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martes, 14 de febrero de 2023

La vida tiene bemoles


Vivimos en la mente, y desde ella nos expandimos. Vivir tiene mucho que ver con negociar con nuestras rarezas y la normalidad de los días. Al final, ¿qué importa más: vivir o saber que se está viviendo?, se preguntaba Clarice Lispector. A los escritores les basta con observar su propia vida y vecindad para encontrar múltiples referencias y fragmentos de lo que su propia existencia representa para sí mismo, como quien desvela un secreto, una perplejidad o alguna sinrazón que acrecienta su desconcierto y le impele a contarlo. A los lectores también nos pasa. Hablamos con nosotros mismos, conscientes de que en el fondo de nuestros corazones guardamos alguna divergencia o rareza con la que tenemos que apañarnos.

Termino de leer El peligro de estar cuerda (Seix Barral, 2022), de Rosa Montero, un libro entre el ensayo y la ficción en el que se destaca precisamente la idea de que “ser raro no es nada raro”, y en el que se viene a decir que la vida tiene bemoles, esto es, genialidad y locura: “De hecho, lo verdaderamente raro es ser normal [...] Todos somos raritos, aunque, eso sí, algunos más que otros [...] Las rarezas abundan [...] Quienes nos dedicamos a juntar palabras tendemos más al descalabro mental [...] Estar loco es, sobre todo, estar solo [...] Hay una frase de Henri Michaux que me encanta: «El yo es un movimiento en el gentío». Muy cierto; en el gentío que nos habita, el yo es un garabato fugaz, una estela de humo que va mudando de forma constantemente”.

El libro de Montero es, sobre todo, una autoexhortación de citas y reflexiones, una especie de manifiesto y elogio de los raros, en el que se incluyen también remembranzas y anécdotas emocionantes sobre cómo actúa la mente en la invención del proceso creativo: “De eso precisamente va este libro –nos dice. De la relación entre la creatividad y cierta extravagancia. De si la creación tiene algo que ver con la alucinación. O de si ser artista te hace más proclive al desequilibrio mental, como se ha sospechado desde el principio de los tiempos”. Hay, además, una vertiente autobiográfica muy clara contra la resignación de dejar de escribir, de no perder la escritura, de no perder el nexo con la vida, de trasladar al papel lo que sucede en el imaginario: “Cuanto más te gusta la idea de lo que vas a escribir, más miedo te da no estar a la altura de tu musa. Merodea siempre la obra, como también merodea la locura. La cuestión es saber quién termina ganado”.

El peligro de estar cuerda parte de la experiencia personal de su autora y, especialmente, de numerosas lecturas y memorias de grandes luminarias de las letras, como Pessoa, Virginia Woolf, Stefan Zweig o Silvia Plath, entre otras muchas, con la intención de ofrecernos en su despliegue ensayístico un apasionante texto sobre los vínculos entre la creación literaria y el desarreglo mental. Comparte con el lector muchos asombros y curiosidades sobre cómo nuestro cerebro se las compone para crear, desmenuzando muchos de los factores extraliterarios que interfieren en el proceso. El libro habla de la prodigiosa herramienta que es la escritura, un don que tiene sus repercusiones, como señala esta cita de Bukowski resaltada por la autora: “Escribir es un don y una enfermedad. Me alegro de haberme contagiado”.

Rosa Montero vuelve a cautivarnos, como hizo anteriormente con La ridícula idea de no volver a verte (2013), con entretenidísimas páginas cargadas de buenas resonancias literarias. En esta ocasión, se identifica con las experiencias vividas por otros muchos autores y autoras como Proust, Onetti, Dickinson, Emmanuel Carrère, Úrsula K. Le Guin o Doris Lessing. De sus vidas y libros extrae vivencias y significados que enriquecen la lectura no solo del libro, sino también de la vida, la soledad y la intemperie a las que cada uno se enfrenta a la hora de arriesgar con la escritura, de creer en el poder de las palabras. Soledad e intemperie que comparten, en muchos aspectos, los raros, los locos y los artistas, sobre todo los escritores, obsesionados buscadores de historias que fijan su conjuro en las palabras como resquicio irrefutable para dar forma al mundo, a su mundo: “encerrada a solas, en una esquina de tu casa, inventando mentiras”.

Viene también a sostener que la consonancia de ser diferente, de sentirse raro, inadaptado o extraño con el resto, pende de un hilo suelto que conecta con los sentidos y las emociones, que responde y hace frente a la inconformidad de la vida de un yo agitado por las acometidas del destino. La escritura se confabula aquí para alumbrar, inquirir y darle cuerda al reloj de nuestra cabeza: “Escribir es un milagro poderoso que, paradójicamente, nace de la impotencia, y que permite a quien está preso de sí mismo (de su cabeza fallida, de su neurosis, de un mundo irreal) construirse una existencia lo suficientemente válida”. Todo esto se pone aquí en valor. La conciencia de la escritora está presente, conciencia de que escribir la salve: “juntar palabras para poder aguantar el miedo de las noches y la vacuidad de las mañanas”.


Este es un libro estimulante, de lectura jugosa, un ensayo convertido en un viaje narrativo por todo lo que supone de efervescencia la otredad de la creatividad y su reflejo en la vida, una consecuencia que deja ver, en un brillante texto, lo que tiene de verdad y de espejismo la propia vida del artista y del lector: “Los humanos somos una pura narración, somos palabras en busca de sentido”.

