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miércoles, 11 de septiembre de 2019

El artista y sus arrebatos


Dice Alan Pauls, y no le falta razón, que se lee contra la interrupción, “y la lectura tiene allí el valor de una espera. Leer es extender, prolongar, dilatar al máximo una duración condenada de antemano”. Ese pálpito de horizonte último que propone toda lectura, de un tiempo límite que puede llegar incluso a considerarse fatídico, es el que arrastra Un amor de Redon (Fórcola, 2019), la nueva novela de Ricardo Lladosa (Zaragoza, 1972), un libro en el que las imágenes ponen origen y fundamento al desarrollo de una historia de ambientación gótica de la que se vale para desplegar la multiplicidad del mundo artístico del pintor Odilon Redon (Burdeos, 1840 – París, 1916).

Redon fue un precursor del surrealismo y una figura clave del simbolismo europeo, un entusiasta activo de las vanguardias incipientes en la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX. Su personalidad artística, plena de inquietudes creativas y de interés desmedido por la literatura, lo impulsaron a relacionarse con los más destacados poetas y narradores de la época, con los que trabajó en diferentes proyectos. Admiraba a Baudelaire, Poe y Flaubert desde su juventud. Fue amigo de Mallarmé y Gauguin y con los que mantuvo una relación estrecha y fructífera. Se caracterizó por mantener siempre una actitud independiente frente a las corrientes artísticas y modas de su tiempo.

A todo su sentir por la pintura, se le une su deseo de escribir. “Cada uno de nosotros debería escribir un libro”, le confía a uno de sus amigos pintores. Y más adelante, deja plasmada en el diario que lleva entre manos sus confidencias de artista que arrancan con esta confesión: “He hecho un arte a mi manera. Lo he hecho con los ojos bien abiertos a las maravillas del mundo visible y, se diga lo que se diga, constantemente preocupado por las leyes de lo natural y de la vida[...] El arte también participa de los acontecimientos de la vida. Y será ésta la única excusa para hablar solamente de mí”.

Ricardo Lladosa aprovecha todo ese caudal artístico y literario que Redon ha conformado en torno a su vida para desplegar una narración intensa y emotiva donde reflejar la visión del mundo del artista y su relación con los demás, mediante un texto en el que entremezcla la propia voz del pintor con cartas cruzadas entre él y sus amigos más allegados. Un amor de Redon se lee con fruición, debido al ritmo narrativo impuesto por sus dos protagonistas, que alternan su voz a lo largo de los veintitrés capítulos de la novela. El pintor es invitado al castillo de Pantenac con el encargo particular de su dueño, un banquero acaudalado, de pintar tres grandes lienzos que presidirán el comedor de su casa y en el que debe representar a tres de las mujeres más enigmáticas y seductoras de las Sagradas Escrituras: Betsabé, Judit y Salomé. Allí, en el domicilio del banquero, en pleno proceso creativo, el artista conocerá a Ainhoa, la esposa del empresario. Entre ambos surgirá una amistad enlazada por el espíritu artístico que derivará en un irremediable idilio amoroso.

A esta relación de amistad y pasión se une una trama misteriosa en la que la atmósfera y el escenario son propicios para entonar la sugerente historia que se cuenta, donde el arte y el amor porfían entre sí. El lector de esta historia tiene la impresión de que no se encuentra entre las palabras de una novela, sino que, más bien, aparece como espectador frente a una pintura paisajística en la que suceden lances y hechos extraños. La visualización de esa panorámica y su atmósfera son constantes referencias al devenir del relato a través de los ojos de sus narradores, dos seres distantes, pero cada vez más cercanos, que viven un mundo a ratos equidistantes y a ratos azarosamente tensos.

El centro de la novela armada por Lladosa, lo que ilumina todos sus asideros, sombras y claros que van apareciendo en todo lo que cuentan sus dos narradores, está en la pasión manifiesta de ambos por el proceso creativo y la dicha de experimentar ese sentimiento posesivo de culminar la obra artística, confundidos por el interés seductor que se profesan en secreto. Sin embargo, en ese simulacro de apasionamiento, solo la obra artística parece destinada a salvarse ante lo inesperado del destino, y es esa salvación la que determina la verdad literaria que encierra el libro.

