sábado, 31 de agosto de 2019

El valor de las palabras


La palabra solo tiene sentido si hay alguien que la recibe. Si hablamos es porque somos seres relacionales. Hablamos para interpelarnos, para modificarnos, para afirmarnos en relación con otros. Cierto es que también pensamos hablando, que, al decir de Platón, pensar es el diálogo del alma consigo misma, pero de ahí no cabe concluir que somos en soledad, antes bien que nunca estamos solos y que pensar es siempre pensar con otro, aunque ese otro seamos o creamos ser nosotros mismos”.

Con ese párrafo, el profesor y ensayista Daniel Gamper (Barcelona, 1969), apunta al centro de la que será la argumentación por donde ha de transitar la escritura de su libro Las mejores palabras (Anagrama, 2019), una obra con la que ha obtenido el Premio Anagrama de Ensayo, y en la que desarrolla el sustrato real de su trabajo acerca del valor y la fuerza de las palabras. Lo que se despliega por su entramado ensayístico no es otra cosa que proponer al lector un desarrollo argumentativo sobre la importancia que tienen las palabras en la vida personal y social de todo ser humano. Viene a decirnos su autor que las palabras no solo definen, enmarcan, profundizan y designan, sino que las palabras, especialmente, engatusan y repelen, ensalzan y aplacan, edulcoran y amargan, perfuman y desagradan. Por eso conviene que nos fijemos en el valor de su fuerza y en las consecuencias de su uso.

Previamente, Gamper subraya que en todo hablante hay una predisposición por buscar “las mejores palabras”. De esa búsqueda persuasiva toma impulso para después detenerse en enfocar dónde residen las palabras y qué ocurre una vez emitidas. Las palabras arraigan en la inteligencia y crecen con ella, apunta. Viven en los sentimientos, forman parte del alma del hablante y duermen en la memoria. Cada capítulo trata de contribuir al esclarecimiento de lo que proponen las palabras como embriones de ideas y germen del pensamiento. Y para ello, Gamper se ocupa en fijar sus argumentos alrededor de los dos valores que toda palabra posee: el primero, de índole personal, que va ligado a la vida del individuo; y el segundo, el más determinante, que se inserta y proyecta a toda la colectividad. Por eso, resalta que “una vez emitidas dejan de ser propiedad de nadie” y, sin embargo, este hecho conlleva que “alguien puede ser responsabilizado de sus efectos”.

Las palabras, insiste, son “la expresión más elevada de nuestras capacidades simbólicas”, establecen el canal principal de transmisión del conocimiento, “el vínculo que nos unen” y viene a decirnos que, desde luego, sirven para seducirnos y para que logremos construir un nosotros. Nietzsche dijo que toda palabra es un prejuicio, y que toda palabra es previa a sí misma, existe antes de pronunciarla. Y en eso reside su poder. Las mejores palabras nos pone en comunicación con nosotros mismos. Hay un hilo conductor en el libro que trata de reflejar cómo la lengua, a través de la palabra compartida, da testimonio de nuestra experiencia. La lengua es, por tanto, nuestro denominador común. Las palabras establecen ese intercambio emocional e intelectual necesarios para el entendimiento entre unos y otros.

El autor señala que, a pesar de la solidez de estos argumentos, el panorama de lo que se percibe en la vida política y pública no es demasiado halagüeño. Hay un desencanto que trasciende, como si la palabra transmitida y aprendida en casa hubiera sido vaciada parcialmente de su significado en la actualidad, como nunca antes en la historia había sucedido, y dicho significado se derivase en un insistente atropello de fake news, al que parece que nos hemos acostumbrado, como si no pasara nada, nos advierte Gamper. Ante esta avalancha, propone mantener el mejor uso de las palabras atendiendo al verdadero valor ético, político y social que estas representan.

El libro en su conjunto es un análisis selectivo de los distintos usos de la palabra en diferentes contextos. Las mejores palabras es un ensayo bien urdido que lleva a preguntarnos al final del mismo qué entendemos por libertad de expresión, teniendo en cuenta su significado y el compromiso que encierra dicho término en las redes sociales, en los medios de comunicación y, cómo no, en las tareas educativas de la escuela: “El hombre no viene al mundo solo. Eso hace de él un animal político, en la medida en que esa compañía no es solo la de la familia sino la del pueblo, el cual es imprescindible para educar a los niños, como se suele decir”. El poeta español Luis Rosales dibujó esa idea ancestral con estos hermosos versos: “La palabra que decimos/ viene de lejos, / y no tiene definición, / tiene argumento. / Cuando dices: `nunca´, / cuando dices: `bueno´, / estás contando tu historia / sin saberlo”.

