La protagonista de El mal de la risa (Tusquets, 2026), de Isabel Bono (Málaga, 1964) reflexiona y cuenta en primera persona estos postulados, para aclararse a sí misma, para saber quién es antes de dejar de ser. El autoconocimiento, si no es la tarea más alta de su existencia, sin duda se le antoja la más imprescindible. Sería para ella impensable desempeñar ninguna otra o, por lo menos, con la misma determinación y expectativas de éxito. Todo este sentir, narrado con mucha ironía y destellos de humor, queda de manifiesto durante un año de la vida de Noelia, una maestra jubilada de 83 años que, sin pareja ni hijos, debe cuidar, y lo hace, de su hermana enferma y de su cuñado, más mayores que ella que ya no pueden valerse por sí mismos.
La voz narrativa de Noelia, que a veces se llama Adelfa, viene a sostener que todos dependemos, en última instancia, del propio cuerpo, y que la risa es un baluarte contra todo mal y, desde luego, contra el mal de la muerte. Nos sugiere también algo parecido cuando se refiere a que el mundo de cualquier persona no es justo, sino azaroso, que morir un poco menos equivale a vivir un poco más. Aquí, su desenfado, ironía, perspicacia y desparpajo dejan ver que vivir sin certezas tiene sus ventajas, y que más importante que morir es haber nacido. Por eso resalta que la libertad y la soledad le importan mucho: “No me quejo. Me gusta mi vida. No imaginaba este futuro, pero, si miro hacia atrás, me gusta mi vida”.
La forma que tiene la protagonista de repasar su propia vida es una especie de diario novelado en el que confluye la risa y el veneno de sus andanzas, sin que falte en todo ello un buen toque cínico de diversión y sátira hacia la ligereza de denominación de lo que se entiende por familia perfecta. Sus personajes conectan con el lector, se dejan querer, desde la propia Noelia, que en verdad no se llama así, hasta el cura don Marcos, y no digamos sus sobrinos (nietos, como algunas veces los llama) Eduardito y Martita, más ese Pascual, que siempre está en casa y la acompaña en su soledad, y se da a conocer a todos al final del libro.
Ella misma o su hermana Marta, con 94 años, que morirá de risa, y su cuñado Eduardo, que también morirá… o Vremya, profesor como ella con jubilación anticipada con el que se escribe vía email y le pregunta si ha leído a Vonnegut, conforman su entorno, y son quienes la rodean y acotan sus fantasmas, vicisitudes cotidianas y manías. Y a todo esto se une, por un lado, la lectura, porque para ella: “Leer da la oportunidad de ponerse en el lugar del otro, de entrenar la empatía. Sin empatía, mejor no haber nacido”; y, por el otro lado, la risa, siempre presente en la novela y bien celebrada en esta cita: “Ah, y reíd. Para todos tus males te doy la risa, dijo Rabelais. No lo olvidéis, reíd, a ser posible morid de risa”.


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