martes, 26 de mayo de 2026

Aislamiento y fatalidad


Escribimos lo que deciden las palabras, decía Carlos Pujol. Los que amamos la literatura, confiesa Pedro Ugarte, hacemos de las palabras nuestra casa. Por eso, añade, “cuando salimos de ellas y regresamos al increíble mundo de los seres humanos, nos sentimos forasteros… Hacemos como si todo tuviera sentido, pero solo es una excusa para refugiarnos cuanto antes en el reino de las palabras y relatar con ellas, otra vez, las alucinaciones que hemos visto al otro lado. Las palabras no son la realidad, pero lo intentan, siempre lo intentan”. Y, en verdad, son ellas para el lector las que determinan la validez de lo escrito, su trascendencia. En la literatura las buenas ideas, y por ende los buenos relatos, se reconocen enseguida. Los relatos tienen ese hálito trazado, ese cauce de palabras que sorprenden y nos despiertan de nuestro letargo.

Los lectores, al fin y al cabo, somos el punto de alcance de todo libro, su propósito y su sentido. No importa el género literario que represente este. Eso sí, centrándonos en la lectura de relatos, nos predisponemos a obtener una buena dosis de emoción concentrada en pocas páginas. Incluso, nos obliga a releer o imaginar nuestra propia experiencia, ver un mismo mundo bajo múltiples focos, variando voces, situaciones y registros. Si algo sé de la escritura de Elvira Navarro (Huelva, 1978), de sus relatos, concretamente, es que nacen de la tensión entre lo que está dentro de su imaginario y lo que está fuera, en la realidad cotidiana. En los nueve relatos reunidos en La sangre está cayendo al patio (Random House, 2025), nos encontramos con esa continuidad afilada en la línea de extrañamiento que la autora trazó previamente en su anterior volumen de cuentos La isla de los conejos (2019), pero en esta ocasión bajo un escenario más precario y postpandémico.

Por aquí transitan seres que abordan un mundo de empleos precarios, pueblos aislados, urbanizaciones casi vacías o ciudades reducidas a bloques de cemento y muros agrietados. Todas sus historias conforman un entorno reconocible, cuyos contornos aparecen deformados con sutileza, convirtiendo lo cotidiano en algo raro, casi de pesadilla. Lo inquietante transcurre de manera casi imperceptible a través del aislamiento, de vínculos rotos, casi sin posibilidad de reparación. La sensación de abandono a los acontecimientos es la nota predominante de los personajes de estos cuentos. No son ellos quienes dirigen sus vidas, sino que son arrastrados por sus circunstancias económicas, laborales, afectivas o familiares, como nos puede ocurrir a todos, pero aquí con más estridencia y fatalidad.

El libro de Navarro compendia todas estas inquietudes. Diría que adopta un tono existencialista en su conjunto, con la idea de desnudar el misterio de unos cuentos escurridizos y ásperos, de historias sin salida que tienen mucho que ver con las experiencias cambiantes de la vida de sus personajes. Los amores idiotas es el relato más denso de todos. El resto son cuentos breves, cuyos temas centrales abordan la precariedad material, el desgaste afectivo, la periferia urbana, los agobios psicológicos o la imposibilidad de proteger a los seres más vulnerables. El primero de ellos, La lavadora, gira en torno a un suceso anómalo y extraño en casa de una pareja que queda estupefacta al comprobar que de la lavadora sale sangre a borbotones, cayendo al patio de vecinos. Algo tan descabellado origina un malestar en el vecindario, que pone en riesgo la estabilidad del hogar de la pareja afanada en buscar los motivos y la solución del suceso, quizá pensando que “lo más descabellado era, a menudo, lo único cierto”.

En el siguiente cuento, El proyecto, una pareja con su crío conviven en una casa en construcción. Luego, al cabo de un tiempo, todo estalla, y rompen perturbados sin mediar palabras, con sensaciones angustiosas de misterio. Uno de los relatos más humano, con un final descorazonador y terrible es El recogedor de animales, protagonizado por un trabajador del mantenimiento de carreteras convertido en rescatador de animales heridos o accidentados que va encontrando mientras trabaja. Destaca también La ciudad del miedo, un texto magistral que completa lo atisbado en El miedo a la ciudad. Dos cuentos conectados que rastrean las propias sombras e inseguridades de los habitantes de la ciudad. En todos ellos hay atmósferas cargadas de inquietud, de sombras que acechan o de ruidos, como el que sufre el protagonista de El vigilante, que le provocan unas alucinaciones acústicas, provenientes de una promoción de viviendas vacías.


Ciertamente, el libro al completo está atravesado por una atmósfera de un gótico evanescente, muy en la línea de la mejor Elvira Navarro, autora que no cultiva el terror ni recurre a lo sobrenatural, pero que se desplaza hacia el borde de la pesadilla, sin atravesarla del todo. En su escritura sí parece latir una secreta fascinación por la presencia de seres extraños y fantasmas que acechan, agazapados en los pliegues oscuros de la ciudad, así como en objetos y espacios abandonados.

Por todas estas razones, diría que su literatura se mezcla con la vida y con las grietas de la realidad, con el aislamiento y la fatalidad. Y me gusta ese tipo de literatura que me empapa, esa narrativa que me mantiene despierto y asombrado. Es todo lo que aquí encuentro en este estupendo libro de relatos, literatura que se mancha de la vida, que nos pellizca y que hurga en la conciencia del lector.

sábado, 9 de mayo de 2026

Una novela polifónica


Cuánto celebramos los lectores las voces múltiples en una buena novela de estructura coral. Nos gustan cómo enriquecen enormemente el desarrollo de la trama al ofrecernos perspectivas diversas que desembocan en una narrativa ágil y polifónica. Esta técnica narrativa permite que cada voz autónoma contribuya a un todo interconectado, reflejando no solo la pluralidad humana sino también los rumores, identidades y versiones enfrentadas a lo acaecido en el relato que acompañan a la historia que se cuenta. Añadamos, además, que estas voces revelan, generalmente, conflictos y suspicacias internas, relaciones y motivaciones únicas, lo que genera una trama más diversa y dinámica. Cada voz aporta su arco de transformación, intercalándose para mantener el equilibrio o lo contrario, confundirnos intencionadamente para que tomemos parte activa en la lectura de la novela.

