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domingo, 10 de agosto de 2025

Paralizado por entero


Hanif Kureishi (Londres, 1954) es un escritor conocido por sus novelas y guiones en los que explora la identidad, la multiculturalidal y, sobre todo, las crisis personales de la propia sociedad contemporánea. Entre sus obras destacan El Buda de los suburbios, una novela medio autobiográfica que aborda la adolescencia y sus conflictos identitarios, así como Intimidad, una novela intensa y emocionante sobre la crisis de la mediana edad y la ruptura familiar. Es, además, un autor muy reconocido por sus guiones para películas como son por ejemplo Mi hermosa lavandería o Sammy y Rosie se lo montan, dos obras cinematográficas chispeantes que rastrean temas de similar calado humano que sus novelas, bajo el mismo estilo mordaz e irónico, tan característico de su narrativa.

Muchas de sus obras sacuden las relaciones de pareja, familiares y de amistad, sin olvidar los demonios interiores del individuo, que siempre aparecen mostrando su complejidad y contradicciones. Volviendo a Intimidad, un relato intenso y apasionante, encontramos muchas reflexiones interesantes y lúcidas que el propio Kureishi pone en la palestra del relato por medio de su propia voz narrativa, como esta que alude a la experiencia vital y al mismo proceso creativo: “Es nuestra imaginación la que construye el mundo; nuestros ojos le dan vida y nuestras manos forma. Los deseos lo hacen prosperar; el sentido se lo da lo que uno pone, no lo que saca. Uno sólo ve lo que está predispuesto a ver, nada más. Debemos crear lo nuevo”. En todo su imaginario está muy presente la necesidad de entender las cosas de la vida, las claves de su interpretación, consciente de que la literatura nace de la vida y es inseparable a ella.

Ciertamente, los yoes literarios que aparecen en sus libros son caminos por los que transitan las historias, como pasajes sin retorno, donde el futuro es el presente y el pasado también es presente. Sin embargo, algo inesperado y terrible trastocó muchos de sus planes. Todo sucedió repentinamente en aquel fatídico año del 2022. Andaba de paseo por Roma con su mujer, durante unas vacaciones de Navidad y, ya de vuelta en el apartamento, sentado en la mesa de comedor, tomando una cerveza y viendo un partido de fútbol, sufrió un mareo. Al poco tiempo recuperó la conciencia, eso sí: “rodeado de un charco de sangre, con el cuello torcido en una postura grotesca”. Un año más tarde de aquel fatal accidente, y tras haber pasado por cinco hospitales, Kureishi seguía paralizado por entero del cuello para abajo.

A pedazos (Anagrama, 2025) es el libro que recoge este terrible acontecimiento, una crónica conmovedora, hermosa, reflexiva, cabal, honesta y rotunda sobre la fragilidad de la vida, la pérdida de movilidad y, también, sobre la lucha por seguir manteniendo la creatividad y la conexión de los demás en medio del desamparo y la adversidad. Kureishi acude a ese rasgo inquebrantable de la escritura como forma de encontrar las claves que expliquen, no solo la realidad del mundo, sino la suya propia de lidiar con lo sobrevenido hasta encontrar un nuevo giro que dé sentido a su vida. Todo remite a percutir en un relato autobiográfico en el que la dificultad de adaptación a una nueva realidad ya no consiste en escribir en un cuaderno o en el ordenador, sino que es imposible realizar tareas cotidianas sencillas, como rascarse la nariz, llamar por teléfono o sujetar un libro.

Por otro lado, el libro destaca, además, la relación que el escritor mantiene con Isabella, su esposa, imprescindible colaboradora, soporte de superación y ayuda en cada menester. Kureishi se adelanta a manifestar que, ciertamente, ninguna enfermedad de relevancia, como la que él está viviendo, jamás se queda atrás en el olvido: “Ojalá lo que me ha ocurrido no hubiera sucedido nunca, pero no hay familia en este planeta que pueda esquivar el desastre o la catástrofe. Sin embrago, de estos giros inesperados tienen que surgir también nuevas oportunidades para la creatividad”. Por eso mismo, y a pesar de la gravedad de su estado, no rehúye del humor y la ironía, dejando testimonio de que la escritura es un trabajo creativo que libera. Y escribe: “Hacemos una aportación al mundo; nuestro arte es para los demás, no solo para nosotros mismos; establecemos una conexión. Esa es la chispa de la vida, una surte de amor”.

Todo el libro en sí está concebido bajo un caparazón literario liberalizador, presentado a modo de diario, en el que no faltan grandes autores reseñados, como Kafka, Dickens, Chéjov, Graham Greene o su amigo Salman Rushdie, entre una larga lista de ellos, bajo una cronología de escritos en los que el autor combina su experiencia personal con su afinidad por la escritura, por medio de una prosa directa, concisa y emocionalmente intensa, en la que está muy presente su lucha interior y una visión humana esperanzadora.


A pedazos se suma a la rica producción literaria de Kureishi (sin olvidarnos del cuidado formidable de traducción de toda su obra a cargo de Mauricio Bach), dejando ver a las claras la vocación inquebrantable de su autor. Nos encontramos con un libro honesto, valiente, jugoso en el que la literatura se desparrama a gusto, y conecta, ya lo creo que sí, con el lector como interlocutor y confidente del impacto emocional de un hombre trastocado por el destino, paralizado por entero, pero empeñado en seguir escribiendo. Un libro memorable.

lunes, 14 de julio de 2025

No hay existencia sin vértigo


Si la escritura es un puente, el río que pasa bajo ella no es más que la vida transferida por su autor, que interfiere en la nuestra con la historia que cuenta, con la revelación de sus palabras escogidas que nos conducen a encontrar un síntoma, un rastro, o un espejo al que, quizá, no hubiéramos pensado asomarnos para ver reflejada allí una verdad ominosa o recurrente que define la lógica secreta del mundo en el que, resignados, vivimos. No hay existencia sin vértigo. El vértigo, además, es la expresión de la contingencia de la vida. No se puede habitar el mundo sin esa experiencia, sin aceptar que nada es definitivo y que nada es seguro, sin considerar que nadie es dueño y señor de su existencia, de su soledad y de los fantasmas que provoca vivir en un vaivén inestable y disonante.