El hecho de preguntarse cómo hablamos significa para Gamper estar preocupado del uso que hacemos del lenguaje y de no querer perder el sentido ni el valor de las palabras que lo hacen posible. En ese ámbito se sitúa el peso de este libro. Las mejores palabras conforma, por tanto, un texto fértil y ameno, orientado también a reflexionar sobre los vicios del lenguaje y sus repercusiones, muy propicio en estos tiempos de tanta palabrería y posverdad. Viene bien recordarnos que existimos porque nos nombramos y somos nombrados, y porque damos cuenta de nuestra existencia con las palabras que compartimos.


domingo, 25 de agosto de 2019

Encarnar la verdad


Usted dice que le debemos a la literatura casi todo lo que somos y lo que hemos sido. Si los libros desaparecieran, la historia desaparecerá, y los seres humanos también desaparecerán. Estoy segura de que tiene usted razón. Los libros no son solo la suma arbitraria de nuestros sueños, y nuestra memoria. Nos dan también un modelo de la autotrascendencia. Algunos piensan que la lectura es solo una especie de evasión, una evasión del mundo «real» de todos los días a un mundo imaginario, el mundo de los libros. Los libros son mucho más. Son una manera de ser plenamente humano”.

El periodista Jonathan Cott (1942) recoge este breve texto, tan lúcido y emotivo que Susan Sontag (1933-2004) escribió en 1996 y que tituló Una carta a Borges, como colofón del prólogo que antecede al libro que ahora publica Alpha Decay, traducido por Alan Pauls, que contiene la entrevista completa que le hizo a la ensayista y novelista norteamericana en 1978 para la revista Rolling Stone, de la que él era un colaborador asiduo. Cuenta Cott que Sontag siempre intentó desafiar y derribar todo estereotipo social que pusiera límite al desarrollo del pensamiento y la creación artística de la gente, a la ética y estética, y, desde luego, a la conciencia y anhelo del individuo, independientemente de su tendencia sexual.

Lo que nos vamos a encontrar en esta entrevista es la pasmosa confianza de una intelectual dispuesta a encarnar la verdad de su vida a través de sus propios juicios, así como desvelarnos su extraordinaria avidez por las artes, especialmente por la música y las grandes obras literarias. Para Sontag hay obras para toda la vida, como La montaña mágica de Thomas Mann. Admira a los filósofos, principalmente a Platón, Nietzsche y Wittgenstein. Se muestra, como lectora y escritora, apasionada por los diarios y las cartas. La poesía, para ella, tenía que ser: exacta, intensa, concreta, significativa, rítmica, formal, compleja. Pero lo más significativo que se descubre en esta vívida entrevista es todo lo que nos aproxima a su sentido de la vida. Ella creía, por encima de todo, en la libertad de ser fiel a sí misma.

Susan era también una mujer feminista, pero a menudo atizaba a sus compañeras feministas con despiadadas críticas, especialmente contra la retórica feminista, por encontrarla ingenua, sentimental y anti-intelectual. A este respecto subraya que el mejor libro feminista que se ha escrito es El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. También dice de la escritora francesa que ha sido “la primera persona que se metió de veras con la significación de la vejez como fenómeno cultural”. No hay duda de que este asunto es de suma importancia y sale a relucir en la entrevista. Vivir, según ella, consiste también en convivir con el paso de los años y con laaceptación de la enfermedad. Por eso mismo, afirma que “no puedes enfadarte con la naturaleza, no puedes enfadarte con la biología. Todos vamos a morir; eso es algo muy difícil de soportar, y todos pasamos por ese proceso”.