Todo esto ocurre en Majareta (Seix Barral, 2026), la más reciente novela de Juan Manuel Gil (Almería, 1979), en la que las múltiples voces que se dan cita entrecruzan sus perspectivas, controversias y dimes y diretes sobre el personaje conocido como ‘El conserje’, y llevarnos en volandas por atajos contradictorios para saber lo que realmente ocurrió o dejó de ocurrir en su vida. Por eso mismo la lectura de este libro es tan divertida y emocionante, por su ritmo narrativo trepidante, pero también, y sobre todo, por la intervención de personajes tan variopintos que van conformando un mural continuado y descriptivo de las peripecias vitales y del quehacer de sus lugareños. Cada verdad expuesta por aquí parece estar apoyada en otras no dichas, sustentadas, matizadas o modificadas por otras posteriores, según su interlocutor.

Juan Manuel Gil confirma en esta obra su singularidad como narrador dejando paso a los vaivenes sin filtros de sus personajes, con humor manifiesto, humanidad, curiosidad y detallismo, mediante una prosa diáfana y aguda que hacen de su lectura una amena experiencia, sin menoscabo de deambular sobre una oscura realidad: la caída en desgracia del conserje, debido a un delito no del todo claro. Entre todos, bajo el caleidoscopio de miradas y voces que pueblan la novela, destaca la voz de ‘El amigo necesario del autor’ que trata de poner cordura a lo acaecido con Leo Aldama, el conserje, y lo que dicen de él sus paisanos: “Yo creo que la historia de ese hombre habla más de la gente del barrio que de él mismo. Y añade: “Me da la sensación de que para que todos entendamos lo ocurrido es necesario que cada uno cuente su parte. [...] Cada uno su cristal, y entre todos, una vidriera”.

Y como suele suceder con los enigmas bien narrados, casi toda la luz queda prescrita para el final. Así lo viene a decir el personaje amigo del autor que entiende que la literatura para el escritor esté concebida “para rellenar vacíos, para conectar lo disperso, para invocar lo olvidado”. El relato, por tanto, se erige en una suma de voces, prejuicios, testimonios y chismes que van de un lado a otro, deformando y, a la vez, alumbrando aspectos del personaje principal: el Majareta, o sea el conserje. En el fondo de toda la novela lo que importa no es solo lo que pasó, sino cómo se fabrica la reputación colectiva sobre alguien. Aquí en Majareta, el protagonista queda en el centro de la historia, sin controlar lo que se va dilucidando en el ambiente sobre su propia persona. Son los demás quienes hablan por él, cada uno a su aire.


La verdad de los vecinos, desde el conductor del autobús, el farmacéutico, el periodista, la amiga de la madre de Leo Almada o el inmigrante chino, dejan sus versiones escurridizas, como si estas se trasladaran al lector para que este tome partido, o no, y arme su propia versión de los hechos. No faltan escenas vívidas repletas de humor, como el diálogo protagonizado entre el cura y la limpiadora que se hace llamar la sacristana. En fin, cada uno, a su manera, relata o describe los infundios y desmentidos de la compleja personalidad del conserje, una figura que siempre tuvo un comportamiento raro, cuyas consecuencias se van deslizando en la novela, capítulo tras capítulo, por diferentes cauces, suposiciones y motivos.

Majareta es la sexta novela de Juan Manuel Gil, y a mi parecer la mejor de su repertorio narrativo, con una estructura jugosamente viva. Destaca su humor, su oralidad y su estructura, tal vez esto último sea lo que hace al libro tan chispeante, vertiginoso y audaz. Diría, para acabar, que esta novela refrenda esa idea genuina con la que nos sentimos identificados muchos lectores: los libros son personas, o no son nada. Y eso aquí se halla reflejado con nitidez y mucho oficio.


 

lunes, 4 de mayo de 2026

La vida y sus misterios


En la narrativa de Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947), la vida y sus misterios suelen aparecer como una adhesión sólida y movediza, como una fuerza ambivalente: liga a los personajes con la familia, la memoria y los relatos heredados, pero también los expone al valor de esas lealtades. Sus ficciones se mueven en un universo coherente donde la mirada se posa en lo cotidiano, en las relaciones interpersonales y en la vida interior, con una presencia muy fuerte de historias familiares y personales, de amistades y reencuentros con sus vaivenes sentimentales. En el pulso narrativo de sus historias pesa mucho la memoria: lo que se recuerda, lo que se oye en casa, lo que se respira en el ambiente familiar, con la idea de recuperar y entender lo cotidiano de la existencia, el ritmo de la vida presente y los secretos que la sostienen.

En el camping (Anagrama, 2026), su nuevo libro de relatos, están muy anclados todos esos elementos suyos que le permiten concentrar vínculos, objetos y escenas cargadas de memoria. La trama coral de esta colección de cuentos es una vuelta a la amistad, a los reencuentros imposibles y, también, al amor clandestino. Puértolas descorre diez relatos de su imaginario alrededor de historias familiares encadenadas, del paso del tiempo y de los lazos afectivos que actúan como núcleo del pasado y sostén de pertenencia. En el contexto de su estructura muestra, a su vez, que el escenario no es solo geográfico o de ambientación social, sino que son historias marcadamente narrativas, es decir, un relato llama a otro, y la identidad se sostiene en esa cadena de evocaciones de observar y contar la vida.

Son relatos que funcionan como pequeñas excavaciones afectivas que reconstruyen fragmentos de experiencia, voces y climas familiares. Pero, en Puértolas el arraigo nunca es del todo reconciliador. En Amistad, un hermoso y conmovedor relato, el primero del libro, asistimos a la constatación de cómo el paso del tiempo, tras una fatídica pandemia, trunca la amistad inquebrantable de dos mujeres que nunca pensaron que se quebraría por nada del mundo. En otros, como Un día de playa o en el último de ellos que pone título al libro, en ambos, los acontecimientos narrados aparecen como una forma de dependencia respecto a la familia, las convenciones o el lugar asignado a las mujeres y de ahí surge una tensión entre pertenencia y liberación.