En El peligro de estar cuerda encontramos una vida examinada, valiéndose además del resorte inapelable de lo mucho que se parece la literatura a la vida, un itinerario sagaz que desvela, en gran medida, los linderos por donde transcurre la propia concepción literaria que ha ido encarnando Rosa Montero. Son los libros que ha leído los que nos hablan de ella.



miércoles, 7 de julio de 2021

Sobre la tentación literaria



La literatura nunca debe dejar de ser el lugar donde se disputa la forma que todo escritor debe adoptar frente al reto de escribir un texto. Decía
Nicolás Dávila al respecto que «el lector verdadero se agarra al texto como un náufrago a una tabla flotante». Leer supone riesgo, entrar en lo que puede parecer incomprensible al principio y descifrar la propuesta que hace el libro para interpretar lo que hay de nuevo o luminoso en esa propuesta. Porque cultivar la literatura, leer lo ajeno, no es solo un signo de consideración, sino de traducción de palabras y de mundos. Dicho de otra manera: la literatura no es solo lo que dice, sino cómo está hecha.

Iban Zaldua (San Sebastián, 1966), autor de libros de relatos, entre los que destacan, Porvenir (2007), Biodiscografías (2015) o Como si todo hubiera pasado (2018), aborda ahora en Panfletario (Pepitas de Calabaza, 2021) todo lo concerniente a lo apuntado más arriba: a la importancia formal del hecho literario, y lo hace mediante un libro misceláneo formado por manuscritos de diferente procedencia en el que, como subraya el propio autor, lo metaliterario es el verdadero hilo conductor del mismo. Por tanto, en estos Manifiestos, decálogos y otros artefactos a favor (y en contra) de la literatura, como así subtitula su obra, el lector está invitado a una lectura explosiva y reveladora, inteligente y divertida, llena de argumentos y reflexiones en la que su autor muestra su bagaje crítico, como lector y minucioso observador, de lo que pasa en el seno de la República de las Letras.

En él examina algunos de los fenómenos más llamativos de lo que se viene publicando en los últimos años, entre los que destaca el auge de la autoficción. Pero, a su vez, el libro está lleno de recomendaciones de cómo escribir prólogos, contracubiertas, necrológicas o consejos para organizar eventos culturales. Este es un libro sobre la pasión de la literatura, y las propias taras del mundo literario. Zaldua va dejando su halo crítico y sardónico conforme va desmigajando sus textos, igual que, de una manera u otra, señala con insistencia que es más importante cómo se nos cuenta lo que se nos cuenta que lo que nos cuenta cualquier libro en sí. Deja claro, respecto al pacto novelesco, ese principio que sostiene que una ficción funciona bien mientras dura su lectura y nos la creemos, que en la autoficción difícilmente se sostiene. Queda la sospecha, como dice él, de que “el escritor no deja de dar saltos entre mentiras de verdad y verdades de mentira”.

Hay textos verdaderamente ingeniosos, como Los Diez Mandamientos de la literatura, en cuyos preceptos destaca: "Amarás el canon sobre todas las cosas", "No plagiarás, sino que intertextualizarás. Y procurarás tener siempre a mano a un abogado", o este otro: "Jamás darás a entender que estás mintiendo, aunque escribas ficciones". En Autoanálisis, una pieza próxima a un relato o crónica, recoge ese ámbito preocupante que el escritor suele llevar consigo en las presentaciones de sus libros perfectamente resumido en la cita de Rafael Chirbes que antecede al texto: «El escritor lo que tiene que hacer es escribir y si tiene que hablar mucho de tus libros es que tus libros no hablan por ti. Mala cosa».

Da paso también a la importancia del punto de vista en la literatura para abordar cualquier asunto. En literatura, nos viene a decir Zaldua, es fundamental el punto de vista que se adopte a la hora de acometer una obra. Uno se puede ir acercando más y más a la realidad, pero nunca puede acercarse lo suficiente, porque la realidad es una sucesión infinita de pasos, de niveles de percepción, de circunstancias y de falsas apariencias y, por ende, inextinguible, inalcanzable en todo su ámbito. En ese sentido, algunos textos del libro se aproximan a la escritura que aborda el conflicto vasco como ejercicio de memoria.

En otro texto muy significativo sale a relucir el asunto candente de las condiciones indispensables para la iniciación a la lectura. Para Zaldua leer y leer cualquier cosa no significan lo mismo. Sobre ese debate de lecturas obligadas que han llevado a algunos expertos y profesores a posicionarse contrarios a ellas, lo tiene claro: "Yo pediría que me obligaran a leer, no lo contrario. Luego, cada cual verá si obedece o no al mandato. Pero no querría, de ninguna manera, y como punto de partida, renunciar a las lecturas obligatorias. Por si acaso". Y esto es algo a lo que se aferra porque la cuestión del gusto por las letras para él es, básicamente, de índole educativo: "el gusto no surge de la nada, no es algo natural que llevemos impreso en los genes: el gusto se cultiva".


