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viernes, 14 de junio de 2024

Desiderátum


Uno encuentra sintonía y entendimiento con algunas voces que interpelan y ponen de manifiesto esa carga sentimental y ética que da sentido a las palabras, sin pretensiones académicas, que vivifican la literatura desde la propia soledad, con algo de conjuro sobre el paso del tiempo, desde su universo próximo y cotidiano para darse a entender. En una de las entradas de Diario de K., dice lo siguiente Karmelo C. Iribarren, que viene a subrayar esta consonancia con la que algunos nos vemos identificados: «La literatura, mi afición a leer, me ha salvado de necesitar esos amigos que no lo son, de tener que llevar una vida social de ciudad pequeña que para mí hubiese sido un castigo insufrible. A cambio, la soledad. Una soledad, eso sí, poblada a mi gusto».

En la literatura suelen abundar las referencias, las alusiones, las intenciones más cultas o más populares y, quizá por eso mismo, las más ocultas, misteriosas y personales de las que el escritor dispone a la hora de contarnos lo que en verdad bulle por su cabeza, lo que siente y palpa, lo que le gusta y decepciona. Ocurre a veces que el oficio o el arte de escribir se escurre en su intento de encontrar símbolos para lo inefable. Y por eso mismo, el escritor tiene la obligación de elevarnos, de ampliar nuestros horizontes, de alentarnos, de rastrear en los pormenores de las cosas. El poeta y ensayista Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) es un escritor beligerante y crítico en ese sentido, al que no le importa arriesgarse y bajar a la arena de la realidad, desde la subjetividad de una mirada profundamente comprometida con la verdad y con la literatura.

Todas estas intenciones son motivos suficientes para seguir escribiendo y pulsando la realidad, algo que en Sánchez Menéndez es primordial para seguir confiando en ella como fuente de inspiración de su pensamiento y del imaginario de su literatura, de hacernos pensar que la realidad se compone de cosas y personas concretas, más que de ideas e intereses generales. Las guardas (Siltolá, 2024) contiene un buen repertorio de señales y razones de escritos sobre libros, poesía, autores, actualidad y cultura, dispuestos sin cortapisas, con aire de libertad, apuntando la mirilla sobre la realidad de lo que verdaderamente importa. El libro reúne una selección de artículos suyos publicados en el Diario de Córdoba, entre el 2013 y 2024, que ponen su foco e ideas, más que para sacarnos de dudas, para entrar con más tino en ellas: “La realidad es indivisible -dice, pero algunos se empeñan en partirla a trozos. La apariencia es conveniencia, y se funciona con apariencia por mera conveniencia”.

Encontramos elogio de la lectura, de los buenos libros, al igual que lamentos de una cultura menguante, tan necesitada de estímulos: “La ausencia de cultura nos dejará un hueco insalvable en nuestras vidas”, advierte. Pero también, por otro lado, festeja su confianza en los clásicos, en sus poetas celebrados y queridos con semblanzas y reseñas entusiastas, como las que firma sobre Ángel González, María Zambrano o Nicanor Parra, al igual que sobre otros poetas vivos por los que siente admiración, como Karmelo C. Iribarren, Juan Cobos Wilkins o Antonio Carvajal. En otra de sus piezas, que lleva por título Naturaleza, se para en resaltar su fervor por la lectura como alimento y consciencia, y matiza: “Pero no solo la lectura es alimento, la mera contemplación de la naturaleza puede enseñarnos infinitos matices... Que el ser humano madure en armonía es fruto de la naturaleza y del cuerpo de lecturas. Pero los libros hay que elegirlos con inteligencia, con la sabiduría de la propia elección”.

Las guardas despliega 82 textos, cada una de ellos nominado con el mismo título con el que apareció en la columna del diario, por donde transitan reflexiones, sentencias y reflejos de la realidad del momento vinculados al discurrir de la cultura, la edición de libros, los premios literarios, las librerías... No pretenden menoscabar lo que hay de verdad en todo ello, sino apuntar y apuntalar sus lances. Lo que le importa a Sánchez Menéndez es sacudir al lector y animarle en busca de la literatura de verdad, aquella “que está por encima de los criterios, y de los registros, y de los tonos, y de las entrevistas”. Y desde luego, insistiendo en que leamos a Cervantes, “que un buen libro es un compendio infinito de magia enriquecedora”.


Es lo bueno que tiene la literatura, en cualquiera de sus géneros y formatos, dar motivos al lector para probar nuevos incentivos. Y, desde luego, un buen libro de artículos, como este, se presta a ello, a desentrañar como piedra de toque lo que está pasando, a tamizar lo que importa, para seguir atento, para seguir siendo un poco más desconfiado. Las guardas es un libro afilado, lúcido y nada complaciente, que invita a una lectura participativa, a través del valor que suscitan sus páginas, desde el propio pensamiento y aceptación de que, aunque la literatura y los libros no nos salvan de nada, ni resuelven los verdaderos enigmas de la existencia, sin embargo, nos dan placer, nos abren cauce, aspiración y deseo de lo que aún no se ha cumplido.


viernes, 31 de mayo de 2024

Armadura literaria


No voy a opinar acerca de la frenética trayectoria literaria tan prolífica como la de Amélie Nothomb (Kobe, Japón, 1967), convertida en una de las escritoras más populares en lengua francesa de la actualidad. No lo hago porque, del conjunto de su obra, treinta novelas publicadas, tan solo he leído, hasta el momento, Primera sangre (2023), un libro vivaz, sumergido en el núcleo familiar con el que rinde tributo a la figura de su padre, reconstruyendo la génesis de su familia antes de que ella naciera, contada en primera persona por el propio Patrick Nothomb, que allá por 1964 se encontraba, junto a un buen número de compatriotas suyos, secuestrado en el Congo por unos rebeldes cuando representaba a su país como cónsul belga. Quedé, tras su lectura, con muy buenas sensaciones. Me gustó su estilo narrativo, sobrio y persuasivo, y me dije a mí mismo que no desaprovecharía la oportunidad de volver a leer algo nuevo suyo.

Y aquí me hallo con ganas de hablar de Los aerostatos (Anagrama, 2024), su más reciente novela que nos llega bajo la estupenda traducción de Sergi Pàmies, colocándome como espectador ante el escenario de una obra singular y concisa, tan propia de su estilo, en la que Amélie Nothomb desarrolla una historia para engatusarnos, para avivar nuestra perspectiva, acompañando a sus personajes en una odisea literaria y vital, casi como si se tratara de una obra teatral. Sorprende ese tono personal y escénico de la novela que añade, al menos a mí me lo parece, un aire nietzscheano de aceptación del destino y de la teoría del eterno retorno. Hay, además, en la novela un duelo dialéctico entre Ange, una joven de diecinueve años y estudiante aventajada de filología y Pie, conflictivo adolescente, disléxico y ensimismado, al que solo le interesan las matemáticas y los zepelines, y que, según su padre, sufre enormes problemas de comprensión lectora.

