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miércoles, 30 de abril de 2025

Vida reflejada


Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) ocupa un lugar privilegiado en la narrativa española, y esto se debe en gran medida por ese dominio de lo diverso y ese hacer creativo tan fértil y genuino suyo, ya que es un escritor que está en la literatura para saber quién es e indagar sobre sus propios límites, con la voluntad de aventurarse a nuevos terrenos para experimentar. Algunos críticos inciden en que lo extraordinario de Vila-Matas es que hace ya tiempo dejó de ser un escritor a secas para convertirse en género literario. Y esto, que parece un elogio exagerado, toma cuerpo desde Bartleby y compañía, un libro efervescente, de literatura y vida, que viene a decirnos cómo rescatar de la memoria cada fragmento de vida que súbitamente vuelve a nosotros a través de la escritura.

Desde sus comienzos literarios, su obra, por tanto, sigue una estela que plantea persuasivamente un viaje interior a sí mismo, un trayecto que continúa a su Ítaca, a su mundo literario, como una infinita excursión circular. En cierto modo, obedece a una constante suya sobre idénticas inquietudes literarias en las que si hay algo notorio y distintivo en su escritura es que no hay ninguna novela suya encasillada en lo convencional. Cada una de ellas ofrece al lector el sesgo de que la vida artística tiene mucho de experimentación y creencia en su quehacer. Un autor, como él, tan literato, egregio y embaucador, con la única ambición de escribir siempre y no dejar de hacerlo, nos cautiva con sus libros a tantos lectores letraheridos, una y otra vez, para incidir y repetirnos que él escribe para escribir, no para haber escrito y publicado.

Vuelve ahora, para gozo de muchos, a ese cónclave literario suyo mediante el que pretende proseguir su ruta ascendente, ya consagrada, con una nueva novela que conecta, con rumbo y esplendidez, con obras capitales de su narrativa, como Historia abreviada de la literatura portátil, la citada Bartleby y compañía, El mal de Montano o París no se acaba nunca, y que, además, ensancha ese gran desafío persistente de su obra: literatura sobre la propia literatura. Al protagonista de Canon de cámara oscura (Seix Barral, 2025), Vidal Escabia, le ha quedado un mandato de su maestro y mentor, el escritor Altobelli, una tarea encomiable que consiste en confeccionar un canon singular e “intempestivo”, como así lo califica el narrador, llevado a cabo desde una biblioteca mal iluminada. Allí tomará cada día un libro que conforma el proyecto en marcha de seleccionar 71 volúmenes de dicho canon “desplazado”, tomando alguna cita o fragmento del mismo, unido a sus propias notas e impresiones que van sucediéndose una tras otra.

Y, una vez más, Vila-Matas pone su inventiva libresca en dirección a esa confabulación a la que nos tiene acostumbrados a sus lectores, en la que la vida y la literatura maniobran para buscarse y establecer vínculos entre sí. Este menester convierte a su protagonista en un idóneo precursor para resaltar el sentido de la escritura, como si se tratara de un insólito androide, un Dever-7, programado para forjar el meollo de la trama. A este hilo conductor se suma también la novia de dicho protagonista, la museóloga Violet, especialista en entrever las conexiones que se dan en los museos entre los visitantes y la obra artística, así como su reflejo en la realidad. Por otro lado, le importa a Violet saber en qué momento de la trayectoria de Escabia surge su vocación por la escritura, por ese lugar por donde fluye la imaginación con sus ficciones engarzadas.

Todo el despliegue narrativo del libro se afana en mostrar la pulsión literaria que promueve. Le importa subrayar su forma concebida de corte fragmentario: “¡Los fragmentos! –dice– No son, no son, como tanto se cree, una parte más del todo, sino una parte importantísima del todo. Por eso tienen que tener la potencia suficiente para que podamos abrir un libro por cualquier página y leer sin necesidad de saber qué ha sucedido antes o pasará después”. Por otro lado, la novela promueve un viaje literario a través de los libros, de lo recóndito a la luz, en pos de realzar la escritura como meta superior, pero necesitada del encendido seductor de la lectura.

Hay, además, otra idea alimentada, muy propia del escritor barcelonés, de ir creando una biblioteca más operativa y luminosa, más dispuesta a eliminar libros que a aumentarlos. Esta idea lleva aún más lejos: a subrayar que los libros no solo tienen valor por sí mismos, sino también en relación con otros y, en particular, con nosotros mismos. Se nos va el tiempo admirando los libros y autores que van apareciendo, clásicos y modernos, sin apenas darnos cuenta de que también reflejan que somos ficciones insertas en nuestro vivir, en nuestra conciencia. Nos bastaría leer al azar un párrafo cualquiera del libro para identificar este espíritu vilamatiano que tiene mucho que ver con la importancia de introducir citas en su narrativa.


Canon de cámara oscura es una novela-ensayo gozosa que posee el rango literario indiscutible e identificativo de su autor. Vila-Matas nos vuelve a engatusar y nos entrega otro libro para el disfrute de quienes encontramos eco y encomio gratificante en las confluencias literarias de un autor-libro, como es él, que mantiene siempre ese vaivén persistente y celebrado de escritor dispuesto a reafirmarse en que la realidad imita a la literatura, y en que toda historia es, a fin de cuentas, artificio y vida reflejada.

martes, 20 de agosto de 2024

Treinta y tres veranos


José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) es un autor que practica como pocos la reflexión y la transcendencia de la vida cotidiana a través de una escritura autobiográfica de gran carga poética, que atraviesa el tiempo y el espacio, y que supone un canto y un reflejo de esa filiación insular propia de mediterraneidad inherente a sus textos. Consciente de que escribir es siempre un ejercicio de incertidumbre, un viaje desde las tinieblas hacia la claridad, como dejó bien dicho en sus Diarios (Península, 2000), destaca allí mismo cómo la alquimia de la escritura transforma cualquier vida en una vida distinta y apasionante: “Escribimos esas sombras que se nos imponen, desvelando parcialmente nuestro propio misterio y construyendo así los fragmentos de un mundo que nos explica”.

Llop es un escritor sutil y hondo al que le gusta cuidar el huerto de las palabras y escuchar el rumor del mar, alguien convencido de que la tarea de escribir es refugio y exilio voluntario, que sabe que los días sin escribir son días de purgatorio y que, por eso mismo, aprender en la sequía debe servir, como decía Iris Murdoch, para «mirar con fuerza al mundo, que se presenta misterioso e irreductible». Todo cobra sentido para él cuando se cuenta y, en ese sentido, Si una mañana de verano, un viajero (Alfaguara, 2024), su nuevo libro, incorpora un buen repertorio de memoria personal, historia y lecturas que aspiran al reencuentro de sus vivencias en esa escritura del yo que repara y fabula en torno al tiempo del narrador, como testimonio y recuerdo vivo, como señala en sus primeros lances: “Y si escribimos sobre una casa o un paisaje donde vivimos tiempo atrás, el vacío será doble, pero es necesario el tiempo que construye ese vacío para poder hacerlo: escribir, digo”.