Panfletario aglutina muchos temas candentes de la literatura, un libro que toca con ojo crítico y también jocoso el mundillo literario. Zaldua examina y se examina de la prosa a la poesía, de las novelas de viajes a la autoficción, del relato al ensayo, de la escritura a la lectura, para extraer los detalles de su gusto propio, que no tiene por qué coincidir con un gusto objetivo o con un canon cerrado. Se basta con ser fiel así mismo, como diría Virginia Woolf, y dejarse llevar, con desparpajo, por lo que los libros y su pálpito le predisponen a escribir sin alharacas sobre la tentación literaria.

Estamos ante un libro ameno, jugoso e incendiario, que hace que nos fijemos más en la hechura de la literatura, en la propia vida de los libros, en su corte y confección. Estamos ante un libro para lectores curiosos en los detalles y entresijos que envuelven a ese extenso y libertino parque temático que llamamos Literatura.


lunes, 25 de enero de 2021

Hacia la literatura

Se dice de Enrique Vila-Matas que es un personaje excéntrico y genial, algo que, en todo caso, acrecienta su carácter y le acarrea fama de un raro de la literatura. No son muchos los que conocen a fondo su manera de volcarse en su oficio de escritor y saben de su disciplina de trabajo diario, de su minuciosidad con la que acude cada mañana para meterse de lleno en esa manera singular tan propia de entender la narrativa. Vila-Matas se asemeja a sus novelas. Eso nos parece. Hay mucha correlación en sus textos entre vida y literatura, como si habláramos de un descendiente de esa saga reconocible a la que pertenecen Borges, Kafka o Pessoa. Nos bastaría leer al azar un párrafo cualquiera de una página suelta de alguna de las obras de uno de ellos para identificar su firma.

Digamos que hay escritores que destilan literatura a raudales, como los que hemos señalado, no solo por sus libros y su apariencia física, sino hasta por la manera de vivir y sentir su propia existencia, que se desdoblan en un yo físico y en un yo metafórico, formado de palabras, de frases y de citas reales o inventadas. Vila-Matas pertenece igualmente a este grupo reducido de artista, un hombre libro, literato, egregio y gran embaucador que transita liviano por el mundo de las letras con la única ambición de escribir siempre, y que no puede dejar de hacerlo, que sabe que escribir significa detenerse, demorarse, deshacer, repetir, que escribe para escribir, no para haber escrito y publicado.

Todo ese universo literario que rodea al escritor barcelonés está muy presente en Ese famoso abismo (Wunderkammer, 2020) un libro en el que recoge las conversaciones que la filóloga, escritora y periodista Anna María Iglesia (Granada, 1986) mantuvo con él durante varios meses, con muchas revelaciones curiosas, cuando no sorprendentes. Una de las más llamativas para Iglesia se refiere a que Vila-Matas sea un escritor que está en la literatura para saber quién es e indagar sobre sus propios límites, con la voluntad de aventurarse a nuevos terrenos para experimentar. Terrenos complejos y arriesgados que le han supuesto explorar desde el vacío hasta el abismo, eso sí, con una advertencia: “No nos engañemos, escribimos siempre después de otros”. Desde sus comienzos literarios él se ha planteado con frecuencia el viaje interior a sí mismo, un trayecto que nos lleva a su Ítaca, su mundo literario, como una infinita excursión circular.

A lo largo de estas conversaciones descubrimos sus gustos y simpatías literarias por autores tan grandiosos como minoritarios, de la talla de Perec, Walser, Bolaños o Pitol. Ningún artista soporta la realidad, y menos Vila-Matas. Los lectores fieles a su singularidad tenemos una oportunidad más de comprobar en estas conversaciones tan vívidas que Anna María Iglesia sostiene con el autor de Bartleby y compañía cómo la imaginación y la inventiva de la que hace gala el escritor catalán nos empujan a creer, como auto de fe, en su obra literaria y nos concita a una pregunta retórica: ¿Y si todo lo escrito por Vila-Matas pasara? Lo mismo que la mejor ficción, tal vez ofrezca otra posibilidad más compleja y ambigua. La creación vilamatiana es un experimento y una creencia. Otra de sus convicciones que no deja de resaltar es “el esmero en el trabajo”. Para él es “la única convicción moral del escritor”.

Ese famoso abismo es un libro ágil y sugerente, estructurado en ocho capítulos muy llamativos. En el primero de ellos, Por qué escribir, encontramos esta revelación de Vila-Matas sobre el tipo de narrador que le gusta, que no es otro que aquel que baja al ruedo y prolonga “aquello que siempre ha estado en juego en la literatura, la exploración de ciertos abismos”. En otro titulado La poética del fracaso pone el acento en la impostura como trama novelesca, un asunto que destaca en su novela Doctor Pasavento, o en Aire de Dylan, donde el concepto de fracaso va de la mano de la figura indolente de Oblomov, como una manera de apartarse del mundo.

En el meollo del libro se condensan dos de sus apartados más determinantes del volumen y del sentido literario de la escritura de Vila-Matas: Escritura bisagra y El arte de desaparecer. En el primero destaca la importancia de introducir citas en el texto. “Las citas –confiesa– de algún modo me servían para dar cuerda al reloj que estaba en el fondo de cada una de mis novelas”. En el otro, muy presente en su novela El mal de Montano, se incide en la propia cita de Blanchot con la que abre el libro que dice: “¿Cómo haremos para desaparecer?”, como le ocurre también al doctor Pasavento que aspira a desaparecer, pero vive anclado en el texto, incapaz de salir de él.

