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martes, 17 de septiembre de 2024

Allí y entonces


Grandes viajeros cronistas, como Josep Pla, Bruce Chatwin o Paul Theroux establecieron que todo viaje es simbólico, un traslado para adquirir un incomparable enriquecimiento interior, un desafío, y, para ellos, contarlo se convierte en otra tentativa transformadora, una travesía con palabras, para dejar por escrito experiencias y asombros vividos. Por eso mismo, todo libro de viajes vela y desvela una reminiscencia que tiene que ver con el yo del que la escribe, como gran asunto del viaje. Cualquier trayecto viajero supone una experimentación sobre uno mismo. James Salter (Nueva York, 1925 - Sag Harbor, Suffolk, 2015), aunque no se prodigó mucho en ello, pertenece a esta estirpe de cronistas viajeros, comprometidos con la necesidad de visualizar sus andanzas y sentimientos para después, de la manera más cabal consigo mismo, ponerlo en palabras y convertir la tentativa en literatura.

Salter, escritor de fuertes experiencias vitales, fue piloto de combate en 1957 en la guerra de Corea y también se llevó un tiempo apartado de su actividad literaria, en una actitud parecida a la que ya acostumbró a sus seguidores Salinger. Publicó su primer libro con treinta y dos años. Ahora bien, desde sus primeras incursiones literarias, considera el autor norteamericano que la literatura es, antes que nada, un arte, y, por lo tanto, que, frente a ella, lo que cabe experimentar no solo son buenas historias, sino que debe suscitar emociones estéticas. Como también cree que la literatura hace que nos fijemos más en la vida; que practiquemos en la propia vida, que, a su vez, nos hace mejores lectores de la literatura, lo que, a su vez, nos hace mejores lectores de la vida. Y así sucesivamente.

Es ese círculo vital por el que transitan los hilos de los reportajes literarios y crónicas de viajes que se reúnen en There and Then, título original del libro que ahora presenta la editorial Salamandra a los lectores como En otros lugares, bajo la estupenda traducción de Aurora Echevarría. La obra reúne un conjunto de dieciocho textos en los que la mirada atenta del autor deambula de un lugar a otro en busca de algún reflejo de lo vivido por determinados lugares del mundo, tras sus propios pasos, rescatando una suerte de vislumbres a través de las imágenes y vivencias que sus andanzas le fueron reportando en sus muchas escapadas viajeras: “Tal vez en los viajes siempre está esa idea de algo ya impreso en nosotros que buscamos inconscientemente. A veces no tan inconscientemente”, como deja dicho el propio autor en el preámbulo del libro.

James Salter, reconocido como uno de los más destacados escritores de ficción estadounidense, autor de libros memorables como Años luz, La última noche, Todo lo que hay o el extraordinario ensayo El arte de la ficción, nos lleva ahora a sus lectores a un viaje a través de treinta años de su vida, explorando diversos lugares como París, los Alpes, Tokio, Colorado y Hollywood, con esa idea suya de resaltar el placer de estar vivo para poder contarlo. Salter captura la esencia de este propósito al tiempo que la de resaltar la singularidad de cada destino, ofreciendo una visión en la que está muy presente la naturaleza de su quehacer literario, como ya dejó dicho en una de sus novelas: “Llega un día en que adviertes que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales”.

Acompañamos al escritor en su periplo por un amplio y sugerente mapa de encuentros con lugares como Montmartre, el cementerio de Montparnasse, así como avenidas y travesías de un París legendario: “Hay un París de Balzac, un París de Victor Hugo, de Turguénev, Babel, Zola, Proust y Colette que aún existe”, nos dice con admiración el autor neoyorquino. También nos habla de los monarcas franceses a través de sus visitas a los castillo del Loira. Nos traslada a otros destinos viajeros centroeuropeos, como Basilea, Zúrich o El Tirol, para después tirar millas y marcharse a Las Rocosas, al Gran Cañón del Río Colorado, hasta dar a continuación un salto a Japón, el país de dos autores que admira, Mishima y Kawabata, tomando el pulso a los hoteles de Tokio, “ciudad enorme y abarrotada”. Y así va venteando sus correrías e incursiones, con soltura y pasmo, dejando ver su pericia, agudeza y disfrute, propias de un bon vivant.


En otros lugares encontramos las contraseñas, asombros y encantamientos que tuvo especialmente Salter por algunos lugares de Europa Japón y EE.UU., un amplio recorrido biográfico, emotivo e intenso, dentro de una recopilación de textos poblados de hallazgos y connotaciones vitales y literarias en los que la ciudad no solo es escenario de su escritura sino, principalmente, personaje de la misma, un libro, por otra parte, abierto y fecundo en detalles, que se deja leer gratamente y nos coloca en esa condición de nómadas que llevamos íntimamente arraigada.



lunes, 9 de octubre de 2023

Vidas y destinos


Siempre me he negado a ver la literatura como consuelo. Siempre la he sentido como algo que debía irrumpir en mi vida para sacudirme de ese conformismo cotidiano y traicionero que en tantas ocasiones nos incomoda. Por eso mismo, no puedo pensar en un lector distinto de mí. Nadie lee el mismo libro. Cada uno toma una obra y pasea por sus páginas con unas perspectivas parecidas, pero con particularidades: la trama, los personajes, los diálogos y el desenlace tienen el mismo trayecto para cualquier lector, aun sabiendo que lo que reverbera en sus páginas ofrecerá un reclamo personal, un valor o un matiz diferenciado respecto a lo que los demás vieron.

De ahí que la función de leer no solo sea entretenimiento, que también, sino que lo mejor de ella tiene mucho que ver con dar alcance a los significados, invenciones y curiosidades que guardan por discernir. Y eso es lo que más mola. Leer las historias de Juan Forn (Buenos Aires, 1959 - Mar de las Pampas, 2021) recogidas en Yo recordaré por ustedes (Seix Barral, 2023) es una experiencia gratificante para ese cometido. En este libro misceláneo, de variedad asombrosa, una enciclopedia portátil, por otra parte, se dan cita la curiosidad, los libros y el alma y destino de gente apasionada en momentos irrepetibles, traídos para revelarnos algún detalle de sus vidas, algún arrebato, perplejidad o contratiempo desconocido.