Con un título recurrente, que evoca a Calvino, el juego de escritura propuesto por Llop, va más allá de intercalar una sucesión narrativa en su Mallorca natal. Responde a un marcado itinerario entretejido por la memoria y el tiempo para conformar un recuento de referencias a lecturas y evocaciones paisajísticas expuestas bajo una voluntad primorosa de estilo. Reúne diecinueve piezas que abarcan treinta y tres veranos de estancia en una casa junto al mar, un lugar importante y umbral de su escritura, un rincón reservado para el entendimiento de su realidad e imaginario: “No sé si fue la casa de la vida, pero sí lo fue de mi literatura, al margen de los calendarios y las obligaciones y devociones de mis contemporáneos”. Hace también recuento de su vida y su relación lectora con otros autores. Mira los estantes de su biblioteca y contempla los libros de otros y los suyos como recuerdos vivos.

Sus paseos por la isla le brindan la contemplación singular del paisaje y, a su vez, le dan pie a rememorar a aquellos otros autores que le dieron compañía en sus treinta y tres años de vida junto a Cavafis, Elizabeth Bishop, Proust, Rilke, Virginia Woolf, Philip Roth, o los más nombrados, Durrell y Chatwin. Cada uno de ellos le proveen pasajes del mito del mar y, a su vez, de la experiencia del tiempo y su fugacidad, así como de constatar que la vida es una constante reescritura del ayer, una perseverancia de entenderse no sólo consigo mismo, sino también con el entorno y su sentido: “Vivir junto al mar nos adentra en nosotros mismos y haciéndolo revela en nuestro interior un doble de su vastedad. Nunca el vacío, sino la riqueza de esa vastedad”.

En todas estas confluencias se regocija Llop, como dando a entender que ir acumulando años es irse rindiendo a una subjetividad contemplativa en la que cada vivencia y recuerdo posee su propia épica y también su hálito de melancolía. La sensación del libro es haber interiorizado el paisaje, que aquí tiene estatus de personaje, como si todos los veranos fueran el mismo verano, envuelto en un presente mediterráneo que insinúa un mundo clásico. Quizá esto tenga que ver con esa idea de ver el verano como un tiempo de disfrute de la vida, un saber vivir, que converge en la literatura como tiempo recobrado y como otra manera de vivir y de saberse vivo: “Al fin y al cabo, escribir es una forma de leernos –sostiene el propio Llop–. No sólo, pero lo es. Y escritura y lectura poblaron la casa junto al mar”.


Este es un libro de prosa limpia y contenida, que trastea en la memoria, en la historia y en la literatura, por medio de ese reducto literario que se asemeja al diario, para contarnos en primera persona lo fascinante que nos regala la experiencia de compaginar la escritura con la vida. Llop firma un texto confesional pletórico de soplo lírico, que realza el hecho de que la literatura nace de la vida y es inseparable a ella, un vínculo definido por el trazo de adherirse a la vida y, por ella, al deseo de la escritura. Un libro de lectura gozosa que dará a quien se acerque a él un regusto prolongado.


domingo, 24 de marzo de 2024

Viaje a la superficie


En literatura uno mismo aprende de su propio modelo, de la reflexión sobre su propia experiencia. Y aun así, el escritor es incapaz de escribir sobre todo lo que realmente le pasa. Como mucho, dice Adolfo García Ortega, lo mixtifica en la fábrica de la literatura. La vida del escritor es, por tanto, un emerger tortuoso hacia la acción, un viaje a la superficie, recordando y escribiendo, como pez abisal que habita en las profundidades de la memoria, produciendo su propia luz en la oscuridad. Eso es. Y eso que el escritor alumbra y llama real no puede existir sin el anhelo de lo verdadero. La literatura siempre se pregunta por este deseo y por el valor de la vida, sin olvidar que de todas las necesidades que tiene el alma humana, no hay ninguna más vital para la literatura que la memoria.

El desafío de esta nueva novela de Rosa Ribas (El Prat de Llobregat, Barcelona, 1963), tiene que ver con la decisión de escribir sobre su vida, de saber que ese acto la va a poner a prueba frente al pasado, frente a los demás y frente a sí misma. Esta idea de desafío íntimo que aglutina Peces abisales (Tusquets, 2024) es, ante todo, la respuesta a una necesidad de escribir sobre la vida personal con las experiencias propias de la autora, consciente de que escribir sobre uno mismo implica el deseo de ser verdadero, y supone la restricción, en buena medida, de la ficción. Esto hace partícipe al lector, porque para leer una vida contada, hay que sentirla como parte de la propia. Esa vida habla también de la nuestra. Nos guía a comprender cómo funciona la vida de quien la cuenta, pero también, de manera oblicua, a entender la nuestra.

La autora ya lo deja señalado en la antesala del libro con tres citas, una de Landero, otra de Salter y la tercera de Martin Amis, que si las fusionáramos entre sí nos dicen que hay poco que contar, que lo que importa de una novela es que nos parezca real, o al menos verosímil. Y que, desde luego, aunque todo parezca un sueño, lo que importa es preservarlo por escrito para que alcance alguna posibilidad de ser real, más que de parecerlo. Y, desde luego, siendo algo tan delicado escribir una novela, quien la escribe se pone al descubierto, mostrando quién es en realidad. Confiesa Ribas que, cuando se pone a juntar letras, su interés no es otro que completar lo que no recuerda: “Cuando escribo, me invento lo que no vi o lo que vi solo de manera parcial, borrosa. Gracias a unos ojos bastantes defectuosos, tengo mucha práctica en rellenar vacíos de información”.

En Peces abisales encontramos todo un destilado de evocaciones, vivencias, lecturas y experiencias convertidas en literatura, un modo de hacer visible el universo de una autora que no finge tampoco sus desasosiegos y desvelos, como así deja dicho: “Los miedos son tan poderosos que no desaparecen nunca del todo, solo se transforman. Algunos, aunque parezcan infantiles, siempre nos acompañan”. La infancia y la adolescencia, o las historias de terror, así como el paso del tiempo y las mudanzas a la vida adulta en Berlín, comparecen ante el conjuro de la escritura, “ese dulce veneno adictivo”, como señala Landero en El balcón del invierno, traído aquí como reclamo y requiebro de búsqueda de la verdad de la vida a través de la escritura: “Cuando escribo –dice Ribas– no me dan miedo los monstruos. Porque al escribir puedo mudar la piel constantemente, experimentar lo que nunca podré hacer en la vida real, entender, o por lo menos intentar entender, cómo funcionan las mentes ajenas”.