Se dice que la realidad imita a la literatura, y uno, que se deja seducir por todos esos buenos libros que están en la vida, encuentra en este formidable texto dialogado de Iglesia un canal jugoso hacia la literatura de Vila-Matas para conocer mucho del engranaje y significado de su obra. Ese famoso abismo nos muestra su abrumador universo literario, valiéndose además del resorte inapelable de lo mucho que se parece la escritura a la vida, un mestizaje de identidad e impostura, que habla mucho del secreto literario de su autor y del misterio de la imaginación que lo provoca.


jueves, 28 de junio de 2018

Sin contemplaciones


No se nace escritor así porque sí, se hace a golpe de suerte y de desgracia. Siempre se dijo que la letra con sangre entra. Y en esa metáfora cabe que el sangriento oficio de escribir no se adopta como los demás. De niño uno quiere ser bombero, policía, carpintero, médico, pero, a esa edad, ninguno quiere ser escritor. Tampoco cuando se elige carrera a nadie se le ocurre elegir la de escritor, entre otras cosas, porque es una profesión que no existe como tal. De manera que todo apunta a que uno debe llegar a escritor tan solo por impulso obsesivo y maniático, por necesidad, dicen otros, por no mencionar ese arrebato de escribir que deriva, fundamentalmente, de la lectura continuada de libros. Los libros conforman ese pasadizo secreto que convierte al lector en escritor.

La crítica literaria Teresa Walas publicó en el año 2000 en Polonia Correo literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor, un título bastante revelador en el que se recogen más de doscientas respuestas sobre mucho más de lo que hemos insinuado anteriormente acerca del arte de escribir propiciadas, en esta ocasión, por escritores incipientes, que allá por los años sesenta y siguientes, enviaban sus textos a la consideración del semanario Zycie Literackie (Vida Literaria) de Cracovia, a la espera de recibir la bendición o reparo, nada más y nada menos, que de la implacable poeta polaca Wislawa Szymborska (Prowent, actual Kórnik, 1923–Cracovia, 2012), encargada de despachar con brevedad y soltura las consultas interesadas que llegaban a la revista.

Nos llega ahora su versión española a cargo de Abel Murcia y Kataryna Moloniewicz con el título reducido de Correo literario (Nórdica, 2018) en una cuidada y hermosa edición, auspiciada por el Instituto Polaco de Cultura de Madrid. En este volumen se encuentran las ideas literarias más sutiles, irónicas y tajantes que siempre llevó bien a gala la Nobel de Literatura. Para ella, leer viene a ser el centro creativo de la vida de todo escritor, y le sugiere a uno de los que le pide consejo que no deje de hacerlo. E inmediatamente después le suelta a otro que no hay que olvidarse del talento: “El talento... Algunos lo tienen, y otros no lo tendrán nunca”, porque “el talento literario no es un fenómeno de masas”.

Szymborska, con ese desbordante sentido del humor que la caracterizaba, no elude ninguna consulta sobre la creación literaria, por muy peregrina que resulte, ni tampoco pierde el tiempo con los textos que algunos, ingenuamente, le enviaban para su dictamen. Tampoco se olvida de mencionar las Cartas a un joven poeta de Rilke, con quien se identifica en los mismos principios y postulados sobre lo que significa ser poeta, sobre lo que supone el destino al que ha de estar llamado todo el que opte a esa vocación, a ese sentimiento irrenunciable de que si no escribiera moriría. Para él, tal destino irá trazado por la soledad total que impone ser poeta, artista o escritor. No hay estancia más propia para crear que hacerlo desde las cosas cotidianas, desde el retiro más estricto, si uno aspira a trascender. Y “si su vida diaria le parece pobre –escribía– no se queje de ella; quéjese de usted mismo, dígase que aún no es lo bastante poeta como para convocar su riqueza”.

Correo literario, a su vez, es un verdadero compendio de lo que literariamente se debe entender como esencial para determinar un buen texto escrito. Y a este respecto, dice Szymborska que echarle a un principiante un buen jarro de agua fría por la cabeza debe provocar efectos terapéuticos, teniendo en cuenta, siempre, que la intención general de cada respuesta va enfocada a animarle a reflexionar sobre el texto recién escrito, con la idea de que acometa más lecturas de otros libros. Lo que le supondrá más bagaje para el futuro de escritor. Leer libros tiene que ser, según ella, una costumbre de vida para quien persiga escribir como meta.

Entrando en el terreno de la poesía, Szymborska sostiene que para los poetas de casta la poesía “no es un entretenimiento y una huida de la vida, sino la propia vida”. Y en otro pasaje le reprocha a uno en ciernes que le interpela la idea errónea que posee de los poetas: “Desde que el mundo es mundo, no ha habido ninguno que cuente las silabas con los dedos. El poeta nace con oído. Con algo tenía que nacer, digo yo”.

En todos estos veredictos subyace una sutil poética, mezclada con una buena dosis de humor, más que enseñanza didáctica propiamente dicha, que no es la intención. Pero eso no quita decir que Correo literario desgrana también las claves de lo que se espera encontrar en un texto literario que se precie, que realmente merezca ser publicado y puesto al alcance del lector con posibilidades de emocionarle.