Ange, la voz narrativa en primera persona de esta historia, acepta convertirse en profesora particular de un peculiar alumno que la conducirá a establecer un duelo dialéctico creciente y arrebatador entre ambos, propiciado por la literatura o, mejor dicho, por la lectura de algunos libros como revulsivo y prodigioso cauce de entender su vida propia y la ajena. La literatura aquí representa, por tanto, un papel liminar, sin pretender ninguna redención, tan solo como hechizo y posibilidad de situarse en un contexto concreto que explora universos estéticos y morales, “con el placer que se experimenta leyéndolo”. Comentan a Stendhal, a Homero, a Kafka, a Dostoievski, a Flaubert, sonsacando lo que hay de revelador en las palabras más fascinantes de sus textos, como si el lenguaje se convirtiera en matemáticas, en una operación mental de infinita combinación, con la posibilidad de mudar lo leído en un resultado perdurable y de interés.

Mientras tanto, el padre, abominable y controlador, espía las clases impartidas por Ange a su hijo en una habitación contigua a través de un espejo sin azogue poniendo el contrapunto a una creciente empatía que se va avivando conforme alumno y profesora van comentando las obras de estos grandes autores de la literatura universal que devienen en cada clase con una originalidad pasmosa, como súbitas intuiciones de lo que representan determinados libros para cada uno de ellos, de compromiso con la vida, de errancia. En contraste con todas estas referencias literarias de Rojo y Negro, de La Ilíada y La Odisea o La metamorfosis, la vida cotidiana y los problemas mundanos de unos y otros actúan como ritual que no hace más que repetirse, de mantenerse con los pies en la tierra y las manos en el libro, dispuestos a seguir leyendo hasta convertirse en reincidentes.

Los aerostatos es una novela ágil y seductora, de diálogos vivos y jugosos en los que la literatura y la vida interactúan buscando convergencia. Nothomb concibe la literatura como semilla y fruto de recolección, de conocimiento y maneras de tomar en cuenta el poder vindicativo de los libros, de abrir los ojos y pestañear para ver lo que estos reflejan de lo que nos importa. Estamos ante un libro cuyo título es una metáfora. Un aerostato es una aeronave provista de uno o más recipientes llenos de un gas más ligero, es decir, de menor densidad que el aire, y que, gracias a ello, puede elevarse o permanecer inmóvil en el mismo. Los aerostatos de este libro incluyen globos y dirigibles de la vida que reflejan ese aire caliente y frío que suministra la armadura literaria, y llega a ser un libro en el que se subraya que “la literatura no es un arte para poner de acuerdo a la gente”.


Pero tal vez, en todo este paralelismo de vida y lectura que dilucida esta novela de iniciación, lo más verdadero y terrible de ella, como así refleja su desenlace, sea el poder perverso que tiene la literatura de agitar y examinar nuestros deseos, de ser bisagra que abre la puerta a lo inefable para vislumbrar la realidad y sus fantasmas. Los aerostatos es un libro muy entretenido que pone su reclamo en lo que la literatura y la vida tienen en común y es que ambas no se conciben sin conflictos.


miércoles, 29 de noviembre de 2023

Curada de espantos


Nadie duda ya de que la lectura silenciosa ha sido una conquista. Quienes leemos en silencio y en soledad reconquistamos una soledad reparadora, vaciada de la angustia ruidosa del exterior. Con un libro en las manos nos sentimos acompañados. Es una manera de tomar distancia del eco del día y romper con su inercia. Leer nos reconforta, es como detener el tiempo que nos asigna este mundo. Leer es apoyar el cuerpo en otra postura al tiempo que vivimos. Leer es percatarse de que la vida es también un relato de todo lo que nos conforma y de lo que somos, entre lo muy visible y lo demasiado secreto. A los libros se llega como a las islas mágicas de los cuentos, nos dice Martín Garzo, no porque alguien nos lleve de la mano, sino simplemente porque nos salen al paso. Eso es leer, llegar a un lugar nuevo, sin hacer ruido.

La escritora Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) en su nuevo libro El ruido de una época (Gatopardo, 2023) nos invita a reflexionar sobre todo lo que concierne a ese entramado establecido por la escritura y la lectura con la vida y sus secretos, con las emociones y sensaciones de lo que las palabras nos dan cuenta por ese hilo continuado que supone vivir y hablar, escribir y leer, recogerse y estar más en silencio. A lo largo de los textos de este volumen, la autora abre cauces para desplegar asuntos esenciales por los que transita la creación literaria, destacando lo que supone la escritura para quien se afana en su desempeño: “Escribir es sustraerse a la vida. Pero para escribir hay que vivir..., lanzarse a la vida, olvidando la escritura, para después lanzarse a escribir, olvidando la vida”. Mientras ese devenir se fragua en el texto, primeramente, hay un compás de espera en busca de alguna resonancia: “Para encontrar la escritura, a veces hace falta no escribir..., sino buscar el deseo de la escritura, la búsqueda de ese deseo ya es un procedimiento literario”.

En El ruido de una época convergen textos que rumian ese ámbito privilegiado de libertad por donde la verdadera literatura se da a valer: “La única condición de un escritor, de la generación, cultura y época que sea, es la de ser único e irreductible”. Sostiene además Harwicz que, aunque la literatura sea una forma privilegiada de memoria, no hay que olvidar que “solo al escribir se puede dejar de ser lo que se es. O desconocer lo que se es”. Comparte igualmente que como ser humano no solo se actúa, habla, piensa y sueña, sino que también se calla. Sin embargo, deja ver que el ser sobre quien callamos representa la verdad: ese ser somos nosotros mismos, y callamos sobre nosotros mismos. Deja ver que con esto la predisposición que todo escritor que se precie establece consigo mismo: “Escribir es poder captar eso que mientras es, ya no es. Cuando estoy lista para volver a escribir, soy como un soldado en posición de tiro, el dedo índice en el gatillo”. Qué cierto es que un escritor, cuando escribe, delata su alma. En este libro se cita a Virginia Woolf para acreditar lo dicho bajo el mismo propósito y conjuro: “Escribir es atravesar las apariencias”.