Contar momentos que marcaron su infancia, o que acomplejaron su adolescencia, dar cuenta de insólitos descubrimientos que luego tuvieron relevancia, transmitir detalles de la convivencia con cuatro generaciones de una misma familia, explicar que la palabra es el cuerpo reconducido de la mirada y de la experiencia, el andamiaje necesario, lo verdaderamente autobiográfico, incluso cuando se ha pasado la mitad de la vida en otro país y en otro idioma. Rosa Ribas nos descubre que todo esto, y mucho más, es un detonante para ser contado, y que, en consecuencia, tenga sentido. Nos dice que es la literatura la que está constantemente desplegando esas capas temporales, geográficas, idiomáticas, íntimas, emocionales, vitales, que dan pujanza a la escritura y permiten rescatar detalles de las experiencias de una niña zurda, como ella, y compadecerse con ligereza de las vivencias de una adolescente miope e inconformista, ávida de extrañezas y ficciones.

El lector está invitado a sumergirse en páginas de remanso literario inmersas en el pasado, y eso es lo que le da presente, como si el relato respondiera a un mandato interior que le impele a hacerlo, a recalar en el propio almacén de la memoria de la autora. Deja ver, como decía Mario Levrero, aquello de que cuando se llega a cierta edad uno deja de ser el protagonista de sus acciones, como si todo se transformarse en puras secuelas de vivencias anteriores, sin apenas orden cronológico. Da igual el camino emprendido al escribir una novela de no-ficción con tal de llegar a emocionarnos como lectores. Lo que esta novela se propone es afirmar que merece la pena vivir la vida para contarla, porque vivir se sustancia en ello, en la necesidad de narrarnos, en querer hacerlo.


Rosa Ribas hace literatura con la materia de su vida. Lo que destila Peces abisales es un jugoso ejercicio narrativo, guiado por la veracidad, convertido en un verdadero espacio de creatividad literaria tan ameno y cercano como personal. Este es un libro vívido e inteligente, repleto de perplejidades, que se lee con deleite y sin espesura, que aboga por vivir la vida para contarla, porque “sin oyentes, sin lectores, los relatos pierden su razón de ser y con ellos la vida entera”, en definitiva, un libro con una prosa de muy buena hechura y armadura literaria, que lleva implícito el alma de quien lo ha escrito.


jueves, 21 de diciembre de 2023

Una ciudad múltiple


La relación de quien camina por su ciudad, por sus calles, por sus barrios, ya les sean conocidos o los descubra al hilo de sus pasos, es primeramente una relación afectiva y una experiencia corporal que deja sus marcas. Porque la ciudad no está fuera de uno, sino dentro, impregnando nuestra mirada, nuestro oído y el resto de los sentidos, que, en su conjunto, se ven alumbrados por su cartografía. Uno se la apropia y actúa según los significados que la propia ciudad le va dando. Alrededor de cada habitante de la ciudad se traza una miríada de caminos vinculados a su experiencia y quehaceres cotidianos: el barrio donde trabaja, la calle donde queda con los amigos, la avenida de los cines y librerías, o los lugares a los que nunca va porque no se asocian a ninguna actividad ni estímulo. Y así, sucesivamente.

Lo que propone Álex Chico (Plasencia, 1980) con su nuevo libro, Barcelona mapa infinito (Ediciones Traspiés, 2023) no es más que acercarnos a toda esa idea de relación afectiva, de significados y de experiencia vital con cada espacio que confluyen en el hecho de habitar una ciudad múltiple como es Barcelona, “una ciudad geométrica rodeada de laberintos”, en palabras suyas, para contarnos una historia de vecindad y múltiples revelaciones, una travesía consentida y auspiciada por esta memorable frase de Calvino de que «Una ciudad se pierde si alguien no la escribe». Consciente de que siempre habrá cosas que se escapan inevitablemente al delimitar nuestra vida en la ciudad y jugando con la conjetura de sus enigmas, Chico reflexiona y señala que “Las ciudades en las que vivimos van permeando en nosotros y a fuerza de un tránsito constante, a fuerza de ir recorriéndola año tras año, acaban determinando nuestra forma de ver y comprender el mundo”.

Por encima de todo, este libro nos depara una andanza sintiente por Barcelona, una suerte de linterna portátil que alumbra las coordenadas que conforman sus puntos de fuga y contradicciones, desde la propia vivencia de quien la describe, que responde de su experiencia hablando de todo lo que se superpone y acumula la ciudad donde vive: “Así es como juzgo a esta ciudad, como un mapa infinito”, nos dice. Ya, desde el frontispicio del libro, Chico nos presenta tres citas que predisponen al lector a recorrer la ciudad desde el soplo literario y la observación con todo aquello que pueda llevarnos a una aventura distinta. Se hace cómplice de la primera de ellas: «Hacer el retrato de una ciudad es el trabajo de una vida y ninguna foto es suficiente», una frase memorable de la fotógrafa estadounidense Berenice Abbott. En la siguiente, evoca a Roberto Bolaños que alude a que también en una ciudad civilizada, como Barcelona, aúlla el lobo, hasta llegar a la tercera cita de la escritora argentina Verónica Nieto que más bien parece un microrrelato: “Y, entonces, te vas quedando en Barcelona”.

Y así echa a andar Barcelona mapa infinito, como una historia que contar, con sus calles y protagonistas, con su esencia literaria de quienes las hicieron vívidas, con sus espacios reconocibles y apuntes suspendidos en la memoria colectiva. Para Álex Chico, “la ciudad es un asunto demasiado complejo, un tema que se enmaraña más a medida que le añadimos capas y capas de memoria”. Se prodiga, sin tener que acudir a los excesos retóricos, en rescatar datos y citas literarias, haciendo de su propia lectura una guía sentimental barcelonesa con sus realidades, espejismos, puntos cardinales de la montaña y el mar, y con sus márgenes, sin ocultar su miedo a la vorágine turística. También hay lugar para nombrar las novelas sobre Barcelona, como La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, al igual que espléndidas narraciones y entresijos como las que escribieron Pla, Marsé, Vázquez Montalbán, Mercé Rododera o Joan Margarit, entre otros.

