martes, 25 de febrero de 2020

Mujer de armas tomar


Nabokov había conocido a Véra en Berlín y se casó con ella en 1925. Vivieron con estrecheces en unas habitaciones minúsculas, sobre todo después del nacimiento de Dmitri, en 1934. Vladimir tenía la preocupación constante de cómo ganar el sustento diario, y la situación política por aquellas fechas era inquietante. Véra era judía y, con la llegada de los nazis al Parlamento alemán en 1932, se hizo extremadamente difícil conseguir un pasaporte de emigrado. Para mayor consternación de los Nabokov, el destino quiso que, en 1936, el vituperado general Biskupsky fuera puesto al frente del departamento nazi que se ocupaba de los emigrados rusos. Y lo que es peor, nombró de subsecretario a Serguéi Taborysky, el hombre condenado por la muerte del padre de Vladimir.

Tan pronto como pudo, Vladimir se trasladó a Francia para buscar trabajo. Más tarde, en el verano de 1937, Véra y Dmitri se reunieron con él. Madre e hijo escaparon gracias a las diligencias prestadas de una organización de ayuda a los judíos, unos pocos días antes de que los tanques alemanes alcanzaran París. Nabokov había dejado documentos, dos manuscritos y una espléndida colección de mariposas en un sótano que los alemanes desvalijaron después de su partida. En todo este trasiego de huída y difícil asentamiento, el matrimonio forjó un destino común: la literatura, toda una exaltación vital en torno a las letras que los mantuvo unidos hasta sus últimos días.

Leyendo Un revólver para salir de noche (Galaxia Gutenberg, 2019)) de la escritora, traductora y periodista checa Monika Zgustova, podemos llegar a pensar que, de no haber conocido Nabokov a Véra, es muy probable que el reconocimiento internacional que tuvo no hubiese tenido el alcance y proyección de entonces y del que hoy conserva. Zgustova nos acerca a los entresijos del matrimonio Nabokov a través de un artefacto narrativo, a modo de biografía novelada, para conocer su vida en común, la personalidad de cada uno de ellos, así como la relación entre la vida del escritor y su obra bajo la supervisión siempre de su esposa, una mujer ambiciosa y testaruda, con una energía arrolladora. Véra, como aquí se nos cuenta, es la clave que trazó el mapa literario del hombre que triunfó y dio tanto que hablar con la publicación de Lolita. Ella modela su trayectoria y la dirige con mano recia. Ella planifica la vida y el futuro de Vladimir, un aristócrata ruso que huye de su país y de Alemania, y tiene que abandonar su maravillosa colección de mariposas.

Ella se convierte en la primera lectora de sus textos, es quien los pasa a limpio y los entrega en la editorial. Ella organiza la vida de la familia allá donde se instale, primero en Berlín, luego en París y finalmente en Estados Unidos. Es ella la que lleva sus finanzas y le representa, la que fija las condiciones de sus contratos editoriales, las adaptaciones cinematográficas y con quien hay que hablar para cualquier entrevista. Pero también, en el terreno privado, es acaparadora y consigue controlar sus amistades, especialmente, cuando se rodea de mujeres, hasta incluso asistir, como una alumna más, a las clases de Literatura que él imparte en la universidad.

Él se moría de ganas de escribir en ruso y ya no se le permitía: “Abandonar la lengua rusa, tan querida y flexible, y enfrentarse a un idioma para el que no tenía sensibilidad al cien por cien fue una de las tragedias de su vida[…] Recordaba su infancia, su aya inglesa, las noches con sus padres leyendo a Dickens o Stevenson en versión original, sus estudios universitarios en Cambridge, y se preguntaba cuál de aquellos era su inglés”. Pero, a pesar de ello, ella insiste y le convence para que se disponga a escribir en inglés y se centre en escribir novelas que es lo que el público quiere y da prestigio y dinero.