Incluso cuando las historias familiares son recuperadas con afecto, como ocurre en Secretos, otro relato maravilloso que podría resumirse en esta frase proverbial del mismo: “La vida no es un juego, pero si no juegas no vives”. Hay en otras historias, como en Teléfonos o Un pariente lejano, una presencia tangible de culpa, distancia e incomodidad, como si el pasado ofreciera refugio y a la vez encierro. Esa ambivalencia es central en muchos de sus relatos: sus personajes buscan alguna forma de anclaje, pero ese anclaje suele ser frágil, parcial y atravesado por la disonancia de caracteres de sus personajes. Muy interesante y revelador resulta el relato Escritores que hablan de sus vidas, en el que el narrador postula “¿Cómo se las arreglan para resultar interesantes los escritores que hablan de sus vidas?”

Esto, y una ráfaga de impulso lírico que trasciende en su escritura, nos da pie a entender que en la narrativa de Puértolas predomina la intencionalidad de una construcción poética del vínculo: personas, objetos, recuerdos y relatos sostienen la identidad precaria de sus personajes, siempre en riesgo de dispersión. La autora misma insiste en que escribe desde su relación cambiante con el mundo, no desde temas cerrados, lo que refuerza esa idea suya de una literatura atenta a los lazos móviles entre sujeto, memoria y destino. En ese sentido, sus relatos están arraigados a tal fin, volviendo una y otra vez a lo familiar, pero también mostrando que toda pertenencia es, en sí misma, una forma de interrogación.


Este libro de Puértolas es una buena oportunidad para adentrarse en su terreno literario del cuento, un género tan exigente y mágico, que tan bien domina, capaz de recoger el espíritu oscilante del tiempo y de los sentimientos que conlleva el vivir con la impresión de que todo tiene un punto final. Muchas de las historias reunidas en este conjunto de cuentos evidencian las inquietudes de sus personajes, sobre todo, mujeres que destapan sus incertidumbres y las consecuencias valientes de seguir vivas.

En el camping confirma que el género que mejor ha dominado la escritora aragonesa a lo largo de su prolífica carrera literaria es el cuento, como fogonazo moral y linterna emocional de su escritura. Este es un libro admirable de historias que viven en lo sencillo, de madurez y sutileza narrativa certera. Su lectura es un placer de resonancia duradera, que es lo que distingue a la mejor literatura.


lunes, 27 de abril de 2026

La vida aparente


«¿Una literatura basada en los hechos? No todos los hechos la desean». Este aforismo de Stanislaw Jerzy Lec tiene la enjundia literaria de cuestionar que la realidad histórica no cabe en su esencia para armar un buen relato, contar una historia o evocar un tiempo pasado. Que un libro esté bien documentado se agradece, pero, para engancharte y ponerte en vilo, tiene que tener algo más: sorpresa, imaginación, composición, personajes, diálogo, vida. Pero, sobre todo, talento para contarlo. El cómo se cuenta es infinitamente más interesante para el lector que el qué se cuenta. La obra literaria aspira a hablar por sí misma, si tiene a quien hablar, como subrayaba también Lec. Y a eso nos disponemos siempre los lectores, a abrir bien los ojos para que el libro se muestre y nos hable.

Nada de todo esto le es ajeno a Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) a la hora de trazar la escritura y esbozar sus relatos y pasajes para que el lector encuentre cauce y motivos en reconocerse dentro de su escenario narrativo, incluso, aunque estos no le sean propicios, siempre que dicho lector se vea persuadido por las vivencias de sus protagonistas. Y esto es mérito del escritor donostiarra, que traza con mucho oficio y brillantez no caer en un vano patetismo, llevando el relato por la senda de la contención, sin perder la capacidad de implicar al lector hasta llevarle a la empatía y la compasión con sus personajes. Aramburu aborda la ficción con una idea preconcebida: llegar a donde la veracidad histórica se detiene. Esto incluye novelas y relatos, como Los peces de la amargura (2006), Años lentos (2012) o El niño (2024), bajo un tono dramático apropiado, escogiendo para ello una voz narrativa en tercera persona, a modo de crónica novelada, y en un escenario en el que destaca el discurrir de sus protagonistas.

Vuelve ahora Aramburu con su nueva novela al territorio convulso del País Vasco de nuestra memoria reciente. Pero, en esta ocasión, con Maite (Tusquets, 2026), centra su foco en los vínculos familiares, el silencio y los entresijos íntimos, más que en el discurso político directo de aquellos días de julio de 1997 en los que los ciudadanos estábamos atentos a la radio y a la televisión, pendientes del secuestro del joven concejal del PP de Ermua, Miguel Ángel Blanco, a manos de ETA, que exigía al Gobierno de la nación un imposible, a cambio de su liberación. Eso sí, la novela queda estructurada en cuatro partes que se corresponden con los mismos días que tiene lugar el secuestro, pero quedando de telón de fondo en el discurrir de su trama.

Esa elección compositiva de Aramburu le permite ceñir su novela a un relato lineal, acompasando lo que ocurre en la calle junto a la puesta al día de Maite y Elene, dos hermanas, que, después de trece años vuelven a juntarse, ya que Elene acaba de regresar de Providence (EE.UU.) y ambas tienen mucho que contarse. Y, sobre todo, en este telón narrativo se erige la figura de Maite, como centro de conciencia de la novela. Sí, porque las otras dos mujeres, Elene, su hermana mayor y Manoli, la madre de ambas, una sexagenaria viuda y temerosa de ser enviada por sus hijas a un asilo tras sufrir un ictus, conforman la revelación adyacente de otros secretos familiares que se van desmadejando. El reencuentro de las tres mujeres abre paso a disipar viejas disputas y a poner en entredicho un bucle de tapujos y mentiras que cercenan la vida diaria de las hermanas: el calvario familiar que vive Elene en Providence y la infidelidad conyugal consentida por Maite.