Correo literario es una obra divertidísima, sagaz y despiadada, inmensamente inmisericorde, un ejercicio de crítica inteligente que pone en solfa aquello de que escribir es una tentación que está al alcance de quien se lo proponga. Si no se tiene en cuenta esa dosis de talento, de la que tanto se habla aquí, que no puede faltar, combinada con el trabajo, la lectura incesante, el esfuerzo, la perseverancia y la posesión de un estilo propio, mejor dedicarse a otra cosa.

Es difícil imaginar un estadio en el que el escritor no esté en un devenir hacia la condición de escritor y en el que la escritura no constituya una herramienta de exploración de esa condición. Este libro lo hace abiertamente, de una manera tan implacable, como deliciosa.


miércoles, 1 de marzo de 2017

Identidad e impostura

Hay escritores que destilan literatura a raudales, no solo por sus libros y su apariencia física, sino hasta por la manera de vivir y sentir su propia existencia, que se desdoblan en un yo físico y en un yo metafórico, formado de palabras, de frases y de citas escritas a lo largo de los tiempos por otros escritores. Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es uno de ellos, un hombre libro, literato, egregio y gran embaucador que transita liviano por el mundo de las letras con la única ambición de escribir siempre y no dejar de hacerlo, que sabe que escribir significa detenerse, demorarse, deshacer, repetir, que escribe para escribir, no para haber escrito y publicado.

De sus libros se dice que son metaliterarios, vanguardistas, conceptuales, ensayísticos, y también se destaca el sentido del humor y la ironía sutil que los atraviesa. El lector que conoce su obra comprueba que esta singularidad forma parte del juego literario a que nos ha ido acostumbrando a lo largo de la treintena de libros publicados hasta el momento en su dilatada carrera, mezcla de ficción y realidad, de ensayo y novela. La herencia surrealista también es una constante en todos sus libros. En Kassel no invita a la lógica (2014) y en Marienbad eléctrico (2016), sus libros más recientes, se aprecia que ese surrealismo empleado tiene incluso mayor visibilidad.

Ahora en Mac y su contratiempo (Seix Barral, 2017), su nuevo libro, encontramos al Vila-Matas más en estado puro, con una novela travestida de esa esencia literaria tan propia suya, basada en la poética de la creatividad, las relaciones dentro del binomio realidad-ficción y el conflicto entre identidad e impostura. Esta entrega literaria tiene mucho que ver con la creación desde la relectura y la reescritura, dos ejercicios combinatorios para rescatar y tejer la historia de su personaje, Mac, gran lector de poesía y entusiasta de los cuentos, pero que nunca simpatizó con la novela, aunque no le importaría embarcarse, a su manera, en una y desaparecer incluso antes de terminarla. Mac encuentra un atisbo para ello y se propone reescribir Walter y su contratiempo, una de las novelas olvidadas de su vecino Ánder Sánchez, un afamado escritor que goza de mucho prestigio. Curiosamente, la novela que trata de reescribir Mac se parece muchísimo a Una casa para siempre (1986), una de las primeras publicaciones del escritor barcelonés, una novela y libro de relatos a la vez, en donde Vila-Matas cuenta el drama de un ventrílocuo que tiene voz propia, ese don que es tan deseado y buscado por tantos escritores y que, por razones obvias para un ventrílocuo, se convierte en un verdadero contratiempo.

El protagonista, por tanto, después de un encuentro con Sánchez, que le anima a reescribir aquella novela fallida suya y, sobreponiéndose a su frágil situación de parado en edad tardía, se pone manos a la obra empezando a escribir un diario en el que lo primero que dice es que le entusiasma la idea de escribir un falso libro póstumo para hacerle una especie de requiebro a la muerte, como lo hizo antes Georges Perec con su obra 53 días. Conforme Mac empieza la reescritura de la novela, la literatura va invadiéndole por todos los resquicios de su vida, de manera superpuesta al hecho narrativo de lo que se lleva entre manos, de tal forma que el diario se transforma en un artefacto literario que alterna las vivencias del protagonista con el experimento literario de reescribir el relato de Walter. La reconstrucción de dicho manuscrito lo lleva por el barrio del Coyote por donde irán apareciendo personajes que se incrustan en el texto modificando el cauce de la redacción de su libro. Por ejemplo, en uno de los capítulos en marcha que lleva por título Carmen, el mismo nombre que su mujer, este personaje de ficción perteneciente al mundo de las vidas imaginarias de otros escritores, se incorpora a la trama entremezclado con la propia realidad y la inventiva del narrador. Aunque, según firma Mac: “La realidad no necesita que nadie la organice en forma de trama, es por sí misma una fascinante e incesante Central creativa. Pero hay días en que la realidad da la espalda a esa Central sin rumbo que es la vida y trata de darle un aire de novela a lo que pasa”.

Mac y su contratiempo es una auténtica mina literaria rebosante de inteligencia y humor por donde deambulan muchas citas y confluencias artísticas de la historia de la literatura universal, un libro transversal sobre la creatividad y el oficio de escribir, un ensayo novelístico en el que se afirma que el escritor a la vez modifica y repite historias infatigablemente, más allá de preferir lo contrario. Al temor a repetirse, decía Isak Dinesen, siempre puede oponerse la alegría de saber que avanzas en compañía de las historias del pasado. Esto es algo que maneja Vila-Matas como pocos, el encadenamiento con el pasado escrito por otros es consustancial a su materia narrativa.