Consciente de que no tenía el talento de su marido como creadora, le entregó su vida, su admiración absoluta. Su vida se justificaba estando a su lado, como ella era, como una mujer de armas tomar, decidida y echada para adelante, como una auténtica guardaespaldas que se afanaba de llevar una pistola cargada en su bolso, por si acaso, sin importarle que la gente pudiera sospechar de su mortífera extravagancia. Hay un pasaje del libro que lo resalta. En una velada en casa de unos amigos, la anfitriona se levanta y brinda por el feliz matrimonio de ambos: “–¿Feliz matrimonio? Será porque le tengo miedo y hago lo que ella quiere –bromeó Vladimir”. Véra, a petición de él, abrió el bolso y mostró a los presentes “un revólver pequeño, pesado, y lo colocó en la palma de su mano...”

Un revólver para salir de noche es una historia centrada en la mujer de Nabokov, el verdadero baluarte de su vida literaria, pero, a su vez, es la historia que concierne a las vicisitudes de un exilio familiar y a la nostalgia de una patria perdida para siempre que se entrecruzan y afloran en cada estancia en la que habitan sus protagonistas. Montreaux, Cannes, Nueva York y Boston conforman el núcleo fundamental de la vida particular y social de ambos, de donde también parten sus textos.

Zgustova nos entrega una historia fascinante muy bien escrita, una indagación narrativa muy seductora, en la que el arma verdadera del título del libro lo encarna su protagonista, la mujer que comparte con pasión y celo la vida y obra de uno de los maestros de la literatura del siglo pasado. Para un hombre como Nabokov, que decía que el arte del escritor es su verdadero pasaporte, una mujer del talante impetuoso de Véra también iba a ser para él un visado literario imprescindible y de incalculable valor, que necesitaba imperiosamente para su arte y su vida diaria.


miércoles, 19 de febrero de 2020

Virginia Woolf revisitada


Hay una cita preciosa de una conferencia que dio la escritora estadounidense Ursula K. Le Guin en un ciclo literario en el año 2000 que dice que «por debajo de la memoria y la experiencia, por debajo de la imaginación y la invención, por debajo de las palabras hay ritmos ante los que la memoria, la imaginación y las palabras se ponen en marcha; la tarea de quien escribe es ahondar lo suficiente para sentir ese ritmo y dejar que ponga en marcha la memoria y la imaginación para que estas encuentren las palabras». Y añade que eso lo aprendió de Virginia Woolf, expresado de forma bellísima en una carta a su amiga Vita Sackville-West, en la que explica que el estilo es ritmo, «la onda en la mente», lo que hace en verdad que las palabras encajen.

En la mente de Ginés S. Cutillas (Valencia, 1973) este pálpito de encajar las palabras del que habla la escritora británica y otras consideraciones personales dentro y fuera del ámbito de la escritura están muy presentes en su nuevo libro Mil rusos muertos (Silex, 2019), un texto cuya génesis es fruto de la investigación previa a una conferencia que tuvo que impartir en mayo del 2007 en torno a la mujer y el microrrelato. A Woolf también le encargaron en 1928 una charla sobre la mujer y la novela y, como señala el propio autor “resultaba inevitable establecer similitudes entre los dos encargos de conferencia”. En ese sentido, toma como punto de partida Una habitación propia, una relectura atenta del ensayo en el que Woolf explora ese espacio literal y ficticio de difícil acceso para las escritoras de su época, en el que enlaza paralelismos con el trabajo que se proponía.

Cutillas es conocido, sobre todo, como escritor de relatos y de microrrelatos, género este último en el que se le reconoce como a uno de los teóricos más representativos del panorama literario actual de nuestra lengua. Es autor de los libros de relatos La biblioteca de la vida (2007) y Los sempiternos (2015); de la novela La sociedad del duelo (2013); de los libros de microrrelatos Un koala en el armario (2010) y Vosotros, los muertos (2016); y del ensayo Lo bueno, si breve, etc. (2016) Parte de su narrativa se ha publicado también en diferentes antologías de relatos y microrrelatos, como Por favor, sea brece 2 (Páginas de Espuma, 2009), Velas al viento (Cuadernos del vigía, 2010) o Antología del microrrelato español (1906-2011) (Cátedra, 2012). Actualmente es profesor en la Escuela de Escritores y forma parte del Consejo de Redacción de la revista literaria Quimera.