Me suena lógico decir que la fuerza que sostiene las noventa y dos piezas del libro no es otra que el deseo, por parte de su autor, de recuperar la alquimia de la escritura en relación con los libros leídos. Por ese hilo transcurre el sentido de los textos, entre la crónica y el cuento, entre el reportaje y la ficción, entre la indagación y la conjetura. Yo recordaré por ustedes es en sí mismo un pasadizo literario por el que se dan cita una colección de miniaturas que recorren momentos extraordinarios e insólitos de personajes del siglo XX para desvelarnos algún misterio o circunstancia poco conocida de sus vidas. Dice Mariana Enriquez en el prólogo del libro que «este es un gabinete de curiosidades». Recalca que en él no vamos a encontrar objetos exóticos, sino «historias, hitos, curiosidades, locuras, mini biografías» y un buen puñado de perdedores con voz y vestigios.

El libro nace, como se dice al principio del mismo, del trabajo recopilatorio de la editora chilena Andrea Palet de rescatar las columnas semanales que Juan Forn mantuvo durante años en la contraportada del diario argentino Página 12. De tal manera que su compendio obedece a ensamblar un periplo universal que comienza en el continente africano, pasando después al lejano Oriente y la antigua URSS. Se adentra por distintas latitudes europeas, hasta trasladarse al continente americano, desde Estados Unidos hasta bajar a Argentina. Allí, como final de trayecto, el libro adopta un giro autobiográfico con el que conoceremos las aventuras de Forn como cadete editorial y su viaje con Adolfo Bioy Casares a La Plata, hasta acabar en un final reflexivo sobre la escritura y el envión de la lectura.

Yo recordaré por ustedes se lee como un viaje por el mundo a través de la literatura y la historia del siglo pasado, lleno de curiosidades y evocaciones, como la que decía Nabokov y aquí se cita, «que no se lee con la cabeza y tampoco con el corazón: se lee con la espalda, más precisamente con ese lugar entre los omóplatos donde alguna vez tuvimos alas». También hay lugar para el testimonio de significativos poetas, beligerantes con el poder establecido, como Mayakovski, Brodsky o Mandelstam, a quien le gustaba repetir en el destierro dos frases tremebundas. Una decía: «No hay que quejarse; vivimos en el único país que respeta la poesía; matan por ella». La otra era: «La muerte de un artista no es su fin; es su último acto creador».


Forn conmueve y enseña a leer entre los pliegues de lo público y lo privado, del pasado y el presente. El libro, por tanto, conforma un entramado libresco sugerente de vivencias en el que confluyen la historia, la literatura y la política, y ofrece una propuesta de lectura sustentada en la diversidad del mundo. Por aquí se deja ver el pálpito vital de Idea Vilariño, una mujer íntegra y completa, pese al contrapunto de su relación con Juan Carlos Onetti; por aquí transita el alma de Natalia Ginzburg, su mirada severa y afilada para nombrarse ventana: «Soy solo una ventana; dejo que entren en mí sucesos e impresiones»; por aquí vislumbran los anillos de wolframio que unieron en amor hasta la muerte a la mítica pareja de Bonnie y Clyde: «esos anillos de fantasía que usaban las niñas de entonces cuando jugaban a casarse». Pareciera que Forn escribe en trances, entregado al surtidor de sus múltiples lecturas, al entusiasmo de su inventiva jocosa y afilada, nada convencional.

En suma, Forn lee y enseña sus lecturas: leer es lo que hacen los de la tribu del libro para ser menos extranjeros de sí mismos, nos dice. Se mete, y nos mete, en los entresijos de la literatura y de la vida, lo público y lo privado, lo conocido y lo desconocido, hasta dejar al descubierto el revés de la trama, lo inesperado, su secreto. Yo recordaré por ustedes es un libro de textos tejidos con jugosa maestría, siempre emotivos, que se dejan leer con sumo deleite como semblanzas desaforadas de vidas y destinos.

jueves, 25 de mayo de 2023

La asfixia del Mar Menor


Por qué me apela tanto el ecocidio murciano. Ocurre que necesito nombrar entornos dañados y ambientes menoscabados, que preciso entender por qué tanta crueldad sobre cuerpos vulnerables que debieran protegerse, que yo quiero comprender cómo se ha permitido que la laguna Menor sufra una de las agresiones ecológicas más funestas y ofensivas de nuestra historia. Pero sé que hay algo más que me concierne. La condición marginal del humedal y su cuenca. Cuerpo roto de mujer en persistente mudez. El campo de Cartagena es un espectro aquejado de inexistencia”.

Con este clamor recurrente, la escritora Begoña Méndez (Palma, 1976), autora de los ensayos Heridas abiertas (2020) y Autocienciaficción para el fin de la especie (2022) se adentra ahora en las entrañas del Mar Menor para señalar su degradación y desamparo ecológico al que ha sido sometido, de forma impune, durante tantos años, convertido ya en una tragedia ambiental, como todos pudimos ver en agosto de 2021, cuando aparecieron en la televisión imágenes desoladoras de miles de peces muertos flotando en sus costas, asfixiados por la falta de oxígeno, debido al exceso de algas en la superficie, todo ello ocasionado por vertidos tóxicos permanentes de cultivos intensivos y deshechos de ganadería.

Lodo (Lengua de Trapo, 2023) es una crónica-ensayo con alma de diario, un libro en el que quien lo escribe pone en valor aquello que decía Kafka: “En la lucha entre tú y el mundo, defiende al mundo”. Ese es el afán que lo impele. Y, por eso mismo, este libro tiene tanto de crónica analítica como de ejercicio autobiográfico. Porque a su autora, Begoña Méndez, le importa hablar de su relación familiar murciana y, más aún, de su actitud frente a la realidad persistente del Mar Menor, no sólo en cuanto a denunciar el desastre de su ecosistema, sino también a responsabilizar al modelo de sociedad que lo consintió y, deliberadamente o no, lo fomentó.

Más allá de los derroteros políticos que no han puesto freno a esta agresión, el libro pone énfasis en no olvidar que el mundo, la Naturaleza, no nos pertenece a los que ahora lo habitamos, sino que tiene que ser protegido para los que vienen después, nuestros hijos y nietos, que es necesario detenernos y tomar conciencia de proteger su vitalidad y energía: “Decir que el Mar Menor tiene derecho a existir equivale a afirmar que la vida es un tejido ecosistémico, un intercambio afectivo entre especies y ambientes”. Razones más que suficientes para no olvidar que sin esa atención programada, sin esa gramática de continuidad, de que no todo puede ser sometido a nuestros intereses, el latido del mundo clamará por su fragilidad.