La novela pone el foco de atención en las andanzas y el silencio de estas mujeres, sus tensiones familiares e íntimas bajo el perímetro y la temperatura moral de la propia sociedad en la que viven, atrapada por la violencia. Podemos afirmar que Aramburu retorna a temas muy propios de su universo literario en el que están muy presentes la memoria, la culpa, el miedo, el autoengaño y la dificultad de mirar de frente y asumir la realidad. Maite aparece aquí como una mujer compasiva, sensible y atenta a lo que la rodea, pero, a su vez, confusa por otras convenciones que le impiden reaccionar con agallas y lucidez ante lo que ocurre en su intimidad cotidiana. Esa ambigüedad manifiesta es el centro emocional que enmarca toda la novela.


Una vez más, Aramburu muestra sus excelentes dotes narrativas con una novela de convivencia, de historias matrimoniales, protagonizadas por mujeres, con hombres en segundo plano y con un personaje central que es de donde parte la trama. Maite es, también, una novela psicológica, más interesada en lo cotidiano de la conciencia de los personajes, que en lo que ocurre fuera. Aunque la novela no integra de forma convincente el contexto histórico en el que se desarrolla la trama, sin embargo, el relato no pierde esa pulsión ni ese interés tan genuinamente suyos, gracias a la viveza, detalle evocador y amenidad de su prosa. Nos encontramos con el Aramburu escritor que se mantiene comprensible y cercano, que aborda, como pocos saben hacerlo, la fractura social, la memoria y lo indecible de las apariencias. 

miércoles, 22 de abril de 2026

Otra vuelta gozosa de Mendoza


Podemos afirmar que la aportación de Eduardo Mendoza a las letras en lengua española durante muchas décadas ha sido muy importante, así como esa capacidad de innovar, sin perder conexión con un público muy amplio. Desde luego, su prosa combina lenguaje popular y cultismos inesperados, junto con el humor que siempre anda presente en su narrativa, sin olvidarnos de la visión suya tan desenfadada y humanista sobre la existencia. En su novelística están muy presentes la sátira social y la trama detectivesca. Ambas se entrelazan de forma paródica y gamberra, convirtiendo sus historias policíacas en espejos deformantes de la sociedad española, sobre todo de la catalana y, más concretamente, de la barcelonesa.

Regresa ahora a los escaparates de las librerías con La intriga del funeral inconveniente (Seix Barral, 2026), una historia en la que un aspirante a reportero, Ramoncito Valenzuela, lleva a cabo la crónica del funeral de un asesinado, con tal maña que, por hacer bien su trabajo metiendo las narices donde no debía, desencadena una investigación sobre una trama financiera que alcanza a todos los estamentos de alto nivel de Barcelona. Mendoza, una vez más, percute en el género negro, más como pretexto, que como modelo, para utilizar el procedimiento que más le conviene a su historia, ya que el crimen, la investigación y la trama detectivesca son resortes válidos y recurrentes de su mundo imaginario para desmontar la hipocresía de las élites, la corrupción institucional y los automatismos del poder, todo ello, por supuesto, impregnado de un peculiar toque de humor ácido y bribón.

Supone el regreso, también, de su célebre detective sin nombre incorporado a una historia que parte de un hecho menor, casi anecdótico: una nota de prensa sobre un entierro insignificante. A partir de ahí, el personaje de Ramoncito Valenzuela toma protagonismo y se ve arrastrado a investigar una red financiera y una conspiración mucho más aparatosa de lo que parecía al principio. El libro retoma el ambiente social y mundano de novelas como El misterio de la repta embrujada (1979) o El laberinto de las aceitunas (1982), y lo sitúa en el centro de una espiral de intriga en el que Mendoza sacude la propia caricatura de sus personajes. Y, a su vez, agudiza el lenguaje y multiplica todo un juego de casualidades y enredos vertiginosos, bajo una libérrima fabulación que roza, en ocasiones, el esperpento, llevando al lector a situaciones de apariencia inconexas que quedan anudadas más tarde en el escrito epistolar final.

Y así, entre malentendidos, equívocos, sorpresas o engaños, Mendoza combina su vertiente narrativa más lúcida, con una estructura de novela negra paródica, en un tono de comedia ligera. No busca, por tanto, resolver un crimen, sino mostrar cómo un incidente baladí puede revelar una red de intereses, ocultamientos y ridículos muy humanos. El propio autor ha venido a decir que este libro surgió de una idea inicial sobre un detective que lee su propia esquela en el periódico, que evolucionó hacia la crónica de un funeral intrascendente que destapa una inesperada conspiración. Todo ello inmerso en una humorada con una extraordinaria mezcla de registros, tanto en vivencias, como en el lenguaje, que busca la complicidad y prestancia del lector.


Mendoza siente a su detective sin nombre como a un viejo amigo al que acude en sus andanzas narrativas y con el que acaba sus novelas. Le impulsan y estimulan, también, los cambios de identidad, las confusiones y las reuniones improbables de sus personajes estrambóticos, capaces de generar humor en situaciones graves o absurdas. No se olvida de refinar la manera de llevar su novela-juego, eligiendo el formato de la trama de suspense para, a su vez, desmontarlo desde dentro, jugando con expectativas y permitiendo que lo cómico se imponga a toda lógica policial. Eso sí, confiando en que sus personajes muestren diez mil veces más libertad que sus lectores.

En síntesis, cada obra que parte de su imaginario genera su propia verdad, que no tiene que ser la que transcurre de una forma esperada, pero, aun así, capaz de explorar universos morales posibles y reales. En esta de ahora, el lector se encontrará con otra vuelta gozosa de Mendoza en la que se reafirma en ese pacto entre el novelista y el lector, como dice la escritora estadounidense Cynthía Ozick, en el que el novelista promete mentir y el lector promete aceptarlo. Aquí, el lector lo hará con sumo gusto. 

martes, 14 de abril de 2026

Épica de los ojos


La ceguera en la literatura universal funciona como condición material y metáfora persistente del conocimiento, la verdad y la ética. Cuando se trata como realidad, no es solo un signo, sino una forma de existencia con percepciones y modos propios. Importa menos la falta que la reorganización de la experiencia, la dependencia o la imaginación. Como metáfora, expresa una falla moral o intelectual, asociada a la ignorancia y al fanatismo, lo que le da gran fuerza narrativa. En la Grecia clásica, tiene valor revelador. Tiresias, por ejemplo, ve más que los videntes, y en Edipo rey, la pérdida de la vista se une al conocimiento trágico. En El rey Lear de Shakespeare, el duque de Gloucester pasa de la ceguera simbólica a una lucidez dolorosa, y Saramago, con su Ensayo sobre las ceguera, lleva esta tradición al extremo: convierte la ceguera en epidemia y crisis sistémica de sentido moral y social.