Por todo ello, podemos decir que la escritora argentina se postula en este libro, concebido como un texto fragmentario, entre el ensayo, la crónica y la literatura epistolar que la autora mantiene con el escritor y traductor chileno Adan Kovacsics, como una firme defensora del desacato artístico, reflexionando acerca del discurso político y creativo establecido por el propio mercado cultural, revelándose contra su entramado concebido como mecanismo de control: “Me han llamado al orden por no adecuar mi habla al uso actual. Me han dicho que lo que digo es violento, ofensivo, por el modo en que lo digo, es decir, que la lengua que hablo es la culpable de la ofensa”. Pero también hay que decir que El ruido de una época es un libro variado que abarca otros ámbitos, además de disparar contra una época.


Aquí encontraremos un despliegue misceláneo en el que irrumpen aforismos, citas y fragmentos sobre muchos asuntos como, entre otros, la ética del novelista, la música de la escritura o la interconexión y correspondencia de las artes. Es un libro que parte del siglo XXI hacia atrás, preguntándose qué estrépitos y runrunes habrán tenido nuestros antepasados. Qué ruido habrán soportado muchos escritores como Melville, Sandor Márai, Clarice Lispector y tantos otros, cuando escribían, músicos como Mahler o Chopin, cuando componían, o pintores de entonces como Degas o Van Gogh, cuando pintaban. Lo que hace Harwicz en sus páginas es enfatizar lo que ya apuntaba Adorno: que el arte no debe tener una función determinada, al igual que esto otro que decía Rimbaud: “El arte es la pérdida de la moralidad, la literatura no tiene que tener la finalidad de hacernos mejores personas”.

En estos ensayos se condensan aprendizaje, reflexión y experiencia, bajo el sentir de una escritora de verdad, a la que solo le interesa la revelación que aflora de la propia realidad del acto de escribir, consciente de que escribir es disponerse a hacerlo, incluso con la vida en contra. Este es un libro intenso, ameno y radical que ahonda en esa verdad literaria de “contar lo que se esconde detrás de todo”, como anotó Sándor Márai en su último diario. Así lo hace Ariana Harwicz, con inteligencia y garra, comprometida y curada de espantos.


miércoles, 20 de septiembre de 2023

La poesía está en la vida


No nos equivocamos al afirmar que no hay poesía sin poema y que no hay poema sin poeta. La poesía no puede dejar de definir y redefinir sus fronteras. Decía Paul Celan que todo el que ha participado en conversaciones sobre la poesía, lo poético, ha tenido la sensación de que tales conversaciones normalmente no tienen fin. Tal vez esa pretensión de infinitud, abriga siempre una revelación de lo que ya sabemos y olvidamos, como advertencia del lenguaje para rescatar el tiempo y sentirnos comunicativos de lo que se vive en el mundo, un empeño que nace de la vida y la rebasa.

Para Raúl Zurita (Santiago de Chile, 1950), la poesía nace con la naturaleza y la conciencia de lo humano, asomada a la realidad del discurrir del tiempo, en la sensación de estar inevitablemente interconectada con la muerte: “Somos hijos de la muerte y del poema... Es el instante en que nace la muerte y la primera respuesta frente a ese hecho absolutamente inconmensurable, incomprensible, aterrorizante, es el poema. En ese momento comienza lo humano. El lenguaje es antes que nada el conjuro que levantan los hombres frente a la muerte”. Pero también para él, la poesía es una trinchera en todas las dimensiones. En la poesía está todo, apunta: “Todo lo que sucede, todo lo que va a venir”.

Todo este veredicto, significado y pensamiento en torno a la poesía viene desarrollado con sumo intercambio de vestigios e infinitas miradas en este volumen de Ensayos reunidos (Random House, 2023) recientemente publicado. Cada ensayo articulado refleja una tentativa en vislumbrar que la poesía no es un mundo aparte, sino una parte del mundo. Todos ellos, como bien apunta Carlos Peña en el estupendo prólogo del libro, examinan la relación que media entre la poesía y el mundo, entre el poema y la vida: “la sospecha de que la poesía muestra la condición humana, la promesa que la ilumina y el momento que la defrauda”. En esa idea que compagina la experiencia humana y el propio lenguaje, Zurita vuelve una y otra vez a exaltar la disposición de la poesía: tomar la voz y ocupar un cuerpo, un tono y unas palabras.

En estas páginas reunidas hay todo un semillero de voces, de autores y libros que transitan desde Homero, Sófocles, el Evangelio, Dante, el Inca Garcilaso, Vallejo, Huidobro o Neruda, entre otros muchos, para hacer valer que en todos ellos hay un origen de hacer literatura para conjurar el desencanto de la existencia, un asidero que constata darse cuenta de que en el fondo somos una multitud de ausentes que nos antecedieron y tomaron la voz, y de que “todo lo que leemos es una dimensión de nuestro porvenir” puesto en sus palabras. Leer viene a ser para él hacer presente el futuro, igual que para la poesía el futuro puede tener relación con el curso de la historia, con lo sucedido antaño.

Aquí dentro se encuentra el alma de Zurita, nos percatamos de sus obsesiones y, también, de la relación entre su obra y su vida, lo mismo que sus lazos con otros autores y con la pintura. Sostiene que todo arte se funde con las demás artes, lo mismo que considera que toda obra de arte sobrepasa sus fronteras. Por eso le interesa tanto al poeta aquella obra que sea el correlato de una vida. El arte, viene a decirnos, te da esa posibilidad. Deja ver que le obsesiona la imposibilidad de tener una voz propia. Considera que en la escritura hay montones de personas que toman la voz, y que ninguna, en su caso, es Zurita. Por eso cree que la voz propia no es más que la ocasión para reunir todas esas voces sin saber cómo.


No cabe duda de que estos Ensayos reunidos, escritos entre 1996 y 2023, dejan ver la esencia poética y literaria de Raúl Zurita, y forman un libro de lectura gozosa, que revela la mirada de un poeta curtido frente al mundo, examinando cómo vivir necesita su liturgia y alimento, algo que la poesía dispensa para entender el mundo y, de paso, para desmadejar en palabras lo indecible de la vida y de la muerte, e intuir, al mismo tiempo, la posibilidad de entretejerlo y conformarlo en un poema.

martes, 14 de febrero de 2023

La vida tiene bemoles


Vivimos en la mente, y desde ella nos expandimos. Vivir tiene mucho que ver con negociar con nuestras rarezas y la normalidad de los días. Al final, ¿qué importa más: vivir o saber que se está viviendo?, se preguntaba Clarice Lispector. A los escritores les basta con observar su propia vida y vecindad para encontrar múltiples referencias y fragmentos de lo que su propia existencia representa para sí mismo, como quien desvela un secreto, una perplejidad o alguna sinrazón que acrecienta su desconcierto y le impele a contarlo. A los lectores también nos pasa. Hablamos con nosotros mismos, conscientes de que en el fondo de nuestros corazones guardamos alguna divergencia o rareza con la que tenemos que apañarnos.