El libro constata una atmósfera desgarrada y desesperanzada con sus secuelas, parecido a un cuerpo que es violentado e infectado, maltratado, vejado y sometido. A lo largo del mismo, la autora activa el propio cuerpo, la conciencia de habitar el mundo, el sentir de la terrible tristeza con la que la mano del hombre amenaza de muerte al medioambiente y, pese a ello, ver que el mundo no es lo que es, sino lo que importa y significa: “¿Qué significa decir que todo entorno es digno de ser protegido? ¿Qué significa decir que toda vida merece ser respetada? Significa comprender que los ambientes son cuerpos, cuerpos frágiles y vivos... Significa destronar al humano como rey de los suelos y las aguas, de los fuegos y los aires, del oxígeno y los cauces, de raíces y de incendios”.


Queda claro, pues, que, desde la perspectiva que aquí abraza Méndez, la gramática literaria que adopta Lodo no es otra que establecer un pálpito de esperanza ante la fragilidad de lo que nos rodea y su menoscabo. Hay, a su vez, un deseo de poder pensar la vida y habitar el mundo como intento de establecer un lazo cordial con él, un respeto del hábitat. Lo que significa aprender a vivir en permanente vigilia con el entorno, con la propia inquietud y extrañeza de lo que somos y nos conforma: “nuestros lazos con los otros, la salud de los ambientes, todo cuerpo y sus afectos y el derecho a existir de toda vida nacida”.

Lodo es un libro afilado, escrito con brillante pulso literario en apenas noventa páginas, un ensayo que hiere, sobrecoge y solivianta; una inmersión narrativa nada amable, pero fácil de sintonizar con el llamamiento que la promueve y agita: una investigación política en torno al desastre ambiental del Mar Menor que conviene no dejar pasar por alto. “He escrito un relato afligido –dice su autora–, casi una distopía, con rabia y con derrotismo y apenas sin esperanza”. Una lectura que sacude lo indecible.



sábado, 22 de enero de 2022

Sacando punta


La mirada sagaz y perpleja del periodista Guillem Martínez (Cerdanyola del Vallés, Barcelona, 1965), autor de un buen puñado de libros, entre los que destacan Grandes Hits (1999), Barcelona rebelde (2009) o Caja de brujas (2019), vuelve a dejarse ver de nuevo con la publicación de Los domingos (Anagrama, 2021). Dice el autor al final del libro que cuando empezó en 2016 a escribir los artículos que recogen este volumen no existía otra intención más allá que hablar de lo que había detrás de todo lo que escribía entre semana en su tarea periodística, una suerte de ejercicio que continúa todavía haciéndolo como parcela literaria: “Los escribo los lunes y, a lo largo de la semana, los voy reduciendo y depurando, hasta que el domingo son, en ocasiones, un suspiro”.

De la mano del crítico literario Ignacio Echevarría, prologuista y antólogo del libro, nos encontramos ante un compendio de más de cien piezas seleccionadas en el que aflora una poética periodística que deja ver en primera persona el contrapunto de todo lo que fluye en el día a día de alguien fajado en la noticia e implicado con la información, privilegiando sobre estas el carácter personal, susurrante y autobiográfico de ese yo espectador que anda inmerso en el texto. Un domingo con Martínez, como así se llama la sección en la que aparecen sus colaboraciones en la revista digital Contexto y Acción (CTXT), concita al lector al análisis y desmitificación, como subraya Echevarría, de la compleja realidad social y política que irrumpen en la vida cotidiana, pero con ese pálpito lírico necesario para que germinen y trasciendan en una epifanía con alma filosófica, proveniente del fondo de un periodismo de la experiencia.

Los textos escogidos en la obra andan dispuestos a desvelarnos algo sobre hechos inquietantes, confesionales o autobiográficos de Guillem Martínez más que a mirar por la ranura de la actualidad política. Cada uno de ellos encabezado con su título precedido de la preposición “sobre”, a modo de predisposición insinuante y sigilosa. Ejemplos de persuasión lo encontramos en Sobre la gran aventura, referido a la Cuba de Fidel, así como en este otro Sobre la teoría de los fluidos, uno de los más breves y sentenciosos que nos hace recordar que estamos rodeados de fluidos y, por tanto, todo lo vemos a través de fluidos. También resplandece la socarronería en Sobre el mono, del que no nos apartamos en su ánimo ancestral de ser repetitivo, como también se deja ver en Sobre el sexo y su correspondencia con liberar tensión, utilizando el humor.

A lo largo de sus páginas, Martínez exhibe su mirada literaria sobre asuntos variopintos entresacados de la realidad cotidiana. Por aquí asoman preludios de la soledad, de lo incomprensible, de la traición, de la memoria, de la infancia, de la proporción áurea, del amor o del destino. Todo un corolario al que atenerse, escrito con la agudeza de quien mira lo traspuesto, anticipando que todo pensamiento y recuerdo no son más que una forma de resurgir en el presente. Son también una suerte de biografía afectiva urdida en trazos, un menú sazonado con vivencias tan próximas como equidistantes en el tiempo, todo un cónclave personal y cultural en el que se dan cita tanto lo vivido y experimentado, como lo anhelado. En muchos de ellos se deja ver el contexto histórico familiar y el propio espíritu anarquista del autor.

Los domingos es un libro hermoso, de esa belleza persuasiva que además invita a pensar. Guillem intuye que el día que consigues producir belleza es un día logrado, un día para sumar en la agenda, porque en esa jornada se alcanzó un rasgo de verdad vivida. Los domingos es también un libro político, que habla de la pesadumbre ideológica, del poder, de la izquierda y de la pobreza. Pero es, sobre todo, un caleidoscopio de interpretaciones e imágenes sin arrebatos ni artificios, de las cosas cambiantes y de lo que permanece siempre como tal. “Llevamos esa posibilidad de cambio en nuestro interior –escribe en Sobre el destino–. Es posible que la evolución no responda tanto a estímulos externos como a una fuerza interna imparable e indialogable. Es una fuerza tan innegociable que se solidifica en nuestro primer hueso cuando apenas somos nada”.