David Toscana (Monterrey, México, 1961) irrumpe ahora en esta épica de la vista con El ejército ciego (Alfaguara, 2026), un espléndido relato, acreedor del Premio Alfaguara de Novela de este año, cargado de ironía y humor negro por donde transcurre varias historias entrecruzadas que conforman una fábula poderosa sobre las tinieblas de la guerra, la barbarie y los entresijos que vislumbran la ceguera real y metafórica. No es una novela histórica convencional, ni mucho menos. El novelista mexicano va más allá y construye una obra literaria reveladora, para acercarnos a ese páramo simbólico y mítico de resistencia que se abre paso tras la pérdida de la visión y su adaptación a una nueva vida donde la única realidad que ha cambiado es la de uno mismo. Sus lectores siempre agradecemos ese empeño en ofrecer algo que nos deslumbre en su novelística, como ya pudimos ver en Santa María del circo (1998) o en El peso de vivir en la Tierra (2022), esa poética activa y singular por la que transita su literatura.

Para glosar esta épica de El ejército ciego, Toscana acude a un suceso histórico en el que se da cuenta de la derrota de los búlgaros a manos del imperio bizantino en la batalla de Klyuch, en el verano de 1014. La fuente la encuentra en el cronista de aquella época, Ioannis Skylitzes, que relató sucintamente su desenlace trágico: el emperador Basilio II ordenó como represalia de la afrenta cegar a 14.850 soldados prisioneros y dejar tuertos a otros 150 para que sirvieran de lazarillos de aquel ejército ciego vencido, de regreso a su patria. El derrotado zar de Bulgaria murió poco después, según parece, abrumado por la impresión de aquel escenario tan dantesco y abrumador. Aquel espanto es recreado por Toscana, mediante una narración en primera persona, por boca de uno de los ciegos, el escriba Kozaro, lo que consigue dar a su relato una oralidad que le sirve para que su testimonio se vea atemperado en su desbordante fantasía y chispeante humor negro.

Por aquí aparecen personajes curiosos y apasionantes que acrecientan su invención narrativa con la que el escritor de Monterrey se vale para decantar su relato, más por el terreno de la imaginación y la creatividad, que por el sesgo convencional de novela histórica, como anteriormente apuntamos. Destaca entre ellos, Zósimo, el maestro sacaojos que se reconvirtió en cirujano minucioso en encajar canicas en las cuencas vacías de los soldados ciegos. También resalta Sóndok, el guerrero lector que, tras regresar de aquella fatídica contienda, se ponía con entusiasmo delante de sus orificios oculares la Primera carta de San Pablo a los corintios para tratar de descifrar como antes aquellas letras y mensaje de epístola evangélica. Con el mismo interés sobresale otro de los personajes, Seráfim, que regresó sin sus ojos azules a casa y al taller de pergaminos de su padre, guiado a tal fin por su hermano tuerto Tódor.

De todo esto se dan detalles a lo largo de los sesenta y un capítulos breves y ágiles de la novela. También se da cuenta de los pormenores acerca de cómo se procedía a sacar los ojos, qué se hacía con ellos y los problemas ocasionados para enterrarlos, cómo los pescadores los depositaban frescos y limpios en ánforas entre la irónica risa de los propios ciegos, o cómo un malabarista lanzaba un puñado al aire con el riesgo consabido de pisarlos al caer al suelo si fallaba en su tentativa. En definitiva, más allá de estos mil horrores, la novela plantea preguntas sobre cómo se construyen las narraciones del pasado y qué ocurre con las víctimas anónimas del poder. Diría que El ejército ciego contiene resonancias con la actualidad por su reflexión sobre el autoritarismo, la guerra y, sobre todo, la dignidad humana.


Pero todo, insisto, inmerso en una epopeya de los vencidos, en la que los soldados sin ojos entonan sus realidades y sinos, como si fueran conscientes de su determinismo histórico. Así lo deja dicho el narrador en el libro: “Los ojos malgastan tiempo, páginas y tinta. Cuando uno deja de ver la vida lo que hace es vivirla”. A todo esto, y a la sustancia estremecedora y coral del relato, nos remite David Toscana, tejiendo una historia poderosa, atroz y de humor hiriente, con los mimbres del pasado. Un libro, en suma, de prosa impecable y arrolladora, transformada en una lectura amena y jugosa de verdades, de simbolismos reconocibles y profundamente humana.

miércoles, 8 de abril de 2026

El gusto de contar historias


La narración consiste en contar historias, contar lo vivido o la vida de los otros. Ese gusto por hacerlo bien conlleva un poder persuasivo, casi hipnótico, no solo porque expone una información, una curiosidad, sino porque se hace vivir una experiencia: el lector, o quien escucha, se desplaza del terreno del juicio racional al del sentir. A ese propósito se empeña el escritor. Sabe que desde ahí es desde donde ha de convencer, seducir o transformar la mirada de quien lee o escucha sus historias. Ese embrujo narrativo cruza toda la literatura universal de cualquier época: desde el mito oral hasta la novela moderna. Las historias bien contadas se imponen siempre como forma privilegiada de transmitir vivencias, valores, moral, sentido del mundo y, también, ciertos deseos ocultos.

La poética narrativa de Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) encarna de forma admirable todo este sentido de contar historias. Para el autor de Juegos de la edad tardía (1989), de Lluvia fina (2019) o El huerto de Emerson (2021), entre otras obras suyas destacables, contar no es solo construir una trama, sino recrear el acto mismo de vivir a través de la palabra. En Landero, narrar significa precisamente dar forma a la experiencia humana, insuflarle sentido y belleza. Su obra publicada confirma esa convicción de que la narración auténtica persuade no tanto por su lógica como por su capacidad de hechizar al lector, de transportarlo del terreno del juicio racional al del sentir. Sus personajes suelen estar fascinados por las palabras, por las historias que se inventan o escuchan; y, en ese juego, el propio lector queda atrapado en la magia del relato.

