martes, 28 de abril de 2015

Pecios destilados

Cristóbal Serna

Para aquellos que hayan leído de manera continuada los artículos y ensayos de Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927), este sigue invitándonos a pensar detenidamente sobre la materia cotidiana. El papel del lenguaje y sus repercusiones semánticas nos obligan a que reflexionemos cómo el lenguaje genera con su uso diario una nueva interpretación ideológica de sí mismo: “merecido descanso”, “sana alegría”, “honesto esparcimiento”, “honda raigambre”, “genuino sabor local...”

Muchos de estos pensamientos, en algunos casos cercanos formalmente a los aforismos y otros, por su extensión, propios del artículo periodístico, han sido seleccionados en este libro bajo el nombre genérico de pecios. Es la forma más personal de abordar sus reflexiones con un sello característico propio, como diría Delibes: “Ferlosio siempre será Ferlosio”. Estos pecios, o restos de naufragio, de Sánchez Ferlosio no solo hay que entenderlos como incursiones aisladas del autor, sino que hay que situarlos en un contexto histórico y cultural y, para ello, el escritor hace un uso adecuado de su afán por recoger noticias periodísticas. Vuelve a recordarnos la famosa entrevista de Gabilondo a Felipe González; el uso de la cultura como instrumento de control político, y hasta llega a considerar que “las únicas novedades de la cultura actual parece que no son ya más que los aniversarios” y estos no solo forman parte de un momento histórico concreto, sino que podemos trasladarlos cambiando tiempos, nombres y situaciones a nuestros días como si tal cosa.

A pesar de huir de las “experiencias personales”, pues distorsionan los hechos y los pensamientos ideológicos, el libro comienza, quizá rindiendo cuenta ya por la edad del autor, con un poema a su hija Marta (in memoriam) y, a partir de aquí, se desencadena un torbellino de pecios donde curiosamente los más cercanos a los aforismos nos confortan como lectores y nos llevan a una relajación y a un respiro placenteros.

No encuentro, ni es necesario, un denominador común en todo el libro, al margen del absoluto uso de la libertad como escritor en todos sus textos, pero sí hay un tamiz por el cual circulan muchos de sus pecios: el tiempo. El tiempo como implacable crítico de lo moderno: “dentro de unos quince años no se percibirán diferencias entre el cine de Pedro Almodóvar y el de Alfredo Landa...”, el tiempo como consciencia de lo vivido: “¿de quién es esa vida que necesita decir que –continúa– o hasta que –debe continuar– cada vez que alguien se ha muerto?” “Si pasara ya el futuro de una vez, empezaríamos a tener tiempo de algunas cosas”; el tiempo como ¿castigo? “¡Ay, las fechas están agazapadas en el calendario, igual que gatos junto a la ratonera, para matar los días en el instante mismo de salir!, ¡Qué día tan desgarradoramente azul para el recuerdo del día más alegre!”

Estructuralmente el libro está dividido en cuatro partes. En la primera, aparecen todos los pecios nuevos, en las otras dos aparecen los pecios ya recogidos en distintos ensayos anteriores, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1994) y La hija de la guerra y la madre de la patria (2002), reelaborando y modificando algunos de ellos, aunque, para sorpresa del que esto escribe, a uno le parece leerlos como inéditos. En la cuarta parte aparecen varias cartas al director del diario El País ya publicadas.


