma un brillante relato de intriga que da oxígeno a un subgénero literario tan prolífico en la actualidad y, a su vez, tan denostado y cuestionado por la crítica y un sector importante del público entusiasta de la novela negra, debido a la reiteración argumentativa y a la dudosa calidad artística de muchas de sus propuestas, lo que viene a confirmar que, cuando la calidad literaria se impone, no hay razón alguna para desconfiar del género, algo que siempre agradece el lector exigente, tan contrario a que le den gato por liebre.

miércoles, 5 de abril de 2017

Dolor irradiado

Siempre hay algo que nos duele, y todo dolor es irradiado, apunta Trapiello en El arca de las palabras. Todo dolor y toda enfermedad tienen algo de ajeno a nosotros, sostiene Siri Hustvedt en La mujer temblorosa, e implica una sensación y pérdida de control que se evidencia en el lenguaje que utilizamos para referirnos a ellos. Marta Sanz (Madrid, 1967) afirma en su último libro que su dolor es entre otras cosas: Nudo, corbata, calambre, ausencia, hueco invertido, vacío de hacer al vacío, blanco metafísico, succión, opresión, mordisco de roedor... carga, mareo, ardor, bola de pelusa, sabor a sangre y metal, electrocución, disnea o boca árida.

Clavícula (Anagrama, 2017) es un viaje interior a ese umbral del dolor, un libro fragmentario e íntimo, henchido de autobiografía, bajo una narración obsesiva, en el cual el miedo al dolor lo inunda todo, hasta el punto de que la escritura se convierte en el auténtico paliativo del malestar descrito por la voz de la autora y narradora, fustigada por los desajustes hormonales propios de su edad y por las estrecheces económicas que atraviesa su vida familiar. Dice Unamuno en Niebla que el hombre no hace sino buscar en los sucesos, en las vicisitudes de la vida, alimento para su tristeza o para su alegría nativas. La vida es la única maestra de la vida, no hay pedagogía que valga. Sólo se aprende a vivir viviendo. A Sanz le gusta asumir riesgos y en esta ocasión prosigue con esa filosofía unamuniana desde la propia experiencia, desde su yo, la palabra tajante que decía Canetti, desde ese yo doliente del que trata de superarse o, al menos, gestionar su deriva para no hundirse.

Al igual que en su anterior libro, La lección de anatomía (RBA, 2008, nueva edición en Anagrama, 2014), la novelista se desnuda en esta ocasión, más si cabe, para que el lector la mire y la calibre. En ambas obras el cuerpo se convierte en el texto que contiene su biografía. Sin embargo, aquí en Clavícula, no se echa la vista atrás, sino que el relato se ciñe sobre el presente acuciante en la edad madura de una mujer expuesta a los estragos del dolor, la soledad y el desamparo, como bien anuncia la narradora en los prolegómenos del libro: Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece.

El escritor, en palabras de Grace Paley, no es una especie de historiador hipócrita que va por ahí uniendo cabos sueltos e inventando para responder a las preguntas del mundo. Marta Sanz, en este libro tan personal, no pretende más que cuestionar su revés íntimo, su rechazo a lo que le pasa, tanto con su dolor corporal como con el que proviene fuera de su ser. Escribir sin ambages sobre el dolor y el malestar interior no llevará a la autora a resolver su desasosiego, pero sí que la pondrá en el camino de entenderlos, como si acudiera a aquello que decía Antonio Machado en uno de sus proverbios de que conviene saber que los vasos son para beber, pero que no debemos olvidar para qué sirve la sed.

Este es un libro que explora cómo la literatura es capaz de convertirse en bálsamo para entender mejor qué diablo nos duele. Clavícula es una novela extraña en su hechura, más cerca de un diario o de un viaje introspectivo al epicentro del dolor físico y su irradiación al ámbito social, un texto ávido de respuestas ante el insólito fracaso de dominar ese miedo al dolor y a la enfermedad, tan propios de la especie humana, que viene impulsado tras muchas consultas médicas, escenas familiares, amigos e incluso la presencia importante de un marido cómplice y presto en sus malos momentos. También el amor tiene cabida en sus páginas, el amor como barandal que protege del abismo.

Los lectores necesitamos escritores incendiarios, impertinentes e intrépidos, que nos saquen de nuestras casillas, del confort y de la rutina, que nos sometan un tiempo al desacato, a la incomodidad, a la intransigencia, y que nos muestren el lado menos amable de la vida, ese que también nos es afín a todos. En ese sentido, este es un texto propicio que encaja con esa línea literaria comprometida y exigente, un libro inteligente y veraz, de escritura ágil y eficaz, que lleva al lector al terreno indómito de la experiencia del dolor y de sus inmensos desajustes.


Es malo sufrir, pero es bueno haber sufrido, decía Agustín de Hipona, y ahí está la buena literatura para hacerse eco de ello. Clavícula sigue esa senda, y lo hace con valentía y autocrítica, un libro en el que la autora ni se ruboriza, ni se contiene frente al lector, como tampoco camufla el lado patético de su propia vida.