Guillem Martínez tira de lecturas, de mitos, de historias y descubrimientos, del sentimiento de la vida para delimitar sus textos. Habla del inquietante mundo que le rodea y de sus percepciones, de afectos, de su belleza y de sus contradicciones, de la cultura y las costumbres. Habla de la pasión por la vida, de la fidelidad y sus desconciertos, sobre la pareja, la pérdida de confianza en cualquier ámbito de la vida, los amigos, el tiempo, el olvido... Nada se le escurre. De todo escribe con certera observación, con una prosa eléctrica y contenida a la que tampoco le falta fineza lírica. Es eso mismo lo que le pedimos a la literatura, su extraordinaria forma de acercarnos al conocimiento de lo que llamamos realidad como instrumento insustituible para poner en orden ese mundo real, que es en sí mismo esencialmente caótico.

Y es eso mismo lo que transmite en sus artículos: identificarse con ese orden oculto existente en lo grotesco y en lo absurdo del mundo. Se puede decir, por tanto, que Los domingos transitan por esa senda literaria que toca el mundo y sus detalles y, sobre todo, por la cartografía de lo humano que es, justamente, una de las funciones más genuinas del ejercicio periodístico, la que se vuelve testimonio de cultura, es decir, la que contempla y cuenta lo complejo y singular del mundo sacándole punta.


domingo, 9 de enero de 2022

Cronista de nuestro tiempo


Entre este arranque: “La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba”, y este otro pensamiento, casi al final del mismo libro que cautivó a tantos lectores: “Somos seres mortales imperfectos, conscientes de esa mortalidad incluso cuando la apartamos a empujones, decepcionados por nuestra misma complejidad, tan incorporada que cuando lloramos a nuestros seres queridos también nos estamos llorando a nosotros mismos, para bien o para mal. A quienes éramos. A quienes ya no somos. Y a quienes no seremos definitivamente un día”, cabe el alma y el sentido de una vida consumada que estuvo siempre entregada a la escritura. Nos referimos a El año del pensamiento mágico (2015), el vehículo utilizado por la escritora norteamericana Joan Didion (Sacramento, 1934) para reinventarse y mantenerse a salvo de un derrumbe trágico familiar.

No cabe duda de que para la escritora y periodista estadounidense la redacción de este memorable libro, de esta crónica desgarradora, fue algo inevitable y necesario. Tenía que hacerlo. Tenía que contar las secuelas que le dejaron la muerte de su marido, el dolor por su pérdida, desde el impacto hasta su duelo negro y prolongado durante tantos días de ausencia. Lo hizo con exquisitez, elegancia y resignación, enfrentándose al abatimiento del duelo con dignidad, sin recrearse ni renunciar a ello, confiada en el paso del tiempo como escuela de aprendizaje y superación de toda desgracia.

Joan Didion falleció estas navidades a los 87 años, en su casa de Nueva York, a causa de la enfermedad de Párkinson que sobrellevaba desde hacía tiempo. Nacida y criada en California, su carrera periodística y literaria estuvo siempre ligada a esta idea suya plasmada en uno de sus artículos más famosos, titulado Por qué escribo, resumido en estas líneas: “Escribo estrictamente para averiguar qué estoy pensando, qué estoy mirando, qué veo y qué significa. Para averiguar lo que quiero y lo que me da miedo”. Todo empezó para ella a los veinte años, cuando se mudó a Nueva York. Allí inició su carrera periodística, en 1961, colaborando en la revista Vogue. Allí tomó impulso su vocación y su vínculo indefinido con la narrativa y la crónica social.

Dos años después volvería a la Costa Oeste con un libro ya publicado y con ganas de despuntar y convertirse muy pronto, como así ocurrió, en una de las cronistas más brillantes y lúcidas de su generación, una figura emergente del Nuevo Periodismo americano, de la misma estirpe que Tom Wolfe, Hunter Thompson, Truman Capote o Gay Talese, escritores con los que compartía esa manera de dar una vuelta de tuerca a los artículos que firmaban mediante el empleo de técnicas narrativas propias de las novelas. Y así, año tras año, Didion ha ido dejando, además de sus novelas, memorias y ensayos, un buen repertorio de artículos y crónicas, piezas breves e incisivas con las que resaltar su carácter y compromiso con el sentido de sus ideas, centradas en la búsqueda de la verdad y atención al detalle de lo que sucede en la calle, en su parcela personal y, cómo no, en el ámbito político.

Su vida y su oficio se han visto bien reflejados en todas sus colaboraciones y comparecencias, tanto en prensa como en revistas. En una ceremonia celebrada en Washington en 2012, el presidente Barack Obama le otorgó la medalla nacional de Humanidades y dijo de ella: “Es una de las mentes más brillantes y una de las observadoras más respetadas de la política y cultura estadounidense”. Precisamente, muchas de sus interesantes observaciones han quedado recogidas en Lo que quiero decir (Random House, 2021), la última publicación de Didion editada en nuestro país, un recopilatorio de textos que fueron redactados en sus inicios como periodista, en los que nos traslada su mirada y estilo, doce escritos que van desde el sentido que la escritura tiene para ella hasta el reportaje social y político del momento.

Los textos más jugosos, como bien destaca Elvira Navarro en el prólogo del libro, son los que se sumergen en su oficio, en los entresijos de la escritura. En Contar historias, Por qué escribo y Últimas palabras encontramos el reducto de su poética, de su manera de concebir y entender la literatura y de cómo trasladarla a la prosa de una manera eficaz: “Fue en Vogue –cuenta– donde aprendí en cierto modo a sentirme cómoda con las palabras, una forma de contemplar las palabras ya no como espejos de mi propia incapacidad, sino como herramientas, juguetes, armas que utilizar de forma estratégica en la página”. El libro reúne también textos de algunos perfiles de personajes, como el que brota tras una somera visita a Nancy Reagan siendo la mujer del gobernador de California, o la encendida semblanza sobre Hemingway, admirado maestro suyo, un artista que, según ella, vivió, como pocos, entregado en cuerpo y alma al rigor y expresividad del uso del lenguaje.


En cada uno de sus textos destaca, por encima de todo, su mirada conspicua, su capacidad de interpretar lo que acontece y depositarlo por escrito, sin ambages, por medio de una prosa literaria incisiva y eficaz, capaz de colarse en la realidad del momento y calar dentro del lector. Didion selecciona y disecciona lo inevitable, aquello necesario de desmenuzar para ponerlo delante de los ojos del lector, como algo hipnótico que requiere análisis y reclama atención. Esas fueron sus señas de identidad y su modo de proceder: escribir bajo el predominio de una prosa sensitiva capaz de conmover y hacer saltar por los aires todo lo que hay de crónica en su propia realidad, la que anda fuera y dentro de sí misma.