Retratar la ciudad en la que uno vive es una aspiración permanente en la vida de un escritor, nos dice. Alude a las vanguardias para asentar su idea de que no existe una sola forma de retratar a una ciudad, sino múltiples maneras de hacerlo, dependiendo del rincón o viaducto que elijamos para observarla: “Todo paseo es infinito”. Barcelona se presta a ello, y mucho, nos viene a decir, desde La Rambla a Montjuic, desde la Torre Castanier a la Sagrada Familia o desde los pasajes de l’Eixample a los del Raval: “Barcelona es una gran ciudad pequeña, y sin embargo llena de puntos de fuga capaces de desplazarnos a cualquier parte”. Bajo este predominio de vivencias y analogía entre la ciudad y sus confluencias literarias, nos anima a percatarnos de que “En las ciudades, como en las novelas, cabe todo” y cómo un paseíllo tras otro concitan a entendernos con su mapa y a reverberar la memoria de sus rincones.


Barcelona mapa infinito no es una guía de la ciudad, ni un libro de viaje, es un relato de reminiscencias personales y de evocaciones transmitidas libro adentro, tan solo para saber que quien escribe sobre su ciudad perpetúa su estancia, recicla sus pasajes y recuerdos, se apropia de su mapa, lo revive, lo reinventa, como la vida misma, como un trazado en el que cada instante es resonancia y continuidad. Y esa conexión fluida pone su guiño a la concepción borgeana, digamos laberíntica, que ha querido establecer el autor en la construcción de este mapa sobre Barcelona, un paseo narrativo ilustrado con dibujos de Joan Ramon Farré Burzuri, cuyo resultado final es un recorrido por el espacio y el tiempo de alguien que deambula por sus calles, según decía Walter Benjamin, «como lo haría por un bosque: dispuesto al descubrimiento».

Lo que nos llama la atención de Álex Chico, es su destreza narrativa, su capacidad de escritor todoterreno, un talento poco común que cada vez a más lectores nos cautiva, por su verdad y oficio. Y ahora también, con esta hermosa semblanza sobre Barcelona, un libro ameno, jugoso y sincero, escrito sin más límite que su atracción por el magnetismo de una ciudad que padece, disfruta y ama.


jueves, 29 de diciembre de 2022

Almacén literario


Lo que viene a reunir
Emilio Gavilanes (Madrid, 1959) en Bazar (La Discreta, 2020) no se entiende como un mero acopio de textos diversos ocupados en ofrecer al lector la impronta de escribir divagaciones en cualquiera de sus formas, a fuerza de tomar un desvío tras otro, pero sí como un ejercicio libre de entender el mundo y posicionarse en él por tanteo y aproximación, por medio de notas e impresiones donde engarzar la vida con la palabra para ocuparse de la memoria, de la infancia, de los libros, del cine, del paso del tiempo, de lo que concierne al amor, a los sueños, a los deseos o a las pérdidas, como relato sustancial de la experiencia y los hechos vividos.

Digamos que Bazar, en sentido figurado, tiene bastante de mercado persa por lo variado de sus páginas, colorido y sugerencias. Podríamos denominarlo como un almacén literario donde la percepción de la vida se deja sentir en cualquiera de sus apartados, encontrando acople en el microensayo, el cuento, el aforismo, el haiku, o en decenas de anotaciones, a modo de diario y textos de diversas fragancias que invitan, una y otra vez, a tomar lápiz en mano para subrayar y después volver a remarcar. La sensación es parecida a la de callejear por distintas estancias, atentos al aroma de sus intersecciones, y el resultado, de buqué, de regusto que se antoja duradero.

A modo de un cuaderno de bitácoras, los textos reunidos en Bazar, mayormente de carácter autobiográfico, conforman una obra de gran coherencia formal, pese a su disposición fragmentaria e híbrida. El libro de Gavilanes responde a un interés contemplativo del mundo, cuya lectura, además de entretenida y jugosa, produce una cierta complacencia melancólica inusitada. En Bazar hay pasajes e imágenes en los que se han ido colocando trazos de palabras que responden a planteamientos de lo que importa de verdad al escritor. Es el caso, por ejemplo, de algunas evocaciones suyas de la infancia capaces de rememorar la nuestra y aflorar episodios similares de aquellos años de nuestra niñez que siguen ahí latentes y no olvidados, atentos a cualquier soplo de relumbre, vengan del juego de las canicas o de las aventuras de Tintín.

El libro, por otra parte, se revela como un poso estimulante de sensaciones, dotado de esa fragancia propia de los bazares que emulsionan con el resto de los sentidos. En Bazar hay alusiones a la lluvia, a las calles de Madrid, a las vicisitudes del escritor, a lecturas de los clásicos y a las películas inolvidables. Hay evocaciones del mundo rural, narraciones sobre la presencia y ausencia de la madre, los amigos del colegio, retazos de conversaciones escuchadas en la calle, y de haikus, como dedos que señalan el mundo. Como también hay, y así lo expresa el propio autor, “el llamado flujo de la conciencia”, que viene a decirnos que no se manifiesta solo verbalmente hacia fuera, sino que también se acopla en el pensamiento, a modo de monólogo interior.

Por ese diálogo introspectivo de adhesión incondicional transita Gavilanes para decirnos que es un entusiasta lector de Baroja, que lee con interés a Carpentier y a Saramago, que ve películas de Chávarri, y revisita la Ilíada como historia imperecedera de la lucha del hombre con los dioses y su destino. Gavilanes lee con fruición a Pessoa. Le gusta el pálpito de Salinger, Cortázar, García Márquez y Rulfo, como también el de Chéjov, Updike, Pla, Delibes o Piglia. Y, sobre todo, se aviene a destacar el valor de la literatura como caudal para la memoria y para la recreación de la vida: “La literatura explica cómo deben ocurrir las cosas, pues nada ocurre como debe. Y en el fondo explica cómo han ocurrido realmente”.


A medida que leemos el libro, a saltos o de corrido, llegamos al convencimiento que todo en él se convierte en pretexto para hablar de la vida, del paso del tiempo y de su huella. Todo parece observado desde ese devenir del tiempo que hace que las cosas queden de una manera impredecible, como así lo afirma el propio autor al concluir el libro: “Ves que las cosas se suceden, no suceden meramente. Ves la forma de tu vida. Sabes por qué, para qué ocurrieron todas las cosas. Es un momento extraordinario. Todo fluye sin esfuerzo y tú estás dentro de ese fluir. Y lo bueno y lo malo que te ha ocurrido son igualmente justos, necesarios. Ves que los episodios independientes forman una historia. Significan juntos”.

