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viernes, 9 de febrero de 2024

Una nueva vida


En verdad, la literatura es una andanza incierta. Antes que nada, el escritor ha tenido que haber intuido, planificado y recogido en notas y en su memoria una infinidad de pistas para poder plasmarlas y llevarlas a cabo. Por eso, el lector cauto debe tener en cuenta, cuando se pone delante de un texto, que toda trama o argumento es vano si el escritor no encuentra la manera propicia de contarlo y darle vida propia, de un modo que dé la sensación de que tenía que expresarse así y no de otra manera, provisto de esa trama y juego de palabras, en ese mismo orden. De ahí que la literatura tenga mucho de conato. Todo su secreto, por otra parte, está en que toda esa disposición formal sea convincente y acogedora para quien se disponga a leerla.

Lo que encierra en sus páginas la nueva novela de Ricardo Lladosa viene a corroborar ese mismo tintineo revelador, incluso en la forma de escoger la estructura de la historia. Y me explico, porque Roma en un bolsillo (Funambulista, 2023) está escrita en veinticinco capítulos dispuestos en unos cuadernos en los que la vida de su protagonista está muy presente, una vida dispuesta a lo largo de un tiempo significativo y repetido profesionalmente hasta la saturación de lo que venía haciendo con absoluta entrega y exclusividad, para dar paso a un rescate deseado, a un giro vital, a un punto y aparte, dejando atrás lo que hacía y optar a un cambio redivivo.

Bajo este predominio de vivencias y analogías entre lo experimentado y lo nuevo por vivir, Lladosa nos invita a acompañar a Piero Hermil, el protagonista de esta historia, en su decisión por empezar una nueva vida. El sueño, el propósito de cambiar de vida, de poner el marcador a cero en una ciudad distinta, para reinventarse en algo diferente, sin las ataduras del trabajo, de los pacientes, de familiares y allegados y, también, del dinero. Con esta predisposición de su protagonista arranca la novela, Roma en el bolsillo. Piero es un cirujano comprometido que, tras una larga carrera profesional, el azar llama a su puerta ofreciéndole la posibilidad de volver a Roma, nada más y nada menos, para cobrar la herencia de una tía soltera casi desconocida. Su retorno a la Ciudad Eterna será un estímulo encomiable para sus pretensiones de cambio y, a su vez, una oportunidad de retomar las relaciones con sus primos, la parte de la familia desheredada, al igual que el reencuentro azaroso con un antiguo amor platónico de juventud.

Nos cuenta el narrador de la novela que, ante su antigua compañera de instituto, Lionetta, “deseaba dar la imagen de un hombre de acción, alguien como su padre, el señor Antonio, automovilista y boxeador. A las mujeres les gustan los hombres con planes, la risa, las emociones, imaginaba Piero”. Todas estas impresiones y bagatelas las va registrando en sus cuadernos, al igual que sus preocupaciones más corrientes al trasladarse a la casa heredada que empezaba a ser su hogar, como comprar sábanas nuevas, poner el contrato de luz a su nombre, ducharse con agua caliente en el viejo baño de su tía Fabrizia, poner discos de vinilo antiguos en el tocadiscos, seguir con el teléfono fijo arcaico o cocinar la pasta picante que tanto le gustaba. A todo le da su lugar para reflejarlo por escrito. Nada pasará desapercibido en sus notas.


Sus aventuras romanas es todo un presente continuo de paseos, lecturas y jugosos diálogos con Lionetta que irán conformando en él una creciente pasión por ella, por los libros y el encanto de vivir, sin tener que preocuparse por cambiar su indumentaria básica habitual: la camisa blanca de traje, el pantalón beis y los mocasines marrones. También “se daba cuenta de que su energía residía ahí, en andar mucho, en no comer demasiado, en dejarse llevar por los hechos, en dormir cuando tenía sueño”. Pero, a su vez, consentía ilusionarse con las lecturas que compartía y comentaba de D’Annunzio, Ovidio, Edith Wharton, Mary Shelley, Cervantes, Curzio Malaparte o de Buzzati, con ella y con Jimmy White, un monitor australiano de surf que se interpondrá inoportunamente en su camino.

Roma en el bolsillo es una novela de corazonadas y arrojos, de amores y autoconocimiento, una historia que escapa de la limitación del mundo y que se pregunta por el valor de la vida. Lladosa, mediante una prosa ligera y emotiva, la convierte en vivencia verosímil de un sueño deseado y en afirmación de que “el amor y la muerte son las únicas verdades que permanecen”. Aquí, trasciende un latido de empatía que el lector celebra complacido.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

El artista y sus arrebatos


Dice Alan Pauls, y no le falta razón, que se lee contra la interrupción, “y la lectura tiene allí el valor de una espera. Leer es extender, prolongar, dilatar al máximo una duración condenada de antemano”. Ese pálpito de horizonte último que propone toda lectura, de un tiempo límite que puede llegar incluso a considerarse fatídico, es el que arrastra Un amor de Redon (Fórcola, 2019), la nueva novela de Ricardo Lladosa (Zaragoza, 1972), un libro en el que las imágenes ponen origen y fundamento al desarrollo de una historia de ambientación gótica de la que se vale para desplegar la multiplicidad del mundo artístico del pintor Odilon Redon (Burdeos, 1840 – París, 1916).