Termino de leer El peligro de estar cuerda (Seix Barral, 2022), de Rosa Montero, un libro entre el ensayo y la ficción en el que se destaca precisamente la idea de que “ser raro no es nada raro”, y en el que se viene a decir que la vida tiene bemoles, esto es, genialidad y locura: “De hecho, lo verdaderamente raro es ser normal [...] Todos somos raritos, aunque, eso sí, algunos más que otros [...] Las rarezas abundan [...] Quienes nos dedicamos a juntar palabras tendemos más al descalabro mental [...] Estar loco es, sobre todo, estar solo [...] Hay una frase de Henri Michaux que me encanta: «El yo es un movimiento en el gentío». Muy cierto; en el gentío que nos habita, el yo es un garabato fugaz, una estela de humo que va mudando de forma constantemente”.

El libro de Montero es, sobre todo, una autoexhortación de citas y reflexiones, una especie de manifiesto y elogio de los raros, en el que se incluyen también remembranzas y anécdotas emocionantes sobre cómo actúa la mente en la invención del proceso creativo: “De eso precisamente va este libro –nos dice. De la relación entre la creatividad y cierta extravagancia. De si la creación tiene algo que ver con la alucinación. O de si ser artista te hace más proclive al desequilibrio mental, como se ha sospechado desde el principio de los tiempos”. Hay, además, una vertiente autobiográfica muy clara contra la resignación de dejar de escribir, de no perder la escritura, de no perder el nexo con la vida, de trasladar al papel lo que sucede en el imaginario: “Cuanto más te gusta la idea de lo que vas a escribir, más miedo te da no estar a la altura de tu musa. Merodea siempre la obra, como también merodea la locura. La cuestión es saber quién termina ganado”.

El peligro de estar cuerda parte de la experiencia personal de su autora y, especialmente, de numerosas lecturas y memorias de grandes luminarias de las letras, como Pessoa, Virginia Woolf, Stefan Zweig o Silvia Plath, entre otras muchas, con la intención de ofrecernos en su despliegue ensayístico un apasionante texto sobre los vínculos entre la creación literaria y el desarreglo mental. Comparte con el lector muchos asombros y curiosidades sobre cómo nuestro cerebro se las compone para crear, desmenuzando muchos de los factores extraliterarios que interfieren en el proceso. El libro habla de la prodigiosa herramienta que es la escritura, un don que tiene sus repercusiones, como señala esta cita de Bukowski resaltada por la autora: “Escribir es un don y una enfermedad. Me alegro de haberme contagiado”.

Rosa Montero vuelve a cautivarnos, como hizo anteriormente con La ridícula idea de no volver a verte (2013), con entretenidísimas páginas cargadas de buenas resonancias literarias. En esta ocasión, se identifica con las experiencias vividas por otros muchos autores y autoras como Proust, Onetti, Dickinson, Emmanuel Carrère, Úrsula K. Le Guin o Doris Lessing. De sus vidas y libros extrae vivencias y significados que enriquecen la lectura no solo del libro, sino también de la vida, la soledad y la intemperie a las que cada uno se enfrenta a la hora de arriesgar con la escritura, de creer en el poder de las palabras. Soledad e intemperie que comparten, en muchos aspectos, los raros, los locos y los artistas, sobre todo los escritores, obsesionados buscadores de historias que fijan su conjuro en las palabras como resquicio irrefutable para dar forma al mundo, a su mundo: “encerrada a solas, en una esquina de tu casa, inventando mentiras”.

Viene también a sostener que la consonancia de ser diferente, de sentirse raro, inadaptado o extraño con el resto, pende de un hilo suelto que conecta con los sentidos y las emociones, que responde y hace frente a la inconformidad de la vida de un yo agitado por las acometidas del destino. La escritura se confabula aquí para alumbrar, inquirir y darle cuerda al reloj de nuestra cabeza: “Escribir es un milagro poderoso que, paradójicamente, nace de la impotencia, y que permite a quien está preso de sí mismo (de su cabeza fallida, de su neurosis, de un mundo irreal) construirse una existencia lo suficientemente válida”. Todo esto se pone aquí en valor. La conciencia de la escritora está presente, conciencia de que escribir la salve: “juntar palabras para poder aguantar el miedo de las noches y la vacuidad de las mañanas”.


Este es un libro estimulante, de lectura jugosa, un ensayo convertido en un viaje narrativo por todo lo que supone de efervescencia la otredad de la creatividad y su reflejo en la vida, una consecuencia que deja ver, en un brillante texto, lo que tiene de verdad y de espejismo la propia vida del artista y del lector: “Los humanos somos una pura narración, somos palabras en busca de sentido”.

En El peligro de estar cuerda encontramos una vida examinada, valiéndose además del resorte inapelable de lo mucho que se parece la literatura a la vida, un itinerario sagaz que desvela, en gran medida, los linderos por donde transcurre la propia concepción literaria que ha ido encarnando Rosa Montero. Son los libros que ha leído los que nos hablan de ella.



martes, 14 de diciembre de 2021

Una sombra que se desentiende


En el fondo, la literatura es ciega, pero antes, el escritor ha tenido que haber visto y guardado en su memoria una infinidad de cosas para poderlas contar. Por eso, el lector cauto debe tener en cuenta, cuando se pone delante de un texto, que toda trama o argumento es banal si el escritor no encuentra la manera propicia de contarlo y darle vida propia, de un modo que dé la sensación de que tenía que expresarse así y no de otra manera, provisto de ese juego de palabras y en ese mismo orden. Y es que, además, la literatura tiene mucho de simulacro. Todo su secreto, por otra parte, está en que toda esa disposición formal sea convincente y contagiosa.

Hay voces literarias que vienen a decirnos esto, gracias a su singularidad y su manera misteriosa de involucrarnos con palabras en las que casi no nos reconocemos porque tienen su propia vida. La escritura de Luis Rodríguez (Cosío, Cantabria, 1958) se identifica con este estilo que provoca en el lector una forma insólita de leer. Autor de cinco novelas, entre las que destacan La herida se mueve (2015) y 8.38 (2019), todos sus libros ponen de manifiesto la voluntad de sus personajes de escucharse a sí mismos y estrechar lazos entre lo vivido y lo imaginado, para decirnos que, en realidad, el que escribe nunca está solo, que siempre lleva dentro ese «otro» que, como decía Proust, es el que sabe escribir de veras.