El nuevo libro de Miguel A. Zapata (Granada, 1974) es un impresionante relato de resiliencia y mirada al mundo, de laberintos y lazos con otros que a veces serán personas cercanas y a veces extrañas, bajo una gramática de existencia activa y contemplativa. Poética del eremita (Baile del Sol, 2025) es una novela en la que existir y persistir acaso sean sinónimos rigurosos, un testimonio del pensamiento y de las peripecias de la existencia de su protagonista, un hombre nada convencional que también pone en valor la vida como ejercicio ético y estético. Zapata asume el reto de imaginar gozosa y arduamente una narrativa liberadora y reflexiva para abordar la profundidad de redención de Don, un personaje poco común, que vive en una ermita abandonada, a pocos metros de un acantilado, apartado del mundanal ruido.

Don es un ser inquisitivo, que reflexiona sobre qué es lo que le gusta de la vida y de la gente, porque de lo contrario se arriesga a convertir su futuro en un erial, eliminando toda posibilidad de fructificar su apartada manera de vivir, consciente de que para alcanzar el futuro tiene que vivir el presente al margen del resto. Para él, todo lo propio usurpa el centro de una realidad habitada por la huella de lo ajeno. La libertad que entiende es un concepto del binomio propio-ajeno. Para Don, lo propio es sujeto, mientras que lo ajeno es objeto: “Don arriba y el resto del mundo abajo”. Sin embargo, qué perturbador es el deseo para este ser solitario, una especie de demonio que nunca duerme ni se está quieto. El deseo en Don es travieso, pero sin arrasar a sus ideales: “A Don le gusta pensar en lo que no fue pero podría haber sido”.

En ese yo circunscrito de la novela, a través de la voz narrativa desplegada en tercera persona por Zapata, encontramos la identidad de alguien que habita un escenario aislado, dispuesto a acceder a su auténtico yo, como proponía Descartes, buscando un tiempo de soledad radical e iniciando un viaje interior, con la idea de que ese viaje le sirva para acudir a sí mismo, a su ser más profundo. La vida reflejada aquí no es sino existencia y representación. Significa que Don es un ser fronterizo respecto a ambas posiciones y, por eso mismo, entiende la vida como conflicto y drama y, por lo tanto, le resulta imposible concebirla separándola de la herencia cultural y de las situaciones contingentes del mundo, del sentido del vivir y de sus relaciones con los demás. Don compagina su vida mística y eremita frecuentando trabajos artesanales, arriba, en la montaña, cuyos encargos le sirven de conexión con sus congéneres.

El aire pragmático del silencio fluye por cada uno de los treinta y seis capítulos de la novela, proporcionando un repertorio de verdades no dichas, pero que se insinúan y que acompañan al soplo lírico y filosófico de muchas de las reflexiones rompedoras que “Don el eremita”, “tasador de acantilados”, “casi poeta”, “fláneur de puertos y mares”, escruta y huele, solo o acompañado, con su propia imaginación y memoria, reivindicando ese gran anhelo universal por encontrar “la única vida que merece la pena pero no se nos permite vivir: la imposible”. Zapata da pie a que su novela fluya como un libro rizoma que va creciendo por la superficie del relato, tratando de poner palabras a lo inexpresable, a la sensación de extrañeza ante el mundo de alguien predispuesto a aceptar un renacimiento de la vida, poseído de una conciencia libre y asombrada ante la infinita complejidad de la existencia.

No pretende el autor encontrarse a sí mismo en su Poética del ermitaño, al menos en su totalidad, ni siquiera pretende ubicarse en el alma del lector, sino que lo que pretende es que el lector establezca una relación con las cosas que importan del mundo de Don, con la realidad que es lo que siempre está ahí. Por eso mismo, la médula de esta novela no es la argumentación, sino su estancia vital de búsqueda, para ir más allá de lo buscado. Diría que, más que de soledad y misantropía, este libro tiene que ver bastante con el reconocimiento de la compañía de los demás, desde el territorio íntimo donde se fragua lo que en verdad podemos hacer, lo que podemos ser, lo que deseamos y lo que no.


La vida reflejada aquí, entre el mar y la tierra, viene a ser esa referencia inasible del mundo que nos rodea, esa mirada que se engancha en todo lo que surge alrededor de quien la protagoniza, estableciendo un diálogo, silencioso muchas veces, pero en el que se traduce siempre el asombro y la lectura de lo que somos, de lo sabido, de lo aprendido, de lo insólito y de las respuestas no dadas. Miguel A. Zapata acierta en la forma, el foco y el sentido de lo narrado en esta historia, tan singular como existencialista, que se pregunta por el valor de la vida, una lectura que pone en alza su talento narrativo, así como también su defensa apasionada de todo lo efímero e inútil, y, al mismo tiempo, trascendente, todo aquello que tiene de épica la buena literatura.

viernes, 30 de mayo de 2025

Memoria portátil


“La familia es el territorio de la memoria. Memoria de sí misma y del mundo que la contiene. Memoria en construcción y no siempre fiable, donde el amor y el conflicto confluyen. Dejarla totalmente de lado no es posible, vuelve en los sueños y en las pesadillas. Nos proporciona los primeros rudimentos para descifrar la realidad, nos forma y deforma, y, a poco que la escrituremos, nos confronta con el principal problema de la condición humana: ¿somos realmente libres para trazar nuestro destino?”

Con este arranque reflexivo, Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) nos perfila el conjuro literario que motiva la escritura de Los ilusionistas (Anagrama, 2025), resquicios de emociones y huellas de una experiencia que conforman los tatuajes y entresijos de su familia materna. A este breve y revelador preámbulo del libro le precede una cita de Georges Perec que descorre el poderoso empeño y la necesidad que lleva consigo el autor para hablarnos de su núcleo materno: «Escribo porque ellos han dejado en mí su marca indeleble y porque su rastro es la escritura». Bajo este mapa único y, a la vez, de brújula, nos invita a un viaje familiar del presente al pasado, y viceversa, convirtiéndonos en testigo excepcional de un ejercicio de indagación y, cómo no, de autoconocimiento y objeciones, paradojas de la que ninguna familia está exenta.