Volviendo a su pasión lectora, compartía igual que Virginia Woolf su entrega a los libros. La lectura era para ella, como ya nos contó su nuera, la escritora neoyorquina Sigrid Nunez en su interesante libro de recuerdos Siempre Susan (2011), una idea del paraíso vital y, para vivir esa vida plenamente, leer era algo necesario y fundamental, y siempre con un lápiz entre los dedos para subrayar, dejar anotaciones o responder, por ejemplo, con esto otro tal como recoge la entrevista: “Leer es mi entretenimiento, mi distracción, mi consolación, mi pequeño suicidio. Cuando no puedo soportar el mundo, me acurruco con un libro y es como si una pequeña nave espacial me llevara lejos de todo”.

Susan Sontag. La entrevista completa de Rolling Stone es un libro ameno y lleno de interés, en el que se recogen no solo el pensamiento de la escritora y sus gustos artísticos, sino muchos detalles personales e íntimos, como esta confesión tan curiosa, y no menos extravagante, que hace del rock and roll: “Me encanta el rock and roll. El rock and roll me cambió literalmente la vida... De niña, no puedo decirte lo alejada que estaba de la música popular. No escuchaba otra cosa que crooners, y los detestaba. No significaban nada para mí. Y de pronto escuché a Johnnie Ray cantando Cry –fue en una rocola– y algo me paso en la piel... Para serte franca, creo que el rock and roll fue la razón de mi divorcio. Creo que Bill Halley y sus Cometas y Chuck Berry [risas] fueron los que me decidieron a divorciarme y dejar el mundo académico y empezar una nueva vida”.

Este es un libro cercano y fluido, como corresponde a una buena entrevista, para entendernos con el alma de una escritora comprometida con su trabajo intelectual, para acercarnos a conocer su mirada del mundo y palpar su particular interpretación de las cosas, de forma directa y clara, con esa legitimidad tan excepcional que otorga la coherencia de una vida dispuesta incluso a “establecer una relación agresiva y antagónica con la falsedad en todas sus formas... Sabiendo perfectamente bien, una vez más, que se trata de una tarea infinita, puesto que es imposible acabar con la falsedad o la falsa conciencia o los sistemas de interpretación”.

Un gusto haber disfrutado de sus remansos.


lunes, 19 de agosto de 2019

Los ecos de las raíces


La literatura había dado forma a mi vida casi tanto como las condiciones políticas y económicas de mi época. Sólo que antes yo no me daba cuenta... Me fui no sólo porque no encontraba trabajo o porque la presión política era severa, sino porque el hombre que se va, que quema las naves, es alguien muy común. Como aquel que vuelve o aquel que no olvida... A mis veinticinco años, cuando me pregunté cómo viviría mi vida, la respuesta fue «yéndome». A los sesenta y siete la pregunta volvió. ¿Cómo viviría la vida que me quedaba? Y la respuesta era, cada vez con más frecuencia, «volviendo»... A veces tengo la impresión de que la vejez tiene un sentido: que alcancemos a arrepentirnos de lo que hicimos y no hicimos en la juventud”.

En estas líneas que antecede, Theodor Kallifatides (Malaoi, Grecia, 1938) recoge el sentido de su existencia y el espíritu que le impulsa a escribir su nuevo libro, publicado recientemente en nuestro país, Otra vida por vivir (Galaxia Gutenberg, 2019), traducido del griego moderno bajo el cuidado de Selma Ancira, un título acorde con la idea original de desatar la escritura en un periodo de desazón y melancolía, de remanso vital prolongado y anodino al que le confinó su sequía creativa. Nada conocido en España, Kallifatides, en cambio, es un autor muy reconocido en Suecia, donde emigró muy joven huyendo de la dictadura de los coroneles. Allí se estableció, se casó y se dedicó por entero a la literatura. Ha publicado más de cuarenta libros de ficción, ensayo y poesía, que han sido traducidos a varios idiomas.

Pese a su gran producción literaria, a los setenta y siete años su imaginación, la memoria y ese proceso indagatorio que supone la tarea persistente de escribir, entra en crisis, como él mismo revela en el libro. Todo parece que se evade, y la página en blanco le obsesiona hasta casi la ofuscación. A esta situación de vacío se une el giro dramático de los parabienes socialdemócratas extendidos por la Europa del último tercio del siglo XX, que parecen resentirse, tanto en el estado del bienestar como en los movimientos migratorios, un declive desatado con mayor virulencia en su Grecia natal.