Campo de retamas (Random House, 2015) no es pues un libro para leer de manera lineal, ya que el lector tiene la necesidad de volver una y otra vez hacia atrás, como si hubiese perdido no sé qué hilo conductor, o palabra, o idea. Y el omnipresente lenguaje como envoltorio del cual hace de lo natural una continua reflexión, vuelve sobre él a modo de epílogo, dejando su tono más sentimental para concluir confesando que no le tomemos demasiado en serio, tal como nos anticipa en el “como a manera de prólogo”, donde nos dice: “desconfíen siempre de un autor de pecios”.

sábado, 25 de abril de 2015

Breviario del arquero

La realidad del aforismo en los momentos actuales parece evidente que es un género literario que cuenta cada vez más con ávidos lectores que exigen o piden escritores que se acojan a esta fórmula literaria en alza. Entre éstos, destacan los poetas, para mí, los mejores orfebres de la composición minimalista y, entre la legión de lectores, son muchos los tuiteros que curiosean de forma creciente por las antologías que van proliferando en los catálogos de las diferentes editoriales de nuestro país. Ahora, el sello La isla de Siltolá se une a la fiesta con los primeros números de su nueva colección sobre este género tan singular y atractivo.

Mapa de ningún sitio, del cubano León Molina (San José de las Lajas, Habana-Cuba, 1959) corresponde al volumen número dos de dicha colección y es el primer libro de aforismos publicado por su autor. Este escritor caribeño, poeta, haijin y aforista, tiene aspecto de hombre lobo, pero sólo en apariencia, enamorado de la naturaleza y de los pájaros del bosque albaceteño que, con su cabeza adusta y nívea, evoca a las de los viejos pensadores griegos. El pasado otoño publicó El taller del arquero (La Garúa, 2014), un hermoso y deslumbrante poemario que tuvo su reseña en esta bitácora.

A Molina le gusta escribir poesía con arco y flecha. Tampoco se desarma cuando se ocupa del discurso conciso de la brevedad y no duda en cargar su escritura con el arsenal de la ironía y la paradoja. En este compendio aforístico, donde tampoco faltan sentencias intimistas y conjeturas moralistas, examina con puntería los quehaceres de la vida, el sentido poético de la naturaleza y, sobre todo, la realidad del hombre y sus consecuencias. Un amplio temario reflexivo, escrito con destreza, y pulido de polvo y paja, que fluye por las coordenadas universales del pensamiento e invita a la reflexión, al asombro y a la duda.

León Molina, como buen amante de la paradoja, en su nueva faceta de aforista, se empeña en escabullirse entre la sinceridad fingida y el sincero sentimiento. En estas píldoras de pensamiento condensado, el poeta cubano nos revela, no sólo su filosofía de vida, sino también sus debilidades personales, sin ataduras de ninguna clase. Lo más significativo para el lector de este breviario, con sus más de cuatrocientos registros, es la verdad que late en cada una de sus frases, muchas de ellas son verdades ancestrales y otras de rabiosa actualidad, como estas once perlas:

Cada día es toda una vida en miniatura.
El saber que no ocupa lugar desaparece.
La seducción es mucho más entretenida que el amor. Dónde va a parar.
Lo importante no es lo que haces sino lo que hagas con lo que haces.
No pasa nada por no leer. Pero si lees pasa de todo.
Filosofía y poesía. Tan distintas. Nadie diría que son hermanas.
El ser humano es ante todo un ser propenso.
La verdad no tiene nada de particular.
La soledad no cura las heridas, pero las desinfecta.
Para afiliarse a un partido primero hay que desafiliarse de uno mismo.
Leer poesía es como amasar pan.

La sensación percibida después de leer y releer este breviario es la de que León Molina no es un advenedizo en la materia, sino alguien que sabe cómo se cocinan estas minucias literarias y el lector reconoce que entre las cualidades que debe reunir el aforismo, más que la brevedad, están su inmensidad (valga el oxímoron) y su acierto.


En suma, una buena oportunidad de aproximarnos al territorio exigente del aforismo. Mapas de ningún sitio sorprende por su tino y sutileza, algo propio de un arquero bien entrenado en el haiku y armado de prosa mínima y de poesía.

lunes, 20 de abril de 2015

Memoria y vida

La literatura siempre es una cuestión de punto de vista. No hay tema que se repita si se cuenta de otro modo. Dice la escritora Marta Sanz en la introducción del libro Para ser escritor (Círculo de Tiza, 2015), de Dorothea Brande, que cuando alguien toma la palabra y se compromete públicamente con su escritura es porque tiene algo que decir. Algo que aportar al conjunto de la comunidad. Esa es una actitud honesta, más allá de la búsqueda de una imposible originalidad esencial en la que tantos escritores nóveles se obcecan. Pues bien, el autor que traemos hoy a esta bitácora sintetiza con claridad el espíritu subrayado por la novelista madrileña.