Le importa apuntar que la familia conforma los primeros argumentos para descifrar la realidad que nos rodea, y es que en gran parte allí surge nuestra primera concepción del mundo. Toda esta pulsión familiar del libro nos llega, tanto por las palabras, como por las voces y silencios de sus protagonistas. Pero antes que nada, Marcos Giralt subraya que, en Los ilusionistas, todos sus protagonistas están ahí con sus razones y discordias, y la presencia de cada uno refleja algún resquemor y desconfianza hacia el otro: “Esta es, sin embargo, una historia en la que lo histórico, pese a condicionar su devenir, aparece solo tangencialmente. Es una historia de interiores y de supervivencia”. El libro, por otra parte, escrito en la línea de un inventario de vida familiar, encuentra un estilo afín a Tiempos de vida (2010), un libro íntimo y conmovedor sobre su padre, pero, en esta ocasión, más maduro y con una mirada más distante, a la vez que implicada.

Todo lo que sustenta Los ilusionistas son recuerdos vividos, de cartas leídas, de conversaciones y trayectorias personales, que se van conformando en primera persona. Incluso aquellos recuerdos que el narrador se formula involuntariamente, como diría Proust, sacando por el hilo la semejanza de un instante o de un episodio que pone cuño de autenticidad a lo que está sucediendo en ese momento de la narración. Además, con ese impulso de volver a los personajes y a las cosas que pasaron, con una dosificación cómplice de la memoria de unas y la estela de otras. De siempre se ha dicho que en todas las familias hay algún componente raro o excéntrico en su seno. Aquí, el ejemplo más notorio lo ostenta su tío Gonzalo Torrent Malvido, autor de Torrente Ballestero, mi padre (1990), un personaje de trayectoria extravagante y errática, entre la escritura y la bohemia, no exenta de sablazos y granujería.

Sus vidas, ya todos muertos excepto su madre, transcurrieron en una singular y continuada tensión existencial entre la realidad y el pálpito distinguido de pertenecer a una esfera de predominio estético y burgués, con cierto aire de casta distinguida en la que todos vierten, polarizan y versionan su ilusión de vivir. Los ilusionistas pone su foco en el oficio de vivir de cada uno de sus personajes, en la realidad que trastoca y, a la vez, sacude lo inesperado. El libro va despojando su tránsito narrativo en ocho capítulos. En cada uno de ellos, el autor establece, uno tras otro, la radiografía de un miembro de la saga, sin olvidarse de su abuela Josefina Malvido y de su abuelo Gonzalo Torrente Ballester, con la particularidad de que, en ningún momento aparece mencionado el autor de La saga/fuga de J.B. Refleja su sentir de cómo recibimos historias heredadas que nuestra memoria transforma y las incorpora al devenir de la propia vida, para decirnos que “más importante que los hechos son los mitos que nos forman”.

¿Qué papel representan los viejos relatos familiares en las propias decisiones? Tal vez sea esta una de las preguntas claves que ronda con mayor resonancia en toda la novela, un relato generacional por donde discurren las distintas formas de afrontar una historia compartida de resquicios, ausencias, renuncias, anhelos y ensoñaciones. A Marcos Giralt, en principio, le rondaba por la cabeza lo que este relato iba a ser: “la historia de una familia, lo que pudo ser y no fue y lo que se perdió. Pero también iba a ser una historia de redención, con vencedores y vencidos, donde restauraría el relato que los vencedores habían ocultado”. Pero él pertenecía a la parte de los vencidos y le correspondía poner en orden los sesgos del relato, tratando de evitar cualquier maniqueísmo lacerante, hasta llegar al convencimiento de encajar en dicho relato lo que su madre sabiamente le confiesa al final del libro: “Somos lo que somos, da igual por qué caminos hayamos llegado a serlo”. Aquí encontramos ternura, gratitud y amor, pero las sombras y los reflejos de las vidas que transitan por sus páginas son más intensas que los hechos, al igual que las ausencias, que ocupan más espacio que las presencias.


Este libro es una estupenda incursión autobiográfica que postula que no hay verdades absolutas en el seno familiar, pero que sí hay muchas otras que nos dejan al descubierto. Marcos Giralt firma un libro hondo y honesto, de prosa ágil y tono reflexivo, desde su propia memoria portátil, desde lo que ha visto, desde lo que ha escuchado, leído y vivido, para llevarnos a una jugosa andanza narrativa por el vínculo familiar, ese que, aparentemente, nunca o casi nunca desaparece de nuestras vidas.

miércoles, 21 de mayo de 2025

Mapa de obsesiones


En cierta ocasión dijo Juan José Millás (Valencia, 1946) que cuando escribe una novela vive, de alguna manera, en una situación de rapto por enamoramiento, en el sentido de que todo cuanto sucede conduce al ser amado. Esto es, que todo lo que él oye, lo que habla, lo que hace y lo que piensa mientras escribe una novela le conduce a la novela. Ese menester, por otro lado, nos dice que viene impregnado de una sensibilidad necesaria e intensa para descifrar la realidad que vivimos. Sin duda, la sensibilidad es lo que importa en la literatura, en la escritura y yo diría que, también, en la lectura. Porque sentidos tenemos todo el mundo. Pero capacidad para captar la realidad, reinterpretarla y convertirla en literatura es harina de otro costal. El escritor procura no ver la realidad evidente, sino que se esmera en poner a nuestro alcance la otra realidad de su mirada para engatusarnos, para ver otras cosas que están ahí delante y percuten en su imaginario, pendientes de darse a conocer y sorprendernos.