Estas circunstancias adversas forman el origen de Otra forma de vivir, un libro emotivo que vuelve su mirada a la tierra y al idioma de su autor, un texto repleto de evocaciones, semblanzas y sentimientos reencontrados. El espíritu de Kallifatides evidencia no solo lo que refleja, sino lo que pone de sí mismo: la manera en que mira a sus paisanos por las calles de Atenas, lo que escarba en su memoria, lo que palpa en la realidad presente. Viene a decirnos que somos, en verdad, metafísicos, que no vivimos en la tierra, sino en nuestras quimeras, en las tradiciones que se pasan de una generación a otra, en las conversaciones, en las palabras. Y que todo esto está por encima de los ciclos económicos. La vida termina y al mismo tiempo sigue, transcribe el narrador. Por eso sostiene que hay que añadirle algo más a la vida cotidiana para comprenderla, incluso, cuando nos encontremos, como le ocurre a él, próximos a la muerte.

En este pequeño libro confesional, de profunda meditación y sencillez literaria, subyace la Literatura con mayúscula, no esa que nos adormece, sino la que nos despierta, la que nos moviliza y nos pone en vigilia. Aquí traspasa una lectura que es, a su vez, soledad y conversación, en la que el lector conecta con un escritor plantado frente sí mismo y ante su memoria, que mira consternado el mundo y observa, a lo largo de sus vivencias literarias y personales, ese lado humano que le exige respuestas y sentido crítico.

Para contarnos todo esto, Kallifatides encuentra el tono propicio que andaba buscando de nuevo en su quehacer literario, y va fijando su mirada en la Grecia de ahora, devastada por la crisis económica, al tiempo que también nos muestra no solo el amor por su lengua, sino igualmente por el espíritu vivo y duradero de la épica de Homero. En Otra vida por vivir se refleja la condición de un inmigrante veterano, la de un escritor de la diáspora griega que adoptó otro idioma de forma azarosa y que ahora, como una suerte de epifanía, lo lleva a volver a sus orígenes, a su lengua madre, para contarnos lo paradójico de la vida que tiene tanto que ver con la literatura.

Este es un libro hermoso y afectivo que confirma lo que se espera de todo hallazgo literario, que las palabras sean el verdadero germen que pone valor y sentido a la obra escrita. Uno, al concluir la lectura, siente ese efecto, que tiene que ver no solo con estar inmerso en su verdad literaria, sino con ser partícipe de la misma. Para no perdérselo.


miércoles, 7 de agosto de 2019

Formas de estar


La literatura difiere de la vida en que la vida está, mayormente, salpicada de detalles acumulados y raramente nos encamina hacia ellos, mientras que la literatura nos enseña a observar, porque en el proceso de creación ya se ha encargado de seleccionar los detalles que le convienen para armar su artificio. Esta enseñanza tiene mucho de dialéctica, y como diría el crítico James Wood, lo asombroso es lo que la literatura no deja de hacer: que nos fijemos más en la vida, que ensayemos en la propia vida, “lo que a su vez nos hace mejores lectores de los detalles en la literatura, que a su vez nos hace mejores lectores de la vida. Y así sucesivamente”.

Échale la culpa a los otros de tu infelicidad, si crees que eso te ayuda. Pero tal ilusión durará poco: al menor atisbo de lucidez verás que eres tú quien ha decidido y escogido. Y que la vida te ha sucedido de esta forma porque no pudiste hacer nada para que te pasara de otra forma”. Este apunte del Cuaderno de Iowa responde a esa toma de conciencia del tiempo, de sus intermitencias y agitaciones, por donde transita la escritura de Envejece un perro tras los cristales (Random House, 2019) de Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957), un volumen que reúne dos colecciones de notas, más de setecientas entradas repartidas entre el Cuaderno de Tokio y el Cuaderno de Iowa en las que hay mucho de insumisión y poco de complacencia.

Aunque nacido en la capital hondureña, se le considera un escritor salvadoreño, ya que desde niño su familia se mudó a El Salvador, patria de su padre. Allí se educó en el liceo de los maristas donde realizó sus estudios primarios y secundarios. Es autor de una docena de novelas, y cuenta también en su haber con la publicación de varios libros de relatos y ensayos. Fue redactor de diarios y editor de revistas y agencias de prensa, mientras residía en Ciudad de México. En la actualidad ejerce de profesor en la Universidad de Iowa. Sus tres obras más recientes, ya editadas en nuestro país, son La sirvienta y el luchador (2011), El sueño del retorno (2013) y Moronga (2018), todas ellas impregnadas del ambiente de violencia y convulsión social que se ha venido desatando en El Salvador desde el último tercio del siglo pasado.