Perder la voz propia puede significar nacer de nuevo a la literatura comenzando a hablar como un ventrílocuo, con varias voces que, a la vez, son varias identidades y que proporcionan el camuflaje de una verdad oculta o de otra invención de la realidad. De esto trata este sorprendente libro: de la creatividad como diversión, de la invención literaria y sus trasvases.


Toda historia de la literatura se ciñe a modificar algo ya escrito, viene a decirnos Vila-Matas. Mac y su contratiempo recoge ese espíritu valiéndose además del resorte inapelable de que la vida es un mestizaje de identidad e impostura y la literatura más de lo mismo.

martes, 29 de noviembre de 2016

Adicción al vértigo

En Ávidas pretensiones (2014), una divertida novela de Fernando Aramburu, hay un episodio en el que uno de los personajes, poeta atrabiliario, para más señas, trata de poner la verdadera distancia entre la poesía y la novela con la siguiente argumentación: “Para que el poema obre un efecto poético es indispensable que el lector lo asuma como propio. Si no, no funciona. Ocurre al revés que con las novelas. En ellas el lector puede a lo sumo identificarse con las figuras de ficción, en modo alguno asumir directamente la experiencia de estas. Te puedes reír de don Quijote, pero nunca serás el manchego que sale al campo de aquella época lejana vestido con unas latas de caballero andante. O puedes apenarte de Anna Karenina cuando se tira al tren, pero en todos los casos eres el espectador de una historia, conmovido o no, ese es otro asunto”.

Pero, ¿qué ocurre cuando el lector tiene entre sus manos una historia introspectiva, una narración poética de alguien que expone su propia biografía para sacudirse de aquello que lo abrasa y ahoga? Quizá ya no baste apenarte, como lo hiciste con la heroína rusa, ni tampoco compadecerte, como sobrellevaste las desventuras del caballero andante. Los artistas (Ediciones Baile del Sol, 2011) del poeta Javier Cánaves (Palma de Mallorca, 1973) es una novela sentimental y existencialista, con mucha carga lírica, que rompe en buena medida esa línea determinante que postula el personaje de la novela citada del escritor donostiarra.

En esa intersección, Julio Cantallops, el protagonista de la historia de Cánaves, explora la trastienda de sus vicisitudes: necesidad de huida, apagones creativos, malestar o fracasos amorosos... La voz del narrador en segunda persona, opresiva y propensa al recuerdo le interpela incesantemente sobre su inconsistencia artística, a pesar de haber conseguido algunos premios en varios certámenes literarios, pero también se invoca permanentemente al lector, no solo como confidente, sino como si fuera miembro de un jurado popular que examinara un caso.

A veces ocurre que llegar tarde a la lectura de un libro publicado hace tiempo y enlazar la reseña de dicho libro con una cita, escrita con posterioridad, para engarzarla en la misma, pudiera parecer un contratiempo, pero el azar propicia caprichosamente estos hallazgos que favorecen inopinadamente la perspectiva de lo que uno desea expresar sobre lo último que acaba de leer, especialmente, cuando obtiene suficientes réditos del mismo. El resultado para el lector no es otro que verse involucrado activamente en la encrucijada vital que propone el artista. En esta ocasión, Cánaves lo logra gracias a su prosa poética y al despliegue que hace de voces narrativas que vivifican la historia de su personaje, un ser apesadumbrado que no cesa de cuestionar el sentido de su existencia y la valía de su obra.

Hay capítulos, los más breves, narrados en primera persona por boca de Samantha Roten, una de las mujeres que Cantallops conoce en uno de los bares de copas que frecuenta. Los otros capítulos, trazados en forma de diario, sostienen al personaje en un estado de vigilia sobre la situación crítica que atraviesa su autoestima creativa. Aparecen también varios artículos que el personaje ha publicado en el periódico local, así como algún poema. Toda esta cadena de recursos literarios parecen anunciarnos un desenlace que invita a pensar hasta dónde será capaz el protagonista de aguantar y si resarcirá su incompleta trayectoria o asumirá directamente su propio descrédito.

Javier Cánaves ha escrito una historia que no se asienta en la impostura del mundo artístico, y eso no quita para que aparezca alguna mácula de artificiosidad en algunas opiniones de sus protagonistas. Pero debemos disculparla, habida cuenta de que son expresadas cuando el alcohol se hace dueño del desencanto que ellos mismos se brindan, y el autor no repara en evitarlo, dejando actuar como cree que debería hacerlo cada personaje cuando interviene.


Los artistas es un libro breve, lírico e intenso, una estupenda novela que tiene puestas las bisagras narrativas en la autoficción y sus goznes literarios en la difícil tarea de la creación artística y su reconocimiento. La adicción a ese vértigo conlleva incluso quemarse gozosamente.

lunes, 2 de febrero de 2015

Somos ficciones


Cada noche, cuando nos dormimos, dejamos que se apague, sin titubear, nuestra conciencia y permitimos que vuelva cada mañana cuando suena el despertador. En cuestión de unos segundos recuperamos nuestros dominios mentales y volvemos a dar sentido a nuestra existencia. Con frecuencia, nos recuerda el profesor Antonio Damasio en su libro Y el cerebro creó al hombre (2010), olvidamos que sabemos que existimos y que pensamos, y es la conciencia la que nos permite sentir la experiencia conectada a nuestra subjetividad. A Jorge Volpi (México, 1968) las ideas del neurocientífico portugués y la de otros muchos, como Freud, Nietzsche, Oliver Sacks y Douglas Hosfstadter le animaron a escribir Leer la mente (Alfaguara, 2011), un libro curioso e interesante que lleva implícito, además, un sugerente subtítulo: El cerebro y el arte de la ficción.