Manuel Arroyo-Stephens acaba de publicar en Turner, la editorial creada por él mismo allá por el año 1970, un hermoso libro de memorias que encaja en esas coordenadas bien descritas anteriormente. Pisando ceniza es un artefacto entre relato, novela y autobiografía, en donde el librero de viejo, editor y apoderado en su día del matador Rafael de Paula se descubre a sí mismo con este su primer libro. Y lo hace con solvencia y maestría, como los grandes del género.

El autor de este estupendo libro recuerda sus andanzas como librero, sus viajes con un viejo poeta a través de la geografía española por las plazas de toros, para seguir las faenas de un torero gitano, y cuenta, también, la vuelta a su pueblo para escuchar, en una taberna, las historias de los viejos habitantes del lugar, aparte de compartir con su madre cuestiones de siempre alojadas en el pasado o perdidas en algún punto difuso del tiempo.

El libro de Arroyo tuvo sus inicios en 1984 con el relato Región luciente, el más extenso de todos los reunidos en el volumen, un texto que leyó Carmen Martín Gaite y por el que le animó a seguir escribiendo. Para un hombre como él, imbuido en el universo editorial y conocedor de sus entresijos, no parece haberle resultado difícil encontrarse en esta nueva vertiente de escritor y, ahora nos sorprende, a propios y extraños, con este debut narrativo repleto de experiencia vital y de buena literatura. Dice Andrés Trapiello, curtido escritor diarista, que lo más difícil de todo, en contra de lo que cree la mayoría de la gente, es hablar de uno mismo. Arroyo-Stephens sí se da trazas para conseguirlo. Pisando ceniza es un texto asombroso, precisamente por lo bien concebido que está, y más aún gracias a su tono narrativo que parece discurrir con la facilidad de un soplo.

Para Manuel Arroyo, la escritura es voluntad y es imaginación. Por eso mismo, entiende que la memoria es una invención permanente. Desde esa perspectiva, el autor homenajea a un grupo de amigos a los que siempre quiso. La muerte es un asunto que le importa mucho al escritor, de ahí el título escogido. Las cenizas del pasado y los seres queridos están presentes a lo largo de los seis relatos del libro. Su tarea consiste en recopilar estampas del recuerdo, mezclarlas y unirlas en frases con temple y sentimiento: “Hace años tuve un amigo a quien vi morir –subraya– y aunque no hice un pacto secreto con él, sabía que su presencia me acompañaría siempre. La memoria es triste porque su alimento es lo perdido. Escribir sobre él fue mi manera de no perderlo del todo, de no permitir a la muerte que mate tanto como quisiera...” José Bergamín fue ese amigo con quien compartió vida, literatura y afición a los toros, un maestro del aforismo que cuando enfermó gravemente le confesaba al oído que “más que la muerte, temo ahora la invalidez; no poder valerme por mí mismo”.


En verdad, no hay placer más gratificante e inmenso para un lector que acometer una obra bien concebida, abordada desde la honestidad y escrita con total solvencia. Con estas premisas, los buenos libros están destinados a perdurar en el tiempo y, Pisando ceniza, es uno de los escogidos que cumplen ese fin. Sólo el lector que caiga en sus redes podrá ser testigo de excepción y presa complaciente de este estupendo texto de memoria y vida.

jueves, 16 de abril de 2015

Ser distinto

El narrador de esta hermosa novela, que acaba de perder a su padre, no parece recelar de su memoria, ni de su identidad, más bien de lo que se lamenta es de su sino enfermizo, de vivir encerrado entre el amor intermitente, la filosofía como soporte vital y el egoísmo común de adolescente, incapaz de asumir las desavenencias de la realidad.