Se podría afirmar que un escritor es alguien que contempla su propia vida desde cierta distancia, aunque, en el caso de Millás, su objetivo es, más bien, cortar distancia sin tener que huir del propio mundo, mediante la invención de otro mundo propio, sin tener que pensar en un lector distinto a él mismo. En sus novelas, el lector asiste a presenciar una performance en la que las cosas raras parecen normales, y las normales resultan raras. “¿Una novela es como un mapa?”, le pregunta la protagonista de su novela La mujer loca (2014) a su interlocutor. “Sí y no”, le responde. “Por un lado es un territorio autónomo, pero por otro es una representación. En lo que tiene de representación, la novela tiene también algo de mapa”. Sabemos por la lectura de sus libros que, en su imaginario, la identidad, el desdoblamiento de la realidad y el extrañamiento de las cosas tienen dos existencias simultáneas: la que se muestra a la vista y otra más recóndita. Lo que le importa es desentrañar la segunda, una característica, o, mejor dicho, una obsesión incisiva muy presente en su obra.

En su nuevo libro, estas acotaciones narrativas de contemplar la realidad cotidiana con la extrañeza de lo invisible continúa. Ese imbécil va a escribir una novela (Alfaguara, 2025) es una historia que cuenta las andanzas de un escritor y periodista llamado Juan José Millás a quien su redactora jefe del diario en el que trabaja le acaba de asignar que escriba un reportaje sobre lo que se le antoje. El desafío inquietante que se le presenta le produce al personaje, también llamado Juan José Millás, cierta desazón, y se convierte en una trama repleta de entresijos que no se sabe hacia donde se encaminará. Durante el transcurso del relato, las conexiones reflexivas del narrador, del personaje y del autor irán conformando un devenir de extrañezas y miradas que van dando vueltas en círculos, sin un plan preestablecido, propiciando un continuo vaivén entre lo ficticio y las realidades paralelas que se interponen entre ellos mismos en busca de ese reportaje incierto, objeto de encargo.

Por aquí asoma lo misterioso de su narrativa, entremezclado con evocaciones de otras obras suyas, bajo esa escritura precisa y veloz tan característica de su literatura, que revela el misterio de su mirada inimitable, entre realista y onírica, donde se mezclan el humor y la ironía. Por estos pasadizos y meandros transcurre el hilo del relato, por rendijas por las que se asoma el personaje, tan ocurrente y campechano, frente a la fabulación, manejando la realidad como si de ficción se tratara. Quien habla aquí, quien actúa y quien firma es un Millás triplicado, convertido en personaje, narrador y autor, capaz de trasponerse ingeniosamente con gracia y desparpajo. Tiene la habilidad de pasar de cirujano a prestidigitador del lenguaje, a base de juntar palabras para contar historias colaterales de su vida cotidiana. No hay nada más recurrente para él que escribir una historia y despojar a la realidad de sus vestidos corrientes, las palabras, para conectarlas con otras aspiraciones y significados.

Sabe que en el reportaje los materiales vienen de fuera, al contrario de los materiales de la novela que, según él, vienen de dentro. Por eso mismo, sostiene que no es necesario que la construcción de una novela tenga que estar representada en un plano, como un edificio, sino que “una novela se comienza de cualquier forma, a veces por el techo, igual que un sistema filosófico”. Le gusta trascender, además, que el lenguaje no está en nuestra mano, sino nosotros en la suya y nos usa para apretar o aflojar los tornillos de la realidad, como dejó dicho en la citada novela La mujer loca. La ficción, a su entender, aguanta más que la realidad. Y por ello es por lo que lo ficticio y lo real se convierten en su literatura en un fingimiento de verdades paralelas o imaginadas.


En Ese imbécil va a escribir una novela entramos en el terreno de la experiencia de la fabulación que tantas veces le ocurre al yo que Millás lleva dentro y fuera que no para de reinventarse. Como suele ocurrir en sus novelas, el lector asiste a una narrativa de provocación deliberada, de ponerle en un brete, en la tarea de dilucidar sobre lo que hay de verdadero y de fingido en su creación artística, todo un desafío. Pero en esta, además, hay una vuelta de tuerca más, un giro en su mapa de obsesiones que transita entre la búsqueda de un extraño reportaje y una singular novela que nos conduce al disfrute de un nuevo brote de su universo literario aún activo, ávido, curioso e inquieto donde encontrar intenciones más profundas de desentrañar la realidad.

lunes, 17 de febrero de 2025

Sin miedo a vivir


Con el paso del tiempo y mi experiencia lectora, tengo la impresión de que lo que entendemos por novela, más que un género autónomo, de rasgos claramente definidos y de formación y desarrollo bien delimitados en el tiempo, tiende a ser considerado, como diría
Luis Goytisolo, un producto de aluvión en el que encajan diferentes formas narrativas por donde transcurre una verdad novelesca pendiente de que el lector la perciba en su fuero interno como algo evidente, sin que medie demostración alguna, que se baste con su verosimilitud y en cómo está contada. El pacto se concibe, además, bajo tres vectores: autor, texto y lector. En ese pacto caben todas las novelas, pero si de lo que se trata es de una novela biográfica o autobiográfica, lo que implica, sobre todo, es que el autor y el narrador se muestren como personajes verdaderos.

Javier Marías contaba en una de sus conferencias, que lo que distingue a una novela basada en datos biográficos de una biografía, es que mientras el autor de unas memorias se propone convencernos de que lo que narra le sucedió de verdad, el autor que construye su narración sobre datos autobiográficos debe convencernos de lo contrario: que aquello es ficción. En realidad, en Notre Dame de la alegría (Siruela, 2025), su autora, Ana Rodríguez Fischer, propone al lector, sopesando todo esto, que lo que tiene en sus manos es un relato biográfico de un personaje que, a su vez, es el narrador de su propia historia. Volviendo a lo que decía Marías, en esta ocasión, el resultado es que aquí, verdad y ficción se conjuran en una novela de vivencias que invita al lector a introducirse en la subjetividad del narrador y a mirar de cerca su realidad psíquica y emocional.

Rodríguez Fischer pone voz a la pintora Maruja Mallo para que sea ella quien cuente sus andanzas vitales y artísticas, desde la memoria propia de una mujer anciana y enferma en un hospital de Madrid, para que escenifique momentos memorables y dramáticos del mundo que la rodeó y que ella sintió: artistas, acontecimientos históricos, viajes por América y, cómo no, la chispa creativa y manifestación plástica que soplaban permanentemente en su espíritu indomable que plasmó en su pintura de caballete y en sus murales. El universo mágico de esta mujer orgullosa y vitalista, cosmopolita y de ultramar, que le gustaba denominarse Marúnica, queda bien reflejada en esta novela, una artista que durante un buen período de su vida mantuvo un pie en cada una de las dos orillas del Atlántico: entre Madrid, París, Buenos Aires y Nueva York, sus ciudades más amadas.