En los inicios de Mira que eres (Candaya, 2021), su nueva novela, uno de los personajes fabula sobre el vínculo de la literatura con la vida propia con esta analogía: “Me pasa con las personas lo que a un amigo con la escritura. Dice que escribe una frase, la corrige, la suprime, vuelve a escribirla y a corregirla, muchas veces. Al final la frase es, palabra por palabra, idéntica a la primera que escribió. Pero ya no es solo la primera frase: es una frase con mundo. Así deben ser mis opiniones de todo, parecen espontáneas, pero han viajado. Tienen mundo”.

Podríamos decir que en cada una de sus novelas está tácita la apuesta de asumir y trascender lo formal en su narrativa, a través de un juego literario en el que el trabajo novelístico contemple en su artificio el proceso creativo que, a su vez, refleje aspectos de la vida propia. En Mira que eres hay una recopilación de historias entrelazadas que dibujan la silueta de un personaje que podría identificarse con el lector. Para ello Luis Rodríguez se vale de un juego intermitente en el que se dan cita por igual contar y escuchar historias por medio de un repertorio de personajes que se confabulan y manifiestan a su aire, sin importarles el momento propicio para intervenir, dispuestos a desafiar y contrastar una de las preguntas claves del libro: “¿Para quién se escribe, para uno mismo, o para los demás?

El desfile de personajes es continuo y frenético, así como de autores de la talla de Flaubert, Nabokov, Faulkner, Foster Wallace, y otros muchos que acuden a lo que va aconteciendo con rastros de sus libros para completar o discernir cualquier pasaje de la novela. Encontramos a tipos obstinados con la literatura, impostores, convictos o actores que parecen negarse a dejar de representar a quienes interpretan. Todos ellos, partícipes de historias entrelazadas, lo hacen a partir de innumerables citas que vierten anécdotas que apuntalan ese punto de inflexión que tiene la literatura como lugar de encuentro para conectar con el mundo.

Es así como Luis Rodríguez nos hace partícipes del libro, incorporándonos a ese llamado de voces, no tanto como testigos de su manera de contar historias, descubriendo lo ya sabido por otros, sino participando en una fértil conversación literaria, entresacando de lo cotidiano ecos de otros escritores, con la intención de amplificar lo que respiran e intercambian los personajes que lo habitan. Digamos que a esta idea del libro se añade esta otra que consiste en situar al lector entre el narrador y el biografiado, sin ninguna certeza de que cuanto más te aleje de uno más cerca te pones del otro.


Para Luis Rodríguez, el lector es el oxígeno donde prende la literatura. Su único estilo para encender su interés lo encuentra en esa forma no lineal tan suya de narrar, cambiante y aparentemente desordenada. También lo encontramos en esa mezcla de historias paralelas que conforman en estratos su hilo narrativo por medio de la imaginación y de las lecturas recurrentes de las que extrae fraseos poderosos y requiebros literarios que no paran de señalar a la literatura como origen y objetivo de su obra, consciente de que, como ya quedó dicho en su novela anterior, citando a Don DeLillo: “Al término de cada frase aguarda una verdad, y el escritor sabe reconocerla cuando por fin la alcanza”.

Mira que eres es un artefacto de los que predisponen al lector a estar atento frente a su mecanismo que aguarda el momento de la detonación, un libro con un sesgo literario inmenso por donde transcurre literatura desentendida de su sombra y apunta sobre las posibilidades que otorgan el irresistible deseo de escribir.


lunes, 22 de noviembre de 2021

Y el Sur se hizo Norte


En la vida de la argentina Clara Obligado hay dos rasgos determinantes que han marcado su escritura a lo largo de los años: el exilio y el idioma. Aunque lleva más de cuarenta años viviendo en Madrid, desde que en 1976 huyó de Buenos Aires tras el golpe militar, su condición de extranjera sigue latente en su vida, encontrando motivos para llevarla de una manera secreta y explícita, en su memoria y en sus textos, fruto de un diálogo interior permanente, como rasgo característico de su identidad y manera de estar en el mundo. Pero nada de esto sería sostenible sin el apego a la palabra, al idioma que hace posible nombrar las cosas, en complicidad con la escritura y la lectura, con todo aquello que da cuenta del desplazamiento y de la pérdida, y que encuentra abrigo en alguien próximo o lejano, como así deja dicho en su ensayo Una casada lejos de casa (2020): “Mi escritura no sucede ya a la intemperie, tengo amigos en una y otra orilla”.

Su nuevo ensayo, Todo lo que crece (Páginas de Espuma, 2021), actúa, según la propia autora, en espejo con el anterior y, sobre todo, marca un dilatado sentimiento de leer la naturaleza, como si a través de ella se ocupara de revelarnos lo que ella misma contiene de Edén, libertad, conciencia y sentido práctico en la que confiar nuestro destino. Este es un libro nacido de la memoria y del presente en tiempos del confinamiento a mediados del pasado año, en plena pandemia del covid, que vierte un relato por el tiempo, un trayecto poblado de recuerdos y coyunturas, un vagar que invita al encuentro, al examen del tiempo, a la libertad de detenerse en la memoria, esto es, en ir tras los pasos y sentido de una vida en el exilio. Este es, también, un libro de experiencias y bagaje, de travesía por el campo o el bosque, por la esencia de las palabras, un regreso a los espacios naturales.

Bajo este predominio de vivencias y analogía entre la naturaleza y la prosa, la autora nos invita a dar un paseo y percatarnos de cómo la naturaleza concita a encender el pensamiento, a reverberar la memoria e, incluso, ponernos más incisivo con preguntas como estas que la propia narradora lanza: “¿También se recicla la infancia? ¿A dónde se va? ¿Somos parte de un mismo árbol, copias de un tronco original? ¿Cómo permanecen en nosotros las ramas que nos cobijan, los relatos que nos dieron sombra?” Uno, como lector, quiere responder a estos envites y mirar a través del propio hilo conductor que mueve el sentido de lo que Clara Obligado transmite, libro adentro, para tener respuestas o tan solo para saber que “quien escribe recicla los recuerdos, se apropia de los restos, los revive, los corrige”, como la vida misma, como un paisaje en el que cada instante es resonancia.