En todo este panel de notas que presenta Bazar, el lector se va a encontrar con un interesante expositor de evocaciones y recuerdos, tan peculiar como sorprendente y ameno, diseñado como un observatorio luminoso de textos en el que se postulan, a su vez, los entresijos literarios de su autor, un escritor de vocación reflexiva y lenguaje conciso, que deja entrever siempre en su obra el resorte inapelable de lo mucho que tiene en común la escritura con la vida.


miércoles, 26 de octubre de 2022

Queriendo saber todo


Se diría que no hay personaje de ficción que no herede algo de la mano de quien escribe, como tampoco existe un yo autobiográfico que no invente o imagine más allá de la realidad. Se escribe de fuera hacia dentro y viceversa. Desde la realidad hacia la ficción y vuelta a la realidad, como subraya Marta Sanz. También se escribe –nos dice– desde el misterio de un dolor íntimo. El lector interpretará si para expresar ese dolor que aqueja al narrador sus palabras actúan como metáfora, o, por el contrario, y gracias al poder del lenguaje, estas intentan imbuirnos en los contornos de alguna verdad afín a la vida de cualquiera de nosotros.

La protagonista y narradora de la novela Llego con tres heridas (Caballo de Troya, 2022) refleja ese sentir de mirarse en el espejo, por reflejo incondicionado, dejándonos conocer quién nos habla desde el otro lado del mismo. Ese alguien no es otro que la voz de su autora, Violeta Gil (Hoyuelos, Segovia, 1983), dispuesta a descorrer las claves de un pasado, revisarlo, mirarlo y hacérnoslo sentir, afrontando un reto narrativo que se sustenta en querer saber todo lo indecible acerca de su padre y de su desaparición: “En cada generación hay una pérdida –escribe–, y eso es lo que diferencia a una generación de la anterior. Pienso en cuál puede considerarse nuestra pérdida. Cuál la de ellos. Pienso en cómo hablar de la propia biografía abriendo caminos hacia lo común, lo que se puede compartir. A los cinco años de comenzar la comunidad en el pueblo, mi padre se mató, yo tenía tres meses. Y esa ausencia iba a marcar muchas cosas”.

En cada página de esta sorprendente novela hay tiempo y rescoldos de su ausencia. Tiempo pasado y presente en pos de escuchar lo que quedó en suspenso, pendiente de entender y asumir. Gil se afana en explorar con naturalidad y desnudez lo que ha ido creciendo a lo largo de los años y permanecido en su memoria, en la frontera en la que la muerte y la vida precisan que conecten, para entender todo lo que quedó sin decirse en las intermitencias del silencio familiar. Todo el relato se ciñe a una privacidad de un mundo contado desde la perspectiva femenina de una narradora a la que el lector, seducido por su voz, la acompaña en su búsqueda de la verdad, para ser testigo excepcional de una revelación de aquello de lo que nunca se le confió, un secreto a voces que la narradora necesita examinarlo para comprenderlo en toda su extensión.

El libro va despojando su tránsito narrativo en tres partes. En cada una de ellas, la autora establece un viaje indagatorio por lugares diversos de la península, acompañándose por diferentes miembros de su familia. Con ellos establece conversaciones singulares sobre muchos asuntos: el campo, la vida en comunidad, los libros leídos, las cartas, la muerte, los apegos, la relación colonial con Guinea Ecuatorial, la Transición, el dolor de las pérdidas, las ausencias, el amor... Habla con su abuelo, con su madre, y con ella misma, pero, sobre todo, habla de una necesidad imperiosa: la de romper el silencio de los vivos, trayendo a escena a su padre hasta imaginarlo en conversación animosa con ella.

Nada le falta ni le sobra a esta emocionante narración de supervivencia. En ella se urde una biografía que deja ver alguna herida sangrante, que no cauteriza porque estaba esperando airearse, para dejarse ver, para liberar esa verdad callada que guardaba en su seno. “La muerte es parte de mí desde que llegué a la vida”, confiesa. A eso aspira su escritura, a sacudirla de sus fantasmas y esclarecerla, necesitada de construir ese algo importante y proscrito de la historia familiar, para dolerse, eso no le importa, y entender, definitivamente, la existencia de un padre al que no conoció, con el propósito de “poder mirar la muerte sin tragedia, pero sin ligereza”.

Digamos que lo eminente y lo mínimo se pasea y trasciende por este libro de Violeta Gil, un relato cargado de materiales íntimos que ahondan en el vínculo familiar, ese que aparentemente nunca o casi nunca desaparece de nuestras vidas, como si estuviésemos obligados a protegerlo tal como acostumbra la tradición. Aquí nada salta por los aires. Lo que interesa es poder hablar, recobrar lo inexplicable, volver a casa dejando ver las heridas, como en el poema de Miguel Hernández: la de la vida, la de la muerte, la del amor. Los buenos libros funcionan siempre mostrando los rasguños de sus protagonistas y, curiosamente, tratan siempre de lo mismo, de unas pocas cosas que no solo son las más importantes y pasan todos los días, sino que también son aquellas que cargan con nuestro pasado pendiente de respuestas.


Alguien dijo que es muy difícil escribir más allá de uno mismo. Puede que sea cierto. Violeta Gil no ha puesto freno en su debut a eso que llamamos la experiencia personal, dejando ver que todo se impregna de lo que hacemos y dejamos de hacer, de lo que fuimos y de lo que imaginamos, tanto para confirmar lo que hoy somos, como para evocar la impostura de nuestros fantasmas.

Llego con tres heridas es una novela que encandila, un relato de pálpito lírico y tono íntimo bien fraguado, que revela a una autora que ha elegido narrar una historia familiar sin eludir las contradicciones que encierra, con la rebeldía de remover lo zanjado, queriendo saber todo.


sábado, 24 de septiembre de 2022

Relatos inquietantes


Los libros de Eduardo Halfon (Guatemala, 1971) poseen un aire sutil, de soplo medido, que trasciende y sustenta su razón de ser como escritor. No conozco a lector alguno que haya leído por primera vez alguna obra suya y no vaya a buscar otras anteriores o saltar impaciente a correr tras el anuncio de una nueva publicación de su autoría. Halfon es un escritor que cautiva por su prosa fina y delicada, narrativamente sintética, una escritura que fluye desde el ático de su memoria, desde lo que ha visto y escuchado, desde lo que revolotea por sus recuerdos. Aclara y deja dicho en su Biblioteca Bizarra (2018), que le motiva escribir solamente a partir de lo que emerge de su memoria: desde ella y hacia adelante.

En ese ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, aun sabiendo de antemano su imposibilidad, Halfon establece sus círculos gravitatorios en torno a ese empeño suyo concentrado en su país, su familia judía, su deambular por el mundo y, ahora con Un hijo cualquiera (Libros del Asteroide, 2022), añadiendo la experiencia de la paternidad y menester en los cuidados de su hijo. Lo hace, como acostumbra, sin abandonar el discurso breve y directo, además de íntimo y confidencial que caracteriza a su literatura. En esta ocasión nos brinda un conjunto de relatos palpitantes, algunos de ellos entrañables, que dan a conocer parte de ese enigma que supone entender el cambio emocional sobrevenido por la llegada de un hijo al hogar y por lo que dicho acontecimiento ha supuesto también en su travesía literaria en marcha, iniciada ya hace veinte años.