En su nuevo libro, Coloquio de invierno (Tusquets, 2026), queda asentado, más si cabe, esa visión de Landero sobre el narrador, como encantador y mediador entre la vida y la ficción, entre la memoria y el deseo de conocer y conservar lo humano a través del poder transformador de la palabra. Con esta novela regresa a su territorio propio: la conversación como modus vivendi. Regresa, igualmente, a la oralidad narrativa como fuente del imaginario literario, en la que está muy presente la memoria, la ficción y ese humor melancólico tan característico de su escritura. La novela se sitúa durante la borrasca Filomena, en 2021, cuando siete desconocidos quedan atrapados en un hotel rural de montaña, incomunicados y sin cobertura, junto a los dueños del establecimiento.

Allí, durante varias noches, con víveres y sin el amparo de ninguna distracción tecnológica, deciden pasar el tiempo contándose historias y compartiendo episodios íntimos y cercanos que nunca antes habían confesado. Esto convierte al hotel en un laboratorio narrativo improvisado por las circunstancias, de manera que la convivencia forzada se transforma en un coloquio donde cada vida expuesta se vuelve materia de relato, de reflexión y de debate. Para tal fin, Landero reúne a personajes diversos en sus procedencias y oficios, pero todos pintan canas. Por aquí transitan un empleado de ferrocarriles jubilado, un profesor, un médico, un periodista con vocación de escritor, un comandante de Caballería, y dos amigas: una librera y la otra, profesora de Filosofía. Esta galería variopinta le permite desplegar un abanico de tonos y registros amplios. La ironía, la confesión casi trágica y la impronta de cada interlocutor conforma un cartel asombroso de vivencias.

En Coloquio de invierno, cada narrador aporta su memorial de oportunidades fallidas, decisiones truncadas, afectos compartidos y mal de amores. Todos, a su manera, intentan alzarse por encima de sí mismos tirando de fantasía. Narradores y oyentes, interactúan, interrumpen y comentan lo que va aconteciendo en cada relato. La idea del coloquio la propone el médico Santos León, que es quien abre la sesión con la historia del triste don Claudio, Valeria y el charlatán Monroy, hasta llegar el turno de Adela y Nuria, las dos amigas que cuentan al alimón lo ocurrido a don Leandro en el verano en que el hombre pisó la Luna. Las historias de todos ellos albergan sentimientos universales reconocibles, como el miedo al compromiso del amor o los celos. Desde luego, la historia del celoso es memorable y una de las más destacadas.


Diría que estamos ante una novela de ideas que homenajea al Decameron, de Bocaccio y a la sucesión de relatos ejemplares cervantinos, en donde vida y ficción se difuminan la una en la otra. Este es un libro, por tanto, que confirma, inevitablemente, la inclinación humana a contar, como así lo refiere uno de los personajes del libro al resaltar las cuatro necesidades apremiantes que la vida nos marca: “trabajar, comer, procrear y contar”. Es lo que defiende Landero, que todos tenemos algo que contar y que la mediocridad cotidiana de hoy será, con el tiempo, pasto de la nostalgia de mañana.

Landero nos entrega otra delicia narrativa de su imaginario, una novela de aparente sencillez, en la que se forja la grandeza de la palabra y de la conversación como forma de conocimiento y exposición de la literatura de siempre. Su pericia, una vez más, y el gusto de contar historias, llenas de matices, cadencias y de humor sutil, tan reconocibles en su obra, dan cuenta de esa manera suya de narrar que muy pocos alcanzan a hacerlo con la sabia maestría que le es propia.


martes, 31 de marzo de 2026

Cartelera entrañable


Ya no se ama ni se vive como se amaba o se vivía cuando el cine era lo que el cine era. Había una forma de entrar en la sala, elegir el asiento o acompañante que quedaba ligada para siempre a la película que habíamos elegido ver. Había algo también en la elección de la peli que tenía que ver con elecciones vitales. Y pasaban cosas, pasaban muchas cosas en una sala de cine que nos hacían salir muchas veces siendo otras personas diferentes a las que habían entrado”.

De esta manera condensa la poeta, aforista, narradora, guionista de televisión y licenciada en Derecho Itziar Mínguez (Barakaldo, 1972), en una nota final, los poemas de su nuevo libro, subrayando que se trata de “una guía de cómo se vivía y se amaba cuando las pelis nos cambiaban la vida”. Próximamente (Los libros del Mississippi, 2026) es justamente una celebración, un homenaje al cine de barrio, recogido en cincuenta y cuatro poemas que vienen a condensar una existencia en versión original, partiendo de la memoria del mítico Cine Rontegui en Barakaldo, para construir una reflexión íntima sobre el paso del tiempo, los recuerdos y la transformación de la manera de amar y de vivir. Propone, también, un diálogo entre la educación sentimental de una generación y las ficciones que aprendimos a sentir y recrear en la oscuridad de un cine.

La poética de Itziar se prolonga en Próximamente, con un giro más elegíaco y melancólico, como muestran estos compases de su primer poema: Han derribado / los cines de nuestra infancia / con todo lo que fuimos dentro, pero sin dejar de mostrar su escritura clara, cercana y muy atenta a cómo lo cotidiano, ya sea un gesto compartido, una sala de barrio o una memoria generacional, es motivo suficiente para convertirse en experiencia emocional. En este poemario el tono apunta menos al chispazo irónico y más a la evocación lúcida de lo perdido, bajo una atmósfera de nostalgia activa, de melancolía iluminada por la memoria y sus márgenes. Así queda resaltado en estos versos del poema La edad de la inocencia: ahora me doy cuenta / sí / de todo lo que dejamos / en la oscuridad / de aquella sala.

La idea central del libro es que aquello que desaparece ante nuestros ojos y queda guardado en la memoria puede seguir iluminando nuestra manera de mirar y entender el mundo. Hay, a su vez, una exploración de cómo las ficciones moldean el deseo, las amistades, la familia y el sentido de la vida, un ritual luminoso de mirar e interpretar el mundo que el cine acrecienta: se apagaban las luces / y la acción se trasladaba / a nuestras butacas / cuántos finales felices / supimos escribir. Todo el conjunto encaja con la voz poética de su autora, que no solemniza la nostalgia, sino que la entresaca y rememora desde la intimidad de lo vivido en común ante la pantalla. Frente a la ironía de otros libros suyos anteriores, aquí predomina una cadencia poética evocadora y una respiración más sostenida y emocional.