Enlazando con lo que dejamos dicho anteriormente, diremos que, de la memoria, de la propia escritura y, desde luego, del hilo conductor de Una habitación propia, Cutillas construye la trama ensayística de Mil rusos muertos, y, conforme van apareciendo las perplejidades que el propio análisis va presentando, el texto gira dando paso a una parte ficcional que relata la propia experiencia del autor cuando decidió dejar su trabajo de ingeniero informático para dedicarse por completo a la literatura. Cuando Woolf habla de la necesidad de espacio y dinero, como condición imprescindible para que una mujer se dedique en cuerpo y alma a su labor literaria, Cutillas responde que, para él, y más en estos tiempos que corren, son tiempo y dinero los dos factores esenciales. Nos falta tiempo para compaginar vida y literatura, según él, porque el trabajo-yugo se impone.

Por otra parte, estamos ante el libro más personal de su autor. Por sus páginas recorren testimonios de su vida y nos explica cómo cambió su destino cuando decidió dedicarse a la literatura por completo. Viene a decirnos que el escritor no es alguien envuelto en una pátina inspiradora que maneja el tiempo a su antojo, sino que necesita ponerse a ello todos los días, cualesquiera que sean las circunstancias o los sentimientos. Por eso considera que todo trabajo fuera del campo creativo es algo insoslayable para muchos escritores de atenuar su precariedad, pasando la creación a un plano secundario, sometiéndola a arreones de fines de semana y a unas vacaciones encerrados en una habitación para poder escribir. El libro indaga sobre toda esta realidad y nos interroga sobre la importancia de saber si estamos empleando nuestro tiempo en lo que verdaderamente deseamos.

Cuenta Cutillas que, por aquel entonces, cuando recaló en Barcelona en 1999, no lo tuvo nada fácil para dedicarse a la escritura: “Escribir cuento, novela o ensayo en aquellos años era poco menos que impensable, porque cualquier proyecto se hubiera malogrado con toda seguridad. Sin embargo, la pulsión por escribir encontró alivio en los microrrelatos, sin darme cuenta de que simplemente estaba aprendiendo a postergar la vida para cuando se presentaran unas condiciones mejores para la creación”.

Mil rusos muertos es, por todo ello, un libro testimonio, un texto híbrido que encaja en ese género de novela-ensayo, que se lee con sumo interés, porque el libro transmite, sin impostura, lo que tiene de trasunto. Cutillas se pone cerca del lector y le habla con la calidez argumentativa de todo el teje maneje que envuelve a ese binomio llamado literatura y vida, desde ese yo narrativo en el que se funden las señas de identidad de quien lo hace apartado y con entrega absoluta. Seguramente con la misma sintonía con la que se dirigía Virginia Woolf, también en otra carta, a su amigo Gerald Brenan: «es el precio que hay que pagar, hundirse hasta el fondo del mar y vivir en soledad con las palabras».


viernes, 14 de febrero de 2020

Despliegue de desnudez


La playa, como el desierto, es un espacio desnudo, y es ese despojamiento radical –antes que un mayor o menor índice de primitivismo o de naturaleza– lo que la distingue de la selva u otros emblemas canónicos de la virginidad. La diferencia no es tanto natural como estética, o incluso de régimen de significación; que la playa –es decir, esencialmente, un territorio compuesto de mar, costa y arena– sea lacónica: la playa murmura y habla, sólo que en ella fondo y figura, soporte y trazo, parecen indistinguibles, como si estuvieran hechos de un mismo material y compartieran una misma naturaleza”.