Todo lo que fluye por aquí viene a confirmarnos que mucho de lo que revelan sus páginas no es solo una indagación de alcance del yo de la autora, sino más bien una interpelación sobre cómo las consecuencias de hablar de los caminos por donde transita su literatura y su memoria se perpetúan en la vida real y presente. Para ello, Clara Obligado se vale de notas, lecturas, recuerdos y hallazgos de palabras para hablarnos del pasado, del presente y de la naturaleza, para leernos como si fuera un libro, con esa idea de aspiración, como quería Clarice Lispector, de “ser leída en los renglones vacíos”. Además de la escritora brasileña, encontramos también guiños y ecos de otros autores, como John Fowles, Emerson, Steiner o Thoreau.

De alguna manera, hay un déjà viu en la lectura de este libro: ese reconocerse en un exilio, en una identidad periférica entre dos hemisferios, como así se estructura el volumen: Sur y Norte, algo ya insinuado en otros textos suyos. Esa sensación se deja sentir y no se pierde, porque hay un empeño decidido de la autora de que no nos despeguemos del asombro y gratitud que dan sentido a sus historias, con la esperanza de regresar a una lectura ligada a un testimonio propio, como señas de identidad y eslabón de su escritura.


Somos historias, nos dice, y no hay un único sentido que dé razón de lo que es vivir. A diferencia de lo que es el mundo, que viene ya conformado, una vida no tiene por qué asumir las circunstancias dadas. Subyace en el texto esa herencia de historia colectiva que todos llevamos con nosotros, pero, como es su caso, toda exégesis personal puede contradecir la versión común. Las circunstancias de cada cual contienen una historia en la que cabe un mundo. Por tanto, salirse de lo establecido es un proceder condicionado por muchos factores, como los que la autora aquí relata, otros caminos, incluso llegando a pensar un día que hay que huir de tu tierra para salvar el pellejo.

En Todo lo que crece encontraremos una vida examinada por el recuerdo y la escritura, expuesta por medio de un ensayo de prosa cuidada y poética que reproduce un pasaporte reconocible del yo de Clara Obligado, un libro por el que fluye vida y estancia fundidas con la memoria y con la presencia de la naturaleza. Un crisol que alumbra y enseña a leer el mundo.


jueves, 9 de septiembre de 2021

Libros, vida y lecturas


Dice Roberto Calasso, al que echamos tanto de menos, en Cómo ordenar una biblioteca, último libro publicado antes de que nos dejara el pasado mes de julio, que respecto a este asunto de ordenamiento y disposición de los libros “el orden perfecto es imposible, sencillamente porque existe la entropía. Pero sin orden no se puede vivir. Con los libros, como con todo lo demás, es necesario encontrar un término medio entre esas dos afirmaciones”. Según él, quien procura ordenar su biblioteca debe reconocer y, quizá, transformar el mapa mental de sus preferencias y pasiones, enfrentándose a sorpresas y, desde luego, sin esperar soluciones definitivas.

El protagonista de la novela de El hombre que ordenaba bibliotecas (Pre-Textos, 2021) del poeta y crítico literario Juan Marqués (Zaragoza, 1980) anda inmerso en estos asuntos, eso sí, pero se en cuentra muy lejos de establecer un método de clasificación universal. Se ocupa en ofrecer un servicio personalizado de asesoramiento y búsqueda de libros a la medida de la visión íntima y gusto personal de quien lo contrate para completar y mejorar su biblioteca. Depende, por tanto, de clientes antojadizos dispuestos a descubrir libros cuya existencia no sospechaban y libros deseados que no se dejaban encontrar. Él es alguien consciente de su rol, que sabe que la aspiración de todo amante de los libros no es otra que seguir un hilo o muchos a la vez, de manera que desaten y prolonguen caprichosa e ininterrumpidamente su biblioteca en marcha. Sabe que pocos objetos como el libro despiertan tal sentimiento de absoluta propiedad. Igual que sabe que toda biblioteca es autobiográfica.

Es más, este es un libro en el que su autor se sumerge por primera vez en una novela experimental sobre algo que le fascina, es decir, los libros y su lectura, para centrarse en la vida de otro, sospechosamente parecido a él, alguien que va a cumplir cuarenta años y denota un cimbreo existencial en su interior, un estado de crisis que viene a confluir con su vocación libresca y su sentido práctico de satisfacer lo que la vida en ocasiones le niega o dificulta. Su protagonista condensa cavilaciones y conjeturas sobre el sentido de su vida, aunque el placer de leer sigue palpitando en él. Solo parece extraviado, con cierta sensación de abatimiento y preocupado por entenderse a sí mismo. No tiene intención de dejar a un lado sus andanzas alrededor de los libros, eso parece irrenunciable y, encima, es su sostén de vida.

Durante ese período de constante interferencia entre su tarea y su estado de ánimo, su precaria economía se agravará por su reciente divorcio. Además, se verá obligado a ajustar sus ingresos para seguir atendiendo a sus hijos. En medio de este sumidero de prioridades aparecerá en su vida un personaje con el que mantendrá una relación de encuentros y diálogos, una suerte de consuelo que lo pondrá en la senda de conocer a un buen puñado de seres estrafalarios, un escaparate de letraheridos con los que, inexplicablemente, sin salir del ámbito de la literatura, encontrará esparcimiento y, al mismo tiempo, interés por su trabajo. Este enigmático personaje le ayudará a rescatar la ilusión perdida y a apaciguar su melancolía, le hará sentirse un espectador de su propia vida. Bajo esta premisa: “Todas las cosas que suceden tienen una explicación sencilla, si se acierta a vislumbrar cómo se comporta la realidad”.

A lo largo de la novela, la parodia del tiempo está muy presente, al igual que la defensa de la libertad. Nos encontramos con un buen puñado de reflexiones provenientes de estos encuentros con los demás personajes que reavivan la laxitud de nuestro protagonista, un tipo, por otra parte, ávido de libertad, que viaja de aquí para allá, que va desde Toulouse a su Zaragoza natal o de Cádiz a Grenoble, sin perder nunca de vista su singular oficio que pone título a la obra, y que deja anunciar en el periódico de esta manera: “ORDENO BIBLIOTECAS. Me adapto a sus gustos y su presupuesto. Busco y compro libros para usted. Completo carencias. No taso bibliotecas, solo las completo o las reduzco, y siempre las mejoro...”

Por otro lado, se complace en afirmar que no hay motivos suficientes en su vida para dejar de leer. Se interesa por “estar al día de lo bueno que va publicándose, y tener tiempo para releer y escribir sobre las obras importantes”. Como ya dije antes, su oficio y vocación no es otro que ordenar los libros de sus clientes: completar sus carencias, reducirlas, mejorarlas. Deja dicho que ha elegido una forma de vida que para él es imposible cambiar, pero se empeña en buscar respuestas a su estado de inquietud a través de sus lecturas, mientras conversa con el hombre misterioso de Toulouse.