En Lo que quiero decir, el lector se va a encontrar con los ecos luminosos de una escritora desdoblada en su propia obra, un icono que seguirá teniendo reconocimiento duradero en los lectores por mucho tiempo. «Didion –como señala Rodrigo Fresán en el obituario que le dedicó días pasados– finalmente acabó siendo lo que todos sospechábamos que era: el mejor y más profundo personaje de Joan Didion».



lunes, 2 de noviembre de 2020

Ciudades marcadas

La historia no está escrita como ha sido experimentada, y eso debería estar también presente. “El historiador es el guardián de la verdad histórica que es la verdad de los hechos”, nos recuerda Hannah Arendt. Quizás por esto hacemos lo imposible por querer saber otros muchos detalles no revelados que pongan más luz al hecho histórico conocido. La Historia, en general, condiciona nuestra mirada sobre los hechos ocurridos del pasado. Por eso conviene acudir a los hechos para examinar la verdad, teniendo en cuenta la voz de quienes vivieron aquellos momentos y hoy siguen siendo testigos del ayer.

Algunos libros van por ese camino de aproximación. Libros que se interesan por el testimonio de los propios protagonistas de un hecho histórico. Su objetivo es indagar y saber cómo era para ellos vivir por aquel entonces en el lugar en el que transcurrió la historia que se pretende contar. Y el resultado viene a confirmar cómo determinados episodios de la historia reciente han llegado a convertirse en símbolos y sentimientos para mucha gente que, por eso mismo, han condicionado la realidad existente de esas mismas ciudades que hoy en siguen marcadas por el peso y significado de su pasado.

A esta perspectiva tomada en el lugar y en el tiempo se deben las historias recogidas en Guardianes de la memoria (Fórcola, 2020) del escritor y periodista Álvaro Colomer (Barcelona, 1973), un libro de crónicas de unos lugares en los que en su realidad cotidiana laten aún sentimientos de reconciliación, de dolor, de fatalidad, de miedo ancestral o de clamor religioso dependiendo de la ciudad a la que se refieren. Así mismo, es también un libro de viajes dirigido al corazón de unos territorios históricos a los que el autor incorpora el testimonio fresco de quienes fueron partícipes de los acontecimientos o simplemente nacieron después y se encontraron con su legado.

Rodeado de un halo de misterio, el lector se va a encontrar, por tanto, con un texto que rinde homenaje a cinco ciudades o regiones muy marcadas por su determinante sino histórico. El propósito de la obra queda dicho y aclarado en el prólogo: “Este libro está dedicado a los habitantes de las ciudades que soportan el peso de la Historia. Son nuestros «guardianes de la memoria», hombres y mujeres que cedieron su futuro para que nosotros tengamos un pasado[...] Y lo han hecho para que nosotros tengamos un lugar al que ir cuando queramos recordar de dónde venimos”.

El libro señala un periplo que recorre cinco enclaves. Nos vamos a encontrar con ciudades como Gernika, Auschwitz o Chernóbil que vivieron estremecedores acontecimientos grabados para siempre en la memoria colectiva. También hay lugar para la singularidad, como la que representa la población de Lourdes, que no deja indiferente al viajero que se acerca a su término municipal y comprueba la emoción que despierta la peregrinación de miles de personas a su santuario mariano. Como también hay un capítulo reservado al inframundo de los vampiros de la enigmática Transilvania. No podemos evitar un cierto escalofrío cuando oímos hablar de esta región rumana con su castillo y el nombre de aquel conde Drácula creado por Bram Stoker.

Todo lo que fluye por cada uno de estas historias viene a confirmarnos que mucho de lo que revelan sus páginas no es solo una indagación de alcance de lo que sucedió en unos territorios, sino más bien una interpelación sobre cómo las consecuencias de los hechos históricos se perpetúan en la vida real y presente de la población. Para ello, Colomer se vale de datos, notas, entrevistas, anécdotas y viejas historias. Nos cuenta cómo eran estos lugares antes y después de entrar en la leyenda, sus ecos y cicatrices que han sido claves en la reciente historia de Europa.

Álvaro Colomer nos entrega un ensayo escrito con inteligencia y sentido ético, que reflexiona sobre la visibilidad de los grandes acontecimientos de la historia a través de un recorrido por unos territorios que siguen desafiando su legado con estrépito. Las ciudades se comen a los hombres y por eso es posible perderse en ellas. Recuerdo un pasaje de Inre Kertész en Diario de la galera que aborda el lamento del hombre perdido, ahogado en las cicatrices de su ciudad y clama que “pensar sobre la vida equivale a cuestionarla”. Es esa idea la que sostiene este trabajo ensayístico, la búsqueda de la verdad sin apartarse ni un ápice de la idea de que todo saber, como la propia vida y la Historia, está sujeto a revisión.

¿Qué es un libro sino una forma del paso del tiempo? Guardianes de la memoria es un gran título para un libro que comprime tiempo y memoria a través de las experiencias viajeras de su autor. Un texto apelativo que también es una suerte de señal de cómo el flujo del mundo de ayer en lugares referentes de nuestra historia común se perpetúa y refleja en el presente. Quizás sea siempre así.


lunes, 7 de septiembre de 2020

Crónicas nocturnas de Nueva York

Leer El imposible lenguaje de la noche (Chamán, 2020) de Joaquín Fabrellas (Jaén, 1975) es encajar todo un texto fragmentario en el contexto neoyorquino de los años cincuenta del siglo pasado. Debemos tener en cuenta que gran parte de lo que aquí se cuenta, de la información y testimonio que se encadena en sus páginas, son imprescindibles para comprender un texto con muchas voces dispuestas a desvelarnos los entresijos del contexto de una época tocada por una corriente cultural donde la literatura, el cine y el jazz aproximan sus tendencias en favor de la libertad creativa como contrapunto al letargo social de aquellos años.

Es en ese contexto donde nace la generación beat y el fenómeno cultural que arrastró consigo para mostrar el rechazo a los valores norteamericanos clásicos y el apoyo al uso de las drogas, la libertad sexual y al acercamiento a las filosofías orientales. Fabrellas construye su novela mediante la figura de su personaje Paul Demut, un escritor beat que se erige en cronista de la noche neoyorquina y que, a su vez, muestra su incapacidad de concluir un relato completo donde reflejar todas sus vivencias personales y ajenas de aquel movimiento literario que gravitaba en torno a un grupo de amigos que ya venían escribiendo prosa y poesía desde mediados de los años 40, compartiendo entre otras cosas la misma idea de cultura y otras aficiones como el jazz: el poeta Allen Ginsberg o los escritores Jack Kerouac y William S. Borroughs, sin olvidar a Neal Cassidy, uno de sus iconos, coprotagonista de On the road de Kerouac, la obra más venerada de aquella generación.