Maruja Mallo era gallega y estaba orgullosa de ello, pero pasó su niñez y adolescencia en Avilés, Asturias, donde comenzó a pintar, como su hermano Cristino a esculpir, en la escuela de Artes y Oficios de esta localidad. Cuando trasladan a su padre a Madrid, encuentra allí la ocasión propicia para relacionarse con artistas, escritores y cineastas como Salvador Dalí, Concha Méndez, Federico García Lorca, Luis Buñuel, María Zambrano, Rafael Alberti, con el que mantiene una relación hasta que el poeta gaditano conoce a María Teresa León o, con Miguel Hernández, con quien también mantuvo un idilio. Decide estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y se cortó el pelo a lo garçon, y se quitó el sombrero para pasear por la puerta del Sol con sus amigos Dalí y Federico. Le cayeron pedradas e insultos, pero, para ellos, escandalizar a aquella masa de energúmenos les pareció gloria bendita.

Durante la década de 1920 trabaja asimismo para numerosas publicaciones literarias como La Gaceta Literaria, El Almanaque Literario o la Revista de Occidente y realiza portadas de varios libros. Ortega y Gasset conoce sus cuadros en 1928 y le organiza su primera exposición en los salones de la Revista de Occidente, la cual obtuvo un gran éxito. Su primera exposición en París tuvo lugar en la Galería Pierre Loeb en 1932. Allí comienza su etapa surrealista. Su pintura cambió radicalmente y alcanzó maestría y renombre, tanto que el mismo Breton le compró en 1932 el cuadro titulado Espantapájaros, obra pintada en 1929, poblada de espectros, que hoy es considerada una de las grandes obras del surrealismo. Afirmaba que la soledad era su mayor capital, que el hombre se mide por la magnitud de soledad que es capaz de aguantar. Dalí decía de ella que era “mitad ángel, mitad marisco”.

Podemos afirmar que lo que está presente en esta novela, no son tanto los acontecimientos reconocibles de la vida de Maruja Mallo, como las emociones que despertaron en ella. Y así, por ejemplo, nos percatamos del valor del deseo que los surrealistas, en parte, le habían aportado en su concepción artística, que confluye con su propia pulsión del alma, compromiso social e intensidad más radical. La narradora nos desvela que el aprendizaje vital tenía para ella mucho que ver con la naturaleza de sus aspiraciones estéticas. Pone el foco e insiste que de todo aquello que llega por los sentidos surgen las formas, los colores, su alimento para la creación artística, sin olvidarse que el cuerpo, como sede del yo, siempre tiene algo de extraño para el imaginario. Y, por eso, le importa tenerlo en cuenta.


Tres décadas después, Ana Rodríguez Fischer recupera el mundo complejo de una artista que ya estuvo presente en su anterior obra Objetos extraviados, Premio Femenino Lumen de 1995, para un nuevo empeño narrativo de reescribirlo y ampliarlo con Notre Dame de la Alegría, el mundo en el que vivió, el mundo en el que volcó sus sueños, el mundo que representó en sus cuadros. Es desde esa recreación combinatoria donde la autora asturiana erige con tino su novela, en su espacio, en su tiempo y en sus circunstancias, desde el plano biográfico de la voz lúcida y sin ningún miedo a vivir en libertad que mantuvo Maruja Mallo a lo largo de su existencia, un rescate meritorio con un final hermoso y simbólico, en el que alumbra la presencia de una niña que evoca el sueño de quien tras una larga travesía por el bosque, metáfora de la vida, se dispone a no sucumbir en su empeño en cruzarlo y regocijarse por lo que ha hecho.


martes, 14 de enero de 2025

Andanzas de un niño del extrarradio


La Tata me dice siempre que no salga. Que si salgo vuelva pronto, que no mentretenga, y que no me deje ver así, mucho. La Tata es gorda y tiene los dientes grises, de tanto fumete o de tanto calimocho, yo no sé. Se rasca el culo grasiento por debajo la falda y a veces la tela se sube y se le ve la piel con grumos, como una tortilla mal hecha, como la parte de arriba de las natillas cuando la Tata las hace... No tentretengas, sielo, me dice, viendo la telenovela y fumando, los brazos con mucha carne como si llevara un chaleco color piel que le estuviera muy grande”.

Así arranca la novela Mosturito (Tusquets, 2024), del escritor y periodista Daniel Ruiz (Sevilla, 1976), un relato de iniciación, ensamblado por un lenguaje oral de acento andaluz que parece sencillo, cuando, en realidad, es un trabajo de orfebrería en el que se requiere excelente oído y audacia para encajar y trenzar las voces que conforman el hilo narrativo del libro. Quien habla aquí es un niño, como en El Lazarillo, muy próximo a la percepción del lector. Su relato es una corriente cristalina con fondo turbio. A ello contribuye el margen que se abre a la incertidumbre respecto tanto a lo que se nos va relatando como a sus consecuencias futuras, cuya característica principal es la crudeza, una crudeza que es la vida misma, la propia de un mundo marginal del extrarradio de una gran ciudad en el que no hay pecado sin penitencia.

Mosturito nos ofrece una desgarradora semblanza de esa realidad social marginal y precaria valiéndose de su protagonista, un niño preadolescente, cuyo padre maltratador cumple condena, que vive con su tía en un barrio humilde situado en la periferia sevillana a mediados de los ochenta. Daniel Ruiz pone su punto de mira a través de los ojos de su héroe que, sin ser nostálgica, ni mucho menos analítica, converge en lo instintivo, en lo sensorial. La voz de Mosturito, el personaje, es tan diáfana y mimética como salvaje el entorno. No le queda más remedio al muchacho que sortear a los matones de la zona que tratan de humillarlo, metiéndose con su aspecto cada dos por tres, y arreglárselas con granujería hasta hacerse notar en su nueva pandilla.