En La vida descalzo (Random House, 2020), de Alan Pauls (Buenos Aires, 1959), un libro absolutamente personal que explora desde el recuerdo las múltiples vertientes de ese lugar tan desnudo y paradisiaco como es la playa, vamos a encontrar, en cada uno de sus diez capítulos no numerados, trazos, observaciones y epifanías de diversa índole, como esta que antecede entrecomillada, acerca del significado personal y colectivo de la playa que el autor va tomando en consideración. Los recuerdos de su infancia y juventud aparecen aquí como foco principal del texto, retazos de un tiempo feliz, una etapa importantísima en la que la memoria selecciona de manera nítida aquello que se marcó a fuego en esos años trascendentales de su vida. Con esta reedición de su obra publicada en 2006 el sello Random House inaugura su biblioteca de autor.

Pauls aborda esa parte de su biografía conectada con las playas de sus recuerdos donde pasó muchos veranos. En el libro hay toda una cartografía de vívidas playas, desde Argentina, Uruguay y Brasil, hasta el litoral de Cuba, como son Villa Gesell, Pinamar, Mar del Plata, Mar del Sur, Cabo Polonio o Copacabana en la costa atlántica, y Cozumell en la bahía caribeña. En todas estas arenas pasó días felices en los años 60 junto a sus seres queridos, en especial con su padre que fue quien trató de ganarse su cariño ejerciendo de compañero de viaje tras su separación. El libro comparte fotografías de su infancia que asoman por cada capítulo a modo de álbum narrativo de sus vivencias. Vivir en la playa exige una sola condición, y es misteriosamente cuantitativa: exige sumarse, dice en una de las partes del libro en la que mejor explora la mirada de los otros y la introspección respecto a las múltiples maneras de disfrutar del sol, de la brisa marina, de las sensaciones que producen la arena y la sal.

A lo largo del libro, el factor playa es el medio que tiene el autor para analizarse como individuo y su relación con ese hábitat. En ese sentido, Pauls ensaya con un lugar en el que la literatura no se ha detenido mucho en su fuerza evocadora, mientras que el cine sí ha dado suficientes muestras de filmar sus encantos. Dentro de estas circunstancias, vemos un despliegue por parte suya de reflejar el mundo que quedó tras de sí, los instantes de su niñez, la cercanía de su padre, todo ello acotado, con cierta nostalgia, bajo el arco extenso de la playa. El recuerdo es el hilo conductor y, como tal, representa un papel primordial, no solo porque evoca ya un mundo perdido, sino que recobrarlo es el propósito que como narrador se exige para sentir que lo efímero se convierte en infinito y maravilloso si uno se siente vivo.

Al recordar todo ese trayecto vital, Pauls reconstruye y examina, en apenas cien páginas, el cómputo afectivo que tuvo y la carga emocional que quedó alojada en su memoria cuando todavía la inocencia era un sueño en marcha y la vida atajos inciertos por venir. Para ello, se limita a un escenario como la playa, tan evocador y mítico, para “habitarla como objeto de pensamiento”, y no tanto como espacio para comunicarse con la gente que camina o se tira en la arena en busca de miradas y encuentros. La playa, nos dice, es ese lugar en el que la ropa se ausenta para dejar paso a la desnudez, la necesaria para sentirnos ligero, atento al rumor de las olas y a nosotros mismos.

Pauls, como buen amante del cine y las vanguardias, cree que la solvencia de un guion o de un relato consiste en la eficacia del artefacto. Desde esa perspectiva, La vida descalzo es un artefacto bifronte, y me explico: por un lado se acomete como una novela autobiográfica, por otro es, a su vez, un ensayo solapado en el que la playa, protagonista como el propio narrador de la novela, se presenta como campo de investigación y fundamento de análisis. Por eso, puede que al lector el fraseo de subordinadas, con el que el autor se vale en muchos pasajes, le obligue a modificar su mirada, a corregir su ritmo y su atención cuando el texto deriva intencionadamente a la esfera natural del ensayo.