Con estos nuevos relatos viene a resaltar las claves que le han valido para seguir escribiendo en medio de tanto bullicio y maraña, recluyéndose para atar cabos, consciente de que no hay nada que se pierda en el día a día para alentar la memoria. Así, por ejemplo, en Historia de mis agujas, Halfon, además de hablar de sus alergias, pañuelos para la nariz y tratamiento de acupuntura, nos revela el momento crucial de asentir su conversión como lector, con la idea de que “la literatura, de una manera muy real, también podía ser una boya”. En Papeles sueltos, uno de sus relatos más destacados, cuenta su incursión lectora en la novela Hambre, del escritor noruego Knut Hamsun, una experiencia memorable y crítica que aviva la controversia existente entre la belleza de una obra artística y su correspondencia ética.

Hay piezas en las que la vida familiar y su hijo se convierten en relatos de misterio y revelación. En la primera de ellas, bajo el título de Un pequeño corte, recrea el parto y circuncisión del recién nacido, que le sirven al autor para examinarse y preguntarse el verdadero peso de ser padre frente a las contingencias sociales y tradición de su estirpe judía ante una decisión inapelable. Sobresale también La nutria verde, un relato hermoso y entrañable de vínculos a través de la inseparable compañía de un animalito de plástico que el padre pone en manos del hijo como regalo tras la vuelta de un largo viaje. En todos ellos, la memoria es siempre el germen y punto de partida, arropada, eso sí, por el contexto elegido como escenario de lo narrado.

Digamos que, en sus mimbres, en los relatos del libro se disecciona la pulsión de la memoria para contar lo sustancial de los recuerdos, epifanías y efervescencias que por allí surgen, impulsados por un fervor literario y humano indisimulables. No te deja impávido Beni, su fábula más estremecedora e impactante, y la más extensa, tal vez su mejor pieza, un relato que se adentra en la sombría historia de Guatemala vista a través de la figura de un hombre impune y despreciable que encarna la maldad del país. Tampoco se queda atrás El último tigre, un cuento extraordinario, asentado en las regiones orientales de Nepal, India y Mongolia con significado familiar premonitorio, que luego recala en territorio sentimental de un padre benévolo y susurrante.


Si hay algo notoriamente propio y distinguido de la escritura del escritor guatemalteco es la calidez de su prosa y la eficacia narrativa de sus libros para agarrar al lector hasta una prometedora estancia en el imaginario de su literatura. Estos relatos chispeantes que albergan Un hijo cualquiera es buen ejemplo de esto mismo, del aprovechamiento de esas facultades naturales que posee su autor. El pacto se establece no tanto con una realidad exterior fabulada, sino con esa voz suya sutil, persuasiva y, a la vez, indagatoria, que nos transporta a su mundo movidos por la curiosidad contagiosa que el narrador propicia.

Halfon sigue dándonos alegría con su literatura recia, con su proyecto narrativo en marcha, explorando en la memoria de su gente y en el presente familiar, como hijo y como padre, como miembro de una estirpe singular, y como escritor sucesivo para reencontrarse consigo mismo. Halfon es un autor que explica lo justo, apenas interpreta y jamás adoctrina. Simplemente cuenta, y lo hace con gusto y garbo.


lunes, 22 de agosto de 2022

Una baraja en juego


La literatura tiene mucho que ver con la pasión, el gozo y el juego de los sentidos. Tiene que ver bastante con el reconocimiento de la compañía de los demás o de la propia soledad, territorio íntimo donde se fragua lo que podemos hacer, lo que podemos ser, lo que deseamos y lo que no. La vida reflejada en los libros viene a ser esa referencia inasible del mundo que nos rodea, esa mirada que se engancha en todo lo que surge alrededor de quien la protagoniza, estableciendo un diálogo, silencioso muchas veces, pero en el que se traduce siempre el asombro y la lectura de lo que somos, de lo sabido, de lo aprendido, de lo insólito y de las respuestas no dadas. La literatura y la vida van así de la mano, expuestas siempre para ser juzgadas. Alternan, por igual, destino, indicios, posibilidades, a modo de una partida de cartas en la que el azar y el destino entran por igual jugando sus bazas.

Así se presenta la lectura de Los naipes de Delphine (Fórcola, 2022), de la ensayista y poeta Esther Ramón (Madrid, 1970), profesora de Literatura comparada, como un castillo de naipes en el que confluye en cada página alguna visión de la vida reflejada. Este es un libro que invita al juego, así lo expresa su autora en su inicio. Una invitación para dejarse empapar por la historia y simbología que cada naipe enlaza en sí mismo en la búsqueda por desvelar lo indecible de algún misterio dispuesto en su huella, en su conjuro, o en el relato implícito de su significado. Un libro que tiene su origen en el embrujo que le produjo a su autora la protagonista de El rayo verde, película que el cineasta francés Éric Rohmer llevó a las pantallas en 1986. Cuenta la vida de Delphine, una joven secretaria parisina sin planes para sus vacaciones después de que su amiga las cancelara en el último momento. Sola, triste y contrariada, decide emprender su particular viaje. En el camino conoce a una chica sueca que intenta animarla, pero solo consigue acentuar su sensación de soledad, hasta que, de repente, su destino, da un giro inesperado.

El gancho indagatorio del personaje, según cuenta la propia Esther Ramón, la impulsó a acometer una peripecia literaria singular, motivada por el pálpito simbólico representado por los dos naipes que la protagonista de la película encuentra en su aventura: una dama de pica y una jota de corazones. Esos dos hallazgos provocarían una llamada literaria para la escritora que iría conformándose en el tiempo hasta acabar en un libro sorprendentemente arcano. Los naipes de Delphine es un conjunto de textos breves enlazados, un total de cincuenta y cuatro cartas de diferentes barajas que invitan al lector a rastrear todo un mundo de espejos en el que tienen cabida las paradojas de la vida, su extrañeza y resonancias, sus máscaras y reversos, el tiempo, la nada, el miedo, la fuerza del amor o la aparición de una señal: una carta blanca, “como caja de silencio”.