Próximamente reconstruye un espacio de penumbra afectiva: salas, asientos, espectadores, pantalla, sueños, silencios compartidos y la sensación vívida de que las ficciones moldean nuestra vida real. También aparece una idea muy propia de su autora, en el sentido de que las historias no son evasión, sino que responden, sobre todo, a forjar una educación sentimental: lo que vimos y vivimos en pantallas, cine, cintas de vídeos o televisión, que acabaron fijando nuestra manera de entender el mundo y sus entresijos: se apagaban las luces / y la acción se trasladaba / a nuestras butacas / cuántos finales felices / supimos escribir.

En sus libros previos los lectores pudimos constatar que ya estaban presentes el tiempo, el azar, las vivencias y la ironía como motores de una poesía cotidiana depurada, desprovista de retórica, íntegra y emocionante. Me estoy acordando de sus poemarios Que viene el lobo (2016) y QWERTY (2017), convertidos en ventanas que asoman al mundo para descifrarlo, enfocados en una dirección clara, breve, urbana y, a menudo, con toques humorísticos. En otro de ellos, Lo que pudo haber sido (2019), profundizaba la poeta en el balance vital, en lo que se descartó o no llegó a ser. La novedad de Próximamente no hay que verla bajo estos parámetros, ni en un cambio de poética, sino bajo su punto de mira.


Itziar Mínguez percute y examina de nuevo lo cotidiano y biográfico como sello propio, pero ahora lo hace con un pálpito más entrañable, a través de un medio cultural compartido: el cine de barrio, que actúa como cámara de la memoria colectiva. Dicho de otra forma, si antes la autora acudía a convertir su experiencia inmediata en poema, ahora convierte una experiencia común generacional en una cartelera poética que recoge todo lo que dejábamos en aquellas salas de cine: nuestros deseos, avatares, primeros escarceos amorosos y silencios. 

domingo, 29 de marzo de 2026

En compañía de John Berger


En ciertos escritores hallamos una sintonía particular: sus voces despiertan una emoción ética y sentimental que dan verdadera densidad a sus palabras. No buscan el reconocimiento académico, sino el gesto íntimo de quien escribe desde la soledad, tratando de preservar parte del tiempo que huye y de su entorno más inmediato. Son autores que entienden que la literatura, nutrida tanto de referencias cultas como de resonancias populares, se convierte en un espacio en el que aflora lo más secreto del escritor: aquello que piensa, siente o le decepciona, incluso cuando le resulta difícil expresarlo. No siempre el arte de escribir consigue traducir lo inefable, pero en ese intento radica su sentido más hondo y verdadero. Por eso, escribir implica un compromiso: el de ampliar la mirada del lector, de animar su curiosidad, de explorar los matices del mundo y seguir la huella de otros autores cuya obra perdura como enseñanza moral y estética.

A esa cadena de lecturas y relecturas, en la que la literatura reafirma su poder de comunión y de vínculo esencial con la vida, Javier Morales (Plasencia, 1968) nos convoca en Mientras quede una rosa (Cuatro lunas, 2026), un libro híbrido de no-ficción, centrado en la figura y la herencia ética y estética de John Berger (Londres, 1926 - París, 2017) a partir de sus vínculos y de sus estancias por España. Bien lo deja dicho Manuel Rivas en el prólogo del mismo: «La ventana que abre Mientras quede una rosa permite mirar a la vez hacia dentro y hacia fuera, ver el antes y el ahora... Textos sorprendentes y a la vez hospitalarios para quien lee, porque con Berger tenemos la sensación de acompañar en el descubrimiento, de que formamos parte de un camino de luciérnagas... Y Berger ejerció esa capacidad en lo oculto».

El propio Javier Morales indica en el subtítulo de su obra que se trata de Miradas de John Berger, que no es un ensayo sobre su obra, y mucho menos una biografía: “solo el relato de un viaje a lo largo de los años en compañía de un autor que ha sido fundamental en mi vida y en la de muchos lectores españoles”. Podemos afirmar que, con esta declaración, el punto de mira del libro es el impacto del pensamiento y la obra de Berger un siglo después de su nacimiento y cómo sigue vigente e influyendo en miles de lectores, así sucede con Javier Morales, que, a lo largo del libro, sigue su pista por España, brújula en mano, para reflexionar también por el presente marcado por la crisis climática y la hegemonía neoliberal de una economía poco propensa al cuidado del planeta.

Pero la esencia del texto se presenta similar a un viaje literario, cultural y paisajístico siguiendo la estela del pensamiento de John Berger, en el que se intercalan biografía, ensayo y cuaderno de viajes, sin olvidarse de la memoria personal compartida, en lo que viene a ser un ensayo narrativo, entresacando subrayados de la obra del británico, a quien siempre le importó mucho los silencios en la escritura. Lo destaca el libro con esta cita suya: «El silencio es absolutamente esencial: el arte de la narración depende de lo que se deja fuera de la misma. De otro modo no existiría una historia, porque simplemente el mundo se saturaría de palabras». El lector descubre no solo estos matices creativos sino, además, que lo importante para el autor londinense siempre eran las vidas de los otros, más que la suya, en el sentido literario. Por eso mismo, sostenía que, para ser un buen narrador, había que ponerse los zapatos del otro.

A lo largo del libro, Morales visita y conversa con personas que tuvieron relación artística, vital o afectiva con Berger, como el citado Manuel Rivas, Marisa Camino o Isabel Coixet, entre otros, para desentrañar los entresijos de su herencia literaria y cultural. Destaca la mirada del artista y nos traslada a la importancia de la vista poniendo de relieve cómo nuestros modos de ver afectan a la forma de interpretar las cosas. Berger lo dejó bien contado en uno de sus libros más icónicos, Modos de ver (1972), en el que deja dicho que «lo que sabemos o lo que creemos afecta a cómo vemos las cosas», y, sobre todo, que «Nunca miramos solo una cosa; siempre miramos la relación entre las cosas y nosotros mismos».