Hay en la novela una clara intención del autor por darle visibilidad a la cultura del descampado y también del ojo de patio de las viviendas, como pulsión de intemperie, donde la violencia, el maltrato y todo lo despreciable de unas vidas desgraciadas se vivían de puertas adentro, como si el escándalo del hogar no transcendiera afuera si dicho escándalo no acababa en tragedia. Pero, también en Mosturito hay lugar para el compañerismo, el desparpajo y el humor. Daniel Ruiz fija el perfil narrativo de su novela no solo en la voz de su personaje, sino en sus acciones y en su aspecto. Pedro o Pedrito se presenta como un niño feo y retraído, pero, a su vez, tremendamente ingenioso y con mala leche, gamberro e impertinente, que exuda verdad y picardía sin cortapisas, que quiere darse a valer presentándose a los demás como Mostu.

Es Pedro, o Mostu, quien se vale por sí mismo para ir descubriendo facetas ásperas de los adultos para entender la realidad propia y la de su entorno. La cercanía de su tía, que ejerce de protectora, y la de sus nuevos amigos, que le abren los ojos para entender mejor el escaparate decadente que le rodea, son el conducto propicio para comprender la implacable ceremonia de la lucha por la vida. Daniel Ruiz despliega su talento narrativo para apelar a ese lirismo barojiano de gente humilde que arrastran su miseria sin que la sociedad les preste la más mínima atención, a través de un texto bien urdido de coloquialismos, belleza y verdad, capaz de aguzarnos para sacarnos de nuestras casillas e, incluso, hasta provocar alguna que otra carcajada, pese al trasfondo degradado de su narración.


La verdad novelesca de Mosturito es tan certera y precisa en su concreción como irrefutable. Una verdad que el lector percibe en su fuero interno, página a página, como algo evidente, sin que medie demostración alguna. Nos vale con esa voz cercana y veraz del narrador, una voz irrebatible y cándida que nos toma en volandas para que sigamos sus andanzas con las reglas que Pedro, o Mostu, se ve obligado a aceptar para sí mismo. Es cierto que somos gregarios, imitativos y emocionalmente dependientes, necesitados de afectos comunitarios, pero las reglas son a menudo problemáticas y dudosas.

Esta es una novela tan conmovedora como divertida, un espejo de una época en el que no salimos favorecidos, una experiencia vital contada con franqueza y gracia indisimulable. Un disfrute, vaya.


martes, 22 de octubre de 2024

El pasado siempre vuelve


Tenemos que admitir que nuestra propia existencia, como señala George Steiner, es una lectura constante del mundo; un ejercicio de desciframiento, de interpretación dentro de una cámara de eco que tiene infinidad de mensajes destinados a comprender cómo se articulan sus significados. Escribir una novela tiene que ver con sustraerse a la vida, de acudir a la memoria, poder captar eso que mientras fue, ya no es y atravesar sus apariencias. Incluso, tener la certeza de que escribirla es convertirse en un extraño para sí mismo, en alguien que espera algo distinto a lo acostumbrado, pero ser consciente de que el pasado siempre vuelve, y comparece de forma súbita e imprevista.

Estas consideraciones quedan bien a la vista en El exclaustrado (Anagrama, 2024), la nueva novela de Álvaro Pombo (Santander, 1939), una inmersión en los recovecos del alma humana en la que aborda cuestiones inherentes a la fe, las dudas, los autoengaños y los deseos inconfesables, una reflexión, a su vez, sobre el conocimiento, el pasado y el eco que dejan las equivocaciones en la conciencia del ser. Lo que se cuenta en ella es la historia de Juan Cabrera, un monje benedictino de profunda vocación religiosa que, tras presenciar un trivial incidente de unos novicios y denunciarlos, sufre una intensa crisis de fe y abandona el monasterio para recluirse en un pequeño apartamento, con la sola idea de apartarse del mundo, rodeado de sus libros de teología, para concentrarse en sus propios pensamientos. En ese espacio encontrará su retiro y cobijo para pasar desapercibido: “Es lo bastante rutinario para acabar volviéndose invisible”.

Alejado del convento y de la familia, recibe un día la visita de su sobrino Jaime, un joven desprovisto de malicia y un tanto ingenuo que, a su vez, acaba incorporando al encuentro a Antón Rubial, su profesor de Filosofía del Derecho, que en su día fue novicio en el mismo convento de su tío, autor de la denuncia por un supuesto acto impúdico y que provocó la expulsión de Rubial, un hombre, por otro lado, engreído, seductor, inteligente y calculador que no olvida el suceso y trama una venganza en la que utilizará a su ingenua y atractiva mujer, Petri Guillard para arrastrar a sobrino y tío a un desenlace perverso e imprevisto. Juan Cabrera se resiste a volver a encontrarse con el ex-novicio. Le indica a su sobrino que no es buena idea verse con este: “Que el pasado es pasado, en mi opinión. Forma parte de nosotros, pero vale más no reavivarlo porque con facilidad puede empeorarse y empeorarnos”.

Sin embargo, nada impedirá a que todo se precipite de manera inopinada. Cabrera establece una limpia y cordial relación con Petri que, en aquel momento, es amante de Jaime tras haber sido abandona por Antón, su marido. Petri, al poco tiempo, rompe con Jaime y regresa a su hogar conyugal donde le espera Antón y la somete a un encierro que califica de reparador, un aislamiento forzado del que sobrino y tío intentarán librarla. Mientras todo parece ceñirse a un plan bien urdido, en la novela percibimos cómo se agita el alma de sus personajes, sus emociones y sentido moral de entender y encajar la realidad, de discernir la mirada del otro. Cabrera ahonda en la dimensión filosófica de una salvación turbuleta que va adquiriendo todo este trance: “Nadie salva a nadie –se dice a sí mismo–. Nadie puede hacerlo a menos que aquel a quien se quiere salvar quiera ser salvado”.