Muchos de estos naipes también aparecen en los sueños de Delphine con ganas de revelar conexiones con la vigilia, como realidad vívida del tiempo. Cada uno en su perfil entona su apariencia, se sienten verdaderos intérpretes de pasajes de la vida. Por ejemplo, el cuatro de bastos aparece en un escalón con aire cauto, pero revestido de benéfico augurio. En otro, emparentado con el tarot, nos muestra un naipe que representa la templanza, el ángel que es en realidad un hermafrodita que vierte agua de una jarra a otra, con un pie en tierra firme, simbolizando el equilibrio y el autocontrol. Y así continúa Delphine con su aventura, desentrañando toda la cabalística e historias representadas en los naipes que le van saliendo al paso, en su anverso y reverso, desplazándose como la única forma de variar de rumbo y de buscarse a sí misma.

Los naipes de Delphine es un libro inclasificable escrito con mucho pulso filosófico y lírico en el que se traza un devenir de la vida como metáfora de un viaje en el que parece no existir apeadero, ni descanso alguno. En su andanza Delphine se cruzará fortuitamente con cartas, que le irán desvelando consignas vitales y cósmicas, señales inmersas en ese océano llamado tiempo en el que el pasado no es más que el mar sobre el que navega el presente de cualquiera. De alguna manera, Esther Ramón viene a decirnos, a través de su personaje, que siempre andamos a solas con nuestro presente, aunque portemos ese hilo temporal que conecta con lo que dejamos atrás, sin perder de vista lo que asoma por el horizonte. Como decía Heidegger, el ser abre y conecta mundos: nunca andamos estrictamente a solas con el presente, sino también flanqueados por las otras dos dimensiones de un tiempo pasado y futuro que nos obliga a interpretar sus vestigios.


A ese fin se dirige el libro. Su espíritu anda inmerso en el laberinto de dar respuestas a la experiencia de vivir. Cada uno de sus textos orienta su surco hacia el enigma del yo que lo representa. Así lo deja dicho en el epílogo Lina Meruane sin ambages: “La poeta ha barajado escenas como quien baraja recuerdos, como quien baraja vidas que piden ser desentrañadas y reconocidas en su complejidad”. Y desde luego así nos lo parece. El juego ideado posee su fascinante embrujo.

Esther Román sorprende por haber dado con el tono apropiado en su artificio, por lo bien trenzado que discurre su juego literario, con ese desparpajo propio de una echadora de cartas sumida en su afán por leer el porvenir. El resultado es un libro singular, visual y hermoso, en una edición sobresaliente colmada de ilustraciones que redobla su valor literario.


martes, 2 de agosto de 2022

La vida íntima de lo vivido


Por regla general, se podría decir que los seres humanos se dividen en dos rangos: los que encajan la vida según como viene y los que no. Como todo el mundo puede deducir, la vida se presenta muchísimo más ligera y fácil para los que la encajan con arrojo y desenfado. La gente te acepta, puedes ser uno más de la pandilla. Ahora bien, si no encajas los golpes, en el mejor de los casos, te postulas como un incomprendido y te sientes fuera de sitio. En el peor, acabas marginado por completo. Por eso, si has mantenido la singularidad de sentirte diferente al resto sin oprobio, parece que te irá mucho mejor en la vida, o, al menos, validará el hecho diferencial como verdad íntima de la razón de vivir.

La escritora turca de lengua alemana, Tezer Özlü (Kütahya, 1942 - Zúrich, 1986), hija de maestros, niña musulmana, educada en colegio extranjero de monjas alemanas de Estambul, pertenece ciertamente a esa primera categoría de personas exigentes a la hora de afrontar la vida con desparpajo desde muy pronto, sobrellevando constantes internamientos en hospitales psiquiátricos. La literatura supuso para ella un lugar acogedor, un destino para encontrar la plenitud y el entendimiento de su propio sentir. Los libros de los grandes maestros rusos Tolstoi, Dostoievski y Chèjov, así como autores franceses y alemanes como Zola, Camus, Goethe o Rilke, leídos todos ellos en alemán, le sirvieron de acicate para iniciarse en la escritura.

Habría que esperar a 1980 para conocer la publicación de Las frías noches de la infancia, que ahora, en 2022, rescata la editorial Errata Naturae bajo la traducción de Rafael Carpintero Ortega, un libro de culto en el que la autora, en apenas cien páginas, escribe un relato retrospectivo demoledor de su propia existencia, haciendo hincapié no solo en su vida individual, sino también en el bagaje de su personalidad. Özlü se vale de su propia historia para hablar de la realidad que la rodea, sin dejar de acudir tanto a la vida privada como a su vida interior, y tampoco sin dejar de mirar los dilemas existenciales, sus creencias, aspiraciones, el absurdo y la paradoja en la que vive como ser humano. Deja constancia de todo esto en muchos pasajes, como así lo muestra en el capítulo dedicado al colegio donde se instruye: “La vida es algo que nos plantan delante como un cuerpo extraño que, por ahora, hay que aceptar y entender. Sólo más tarde podremos vivirla y descubrir su verdad”, pág. 32.

A Tezer Özlü la enfermedad no la convirtió en escritora, ya lo era en ciernes desde que quedó hechizada por los libros que su hermano poseía en su cuarto de la casa de sus padres en Estambul. Allí comienza, a hurtadillas, a sumergirse en el rumor del mundo apasionante de la literatura. Su melodía supone un salto importante para ella, al tiempo que afronta un reto mayor: sobreponerse a la exaltación de su esquizofrenia y al terror de su tratamiento. Lo lleva de la mejor manera posible, consciente de que el espanto de su enfermedad puede ocultarlo en el seno de la vida cotidiana. Le obsesiona la idea de la muerte, pero, igualmente, le parece que la existencia es más hermosa fuera, entre el bullicio de la vida, con otra gente.

Estructurada en cuatro capítulos, toda la novela, intensa a rabiar, deja ver la inconsistencia de la vida que la sostiene, una existencia nada amable: la vida sentida por la autora, cuya voz exaltada clama por su liberación, más allá del hogar, de la escuela y los muros de los sanatorios donde ingresaba cada dos por tres. Todo ese clamor liberador, impulsado por su afán de huir, culminará con su exilio a Alemania, hasta llegar más tarde a París, la ciudad anhelada en la que vivió unos buenos años, aunque no fueron suficientes para mitigar la nostalgia de su tierna infancia y juventud que, en su caso, fue una época estigmatizada por la evidencia de una realidad palpable: nadie cree en las aspiraciones de una persona enferma.


Desde su Arcadia frente al Bósforo y la plaza Taskin, la compleja realidad del país y la anomalía de su salud, Özlü mantiene su rebeldía y compromiso hacia sí misma. Lo hace como autora, narradora y protagonista de un texto tan revelador y punzante como este, al filo de la locura, desmigajando en él el pálpito de unos años primordiales de su existencia, cuyos días y noches, allá en su lejana infancia y juventud la marcarían para siempre.