Acompañamos a Demut en su deambular por Port Moresby, el bar de copas y escenario de todo lo que acontece en el libro, para conocer el ambiente sórdido de aquel garito en el que fluye abundancia de whisky, tequila, mescal, sexo y trapicheo de opio, peyote y cocaína, bajo la melodía del jazz y más jazz en su vertiente bebop, la mejor música improvisada que se podía escuchar por aquel entonces de la mano de Miles Davis, John Coltrane, Bill Evans, Charlie Parker o de la voz de Billie Holiday.

Pero lo que más le importa a Demut es la escritura, inspirarse en contar lo que vive de una manera como si nadie lo hubiera hecho antes: “La difícil posibilidad de contarlo todo [...] Pero es imposible, el intento de escritura total es una paradoja, para hacer eso deberíamos tener un lenguaje mejor, y tenemos un lenguaje limitado, veintisiete letras, una combinatoria enorme y una estructura fija para combinarlo, no llegaremos a nada”. Cree a pies juntillas en esa idea de experimentalismo que debe tener toda obra literaria, pero, a medida que avanzamos en la lectura de las historias que va entretejiendo, el lector percibe que Paul Demut empieza a tocar fondo.

Y en su bajada a los infiernos confiesa que nunca tuvo un plan preestablecido para escribir este libro porque “las historias ya estaban ahí antes de que yo las contase. A él solo se le ocurrió ponerlas juntas de esta manera, con la idea de “que parezca una alfombra por debajo, un tapiz vuelto, que se le vean las costuras”, y así quien llegue a leerlo lo reinterprete a su forma y lo perciba como un libro inconcluso al igual que una sinfonía inacabada. Ahí radica su rebeldía.

Por lo expresado anteriormente y por los contrapuntos de las conversaciones que abundan por sus capítulos, podemos afirmar que este es un libro ambicioso, lleno de semblanzas y rastros inabarcables de todo lo que removió la generación beat americana en su época. Fabrellas nos entrega una obra persuasiva y original en su manera de concebirla, con páginas brillantes, en las que plasma en forma de crónica fragmentaria mucho de la vida golfa y nocturna de aquel Nueva York henchido por la melodía del jazz y, particularmente, de sus protagonistas, siempre presentes hasta en los pies de páginas del libro, al igual que el espíritu beat mordiente de aquellos años en los que el desorden social, maquillado por el esplendor del cine de Hollywood, requería de una respuesta por el resto de las artes: la literatura, la pintura y la música.

El imposible lenguaje de la noche “es la narración inacabada del fracaso” de un malogrado escritor, como así nos dice la nota final del propio libro. Los relatos que aquí se reúnen conforman un ensamblado narrativo de textos vívidos en los que el narrador se interroga obsesivamente por el proceso creativo, en esta ocasión llevado al terreno de la novela, una senda de la que su autor se vale para conectar sagazmente con el mundo artístico del Nueva York de mediados del siglo pasado por donde el exceso y el desajuste social corren por la misma acera que transitan sus artistas con sus luces y sombras. Un libro que interesará a los lectores que les gustan la noche, el jazz y el juego trepidante de la novela que aprovecha todos los recursos que le brinda el lenguaje.


viernes, 3 de abril de 2020

Destellos cotidianos

La buena literatura es una extraordinaria forma de conocimiento de lo que llamamos realidad, un instrumento insustituible, según Vargas Llosa, para poner en orden ese mundo real, que es en sí mismo esencialmente caótico. El escritor, el verdadero escritor, afirma Claudio Magris (Trieste, 1939), es el que logra identificar un orden oculto en lo grotesco y en lo absurdo de la existencia. Se puede decir que la literatura es por lo tanto exploración del mundo y sus detalles y, sobre todo, de los abismos de lo humano, y es, justamente en esta peculiar función donde el ejercicio literario, como sostienen estas dos grandes figuras de las letras, se vuelve cultura, es decir, se convierte en visión y representación del mundo.

En su libro Microcosmos (1997), Magris insiste en que el mundo es una cavidad incierta, en la que la escritura se adentra perpleja y obstinada. Es más, escribir para él significa saber que no estamos en la Tierra Prometida y que no podremos llegar nunca allí, pero sí hay motivos suficientes para continuar en esa dirección, aunque sea a través del desierto. Le importa al escritor triestino dejar sentado que el mayor logro de un libro hay que encontrarlo en esa idea de reconciliación, tanto en la vida, como enn la literatura. Por eso mismo alerta, tomando estas palabras que dice uno de los huéspedes alojados en el Hotel Herberhof en el Tirol: “¿Cómo, otra vez escribiendo? Escribir, escribir siempre... no es bueno. Un poco, vale, pero no demasiado. Mejor escribir un poco menos y pensar un poco más”.

Claudio Magris, escritor bien conocido, catedrático de literatura germánica en la Universidad de Trieste, ensayista y traductor de Ibsen, Kleist y Schnitzler, entre otros, Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2004, es una figura indiscutible de la literatura italiana contemporánea que nunca ha dejado de exponer su enfoque literario a la hora de interpretar su forma particular de entender la escritura y la vida. Para él, esta correlación existente entre la escritura y la vida sucede en el propio escenario de un lugar o bajo el influjo de un pensamiento sagaz donde  acudir a rastrear el significado de las personas que lo habitan. Las cuarenta y ocho piezas reunidas en Instantáneas (Anagrama, 2020), su último libro publicado en nuestro país, van en esa línea literaria suya que viene de lejos, la de reflejar los destellos cotidianos que van sucediéndose en sus viajes, en sus lecturas y en las reflexiones de los instantes vividos o sobrevenidos desde el recuerdo.

Este es un libro recopilatorio de pequeños textos publicadas en el diario Corriere della Sera desde abril de 1999 a julio de 2016, un variado reportaje en el que el autor de Danubio (1988) hace hincapié, con su punto de vista, en el detalle concreto o en algún asunto simbólico de carácter histórico cuyo conjunto revela una denuncia o un apunte social. Uno, leyendo estas esquirlas de su genialidad creativa, asiste a un fresco luminoso de la realidad contemporánea en el que la agudeza de su autor también denota melancolía y desencanto, solapados bajo un sabio tono burlón, con sensibilidad suficiente para contarnos, en unos breves trazos, lo que está presente en la ciudad, en el ambiente, o en el discreto curso de los días.