Un amor de Redon es una novela amena, intensa y vívida en la que un hombre y una mujer no se dejan intimidar por las circunstancias que rodean sus vidas privadas. Su autor trasluce ese espíritu de la época, ese que también es válido para cualquier otra, y que confirma que la vida no se deja imitar, que la vida es algo muy suyo, que no admite reproducciones.

En una novela «las palabras de la tribu», como decía Mallarmé, las que se usan para la relación habitual entre los personajes pasan a ser únicas y personalísimas. Lo que importa de toda historia no es si lo que le pasa a alguien es un suceso real o fingido, sino si el artefacto literario se sostiene por medio de la verdad vivida y la verdad imaginada, dos mundos distintos que se complementan y se exponen, como ocurre aquí, al arrebato de la literatura y de la vida.


martes, 19 de julio de 2016

Pesadillas góticas

Los escritores oyen el silencio, descubren lo invisible y lo extraño y, después, lo cuentan. Podríamos decir que en eso consiste el mecanismo intrínseco de la literatura. No hay nada más aparentemente. Aunque eso es tanto como afirmar que detrás de un reloj de pulsera no hay más que piezas metálicas diminutas y cierta continuidad de un tictac inalterable y quisquilloso. Todos sabemos que bajo esa apariencia monótona e insistente se alberga un orden establecido de tiempo del que los individuos nos proveemos para organizar nuestra efímera vida en relación al final que nos acecha día a día. En la misma medida, bajo la literatura bien escrita, se esconde igualmente la conflictividad existencial del hombre, así como la incertidumbre y el miedo inquietante que habilita su presencia.

Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) nos sitúa en esa atmósfera inquietante con los cuentos reunidos en Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), una colección de doce relatos en los que lo sobrenatural y escalofriante se incorpora casi con una naturalidad insólita en la realidad cotidiana para avivar su efecto convulso y aterrador en el propio lector. Su acierto radica en crear personajes maltrechos, de apariencia corriente, que arrastran consigo experiencias extremas por donde andan desquiciados entre lo real y lo fantástico, casi al borde de un ataque de pánico o abocados al sacrificio inminente de una muerte terrible.

Lo primordial en Enríquez son las frases y la manera de insertarlas en los párrafos, su empuje, el ritmo que adquieren dentro de los mismos. Para la escritora argentina, lo importante es el modo en el que las emociones y el estado de conciencia de sus protagonistas trascienden en el relato y son atrapados por el lenguaje.

En el primero de sus cuentos, El chico sucio, una joven vive en el barrio más peligroso de Buenos Aires, Constitución, en una casa familiar rodeada de edificios y de casas derruidas. Frente a ella una madre y su hijo pedigüeño se alojan como vecinos suyos. El chico, desastrado y sucio, de apenas cinco años, anda deambulando por diferentes zonas tratando de sacar algunos pesos para comer él y su progenitora. Aquí viven, conviviendo con la miseria y el crimen, la brujería, el maleficio y la santería que incita al sacrificio humano.

En La hostería, la amistad secreta de dos amiguitas las condenará a ser testigos de un suceso insólito y a revivir fantasmas de un pasado ignominioso.

En Los años intoxicados, se cuenta una historia que transcurre en un período de seis años. Unos amigos trapichean con ácidos y otros estimulantes. Se afanan con vinilos de Led Zeppelin y Pink Floyd para sobrevivir a los cortes de luz a los que el gobierno somete constantemente a la población para evitar un apagón mayor.

La casa de Adela es otro cuento terrorífico. La locura y el desasosiego campan a sus anchas. Lo mismo que ocurre en El patio del vecino, un relato espeluznante, en el que su protagonista, una asistente social, despedida por descuidar su trabajo, vive una especie de redención laboral escudriñando los rincones de la casa de un nuevo y misterioso vecino.

No es fácil destacar un relato por encima del resto. Cada uno guarda entre sus aristas tenebrosas una inquietante y, a la vez, sugerente historia con un final brusco y cruel. El libro se cierra con el cuento que da título a la obra y es, en cierta medida, una historia con mucha intencionalidad política y social sobre la violencia de género: las mujeres acuden beligerantes al llamado de prenderse fuego controlado para contrarrestar la escalada de crímenes machistas que sufren.