Con la muerte del padre del narrador, un asunto tan literario como freudiano, arranca la reciente novela de Celso Castro (A Coruña, 1957), una historia en la que el escritor gallego, una vez más, regresa, pletórico, a su estilo minusculista, un sello tan suyo de trazar la frase sin usar las mayúsculas, como ya se conoce en sus anteriores entregas: astillas (2011) y el afinador de habitaciones (2010). Ahora, después de haber transcurrido cuatro años, nos presenta entre culebras y extraños (Destino, 2015), una obra intimista escrita en primera persona, desde la madurez de su autor y bajo el caleidoscopio de un joven extraño y frágil, de apenas dieciséis años, recluido a todas horas entre las cuatro paredes de su habitación, atribulado en lecturas filosóficas, que inciden en su condición de adolescente y en la manera de afrontar su delicada salud.

Un vehemente lector joven, apasionado de los grandes pensadores clásicos de orientación pesimista, como Nietzche, Kierkegaard y, especialmente entusiasta de Schopenhauer, que además ama a Sofía, su complemento vital y a la que todavía no goza por entero, se ve arrastrado a vivir en un desconsuelo permanente. El protagonista de esta novela de aprendizaje, pero de amor también, no es un arquetipo de esta etapa de la vida que transita por la adolescencia. El narrador es un joven sensible, problemático e inteligente. Sobreprotegido por su madre y ninguneado por un padre al que aborrece. El transcurrir de sus días le resultará una experiencia inaceptable y desvalida, una agresión continua a su persona. No acepta ni asume estas circunstancias que parece haberle reservado su destino.

Conforme el lector se va adentrando en las entrañas de la historia, una atmósfera pesimista que contagia el ambiente lo va atrapando. El protagonista da pie a ello. Su pesimismo vital, impropio de su edad, es una consecuencia del cómputo de lecturas filosóficas que no para de acumular y que promueven ese arte de saber vivir al que alude el viejo Schopenhauer: si no se puede ser feliz en este mundo, habrá que procurar al menos no ser tan desdichado. En ese camino, el narrador proyectará su insatisfacción, que le conducirá a descubrir un secreto bien guardado en la familia y del que él intentará desasirse.

entre culebras y extraños es una novela breve, intensa y amena, con mucha carga poética deliberada, que denota la estirpe lírica de su autor y su introspección literaria, un monólogo del yo que aflora secretos familiares y preguntas sin respuesta entre los personajes.

Celso Castro ha montado un discurso narrativo que fluye sin puntos y aparte, un estilo muy especial, que logra el fluir intenso de la novela, gracias a esa conducción musical apoyada en la frase pulida y la palabra mínima y ajustada de su prosa.

entre culebras y extraños conforma un engranaje rítmico que lleva al lector de la mano hasta la conclusión de la historia que, por coherencia y propósito de su creador, termina sin punto final, pero que deja la sensación en quien la ha leído de haber pasado un buen rato atento a las razones y manías de su joven protagonista, un ser de alma agitada y singular, para quien la vida le reservó muchas menos banalidades que al resto de sus congéneres.



sábado, 11 de abril de 2015

Su nombre es Camba

Leí, allá en el pleistoceno, la obra del escritor y periodista gallego Julio Camba (Vilanova de Arousa, 1884 – Madrid, 1962) gracias a la editorial Austral. Me hice casi con la colección íntegra que, por aquel entonces, publicó el sello de Espasa Calpe y que encontré en una librería de viejo en Madrid a precio irrisorio, desde el primero de ellos, Londres, hasta Alemania, además de Sobre casi todo y Sobre casi nada o La rana viajera. Ahora, coincidiendo con el aniversario del nacimiento de Rosalía de Castro, la editorial Fórcola publica una antología inédita de sus artículos relacionados con su tierra natal, bajo el título de Galicia.