El libro de Juan Marqués rebosa de detalles y sutilezas, incluso con algún subrayado nada complaciente, como advertencia: “Los libros también pueden ser una gran trampa, nos confunden, nos alejan”. Algo así se va entretejiendo a lo largo del libro, dejando ver que “la literatura intenta explicar las cosas sin aceptar, o incluso sin saber, que son inexplicables”. Tal vez, por eso mismo, toda vida adosada en cada estante de una biblioteca requiera su relato, y por eso mismo nos empeñemos en ordenarlas de manera distinta según el momento elegido. Quizá sea esta la verdadera metáfora del libro.

El hombre que ordenaba bibliotecas es una narración de sesgo literario intenso, una novela que se deja leer con gusto e invita a la relectura gracias a la levedad sugerente de su prosa, así como al espíritu reflexivo que la impulsa, ese que convoca a los libros y a los que nos gusta habitarlos de manera apasionada y consecutiva.


miércoles, 7 de julio de 2021

Sobre la tentación literaria



La literatura nunca debe dejar de ser el lugar donde se disputa la forma que todo escritor debe adoptar frente al reto de escribir un texto. Decía
Nicolás Dávila al respecto que «el lector verdadero se agarra al texto como un náufrago a una tabla flotante». Leer supone riesgo, entrar en lo que puede parecer incomprensible al principio y descifrar la propuesta que hace el libro para interpretar lo que hay de nuevo o luminoso en esa propuesta. Porque cultivar la literatura, leer lo ajeno, no es solo un signo de consideración, sino de traducción de palabras y de mundos. Dicho de otra manera: la literatura no es solo lo que dice, sino cómo está hecha.

Iban Zaldua (San Sebastián, 1966), autor de libros de relatos, entre los que destacan, Porvenir (2007), Biodiscografías (2015) o Como si todo hubiera pasado (2018), aborda ahora en Panfletario (Pepitas de Calabaza, 2021) todo lo concerniente a lo apuntado más arriba: a la importancia formal del hecho literario, y lo hace mediante un libro misceláneo formado por manuscritos de diferente procedencia en el que, como subraya el propio autor, lo metaliterario es el verdadero hilo conductor del mismo. Por tanto, en estos Manifiestos, decálogos y otros artefactos a favor (y en contra) de la literatura, como así subtitula su obra, el lector está invitado a una lectura explosiva y reveladora, inteligente y divertida, llena de argumentos y reflexiones en la que su autor muestra su bagaje crítico, como lector y minucioso observador, de lo que pasa en el seno de la República de las Letras.

En él examina algunos de los fenómenos más llamativos de lo que se viene publicando en los últimos años, entre los que destaca el auge de la autoficción. Pero, a su vez, el libro está lleno de recomendaciones de cómo escribir prólogos, contracubiertas, necrológicas o consejos para organizar eventos culturales. Este es un libro sobre la pasión de la literatura, y las propias taras del mundo literario. Zaldua va dejando su halo crítico y sardónico conforme va desmigajando sus textos, igual que, de una manera u otra, señala con insistencia que es más importante cómo se nos cuenta lo que se nos cuenta que lo que nos cuenta cualquier libro en sí. Deja claro, respecto al pacto novelesco, ese principio que sostiene que una ficción funciona bien mientras dura su lectura y nos la creemos, que en la autoficción difícilmente se sostiene. Queda la sospecha, como dice él, de que “el escritor no deja de dar saltos entre mentiras de verdad y verdades de mentira”.

Hay textos verdaderamente ingeniosos, como Los Diez Mandamientos de la literatura, en cuyos preceptos destaca: "Amarás el canon sobre todas las cosas", "No plagiarás, sino que intertextualizarás. Y procurarás tener siempre a mano a un abogado", o este otro: "Jamás darás a entender que estás mintiendo, aunque escribas ficciones". En Autoanálisis, una pieza próxima a un relato o crónica, recoge ese ámbito preocupante que el escritor suele llevar consigo en las presentaciones de sus libros perfectamente resumido en la cita de Rafael Chirbes que antecede al texto: «El escritor lo que tiene que hacer es escribir y si tiene que hablar mucho de tus libros es que tus libros no hablan por ti. Mala cosa».

Da paso también a la importancia del punto de vista en la literatura para abordar cualquier asunto. En literatura, nos viene a decir Zaldua, es fundamental el punto de vista que se adopte a la hora de acometer una obra. Uno se puede ir acercando más y más a la realidad, pero nunca puede acercarse lo suficiente, porque la realidad es una sucesión infinita de pasos, de niveles de percepción, de circunstancias y de falsas apariencias y, por ende, inextinguible, inalcanzable en todo su ámbito. En ese sentido, algunos textos del libro se aproximan a la escritura que aborda el conflicto vasco como ejercicio de memoria.

En otro texto muy significativo sale a relucir el asunto candente de las condiciones indispensables para la iniciación a la lectura. Para Zaldua leer y leer cualquier cosa no significan lo mismo. Sobre ese debate de lecturas obligadas que han llevado a algunos expertos y profesores a posicionarse contrarios a ellas, lo tiene claro: "Yo pediría que me obligaran a leer, no lo contrario. Luego, cada cual verá si obedece o no al mandato. Pero no querría, de ninguna manera, y como punto de partida, renunciar a las lecturas obligatorias. Por si acaso". Y esto es algo a lo que se aferra porque la cuestión del gusto por las letras para él es, básicamente, de índole educativo: "el gusto no surge de la nada, no es algo natural que llevemos impreso en los genes: el gusto se cultiva".


Panfletario aglutina muchos temas candentes de la literatura, un libro que toca con ojo crítico y también jocoso el mundillo literario. Zaldua examina y se examina de la prosa a la poesía, de las novelas de viajes a la autoficción, del relato al ensayo, de la escritura a la lectura, para extraer los detalles de su gusto propio, que no tiene por qué coincidir con un gusto objetivo o con un canon cerrado. Se basta con ser fiel así mismo, como diría Virginia Woolf, y dejarse llevar, con desparpajo, por lo que los libros y su pálpito le predisponen a escribir sin alharacas sobre la tentación literaria.