La vida descalzo es, en definitiva, un texto híbrido, una obra en la que el ensayo y la novela fraguan una escritura íntima por donde transcurre un recuento de experiencias que acaban con la presencia de un libro entre las manos del narrador para “hacer lo único que quiere hacer, quemarse los ojos leyendo”. Y en ese afán de revelarnos su verdadera vocación de escritor, Pauls pone fin a la obra con estas reveladoras palabras que funden todo su sentir del ejercicio literario que entrega al lector: “quizá no haya habido días en nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos que creímos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con el libro por el que más tarde, una vez que lo hayamos olvidado, estaremos dispuestos a sacrificarlo todo”.


lunes, 10 de febrero de 2020

Conjurar la realidad


La vida no transcurre como uno la imagina. El escritor, consciente de ello, escribe porque algo arde dentro de él, porque algo no anda bien en su fuero interno, y, también, porque en su memoria busca ascuas que remover hasta encontrar el modo de escribir el relato que necesita contar. Si la escritura es un puente, el río que pasa bajo ella no es más que la vida transferida por su autor, que interfiere en la nuestra con los hechos que cuenta o con la revelación de sus palabras, con la intención de encontrar un síntoma, un rastro o un espejo al que, quizá, hubiera preferido no asomarse para ver reflejado allí una verdad ominosa que define la lógica secreta de ese mundo en el que vive.

Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) es un escritor que ha ido conformando, a lo largo de sus veinte años de oficio, ese reflejo literario en su obra, marcado por un pulso narrativo de destacada hondura ética y estética. Es autor de un singular libro de viajes, Asturias para Vera. Viaje sentimental de un padre escritor (2010). Ha publicado un par de libros de relatos: Lo caballos azules (2005) y Gritar (2007) y más de una decena de novelas, de las que sobresalen La noche feroz (2006), La ofensa (2007), La luz es más antigua que el amor (2010), Niños en el tiempo (2014) o El Sistema (2016), con la que obtuvo el Premio Biblioteca Breve, novela de ideas en la que compagina lo íntimo con lo político. En todas ellas el estilo reflexivo y su aparente levedad son señas de identidad que le distinguen como una de las voces narrativas actuales más interesantes de nuestro ámbito nacional.

Llega ahora al público con su novela más personal, No entres dócilmente en esa noche quieta (Seix Barral, 2020), la décimo tercera de su factoría, dedicada a la memoria de su padre, un libro de tono crepuscular del que se vale para desvelarnos su vida menguada, un panegírico narrativo que cuenta también cómo con la muerte de un ser querido uno se sale del curso del tiempo. Menéndez Salmón nos entrega su libro más desgarrador y que mejor resume el binomio que, para él, representa la escritura y la vida, una travesía que a veces se tarda toda una vida en recorrer hasta que se llega a la madurez, momento de aceptar que, aunque la literatura no nos salva de nada, ni resuelve los verdaderos enigmas de la existencia, como el dolor o la muerte, sin embargo sí colma la necesidad de recuperar una ausencia importante, una catarsis para después hablar de sí mismo.

¿Qué tiene que haber en un libro confesional como este, en una novela de no-ficción, o en una memoir, como el mismo autor la denomina, para que verdaderamente nos atrape?: necesitamos que haya verdad y buena literatura, sobre todo esto último. Este es un libro extraordinariamente torrencial y desgarrador que posee proximidad y anclaje en el seno familiar. Viene a decirnos que un mundo sin padres no parece apetecible. Todo en el libro es un intento de recuperar ausencias, silencios y diálogos callados. Confiesa su autor en una entrevista que con su padre aprendió que uno es un laboratorio de contradicciones. En el texto deja claro que la muerte es un asunto prosaico, y por eso mismo tiene que ser honesto con lo que ha ido fraguándose en su cabeza a lo largo del tiempo, cuando la enfermedad se instaló en casa. Para hablar de su padre no le vale con aspirar a «la verdad de las mentiras», sino que deja claro que tiene que ir más allá en pos de «la verdad de las verdades», como si el padre no fuera el suyo, un propósito difícil de mantener cuando la proximidad de la muerte acecha y se aloja en la memoria para siempre.