Galicia es un compendio periodístico del bosque social de la realidad gallega, medio centenar de artículos sobre la tierra y las gentes de esta región que, de alguna manera, reflejan ese saudade sentimental e intelectual de su autor Julio Camba, un hombre que apostó con su pluma por España y por su lugar de origen. Presumía de pertenecer a la raza celta, amante del paisaje gallego y nada próximo al galleguismo político y cultural surgido en las primeras décadas del siglo pasado. Para él, que se consideraba regeneracionista, el nacionalismo era contraproducente. Para combatirlo le gustaba citar a Baroja que decía con rotundidad que “el nacionalismo se cura viajando”. Camba fue un gran dominador del artículo breve, una de las mejores plumas de su época, viajero incansable y conocedor preciso de la cultura gallega, orgulloso en reivindicar la buena fama de su tierra, sin dejar de combatir su imagen pintoresca y apostar por el turismo en la región. Fue un hombre de la España posterior al 98 que vivió el declive de la etapa republicana y que se refugió en su tierra natal y, a ratos, en tierras portuguesas, al estallar la Guerra Civil, para regresar al final de la contienda a Madrid, su residencia y su marco intelectual y afectivo.

El valenciano Francisco Fuster ha rastreado la extensa producción periodística de Camba para aglutinar en este volumen una selección de todos sus artículos escritos sobre Galicia, su gente y su cultura, aparecidos en las cabeceras de los rotativos madrileños de El Sol o El Mundo y también el ABC a lo largo de la dilatada carrera profesional de este carismático y genial columnista, hasta reunir las cincuenta piezas periodísticas que mejor reflejan el posicionamiento ideológico y sentimental del autor de La casa de Lúculo, siempre tamizadas por su fino humor e ironía, que tanto entusiasmaba a sus seguidores y a sus lectores. Fuster ha reunido una antología temática que salta las fronteras del tiempo porque, lo que guarda entre sus tapas este hermoso libro, es literatura periodística duradera e inagotable y, más si cabe, cuando, en el fondo, de lo que habla es de muchos asuntos de dicha comunidad autónoma que siguen vigentes en la actualidad.

Galicia es un libro de excelente factura, con un prólogo memorable a cargo del catedrático Ramón Villares, y con una introducción, por cuenta de su antólogo, imprescindible. De nuevo, el escritor Camba sale con luz propia, para deleite de lectores curiosos, sean adeptos o no, hablándonos con desparpajo y perspicacia sobre los puntos fuertes y débiles de su tierra. Y lo hace en un libro impreso con primor y gusto, tan propio de este sello que dirige Javier Jiménez, cuidando los detalles: ilustraciones, tipografía y maquetación. Un trabajo sobresaliente para entusiastas de las buenas ediciones.

Después de leer estos jugosos artículos, que poseen la brevedad precisa y la virtud de abordar problemas complejos entendibles al lector común, que desafían, por ejemplo, el prestigio del mar y alaban la vieira, el marisco más ilustre y sagrado, que reivindican a La Bella Otero, la única bailarina internacional gallega o que demandan menos regionalismo y más hoteles y ferrocarriles, uno deduce que Julio Camba nunca dejó de sentirse gallego, a pesar de su vida distante y su descreimiento identitario.


martes, 7 de abril de 2015

Razón de ser


Vicente Valero (Ibiza, 1963) lleva una trayectoria poética larga y fructífera. Cuenta en su haber con seis libros de poemas publicados. Como prosista, se estrenó en 2001 con un ensayo biográfico sobre Walter Benjamin y luego debutó en la memoria y la reflexión artística con otras dos obras. El pasado año se dio a conocer en el género narrativo con la novela Los extraños (Periférica, 2014), un debut sorprendente que tuvo muy buena acogida por los lectores y la crítica. Cumplido un año, el escritor ibicenco vuelve a la actualidad con otra propuesta narrativa, un libro leve y grávido de sensibilidad y encanto en torno a tres momentos transcendentales en las vidas de tres poetas universales: San Juan de la Cruz, Friedrich Hölderlin y Fernando Pessoa.