Volpi, consumado escritor de relatos y novelas, viene a desarrollar en este ensayo la importancia de la ficción, de la literatura, en la aventura de vivir, hasta el punto de ver esta tarea indispensable para la supervivencia. Para el escritor mexicano, el contador de historias tiene en sus manos los argumentos para que el lector acepte sus inventos, sus imposturas, siempre que lo mantenga en vilo y le ofrezca vivir experiencias emocionantes. Caso contrario, el pacto salta por los aires y concluye con el mismo desaliento que nos embarga al despertar fortuitamente de un sueño. Leer la mente es un libro que se forja en planteamientos científicos para despertar la conciencia del lector y encauzarlo a un terreno más prosaico. El autor de En busca de Klingsor examina las teorías y análisis científicos para establecer su argumentación y aterrizar en la literatura, una fuente histórica indiscutible para analizar la evolución del hombre gracias a los mecanismos existentes de la creación artística con el cerebro, el órgano de ficción por excelencia.

Volpi considera que la historia del hombre pone en evidencia que una de las funciones del arte, y especialmente el arte de la ficción, es la interpretación de ese alma creadora en el mundo. La naturaleza inventiva del ser humano y su condición social determina que su comportamiento, a veces asuma el papel de espectador y, en otras ocasiones, de actor. Me gusta cuando el mexicano subraya en una de sus frases más felices que los humanos somos rehenes de la ficción. Y es que vivir otras vidas contadas no es solo un juego, sino una posibilidad de ensanchar la idea que tenemos de nosotros mismos. Por eso, Volpi insiste en que la novela y el cuento son géneros que nos conducen poderosamente a indagar y a penetrar en las conciencias ajenas, de manera directa y espontánea. Igualmente, abunda y sostiene que quien lee relatos y novelas tiene más posibilidades de comprender mejor el mundo, de entenderse con los demás y de comprenderse a sí mismo, que quien no lee. La lectura se convierte en una de las herramientas más poderosas de aprender acerca de la condición humana. La ficciones serán simulacros de la realidad, como refleja el libro, pero son las que nos permiten sostener y concebir las ideas generadoras sobre nosotros y el mundo que nos rodea.

Leer la mente es todo un ejercicio bien labrado que conexiona ciencia y literatura para tratar de acercar al lector a uno de los avances más recientes e importantes en el estudio del cerebro, cómo se relaciona con la ficción en general y con la literatura en particular.

Decía Einstein que la imaginación es más importante que el conocimiento, porque el conocimiento es limitado, en cambio la imaginación abarca el mundo. Jorge Volpi explota, a mi juicio, esta idea del físico alemán en el libro que ha escrito, un texto jugoso y apasionante que concita tener más en cuenta ese entramado complejo que encierra la mente y su relación con la ficción. Al fin y al cabo somos ficciones y cada uno lleva consigo su propia novela en marcha.


lunes, 17 de noviembre de 2014

La palabra como soplo


Ante El idioma materno (2014) de Fabio Morábito (Alejandría, 1955), un hermoso libro que reúne ochenta y cuatro piezas breves sobre la vocación literaria, hay que empezar haciéndose una pregunta: ¿Qué relación existe entre los cuentos y la poesía de un autor y su pensamiento, entre el relato y el poema que nos da y lo que él discurre sobre el aprendizaje de la escritura y su devenir? Para Morábito, un mexicano de adopción, pero de familia italiana, el escritor se mueve entre la ficción y el pensamiento personal. Para él no hay más solución que la sencillísima y tan difícil de ser un escritor de veras, que trabaja para la ficción significativa. Sobre ésto y otros asuntos literarios viene a hablarnos el escritor nacido en Egipto, facilitándonos un índice temático al inicio del libro para vislumbrar todo su pensamiento sobre el oficio de escribir, una buena pista para advertir que el concepto más tratado es: escribir; y si le añadimos media docena de palabras afines que lo completan (escritor, relato, estilo, lectura, palabras, libros, etcétera), para no hablar de un sinfín de citas y referencias literarias esparcidas por todo el libro, concluiremos que Fabio Morábito centra El idioma materno en el quehacer del escritor.

Morábito aborda con rotundidad, desde distintos ángulos, los cómos y porqués de la vocación literaria a través de un delicioso texto que atesora mucha reflexión y humor tierno. El idioma materno es un libro lleno de lucidez e inteligencia que sorprende por su profundidad y sencillez, un cóctel de microensayos, autoficción y confesión en el que resalta la concisión y el estilo esmerado de sus páginas que van desde la invención al universo literario del autor.