Cita a Norman Mailer con estas palabras que recogen la tarea de escribir extraída de la propia experiencia: «es la vida de la que no puedes escapar la que te da el conocimiento que necesitas para crecer como escritor». Menéndez Salmón no pretende con este libro más que desvelar su vocación de escritor al propio tiempo que cuestionar su revés íntimo, como decía Unamuno: “hay que vivir de modo que la muerte sea una injusticia fuera de su ser”, y así lo hace sentir cuando escribe sobre la enfermedad y muerte de su progenitor, tanto con su dolor corporal como el que proviene fuera de su ser. Escribir sobre todo ello no lo llevará a resolver su desasosiego, pero sí que pone al lector de su lado para entenderlo, como si acudiera a aquello que decía Antonio Machado en uno de sus proverbios de que sabemos que los vasos son para beber, pero que no debemos olvidar para qué sirve la sed: la vida es drama y contradicción, y en ningún caso un lugar inerme apto para el conformismo.

Estamos siempre convocados a narrar, dice Piglia. De siempre se han contado historias de pérdidas y se seguirá haciendo. La literatura se ocupa de que nunca falte ese cauce para mostrarnos la complejidad del mundo, no desde una atalaya, sino a través de los ojos de sus narradores, capaces de contarnos lo inefable. Si algo caracteriza la lectura de este libro son los sentimientos que subyacen en el narrador de esta historia personal y familiar en la que viene a decirnos que: vivir no es más que acostumbrarse a perder y asumir que lo que nos ocurre en la familia y en la vida nos moldea y cauteriza, y percute en las decisiones individuales.

Por eso, cuando uno lee algo literariamente bueno no puede decir que escapa de la realidad, sino todo lo contrario, que se sumerge más hondamente en ella. La lectura y la vida no están separadas, son simbióticas, conjuran la realidad. No entres dócilmente en esa noche quieta contiene páginas memorables para comprobarlo, es un libro que goza de altura y profundidad, las propias que la literatura decanta cuando se pone el alma entera.


jueves, 6 de febrero de 2020

La vida reflejada


“En los mejores días, el acto de escribir, rebosante de energía y de júbilo, es casi una autocreación, proporciona la curiosa sensación de dominar la propia vida y de estar en condiciones de redefinirla como si nunca hubiera existido nada notable, como si estuviéramos trazando un futuro totalmente nuevo para nosotros. En los días un poco más flojos, el acto de escribir es una lucha con la depresión. Y en los días decididamente difíciles, no es más que una tentativa de salvarse”. En estas palabras veraces y valientes se concentra el espíritu que palpita por las páginas de Una leve exageración (Acantilado, 2019) del poeta, ensayista y profesor de la Universidad de Chicago, Adam Zagajewski (Lvov, actualmente Ucrania, 1945), una suerte de diario en el que se vuelcan recuerdos, pasajes de su vida, fragmentos familiares, reflexiones literarias y evocaciones de su Polonia natal y su gente, un recorrido por la mente de un hombre lúcido, cálido y acogedor.