El libro, cuyo título procede de una anécdota de Berger que corta una rosa de un jardín y se la ofrece a su amiga Marisa Camino, y que Morales sintetiza e interpreta a modo de emblema de una esperanza ante el pesimismo reinante en el mundo, pone su énfasis también en realzar la importancia imaginativa en una obra, incidiendo en que cuanto más profunda e imaginativa se muestre esta, mejor para compartir la experiencia que tuvo el artista de lo visible, como sostenía el propio Berger. También, la pintura de Goya y Velázquez está aquí muy presente, al igual que la figura de la traductora al castellano de la obra de John Berger, Pilar Vázquez, a quien va dedicado el libro, que se suma al conjunto de un texto que aborda igualmente la comprensión de la naturaleza, su sentido de pertenencia y esencia vital, siempre vista bajo una estética y ética compatible con el medio ambiente.

Para terminar, diría que Mientras quede una rosa es una autobiografía indirecta de Javier Morales, lector apasionado de la obra de Berger, y escritor de prosa reflexiva, punzante y emocional, acorde con el propio espíritu bergeriano, que promueve un compromiso activo con la naturaleza, los animales y esa otra manera de mirar y enfocar la vida con respeto a la biodiversidad. Un libro, en definitiva, convertido en un acto de justicia poética que seduce y entusiasma.

jueves, 12 de marzo de 2026

La consciencia del paso de los años


Las despedidas son un tema recurrente y central en la literatura, abordadas no solo como un final, sino como un punto de inflexión, de transformación, de amor, de dolor, de esperanza, o de cierre de trayectoria. Algunos autores lo han explorado como una mezcla melancólica de sabiduría. Y así, por ejemplo, en Romeo y Julieta, Shakespeare capta la paradoja de la despedida con esta luminosa frase: «La despedida es una pena tan dulce, que diré buenas noches hasta que sea mañana». La poeta Emily Dickinson se ciñó a resaltar que las despedidas conforman un sumatorio de la experiencia humana sobre la eternidad. El autor uruguayo Mario Benedetti enfoca la despedida a menudo como un acto necesario para el crecimiento emocional. De alguna manera, como apunta Clara Obligado, todos los seres estamos hechos de despedidas.

Julian Barnes (Leicester, 1946) aborda en su nuevo libro Despedidas (Anagrama, 2026) esta ceremonia del adiós a su trayectoria literaria tras cumplir ochenta años, y más de cuarenta como escritor, mediante una novela ensayo con aires de memorias, en la que el británico la presenta a sus lectores como su última obra. Celebra, por tanto, el final de un periplo creativo y vital, sintiendo, con elegancia y serenidad, que ya ha dicho todo lo que tenía que decir. Barnes acude a su memoria con soplo filosófico, partiendo de una historia de largo recorrido sentimental entre dos amigos suyos universitarios, Jean y Stephen, una pareja que vuelve a reencontrarse cuarenta años después, reanudando su relación hasta conformar un matrimonio tardío.

Barnes se sitúa en escena como personaje, narrador y como un depositario de las confidencias de Jean y Stephen, algo parecido a una caja de resonancia moral y emocional de ambos. Este reencuentro amistoso permite al lector asistir a un ir y venir entre escenas de la vida de la pareja, reflexiones del narrador sobre lo que recuerda o rectifica, y digresiones ensayísticas sobre la memoria como identidad, el paso del tiempo, las decepciones y su toma de conciencia, las verdades de la vida y, por supuesto, las despedidas. La novela trata, también, de la identidad construida por uno mismo y de cómo la mirada de los demás influye, sin olvidarse el autor de desplegar, a su vez, sus ideas y convicciones sobre el arte de la literatura: “Podemos y debemos confiar en los novelistas –subraya– cuando nos cuentan las hermosas mentiras de su ficción, pero tenemos permiso para ser cordialmente escépticos cuando nos hablan de sus métodos de trabajo... y desvelan «de dónde sacan sus ideas»”.

Despedidas revela verdades cristalinas de la vida, contadas desde la experiencia y la propia ficción, con todas sus ambigüedades, sus ambivalencias, sus paradojas imposibles de resolver. Parte, por tanto, de una situación autobiográfica. Barnes se mira en este trayecto final de su vida, diagnosticado de cáncer, y se pregunta cómo narrarse con honestidad cuando se es consciente de la proximidad definitiva de un final y se es consciente de que los recuerdos son frágiles y contradictorios. Igualmente, explora el deterioro físico, el duelo, las segundas oportunidades amorosas y cómo el pasado se reescribe cada vez que lo recordamos. Más que una línea argumental, el libro está estructurado en varios capítulos en los que abundan las disquisiciones sobre la memoria, el discurrir del tiempo, el cerebro y el propio acto de narrar.

Destaca su tono coloquial y elegante. No es un libro solemne, sino de una melancolía ligera y cercana en el que no falta el humor seco británico y una aceptación sobria del declive físico y la proximidad de la muerte. sin tener que acudir al resorte de ninguna épica, consciente de que “la cabeza y el corazón rigen mientras el cuerpo declina. Pero mejor así que al revés”, añade. Barnes repite en Despedidas muchas de las obsesiones de su anterior libro El sentido de un final (2012), casi un laboratorio sobre la memoria como construcción, pero llevándolo a un terreno más abiertamente crepuscular y autobiográfico, desde la meditación, preguntándose qué versión de uno mismo debería quedar como definitiva.


Diría, para finalizar, que pocas veces el lector se va a encontrar con un título más explícito como este. Barnes lo afronta con un tono de despedida cortés, insistiendo que este será su último libro, dirigiéndose directa y finalmente al lector con tintes afectuosos, como rúbrica entrañable de una vida de escritura: “espero que hayas disfrutado de nuestra relación a lo largo de los años... no, no dejes de mirar y después me esfumaré. No, no dejes de mirar”, más próxima a una carta personal que a un desenlace propio de una novela de misterio. No es un libro triste, ni mucho menos, es un texto encomiable que destila la alegría de quien, por derecho propio, ha decidido el momento de decir adiós con una lucidez literaria admirable.