Fabio Morábito logra aglutinar una singular biográfia en este libro que rebosa pasión e induce, tanto a la sonrisa, como a la meditación gracias a los lazos metafóricos que abundan por todo el texto, como éste donde el autor se afana en desmentir que hablar no consiste en encadenar palabras: ...hablar es algo parecido a saltar sobre las piedras de un torrente, donde pisamos sólo algunas piedras, aquellas que nos permiten saltar hacia las otras. Sólo gracias a esta relativa refutación de cada piedra podemos cruzar hasta la otra orilla (pág.54); en Doble vidrio, rebate con un símil marino la incompatibilidad de la escritura con el ruido: Los escritores somos submarinistas. La escritura, que es ficción aun cuando no lo parezca, ha inventado el silencio y la inmersión en profundidad (pág.140); y más adelante, en Carril de acotamiento, dice Morábito que si quieres escribir no puedes invadir el centro de la calzada, tienes que deslizarte al borde, o lo que es lo mismo, el escribidor que busca expresarse genuinamente se equivoca: al tomar la pluma uno se pone una máscara y asume que los textos no lo reflejen, ha de aceptar ese personaje creado. El escritor, subraya, es el ser que menos se conoce, con tantas palabra es imposible encontrar el alma.

El idioma materno posee resonancias de bitacora de viajes o diario de escritura por todas las cosas que encierra relacionadas con la vocación apasionada de la creación literaria, por la memoria y vestigios que los libros dejaron en el alma del escritor, una obra intencionadamente calibrada cuyos textos parecen demandar que se lean en voz alta y en compañía, su brevedad y musicalidad invitan a ello. Yo lo he probado y funciona.

La editorial Sexto Piso se anota un puntazo con la publicación de este libro híbrido y arrollador que entreteje cómo y por qué se hace uno escritor, un texto exquisito, destinado a lectores fisgones, escrito por un autor que vale la pena descubrir.

El idioma materno nos brinda la oportunidad de acercarnos al mundo literario de Fabio Morábito, un escritor que manifiesta que escribe para seguir leyendo y que postula que todos somos escritores cuando leemos, gracias al soplo mágico de la palabra.


domingo, 6 de octubre de 2013

El deseo de escribir


Dice José Antonio Marina (Toledo, 1939) que “crear es inventar posibilidades”, y lo afirma convencido, porque en el tema de la creatividad, este catedrático de filosofía lleva años obsesionado. Marina nos sorprendió en 1992 con la publicación de Elogio y refutación del ingenio, obra ganadora del Premio Anagrama de Ensayo, en la que el profesor manchego experimenta de manera amena y divertida sobre el juego de la inteligencia, una inteligencia –afirma– que desborda porque el mayor atributo que convierte a la humanidad en el rango superior de la Naturaleza es que el hombre posee una inteligencia creadora, es más, la creación de novedades es una exclusividad humana. En este libro, Marina nos viene a decir que la creatividad es una manera de resolver problemas, de aplicar recetas a cuestiones cuya solución no sabemos bien, porque surgen nuevas dificultades o porque las fórmulas viejas ya no dan resultados.

José Antonio Marina
Recientemente, en junio de este año, Marina sacó a la luz, en la misma vertiente de generación creativa, un nuevo libro, titulado La creatividad literaria (editorial Ariel), en colaboración con Álvaro Pombo (Santander, 1939), para abordar que en el arte de la escritura también se encuentra inmerso ese “inventar posibilidades”, y como tal, precisa de hábitos y herramientas, no solo de inspiración y genialidad. Y estos hábitos, vienen a decirnos, se pueden aprender igualmente en el terreno literario. Este libro, escrito a dos manos por José Antonio Marina y Álvaro Pombo, nada tiene que ver con un manual de procedimientos, ni mucho menos con un texto de autoayuda. La creatividad literaria se aproxima más a un ensayo filosófico que a un tratado sobre el oficio de escribir. No parece que las pretensiones de Marina y Pombo sean desembocar en un taller de escritura propiamente dicho, sino en mostrar al lector el convencimiento de ambos sobre la magia y fascinación que genera la creación literaria. Y así, cogidos de la mano, el novelista y el pedagogo proponen una lectura del libro diferente, según quien hable: Pombo, más concentrado en descubrir el misterio de la creación y Marina, en aflorar los mecanismos de ese misterio.

Álvaro Pombo
A Marina y a Pombo les separan tantas cosas como las que les unen: nacidos el mismo año, compañeros de colegio, ambos interesados en la filosofía, tertulianos en distintos medios, uno militante político, otro crítico activo de la política, pero igualmente exitosos en sus diferentes carreras literarias: Pombo en la novela, Marina en el ensayo. Estas coincidencias y diferencias son todo un acicate que se traslucen en los diálogos tan enriquecedores y amenos surgidos entre ellos en las páginas de este ensayo. El texto de La creatividad literaria está escrito con una voluntad creativa intencionada, utilizando una tercera voz narrativa como hilo conductor de estas conversaciones vivas e intensas entre el elogio del talento y la apuesta del entrenamiento de la escritura. El hábito creativo sería el fiel de la balanza para aceptar que se puede aprender a escribir con un nivel de corrección aceptable, aunque, ciertamente, el libro no indaga en el aprendizaje de la excelencia literaria, un vericueto complicadísimo, pero sí revela indicios y sugerencias sobre la estética de la creación literaria y la ética de la inventiva por medio de alusiones y referencias de grandes de las Letras como: Rilke, Rimbaud, Kafka, Dostoievski, Thomas Mann, Vargas Llosa...

La creatividad literaria es un texto con unos diálogos vivísimos y muy interesantes, dirigido a todo el que tenga fascinación por la literatura en general y, especialmente, para aquellos letraheridos con cierta propensión a la escritura como experiencia literaria. Un libro que apunta sobre las posibilidades que otorgan al ser humano el irresistible deseo de escribir.