El arte de la fuga (Periférica, 2015) es un tríptico narrativo sobre estas tres grandes figuras poéticas, tres fugas espirituales de estos escritores extremos de la lírica, hermanados en la pasión por las letras, más allá de sus fronteras propias y a los que les une el amor a la poesía, la razón, la identidad y la trascendencia de la vida. De esa vida interior tan intensa que tuvieron, Valero rescata un pasaje interior de cada una de ellas. En el primer relato el narrador nos sitúa en otoño de 1591 en un convento de Úbeda. Allí en su celda, el cuerpo lacerado de Juan de la Cruz, cubierto de pústulas y llagas, se debate pacientemente ante el infortunio de la muerte. En el siguiente relato, aparece Hölderlin en su quimérica aventura de atravesar Francia a pie, desde Burdeos hasta llegar a Stuttgart, como si de un estrafalario peregrino se tratara. Corría el año 1802 en la estación de primavera. En el tercer y último pasaje, nos adentramos en la estancia de Pessoa, una noche de marzo de 1914. Allí, el poeta portugués escuchará a su espalda una voz salvadora que recita: “aquel que tiene las flores no necesita a Dios”. Y al poco tiempo surgirá la invención del primero de sus heterónimos, Alberto Caeiro, el poeta que enseñaba a mirar de forma antipoética, es decir, que lo que viene del más allá de lo real no existe. En resumen, la primera fuga protagonizada por el poeta de Ávila camina hacia la muerte; la segunda fuga capitalizada por Hölderlin transita bajo los efectos de la locura; la tercera y última fuga del poeta de Lisboa apura un desdoblamiento de su identidad.

Vicente Valero, como ya hiciera con su anterior novela, muestra su pasión por la biografía, tanto propia como extraña, de la que se ocupó también en otros textos suyos como Viajeros contemporáneos (2004) y Diario de un acercamiento (2008), lo que le convierte en un prosista muy cercano al contexto biográfico. En el caso que nos ocupa, El arte de la fuga, el escritor balear elige momentos muy concretos de la vida de sus protagonistas, pero con el objetivo de acercar al lector al sentimiento de sus almas, en un escenario que, ya de por sí, es revelador de lo que se cuece en el interior de todas ellas. Valero nos narra tres trayectos de almas sufrientes, tres maneras de abrazar la espiritualidad poética desde la muerte, el amor y la identidad, a través del abandono del yo para ascender a las alturas. Y es que, cuando el poeta es verdadero, como es el caso de cada uno de estos tres gigantes de la literatura universal, su poesía se cumple.

Vicente Valero
En apenas cien páginas, tres vidas entregadas en cuerpo y alma a la literatura, distantes en el tiempo y en el espacio, pero unidas por el lenguaje común de la verdadera poesía que indaga en la realidad, en lo sagrado y en el más allá, comparecen con sus desdichas y anhelos. Todos son poetas extremos y letraheridos que se dejan transformar por lo que escriben: sus vidas son poemas y viceversa, una decisión difícil, pero la única posible que justifica la existencia de todos ellos, aunque suponga extravagancia y contrapunto al orden establecido.

Igual que su poesía, Valero concibe la narración como la idea de que mirar es también crear, crear con la palabra. Para él, viajar, caminar, trasladarse, todo viene a ser una metáfora de la búsqueda. Buscar el sentido a todo conlleva un desplazamiento del pensamiento y de la razón del ser, como el que llevó a estos singulares próceres de la literatura, entre la vida y el más allá.

