martes, 28 de abril de 2015

Pecios destilados

Cristóbal Serna

Para aquellos que hayan leído de manera continuada los artículos y ensayos de Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927), este sigue invitándonos a pensar detenidamente sobre la materia cotidiana. El papel del lenguaje y sus repercusiones semánticas nos obligan a que reflexionemos cómo el lenguaje genera con su uso diario una nueva interpretación ideológica de sí mismo: “merecido descanso”, “sana alegría”, “honesto esparcimiento”, “honda raigambre”, “genuino sabor local...”

Muchos de estos pensamientos, en algunos casos cercanos formalmente a los aforismos y otros, por su extensión, propios del artículo periodístico, han sido seleccionados en este libro bajo el nombre genérico de pecios. Es la forma más personal de abordar sus reflexiones con un sello característico propio, como diría Delibes: “Ferlosio siempre será Ferlosio”. Estos pecios, o restos de naufragio, de Sánchez Ferlosio no solo hay que entenderlos como incursiones aisladas del autor, sino que hay que situarlos en un contexto histórico y cultural y, para ello, el escritor hace un uso adecuado de su afán por recoger noticias periodísticas. Vuelve a recordarnos la famosa entrevista de Gabilondo a Felipe González; el uso de la cultura como instrumento de control político, y hasta llega a considerar que “las únicas novedades de la cultura actual parece que no son ya más que los aniversarios” y estos no solo forman parte de un momento histórico concreto, sino que podemos trasladarlos cambiando tiempos, nombres y situaciones a nuestros días como si tal cosa.

A pesar de huir de las “experiencias personales”, pues distorsionan los hechos y los pensamientos ideológicos, el libro comienza, quizá rindiendo cuenta ya por la edad del autor, con un poema a su hija Marta (in memoriam) y, a partir de aquí, se desencadena un torbellino de pecios donde curiosamente los más cercanos a los aforismos nos confortan como lectores y nos llevan a una relajación y a un respiro placenteros.

No encuentro, ni es necesario, un denominador común en todo el libro, al margen del absoluto uso de la libertad como escritor en todos sus textos, pero sí hay un tamiz por el cual circulan muchos de sus pecios: el tiempo. El tiempo como implacable crítico de lo moderno: “dentro de unos quince años no se percibirán diferencias entre el cine de Pedro Almodóvar y el de Alfredo Landa...”, el tiempo como consciencia de lo vivido: “¿de quién es esa vida que necesita decir que –continúa– o hasta que –debe continuar– cada vez que alguien se ha muerto?” “Si pasara ya el futuro de una vez, empezaríamos a tener tiempo de algunas cosas”; el tiempo como ¿castigo? “¡Ay, las fechas están agazapadas en el calendario, igual que gatos junto a la ratonera, para matar los días en el instante mismo de salir!, ¡Qué día tan desgarradoramente azul para el recuerdo del día más alegre!”

Estructuralmente el libro está dividido en cuatro partes. En la primera, aparecen todos los pecios nuevos, en las otras dos aparecen los pecios ya recogidos en distintos ensayos anteriores, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1994) y La hija de la guerra y la madre de la patria (2002), reelaborando y modificando algunos de ellos, aunque, para sorpresa del que esto escribe, a uno le parece leerlos como inéditos. En la cuarta parte aparecen varias cartas al director del diario El País ya publicadas.


Campo de retamas (Random House, 2015) no es pues un libro para leer de manera lineal, ya que el lector tiene la necesidad de volver una y otra vez hacia atrás, como si hubiese perdido no sé qué hilo conductor, o palabra, o idea. Y el omnipresente lenguaje como envoltorio del cual hace de lo natural una continua reflexión, vuelve sobre él a modo de epílogo, dejando su tono más sentimental para concluir confesando que no le tomemos demasiado en serio, tal como nos anticipa en el “como a manera de prólogo”, donde nos dice: “desconfíen siempre de un autor de pecios”.