La experiencia y la invención se entrelazan a lo largo del relato de manera sobria y conmovedora, sin alardes, con la fuerza suficiente para calar en la piel del lector. Las frías noches de la infancia pone a tono la memoria y la imaginación de su autora con suma naturalidad. Diría que ambas encuentran su encaje en el lenguaje del testimonio descrito, dando pábulo a la vida. La vida, al fin y al cabo, es el camino de llegada, no de salida, como así también sucede con la literatura.


martes, 22 de marzo de 2022

Cuadernos rusos



Escribir es siempre un ejercicio de incertidumbre. Algo a lo que todo escritor, de forma inevitable, se enfrenta con cada frase que va apareciendo en el espacio en el que escribe. Solo por tanteo y aproximación, el escritor aspira a explicarse, a fuerza de tomar un desvío tras otro. En ese sentido, los cuadernos de notas son, a menudo, una suerte de cuartel de invierno del escritor, una alacena de hallazgos donde abastecerse. En ellos hay estancias e imágenes en las que se han ido colocando trazos de palabras que revelan cosas de lo que importa de verdad al escritor, como diría
Aldous Huxley, que no es tanto lo que te sucede, sino lo que tú haces con lo que te sucede.

Cinco inviernos (Alfaguara, 2022) responde a todo ese ejercicio vital sentido por la escritura. Su autora, la periodista Olga Merino (Barcelona, 1965) persigue el sueño de convertirse en escritora y aquí lo cuenta desde aquellos años noventa durante los que fue corresponsal del diario El Periódico en Moscú. Allí presenció la desaparición de las repúblicas soviéticas y la guerra de Chechenia que, junto a sus experiencias y maneras de vivir, fue anotando en sucesivas libretas. Ahora, al cabo de tres décadas, las recopila para acercarnos a la Rusia convulsa de entonces, lo que sigue siendo hoy un misterio, a la que viajó a cumplir una misión periodística, pero con la idea de volver bajo el brazo con una novela escrita.

Estos cuadernos rusos conforman un viaje a un pasado reciente, a un tiempo vivido por una escritora en formación, testigo de un caótico hito histórico, “cinco inviernos (casi seis) –puntualiza– de juventud pletórica en los que, sin darme cuenta, se estaba escribiendo la novela de mi aprendizaje vital y literario”. Esos años, por tanto, fueron claves en su desarrollo profesional, porque determinaron su verdadera vocación. Fue un tránsito, un despegue interior de optar por la literatura como meta: “La vida es un continuo arrojar dados al aire”. Hay notas continuas en el libro sobre este devenir que son surcos que parecen la maqueta de una trinchera, que miran con fuerza lo que ocurría fuera, lo que representaba de incierto e irreductible aquellos momentos que le tocó vivir.

Sigue atenta a su labor de observadora política y anota en su cuaderno escenas y vivencias de lo que acontece en la calle o en la casa donde vive con otros inquilinos, narrando el caos, la convulsión y la aspereza de vivir el día a día. Comprueba una y otra vez que el motor de la sociedad rusa se nutre, sobre todo, de una combinación de resentimiento, supervivencia y desidia. Comprueba que, para desgracia del pueblo ruso, la vieja nomenclatura se ha convertido en la nueva oligarquía que se ha apropiado de las mismas empresas que antes dirigían: “Yeltsin tuvo manos libres para lanzar un programa de privatizaciones salvaje que destruyó la industria soviética y, en segundo lugar, logró la aprobación de una carta magna presidencialista que le otorgó amplísimas atribuciones, comparables a la de un zar”. La misma de la que hoy por hoy sigue valiéndose Putin.

Olga Merino vio todo esto en el Moscú de 1992 y lo traslada a sus cuadernos, tratando de escribir un relato de sí misma, alejado de la crónica periodística, más íntimo y vívido. No son pocas las cautelas para adaptarse a un lugar tan exigente, áspero y desbaratado, como Moscú, de fríos helados y escasez prolongada. La escritora nos habla de tener que convivir con la indolencia y el pillaje de sus habitantes en cada esquina. Más allá de toda esta desazón, por todo el libro trasciende un mundo personal por el que transitan sus lecturas y su apego a la literatura, que va desgranando con inusitado alborozo. Da muestra de su entusiasmo por un buen número de escritores, como Vila-Matas, Ribeyro, Deleuze, Cavafis, Borges o Virginia Woolf. Tampoco se olvida de la buena compañía de autores rusos que siempre lleva a mano, como Bulgákov, Gogol, Tolstói, Marina Tsvetáyeva o Ludmila Petrushévskaia, entre otros que aparecen y se citan una y otra vez.

Por tanto, lo que nos vamos a encontrar dentro de las páginas de Cinco inviernos, es a una escritora que narra los acontecimientos de los que es testigo mientras deja ver su voz a través de unas notas, a modo de diario, que retrata un tiempo marcado por la historia y que, a su vez, despliega el autorretrato de la propia realidad, de los ideales de una mujer a la que el fantasma de la literatura la persigue y empuja hasta convertirla en escritora, como así anhela: “Quiero escribir, escribir, escribir. Asumir el paso del tiempo y la responsabilidad que me autoimpuse desde tan pequeña”.

No es casual que Cenizas rojas (1999), su debut literario, recoja estos mismos sentimientos y circunstancias de gente dispar que viven en un mismo piso, a unos metros de la Plaza Roja, cada uno de ellos ocupado en poner rumbo y destino a su vida. A esta novela le siguieron Espuelas de papel (2004), Perros que ladran en el sótano (2012) y La forastera (2020), su última novela, un emocionante canto a la libertad y una mirada nostálgica hacia el pasado y el mundo rural que lo sustentó. En todas ellas queda entretejido ese gusto suyo por adentrarse en la flaqueza y trajín de la vida, para desmontarla y trazar un plan narrativo que reinvente una historia bien contada.


Cinco inviernos es un libro de prosa ligera y limpia que atrapa, precisamente, por el pálpito narrativo que despliega y por cómo lo hace, trasteando en sus apuntes por medio de ese reducto literario propio del diario, para contarnos en primera persona lo fascinante que tiene la experiencia de compaginar la escritura con la vida. Un texto confesional emocionante que realza el hecho de que la literatura nace de la vida y es inseparable a ella.

Publicar estos diarios, estos cuadernos rusos guardados, ha supuesto para Olga Merino un rescate de un tiempo crucial de su vida, una forma de mostrarnos su despertar a la literatura y su reinvención como escritora, por ese lado intuitivo en el que entra en juego la reconciliación consigo misma, dejando ver la trastienda de su verdadera vocación.