Estamos ante un libro ameno, jugoso e incendiario, que hace que nos fijemos más en la hechura de la literatura, en la propia vida de los libros, en su corte y confección. Estamos ante un libro para lectores curiosos en los detalles y entresijos que envuelven a ese extenso y libertino parque temático que llamamos Literatura.


lunes, 5 de abril de 2021

Una suerte de diálogo

Las entrevistas literarias, como dice Claudio Magris, no solo crean autobiografías inmediatas, sino que ofrecen un modo dinámico de crítica, un espacio para el libre juego de ideas y de acercamientos al universo literario del escritor entrevistado. Es por eso mismo también una de las formas narrativas más creíbles para el lector por lo que aporta y sugiere, tanto de la obra del autor como de sí mismo. Aunque en apariencia presenta a un interlocutor e impulsor del buen fin de la conversación, es también una de las más sugestivas, porque provoca la curiosidad. Permite, a su vez, escuchar dos voces y asistir a un diálogo sin que sus protagonistas se percaten de nuestra presencia: es como estar entre ellos sin ser visto. Ahora bien, la entrevista designa una declaración de principio en la que participan al menos dos protagonistas: uno, abierto al discurso y dispuesto a ser interpelado por otro, que es quien pregunta y dinamiza el diálogo.

Las entrevistas reunidas en Voces íntimas (Punto de Vista, 2021) de Reina Roffé (Buenos Aires, 1951) recurren a ese proceder en el que tanto el testimonio, como la mayor conversación posible, se aúnan en un amplio gesto de complicidad. En su nota preliminar del libro resalta que cada entrevistado, pese a su singularidad creativa, presenta algo en común con el resto, es decir, todos comparten experiencias propias de su actividad, cada uno en su propio género literario, bajo un mismo idioma: el castellano. ¿Quiénes son los autores reunidos en estas conversaciones? En la cubierta del libro aparecen todos, bajo la ilustración de Rafael Gómez Alejos. Además, en el mismo cartel, situada entre Ricardo Piglia y Alfredo Bryce Echenique, aparece la autora del libro. Desde Borges, Bioy Casares, Álvaro Mutis, Griselda Gambaro, Antonio Benítez Rojo, Manuel Puig, Elena Poniatowska, Sergio Pitol, hasta Fernando del Paso, Cristina Peri Rossi o Alberto Rudy Sánchez nos hablarán del sentido creativo de sus obras, de sus preferencias literarias, así como de las marcas del tiempo y de la pasión por el lenguaje que cada uno procura no dejar de tener. Sobre todos estos atisbos palpitan sus voces en un corolario de diálogos muy dinámicos en donde lo coloquial parece un terreno más propicio para dejar ver ese resquicio humano y personal oculto tras cualquiera de sus renombres artísticos.

Son muchos detalles y revelaciones los que encontramos dentro de cada entrevista. De Borges, por ejemplo, conoceremos su sentido del tiempo y la angustia metafísica que para él suponía entender el universo, su admiración por Stevenson y Chesterton o su sentido preferente de vivir en un mundo sin gobiernos. De Bioy Casares descubriremos esa relación tan personal y artística de explorar el mundo más allá de lo visible y elocuente, así como esa naturalidad de contestar sin ambages a cualquier pregunta, como lo que significa para él la literatura: “Lo más intenso de la vida”. Álvaro Mutis no se corta al manifestar que él escribe lo que va saliendo de una forma un tanto sonámbula: “Yo solo dialogo con mis fantasmas”. Sostiene, por otra parte, que hay que conservar al niño intacto que llevamos dentro de nosotros. Participa de la idea de que el escritor no debe convertirse en una figura pública. Respecto a esto cita una de las frases de Epicuro que siempre lleva consigo: “Vive secreto”. De Manuel Puig encontraremos la importancia y significado del valor afectivo en su obra. Sin forma no hay literatura, mantiene por otro lado el gran Sergio Pitol en la entrevista que Roffé le hizo en 2002 en Madrid. Para él, la literatura debe tener mucho de intuición, pero también su creador ha de ser intuitivo en la forma de plasmarlo. Sobre todo, para alguien como él, que maneja su escritura en un mundo paródico, que trabaja con historias dentro de otras, como cajas chinas.

Pero si hay que destacar las sorprendentes entrevistas de Voces íntimas, habría que señalar, por encima de las demás las de las tres realizadas a escritoras. Son las conversaciones más fecundas, cercanas, intuitivas y hondas del libro. Tal vez obedezcan a esa empatía y singularidad tan propicia en el género femenino para la confidencia, a esa capacidad de llevar una conversación, con suma transparencia y naturalidad, al ámbito más privado e íntimo. Y así, para la primera de ellas, la dramaturga Griselda Gambaro, visualizar la corporeidad de lo que tiene de lenguaje fónico y mímico el teatro tiene mucho que ver con lo que cada autor sea capaz de volcar de sí mismo en cada personaje que sube al escenario para que asombre y revele algo no visto al espectador. De la entrevista a Elena Poniatowska, la segunda de estas ilustres escritoras, captamos la esencia de una voz sincera y nada alambicada. Su voz testimonial es acorde a ese sentir de mujer “como producto y víctima de una educación, de una época y de un país, de una clase social, incluso de una familia” con claro deseo de liberación, en su caso, reflejada en la creación literaria. La última de las tres entrevistas es la más emocionante y testimonial. Palabras como fetiches, así titula Roffé la conversación que sostuvo con Cristina Peri Rossi, primero en 1998 en Sevilla, continuada después en 2004 en Barcelona. Sus palabras y revelaciones son un derroche de estado de ánimo, como también lo es su poesía. “El erotismo empieza con la imaginación –subraya–, es decir, con la independencia del cuerpo, de la biología”. Para la uruguaya, el cuerpo es la dimensión del yo, y tiene su equivalencia en la pasión: “La pasión provoca estrés –dice–, pero la falta de pasión provoca depresión. Nos movemos entre estas dos maldiciones”.

Voces íntimas es un libro vívido de semblanzas y memoria, un vaivén fértil de ideas y revelaciones de vida y esencia literaria, en el que el lector atento percibe que el valor de lo leído está tanto del lado del que responde como del que plantea las preguntas, las interrogaciones puntuales. Roffé, sabedora de que si las inquisiciones son poco significativas no es posible ninguna respuesta con un significado, pone a prueba a sus interlocutores con mucha sagacidad y maestría. La escritora argentina ha sabido trasladar esos encuentros en conversaciones jugosas, de alcance literario, que denotan que procede de una lectora bien armada de oficio, sensibilidad, admiración y sentido crítico.

Voces íntimas es una suerte fecunda de diálogo sobre literatura y vivencias, protagonizada por un gran cartel de autores latinoamericanos, catorce figuras destacadas de la literatura del siglo XX, elaborada con la audacia necesaria para despertar la curiosidad y el interés del lector. Desde luego, las buenas entrevistas pertenecen a quienes las traman, pero su lectura es toda una celebración para el disfrute de muchos.