Redon fue un precursor del surrealismo y una figura clave del simbolismo europeo, un entusiasta activo de las vanguardias incipientes en la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX. Su personalidad artística, plena de inquietudes creativas y de interés desmedido por la literatura, lo impulsaron a relacionarse con los más destacados poetas y narradores de la época, con los que trabajó en diferentes proyectos. Admiraba a Baudelaire, Poe y Flaubert desde su juventud. Fue amigo de Mallarmé y Gauguin y con los que mantuvo una relación estrecha y fructífera. Se caracterizó por mantener siempre una actitud independiente frente a las corrientes artísticas y modas de su tiempo.

A todo su sentir por la pintura, se le une su deseo de escribir. “Cada uno de nosotros debería escribir un libro”, le confía a uno de sus amigos pintores. Y más adelante, deja plasmada en el diario que lleva entre manos sus confidencias de artista que arrancan con esta confesión: “He hecho un arte a mi manera. Lo he hecho con los ojos bien abiertos a las maravillas del mundo visible y, se diga lo que se diga, constantemente preocupado por las leyes de lo natural y de la vida[...] El arte también participa de los acontecimientos de la vida. Y será ésta la única excusa para hablar solamente de mí”.

Ricardo Lladosa aprovecha todo ese caudal artístico y literario que Redon ha conformado en torno a su vida para desplegar una narración intensa y emotiva donde reflejar la visión del mundo del artista y su relación con los demás, mediante un texto en el que entremezcla la propia voz del pintor con cartas cruzadas entre él y sus amigos más allegados. Un amor de Redon se lee con fruición, debido al ritmo narrativo impuesto por sus dos protagonistas, que alternan su voz a lo largo de los veintitrés capítulos de la novela. El pintor es invitado al castillo de Pantenac con el encargo particular de su dueño, un banquero acaudalado, de pintar tres grandes lienzos que presidirán el comedor de su casa y en el que debe representar a tres de las mujeres más enigmáticas y seductoras de las Sagradas Escrituras: Betsabé, Judit y Salomé. Allí, en el domicilio del banquero, en pleno proceso creativo, el artista conocerá a Ainhoa, la esposa del empresario. Entre ambos surgirá una amistad enlazada por el espíritu artístico que derivará en un irremediable idilio amoroso.

A esta relación de amistad y pasión se une una trama misteriosa en la que la atmósfera y el escenario son propicios para entonar la sugerente historia que se cuenta, donde el arte y el amor porfían entre sí. El lector de esta historia tiene la impresión de que no se encuentra entre las palabras de una novela, sino que, más bien, aparece como espectador frente a una pintura paisajística en la que suceden lances y hechos extraños. La visualización de esa panorámica y su atmósfera son constantes referencias al devenir del relato a través de los ojos de sus narradores, dos seres distantes, pero cada vez más cercanos, que viven un mundo a ratos equidistantes y a ratos azarosamente tensos.

El centro de la novela armada por Lladosa, lo que ilumina todos sus asideros, sombras y claros que van apareciendo en todo lo que cuentan sus dos narradores, está en la pasión manifiesta de ambos por el proceso creativo y la dicha de experimentar ese sentimiento posesivo de culminar la obra artística, confundidos por el interés seductor que se profesan en secreto. Sin embargo, en ese simulacro de apasionamiento, solo la obra artística parece destinada a salvarse ante lo inesperado del destino, y es esa salvación la que determina la verdad literaria que encierra el libro.

Un amor de Redon es una novela amena, intensa y vívida en la que un hombre y una mujer no se dejan intimidar por las circunstancias que rodean sus vidas privadas. Su autor trasluce ese espíritu de la época, ese que también es válido para cualquier otra, y que confirma que la vida no se deja imitar, que la vida es algo muy suyo, que no admite reproducciones.

En una novela «las palabras de la tribu», como decía Mallarmé, las que se usan para la relación habitual entre los personajes pasan a ser únicas y personalísimas. Lo que importa de toda historia no es si lo que le pasa a alguien es un suceso real o fingido, sino si el artefacto literario se sostiene por medio de la verdad vivida y la verdad imaginada, dos mundos distintos que se complementan y se exponen, como ocurre aquí, al arrebato de la literatura y de la vida.