Las cosas que perdimos en el fuego es un libro de cuentos fantásticos de gran valor, que aprovecha los mecanismos del terror para trasladar al lector a ese ámbito por donde transitan las pesadillas extrañas y sorprendentes de sus protagonistas, sus vidas horribles, atrapadas por un destino maldito, anclado en sus miserias. Por sus páginas está implícita, además, la necesidad de redención de las almas que las habitan, dispuestas a socavar la maldición de sus vidas menesterosas.

Los lectores asistimos perplejos a esta fiesta literaria con la inquietud y la disposición a sentir el pavor nunca gratuito con los que nos sorprenden cada una de sus relatos. En cada uno de ellos se describen parajes sórdidos, calles pestilentes y casas aborrecibles, habitadas por espíritus vengativos o seres casi inmundos. En todos subyace un trasfondo social, más allá del terror. La pobreza, la soledad, la dictadura, la violencia machista y la angustia social son algunas de las causas de infelicidad de los jóvenes que se cruzan por las esquinas marginales del Buenos Aires descrito por la autora.

Uno, que se atreve con casi todo, como es habitual en cualquier lector omnívoro, cuando encuentra entre la ingente cantidad de novedades literarias un libro tan gótico y singular como este, no sabe si pasará del primer cuento sin más. Pero cuando el resultado final confirma la plenitud esperada, entonces el gozo del hallazgo es inolvidable.


Mariana Enríquez firma un estupendo libro de pesadillas góticas, con un ingenio natural poco común en la narrativa femenina del momento, que cautiva y provoca a su vez estupor y escalofrío abundantes en quien lo lea. Compruébenlo.

lunes, 16 de junio de 2014

Seres humanos transfigurados


Contar historias es un proceso que transita dentro de las agujas de un reloj para narrar una trama que tiene un comienzo y un final. Ésa es la esencia de la narrativa: contar algo. Podemos discutir sobre el procedimiento y los recursos empleados por el escritor para lograr ese objetivo final, pero sin historia no hay narración, ni novela que valga. Puedes extenderte o constreñirte, lo que no puedes es dejar de contar una historia, eso sí, el veredicto de ese logro estará en las manos del lector que exigirá sorpresa y emoción.

La narrativa de Hernán Rivera Letelier (Talca, 1950) parece concebida y ajustada a la maquinaria de un reloj suizo que busca la precisión del lenguaje. Si en El arte de la resurrección (2010), el chileno construye una crónica inolvidable de una época y una geografía únicas, en La contadora de películas (2009), hace un alegato sobre el arte de contar historias gracias a los cines de los pueblos.

Acabo de leer El escritor de Epitafios (2012), una novela corta, de apenas 130 páginas, que transcurre casi por completo en un café de una ciudad de provincia. El protagonista es un ángel con ínfulas de poeta, dedicado al oficio de escribir epitafios. Por ese café desfilan otros singulares contertulios, como el Pintor de Desnudos, el Escritor de Locomotoras, el Actor de Teatro Infantil, el Fotógrafo de Cenas y la Poetisa Erótica. Estos personajes prefieren acompasar la vida sin estridencias. Un narrador en tercera persona, a través de distintas anécdotas, nos desvelará con gracia el sobrenombre que cada uno lleva consigo.

El punto álgido de la novela se centra en la historia de amor que surge entre el presunto ángel y la Niña Gótica, un asunto que promete, pero desfallece conforme se suceden los capítulos. Parece que Rivera Letelier quiso desarrollar una intriga amorosa calzada con los ingredientes de un puñado de personajes que, a la postre, no aportan empuje sustancial al conflicto que le ha supuesto al escritor de epitafios el encuentro con la bella adolescente que habla de la noche y la muerte. La niña Lilith alejará al escritor de sus amigos artistas del café.



El Escritor de Epitafios es un libro que se lee con facilidad y posee momentos líricos bellos, pero carece de garra y estremecimiento. Rivera Letelier despliega una narración sutil en la que la amenidad complaciente no es suficiente para bordar la historia propuesta, porque estos seres humanos fabulados por el escritor sudamericano se quedan romos e insustanciales.

En definitiva, El Escritor de Epitafios no es un libro malogrado, pero prescindible, inferior al conjunto de la estimada producción anterior de Hernán Rivera Letelier, un fabulador nato que habrá que probar de nuevo.