El arte de la fuga es, en definitiva, una obra concebida desde la intimidad poética de su autor, un libro que destaca por su prosa pulida y su ritmo narrativo. Vicente Valero deslumbra una vez más, en esta ocasión con una hermosa pieza literaria.

viernes, 3 de abril de 2015

El misterio de escribir


Las historias de misterio son las más paradójicas de todas las formas literarias populares. La novela de suspense gira en torno a un asesinato, a menudo ejecutado de manera terrorífica y violenta, y aun así las leemos mayormente porque nos entretienen y nos reconfortan de los problemas y las propias agitaciones de la vida cotidiana. Su razón de ser no es más que establecer la verdad, aunque se recree en el engaño: el asesino trata de burlar al detective; el escritor se propone engañar al lector, hacerle creer que los culpables son inocentes y los inocentes sospechosos; y cuanto mejor es el engaño, más eficaz es el libro. Dicho esto, ¿cómo se escribe una novela de misterio?

Es imposible explicar cómo se escribe un buen libro, es decir, un libro que sea ameno –afirma Patricia Highsmith–. Pero esto es lo que hace que la profesión de escritor sea animada y apasionante: la constante posibilidad de fracasar”. Con esta declaración rotunda, la escritora estadounidense (Texas, 1921 – Locarno, 1995) trata de poner claro al lector que el oficio de escribir es arduo y complejo, que no existe ningún secreto para alcanzar la gloria escribiendo, salvo la individualidad del escritor o, como subraya ella misma, la propia personalidad del autor.

El sello Círculo de Tiza rescata Suspense (Plotting and Writing Suspense Fiction), una obra publicada en 1966, donde la autora de Extraños en un tren muestra los entresijos del proceso de creación de una novela de intriga, con la advertencia meridiana para el lector de que este libro no pretende ser un manual de instrucciones, sino que va por la onda del ensayo y la reflexión personal sobre el arte de escribir ficción de una de las escritoras más grande de la novela negra. A lo largo de sus páginas nos muestra sus obervaciones y recomendaciones, nos enseña su cocina literaria y expone los ingredientes utilizados en la elaboración narrativa, extraídos de sus propios logros y fracasos.

Para esta escritora sesuda y meticulosa, todos los libros de suspense encierran un secreto que el lector debe descubrir: la conclusión de la historia, algo sobre lo que ya había insistido anteriormente E.M. Forster en su libro Aspectos de la novela (1927). Quizá, en este caso, el británico sea más genérico, pero igual de afinado cuando habla del arma del suspense: “a todos nosotros nos pasa como al marido de Sherezade: queremos saber lo que ocurre después. Esto es universal, y es la razón por la que el hilo conductor de una novela ha de ser una historia”.

Lo que encontramos en el interior de Suspense es toda una reflexión sobre la narrativa de misterio, una oportunidad de conocer la médula ósea de esta artista de la intriga y la novela negra a través de su universo literario y de sus convicciones sobre el proceso creativo de la ficción. Patricia Higsmith disecciona los secretos de su oficio, cultivado a lo largo de su carrera, y desvela el modus operandi del que se vale para montar una historia, sin pretender adoctrinar al intrépido que desee probar suerte a escribir un relato, porque “es imposible explicar cómo se escribe un buen libro...” De este libro me gusta cuando la autora confiesa que escribir es un juego y, como todo el mundo sabe (así lo da por hecho la escritora tejana) es necesario que en ningún momento su ejercicio deje de divertir a quien lo lleve a cabo, porque, si no lo hace, cómo se las apañará el escritor para hacerlo con los editores y los lectores.

Suspense es un libro entretenido y sorprendente para lectores curiosos pero, sobre todo, es una buena guía, una especie de brújula para no perder el norte a la hora de escribir una novela o, al menos, como indica su autora en el prólogo, “que ayude a los que deseen escribir a percatarse de lo que ya llevan dentro de sí”. No olvidemos, nos viene a recordar familiarmente la americana, que los artistas han existido y persistido desde mucho antes de que la humanidad soñara con organizar la vida de sus congéneres.