Conviene recordar que Zagajewski es autor de una importante producción poética. Buena parte de ello son, entre otras, los poemarios Ir a Lvov (1985), Tierras de fuego (1994), Antenas (2005), Deseo (2005) y Asimetría (2017). Para él, la literatura difiere de la vida en que la vida está, mayormente, salpicada de detalles acumulados y raramente nos encamina hacia ellos. La literatura, independientemente del género en que se dicte, viene a decirnos en su nuevo libro, nos enseña a observar, porque en el proceso de creación ya se ha encargado de solucionar los detalles que le convienen para armar su artificio. Esta reflexión suya tiene mucho de dialéctica, y como diría el crítico James Wood, lo asombroso es lo que la literatura no deja de hacer y no es otra cosa que llevarnos a que nos fijemos más en la vida, que ensayemos en la propia vida, "lo que a su vez nos hace mejores lectores de los detalles de la literatura, que a su vez nos hace mejores lectores de la vida. Y así sucesivamente".

Todo lo que trasciende por estos apuntes es lo propio de un artista consagrado a su oficio, esa adicción a su propio universo creativo, que no escapa del vacío y se vuelve hacia la espiritualidad, algo que a Zagajewski le sacude y, al mismo tiempo, le empuja a pensar y a escribir sobre su significado: “Sin contar a los teólogos, soy uno de los últimos autores que utilizan de vez en cuando el concepto «vida espiritual». En los tiempos que corren, en el mejor de los casos se habla de la imaginación. La imaginación es hermosa y abarca muchas cosas, pero no todo […] Pero ¿qué son el espíritu y la vida espiritual? ¡Ojalá fuera yo más ducho en definiciones! Robert Musil sostiene que el espíritu es síntesis del intelecto y la emoción".

El lector asiste a un streptease de alguien que cuenta con soltura episodios de su vida, la suya y la de los demás. Pero en este caso, el autor también nos aproxima a la desnudez de su escritura y a los entresijos del proceso creativo compartido con los que, por alguna razón, saben en que anda metido, su historia personal, su oficio y el alma polaca que lleva siempre consigo: “Los escritores del mundo occidental llevan anunciando el fin de la vida burguesa. En cambio, en Polonia, desde hace mucho tiempo el tema principal es la debilidad de la clase media”, leemos en una de las entradas del libro.

En estos diarios sobresale el genio fluido de un narrador que habla despojado de retórica, pero implacable, directo y serio, a veces recio y trascendente, al que no le importa verter sus vivencias con humor y cierta ironía moralista. Una leve exageración es un libro fecundo, inteligente y próximo al entendimiento del lector, que muestra la experiencia de compaginar la escritura y la vida de su autor. Adam Zagajewski encuentra en el terreno fértil de la memoria y los recuerdos el cauce propicio para explorar los límites de su escritura y, al propio tiempo, sofocar sus obsesiones más profundas: “Sólo el arte tiene la capacidad de dar consuelo”, subraya.

Por estos cuadernos aparecen también lecturas y opiniones acerca de importantes escritores polacos del siglo XX que se alternan con otros tantos del resto de Europa como Proust, Kafka, Cioran o Antonio Machado, uno de sus autores más apreciado. Probablemente sea este el libro que más reflexiona sobre la escritura, la poesía y la creación artística de toda su producción, el que mejor expone su opinión de las vanguardias literarias, el que mejor refleja su entusiasmo vital y permanente por la música: “La música nos recuerda qué es el amor. Si alguien lo olvida, que escuche música”, sentencia.


Una leve exageración es un  libro seminal, hermoso, salpicado de un mordaz sentido del humor, un texto que refleja la visión humanista de su autor. En ella hay implícita una enseñanza, una intencionalidad no dicha que nos hace pensar que estamos ante un escritor que observa el mundo con una mirada sutil y serena, capaz de contagiarnos el placer de leer, el gozo de lo cotidiano y, especialmente, el sabio interés de acometer la realidad en el lugar intermedio, equidistante de la exageración y de la atenuación de las cosas: "Siempre tenemos que aumentar o disminuir lo que observamos, lo que nos sucede, lo que nos hiere o nos produce alegría".

Adam Zagajewski pertenece a esa estirpe elegante de escritores que, estando vivos, parecen clásicos, porque, cuando uno los lee, sus textos concitan a la calma, a la reflexión y, cómo no, al subrayado.