Esta es una novela reflexiva sobre la culpa y las consecuencias de nuestros actos al propio tiempo que una historia que se sumerge en la subjetividad de sus protagonistas, sus afectos y aflicciones, revelándose como algo que apenas les redime de las decepciones y reveses de la realidad. Pombo explora el alma de sus personajes, sus ambiciones, deseos y necesidades imperiosas y, sobre todo, ese punto vulnerable que genera sus conflictos: en Juan Cabrera, los misterios de la fe; en Jaime, la inocencia y latidos del amor; en Petri, la infelicidad y el sentido del deber; en Antón Rubial, la venganza y los celos.


Álvaro Pombo vuelve a sorprendernos de nuevo con su particular mezcla de dramatismo, ideas y toque de humor, con un relato lleno de reflexiones y paradojas en el que están muy presentes las perspectivas morales y utilitarias que Sartre esboza en su libro El ser y la nada, y que resalta que «el hombre busca el ser a ciegas», como así lo entiende su protagonista, un hombre que readaptó sus hábitos de larga duración, que implicaban la vida conventual, a una vida no conventual pero igualmente confinada y restringida.

El exclaustrado es una fábula sugerente con aire de thriller, un relato sombrío y filosófico escrito con un ritmo trepidante, que nos muestra a un hombre viviendo inmerso en una subjetividad trastocada por conflictos morales en busca de redención. Pombo pertenece a esa estirpe de autores que poseen el rango existencial y humano que logra que nos percatemos de que el horizonte más determinante que distingue a nuestra especie no se encuentra más allá, más lejos, sino más adentro, más en nosotros mismos.


viernes, 13 de septiembre de 2024

Hijo de su tiempo


Nos pasa a ciertos lectores que, cuando ya estamos bien emparentados con los libros leídos de un autor de largo recorrido que nos gusta y entusiasma sobremanera, no nos importa, es más, nos seduce saber más de los entresijos y misterios que envuelven su vida, en ese afán tardío de algunos de escribir y dar testimonio de su biografía, una tentativa literaria de alto riesgo ligada a la vida privada y social de quien, en buena medida, se expone a ser juzgado. Somos partícipes, por tanto, del asombro e interés que estos libros de memorias son capaces de producir, si están bien escritos y alejados de imposturas. Escribir por esta senda, además, exige hacerse un hueco en la memoria para dedicarlo a ese juego incauto de travesía en el tiempo, lo más próximo al entendimiento no solo de la verdad, sino también de algunos secretos y obsesiones guardados, para discernir detalles de la vida y obra que compaginó quien la escribe y publica.

En Ropa de casa (Seix Barral, 2024), Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) funde un relato en el que convive una memoria que escribe y una escritura que recuerda, sin prejuicios de ponerse a prueba frente al pasado, frente a los demás y frente a sí mismo, porque lo que se palpa aquí es un sentir vívido de que la literatura, en cualquiera de sus géneros, es un testimonio de la vida que persigue siempre revelarse, un artificio en busca de esa meta, que no es otra más que desvelar una experiencia, un trayecto, un propósito. Todo lo que se desvela en estas memorias viene a mostrarnos la esencia de un literato, la de un hombre que ha vivido y desempeñado su existencia bajo el influjo de los libros, los que ha escrito y los muchos que ha leído y compartido con otros escritores, fruto de una vida plena dedicada a la escritura, la de un hombre que todo lo que aprendió fue naciendo de una mirada atenta a qué querer hacer con la vida propia, al compromiso adquirido con las letras, que no es otro que el que le dieron los libros en sus distintas etapas vitales.

Pisón consigna sus recuerdos y los encaja en su contexto a través de pasajes de su vida y de su familia. Reconstruye sus inicios colegiales y afición por los libros en una España en la que el régimen de Franco expiraba y aparecía una Transición esperanzadora, al tiempo que plasma sus inquietudes y vocación por las letras. Sabe contar lo que quiere, con suma sencillez y naturalidad, sin alharacas ni aspavientos, acorde con el gran hallazgo en la biblioteca de su abuelo de un viejo y gastado volumen de Valle-Inclán que contenía sus tres novelas carlistas. Aquella experiencia lectora, cuando tenía catorce años, le encandiló y le fue a decir: “que los escritores, seleccionando unas palabras y no otras, combinándolas de una forma y no de otra, podían generar belleza a la manera en que lo hacían los pintores, los escultores o los músicos”. Ese sentir, según cuenta, se le grabó y fue aquilatando con el tiempo su firme decisión de convertirse en escritor.

De alguna manera, sin atisbo de ego encendido, el autor de los excelentes libros, Carreteras secundarias, Enterrar a los muertos o, el más cercano publicado, Castillo de fuego, se presenta en Ropa de casa como un hijo de su época, de un tiempo de esperanzas y cambios que, también, conllevaría la irrupción de nuevas voces narrativas, como las de Javier Marías, Vila-Matas, Muñoz Molina, Julio Llamazares, Bernardo Atxaga o Cristina Fernández Cubas. Entre este elenco de autores que pisa fuerte, Pisón refuerza su ánimo y memoria recuperando para el libro la figura del poeta y editor Carlos Barral, ya envejecido, en la terraza del restaurante L’Espineta de Calafell, a la mitad de los años setenta, cuando Barral andaba publicando lo mejor de sus memorias. Con un claro tono de balance vital y literario, Pisón se propone contar la verdad y, sobre todo, contársela a sí mismo, desgranando también, cómo en aquella incipiente democracia, empezaron a florecer nuevas editoriales, como Anagrama y Tusquets que aprovecharon esa coyuntura alentadora para apostar por una nueva narrativa acorde a la realidad del momento.

Por otro lado, Ropa de casa culmina su andanza narrativa cuando el autor llega a la edad adulta definitivamente, con esas obligaciones y renuncias inherentes a la edad, dejando atrás muchas farras memorables hasta las tantas de la madrugada junto a Vila-Matas y otros trasnochadores, licencias cada vez más escasas y peregrinas, pero no solo por cuestiones de conciliación familiar, al menos en su caso: “Esa vida alegre de los años 80, de repente se empieza a reducir, pero porque los otros la reducen. Yo en Barcelona ya no salgo por la noche porque mis amigos ya no salen”. El resultado del libro es un mosaico narrativo de la vida de Pisón que pasa desde la sombra de Buñuel, a la presencia y cercanía de su querido Labordeta, o de las cartas correspondidas con Marías, a los viajes disfrutados con Atxaga, enmarcados en una lista de escritores, cineastas, editores, profesores y amigos que deja entrever la historia de la cultura en la España de los 70 y los 80. Y, en esa voluntad de contar su vida y no desaparecer tras lo narrado, Pisón nos recuerda fragmentos que tienen que ver con la vida nuestra.