Volviendo al libro que nos ocupa, o mejor dicho, a estos dos cuadernos autobiográficos, con diez años de distancias entre uno y otro, podemos afirmar que ambos tienen mucho de diario personal y, por qué no decirlo, los dos revelan la cosmogonía de su autor, la del escritor que se interpela a sí mismo sobre sus deseos personales y desencantos amorosos, sobre la conciencia de su letargo creativo y sobre el propio sentir de la vida literaria secreta que lleva, que se muere por leer y escribir en libertad, apartado en su cueva, como un eremita, como un solitario testarudo y neurótico. Todo lo que por aquí transcurre: epifanías, sentimientos, aforismos y preguntas, son apuntes sueltos escritos en segunda persona, en una voz escogida con toda intencionalidad, inquisitiva y descarnada, la que necesita el autor para establecer un diálogo exigente consigo mismo. Ese interlocutor es severo y caustico con su soledad. Recurre a Onetti para nombrarla y despojarla de toda máscara: “la soledad tan deseada es también el infierno tan temido”.

Todo lo que trasciende por estos cuadernos de apuntes es lo propio de un artista consagrado a su oficio, esa adicción a su propio universo creativo, que no escapa del vacío, una realidad que Castellanos Montoya requiere observar y escribir sobre ella con descontento y sin disimulo: “Algo está pasando en mi vida que se me escapa. Ahora sólo puedo dejarlo pasar. Quizá después haya tiempo para la reflexión... La adicción a ti mismo crece día tras día. ¿Qué hacer?” No oculta esta agitación interna, la que sirve a cualquiera y se entabla con el mundo y nosotros mismos: “Escribes para esconder tu mentira. Lo que dices suena a verdad, pero es nada más una máscara, tu forma de no encontrarte contigo mismo”.

Conforme vamos leyendo salen al paso otras citas y evocaciones de autores como Carver, Kenzaburo Oé, John Keats o Kenko que le recuerda a Chamfort. También se suman a este llamado escritores hispanos como Piglia, Bolaños y Levrero o pensadores como Schopenhauer y Cioran. El consuelo que le proporcionan sus lecturas le da lustre a sus apuntes, lo que significa para él un ejercicio de escritura que le proporciona compañía en esos periodos de sequía narrativa. Lo que transpira Castellanos Moya en estas notas no es más que una constante desazón inconformista que, a veces, no es fácil de reflejar, como así lo expresa: “Ciertas percepciones no pueden ser mencionadas, no pueden ser alcanzadas por las palabras. El intento de nombrarlas es inútil”.

En estos cuadernos, sobresale el genio fluido del narrador que habla despojado de humor, pero no así de un lenguaje implacable, directo y serio, a veces recio y atormentado, que no le importa verterlo con cierta retórica moralista. Envejece el perro tras los cristales es un libro inteligente y provocador, fecundo en vivencias, que muestra el lado poco amable de compaginar la escritura y la vida. Castellanos Moya encuentra un terreno fértil para explorar los límites de su escritura y, al propio tiempo, sofocar sus obsesiones más profundas.


jueves, 1 de agosto de 2019

Contra la amnesia y el olvido


La nave de la historia tiene mucho que ver con la nave de la literatura y la de la cultura. La nave de Ulises surca los más preclaros distritos de la cultura occidental, su ruta concierne, desde luego, al recorrido de nuestra civilización. Entre el fondo del Mediterráneo y sus costas adyacentes caben los fundamentos de lo que los europeos hemos sido, de lo que hemos llegado a ser y también va a marcar lo que seremos. Cada una de las hazañas del rey de Ítaca, cada uno de los cantos del poema homérico, simbolizan nuestras propias andanzas culturales más profundas.

La importancia del legado griego pervive en muchísimos términos de las lenguas europeas y ha orientado con audaz impulso nuestros modos de pensar y estar en el mundo. No es exagerada la afirmación del poeta romántico Shelley de que “todos somos griegos”. Si nos ponemos a pensar en él, podemos ver lo que trasciende, pues aún tenemos mucho de los antiguos griegos en nuestra manera de ver el mundo y enfocarlo, su pertenencia cultural es evidente, su aire familiar se percibe, a veces, casi sin advertir que nos demos cuenta de ello.