Magris nos muestra el mundo que lo rodea como espacio compartido. No importa si el fotograma que le lleva a la reflexión lo motiva una situación ingrata o feliz, una anécdota insignificante o, al contrario, elocuente y rebosante. Ya sea un festín caníbal protagonizado por unas palomas en una fuente de una plaza; una taberna donde se habla de la guerra; una sala en Budapest donde se celebra un congreso literario; un momento insólito protagonizado por una visitante en la galería de Leo Castelli en Nueva York; una airada discusión de pareja; los banqueros de los que se descubren sus prácticas ocultistas y satánicas; una modelo rusa que mata de una cuchillada a un perro callejero que amenazaba a su mascota... Son muchas escenas en las que su mirada perspicaz trasciende a un simbolismo social, mundano y político.

Muchas anotaciones del libro forman parte de la historia misma de Trieste, así como también hay evocaciones de personajes de la historia y la literatura centroeuropea, como la referida a Thomas Mann cuando nadie le avisa del estallido de la Segunda Guerra Mundial mientras se hallaba ajeno, encerrado en su escritorio; o la anécdota de Sissi emperatriz y los poemas que decía susurrarle en secreto Heine, a través de un médium. Lo dicho: un amplio reportaje de momentos perdurables que van de lo aparentemente irrelevante a la crónica sagaz protagonizada por gentes que pusieron sus señas de identidad en el devenir de la historia.

Magris es un pensador sin fronteras que bien sabe que la escritura y la lectura tienen esa particularidad de trascender desde lo particular a lo universal. En sus Instantáneas encontramos reflejado ese trayecto y espíritu en el que la actualidad y la vida se dan cita estando muy presentes en sus escritos. En estas crónicas, escritas con provocación y destreza, hay una voz que infiere en el lector dándole el material y el rescoldo necesarios para prender su curiosidad y entendimiento.

Por eso nos interesa Magris, porque sabe cómo expresar la utilidad de su experiencia intelectual y sentimental, incluso en textos mínimos. Este es un libro que se lee con deleite, un libro cargado de inteligencia y sensibilidad, que apareja un compromiso de perseverancia por los detalles de la vida. Jugoso.

martes, 31 de marzo de 2020

Impresiones viajeras

Viajar es trasladarse. Pero viajar no significa siempre desplazarse. Eso lo saben todos los grandes lectores. El viaje empieza también en una biblioteca, en una librería o en la estantería del salón de una casa. Los libros, como los viajes, son una experiencia que nos conecta con todo. Encontramos en su seno esa suerte de acudir a sus páginas, a los atlas, a los textos que, de cerca o de lejos, contribuyen al planteamiento, a la realización y a la singularidad de elegir un destino. Todos los rincones de una buena biblioteca ofrecen la posibilidad de conducirnos a un sitio predilecto o a un lugar insólito, a una aventura. Toda lectura actúa como rito iniciático. Por eso, todo libro de viajes vela y desvela una reminiscencia.

Uno mismo, nos dice Michel Onfray, es el gran asunto del viaje. Y hemos de dar crédito a esa afirmación y tenerla muy en cuenta puesto que cualquier trayecto viajero coincide siempre, en secreto, con búsquedas iniciáticas que ponen en juego la propia identidad. El viaje supone una experimentación sobre uno mismo. A su vez, viajar es un desafío que conduce inexorablemente hacia la propia subjetividad. En cada periplo, al igual que en cada lectura, uno acaba siempre por encontrarse frente a sí mismo. Tanto viajar, como leer, son siempre un trayecto, y no es casual que los libros tengan esa forma de maleta que hablaba el escritor ruso Dovlátov.

Julio Llamazares en el prólogo de Un andar que no cesa (Fórcola2020), el nuevo libro del escritor y crítico literario Ramón Acín (Piedrafita de Jaca, Huesca, 1952) comparte esa manera de entender el sentido de viajar y su correlación con la lectura ciñiéndose a las palabras que el propio autor expresa en sus notas de viaje: “viajar es ante todo encontrar y encontrarse, informarse, cartografíar, absorber, meditar, comprender y contar”. Añade Llamazares que Acín, como gran viajero “que lee y viaja a la vez”, también ha hecho de los libros su principal baluarte, instrumento y guía de conocimiento del mundo.

En Un andar que no cesa se edifica un tránsito viajero, una autobiografía, desde el cimiento de contar la experiencia de un escritor que reúne un conjunto de textos para conformar un relato propio en el que se impone el sentido de reflejar un crónica donde verter los asombros encontrados por los lugares visitados en sus diferentes expediciones viajeras. La vida del viajero, se deduce del texto, consiste precisamente en ese paso del tiempo experimentado, en el cambio, en la alteración que provoca todo trayecto. Lo que hay en este libro no es solo una historia personal, sino, además, un reflejo del significado de lo que decía Paul Theroux y que dentro del mismo se cita: “El viaje sólo tiene glamour cuando se lo mira con retrospectiva”.

En esa retrospectiva se hace notar la mayoría de los destinos que transcurren por el libro, cada uno con su tono pasional y revelador. Todos ellos, con inusitado interés e impacto personal, quedan descritos en un extenso vagar por Sicilia, Egipto, Bélgica o Normandía. También aparecen otros emplazamientos vívidos del interior de España, marcados por la Guerra Civil, así como un relato paisajístico y minucioso de la obra artística de Goya por Aragón. En otro capítulo, el autor toca la memoria y huellas de los libros para fijar su mirada en el paisaje y sus mil caras. Pero en todo su periplo, lo que trasciende de la lectura es, sobre todo, un sentir explícito que el autor esclarece por medio de una de sus frases más felices: “Si la vida es viajar, los viajes son su aliento”.

Para Ramón Acín, viajar es dialogar con uno mismo ante espacios, gente, lugares y la propia historia. Este es un libro que se deja leer gratamente porque contiene esa salsa picante que tanto gusta al lector curioso de redescubrir ciudades, detalles históricos y, al propio tiempo, perspectivas particulares, a través de la mirada e impresiones de alguien propenso al asombro. Es la voz del viajero quien propone andar con los ojos bien abiertos, y lo hace con las palabras justas y necesarias para acompañarlo en sus hallazgos por los distintos emplazamientos y recorridos que aquí se hacen notar.