“Este es el relato de la formación de un escritor –concluye el propio Pisón en las páginas finales del libro–, porque uno es escritor desde mucho antes de escribir sus primeras líneas: en esa niñez y en esa juventud se va a nutrir su mundo literario”. En suma: Ropa de casa (bonito título para unas memorias) es un relato intimista, vibrante y próximo a la vida de su autor, un escritor con un talento narrativo admirable, gracias a la prosa armónica, limpia y precisa que luce en todo momento y que deja ver, de forma amena y sincera, que la vida siempre es fuente de inspiración literaria. Un libro bien concebido que convierte lo leído en vivencia reconocible.



lunes, 9 de septiembre de 2024

El embrujo de novelar


Mi relación lectora con Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) ha sido intermitente a lo largo del tiempo. Mi primera incursión en su obra literaria corresponde a la novela Queda la noche, galardonada con el Premio Planeta de 1989, una historia en la que el juego de la vida se impone una y otra vez, como si fuera inevitable. Después de unos años me sumergí en otra, de título largo y sugerente: Si al atardecer llegara el mensajero (1995), donde la fugacidad de la vida y la amenaza imprevisible de la muerte son temas abordados como pretexto para acometer los problemas irresolubles que acarrean la existencia de cualquiera. Con La señora Berg (1999), un relato espléndido e insinuante sobre el amor, la familia y los desencuentros de la vida, la académica de la R.A.E. deja buena muestra de su madurez artística. Luego, en 2012, me animé con otro de sus libros, Mi amor en vano, una historia que ahonda en la atracción y la pasión entre seres humanos, y todo aquello que se anhela para buscarle un sentido a nuestra existencia. Y, por último, El fin (2015), un conjunto de trece relatos que recoge el espíritu oscilante del tiempo y de los sentimientos. En estos cinco libros se concentra mi recorrido lector por el universo literario de la autora maña.

Vuelvo al cabo de casi diez años a su literatura, atraído por saber qué me voy a encontrar en su nueva entrega, La novela olvidada en la casa del ingeniero (Anagrama, 2024), un título ciertamente anodino, que, sin embargo, deja entrever un misterio en el que se intuye, una vez entrado en ella, un propósito metaliterario determinante. Y efectivamente, así es. Hay un giro narrativo en el discurrir de la novela que parte de dar constancia a ese poder que todo novelista ostenta, de esa libertad infinita que la novela otorga al escritor de escapar del lugar en que está, aunque no se sepa adónde se dirige y aunque haya siempre alguna ocasión de equivocarse. Es lo que viene a decirnos Mauricio Ballart, escritor de literatura juvenil y personaje de la novela, encargado de revisar el manuscrito entregado por su amigo Tomás Hidalgo que pone título al libro, con estas palabras: “Ese es el privilegio del novelista, crear un mundo paralelo en el que los elementos de la realidad se vuelven ficción y los de ficción se hacen realidad dentro del ámbito de la ficción. Parece un galimatías, pero es así”.

Puértolas no se olvida en esta novela de lo que antes propiciaban sus novelas anteriores, ese deambular de sus personajes que se preguntan por el sentido de sus existencias, que tratan de convivir con sus soledades, que no renuncian a sus íntimos deseos e ilusiones, que siempre esperan algo, envueltos en una atmósfera de misterio, pero, en esta ocasión, lo hace reafirmando el valor que tiene la literatura, al destacar su valor semántico o de significado y, desde luego, su valor formal o de expresiones lingüísticas a través del ínclito Ballard, y que solo hay literatura cuando ambas intenciones se juntan; que “el asunto es convencer al lector de que ese mundo es lo suficientemente interesante como para seguir adelante con la lectura”. Con esa intención, la autora experimenta, desarrollando una trama en la que establece dos líneas bien delimitadas y dos narradores, ambos escritores, engarzadas en dos historias, cada una con sus particularidades y personajes secundarios. Igualmente, se empeña en alternar el tiempo de los hechos y el propio tiempo de la escritura, para permitirle que el relato no oculte su juego metaliterario y autorreferencial.

En La novela olvidada... hay dos narradores: por un lado, Leonor, autora del texto encontrado en un viejo disquete en la casa del ingeniero, y, por otro, Mauricio Ballart, del que ya hemos hablado anteriormente, que transcribe, revisa y opina sobre el proceso creativo que lleva entre manos. A todo esto, también se incorpora al relato principal un puñado de narradores presenciales que airean o matizan detalles de los hechos. La novela discurre entre los años sesenta, los últimos de la dictadura y anteriores a la transición a la democracia y sus años inmediatos. Desde el mismo arranque del libro, el texto despierta curiosidad y misterio. Soledad Puértolas aprovecha ese inicio para ensamblar su trama en una estructura en la que no hay una historia lineal con un solo narrador, como ya hemos apuntado, sino una especie de muñeca matrioska, donde lo que se teje y acontece está dentro de otra historia y así, con maestría, zarandear la imaginación del lector.


En suma: la novela en sí conforma un artificio bien escrito y de amena lectura, dentro de un puzzle de historias en las que la vida percute sus dosis de fatalismo y de amor, casi entremezclada, dando resquicio a un juego de espejos que, a su vez, invita al silencio y al retiro. Hay lugar en ella para alguien, como la narradora de esta novela olvidada, una mujer en periodo de formación vital, que se dispone alcanzar la edad de los recuerdos, que se supone, como subraya el propio Mauricio Ballart, no es otra que la de la madurez, la del saber “aceptar la sucesión de finales que se producen en la vida. A uno le sigue otro, lo que significa que no son del todo finales”, como tantas veces ocurre en el arte de novelar.