Estas consideraciones están muy presentes en el ensayo Una lección olvidada (Tusquets, 2019), Viajes por la historia de Europa, como lo subtitula su autor, el periodista Guillermo Altares (Madrid, 1968). “Cualquier viaje por Europa –nos dice– debe transitar las páginas de Homero, debe recorrer el relato fundacional de nuestra literatura y de nuestra mitología compartida y tratar de entender qué nos ata desde hace siglos al relato de sus héroes...” El libro promueve esa génesis histórica al mismo tiempo que aborda otros hechos relevantes que asentaron la construcción de la Europa que hoy conocemos y de sus valores, la que nos ha llevado hasta el momento presente a compartir una historia común y unos valores, pese al contratiempo de muchos excesos y tragedias. Solo se puede entender Europa –subraya Altares–, si tenemos en cuenta que siempre está en movimiento (pág. 89).

Cada uno de los veinte capítulos del libro esboza un episodio destacado de la historia del continente. Da igual en qué lugar ocurre. Lo importante es su significado, lo que trasciende para el resto. Los diferentes sucesos narrados van desde el descubrimiento de la cueva Chauvet, en Francia, un extraordinario acontecimiento que permitió a los estudiosos reconsiderar el inicio de la prehistoria europea y la presencia del homo sapiens, hasta la tormenta de los Balcanes, que propiciaría la desintegración de la antigua Yugoslavia.

Entre esa equidistancia en el tiempo, Altares despliega una amplia selección de sucesos históricos de diversa índole, como el que dedica a la Roma en llamas en tiempos de Nerón; o aquel otro que nos traslada al año 1391 en Sevilla, un lugar y una fecha clave para entender el trágico destino de los judíos europeos; como también el capítulo que nos conduce al terrible terremoto acaecido en Lisboa en 1755, un cataclismo que sacudió por igual a la Iglesia y a las monarquías absolutas que ya empezaron a cuestionarse en muchas naciones.

El libro sigue avanzando en el tiempo hasta llegar al Moscú estalinista de las terribles purgas, al Berlín en ruinas de mayo de 1945, a los restos de la guerra civil de aquel Madrid de 1936, al Bucarest del megalómano matrimonio de los Ceaucescu o a la apacible Estocolmo donde se produciría el asesinato a quemarropa de Olof Palme en aquel fatídico mes de febrero de 1986. Todos estos sucesos jalonan un recorrido propicio al que su autor le dedica su antecedente y su oportuna explicación, poniéndonos en buenas manos por medio de libros y autores claves que alumbraron con sus textos el pálpito de la sociedad en aquellos momentos, como se vislumbra en El nombre de la rosa, de Umberto Eco, Los miserables, de Victor Hugo, Bucarest, de Paul Morand, El mundo de ayer, de Stefan Zweig, La forja de un rebelde, de Arturo Barea o en La quinta mujer, de Henning Mankell.

Una lección olvidada es una lectura fértil, un libro reflexivo y ambicioso sin dejar de ser ameno, que pone la mirada presente en lo que se fue conformando desde el pasado europeo, por diferentes escenarios y épocas, hasta constituir la Europa del momento, la que hoy conocemos, con la idea de relacionar su entramado histórico, el que une todos estos hilos de identidad colectiva y milenaria a los que pertenecemos.

Hacía tiempo que no leía un libro que me sumergiera, con tanta pericia e interés, en los engranajes de la historia de Europa. Esta crónica europea que firma Altares posee esa gracia narrativa de entrecruzar una serie de hechos históricos determinantes en los que el autor no rehúye arriesgarse dando su opinión. Este es un libro vindicativo, con intención de refrescar la memoria, que ofrece un recorrido heterogéneo por las diferentes culturas y latitudes de nuestro continente, pero que, en todas ellas, aparece esa diversidad colectiva que llamamos Europa y que, hoy por hoy, como afirma su autor, conforman más que nunca “un proyecto con los mismos movimientos, los mismos anhelos y las mismas decepciones” que desde Grecia emanaron hace ya tantos siglos y que siguen vigentes.