La literatura siempre es una cuestión de punto de vista. Por eso todos los libros tienen su peripecia y su historia que contar. Pero la de este, además, no deja de ser especial y recóndita. Aquí sobresale la crónica sentimental y, también, la conciencia histórica para constatar que el pasado tiene voz y significados. El autor del libro recuerda ese aspecto en sus andanzas como viajero para rastrear el pasado y prestar atención a las historias de los viejos habitantes de cada lugar, además de disfrutar del encanto de lo que se conserva y permanece en el mismo.

Un andar que no cesa recoge ese cómputo de significados y ese espíritu de discernir lo que todo viaje, como la vida, propone: enfrentarse a lo desconocido, conocerlo y comprenderlo a la vez que ensanchar la experiencia personal de quien lo acomete. Ramón Acín firma un cuaderno de viajes fecundo y perspicaz, con el propósito de contarnos una travesía personal emotiva por los paisajes y el tiempo, un libro hecho de nombres, impresiones, vislumbres y memoria. Y nos viene bien, más aún, en un momento como este en el que evadirnos es justo lo que más necesitamos.

jueves, 1 de agosto de 2019

Contra la amnesia y el olvido


La nave de la historia tiene mucho que ver con la nave de la literatura y la de la cultura. La nave de Ulises surca los más preclaros distritos de la cultura occidental, su ruta concierne, desde luego, al recorrido de nuestra civilización. Entre el fondo del Mediterráneo y sus costas adyacentes caben los fundamentos de lo que los europeos hemos sido, de lo que hemos llegado a ser y también va a marcar lo que seremos. Cada una de las hazañas del rey de Ítaca, cada uno de los cantos del poema homérico, simbolizan nuestras propias andanzas culturales más profundas.

La importancia del legado griego pervive en muchísimos términos de las lenguas europeas y ha orientado con audaz impulso nuestros modos de pensar y estar en el mundo. No es exagerada la afirmación del poeta romántico Shelley de que “todos somos griegos”. Si nos ponemos a pensar en él, podemos ver lo que trasciende, pues aún tenemos mucho de los antiguos griegos en nuestra manera de ver el mundo y enfocarlo, su pertenencia cultural es evidente, su aire familiar se percibe, a veces, casi sin advertir que nos demos cuenta de ello.

Estas consideraciones están muy presentes en el ensayo Una lección olvidada (Tusquets, 2019), Viajes por la historia de Europa, como lo subtitula su autor, el periodista Guillermo Altares (Madrid, 1968). “Cualquier viaje por Europa –nos dice– debe transitar las páginas de Homero, debe recorrer el relato fundacional de nuestra literatura y de nuestra mitología compartida y tratar de entender qué nos ata desde hace siglos al relato de sus héroes...” El libro promueve esa génesis histórica al mismo tiempo que aborda otros hechos relevantes que asentaron la construcción de la Europa que hoy conocemos y de sus valores, la que nos ha llevado hasta el momento presente a compartir una historia común y unos valores, pese al contratiempo de muchos excesos y tragedias. Solo se puede entender Europa –subraya Altares–, si tenemos en cuenta que siempre está en movimiento (pág. 89).

Cada uno de los veinte capítulos del libro esboza un episodio destacado de la historia del continente. Da igual en qué lugar ocurre. Lo importante es su significado, lo que trasciende para el resto. Los diferentes sucesos narrados van desde el descubrimiento de la cueva Chauvet, en Francia, un extraordinario acontecimiento que permitió a los estudiosos reconsiderar el inicio de la prehistoria europea y la presencia del homo sapiens, hasta la tormenta de los Balcanes, que propiciaría la desintegración de la antigua Yugoslavia.

Entre esa equidistancia en el tiempo, Altares despliega una amplia selección de sucesos históricos de diversa índole, como el que dedica a la Roma en llamas en tiempos de Nerón; o aquel otro que nos traslada al año 1391 en Sevilla, un lugar y una fecha clave para entender el trágico destino de los judíos europeos; como también el capítulo que nos conduce al terrible terremoto acaecido en Lisboa en 1755, un cataclismo que sacudió por igual a la Iglesia y a las monarquías absolutas que ya empezaron a cuestionarse en muchas naciones.

El libro sigue avanzando en el tiempo hasta llegar al Moscú estalinista de las terribles purgas, al Berlín en ruinas de mayo de 1945, a los restos de la guerra civil de aquel Madrid de 1936, al Bucarest del megalómano matrimonio de los Ceaucescu o a la apacible Estocolmo donde se produciría el asesinato a quemarropa de Olof Palme en aquel fatídico mes de febrero de 1986. Todos estos sucesos jalonan un recorrido propicio al que su autor le dedica su antecedente y su oportuna explicación, poniéndonos en buenas manos por medio de libros y autores claves que alumbraron con sus textos el pálpito de la sociedad en aquellos momentos, como se vislumbra en El nombre de la rosa, de Umberto Eco, Los miserables, de Victor Hugo, Bucarest, de Paul Morand, El mundo de ayer, de Stefan Zweig, La forja de un rebelde, de Arturo Barea o en La quinta mujer, de Henning Mankell.

Una lección olvidada es una lectura fértil, un libro reflexivo y ambicioso sin dejar de ser ameno, que pone la mirada presente en lo que se fue conformando desde el pasado europeo, por diferentes escenarios y épocas, hasta constituir la Europa del momento, la que hoy conocemos, con la idea de relacionar su entramado histórico, el que une todos estos hilos de identidad colectiva y milenaria a los que pertenecemos.

Hacía tiempo que no leía un libro que me sumergiera, con tanta pericia e interés, en los engranajes de la historia de Europa. Esta crónica europea que firma Altares posee esa gracia narrativa de entrecruzar una serie de hechos históricos determinantes en los que el autor no rehúye arriesgarse dando su opinión. Este es un libro vindicativo, con intención de refrescar la memoria, que ofrece un recorrido heterogéneo por las diferentes culturas y latitudes de nuestro continente, pero que, en todas ellas, aparece esa diversidad colectiva que llamamos Europa y que, hoy por hoy, como afirma su autor, conforman más que nunca “un proyecto con los mismos movimientos, los mismos anhelos y las mismas decepciones” que desde Grecia emanaron hace ya tantos siglos y que siguen vigentes.